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La ‘loba capitolina’ es una falsificación medieval

Posted on 19 diciembre 2011 by Redacción

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Hasta la fecha, arqueólogos e historiadores habían considerado que la famosa escultura, una de las piezas más destacadas de los Museos Capitolinos y auténtico símbolo de la ciudad era una pieza realizada en época etrusca, entre los siglos VI y V a.C. Ahora, sin embargo, la duda se cierne sobre la escultura, después de que un reputado estudioso, Adriano La Regina, haya propuesto que la escultura de bronce fue fabricada en la Edad Media.

Los responsables de los Museos Capitolinos, así como el resto de expertos, ya sabían que las pequeñas figuras de Rómulo y Remo que acompañan a la loba eran añadidos del siglo XIII, pero siempre habían considerado la pieza de la loba como auténticamente etrusca. Sin embargo, los estudios de La Regina, profesor de Etruscología en la Universidad de Roma, concluyen que una serie de evidencias “incontestables”, indican que la loba no es un producto del mundo antiguo”. De la misma opinión es Anna Carruba, experta en restauración, quien señaló que la escultura no puede datar de época antigua, pues fue moldeada en una única pieza, una técnica que no se descubrió hasta la Edad Media. En declaraciones a la prensa, el profesor La Regina añadió que los responsables del museo se han mostrado reticentes a la hora de divulgar los resultados de su investigación.

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-El busto de Nefertiti, una falsificación

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El español que descubrió Pompeya y Herculano

Posted on 16 abril 2011 by Javier García Blanco

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Tras dieciséis siglos durmiendo un sueño que parecía eterno, los restos de las ciudades romanas de Herculano, Pompeya y Estabia comenzaron a salir de su letargo gracias a la labor de un ingeniero militar español que, destinado en Nápoles, protagonizó uno de los hallazgos arqueológicos más importantes de todos los tiempos.

Los habitantes de la bahía de Nápoles debieron pensar, en aquellos últimos días de agosto del año 79 d.C., que todos los horrores del temible Tártaro habían sido liberados por los dioses como respuesta a alguna grave ofensa. No en vano, y como macabro guiño del destino, aquellos días se celebraba la Vulcanalia, en honor al dios romano del fuego.

Primero fueron sólo algunos pequeños temblores, cada vez más frecuentes, y finalmente llegó la erupción. El 24 de agosto una nube de aspecto extraño y dimensiones colosales se elevó en el firmamento, dando forma a un espectáculo sobrecogedor que comenzó a inquietar seriamente a los habitantes de las poblaciones más próximas al Vesubio. Poco después llegó la lluvia de piedras volcánicas y ceniza, la expulsión de gases tóxicos y, finalmente, el flujo piroplástico que, como si de las aguas ardientes del Flegetonte se tratara, abrasó todo lo que encontró a su paso.

Hoy conocemos los detalles de aquel suceso de tintes apocalípticos gracias a las descripciones que Plinio el Joven envió por carta al historiador Tácito, relatando los pormenores de la muerte de su tío, Plinio el Viejo, fallecido durante la catástrofe. Sin embargo, pese a estos textos, los metros de lava y ceniza que sepultaron localidades como Pompeya, Herculano o Estabia fueron borrando, con el paso de los años, la memoria sobre la ubicación de aquellos enclaves que desaparecieron como consecuencia de la tragedia. Es probable que dichas ciudades y sus moradores siguieran hoy durmiendo su sueño eterno de no haber sido porque, casi diecisiete siglos después, un ingeniero y militar español, aragonés para más señas, se empeñó en “escarbar” el terreno que pisaba, sacando a la luz varios de los enclaves arqueológicos más importantes de la Antigüedad.

Mapa de la erupción del año 79 d.C. Crédito: Wikipedia.

