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Xibalbá, el inframundo maya

Posted on 04 Enero 2010 by Javier García Blanco

Durante siglos, los pueblos que habitaron el mayab desarrollaron una fascinante mitología para explicar el mundo que les rodeaba. En esta particular concepción del cosmos, la sangre, los sacrificios, las prácticas mágicas y la creencia en el reino de los muertos –el Inframundo– conformaron un sistema de creencias que hoy nos resulta macabro y fascinante a partes iguales.

Los antiguos mayas desarrollaron una complejísima mitología, plagada de seres divinos y sobrenaturales, cuyas acciones influían de forma irremediable en la naturaleza y los seres humanos. Estas divinidades mayas eran seres muy poderosos, aunque no omnipotentes, pues estaban marcadas, al igual que los hombres, por ciertas limitaciones físicas como la sed o el hambre, que sólo podían ser satisfechas mediante la acción humana (generalmente mediante sacrificios de sangre). Pero además, el panteón maya estaba compuesto por deidades sometidas a pasiones semejantes a las de los simples mortales, dando rienda suelta por ejemplo, a la ira o la rabia.

Entre el amplio abanico de dioses, en el que destacan el dios celeste Itzam Na o Itzamná, el astro rey Kinich Ahaw, la diosa Luna Ixchel o el señor de la lluvia Chac, sobresalen también otro grupo de dioses terrestres, vinculados a las entrañas de la tierra y al Inframundo, “el lugar del Temor”. Y es, precisamente este aspecto de la religiosidad maya, uno de los más apasionantes de dicha civilización: su llamativo interés y fascinación por el “Otro Mundo”, en torno al cual tejieron multitud de ritos, creencias y costumbres.

LOS DOMINIOS DEL INFRAMUNDO
Para los antiguos mayas, la muerte no era el fin definitivo de la existencia, sino que creían que el alma del difunto se trasladaba al Inframundo (llamado Xibalbá por los quichés y Metnal por los yucatecos). Aquel otro mundo se ubicaba en las entrañas de la tierra, bajo la selva y más allá de las masas de agua, constituyendo una especie de reflejo siniestro del mundo de los vivos. Sin embargo, a pesar de este carácter “oscuro”, no sería un equivalente del infierno judeocristiano, pues el alma no recala allí a modo de castigo, sino que es su destino lógico. Este “otro mundo” es, en definitiva, la región de los muertos, la esfera de los dioses y los antepasados, que al morir se convertían ellos mismos en divinidades.

Representación del dios Itzam na. Crédito: Wikipedia.

En su inquietante periplo por el Inframundo, descrito en el Popol Vuh (el Libro del Consejo de los mayas quichés), los gemelos Hunahpú e Ixbalanqué (como veremos más adelante) recorren un escenario siniestro y lleno de peligros. No es de extrañar, pues Xibalbá está dominado por terribles moradores. Según el Popol Vuh, los soberanos del Inframundo son Hun Camé y Vucub Camé (Uno Muerte y Siete Muerte). Junto a ellos, descubrimos siete parejas de divinidades, encargadas de acabar con la vida humana en la tierra. Ahalpuh y Ahalcaná (Productor de pus y Productor de bilis), tenían la función de “hinchar a los hombres y hacerles brotar pus”. Xquiripat y Cuchumaquic (Lazo corredizo y Jefe de la sangre), provocaban “derrames de sangre en los hombres”. Por su parte, Quicxic (Halcón de sangre) y Patan (el Cazador), sorprendían a los “hombres en los caminos, haciéndoles llegar la sangre a la boca hasta que morían vomitando sangre”. Y así, hasta completar la lista de siete parejas de dioses dotados de nombres sorprendentes y macabros.

Otros textos mayas, como el Chilam Balam de Chumayel (El Libro de las cosas ocultas), mencionan a otras divinidades de la región de los muertos. La denominación más habitual es la de Kisín, “el flatulento”, apelativo que hacía alusión a la fetidez que emanaba, propia de la muerte. A pesar de ser la morada de los difuntos, el Inframundo no era una región “estanca”. De hecho, los mayas creían que, en ocasiones, los fallecidos podían regresar al mundo de los vivos, interviniendo en los asuntos de éstos. Estas “visitas” aparecen reflejadas en algunas representaciones artísticas como, por ejemplo, en el llamado dintel 15 de Yaxchilán, donde se muestra a una mujer que presencia la aparición de un muerto, acompañado de una serpiente de gran tamaño que alude a su procedencia.

Dintel 15 de Yaxchilán. © British Museum.

Del mismo modo, los vivos también pueden realizar el viaje inverso, adentrándose temporalmente en el territorio de las tinieblas, especialmente durante los sueños o mediante del uso de drogas alucinógenas (ver anexo).

Esta comunicación es posible, entre otras cosas, por la existencia de vías de entrada y salida al Inframundo. Algunas de ellas son ciertos templos, como los denominados teratomorfos que abundan en la península del Yucatán. Estas construcciones se asemejaban a grutas artificiales –las cuevas se consideraban entradas a Xibalbá, al igual que lagos o cenotes– y penetrando en ellos se podía entrar en contacto con dioses y antepasados.

Otros edificios, de estructura laberíntica, habrían jugado un papel simbólico similar. En este caso podrían haber actuado como escenarios para el descenso ritual de los gobernantes mayas a Xibalbá, como explica el experto español Manuel Rivera Dorado. Estas ceremonias tendrían por objeto rememorar el descenso de los gemelos Hunahpú e Ixbalanqué lo que les permitiría obtener una forma de legitimar su poder.

RITOS FUNERARIOS
Los arqueólogos encargados de estudiar los vestigios de las costumbres mortuorias de los antiguos mayas se han tenido que enfrentar a la dificultad que constituye la enorme variedad de tipologías de enterramientos. Los mayas practicaban tanto la inhumación como la cremación, y las variedades de las tumbas van desde simples agujeros en la tierra hasta ricas cámaras mortuorias. Algo similar ocurre con las posturas que presentan los cadáveres, colocados de mil formas diferentes.

De todos modos, y a pesar de esta gran diversidad, los estudiosos han podido determinar ciertas características. Generalmente, los difuntos eran enterrados en su propia vivienda o en los lugares donde habían ejercido su trabajo. En otros casos, han detectado varias fases en los enterramientos, que incluso podrían estar separadas por años. Primero se realizaría un entierro inicial para, años después, llevar a cabo el definitivo, que podría acompañarse de una limpieza de la osamenta, eliminando restos de carne y otras adherencias.

Paralelamente, en algunos enterramientos es frecuente encontrar diversos objetos que formarían parte del ajuar mortuorio, lógicamente con algún significado simbólico relacionado con la otra vida. Una de las piezas encontradas de forma recurrente consiste en una máscara (de jade, estuco o madera) que se colocaba sobre el rostro del difunto. Según los estudiosos, estas máscaras podrían haber servido para aludir al cambio de condición de su portador (de la vida terrena a la “subterránea”), constituyendo una especie de ceremonia de regeneración.

Templo de las Inscripciones, en Palenque, bajo el que se encontró la tumba del rey Pacal. Crédito: Wikipedia.

Otro de los objetos encontrados habitualmente junto a los difuntos, en ocasiones en gran número, es el espejo. En la compleja religiosidad maya, estos “mágicos” utensilios, capaces de reflejar las imágenes, constituían un inmejorable medio de contacto con Xibalbá, al que al mismo tiempo simbolizaban.

Todo parece indicar que este tipo de ritos funerarios estarían enfocados a favorecer el viaje del difunto al más allá, una circunstancia que algunos investigadores han comparado con las prácticas funerarias egipcias, donde también resultaban indispensable seguir correctamente una serie de pasos que garantizaban un exitoso viaje del difunto al más allá.

En muchas ocasiones, se han descubierto de forma paralela restos de otros difuntos junto al “principal”. Al parecer, estos cadáveres “secundarios” pertenecían a personas sacrificadas con la finalidad de que el difunto gozara de un acompañante en su viaje al Otro Mundo, como sucede en la tumba del rey Pacal de Palenque.

En otros casos, los fallecidos no se hacían acompañar en su viaje al más allá por víctimas de sacrificios, sino que contaban con el auxilio de habitantes del Inframundo, conocidos como wayob (literalmente, “espíritus compañeros”).

Estos seres residentes en Xibalbá no son dioses, ni tampoco espíritus comunes, pero su carácter sagrado les permite auxiliar al alma del difunto durante las distintas pruebas a las que se ve sometido en su viaje. En opinión de los especialistas en mitología y religiosidad maya, los wayob son espíritus protectores que actúan como psicopompos (guías de almas), dirigiendo a los fallecidos y haciéndoles comprender dónde se encuentran y cuál es su nuevo estado.

EL JUEGO DE PELOTA
Podría dar la impresión de que un juego practicado en una especie de cancha, en el que los participantes golpean una pelota de caucho para hacerla pasar por un aro de piedra, era un simple divertimento para los antiguos mayas, similar a nuestros deportes actuales. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. El llamado “juego de pelota” fue el rito religioso más importantes de los antiguos mayas, pues constituía una representación simbólica de uno de los relatos sagrados clave de esta civilización, íntimamente relacionado, de nuevo, con el Inframundo.

Según el Popol Vuh, dos hermanos divinos llamados Hun Hunaihpú (Uno cerbatana) y Vucub Hunaihpú (Siete cerbatana) estaban obsesionados con el juego de pelota, y pasaban horas y horas practicándolo. Un día causaron tanto alboroto con su juego que molestaron a los señores del Inframundo, quienes les retaron a descender para jugar con ellos. Tras una serie de pruebas a las que fueron sometidos, los dos hermanos murieron asesinados.

Recreación actual del juego de pelota. Crédito: Wikimedia Commons.

La cabeza de Hun Hunaihpú fue colgada de un árbol y los señores del reino de la muerte prohibieron tajantemente tocar sus frutos.

Sin embargo, la joven Ixchiq, hija de un señor de la muerte, se acercó un día al árbol y la cabeza de Hun Hunaihpú le escupió en una mano, dejándola embarazada. Temiendo la ira de su padre, Ixchiq escapó a la superficie, donde dio a luz a dos hijos: Hunahpú e Ixbalanqué. Éstos heredaron la pasión de su padre y su tío por el juego de pelota, y la historia volvió a repetirse. Un día, mientras jugaban, los señores del Inframundo les retaron a competir con ellos, y en su descenso fueron igualmente sometidos a distintas pruebas. A diferencia de lo que ocurrió con su padre, los gemelos lograron superar las trampas gracias a su ingenio y, tras realizar varios milagros, derrotaron y mataron a Uno Muerte y Siete Muerte, asesinos de su progenitor. Tras la victoria fueron ascendidos al cielo, convirtiéndose en el Sol y la Luna.

