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Entrevista con Santiago Posteguillo, autor de ‘Circo Máximo’

Posted on 01 octubre 2013 by Alberto de Frutos

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Santiago Posteguillo en las ruinas del anfiteatro de Itálica | © Javier García Blanco

Santiago Posteguillo en las ruinas del anfiteatro de Itálica | © Javier García Blanco

Los amantes de la novela histórica pueden respirar tranquilos. La segunda parte de la Trilogía de Trajano ya está aquí. Su autor, Santiago Posteguillo (Valencia, 1967), ha mimado durante dos años un texto que está destinado a atrapar y conmover a sus lectores. Si en Los asesinos del emperador el escritor valenciano novelaba –magistralmente, todo hay que decirlo– el ascenso al trono del primer emperador hispano de Roma, en Circo Máximo (Planeta, 2013) reconstruimos sus primeros años al frente del imperio. Nada menos que 1.200 páginas que se leen de un tirón. Gladiadores, vestales, fieros guerreros y senadores sibilinos colman un fresco épico y riguroso, del que solo cabe lamentar que se acabe, pese a su extensión, tan pronto…

–Alberto de Frutos: ¿Qué va a encontrar el lector en esta segunda parte de la serie de Trajano?
–Santiago Posteguillo: Se va a encontrar con Trajano gobernando y, además, gobernando bien. Pero junto con las decisiones del emperador, los lectores van a sentarse en las gradas del Circo Máximo y van a asistir a varias carreras de cuadrigas, presenciarán un juicio a una vestal frente al tribunal de sacerdotes de Roma, combatirán en grandes batallas al norte del Danubio y, una vez más, como en la novela anterior, descenderán con los gladiadores a la arena del Anfiteatro Flavio. Roma en estado puro.

–En su opinión, ¿fue la época de los Antoninos, como dijo Gibbon, la “más feliz de la historia de la humanidad”?
–Siempre es difícil saber cuándo se estuvo mejor en el mundo, pero es muy defendible que la época que se inicia con Trajano y que termina con Marco Aurelio, el mundo controlado por Roma disfrutó de un razonable orden que facilitó un crecimiento sostenible gracias a una paz duradera, al menos, en el interior de las fronteras imperiales.

Novela 'Circo Máximo' (Ed. Planeta), de Santiago Posteguillo –Trajano fue el primer emperador hispano. ¿Qué factores explican su ascenso a las más altas cúspides del poder?
–Desde tiempos de Vespasiano, y antes, se fueron incorporando senadores provinciales al Senado romano. En época de Nerva, el grupo de senadores hispanos era poderoso, al igual que el de senadores provenientes de la Galia. El matrimonio de conveniencia entre Trajano (de origen hispano) y Plotina (de la Galia) hizo que estos dos grupos se unieran. A esto hay que sumar que el imperio, tras las derrotas militares de Domiciano en el Danubio, necesitaba un buen militar. Trajano tenía el apoyo de los senadores hispanos y galos, destacaba como militar y era muy respetado por las legiones. Nerva eligió con lógica al sucesor mejor situado. Luego Trajano tuvo además la inteligencia de no imponerse por la fuerza sino de pactar bastantes leyes con el Senado y reservar su firmeza para las guerras de frontera.

–La conquista de la Dacia, que recrea ampliamente en Circo Máximo, fue uno de los mayores hitos de su gobierno. ¿Qué significó para Roma la colonización de este territorio?
–Supuso la pacificación de un territorio tradicionalmente hostil a Roma. Desde tiempos del rey dacio Buresvista, en época de Julio César, la Dacia atacaba las provincias romanas del Danubio. El mismísimo Julio César proyectó una invasión de la Dacia para terminar con este problema, pero no pudo llevarla a cabo por el magnicidio que sufrió en los famosos idus de marzo a manos de sus opositores del Senado. Trajano, en cierta forma, resucitó un proyecto, anexionarse la Dacia, que ya había imaginado Julio César. La victoria sobre los dacios además supuso una gran cantidad de oro y plata que fluía a la capital del imperio desde las minas dacias y el tesoro del rey derrotado Decébalo sirvió para terminar con la escasez de dinero de las arcas públicas, una penuria heredada de la época de Domiciano. Finalmente, en el terreno más particular, la victoria sobre los dacios afianzó a Trajano en el poder y las fastuosas celebraciones de su triunfo con infinidad de carreras de cuadrigas y luchas de gladiadores aún lo hizo más popular ante el pueblo.

–¿Podríamos comparar la resistencia de Decébalo, rey de los Dacios, a la mostrada por algunos pueblos prerromanos en la península Ibérica?
–Sin duda alguna. Hay muchos paralelismos entre ambas situaciones: los celtíberos y otros pueblos de la península Ibérica tuvieron que ser reducidos por Roma recurriendo no a una sino a varias guerras consecutivas. Trajano precisó de dos guerras contra Decébalo para rendir a los dacios, y eso después de que Decébalo hubiera derrotado a Domiciano en otra guerra anterior. Asimismo, en Hispania Roma tuvo que recurrir a algunos asedios tan legendarios como el de Numancia, en este caso para rendir a los celtíberos. De la misma forma, Trajano tendrá que asediar diferentes fortalezas dacias, en particular su capital Sarmizegetusa, para conseguir la victoria total. Y tanto en Hispania como en la Dacia, el resultado fue que los vencidos terminaron asimilándose a los vencedores y romanizándose hasta adoptar costumbres y lengua romanas. Hasta hoy: en España hablamos hoy diferentes idiomas derivados del latín al igual que ocurre en Rumanía. Sí, hay muchas semejanzas entre ambos procesos de conquista.