UNA VIDA ENTRE RUINAS
Nuestro protagonista, escasamente conocido –y reconocido– a pesar de la relevancia y trascendencia de su trabajo, se llamaba Roque Joaquín de Alcubierre. Nacido a mediados de agosto de 1702 en Zaragoza, Alcubierre cursó sus primeros estudios en su ciudad natal. Por desgracia, son escasos los documentos que se conservan respecto a esta primera etapa de su vida, desarrollada en España. Sí podemos asegurar, al menos, que siendo apenas un adolescente se sintió atraído por el flamante y recién creado cuerpo de ingenieros del ejército español, pues no tardó en alistarse en él como voluntario.

Aunque es poco lo que sabemos sobre sus antecedentes familiares, Alcubierre debía descender de una familia relativamente bien posicionada, pues desde fechas tempranas se vio bajo la protección de los influyentes condes de Bureta. Gracias a su amistad, el joven Alcubierre consiguió sus primeros destinos en varias plazas peninsulares, y especialmente en varias localidades del Principado de Cataluña. Sabemos, por ejemplo, que en el año 1731 se encontraba trabajando en la ciudad de Gerona, todavía con el cargo de ingeniero voluntario, y desarrollando su labor en las obras de fortificación de la ciudad, “encargado del detalle de los trabajos que se ejecutaron en ella, así como sobre aquellos ríos, el baluarte de Santa María y otras fortificaciones”, tal y como recuerda el historiador Félix Fernández Muga, uno de los mejores conocedores de su vida.

En aquella primera etapa de su carrera el aragonés estuvo bajo el mando del ingeniero en segunda Don Esteban Panón, y más tarde a las órdenes de el ingeniero en jefe Don Andrés Bonito y Pignatelli, quien con los años se convertiría en uno de los militares de más alto rango del ejército de Carlos III en Nápoles, destacando además por su aprecio hacia nuestro protagonista.

Después de intentar sin éxito –y pese a la influyente amistad de su amigo el conde de Bureta– obtener el grado de oficial en el Cuerpo de Ingenieros Militares, se produjo uno de los sucesos más importantes en la vida de Alcubierre: su viaje a Nápoles, territorio en el que pasaría el resto de su vida y dónde protagonizaría los hechos que le valieron un hueco en la historia de la arqueología.

Aunque algunos historiadores siguen sin ponerse de acuerdo respecto a la fecha exacta de su viaje a suelo italiano, la mayoría coincide en situarlo a mediados de junio de 1734, poco después de la victoria de Montemar en Abulia, tras la cual el reino de Nápoles quedaba en manos españolas, y más concretamente en las del infante Carlos de Borbón, hijo de Fernando V y futuro Carlos III de España. Todo parece indicar que Alcubierre se embarcó junto al “teniente de rey” Don Andrés de los Cobos, a quien ya se cita en un Oficio fechado en agosto de ese año. La primera mención al ingeniero maño data en su caso de enero de 1736, cuando aparece citado como “ingeniero extraordinario”. Al parecer, desde ese año el zaragozano comenzó a trabajar en las obras de edificación y ampliación del palacio real de Portici, además de llevar a cabo otros encargos relacionados con la conducción de aguas hasta la cercana localidad de Boscorreale.

Apenas dos años más tarde, y ya con el ansiado cargo de capitán en su poder, Alcubierre se encontraba trabajando todavía en la edificación del palacio, bajo las órdenes de Juan Antonio Medrano. El ingeniero y militar aragonés tenía entonces la misión de trazar la planta de los terrenos aledaños al palacio y, durante aquella labor, trabó amistad con un cirujano del lugar llamado Giovanni de Angelis. Fue él quien le puso al corriente de los habituales hallazgos de piezas antiguas que se producían cada poco tiempo en el lugar. Al mismo tiempo, Alcubierre tuvo conocimiento de la existencia del llamado pozo Nocerino, excavado por el príncipe de Elbeuf pocos años antes, en 1711, durante la época de dominio austriaco en Nápoles. En dicho pozo se habían encontrado algunos restos interesantes, como cimientos de edificios antiguos y otras piezas menores, y todo ello despertó la intuición del aragonés.