El relato de este particular descenso a los infiernos –como otros similares existentes en diversas culturas– constituye un auténtico viaje iniciático, durante el cual los aspirantes adquieren un conocimiento oculto, obtenido tras superar una serie de pruebas.

De este modo, cuando los antiguos mayas celebraban el juego de pelota, estaban rememorando el episodio mítico relatado en el Popol Vuh. No se sabe con certeza cuántos jugadores participaban en él, ni tampoco los detalles y reglas exactas de la competición, pero las representaciones artísticas conservadas y otros textos han permitido conocer algunas de sus características.

Así, se sabe que en ocasiones se arrojaban prisioneros desde lo alto de la cancha, a modo de sacrificio, o que a veces los propios reyes participaban en la macabra competición, simbolizando a los héroes gemelos, descendiendo al Inframundo y saliendo victoriosos del reino de la muerte. De este modo, vencían a la muerte misma.

La relación del juego con lo macabro no terminaba aquí, pues a menudo tras el partido se decapitaba a algunos de los jugadores. Un sangriento sacrificio que cumplía una función fertilizante y regeneradora.

ANEXO
SACRIFICIOS DE SANGRE
En la compleja mitología maya, los dioses poseían un poder limitado. Para subsanar esta carencia decidieron crear al hombre, que con sus ofrendas, oraciones y sacrificios les garantizaban el alimento y el sustento necesario para regenerar y sostener el cosmos.

Escena del film Apocalypto. © Touchstone Pictures.

Bajo esta concepción, los antiguos mayas no dudaban en derramar sangre –la de prisioneros o la suya propia– con la intención de satisfacer a los dioses y garantizar la continuidad del mundo. Los autosacrificios eran moneda común entre los mayas, quienes no dudaban en mortificarse atravesando partes de su cuerpo como las extremidades, la lengua o, más especialmente, los órganos sexuales, donde se creía que residía la sangre más fértil. Normalmente esta sangre se derramaba sobre papeles que se quemaban, de modo que el humo de la combustión elevara la ofrenda hasta los dioses.

En otros casos, los campesinos derramaban sangre sobre sus cosechas, con la esperanza de lograr la fertilidad en sus sembrados. Si lo que se deseaba era atraer a las lluvias, solía arrojarse a las víctimas a lagos o cenotes.

A menudo, los dioses requerían grandes cantidades de sangre para que el cosmos siguiera su curso normal, por lo que se realizaban sacrificios humanos múltiples, generalmente degollando a las víctimas. Si éstas eran prisioneros de guerra, solía procederse a extraerles el corazón previa sedación.

En el caso de los prisioneros sacrificados, su sangre poseía más valor si tenían un rango o status elevado, y algo sucedía con los autosacrificios de los monarcas: su sangre se consideraba mucho más poderosa que la del común de los mortales.

ANEXO
DROGAS PARA CONTACTAR CON LOS MUERTOS
Al igual que otras muchas culturas, los mayas se sirvieron del uso de drogas y bebidas alcohólicas para la celebración de ritos religiosos en los que se propiciaban estados alterados de conciencia. Por norma general, estos rituales tenían un carácter orgiástico, cuya finalidad era abandonar el mundo terrenal para adentrarse en las tinieblas del territorio de los muertos y los dioses, y recabar así su ayuda.

Entre las sustancias ingeridas se contaba el alcohol –en forma de balché, compuesto de agua, miel y la corteza de un árbol–, ciertos hongos alucinógenos y otras sustancias psicoactivas similares al LSD. Durante estas bacanales, a menudo celebradas en cuevas –como ya vimos, entradas al Inframundo– los participantes sentían que el alma abandonaba sus cuerpos y entraban en contacto con los antepasados y los dioses, a quienes acudían en busca de consejo.

BIBLIOGRAFÍA:

-RIVERA DORADO, Miguel. El pensamiento religioso de los antiguos mayas. Ed. Trotta. Madrid, 2006.
-RIVERA DORADO, Miguel. Popol Vuh: relato maya sobre el origen del mundo. Ed. Trotta. Madrid, 2008.

Entradas relacionadas:

-Descenso a los infiernos

-Viaje virtual al mundo maya

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Descenso a los infiernos

Posted on 01 Noviembre 2009 by Javier García Blanco

El Juicio Final, Hans Memling.

Culturas y tradiciones religiosas de todo el planeta cuentan entre sus relatos más sagrados con la descripción de hombres, héroes y dioses que desafían el peligro y deciden adentrarse en los horribles dominios de la muerte. A la luz de la antropología, su aventura constituye un auténtico viaje iniciático de cuyo éxito depende la obtención de dones y poderes especiales o, incluso, una ansiada resurrección.

Hades, Kur, Duat, Gehenna, Infierno… El temible lugar al que viajan las almas de los difuntos tras la muerte ha ido cambiando de nombre a lo largo de la Historia, pero en todas las culturas y épocas su simple mención ha despertado un temor indescriptible. Pero a pesar del miedo atávico que infundían los dominios de la muerte –o precisamente por eso mismo–, los relatos mitológicos, religiosos y literarios de todo el planeta coinciden en presentarnos una larga lista de personajes (héroes, dioses o “simples” mortales) que osaron descender a las profundidades infernales, se enfrentaron a innumerables y terribles peligros y regresaron victoriosos (en su mayoría) al plano terrenal. Este descenso a los infiernos se conoce como catábasis (y el posterior ascenso anábasis), y suele estar relacionado con un mensaje religioso y mítico de resurrección.

En nuestra cultura occidental, el relato más conocido de estas características es seguramente el de La Divina Comedia de Dante, por la profunda huella que ha dejado en la literatura y el arte con el paso de los siglos. Sin embargo, como decíamos, se trata de un esquema muy antiguo que curiosamente se repite en culturas muy distintas y distantes, tanto en el plano geográfico como en el temporal. La explicación a estas llamativas semejanzas entre culturas que en ocasiones ni siquiera tuvieron contacto entre sí hay que buscarla, casi con seguridad, en el surgimiento primitivo del culto a los muertos. La creencia en un lugar distinto al terrenal, al que irían a parar las almas de los fallecidos, debió surgir de forma paralela a los primeros enterramientos en los que se rendía culto a los congéneres fallecidos. Es fácil entender que estos reinos de la muerte se concibieran o imaginaran en las profundidades subterráneas, pues no en vano los difuntos eran enterrados bajo tierra.

'Dante y Virgilio en los infiernos' (1822), de Delacroix.

‘Dante y Virgilio en los infiernos’ (1822), de Delacroix.

MUERTE Y RESURRECCIÓN
El primer relato de estas características que se conserva es el de la diosa sumeria Inanna, reina del cielo, quien ambicionaba gobernar también los dominios de su hermana Ereshkigal, señora del Kur (los Abismos). Antes de iniciar su periplo por el inframundo, Inanna se vistió con sus mejores ropajes y joyas, con la intención de deslumbrar a los seres del mundo oscuro. El guardián de las puertas del Kur le permitió el paso, aunque avisó a Ereshkigal de su llegada. Ésta ordenó a sus demonios que despojaran a Inanna de sus vestiduras cuando atravesara cada una de las puertas del Kur y así, cuando pasó la última de ellas, la reina de los cielos se halló desnuda y desprotegida ante los siete dioses infernales, quienes la fulminaron con su letal mirada.

Por fortuna, Inanna había tomado la precaución de avisar de su aventura al mundo inferior a su mensajero Ninshubur y fue este, con ayuda del dios Enki, quien logró resucitarla y permitió su vuelta y ascenso al mundo superior.

En una versión posterior del mito, Inanna desciende a los infiernos para rescatar a su amado Tammuz, que había fallecido. En la mitología sumeria, el pastor-dios moría en otoño y resucitaba en primavera. En cualquier caso, ambas versiones ofrecen un mensaje de resurrección, que en el relato de Tammuz parece derivarse de la observación de los ciclos de la naturaleza.

Otro relato de la época, la célebre Epopeya de Gilgamesh, refiere una nueva aventura de descenso a los infiernos. En este caso es Endiku, amigo del héroe, quien baja al inframundo para recuperar dos objetos mágicos perdidos por Gilgamesh. Por desgracia, Endiku no había cumplido unos ritos necesarios para el descenso, por lo que quedó atrapado en el Kur. Tras obtener la ayuda de Enki (Señor de las aguas), Gilgamesh consiguió rescatar el espíritu de su amigo a través de una hendidura en el mundo subterráneo.

Relieve representando un pasaje de la Epopeya de Gilgamesh.

Relieve representando un pasaje de la Epopeya de Gilgamesh.

Ya en época clásica, encontramos nuevas versiones del mito en el contexto de los llamados cultos mistéricos, entre los que destacan los llamados Misterios de Eleusis. Dichos Misterios consistían en unos rituales de iniciación vinculados a las diosas Deméter y Perséfone, que se realizaban en la ciudad de Eleusis, a unos 20 kilómetros de Atenas. Mientras jugaba con otras jóvenes, Perséfone fue secuestrada por su tío Hades, dios del inframundo, quien la obligó a convertirse en su esposa. Cuando Deméter descubre que su hija ha desaparecido, comienza a buscarla desesperadamente. Al descubrir lo sucedido, Deméter, decide dejar el Olimpo y se traslada a Eleusis, haciéndose pasar por una anciana.

Allí comienza a trabajar como nodriza en casa de Céleo, cuidando a su hijo Demofonte. La diosa decide convertir al niño en dios, y para ello le alimenta con néctar y ambrosía, y lo pasa por encima del carbón encendido para eliminar su parte mortal. Pero su madre le espía y al ver que mete al niño en el fuego, grita, angustiada. Deméter deja al niño y renuncia a convertirlo en dios. Muestra su auténtica naturaleza divina y pide a los humanos que le erijan un templo. Una vez construido, Deméter se refugia en él, irritada, y la vegetación deja de crecer, rompiéndose así el orden de las cosas. Los hombres mueren de hambre y los dioses no reciben ofrendas.

Zeus, cansado de la situación, pide a Hades que devuelva a Perséfone. El dios del inframundo acepta, pero antes engaña a la joven dándole a comer granos de granada, alimento de las profundidades, por lo que se verá obligada a pasar parte del año con su madre, y el resto con su marido, Hades. Por este motivo, año tras año, cuando Perséfone regresa, Deméter vuelve a cubrir la tierra de flores y frutos, al igual que sucedía en el mito de Inanna y Tammuz. Resuelta la disputa, Deméter instaura los Misterios –convirtiendo a Triptolemo, hermano de Demofonte, en uno de los primeros iniciados– y regresa al Olimpo.

En la actualidad, es poco lo que saben con certeza los historiadores sobre lo que ocurría durante los ritos internos de Eleusis. Los iniciados se debían a un solemne juramento de secreto, por lo que la información que se posee está relacionada en su mayoría con la parte externa de los Misterios.

Deméter y Perséfono junto a Triptolemo (centro). Crédito: Wikipedia.