–En general, Trajano fue lo bastante hábil para seducir al Senado, pero tampoco le faltaron enemigos en casa. ¿Cómo compaginó el emperador su “proyección exterior” en la Dacia o el Próximo Oriente con el manejo de los asuntos internos?
–Trajano supo granjearse las simpatías de muchos senadores al mostrarse razonablemente dialogante en muchos aspectos con la clase senatorial, pero es cierto que su firmeza en la lucha contra senadores y gobernadores de provincias corruptos le crearon grandes enemigos. Al senador Prisco le obligó a devolver 700.000 sestercios (de 10 a 15 millones de euros de hoy día dependiendo cómo hagamos los cálculos). Esto quiere decir que Trajano también tuvo enemigos. Pero su mayor error interno fue no organizar adecuadamente su sucesión. Adriano se esforzó mucho en que pareciera que Trajano quería designarlo como sucesor, pero hay datos contradictorios sobre este punto y hay quien defiende que Trajano deseaba que fuera otro, el norteafricano Lucio Quieto, un  hombre de su entera confianza, el que lo sucediera. Pero Adriano, aprovechando la enfermedad de Trajano dio un golpe de Estado, omitido en la famosa novela de Yourcernar… Pero me estoy adelantando, pues todo esto es material para la tercera novela de la trilogía.

Anfiteatro de Itálica, cuna del emperador Trajano | © Javier García Blanco - Istockphoto

Anfiteatro de Itálica, cuna del emperador Trajano | © Javier García Blanco – Istockphoto

–A lo largo de 1.200 páginas, hay sitio para la guerra, el amor, la amistad, las intrigas palaciegas… Como narrador, ¿con qué líneas argumentales se siente más cómodo?
–Disfruto enormemente contando grandes batallas, siempre desde diferentes puntos de vista, desde un bando y el contrario, pero en Circo Máximo ha sido muy estimulante narrar la carrera de cuadrigas del principio y las del final de la novela. También me ha encantado narrar el juicio a la vestal que, en cierta forma, situado en el centro de la novela, es como un relato dentro de otro relato, como una película de juicios, con acusados, fiscal, abogado defensor, tribunal y juez insertada en la gran Roma del siglo II.

–De igual modo, ¿es más fácil dar voz a personajes reales, como Plinio el Joven o Cayo Suetonio, o a criaturas de su imaginación, como Menenia o el auriga Celer?
–Cada uno de estos personajes crece de forma diferente. Los personajes históricos tienen el magnetismo de haber existido, de que fueron reales, pero, por eso mismo, tienes límites en su desarrollo. Los personajes de ficción pueden crecer en tu mente de forma más libre hasta hacer cosas que ni tú mismo habrías imaginado en un primer momento. Estos últimos terminan sorprendiéndote, son más imprevisibles. No obstante, al documentarte de personajes como Trajano, Plinio, Suetonio, Plotina, etc., las sorpresas te las da la vida real. A veces sorpresas inimaginables.

–¿Viaja a los lugares sobre los que luego escribe en sus obras?
–Siempre que puedo sí. Es imposible, no obstante, en novelas que tienen lugar en sitios muy variados, como fue con Los asesinos de emperador, que se desarrollaba en Roma, Egipto, Siria, Israel, Rumanía, Serbia, Bulgaria, Alemania, Francia, España, Italia, etc… poder visitar con detenimiento todos y cada uno de los emplazamientos de la acción. Existen formas complementarias de documentarse, desde textuales hasta audiovisuales sobre lugares de todo el mundo que, en determinados momentos, son una tabla de salvación  en el proceso de documentación, pues hay lugares que hoy día resultan difíciles de visitar: por ejemplo Siria o Afganistán, en los momentos presentes, plantean problemas de seguridad complicados. Pero, sin duda, siempre que se tenga la oportunidad soy un firme partidario de visitar los lugares de la acción que se narra en una novela histórica. Así, para Circo Máximo viajé a Rumanía para ver con mis ojos el lugar en Drobeta Turnu Severin donde Trajano ordenó levantar el puente más largo del mundo antiguo, o navegar por el Danubio en Orsowa. También fue fantástico visitar las ruinas de Ulpia Traiana, la capital romana que construirá Trajano para su nueva provincia de Dacia o, por supuesto, las misteriosas fortalezas dacias de los montes Orastie, en el corazón de Rumanía. Además, Rumanía es un país maravilloso, de increíble historia e impactante naturaleza que invito a visitar a cualquiera, en especial, a todos los amantes de la historia y de viajar, ya sea en el tiempo o en el espacio.

Santiago Posteguillo, con su último libro en Itálica | © Javier García Blanco

Santiago Posteguillo, con su último libro en Itálica | © Javier García Blanco

–Uno de los aspectos que más aplausos concitan entre sus lectores en la verosimilitud de sus tramas, fruto de una escrupulosa documentación. ¿Cómo ha podido “presentir” tan fielmente la Roma imperial del siglo II d.C., teniendo en cuenta que muchos de los documentos de la época, como las propias Memorias de Trajano o los poemas de Caninio Rufo sobre la guerra de Dacia, se han perdido?
–Sí, la documentación para mí siempre es una base fundamental. Lleva mucho tiempo y retrasa la redacción del texto, pero luego el resultado es mucho más apasionante tanto para los lectores como para el propio escritor. Y sí, es cierto que de De bello Dacico, el libro que Trajano escribió sobre su conquista de la Dacia sólo nos han quedado cinco palabras: “Inde Berzobim, deinde Aizi processimus” que viene a significar algo así como “Avanzamos entonces hacia Berzovis y a continuación hacia Aizis”. El resto del texto se ha perdido. Las ciudades mencionadas están próximas, luego hemos de entender que se trataba de un relato muy pormenorizado de lo que pasó. Ante la ausencia de esta y otras fuentes, como la literaria de Rufo y otras más, el viaje a Rumanía por un lado y, por supuesto, los frisos de la columna Trajana, junto con las biografías modernas sobre Trajano como la de Bennet han sido mis grandes armas para reconstruir aquel pasado épico.

–¿Cuánto tiempo le ha llevado la composición de Circo Máximo?
–Dos años, que es el tiempo que suelo necesitar para documentarme, escribir y luego revisar una novela histórica de unas 1.000 páginas. Creo que atendiendo a la envergadura del proyecto no es tanto tiempo. Sé que a veces los lectores se impacientan, pero si fuera más de prisa iría en detrimento de la calidad que intento mantener en cada nueva novela y por eso mantengo los dos años por texto.

–Sus novelas convencen tanto a la crítica como al público. Pero, si tuviera que elegir, ¿qué preferiría, los elogios de unos o de otros?
–A ver, sin menoscabo de que cualquier comentario positivo de la crítica es siempre motivo de orgullo, si se me pone en la tesitura de elegir, siempre me quedaré con la opinión del público. Leer por Internet o en las redes sociales comentarios positivos de lectores y lectoras es el mejor estímulo, el más motivador para seguir documentándome y escribiendo.