Plano de la antigua ciudad de Pompeya.

Alcubierre sospechaba que bajo el suelo que pisaba podían encontrarse grandes tesoros del pasado romano, así que comentó sus inquietudes con su superior, Medrano, proponiéndole una excavación sistemática de la zona. Éste comunicó la idea a sus mandos y, por suerte, el monarca, llevado por sus inquietudes intelectuales, accedió a la empresa y nombró encargado de la misma al propio Roque Joaquín de Alcubierre en una Real Orden fechada el 13 de octubre de 1738. De este modo, las excavaciones comenzaron aquel mismo mes, a partir del pozo Nocerino. Ni Alcubierre, ni Medrano ni el monarca podían sospechar entonces que estaban a punto de marcar un antes y un después en la historia de la arqueología mundial.

Pese al beneplácito real, los medios con los que contó el ingeniero aragonés no fueron en principio demasiado notables: sólo tres obreros se dedicarían a la excavación, dirigidos por el propio Alcubierre. Por fortuna, los resultados no tardaron en salir a la luz. Poco tiempo después de comenzar la inspección del subsuelo los trabajadores encontraron los restos de un muro, que en un principio Alcubierre identificó con parte de un templo de la ciudad de Pompeya. Aquel inesperado logro consiguió ilusionar al monarca, y pronto el ingeniero contó con más mano de obra para continuar excavando, hasta alcanzar una cifra de catorce o quince obreros. Los trabajos, sin embargo, eran especialmente penosos. A diferencia de los yacimientos arqueológicos actuales, en los que normalmente se trabaja “a cielo abierto”, Alcubierre siguió su formación de ingeniero militar, excavando profundas galerías, oscuras y mal ventiladas, que entorpecían el avance de los trabajos y resultaban muy peligrosas.

A pesar de las dificultades, la excavación continuó arrojando resultados positivos con el paso del tiempo, y no había semana en el que no se hallara alguna escultura o pieza de importancia. Roque Joaquín Alcubierre no dudó en llevar un registro pormenorizado de los hallazgos, de los que informaba puntualmente a Carlos III, sabiendo que cada descubrimiento servía para aumentar el ya notable entusiasmo del monarca.

Poco después se produciría un hallazgo de gran importancia. En principio parecía una inscripción más, tallada sobre una lápida, pero tras una inspección detallada del texto latino se descubrió que hacía mención a la construcción del recinto que hasta entonces se tenía por un templo, y que resultó ser nada más y nada menos que el teatro de la ciudad de Herculano. No tardó en ser rescatada una segunda lápida inscrita, en la que se mencionaba directamente al arquitecto del recinto: Publio Numisio.

Maqueta del antiguo teatro de Herculano.

El importante hallazgo, que confirmaba el descubrimiento de los restos de una de las ciudades mencionadas en los textos de Plinio el Joven, alimentó aún más el entusiasmo de los participantes. Una galería tras otra, los descubrimientos de piezas de distinta índole se iban sucediendo sin descanso: esculturas de mármol y bronce, pequeños utensilios y, finalmente, bellísimas pinturas. Éstas últimas pertenecían ya a otro edificio, la basílica de Herculano, que se encontraba en las cercanías del teatro descubierto en primer lugar. Ya no había duda. Bajo los pies de la ciudad se ocultaba sepultado un tesoro histórico de valor incalculable. Hay que tener en cuenta que para Alcubierre y sus contemporáneos, y en especial para los estudiosos de la Antigüedad, la única forma de conocer las obras, construcciones y estilo de vida de aquella civilización ya desaparecida radicaba en la contemplación de los escasos edificios romanos que seguían en pie –en su mayoría con grandes modificaciones– o mediante la aparición esporádica de algunas piezas. El hallazgo de una ciudad intacta, sepultada por la lava y las cenizas, constituía por lo tanto un hito sin precedentes.