Deméter y Perséfone junto a Triptolemo (centro). Crédito: Wikipedia.

Éstos se celebraban en dos ocasiones anuales: los Misterios Menores y Misterios Mayores. Los primeros tenían lugar en torno al mes de marzo (anthesterion) y los mayores en el mes de septiembre (boedromion), prolongándose durante nueve días. En ambos casos el culto se iniciaba con una peregrinación que partía desde el kerameikos (el cementerio de Atenas) hasta el santuario de Eleusis. Durante el viaje los participantes pasaban por enclaves significativos para la celebración, que estaban provistos de un profundo significado.

El caso de Deméter y Perséfone no es el único citado en la mitología grecolatina, pues además de las aventuras de diversos héroes que bajaron al Hades (y que veremos más adelante), otros dioses se aventuraron en aquellos terrenos peligrosos (ver anexo).

CRISTO EN EL LIMBO
Ya en época cristiana, y más concretamente en torno al siglo II de nuestra era, se redactó el llamado Evangelio de Nicodemo, un texto apócrifo que, pese a su exclusión de los textos canónicos, gozó de gran popularidad y fue bien visto por los primeros Padres de la Iglesia.

Este texto relata los pormenores de la bajada de Cristo al infierno, ocurrida tras su muerte en la cruz y antes de su resurrección al tercer día. Los Evangelios no mencionan la catábasis de Jesucristo, pero el texto de Nicodemo se hace eco del episodio, supuestamente conocido gracias al testimonio de los hermanos Karino y Leucio –hijos del anciano Simeón, amigo de Jesús–, quienes habían muerto y gozaron de la resurrección tras la bajada de Cristo al infierno. Según el relato de los dos hermanos, recogido en el Evangelio de Nicodemo, el limbo se vio inundado repentinamente de una luz potentísima y “dorada como el sol”, por lo que Adán, los profetas y los patriarcas adivinaron quién descendía a buscarles. Satanás, por el contrario, se atemorizó ante la llegada del Mesías. El demonio ordenó a sus huestes que reforzaran las puertas del infierno, pero fue en vano. Jesucristo reventó los goznes de las puertas y aplastó con ellas al Maligno. A continuación liberó a Adán y a todos los justos que habían muerto antes de la redención de la humanidad a través de la muerte en la cruz, y que por este motivo se hallaban en el limbo.

Cristo en el limbo (1460 aprox.), de Friedrich Pacher.

Cristo en el limbo (1460 aprox.), de Friedrich Pacher.

De este modo, Cristo no sólo repite el esquema del dios que resucita tras un descenso a los infiernos, sino que al mismo tiempo lleva a cabo la ascensión a los cielos de otros personajes. Más curiosa resulta la historia de la resurrección de los hermanos Karino y Leucio. Según el texto atribuido a Nicodemo –que adquiriría gran notoriedad en los siglos siguientes, en especial tras su inclusión en La Leyenda Dorada de Jacobo de la Vorágine–, los hermanos gozaron también de la gracia de la resurrección, pero en lugar de ir directamente al Paraíso regresaron antes a la Tierra, aunque más parecían sombras del Hades griego que humanos vivos, pues permanecían todo el día en silencio, excepto para lanzar de vez en cuando unos terribles lamentos. Tras testificar ante los sacerdotes del Templo y entregar su relato por escrito a Nicodemo, desaparecieron misteriosamente en medio de una gran luminosidad.

UN LUGAR DE SABIDURÍA
Hasta ahora hemos visto las incursiones de distintos dioses cuyo descenso a los territorios tenebrosos tenía como finalidad el rescate y posterior resurrección de otros personajes, o que bien experimentaban ellos mismos una resucitación tras completar el ciclo descenso-ascenso.

Sin embargo, entre la nutrida lista de historias similares destacan también las aventuras de otros personajes, generalmente héroes, cuya visita a los infiernos está motivada por la necesidad de obtener alguna información de los muertos que resulta imprescindible para la resolución exitosa de sus respectivas aventuras. Tal y como explicaba el erudito Mircea Eliade en su obra Nacimiento y Renacimiento, el más allá “es también un lugar de conocimiento y sabiduría. El señor de los infiernos es omnisciente; la muerte conoce el futuro. En algunos mitos y sagas, el héroe desciende al infierno para obtener sabiduría o aprender alguna enseñanza secreta”.

Ese es el caso, por ejemplo, del mortal Odiseo (Ulises). En su periplo para regresar a casa, el héroe recala en la isla de Ea. Allí, la bruja Circe le recomienda descender al Hades, donde podrá preguntar al adivino Tiresias sobre el modo de encontrar el camino de vuelta a su añorada Ítaca. Tras llegar a las puertas del infierno, Odiseo realiza un sacrificio de sangre, lo que atrae a las siniestras almas de los difuntos, y logra obtener la información que necesita.

Otro héroe clásico que baja a las profundidades es el semidios Heracles (Hércules). En su caso, el descenso tiene como finalidad la captura del can Cerbero, el temible monstruo de tres cabezas que custodia los accesos al Hades. La difícil misión es una de las célebres doce pruebas, que en este caso le había sido encomendada por el rey Euristeo. Heracles sale victorioso de esta misión con la ayuda y la protección de Atenea y Hermes (una de cuyas funciones era guiar las almas al Hades). Curiosamente, durante su aventura en el inframundo, Heracles tiene la ocasión de encontrarse con otro héroe, el no menos célebre Teseo, quien había descendido también a las tinieblas del Hades durante una de sus aventuras, quedando atrapado allí, y que pudo liberarse gracias a la ayuda del primero.

Heracles (Hércules) enfrentándose al can Cerbero.

Heracles (Hércules) enfrentándose al can Cerbero.

También el príncipe troyano Eneas, protagonista de la Eneida de Virgilio, se ve obligado a descender al Hades, en este caso acompañado por Sibila, con la misión de hallar allí a su padre, Anquises, y conseguir las instrucciones precisas que le guiarán hasta fundar una “nueva Troya”, la floreciente Roma.

En un escenario parcialmente ajeno al de la mitología y la literatura, el de los chamanes de culturas como la siberiana, los esquimales o algunas tribus de indios americanos, aparece de nuevo el viaje a los infiernos como búsqueda de algún tipo de información que sirve de ayuda para la resolución de una misión o problema. En este caso, es el alma de los chamanes la que, durante un trance extático generalmente inducido por la ingesta de sustancias psicotrópicas, se abre paso por el mundo de los muertos y las tinieblas. Generalmente, esta catábasis tiene como finalidad obtener una información que permita al chamán sanar a un miembro enfermo de la comunidad –pues los espíritus le dirán como curar al paciente–, o bien ayudar al alma de un difunto a encontrar el camino hacia el más allá. Durante su aventura, como explica Joseph Campbell en su clásico El héroe de las mil caras, el chamán se enfrenta a multitud de peligros, tras los cuales consigue encontrarse frente al señor del inframundo y obtener la información que busca.

INICIACIÓN
Dioses y héroes atravesaron las puertas del mundo subterráneo, como hemos visto, bien para obtener una información imprescindible en la resolución de sus aventuras, bien para rescatar a un ser querido de las garras de la muerte y obtener la resurrección. Sin embargo, todos estos relatos pueden interpretarse también desde otro punto de vista, en el que la catábasis constituye una prueba iniciática que el “aprendiz” ha de superar con éxito.

Dentro del fenómeno del chamanismo, que acabamos de ver, los aspirantes a brujos o curanderos debían someterse a un duro proceso de iniciación que, curiosamente, consistía en sufrir un proceso de muerte y posterior resurrección. Esta prueba, en la que jugaban de nuevo un papel primordial la ingesta de diversas drogas, repetía siempre una misma visión: se veían así mismos siendo aniquilados y descuartizados, sufriendo la eliminación de su “yo”, tras el cual regresaban renacidos y asumiendo su nueva condición. Esta terrible experiencia, inevitable para todo aspirante a chamán, constituía todo un descenso al reino de los muertos, donde los demonios les infligían los ataques que llevaban a su desmembramiento.

Curiosamente, algunos experimentos realizados en las últimas décadas del siglo XX para estudiar los efectos de drogas como el LSD arrojaron como resultado descripciones muy similares a estas, en las que los participantes se enfrentaron a experiencias de muerte y renacimiento.

La relación entre los relatos de descenso a los infiernos y los rituales iniciáticos de distintas prácticas religiosas y esotéricas queda patente en los mitos relacionados con los cultos mistéricos, como los de Dionisio o Eleusis, que hemos visto antes. De hecho, la mayor parte de los estudiosos coinciden en señalar el hecho de que, durante los rituales de los misterios, el iniciando recibía algún tipo de revelación relativa a la vida ultraterrena. Es más, lo que ofrecían muchos de estos cultos mistéricos era, precisamente, la salvación del alma tras la muerte o una mejor existencia en el Más Allá, en compañía de sus dioses. En su obra antes mencionada, Mircea Eliade subraya esta interpretación: “Desde un cierto punto de vista, podríamos decir que todos esos mitos y sagas cuentan con una estructura iniciática. Descender vivo al infierno, enfrentarse a sus monstruos y demonios, es pasar por una ordalía iniciática”.

Precisamente, este función iniciática todavía puede rastrearse hoy, aunque de forma “descafeinada”, en los rituales de iniciación practicados por algunas sociedades secretas o “discretas” actuales, como ocurre en el caso de la masonería. Los aspirantes a incorporarse a una logia masónica deben pasar por la llamada “cámara de reflexión”, un habitáculo generalmente a oscuras –evocando el mundo subterráneo– y a veces decorado con calaveras, cuya simbología evoca claramente la estructura del mito del Descenso. Igualmente, durante la iniciación al grado de maestro, el aspirante se somete a una “muerte simulada”, en recuerdo al relato del asesinato del mítico arquitecto Hiram.

En definitiva, el mito del Descenso a los infiernos, que como hemos visto remonta sus orígenes a la aparición del culto a los muertos y de la creencia en un más allá, no es sin la plasmación religiosa, mitológica y sagrada del miedo ancestral y atávico a la muerte. Un temor al que nadie escapa, y que tiene su paralelo en la propia vida, pues la propia experiencia vital está plagada de peligros y desafíos de cuya resolución exitosa depende la victoria sobre nuestros “demonios interiores”. En nuestra mano está la posibilidad de encarnar al dios o al héroe y salir victoriosos.

ANEXO
DESCENSO A XIBALBÁ
Al igual que en muchas otras culturas, los antiguos mayas creían que la muerte no era el fin definitivo de la existencia. Para ellos, el alma del difunto se trasladaba al Inframundo (llamado Xibalbá por los quichés y Metnal por los yucatecos). Aquel otro mundo se ubicaba en las entrañas de la tierra, bajo la selva y más allá de las masas de agua, constituyendo una especie de reflejo siniestro del mundo de los vivos. No era, sin embargo, un equivalente del infierno judeocristiano, pues el alma no recala allí a modo de castigo, sino que es su destino lógico. En su inquietante periplo por el Inframundo, descrito en el Popol Vuh (el Libro del Consejo de los mayas quichés), los gemelos Hunahpú e Ixbalanqué recorren –como sus paralelos mesopotámicos o grecolatinos– un escenario siniestro y lleno de peligros.