El escritor Santiago Posteguillo | © Javier García Blanco

El escritor Santiago Posteguillo | © Javier García Blanco

–¿A qué autores de novela histórica contemporánea lee con más placer?
–Pues a José Calvo Poyato, José Luis Corral, García Marín, Sebastián Roa, Margarita Torres, Jesús Maeso o Toti Martínez de Lezea, entre otros muchos. En España se hacía y se hace muy buena novela histórica. Lo digo refiriéndome a los autores que he mencionado y otros más.

–¿Se ha embarcado ya en la tercera parte de su serie sobre Trajano?
–Sí. Cuando un escritor entrega el manuscrito de su última novela de inmediato nace la siguiente. Al menos, eso ocurre en mi caso. Ahora voy por España y por América Latina presentado Circo Máximo pero yo ya estoy leyendo, estudiando y hasta escribiendo para la parte final de la trilogía en trenes, estaciones y aeropuertos. Sólo ese trabajo constante permitirá que de aquí a dos años esté la novela final de la serie. Llevaré sólo unas pocas páginas, pero ya se sabe que hasta el viaje más largo empieza con un paso.

Circo Máximo
Santiago Posteguillo
Ed. Planeta. Barcelona, 2013. 1.200 páginas. 21,76 euros / 9,49 (edición Kindle)

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Familias estructuradas (Libros)

Posted on 23 septiembre 2013 by Redacción

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Familias estructuradas, Alberto de Frutos (Ed. Paréntesis)

Familias estructuradas, Alberto de Frutos (Ed. Paréntesis)

Familias estructuradas (Paréntesis, 2013) es el tercer libro de relatos de su autor, Alberto de Frutos, redactor jefe de la revista Historia de Iberia Vieja y colaborador de Planeta Sapiens. Compuesta por más de veinte cuentos, muchos de ellos inéditos y otros premiados en diversos certámenes literarios, la obra recopila los trabajos más interesantes que este especialista en la distancia corta nos ha dejado en los últimos años.

Con un título tal vez irónico, Familias estructuradas bucea en esos cenotes cristalinos de la memoria que hace tanto tiempo no visitamos y nos recuerda dónde están. Nada más. Nada menos. Es, al igual que La soledad dejó de ser perfecta, su obra precedente, un libro autobiográfico que no se refiere tanto a la biografía del autor, o no solamente, sino a la vida de los lectores y sus vecinos. Familias estructuradas es, sí, la vida de cualquiera en cualquier momento y lugar.

Página tras página, recuperamos unos sucesos expurgados del cajón de sastre de los recuerdos y elevados al lugar que les correspondió y aún les corresponde: literatura bebiendo de la vida por una vez, para que la vida de los lectores se embeba de literatura por un momento.

Un asalto a la inteligencia y la sensibilidad, con piezas tan sobresalientes como El ídolo, ambientado en la posguerra española, Nunca Jamás, sobre un niño que busca en los parques a su hermano que no llegó a crecer, Aguas mayores, quizá el relato más humorístico de la colección, o Villancico, la conmovedora historia de Navidad que cierra el libro.

Familias estructuradas
Editorial Paréntesis. Págs. 182. Precio: 13 euros.

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¿Desaparecido? (Libros)

La soledad dejó de ser perfecta

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¿Desaparecido? (Libros)

Posted on 20 marzo 2013 by Redacción

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La vida de Vicente Cobo Ruano, un gris contable de treinta y dos años, da un giro inesperado cuando encuentra su retrato en un cartel de “desaparecido” a la puerta de su casa. Estupefacto, descubre que la ciudad ha amanecido colmada con su fotografía por todos los rincones y que las autoridades han asignado los mayores recursos a su búsqueda.

Pero hay un problema: en realidad, Vicente Cobo Ruano no ha desaparecido. Sigue viviendo con su madre bajo el mismo techo y todos los días acude a la oficina, como si tal cosa. El mundo se empeña en su “invisibilidad”, mientras Vicente exige un poco de cordura para recuperar el pulso de la cotidianeidad.

Pero el suyo es un grito en el desierto. Porque el contable comprende, resignado, que su desaparición ha dado a las gentes “un motivo para vivir”, al que se aferran “como quien abraza una fe y ya no se desprende de ella, aunque sus dioses sean crueles o traicioneros”.

Con esta premisa kafkiana, Alberto de Frutos construye una trama absorbente, que, entre la pesadilla y la farsa, reflexiona sobre el anonimato del individuo en las grandes urbes.

El relato ¿Desaparecido? ha merecido el I premio del concurso de cuentos de Ediciones de la Torre y ve ahora la luz en la colección Aljófares (“perlitas de buena literatura, en ediciones asequibles, de agradable lectura y fácil conservación”) de este sello, de la que forman parte títulos como Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, o Historia de Nadie, de Charles Dickens.

¿Desaparecido?
Alberto de Frutos
Ediciones de la Torre. Madrid (2012). 32 páginas. 2 euros.

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Gonzalo Guerrero, el Renegado

Posted on 31 julio 2012 by Javier García Blanco

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Nuestro compañero Javier García Blanco ha publicado recientemente su último libro, Héroes y villanos. Españoles olvidados por la historia (Ed. Cydonia), del que os ofrecemos un extracto: un repaso a la vida de Gonzalo Guerrero, el conquistador español que acabó convertido en un guerrero maya y se enfrentó a sus antiguos hermanos. 

Habiendo nacido en Palos de la Frontera en las últimas décadas del siglo XV, parecía evidente que el destino de Gonzalo Guerrero sólo podía estar en el Nuevo Mundo. Y así fue como ocurrió, aunque no del modo en que cabría imaginarse…

Son pocos los datos que se conocen sobre esta singular figura de la época de los Descubrimientos, y estos proceden en su mayor parte de los relatos de cronistas como Antonio de Solís, fray Diego de Landa y, muy especialmente, Bernal Díaz del Castillo. Éste último es el que de forma más detallada se detiene en su historia, siempre contándola a través de lo que desveló su compañero de desventuras, el ecijano Jerónimo de Aguilar.