El ingeniero Alcubierre, cuyo prestigio iba aumentando a la par que salían a la luz nuevas antigüedades, siguió trabajando con ahínco en las oscuras galerías. Aquel agotador ritmo de trabajo, unido a las insalubres condiciones de la excavación, terminaron por minar la salud del aragonés, que enfermó gravemente, hasta el punto de que tuvo que retirarse voluntariamente a Nápoles durante cuatro años, entre 1741 y 1745. No en vano, las condiciones eran realmente duras en las profundidades de las galerías, y los obreros –Alcubierre incluido– se veían expuestos diariamente a los gases tóxicos emanados de las antorchas y a la nociva falta de aire puro. Para hacerse una idea de la dureza de las condiciones, sobra con una breve descripción del itinerario realizado por aquellos inexpertos arqueólogos: en un primer momento, los obreros descendían a las galerías atados con una cuerda unida a un cabestrante; después debían avanzar por estrechos pasadizos que se hacían cada vez más angostos, oscuros y húmedos, con un aire prácticamente irrespirable y viciado.

Uno de los visitantes que tuvo la oportunidad de vivir la experiencia en carne propia, el abate Giacomo Martorelli, profesor en la Universidad de Nápoles, describió su vivencia en estos términos: “Difícilmente podrá nadie, que no tenga gran ánimo y corazón, caminar 84 palmos bajo tierra, como he hecho yo, por esas galerías estrechísimas y casi en ruinas (…) Tan duro era aquel trabajo, que en un segundo momento, junto a los obreros que lo hacían a sueldo, se condenó a trabajar a las grutas a numerosos forzados y esclavos”. Con condiciones tan duras, no es de extrañar que Alcubierre, que bajaba a las galerías casi a diario, terminase gravemente enfermó. Aunque terminó por recobrarse, aquella dolencia se cobró un elevado precio: el aragonés perdió casi toda su dentadura y su vista quedó seriamente dañada.

Ruinas del templo de Isis en Pompeya.

Durante los cuatro años de convalecencia, el aragonés fue sustituido por los también ingenieros Francisco Rorro y Pedro Bardet quienes, sin embargo, no tuvieron tanta suerte en los trabajos como Alcubierre. Cuando éste se reincorporó a sus labores, ya en 1745, había sido ascendido a teniente coronel y contaba con el cargo de ingeniero en segundo. Con su regreso –como si de un talismán se tratase– volvieron también los hallazgos notables al yacimiento de la antigua Herculano.

En un notable artículo sobre los trabajos en aquella época, el historiador Miguel Beltrán Lloris destaca el descubrimiento de piezas de gran importancia: “…aparecieron las magníficas estatuas ecuestres en mármol de Nonio Balbo, continuando además los frisos de pinturas, los objetos de vidrio, un privilegio de Vespasiano a soldados veteranos y otros muchos objetos”.

EL DESPERTAR DE POMPEYA
Mientras los hallazgos se sucedían sin cesar en el los terrenos de lo que siglos atrás había sido Herculano, Roque Joaquín Alcubierre tuvo conocimiento de la aparición esporádica de algunas piezas destacadas en un terreno situado a varios kilómetros de allí. El ingeniero aragonés, de nuevo con el beneplácito real –a estas alturas era difícil que se le negara nada conociendo su intuición para aquella tarea–, comenzó a excavar en aquella zona en 1748. Pronto comenzaron a ser rescatados importantes vestigios del pasado romano, y Alcubierre creyó haber localizado los restos de la ciudad de Estabia. Sin embargo, y al igual que había ocurrido con el hallazgo de Herculano, el aragonés estaba equivocado. Decenas de metros bajo sus pies, se hallaba la ciudad de Pompeya, hoy la más célebre de todas las poblaciones engullidas por la furia del Vesubio. No sería hasta 1763 cuando el ingeniero y militar zaragozano identificara correctamente aquellos restos, gracias –de nuevo– al hallazgo de una inscripción que se citaba a la Res Publica Pompeianorum. En cuanto a Estabia, sus restos fueron hallados poco después de descubrirse los primeros vestigios de Pompeya, en 1749.