Un cenote, considerado por los mayas como entrada al inframundo. Crédito: Babblingdweeb / Flirckr (Creative Commons).

Un cenote, entrada al inframundo maya. Crédito: Babblingdweeb / Flickr (Creative Commons).

El llamado “juego de pelota” fue el rito religioso más importante de los antiguos mayas, pues constituía una representación simbólica de uno de los relatos sagrados clave de esta civilización, íntimamente relacionado con el Inframundo. Según el Popol Vuh, dos hermanos divinos, Hun Hunaihpú (Uno cerbatana) y Vucub Hunaihpú (Siete cerbatana) estaban obsesionados con el juego de pelota, y pasaban horas practicándolo. Un día causaron tanto alboroto que molestaron a los señores del Inframundo, quienes les retaron a descender para jugar con ellos. Tras una serie de pruebas a las que fueron sometidos, los dos hermanos murieron asesinados.

La cabeza de Hun Hunaihpú fue colgada de un árbol y los señores del reino de la muerte prohibieron tajantemente tocar sus frutos. Sin embargo, la joven Ixchiq, hija de un señor de la muerte, se acercó un día al árbol y la cabeza de Hun Hunaihpú le escupió en una mano, dejándola embarazada. Temiendo la ira de su padre, Ixchiq escapó a la superficie, donde dio a luz a dos hijos: Hunahpú e Ixbalanqué. Éstos heredaron la pasión de su padre y su tío por el juego de pelota, y la historia volvió a repetirse. Un día, mientras jugaban, los señores del Inframundo les retaron a competir con ellos, y en su descenso fueron igualmente sometidos a distintas pruebas. A diferencia de lo que ocurrió con su padre, los gemelos lograron superar las trampas gracias a su ingenio y, tras realizar varios milagros, derrotaron y mataron a Uno Muerte y Siete Muerte, asesinos de su progenitor. Tras la victoria fueron ascendidos al cielo, convirtiéndose en el Sol y la Luna.

El relato de este particular descenso a los infiernos constituye un auténtico viaje iniciático, durante el cual los aspirantes adquieren un conocimiento oculto, obtenido tras superar una serie de pruebas.

ANEXO
LOS DEMONIOS DE UN JOVEN MAGO
No sólo los relatos mitológicos antiguos o textos literarios medievales repiten este esquema. También la literatura y el cine actuales aprovechan esta estructura para dar mayor fuerza a los relatos. Ese es el caso, por ejemplo, de la célebre saga de Harry Potter, el niño mago popularizado por la escritora J. K. Rowling. Así, en el clímax de todas sus aventuras Harry se enfrenta al mal tras recorrer un peligroso periplo a través de lugares subterráneos, oscuros y tenebrosos. En La piedra filosofal, el pequeño mago accede a una cripta tras burlar al cancerbero, el perro de tres cabezas. A partir de ese momento tendrá que superar otras pruebas hasta obtener finalmente el preciado objeto que da título a la novela. En La Cámara Secreta, ésta se encuentra también en un habitáculo subterráneo oculto por una puerta secreta, donde Potter se enfrenta al basilisco.

Harry Potter se ha convertido en el arquetipo actual del héroe que desciende a los infiernos. Crédito: Warner Bros.

Harry Potter, arquetipo actual del héroe que desciende a los infiernos. © Warner Bros.

En la tercera aventura, Harry se encuentra con Sirius Black tras descender por un hueco escondido bajo el sauce boxeador, un árbol mágico ubicado en los exteriores de la escuela. En El Cáliz de Fuego, el audaz protagonista alcanza el cementerio –un lugar oscuro y tenebroso–, donde luchará con Voldemort, tras salir airoso de la prueba que supone el laberinto, otro símbolo de gran significado iniciático y hermético. La misma estructura narrativa volverá a repetirse en El misterio del Príncipe, en la que Harry –acompañado de Dumbledore– busca en una cueva uno de los horrocruxes, teniendo que atravesar un tenebroso lago a bordo de una barca (lo que recuerda poderosamente a Caronte y al río Aqueronte).

Finalmente, en la última novela –Las reliquias de la muerte–, es el propio Harry, el héroe, quien pasa por la experiencia de la muerte, visitando un limbo en el que se halla se querido Dumbledore, y obtiene allí la información que necesita para deterrotar definitivamente a su eterno enemigo.

ANEXO
OTROS “DESCENSOS”
La lista de personajes que llevan a cabo una catábasis es mucho más larga de la aquí recogida, y abarca prácticamente todas las épocas y culturas. Así, en la antigüedad encontramos también a los dioses Adonis y Attis, quienes protagonizan su propio descenso por separado. Algo similar encontramos en el relato de Orfeo y su amada Eurídice, o en la historia de los hermanos Cástor y Pólux. En el Islam, fue el profeta Mahoma quien baja a los infiernos acompañado por el arcángel Miguel, mientras que en la mitología japonesa encontramos a Izanagi, creador de todas las cosas, que baja al inframundo para rescatar a su esposa y hermana Izanami.

BIBLIOGRAFÍA:

-ALCOBA, Daniel. Inferno. Ed. Planeta. Barcelona, 2008.

-CAMPBELL, Joseph. El héroe de las mil caras. Ed. FCE. México, 1992.

-ELIADE, Mircea. Nacimiento y Renacimiento. Ed. Kairós. Barcelona, 2001.

-GENNEP, Anorld Van. Los ritos de paso. Ed. Alianza. Madrid, 2008.

-GONZÁLEZ SERRANO, Pilar. Catábasis y resurrección. Espacio, tiempo y forma, nº 12, 1999 , pags. 129-180.

-GRAVES, Robert. Los mitos griegos. Ed. Ariel. Barcelona, 2007.

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Arqueología bíblica: entre la Ciencia y la fe

Posted on 01 Octubre 2009 by Javier García Blanco

(c) Jill Battaglia / Istockphoto

Pese a la imagen popularizada en el cine por Indiana Jones, los logros de la arqueología bíblica no alcanzan al Arca de la Alianza o al Santo Grial. En su lugar, esta disciplina lucha en los últimos años por superar las diferencias entre las distintas “escuelas” existentes, al mismo tiempo que intenta acabar con la lacra de las falsificaciones con fines económicos, religiosos y políticos.

A lo largo del año 2008, medios de todo el mundo despacharon numerosos titulares con la Biblia como protagonista. Desde el supuesto hallazgo en Etiopía del palacio de la reina de Saba, pasando por el presunto descubrimiento de las célebres minas del rey Salomón, hasta la identificación del texto hebreo más antiguo en el lugar donde David se enfrentó a Goliat, distintos episodios narrados en el Antiguo y el Nuevo Testamento han ocupado espacios destacados en prensa y televisión. Un hecho que no es exclusivo del año 2008. Basta un breve repaso a las hemerotecas para descubrir decenas de noticias similares en años recientes.

Sin un mayor análisis, la primera impresión podría hacernos pensar que, efectivamente, la arqueología se ha convertido en los últimos años en una eficaz herramienta que, para alegría y satisfacción de los creyentes, parece confirmar la historicidad de los sucesos relatados en la Biblia. En definitiva, da la impresión de que la “historia sagrada” ha logrado dejar atrás su condición de materia de fe para convertirse en historia empíricamente demostrada. Y todo ello, de la mano de la ciencia.

Sin embargo, un análisis más cuidadoso de todos estos supuestos descubrimientos desvela, en muchos casos, una enrevesada madeja tejida a base de fraudes arqueológicos, engaños, búsqueda de notoriedad mediática e intereses religiosos e incluso políticos.

HISTORIA DE UNA DISCIPLINA
Los orígenes de la arqueología bíblica se remontan a la primera mitad del siglo XIX. Uno de los pioneros en este campo fue el estadounidense Edward Robinson. Miembro destacado de la Iglesia Congregacionalista de EE.UU., Robinson se propuso callar la boca a los más duros críticos de la Biblia, y pensó que la mejor forma de hacerlo pasaba por localizar los enclaves bíblicos mencionados en las Escrituras, convencido de que así otorgaba una historicidad a los hechos reflejados en el Antiguo Testamento. Aquella determinación le llevó a organizar dos expediciones a Palestina –entonces en manos del Imperio Otomano– en 1838 y 1852. Tras el primero de aquellos viajes, Robinson publicó su libro Investigaciones bíblicas en Palestina, donde daba cuenta de sus primeros hallazgos.

Grabado del siglo XIX mostrando los primeros trabajos arqueológicos en Palestina.

Grabado del siglo XIX mostrando los primeros trabajos arqueológicos en Palestina.

A pesar de los esfuerzos de Robinson, el verdadero “padre” de la arqueología bíblica fue el también estadounidense William Foxwell Albright. Durante décadas, y hasta después de la Primera Guerra Mundial, las excavaciones en Palestina se asemejaban más a una romántica búsqueda de tesoros que a una auténtica disciplina científica. Albright introdujo los cambios más significativos en este sentido, desarrollando una metodología más apropiada, comenzando entonces la “Edad de Oro” de la arqueología bíblica.

Con sus excavaciones en distintos yacimientos y sus trabajos sobre la cuestión, Albright se convirtió en auténtico referente, creando toda una escuela que fue continuada por algunos de sus discípulos más destacados, como G. Ernest Wright, David Noel Freedman o Frank Moore Cross. Para Albright, buena parte de los hechos relatados en la Biblia poseían grandes visos de historicidad, pues concedía categoría de hechos historicos a relatos como los del Éxodo, la conquista de Canaán por los israelitas, e incluso la existencia de personajes como Abraham, Isaac o Jacob. Su convencimiento de que la arqueología podía dar carta de realidad a algunos de los eventos de la Biblia Hebrea (así denominan los especialistas al Antiguo Testamento) llegaba a tal punto que llegó a afirmar que la labor del arqueólogo pasaba por “iluminar, comprender y, en su grado máximo, ‘probar’ la Biblia”.

Con el paso de los años, y especialmente tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, la arqueología bíblica fue sumando nuevas excavaciones, descubrimientos y estudios sobre la cuestión, y fue entonces cuando comenzaron a surgir dos escuelas de pensamiento mayoritarias, aunque no siempre es fácil adscribir a los investigadores en una de ellas.

Moisés sosteniendo las Tablas de la Ley. Crédito: Javier García Blanco / Istockphoto.

Moisés sosteniendo las Tablas de la Ley. © Javier García Blanco / Istockphoto.