Pintura representando el Puerto de Palos en la época de los Descubrimientos | Crédito: Wikipedia.

De su vida antes de llegar al Nuevo Mundo nada se sabe con certeza, pero debió ser duro hombre de mar y curtido en las artes de la guerra, si nos guiamos por lo que de él se narrará después. En cualquier caso, todo parece indicar que Guerrero partió de la Península Ibérica antes del año 1510, formando parte de la flota del explorador Diego de Nicuesa, recién nombrado gobernador de Veragua (actuales Nicaragua y Costa Rica) y quien no tardaría en verse enfrentado al conquistador Vasco Núñez de Balboa en las llamadas “guerras del Darién”.

Fue este último quien dio orden al capitán Juan de Valdivia para que, a los mandos de la carabela Santa María de la Barca, pusiera rumbo a la isla de La Española. Allí debía informar de su situación al entonces gobernador Diego de Colón y, de paso, hacerle entrega de más de 20.000 ducados del rey y recoger provisiones. A bordo de la carabela, que partió en agosto del año 1511 del puerto de Santa María la Antigua del Darién (actual Panamá), se encontraba nuestro protagonista.

Por desgracia, la nave nunca llegó a su destino. Una fuerte tempestad estrelló al navío contra unas rocas cerca de Jamaica, en los llamados bajos de las Víboras o de los Alacranes. Unos pocos supervivientes, lograron alcanzar un batel sin velas y burlar, al menos temporalmente, a la muerte.

Sin embargo, y a juzgar por lo relatado en la Crónica de la Nueva España de Francisco Cervantes de Salazar, la situación a bordo de la endeble embarcación debió ser terrible, pues los supervivientes carecían de sustento, sufriendo “tan gran necesidad que bebían lo que orinaban”. Aún así, y pese a todo pronóstico, tras trece días a la deriva los náufragos alcanzaron las costas del Yucatán.

CONVERTIDOS EN ESCLAVOS
Una vez pisaron tierra firme –convertidos involuntariamente en los primeros europeos en llegar al Yucatán–, los supervivientes de la Santa María de la Barca no tardaron en ser descubiertos por indios cocomes, que no se mostraron muy amistosos. Valdivia se vio obligado a desenvainar su espada, hiriendo a uno de los indígenas. Aquella chispa desencadenó la tragedia, pues los cocomes sacrificaron al capitán y a la mitad de los hombres, mientras que el resto fueron apresados y convertidos en esclavos por orden del Halach Uinik (gobernante) de aquel estado maya.

Pero las desventuras de los españoles estaban lejos de terminar ahí. Según las crónicas, los cuatro supervivientes lograron escapar, huyendo a otro territorio. Fue así como llegaron a la ciudad de Maní, perteneciente a la tribu de los Tutul Xiúes, enemigos de los cocomes. Allí volvieron a ser convertidos en esclavos, y el jefe Taxmar los entregó para que sirvieran al sacerdote local, a quien llevaban la leña, el pescado y le trabajaban los campos de maíz.

Los trabajos debían ser tan penosos y su alimento tan escaso que poco tiempo después dos de los cuatro españoles habían muerto de agotamiento. Sólo quedaron, a partir de ese momento, el diácono Jerónimo de Aguilar –siempre pegado a su Libro de Horas– y el marinero Gonzalo Guerrero.

Pasó poco tiempo antes de que fueran reclamados también para luchar contra tribus enemigas. Los conquistados españoles habían llegado en un momento en el que la cultura maya se hallaba en franco declive. A finales del siglo XV, la en otros tiempos poderosa civilización maya se había fragmentado en pequeños estados enfrentados, y lo habitual era que guerrearan continuamente entre sí.

Habría sido en este ambiente de continuas batallas en el que tanto Aguilar como Guerrero –y especialmente este último– tuvieron ocasión de destacar. Tanto es así que, contento con las dotes militares del onubense, que había ayudado a derrotar a los cocomes, el cacique Taxmar decidió entregarlo como regalo al jefe amigo Na Chan Can, líder de una tribu cercana. Éste, a su vez, se lo cedió a Balam, en aquel entonces nacom (guerrero jefe) de aquel poblado maya.

Así, mientras Guerrero compartía sus conocimientos en el arte de la guerra con Balam, Aguilar continuaba sirviendo como esclavo junto a los xiúes de Taxmar. No fue el único cambio que se obró en el ánimo de los españoles. Mientras Gonzalo Guerrero iba asimilando de buena gana algunas de las costumbres de aquellas gentes, tatuándose y perforándose la piel al modo de los mayas, Aguilar se mantenía continuamente unido a su Libro de Horas y procuraba llevar, dentro de lo posible, una vida “cristiana”.

Cuatro años después de su accidentada llegada al Yucatán a bordo del endeble batel, Gonzalo Guerrero, cristiano español nacido en Palos de la Frontera se había convertido en todo un nacom maya, había desposado a Zahil Há, la hija del jefe Na Chan Can, y tenía tres hijos con ella.

LA LLEGADA DE CORTÉS
Ocho años después del naufragio de la Santa María de la Barca, en 1519, el extremeño Hernán Cortés se encontraba ya en tierras americanas, camino de su conquista de México. Durante su recorrido por aquellas tierras llegó a la isla de Cozumel y, recordando algunas historias curiosas que había escuchado, quiso comprobar qué había de cierto en ellas.

Un grabado antiguo representando a Hernán Cortés.

Cortés hizo llamar a un vizcaíno llamado Martín Ramos y al propio Bernal Díaz del Castillo. Ambos le confirmaron que, en efecto, algunos indios de Campeche, al encontrarse con españoles años antes, durante la expedición de Francisco Hernández de Córdoba, se habían dirigido a ellos diciendo “¡Castilán, Castilán!” mientras señalaban al oriente.

Sospechando que aquello podía ser un indicio de la presencia de españoles perdidos en aquellas tierras, decidió preguntar a los jefes mayas de Cozumel sobre la cuestión: “Se lo preguntó a todos los principales, y todos a una dijeron que habían conocido ciertos españoles, y daban señas de ellos, y que en la tierra adentro, andadura de dos soles, estaban y los tenían por esclavos unos caciques, y que allí en Cozumel había indios mercaderes que les hablaron pocos días había”.

Fue así como Cortés tuvo conocimiento de que varios caciques cercanos tenían como esclavos a varios “hombres barbados”, de modo que envió varios emisarios indios con cartas y rescate para aquellos cristianos, tal y como se refiere en su Primera Carta de Relación, remitida al monarca Carlos I: “Supo nuevas de ellos y la tierra donde estaban, le pareció que haría mucho servicio a Dios a vuestra majestad en trabajar que saliesen de la prisión y cautiverio donde estaban…”.

Según todas las crónicas, los indios enviados por Cortés llegaron hasta donde se encontraba la tribu del cacique Taxmar, que tenía preso a Jerónimo de Aguilar. Le entregaron la carta del conquistador español y pagaron por su rescate al jefe maya, quien lo dejó en libertad. A partir de este punto, los relatos difieren en lo que se refiere al destino de Gonzalo Guerrero.

Tanto Bernal Díaz del Castillo como Antonio de Solís y otros cronistas refieren que Guerrero rechazó regresar junto a sus camaradas, argumentando que ya tenía mujer e hijos entre aquellas gentes, y que además había alterado su aspecto hasta parecerse a uno más de ellos, cosa que, a buen seguro, no iba a gustar a sus compatriotas:

“Hermano Aguilar: yo soy casado y tengo tres hijos, y tiénenme por cacique y capitán cuando hay guerras: idos con Dios, que yo tengo labrada la cara y horadadas las orejas. ¡Qué dirán de mí desde que me vean esos españoles ir de esta manera! Y ya veis estos mis hijos cuán bonicos son. Por vida nuestra que me deis de esas cuentas verdes que traéis para ellos, y diré que mis hermanos me las envían de mi tierra!” (Bernal Díaz del Castillo, capítulo XXVII, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España).

Busto de Bernal Díaz del Castillo | Crédito: Wikipedia.

Sin embargo, si acudimos al relato del texto de fray Diego de Landa, Guerrero nunca tuvo conocimiento de la carta enviada por Cortés, pues estaba demasiado lejos como para que Aguilar fuera a llevársela: “De este Aguilar fuimos informados que los otros españoles que con él se perdieron en aquella carabela que dio al través, estaban muy derramados por la tierra, la cual nos dijo que era imposible recogerlos sin estar y gastar mucho tiempo”.

En uno u otro caso, quien sí llegó a la isla de Cozumel para reencontrarse con sus compatriotas fue el ecijano Aguilar. El primero en recibirle, según la crónica de Bernal Díaz del Castillo, fue el marinero Andrés de Tapia, aunque en principio lo confundió con un indio más, debido a su aspecto: “Y después que hubieron saltado en tierra, el español, mal mascado y peor pronunciado, dijo: ‘Dios y Santamaría y Sevilla’. Y luego le fue a abrazar Tapia; y otro soldado, de los que habían ido con Tapia a ver qué cosa era, fue a mucha prisa a demandar albricias a Cortés cómo era español el que venía en la canoa…”.

Una vez en presencia de Hernán Cortés, el desdichado náufrago y cautivo le relató todas sus peripecias, desde el desastre de la Santa María de la Barca, pasando por su captura a manos de los indígenas, sus esforzados y penosos trabajos, y su feliz liberación.

Cuando Cortés acabó preguntándole por su compañero Guerrero, Aguilar le explicó que “estaba casado y tenía tres hijos, y que tenía labrada la cara y horadada las orejas y el bezo de abajo, y que era hombre de la mar, de Palos, y que los indios le tiene por esforzado; y que había poco más de un año que cuando vinieron a la punta de Cotoche un capitán con tres navíos que él fue inventor que nos diesen la guerra que nos dieron, y que vino el allí juntamente con un cacique de un gran pueblo, según he ya dicho en lo de Francisco Hernández de Córdoba”.

En esta declaración –prácticamente una acusación a su compañero de desventuras– Aguilar (a través del relato recogido por Bernal Díaz del Castillo) da a entender que fue Gonzalo Guerrero quien, a la llegada de Hernández de Córdoba a tierras mayas en 1517, había dirigido a los indígenas contra los españoles, provocando no pocas bajas y heridos entre ellos. Esta participación del español en aquellas escaramuzas, y en especial en la batalla de bahía de la Mala Pelea –llamada así, precisamente por la derrota que sufrieron los conquistadores–, ha sido puesta en duda por algunos historiadores, pero parece ir en línea de lo que los cronistas de la época esperaban de un personaje como Guerrero, que para entonces encarnaba ya todo lo negativo, pues había renegado de su condición de español, había tenido vástagos con una india y parecía haber adoptado sus falsos dioses.

Monumento a los Montejo (padre e hijo) en Yucatán | Crédito: Wikipedia.

En cualquier caso, esta faceta del español como nacom maya (jefe guerrero) es la que más se ha destacado siempre en las crónicas de la época y en los estudios posteriores sobre su figura. De hecho, ocho años después del intento de rescate de Cortés –siempre según dejaron por escrito los cronistas, en este caso Gonzalo Fernández de Oviedo en su Historia general y Natural de las Indias y Tierra Firme del Mar Océano)–, el Adelantado Francisco Montejo, en plena campaña para conquistar el Yucatán, llegó con sus tropas hasta Chetumal, donde se encontraba Guerrero, para intentar convencerle de que se uniera a ellos y les ayudara en sus campañas. Para disgusto del salmantino, el indio blanco no sólo rechazó su ofrecimiento, sino que más tarde acabaría haciéndole la guerra y provocándole no pocas bajas.

De las distintas referencias que se poseen se desprende que desde aquel momento en que rechaza la oferta de Francisco de Montejo hasta su muerte una década después, Guerrero se dedicó a instruir en las artes de la guerra a sus nuevos hermanos, enseñándoles a no temer a los caballos –animales que nunca habían visto– ni a las armas de fuego, así como a luchar utilizando estrategias propias de las guerras europeas.