Por un lado, los “maximalistas” bíblicos tienden a conceder, siguiendo la senda de Albright y a pesar de la aceptación de los descubrimientos arqueológicos, que gran parte de los relatos bíblicos están compuestos por referencias históricas. Así, los maximalistas bíblicos suelen aceptar la existencia histórica de las doce tribus de Israel, así como de los reyes David y Salomón y, en algunos casos, de algunos de los patriarcas.

Por el contrario, la otra escuela de pensamiento, conocida como “minimalismo bíblico”, considera que la Biblia no debe ser tomada con un relato histórico, rechazando la historicidad de los eventos y personajes defendidos por los maximalistas.

En cualquier caso, en muchas ocasiones los distintos especialistas no pueden ser encuadrados tajantemente en una de las dos corrientes, pues existen distintas variaciones en cada uno de los episodios y hechos a estudio. De cualquier modo, la arqueología bíblica actual ha pasado de sus primeros años en las que los investigadores solían buscar insistentemente evidencias científicas para demostrar sucesos bíblicos, a una disciplina cuyo mayor interés consiste en mejorar el conocimiento científico sobre las culturas que poblaron los territorios descritos en la Biblia, su historia y sus características, y en cuyo seno surgieron los textos sagrados.

LA BIBLIA DESENTERRADA
Entre las investigaciones y estudios realizados en los últimos años destaca especialmente el trabajo de dos arqueólogos e historiadores, el israelí Israel Finkelstein y el estadounidense Neil Asher Silberman. En el año 2001, ambos publicaron La Biblia desenterrada (Siglo XXI Editores, 2003), un ensayo en el que plasmaban las conclusiones obtenidas tras años de excavaciones y estudios en Tierra Santa. Fue un libro polémico, que levantó ampollas en círculos religiosos y académicos, especialmente en Israel. No en vano, sus planteamientos –cercanos a la línea de la corriente minimalista, aunque con matices– ofrecía una visión radicalmente distinta sobre la presunta historicidad de pasajes importantes de la Biblia hebrea.

Portada de La Biblia desenterrada. La obra causó una gran polémica tras su publicación, especialmente en Israel.

Portada de La Biblia desenterrada. La obra causó una gran polémica tras su publicación.

Entre otras cosas, el libro ponía en duda la historicidad de la vida de Moisés, del Éxodo y de otros muchos pasajes del Antiguo Testamento, después de analizar minuciosamente los datos obtenidos durante sus excavaciones arqueológicas. Entre las desestabilizadores conclusiones a las que llegaron se encuentran la negación del pasaje de las murallas de Jericó, presuntamente derribadas por el sonido de las trompetas del ejército del Pueblo Elegido. Para desgracia de los creyentes más conservadores, las excavaciones desvelaron que en el siglo XIII a.C. Jericó era apenas un pequeño poblado, que carecía de muralla. Tampoco David y su hijo Salomón parecen ser los grandes monarcas que describe el Antiguo Testamento. Según la Biblia, el reino de Israel en aquella época poseía un gran poderío, con una fuerte capital, Jerusalén. Las prospecciones tampoco han dado la razón a tales aseveraciones, ya que lo que han sacado a la luz demuestra que en la época de estos dos reyes Jerusalén era una pequeña población, nada que ver con la imagen poderosa que ofrece la Biblia. Además, según Finkelstein y Asher, resulta imposible que Moisés escribiera el Pentateuco (los primeros cinco libros de la Biblia), entre otras cosas porque el Deuteronomio, el último de ellos, «describe el momento y las circunstancias exactas» de la muerte del propio Moisés.

El historiador Israel Finkelstein.El Éxodo tampoco tiene muchos visos de verosimilitud. Según los textos sagrados, cientos de miles de judíos fueron guiados por Moisés a través del desierto antes de alcanzar el monte Sinaí. Sin embargo, según los arqueólogos, los archivos egipcios de la época, que por lo general dejaban constancia escrita de cualquier suceso relevante ocurrido en su territorio, no hacen ni una sola mención a semejante masa humana vagando por las arenas del desierto. Además, en la fecha en la que se supone se produjeron aquellos sucesos, habría sido prácticamente imposible que los judíos no fueran descubiertos durante su peregrinar, ya que Egipto poseía una serie de fortificaciones militares a lo largo de su territorio. A pesar de eso –señalan los arqueólogos–, “ni una sola estela los menciona”.

Si los arqueólogos israelíes están en lo cierto, tal y como se desprende de sus investigaciones, ¿cómo se forjó aquel cúmulo de mitos? Para Finkelstein, el Pentateuco, atribuido a Moisés, es en realidad “una genial reconstrucción literaria y política de la génesis del pueblo judío, realizada 1.500 años después de lo que siempre creímos”. Según esta hipótesis, estos textos sagrados comenzaron a ser reunidos y organizados durante el reinado de Josías, que gobernó Judá en torno al siglo VII a.C. El objetivo de aquella magna obra literaria no era otro que crear una nación unida, a partir del reino del norte (Israel) y el del sur (Judá). La intención era instaurar el monoteísmo, de forma que el pueblo judío se convirtiera en uno solo, dirigido por un único Dios y gobernado por un único rey. Así que los escribas inventaron una historia común, a la medida de sus necesidades. Ni hubo culto a un único dios desde tiempos pretéritos, ni se produjo Éxodo, ni conquista de Canaán. Además, las historias sobre la Creación, el Diluvio y otros muchos pasajes fueron adaptados y reescritos a partir de antiguos mitos babilonios y sumerios, de cuya existencia habrían tenido conocimiento durante el periodo del cautiverio en Babilonia.

LA SOMBRA DE LA SOSPECHA
En el mundo de la arqueología bíblica, las polémicas no se limitan únicamente a episodios del Antiguo Testamento, ni se reducen a diferencias de criterio entre minimalistas y maximalistas. En los últimos años, y de forma alarmantemente creciente, se ha añadido otro elemento a la compleja ecuación: el de posibles falsificaciones con fines económicos, religiosos e incluso políticos, que en algunos casos han terminado en los tribunales.

Eso es lo que ocurrió, por ejemplo, con el llamado sarcófago de Santiago. A finales de octubre de 2002, un hotel de Washington se convirtió en escenario de una multitudinaria rueda de prensa organizada por la Biblical Archaeology Review (Reseña de Arqueología Bíblica). Ante decenas de expectantes medios de comunicación, el editor de la publicación, Hershel Shanks, comunicó al mundo el hallazgo de un pequeño osario de piedra caliza que podría haber contenido los restos mortales de Santiago el Menor, uno de los apóstoles que, según varios especialistas, pudo haber sido el hermano de Jesús. La identificación del osario con el de Santiago –Jacobo en hebreo– procedía de la existencia en el osario de una inscripción que rezaba: “Jacobo, hijo de José, hermano de Jesús”.

El llamado 'sarcófago de Santiago'.

El llamado ‘sarcófago de Santiago’. Crédito: Paradiso / Wikipedia.

Según explicó Shanks, el hallazgo se produjo de forma casual, cuando el eminente epigrafista francés André Lemaire descubrió la pieza en manos de un marchante de antigüedades israelí llamado Oded Golan. En un primer momento, Lemaire no dudó en confirmar la validez de la inscripción, datándola entre los años 20 y 70 d.C. “Enseguida me convencí de que era auténtica. Resultaba coherente con otras que he visto en 35 años de trabajo y también con la fecha (entre el 62 o 63 d.C.) en la cual fue ejecutado el hermano de Jesús, que se menciona en el Nuevo Testamento”, explicó Lemaire.

Otros expertos confirmaron también la autenticidad del osario, que databa efectivamente del siglo I d.C. y poseía características coincidentes con los hallados en Israel. Otra cuestión era la relativa a la inscripción, pues varios estudiosos señalaron ya entonces que, incluso aunque fuese auténtica, resultaba imposible demostrar científicamente que los personajes citados en ella se correspondían con los presentes en el Nuevo Testamento.

La polémica inscripción del 'sarcófago de Santiago'. Crédito: Paradiso / Wikipedia.

La polémica inscripción del ‘sarcófago de Santiago’. Crédito: Paradiso / Wikipedia.

Tuvieron que pasar varios meses, sin embargo, para que saltara la verdadera polémica. Algunos autores señalaron que la parte de la inscripción que aludía a Jesús era, muy probablemente, un añadido reciente y que, por lo tanto, se trataba de un fraude. La sombra de la sospecha aumentó aún más por el hecho de que la pieza no había sido descubierta durante una excavación arqueológica, sino que procedía de un marchante de antigüedades, y por lo tanto su origen resultaba dudoso.

Entre los expertos que manifestaron sus dudas se encontraba Robert Eisenmann, profesor de religión en la Universidad de California y experto en identificación y datación de textos. “Supe inmediatamente que la inscripción no era posible. Conociendo el periodo y la figura de Santiago, supe que en aquella época no habrían incluido ese parentesco en un osario como ese”, explicó. Daniel Nylon, profesor de ingeniería de materiales en la Universidad de Dayton, tampoco tuvo dudas después de examinar personalmente el sarcófago. En su opinión, el osario era auténtico –es decir, databa del siglo I d.C.–, pero no ocurría lo mismo con la inscripción. “Después de verlo con mis propios ojos, creo firmemente que alguien talló la mayor parte de la inscripción en fechas relativamente recientes”, aseguró en un artículo publicado por la revista Skeptical Enquirer.

Tras meses de “gira” por EE.UU. y otros países, la Autoridad Israelí de Antigüedades solicitó formalmente que el osario regresara a su país de origen con la intención de someterlo a un examen riguroso. Una vez en Israel se crearon dos comités de investigación independientes para proceder a su análisis y, tras meses de estudio, éstos llegaron a la conclusión de que, en efecto, parte de la inscripción era un añadido moderno.

Las sospechas parecieron confirmarse cuando, siguiendo varias pistas, la policía israelí realizó un registro en la vivienda de Golan, encontrando piezas y materiales supuestamente destinados a la falsificación de piezas arqueológicas. Con aquella actuación policial se inició una investigación en toda regla que terminó por dar lugar a un juicio en el que se pretendía determinar si las acusaciones de fraude y falsificación –no sólo de esta, sino también de otras muchas piezas– tenían fundamento.

En la actualidad, y tras cuatro años de proceso, la resolución del caso podría tener, sorprendentemente, un final inesperado. A pesar de los testimonios de arqueólogos, epigrafistas y científicos de distintas especialidades, el caso parece haber llegado a un punto muerto. En octubre de 2008, el juez Aharon Farkash, encargado del caso, manifestó durante una de las sesiones que el juicio podía terminar con un sobreseimiento. Aunque la mayor parte de los especialistas están convencidos de la falsedad de la pieza, diversas burocracias legales y la imposibilidad de demostrar con un 100% de fiabilidad la falsificación de la inscripción han dejado abierta la puerta a la existencia de dudas razonables.