La siguiente noticia directa que tenemos sobre Guerrero es ya la de su muerte, en la década de 1530. En el Archivo General de Indias se conserva un legajo firmado por Andrés de Cereceda –gobernador de Honduras– el 14 de agosto de 1536 y que estaba dirigido al rey de España. En la misiva, el gobernador relata los pormenores de la muerte, dos años antes, de Gonzalo Guerrero, a causa de un disparo de arcabuz. El renegado español había acudido a Honduras para ayudar a un tal cacique Cicimba en su lucha contra el capitán Lorenzo de Godoy, y para ello había acudido con más de cincuenta canoas:

“Dijo el cacique Cicimba cómo, antes que se diesen, con un tiro de arcabuz se había muerto un cristiano español que se llamaba Gonzalo Aroza, que es el que andaba entre los indios en la provincia del Yucatán veinte años ha y más, que es éste el que dicen que destruyó al adelantado Montejo. Y como lo de allá se despobló de cristianos, vino a ayudar a los de acá con una flota de cincuenta canoas para matar a los que aquí estábamos antes de la venida del Adelantado […] Y andaba este español, que fue muerto defunto, labrado el cuerpo y en hábito de indio”.

Monumento a Guerrero y al mestizaje | Crédito: Itaipqroo.org.mx

Cereceda no menciona exactamente a Guerrero, sino a un español “que se llamaba Gonzalo Aroza” –una de las variantes que sobre su nombre se encuentran en distintos textos–, pero la mayor parte de los estudiosos suelen coincidir en identificarlo sin duda con el náufrago que llegó a Yucatán en 1511.

ENTRE EL MITO Y LA REALIDAD
Si repasamos con calma las distintas fuentes que citan al Renegado vemos que, en realidad, no son muchos ni del todo fiables los datos que tenemos sobre su figura.

La práctica totalidad de las descripciones proceden de los textos de hombres como Bernal Díaz del Castillo, fray Diego de Landa o Antonio de Solís, que en no pocas ocasiones son contradictorias. Todos ellos suelen remitirse a lo que Jerónimo de Aguilar fue relatando tras su rescate, pero tampoco hay forma de saber hasta qué punto fueron exactas sus declaraciones.

No hay que olvidar que, en los relatos de los cronistas, Aguilar siempre es presentado como un hombre que, a pesar de sus penalidades, mantiene su castidad y se comporta siempre como un buen cristiano. Justo lo contrario a Guerrero, que parece representar el papel de villano pues, no en vano, se convierte en un traidor que reniega de su patria y su religión.

El hecho de que buena parte de las historias sobre este singular personaje de la época de los Descubrimientos parezcan ajustarse a los esquemas de ciertos relatos clásicos no es el único elemento que nos debe hacer dudar, al menos en parte, de su veracidad. El propio Cortés, en sus textos, no menciona a Guerrero, sino a un tal “Morales, que no quiso volver”. Y no es el único, pues ya vimos que Cereceda habla de un “Aroza”, y otros citan simplemente a un Gonzalo, el marinero.

Real en su totalidad o imaginaria en partes, de lo que no hay duda es que la figura de Gonzalo Guerrero, el español que renunció a su cultura, su religión y su país, sirvió en su época y siglos posteriores para encarnar al mal, al traidor y mal cristiano. Todo lo contrario a lo que sucedió en la época de la Independencia mexicana, cuando fue convertido en estandarte de la lucha contra el colonialismo y la opresión imperialista. Y así, sin importar si fue real o imaginario, Gonzalo Guerrero pasó de ser traidor a convertirse en héroe.

[Crédito imagen apertura: Toltecayotl.org]

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La Orden Negra (Libros)

Posted on 24 noviembre 2011 by Redacción

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En los estantes de las librerías no faltan títulos sobre la pretendida relación del nazismo y las creencias ocultistas, pero son pocos los títulos que han abordado la cuestión con la seriedad y el rigor necesarios. Salvo excepciones como el magnífico El plan maestro: Arqueología fantástica al servicio del régimen nazi (Ed. Debate) de Heather Pringle, donde se abordan algunas de las sorprendentes campañas “arqueológicas” y “antropológicas” realizadas por científicos nazis, pocos títulos se salvan de la quema. Por esa razón resulta grato encontrarse con libros como La Orden Negra, en el que se relatan, con amenidad y acierto, los pormenores de la que fue la orden más siniestra con las que contaba el Tercer Reich y una de las organizaciones más tenebrosas de la historia. Publicado por el sello Edaf, la obra se antoja imprescindible para comprender uno de los periodos más oscuros del pasado siglo XX.

¿Cómo Adolf Hitler, un simple ex cabo del ejército, logró llegar a ser el líder de una nación que pondría en jaque a toda Europa? ¿De qué modo alcanzó un poder tan desmesurado? La razón se encuentra en una inusual mezcla de agudeza política y la convicción fanática en unas creencias delirantes. Y en medio de ese entramado que atenazó al mundo, se encontraba una fuerza oscura que contribuiría a expandir el implacable poder del “Reich de los Mil Años” y que se extendía por todo el imperio nazi. Su nombre, todavía hoy, suena estremecedor: la Orden Negra. Al frente de este cuerpo militar de ‘superhombres’ arios se hallaba Heinrich Himmler, el ‘mago negro’ del Partido Nazi.

Desde su bastión místico, el castillo de Wewelsburg, el reichsführer de las SS dirigiría su particular cruzada convencido, como Hitler, de que tenía una sagrada misión que cumplir. A través de su particular instituto de investigación, la Ahnenerbe, envió expediciones por todo el mundo en busca de los vestigios de la raza aria, exigió a sus guardias negros una inmaculada ascendencia nórdica, recuperó rituales paganos ancestrales, promovió atroces experimentos y, finalmente, llevó a cabo la denominada ‘solución final’ que acabaría con la muerte de millones de seres inocentes.

Este libro recoge el camino de terror seguido por los caballeros negros del Tercer Reich, en cuyo origen y creencias se encuentran las claves principales para comprender en profundidad la Alemania nazi. Al igual que el resto del Partido Nazi, las SS estuvieron fuertemente influenciadas por ciertas creencias, como poco, singulares. Así, bebieron de fuentes mesiánicas, como la creada por el alemán Guido Von List y posteriormente por la Sociedad Thule.

La estética de los actos del partido, la férrea doctrina de entrenamiento de la orden y sus conceptos que mezclaban –quizá a conveniencia– los últimos descubrimientos científicos con los más delirantes las doctrinas esotéricas, fueron el sustento de su poder durante el Tercer Reich. El libro La Orden Negra desgrana cada uno de los aspectos que hicieron de las SS la fuerza más temida de la Segunda Guerra Mundial.