Hershel Shanks, editor de Biblical Archaeological Review y uno de los más firmes defensores de la autenticidad de la pieza, realizó a finales de 2008 una dura crítica contra la Autoridad Israelí de Antigüedades, y en especial contra Yuval Goren, miembro del Instituto de Arqueología de la Universidad de Tel Aviv y uno de los testigos clave en el juicio. Según Shanks, Goren se vio obligado a reconocer durante el juicio que había restos de pátina antigua en el interior de la palabra “Jesús”.

Portada de Unholy Business.Pese a la defensa a ultranza de Shanks, la mayor parte de los estudiosos siguen convencidos de que se trata de una falsificación creada por Oded Golan. En Unholy business: a true tale of faith, greed, and forgery in the Holy Land (Negocios profanos: una historia verdadera de fe, avaricia y falsificación en Tierra Santa) la periodista y escritora Nina Burleigh desvela algunas de las claves del fraude del osario de Santiago. En sus páginas Burleigh explica, entre otros jugosos datos, cómo la policía descubrió en la vivienda de Golan que éste había colocado la pieza sobre un viejo inodoro, un lugar claramente inapropiado para una pieza con el valor que se le atribuye. Las autoridades encontraron además materiales usados habitualmente por los falsificadores. Burleigh explica en su libro cómo todos estos utensilios suelen usarse para falsificar una inscripción, permitiendo que un análisis científico encuentre pátina antigua aunque en realidad sea una creación moderna. Una técnica que fue posiblemente utilizada en el caso del osario de Santiago, y que sería la causante de los problemas a la hora de poder demostrar al 100 % la falsificación.

Las piezas bajo sospecha en el juicio contra Golan no son el único ejemplo de la división actual que existe entre las distintas “facciones” de arqueólogos bíblicos. Otros hallazgos, como los citados al comienzo de este artículo, suponen una evidencia del delicado estado al que ha llegado esta disciplina en los últimos años.

Uno de los ejemplos más recientes corresponde al hallazgo de unas piezas cerámicas en la antigua ciudad fortificada de Khirbat Qeiyafa. Según el profesor Yosef Garfinkel, investigador de la Universidad Hebrea y director de la excavación, las piezas poseen trazos de escritura que constituirían los restos más antiguos que se conocen de un texto hebreo. Y lo que es más, en su opinión apoyarían la imagen del rey David como gobernante de un esplendoroso y fuerte reino. Como ya vimos, esta es una postura directamente enfrentada a la que sostienen Finkelstein y Silberman en su obra La Biblia desenterrada y en su más reciente trabajo, David y Salomón (Siglo XXI Editores, 2007).

Tras el anuncio del “sorprendente descubrimiento”, ambos autores no tardaron en mostrar su disconformidad con la interpretación del mismo. Para Silberman, actualmente profesor en la Universidad de Massachussets, en su opinión el caso parecía un claro intento de confirmar a toda costa los pasajes bíblicos a través de la arqueología. Una posición que comparte su colega Israel Finkelstein. Otros estudiosos, como Aren Maeir, profesor de arqueología en la Universidad Bar-Ilan, señalaron que el hallazgo no suponía “una evidencia concluyente” de que la ciudad donde se realizó el descubrimiento perteneciese a una tribu relacionada con el rey David. A lo anterior hay que sumar, además, el hecho de que hasta el momento no se ha confirmado que el texto sea efectivamente hebreo, ni tampoco se ha podido realizar una traducción del mismo.

¿ARQUEOLOGÍA EN PELIGRO?
Ante semejante panorama, con fraudes, noticias exageradas e intereses personales, religiosos y políticos de por medio, muchos arqueólogos no dudan en manifestar su temor por el estado actual de la arqueología bíblica. Para algunos, juicios como los que tienen al osario de Santiago y la tabilla de Joás (ver anexo) como protagonistas, suponen un grave peligro para la disciplina, pues ofrecen la imagen de que es la propia arqueología la que está siendo juzgada. Si finalmente el caso es desestimado por falta de pruebas –algo probable teniendo en cuenta la postura del juez encargado del caso–, muchos arqueólogos temen que esto podría animar a los falsificadores a inundar el mercado con piezas fraudulentas, dificultando el estudio riguroso y mermando la credibilidad de hallazgos genuinos.

El problema está en las enormes implicaciones que rodean a este tipo de piezas, en las que muchos depositan esperanzas religiosas o políticas, en un marco geopolítico tan delicado como el de Israel. Como señalaba en una reciente entrevista el investigador William Dever, profesor emérito de la Universidad de Arizona y con una experiencia de más de treinta años a sus espaldas, “la verdad sobre la cuestión es que, en la actualidad, la arqueología ofrece más interrogantes que respuestas sobre la historicidad de la Biblia. Y esto es algo muy molesto para algunas personas. El hecho es que la arqueología nunca probará ninguna de las suposiciones teológicas de la Biblia. Podemos decir qué pasó, cuándo, dónde, cómo e incluso por qué. Pero ningún arqueólogo podrá decir nunca qué significa”. Una respuesta que, por desgracia, no satisface a muchos.

ANEXO
LA TABLILLA DE JOÁS
El rastro de sospechas dejado por Oded Golan no termina con el ya célebre osario de Santiago. Poco antes de su detención, se supo que el anticuario había intentado vender al Museo de Israel otra pieza, conocida como Tabilla de Joás, por una elevada suma de dinero. Por desgracia para el coleccionista, el museo rechazó la oferta después de que sus expertos examinaran un fragmento y determinaran que existían muchas posibilidades de que se tratara de una falsificación. En concreto, la tablilla consiste en una pieza de piedra negra con caracteres fenicios que aludirían a una orden del rey Joás solicitando la reparación de parte del primer templo de Jerusalén. Un pasaje muy similar a este aparece en el Segundo Libro de los Reyes, por lo que si la pieza fuera auténtica, se confirmaría no sólo la historicidad del pasaje bíblico, sino también la existencia del primer Templo, del que hasta el momento no existen evidencias arqueológicas. Además de la importancia histórica que tendría el hecho de que la tablilla fuese verdadera, también habría fuertes implicaciones políticas, pues permitiría a ciertos sectores reclamar su derecho a ciertos enclaves sagrados, como la explanada del Templo.

Además de las sospechas sobre la inscripción, la Tablilla de Joás padece la misma carencia que el osario de Santiago: no fue hallada durante una excavación arqueológica controlada, sino que procede de un coleccionista –Golan–, y su verdadero origen es desconocido.

ANEXO 2
HECHOS CONFIRMADOS
Aunque en los últimos años los hallazgos arqueológicos y los estudios lingüísticos y mitológicos van desmintiendo muchos de los episodios narrados en la Biblia, existen algunas piezas que confirman algunos de sus contenidos. Uno de los hallazgos más destacados es el de la llamada Estela de Tel Dan, una piedra negra basáltica, descubierta en 1993 en el yacimiento del mismo nombre, y en el que se narra la invasión de un rey arameo –probablemente Jazael– sobre el reino de Israel. Lo más destacado de la pieza es que ésta menciona directamente a los reyes Jorán y Ocozían, descendientes de la Casa de David. Aunque la mención no prueba que el reino de David fuese tan poderoso y rico como sugiere la Biblia, sí confirma su existencia, así como la fama del linaje davídico en la región.

Fragmento de la Estela de Merenptah donde se menciona a Israel. Crédito: Wikipedia.

Fragmento de la Estela de Merenptah donde se menciona a Israel. Crédito: Wikipedia.

Otras evidencias arqueológicas importantes proceden de Egipto. Ese es el caso de la Estela del faraón Merenptah y la inscripción del faraón Sisac. La primera de ellas, datada en torno al 1207 a.C., relata la victoria de Merenptah o Merneptah (hijo de Ramsés II) sobre Canaán, mencionando al pueblo de Israel, lo que constituye una prueba de que en esas tempranas fechas ya existía un grupo de población denominado de tal forma. En cuanto a la inscripción de Sisac, tallada en los muros del templo de Karnak, cita igualmente una campaña bélica en la que se cita menciona Jerusalén. Un evento histórico que fue recogido en la Biblia: “El año quinto del reinado de Sisac, rey de Egipto, atacó Jerusalén. Se apoderó de los tesoros del Templo y del palacio, se lo llevó todo, con los escudos de oro que había hecho Salomón”.

En cuanto al Nuevo Testamento, entre las piezas más destacadas se encuentran el osario familiar de Caifás, descubierto en 1990, una inscripción hallada en el teatro de Cesarea que menciona a Poncio Pilatos, o el llamado Papiro Rylands, el más antiguo de los manuscritos con fragmentos del Nuevo Testamento, datado entre los años 125 y 130 d.C.

BIBLIOGRAFÍA:

-BURLEIGH, Nina. Unholy business: a true tale of faith, greed, and forgery in the Holy Land. Harper Collins, 2008.

-FINKELSTEIN, Israel y SILBERMAN, Neil Asher. La Biblia desenterrada. Siglo XXI editores, 2003.

-FINKELSTEIN, Israel y SILBERMAN, Neil Asher. David y Salomón. Siglo XXI editores, 2007.

Fotografía apertura: © Jill Battaglia / Istockphoto

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Religiones ibéricas

Posted on 01 Septiembre 2009 by Javier García Blanco

Detalle del sepulcro de Pozo Moro. Crédito: Luis García / Wikipedia.

Hasta la llegada del cristianismo en los primeros siglos de nuestra era, los antiguos habitantes de la península elevaron sus plegarias a los más variados dioses. Divinidades fenicias, griegas, egipcias y romanas se sumaron al panteón de dioses indígenas, dando forma a un rico muestrario religioso plagado de llamativas costumbres y supersticiones.

Mucho después de la cruel y sangrienta lucha entre los dioses y los titanes, un nuevo rey se alzó con el mando en el pueblo de los curetes. Se llamaba Gárgoris, y enseñó a sus compatriotas el arte de producir la miel. Su hija quedó embarazada antes de desposarse (dicen las malas lenguas que fruto de relaciones incestuosas) y el rey, deshonrado, ordenó que el niño fuera abandonado en el monte para que las bestias lo devoraran. Sin embargo, las fieras lo alimentaron, salvándolo de una muerte segura.

Cuando Gárgoris se enteró, pidió a sus hombres que lo arrojaran a un grupo de cerdas y perras hambrientas. De nuevo, en lugar de devorarlo, los animales le ofrecieron sus ubres y lo amamantaron. El monarca, irritado, hizo que lo lanzaran al mar, pero los dioses protegieron al niño, que llegó plácidamente a la orilla. Allí fue recogido y cuidado por una cierva.

Pasaron los años y el niño, criado como un salvaje, quedó un día atrapado en una trampa. Llevado ante Gárgoris, el rey lo reconoció y, comprendiendo que era una protegido de los dioses, le nombró su heredero, dándole el nombre de Habis. El joven se convirtió en un héroe civilizador, que enseñó a sus súbditos la técnica del arado y les dictó las leyes. Después prohibió el trabajo a los nobles y repartió al resto de la población en siete clases o ciudades.