Orden Negra. El ejército pagano del Tercer Reich
Óscar Herradón
Ed. Edaf. Madrid, 2011.

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Un viaje (en cómic) a través del tiempo

Posted on 04 septiembre 2011 by Javier García Blanco

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Hace algunos días os hablábamos del reciente lanzamiento de una colección de cómics (El príncipe valiente) por parte de Planeta DeAgostini. En ese post comentábamos los detalles de la colección, pero yo quería aprovechar esta otra publicación para ahondar un poco más en la historia de esta ‘novela gráfica’ y, en especial, mi fascinación por ella. Tengo que reconocer que la primera vez que puse mis manos sobre una de las ‘historietas’ creadas por Hal Foster –si no recuerdo mal eran tebeos de los comercializados en España por Ediciones B–, mis preferencias en materia de cómics se centraban de forma casi exclusiva en colecciones de superhéroes y algunas –escasas– obras de artistas europeos.

Recuerdo que, a pesar del ‘anticuado’ estilo del dibujo, en comparación de lo que se estilaba ya a finales de los 80, las aventuras de Valiant me cautivaron por una razón en especial: su ambientación histórica. La época medieval era uno los momentos de la Historia que más atraían mi atención por aquel entonces, y con aquel detalle el cómic de Foster me “ganó” para su causa. Un repaso un poco detenido a los sucesos y personajes históricos que aparecen en sus páginas muestra enseguida que la obra incluye no pocos anacronismos y algunas licencias fantásticas –en especial las historias de la primera época–, pero lo cierto es que por lo general Foster dio muestras de que tras sus dibujos había siempre una excelente y cuidada documentación y, desde luego, un gran interés por la Historia. En mi caso, la lectura de aquellas aventuras repletas de caballeros, reyes y guerreros vikingos sin duda estimuló mi interés por episodios ocurridos en otras épocas y lugares y esa, sin duda, es algo de lo que no pueden presumir todas las novelas gráficas. Después del Príncipe Valiente llegarían muchos otros cómics y autores –entre ellos el también genial Capitán Trueno, cuyo autor, Víctor Mora ha reconocido en alguna ocasión la gran influencia que ejerció el trabajo de Foster en su propia criatura–, algunos igualmente con tramas históricas como telón de fondo. Sin embargo, las aventuras de Valiant tendrán siempre un rinconcito especial en mi estantería dedicada a los cómics, junto a las historias de Corto y Blake & Mortimer.

[Es posible suscribirse al coleccionable El príncipe valiente en este enlace]

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El príncipe valiente (Cómic)

Posted on 29 agosto 2011 by Redacción

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El verano va llegando a su fin y, con septiembre ya a la vuelta de la esquina, regresan a los quioscos los habituales coleccionables de estas fechas. Por norma general, entre la avalancha de títulos de este tipo, suele haber varias novedades interesantes, y en ocasiones, como es el caso, alguna joya que si no prestamos mucha atención puede pasar desapercibida. Si sois amantes de los cómics –como nos sucede a nosotros– y en especial de títulos clásicos, estáis de enhorabuena, pues los responsables de Planeta DeAgostini han tenido el acierto de editar la colección completa de El príncipe valiente (Prince Valiant in the Days of King Arthur), una novela gráfica que vio la luz hace la friolera de 74 años de la mano de Harold Foster, y que todavía sigue editándose en la actualidad.

La edición de Planeta DeAgostini nos acerca a la genial obra de Foster, reuniendo las aventuras del Príncipe Valiente y sus amigos Gwain, Merlín y el rey Arturo en varios tomos –cada uno cubre un año entero de publicaciones del cómic) que recogen todas las páginas dominicales de la serie, desde la primera plancha, publicada el 13 de febrero de 1937, hasta la última (la número 3.908), que se publicará el 25 de diciembre de este año. El acierto de la editorial no reside sólo en poner a nuestro alcance esta joya de la historia del cómic –una de las obras más influyentes en dibujantes y guionistas de todo el mundo– sino que tras echar un vistazo a sus páginas se aprecia que han realizado un magnífico trabajo de restauración de las viñetas, devolviéndoles su color original.

La primera entrega ya está a la venta (son 2,99 € por el primer tomo), y la segunda entrega ofrece dos libros por 7,99 €. Si prefieres la comodidad de recibir la colección en tu casa y quieres evitarte el engorro de acudir a tu quiosco habitual cada semana, Planeta DeAgostini te ofrece la oportunidad de suscribirte a la colección a través de Internet. Esta última opción tiene el aliciente de entrar en el sorteo de cinco iPad 2 de Apple.

A continuación podéis ver un vídeo con algunos detalles de la colección.

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El rey de Ítaca (Libro)

Posted on 28 enero 2011 by David Melero

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Glyn Iliffe estudió Ingles y Lenguas Clásicas en la Universidad de Reading, donde desarrolló su pasión por la Historia y los mitos de la Grecia Antigua. Gran viajero, ha visitado más de cuarenta países, ha ascendido por las escarpadas pendientes del Himalaya y ha viajado durante seis meses a través de Norteamérica haciendo autoestop. Con todo este bagaje de conocimientos y experiencias, Iliffe ha dado forma a El rey de Ítaca (Duomo Ediciones, 2009) una obra que, con una narrativa envolvente, nos transporta  a una época anclada entre el mito y la realidad histórica.

Con un inicio explosivo que atrapa desde el primer momento y capítulos que hacen difícil levantar la vista del papel, Iliffe nos introduce en las aventuras de un joven que, sin quererlo, se inmiscuye en asuntos de dioses y reyes, acompañando a uno de los héroes míticos de la Grecia Clásica, Ulises, en un viaje fascinante por el Peloponeso. Perseguido por sus propios fantasmas, contribuirá a construir el carácter del joven príncipe, que acabará transformado en el ingenioso rey famoso por su astucia. Iliffe explota con suma precisión la consabida interferencia de los dioses homéricos, envidiosos de la efímera existencia humana que nos hace disfrutar cada momento como si fuera el último, para intercalar el hilo histórico de la novela con la retórica fantástica de su narrativa.