Posible ubicación de la antigua Tartessos. Crédito: Wikipedia.

Posible ubicación de la antigua Tartessos. Crédito: Wikipedia.

Esta leyenda, recogida por el historiador Justino, constituye uno de los pocos relatos mitológicos que se conocen sobre la antigua cultura de Tartessos, la enigmática civilización que ocupó la costa suroeste de la península ibérica desde finales del 2º milenio a. C. hasta el siglo VI a. C.

La historia de Gárgoris y Habis posee innegables similitudes con otros relatos míticos –y otros supuestamente históricos– en los que el héroe sufre una infancia llena de desgracias o intentos de asesinato, pero que sobrevive gracias a la ayuda de las divinidades o de animales: Moisés o Rómulo y Remo son buenos ejemplos de ello. Este mito tartésico es un ejemplo de las influencias culturales y religiosas traídas de oriente por los comerciantes fenicios, que establecieron en la península sus colonias e insuflaron a los indígenas tartesios, herederos de la cultura megalítica del suroeste ibérico, buena parte de sus costumbres y creencias.

Y es que muchos siglos antes de que el cristianismo echara sus raíces en la península, los distintos pobladores de la “piel de toro” rindieron culto a una pléyade de divinidades, algunas de ellas indígenas y otras muchas importadas, fruto de las distintas influencias recibidas.

UN EXÓTICO PANTEÓN ORIENTAL
En lo que respecta a relatos mitológicos, sólo conocemos el de Gárgoris y Habis, citado por fuentes clásicas, y el que se refiere a Gerión, otro rey mítico, un pequeño reyezuelo-pastor, descrito como un ser de tres cuerpos o tres cabezas (según las versiones), que fue vencido por el semidiós Heracles, quien le robó sus rebaños.

El abanico de divinidades, sin embargo, era mucho más rico. La aculturación que se produjo con el contacto fenicio supuso la importación de diversas deidades orientales, especialmente de origen semita. Es el caso de la diosa Astarté, cuyo culto ha quedado de manifiesto con el hallazgo de numerosas piezas arqueológicas. Su rastro puede encontrarse en el célebre yacimiento tartésico de El Carambolo (Sevilla), donde se descubrió una figura de la diosa, desnuda y tocada con una peluca de estilo egipcio. Data de la 2ª mitad del siglo VIII a. C., y posee una inscripción que aclara su advocación: “Ofrenda que ha hecho Baal Jaton, hijo de Dommelek y Abdibaal, hijo de Dommelek, nigromantes de Astarté, como agradecimiento a Astarté-Ur por haber escuchado sus plegarias”.

Figurilla de Astarté descubierta en el yacimiento tartésico de El Carambolo.

Figurilla de Astarté descubierta en el yacimiento tartésico de El Carambolo.

Esta inscripción es, además, un ejemplo perfecto del carácter eminentemente práctico de las religiones ibéricas primitivas. Lo más probable es que los pueblos indígenas no contaran con un cuerpo sacerdotal bien estructurado, sino que el contacto con la divinidad debía ser directo, en los santuarios, y el culto de los fieles se reducía a la realización de ofrendas con la intención de obtener un beneficio, salud, protección, etc… En el caso de producirse, los sacrificios se reducían a la inmolación ritual de pequeños animales, como las palomas ofrecidas a Astarté.

Las ofrendas podían consistir en alimentos, libaciones rituales de líquidos (leche, aceite, miel…) o quema de incienso, como demuestra el hallazgo de pebeteros y quemadores con imágenes de divinidades. Sin embargo, lo más habitual era la ofrenda de exvotos.

Astarté de La Galera.

Astarté de La Galera.

Este carácter de ofrenda es también evidente en otra Astarté, la encontrada en la Tumba de la Galera, la antigua Tutugi (Granada). Esta hermosa figura, enmarcada por dos esfinges, tiene una abertura en la cabeza y los pechos, con orificios, se apoyan en un cuenco. Los fieles vertían sus libaciones en la cabeza, y el líquido surgía de los senos, llenando el cuenco.

Astarté (el equivalente fenicio de la Isthar acadia), era la diosa de la fecundidad,  del amor y la vida, pero también podía serlo de los astros y la guerra, por lo que se consagraban a ella las armas de los enemigos. Su culto se extendió rápidamente entre las poblaciones tartésicas, que la aceptaron sin dificultad, gracias al recuerdo aún fresco de la adoración, en el 2º milenio a. C., a una Diosa Madre de la fecundidad. Astarté estuvo asociada a la práctica de la prostitución sagrada, y es posible –aunque no hay evidencias– que también se realizara en la península ibérica.

Los tartesios, al igual que el resto de culturas mediterráneas, eran politeístas, y el panteón se completaba con otros dioses. Así, se han encontrado piezas que representan a la diosa egipcia Isis, como la hallada en La Aliseda. Otros descubrimientos parecen indicar la presencia de culto a Reshef o Hadad, divinidades orientales relacionadas con Astarté, las epidemias y el mundo de ultratumba.

Otro de los dioses conocidos por las poblaciones indígenas fue El, “el primero entre los dioses” (fue la divinidad más importante para los cananeos). Se han encontrado representaciones suyas en La Aliseda, así como en un sello de Puerta de Tierra (Cádiz). Otra divinidad traída por los fenicios, aunque su origen está en el país del Nilo, es el dios enano Bes, de carácter apotropáico (protector), a quien se acudía para sanar picaduras de serpiente y para auxiliar a las mujeres durante el parto. Se han encontrado algunas imágenes en la necrópolis fenicia de Sexi (la actual Almuñecar) que datan del 700 a.C., y en algunos amuletos.

Este singular panteón se completaba con Baal Samen, “señor del cielo” y Baal Hammon, “señor de los perfumes”. Este último tenía tres cabos consagrados por los fenicios: San Vicente, Palos y Segres.

Más importante aún fue el culto a Melqart, el dios tutelar de Tiro, divinidad solar que llegó con los primeros navegantes fenicios. Si Baal Hammon tenía tres cabos bajo su advocación, Melqart (más tarde asimilado a Hércules) contaba con dos islas en la costa, una junto a Huelva y otra cerca de Cartagena, con santuarios al aire libre. Además existió un importante santuario cerca de Cádiz, que poseía un templo –sobre el que Estrabón refiere que algunos identificaron erróneamente con las célebres columnas de Hércules– y otros dos santuarios en Ibiza.

La influencia fenicia no sólo trajo consigo una pléyade de dioses, sino también la creencia y el culto a determinados animales fantásticos (la esfinge y el grifo) y la adopción de determinados símbolos religiosos, como el Árbol de la Vida, además del uso de objetos mágicos, como amuletos o cinturones sagrados.

En cuanto a las costumbres mortuorias, las excavaciones arqueológicas indican que se daban tanto la inhumación como la cremación, ésta última de nuevo por influencia fenicia. En el caso de las cremaciones, se separaban los huesos de las cenizas, lavándose las osamentas e introduciéndolas en urnas que luego se tapaban con platos. Estas urnas podían ir acompañadas de broches de cinturón y platos de cerámica. Es posible que también se realizaran danzas fúnebres, como parecen atestiguar algunas representaciones de estos bailes funerarios.

EL LEGADO IBERO
Los motivos de la desaparición de Tartessos, ocurrida en el siglo VI a.C., siguen siendo una incógnita para los historiadores. Independientemente de las causas de su final, a partir de esa fecha la influencia fenicia se ve sustituida por la cartaginesa, aunque no por ello desaparecen las relaciones con Oriente.

Tras la cultura tartésica, son los turdetanos (uno de los pueblos iberos) quienes toman el “relevo” en un marco geográfico similar, gozando de su máximo esplendor en torno al siglo IV a. C. En lo que respecta a las creencias, subsistió el culto a Astarté, aunque bajo la forma de la Tanit cartaginesa, diosa guerrera consorte de Baal, que tuvo gran aceptación entre los iberos. Se mantuvo el culto a Melqart, pero se sumaron nuevas deidades, como Atenea o Adonis, así como algunos dioses infernales.

También siguieron rindiendo culto a animales fantásticos como esfinges, sirenas, grifos… y a otros reales, como el lobo y el toro (ver anexo). Otros animales, como el ciervo y el león, tuvieron un significado funerario, y aparecen habitualmente en tumbas como guardianes de las sepulturas.

Los ritos mortuorios parecen los mismos que los del periodo anterior, pero algunos hallazgos indican que en ocasiones se practicaban competiciones y juegos con motivo del funeral de personajes importantes.

La Dama de Baza. Crédito: Luis García / Wikipedia.

La Dama de Baza. Crédito: Luis García / Wikipedia.

El panorama religioso es igualmente rico en el resto de territorios iberos no turdetanos. Hubo una especial devoción a las Diosas Madres, representantes de la vida y la fecundidad. Este podría ser el significado de obras tan famosas como la Dama de Baza o la Dama de Elche. Aunque no se pueda asegurar con rotundidad, estas dos célebres figuras podrían ser versiones iberas de la diosa Tanit, como explica el profesor José María Blázquez. Ambas cuentan en su parte posterior con huecos, probablemente para albergar las cenizas del difunto.  En cualquier caso, la identificación con la diosa cartaginesa es innegable en algunas figurillas similares encontradas en Ibiza.

La célebre Dama de Elche. Crédito: Francisco J. Díez Martín / Wikipedia.

La célebre Dama de Elche. Crédito: Francisco J. Díez Martín / Wikipedia.

En cuanto a los dioses masculinos, se han encontrado figuras de una divinidad que suele ir acompañada de caballos, animales o genios alados, además de restos correspondientes a un dios de la guerra.

Esfinge de Agost, en el Museo Arqueológico Nacional. Crédito: Luis García / Wikipedia.

Esfinge de Agost, en el Museo Arqueológico Nacional. Crédito: Luis García / Wikipedia.

Las poblaciones iberas practicaron también un culto a los animales fantásticos, y encontramos de nuevo esfinges, grifos y criaturas androcéfalas (con cabeza humana). Un magnífico ejemplo lo constituyen la esfinge de Agost o la más conocida Bicha de Balazote (Albacete), un toro con cabeza humana, quizá una asimilación del griego Aqueoloo. Otros animales tenían un sentido funerario, como las sirenas o los leones. Éstos últimos solían aparecer como guardianes de tumbas.

La "Bicha de Balazote". Crédito: Luis García / Wikipedia.

La “Bicha de Balazote”. Crédito: Luis García / Wikipedia.

Otro de los aspectos que llama la atención dentro de la religiosidad ibérica es el del uso de cuevas-santuario, una costumbre que en algunos casos se había heredado de la época neolítica, y que se prolongó bajo dominio romano e incluso hasta el periodo medieval. En su interior o en las cercanías se han encontrado numerosas ofrendas y piezas cerámicas, así como restos de comidas rituales y de sacrificios animales.