Las descripciones, bien cuidadas, ayudan a recubrir la brutalidad implacable del momento con un halo de leyenda. Reyes, héroes y plebeyos, se entremezclan en una trama donde el honor, la amistad y el coraje insuflan al lector la necesidad de sumergirse en sus páginas. Destaca el cuidado esmero que el autor pone en el retrato de figuras como Agamenón, Ulises, la fascinante y bella Helena… así como la credibilidad de los diálogos y el marcado contraste entre la crueldad social y la extravagancia refinada de la Grecia homérica.

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La soledad dejó de ser perfecta

Posted on 01 diciembre 2010 by Redacción

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Nuestro compañero Alberto de Frutos (Madrid, 1979) ha publicado recientemente su última obra, La soledad dejó de ser perfecta (Editores Policarbonados), una recopilación de 14 cuentos cortos, escritos entre 2001 y 2010 y en su mayoría premiados en diversos certámenes literarios, como el Fernando Quiñones de Cádiz, el María Moliner de Madrid o el de El País Aguilar de relatos de viajes.

Se podría pensar que reunir en un solo volumen historias de tan diversa procedencia y escritas en épocas tan alejadas en el tiempo daría como resultado una obra desigual o de lectura difícil. No es el caso. Desde sus primeras obras, Alberto de Frutos ha mantenido un estilo y unos intereses muy homogéneos, cualidades que hacen del libro un todo unitario.

¿Cuáles son las características de ese estilo y qué obsesiones mueven al autor? En el primer caso, un cuidado exquisito de la palabra y una probada capacidad de introspección en la vida y la sensibilidad más profunda de los personajes, que no son sino bocetos de personalidades comunes y reconocibles en nuestro día a día. En el segundo, y como delata su propio título, las grandes emociones humanas, como la soledad, el paso del tiempo, la insatisfacción ante un presente siempre defectuoso, y, por tanto, la búsqueda en el recuerdo de un pasado mejor o de un futuro que podemos imaginar a nuestro antojo.

A De Frutos le interesan la vida y sus consecuencias, la parte más humana de nuestro comportamiento y de nuestro pensamiento: esa faceta que nos separa al mismo tiempo de los animales y de los dioses llamada sensibilidad.

No falta el humor entre sus páginas, como tampoco el drama o la tragedia. Al igual que nosotros, los relatos –o los actores de los relatos– tienen múltiples lecturas que los explican. Esa es una de las grandes virtudes de este libro, dotado de un estilo agudo y lúcido, que se revela ante el lector con metáforas plenas, aforismos intachables, y una cadencia rítmica que parece mecernos entre sus páginas.

Por La soledad dejó de ser perfecta transitan niños que juegan con los misterios de la madurez y hombres que quieren volver a ser niños, criaturas perseguidas por regímenes totalitarios y otras asediadas por el capricho de sus fantasías, ancianos que se desplazan en tren o en taxi y otros que lo hacen sin salir de casa.

Uno de los mejores relatos del libro es, a nuestro juicio, Yo, Luz Long, que narra la amistad (real) entre Jesse Owens, la estrella de las Olimpíadas de Berlín 1936, y el atleta de raza aria Luz Long. A este cuento pertenece el siguiente fragmento:

“A veces una imagen, incluso una de esas que se acaban grabando en el imaginario colectivo, puede contener muchas lecturas. Ver a un negro en lo más alto del podio en los Juegos de Berlín del 36, no significa que el rubio de ojos azules que está a su lado, saludando al modo nazi, se sienta humillado. Al contrario. Para mí, fue un honor perder a manos de mi amigo”.

La soledad dejó de ser perfecta
Alberto de Frutos Dávalos
Editores Policarbonados. Madrid (2010). 12 euros.

Texto reseña: Manuel Otero

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Los idus de marzo (Libros)

Posted on 19 octubre 2010 by Alberto de Frutos

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Valerio Massimo Manfredi (1943) es un hábil autor especializado en novela histórica. Sus mayores éxitos hasta la fecha han sido la saga Alexandros y El ejército perdido. El año pasado volvió a la carga con una entretenida reconstrucción que aborda la muerte de Julio César en los idus de marzo de 44 a.C. La novela se inicia precisamente el 7 de marzo de ese año y concluye con el asesinato del estadista y pontífice máximo, el 15 del mismo mes.

A lo largo de 300 páginas, Manfredi exhibe su dominio de la época –es licenciado en letras clásicas y especialista en topografía del mundo antiguo–; aunque a veces sobren algunos pormenores documentales que por un lado aportan verosimilitud, pero por otro ralentizan innecesariamente la acción.

No obstante, la lectura es bastante amena. La conjura que acabó con la vida de César sigue presentando muchos puntos de sombra, que Manfredi explota adecuadamente mediante una astuta trama de intriga. De hecho, Los idus de marzo comparte algunos rasgos con la novela policíaca de toda la vida, tal como se aprecia en los finales de los capítulos, que obligan a seguir leyendo para resolver el misterio planteado.

No cabe esperar aquí una profunda introspección psicológica en los personajes, pero el retrato que el autor hace de César, de su médico Antistio, de Cicerón, Cleopatra, Servilia o Silio (este inventado) es siempre eficaz; pues, a pesar de estar sometidos a los vaivenes de la acción, no dejamos de reconocer las motivaciones que los impulsan.

Manfredi ha apostado en su última novela por un tema de sobra conocido, y tratado ya por genios de la talla de Shakespeare, Voltaire o, más recientemente, por Thornton Wilder. El lector agradece la humildad del italiano cuando, en la nota final, confiesa que “abordar un momento histórico semejante con una obra de narrativa puede parecer simplista y ciertamente en parte lo es”.

Estos idus de marzo no tratan, pues, de enmendar la plana a otras obras que, con mayor fortuna, se han aproximado al asesinato de César. Manfredi ha incidido aquí en la visión del pacificador que, en su empeño por restaurar la paz en Roma, incomodó a unos enemigos muy poderosos que vieron en sus reformas el deseo de recortar las libertades civiles.

Ingenioso y bien construido, con capítulos cortos y casi cinematográficos, este libro de Manfredi interesará a los amantes de la novela histórica en general y de Roma en particular.

Disponible en versión impresa y digital:

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