Aunque pueda sorprendernos, las evidencias arqueológicas parecen indicar que los sacrificios no se reducían únicamente a la inmolación de animales. Los arqueólogos creen haber hallado restos de varios tofet –lugares destinados al sacrificio– en distintas poblaciones iberas. En estos tofet, siguiendo una costumbre practicada por los fenicios, los antiguos habitantes peninsulares habrían sacrificado a sus primogénitos. Se han encontrado evidencias de estos enclaves tan siniestros en Illici (la actual Elche), Cuyram (Ibiza) y en Cádiz.

En lo que respecta a las costumbres funerarias, los pueblos iberos practicaban la cremación de forma habitual. Los difuntos eran vestidos con trajes de gala para la ocasión, como demuestran los restos de tejidos encontrados en algunos yacimientos. Es posible que esta costumbre se acompañara con la celebración de algún tipo de banquete funerario. En el caso de los guerreros, por ejemplo, sus restos eran enterrados con las armas que usaron en vida, aunque antes de la inhumación se procedía a “anular” el filo. Tras la quema del cadáver las cenizas se enterraban en un hoyo o en un nicho. Tal y como explica José María Blázquez, estos rituales parecen indicar que los iberos creían “que la tumba era la morada del difunto, por lo que era enterrado con los objetos de uso personal”.

CELTÍBEROS, LUSITANOS, VASCONES…
Este crisol de divinidades, creencias y supersticiones se completaba con las que poseyeron los pobladores indígenas del resto de la península, un grueso de población formado por pueblos como los lusitanos, astures, cántabros, carpetones, vetones, etc… habitualmente denominados celtíberos –aunque en propiedad éstos eran un grupo concreto dentro de los distintos pueblos celtas peninsulares–, diferenciados del área cultural ibérica. Aunque todavía existen dudas al respecto, es muy posible que el origen de estas poblaciones se encuentre en las olas de expansión de culturas como la del “vaso campaniforme” y más tarde la de los “campos de urnas”. Estos pueblos habrían heredado costumbres y creencias de aquellas primeras culturas, y más tarde terminaron de moldearse gracias a sus contactos con los tartesios e iberos.

Antes del I milenio a. C., estos grupos de población mantenían rituales y creencias de origen indoeuropeo, adorando divinidades indígenas como Navia, Cosus, Reve o Lug. Entre sus costumbres llaman la atención las ofrendas de armas que realizaban a las aguas.

Siglos después serían los celtíberos –en el sentido general del término– quienes ocuparían esta parte de la península. Al igual que ocurría con los iberos, no parece que estos pueblos indígenas contaran con un sacerdocio muy organizado, aunque si debían existir sacerdotes que actuaban como adivinos y magos. En cuanto a los santuarios, no solían erigirse templos, sino que los lugares sagrados eran siempre enclaves naturales como fuentes, montañas o campos.

En algunos de estos pueblos celtibéricos, como entre los cántabros, era habitual el sacrificio de caballos para beber su sangre. Este ritual tenía un claro componente mágico e indica que consideraban sagrados a estos animales, tal y como relataron Silio Itálico u Horacio. En la zona norte de la península también era habitual la inmolación de otros animales, como cabras y machos cabríos, e incluso están documentados suouetaurilia, sacrificios conjuntos de toro, cerdo y carnero. Estas ejecuciones rituales tenían como objeto la adoración a alguna divinidad indígena. Por otra parte, parece que también se dieron sacrificios humanos entre los pueblos del norte, en honor a un dios autóctono identificado con Marte.

La adivinación también era una práctica muy importante. Autores clásicos como el ya citado Silio Itálico nos hablan de las costumbres de los galaicos, que realizaban sus vaticinios observando el vuelo de las aves o examinando las entrañas de los animales. Esta costumbre, que era practicada por hombres y mujeres, seguía las mismas técnicas de los antiguos augures etruscos. Otros grupos, como los vascones y los lusitanos, también eran grandes adivinos, aunque éstos últimos requerían siempre de sacrificios humanos para que los augurios resultaran efectivos.

Otras supersticiones llamativas tenían un carácter mágico y, para nuestros ojos actuales resultan bastante escabrosas. Entre ciertos grupos, como relata Plinio, era habitual comerse los sesos de un oso, en la creencia de que el gourmet adquiría así la fiereza y poder del animal. No menos curiosas eran las llamadas mascaradas, celebraciones en las que los participantes se disfrazaban con pieles de ciervos antes de entregarse a goces sexuales y que claramente tenían un sentido de fertilidad. Algunas de estas mascaradas, aunque “descafeinadas”, continúan celebrándose hoy en algunas poblaciones españolas.

En cuanto a los dioses propiamente dichos, apenas se han conservado imágenes de los mismos, a diferencia de lo que ocurrió con otros pueblos europeos. Sin embargo, gracias a numerosas inscripciones epigráficas sabemos que adoraron a una nutrida nómina de divinidades, tanto propias como asimiladas de otras culturas. Así, se conservan representaciones del dios galo Cernunnos, Sucellus o el llamado Marte de los Pirineos, un dios-guerrero propio, aunque asimilado a la divinidad romana. Más importante –al menos por el número de inscripciones halladas– era el dios Endovellico, un dios infernal y de las moradas de ultratumba. Otras divinidades destacadas eran Epona, vinculada con el ganado, o Ataecina.

Además de estas divinidades concretas, dentro de los distintos pueblos celtibéricos se rendía culto a ciertos elementos de la naturaleza. Así, en Galicia había una devoción especial por las aguas, las piedras, los montes y los bosques. En otros lugares se creía también en los genius loci (genios del lugar) o divinidades de los caminos. Y, al igual que otros pueblos celtas, los bosques eran considerados lugares sagrados muy especiales.

Las costumbres funerarias no son menos singulares. Silio Itálico aseguraba en sus textos que los celtíberos tenían la costumbre de ofrecer los cadáveres de los guerreros caídos en el campo de batalla a aves carroñeras. Esta costumbre tenía su origen en la creencia de que estas aves transportaban las almas al más allá y es una evidencia de que creían que el reino de ultratumba se encontraba en el cielo.

Con el grueso de la población, sin embargo, los rituales funerarios eran más sencillos, y tenían la cremación como rito principal. Se procedía a quemar del cadáver en una pira alejada del lugar de enterramiento. Después las cenizas se colocaban directamente sobre la tierra o bien dentro de unas piezas cerámicas. Los restos iban acompañados de un ajuar funerario y ofrendas.

La llegada del cristianismo supuso un paulatino abandono de todas estas creencias paganas. Sin embargo, distintas fuentes históricas dejan de manifiesto que muchas de estas costumbres no fueron sencillas de eliminar. En una fecha tan tardía como el siglo VII, muchos lugares de la península conservaban algunas de estas creencias entre la población. En aquella dura pugna con el paganismo, la Iglesia tuvo que esforzarse en sustituir a los dioses paganos con santos, y cristianizó santuarios y lugares sagrados con la construcción de ermitas y templos de nuevo culto, en un intento para lograr que la población asimilara más fácilmente la nueva doctrina. A pesar de todo el tiempo transcurrido, hoy todavía es posible captar, en algunas costumbres, el poso sagrado que nos legaron los antiguos habitantes peninsulares.

ANEXO
EL CULTO AL TORO
Desde la época neolítica, el toro ha recibido una atención especial por parte de los pobladores peninsulares, pues se le otorgó un carácter sagrado. Con la llegada de los fenicios, esta percepción sagrada se vio acentuada, pues el culto a este animal fue un elemento común en las culturas mediterráneas. Entre las evidencias dejadas por los pueblos iberos de este culto al toro encontramos piezas como el llamado Toro de Porcuna, de clara influencia oriental. Parece ser que el toro estuvo muy relacionado con los cultos a Hércules-Melqart y a Tanit, y a menudo se han encontrado imágenes de estos animales en necrópolis, en relación con monumentos funerarios. En otros casos, el toro aparece vinculado a símbolos astrales, como en una figurilla en bronce descubierta en Azaila, en la que el animal lleva una especie de roseta en la frente, o en piezas de cerámica descubiertas en Numancia.

Toros de Guisando (Ávila). Crédito: Wikipedia.

Toros de Guisando (Ávila). Crédito: Wikipedia.

Entre los ejemplos más célebres de imágenes de toros se encuentran los llamados verracos, grandes esculturas pétreas que, según las hipótesis más populares, constituirían monumentos funerarios. También pudieron tener un sentido mágico, quizá con la finalidad de proteger y favorecer al ganado.

Esta profusión de imágenes de toros parece despejar cualquier duda sobre su carácter sagrado, aunque esto no implica que fuera considerado un dios.  En general, el toro es un símbolo de fecundidad, de vida, y del carácter positivo de las fuerzas de la naturaleza.

ANEXO
TUMBAS Y SANTUARIOS
Entre los monumentos funerarios y santuarios que nos legaron las poblaciones ibéricas primitivas destacan especialmente dos: el mausoleo de Pozo Moro (Albacete) y el santuario de Cancho Roano (Badajoz).

El mausoleo de Pozo Moro. Crédito: Luis García / Wikipedia.

El mausoleo de Pozo Moro. Crédito: Luis García / Wikipedia.

Relieve con escena de banquete, mausoleo de Pozo Moro. Crédito: Luis García / Wikipedia.

Relieve con escena de banquete, mausoleo de Pozo Moro. Crédito: Luis García / Wikipedia.

El primero de estos monumentos perteneció con seguridad a un personaje importante, quizá un reyezuelo o un jefe mitificado. Hoy este mausoleo, anterior al siglo V a.C. (fecha en la que se derrumbó), está expuesto en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid. Posee un claro influjo oriental, y está custodiado por cuatro leones que siguen el estilo neohitita. Lo más llamativo son una serie de relieves, en los que se muestra un banquete funerario con dioses infernales y monstruosos, una posible recreación de un episodio del mito de Gilgamesh y una llamativa escena sexual.

A pesar de las polémicas que ha motivado al respecto, todo parece indicar que el conjunto de Cancho Roano, construido en torno al siglo VI a. C., se corresponde con un palacio-santuario sagrado, como atestiguan los distintos altares hallados en el recinto o el hecho de que esté perfectamente orientado a la salida del sol.

Recreación informática del santuario de Cancho Roano.

Recreación informática del santuario de Cancho Roano.

BIBLIOGRAFÍA:

-ALVAR, Jaime (coord). Entre fenicios y visigodos. Ed. Esfera de los libros. Madrid, 2008.

-BENDALA, Manuel. Tartesios, iberos y celtas. Ed. Temas de Hoy, 2000.

-BENDALA, Manuel. La Antigüedad: De la prehistoria a los visigodos. Silex ediciones, 1990.

-BLÁZQUEZ, José María. Religiones, ritos y creencias funerarias de la Hispania prerromana. Ed. Biblioteca Nueva, 2001.

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