La dedicación de Alcubierre iba en aumento y, a pesar de que sus obligaciones puramente militares fueron creciendo a la par que sus ascensos en el cuerpo, su auténtica pasión estaba, sin dudas, entre aquellas galerías que, con gran esfuerzo, iban sacando a la luz maravillas de un pasado remoto. En aquellos años, y a los yacimientos ya localizados de Herculano, Pompeya y Estabia, se fueron sumando otros menores, como los de Cumas, Sorrento, Mercato di Sabato o Bosco de Tre Case. Todo un impresionante patrimonio que no sólo ampliaba de forma notable el conocimiento sobre la forma de vida de los antiguos romanos, sino que también convertía a Carlos de Borbón en un monarca que destacaba por su apoyo y patrocinio a las artes y la historia, y que situaba a Nápoles como un importante enclave –el segundo, después de Roma– para conocer el glorioso pasado del Imperio Romano.

En este sentido, hay que agradecer al monarca borbón que comprendiese desde un primer momento la notable importancia de aquellos hallazgos. Mientras estuvo gobernando en Nápoles, Carlos III se encargó de financiar las excavaciones, ordenó que se le informase puntualmente de cada nuevo hallazgo, y promovió el estudio y conservación de las piezas, la publicación de tratados sobre aquellas maravillas e incluso la fundación de un museo que sirviera para reunir todo lo desenterrado. Todo ello, claro está, a mayor gloria de su persona y del territorio que estaba bajo su dominio. Fue así como el monarca se decidió a trasladar la riquísima colección Farnese, heredada de su madre, instalando en el Palacio de Capodimonte una notable galería de pinturas, mientras los miles de tomos de distintas temáticas que conformaban su biblioteca se ubicaron en el Palazzo degli Studi.

El rey Carlos III de España. Crédito: Wikipedia.

Finalmente, ya en 1750, se decidió transformar el palacio hasta entonces conocido como Caramánico, en el que se dispusieron ordenadamente las antigüedades encontradas en los yacimientos, dando forma al Museo Ercolanense de Portici, que sería dirigido por Camillo Paderni. El celo del monarca en este sentido llegó a tal punto que se prohibió la salida de Nápoles de cualquier escultura o pintura procedente de las excavaciones. Todo, absolutamente todo, tenía que ser catalogado y estudiado en las instalaciones del museo. La única excepción, que llegó a la Corte española y hoy se expone en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid, es una pequeña caja de semillas, sin mayor importancia.

Cuando nueve años después Carlos de Borbón dejó Nápoles para ocupar el trono de España como Carlos III, su interés por los trabajos realizados en las faldas del Vesubio no sólo no se desvanecieron, sino que fueron en aumento, siendo informado puntualmente de la marcha de las excavaciones por el ministro Bernardo Tanucci, quien le hacía llegar las noticias enviadas por Alcubierre.

UNA VISITA OBLIGADA
Los esfuerzos de Alcubierre y el interés de Carlos III no tardaron en dar sus frutos. En pocos años, las noticias sobre aquel impresionante enclave arqueológico, que permitía viajar literalmente al pasado romano, se extendieron por toda Europa. Poco a poco, comenzaron a viajar hasta las excavaciones una variopinta legión de estudiosos, anticuarios, artistas y viajeros con aspiraciones románticas, todos ellos ávidos por conocer de primera mano las grandes maravillas que habían llegado a sus oídos.

A esta notable fama había contribuido, sin duda, la creación en 1755 de la Regale Accademia Ercolanense de Nápoles, donde se estudiaron a fondo las piezas descubiertas durante las excavaciones; por otro lado, dos años después comenzaron a publicarse también los ocho tomos de la obra Le antichità di Ercolano esposte (La antigüedad de Herculano expuesta), que reproducían bellos grabados de las piezas recuperadas, así como planos y diseños de los edificios que iban saliendo a la luz.

No es de extrañar, por lo tanto, que aquel enclave cargado de historia, se convirtiera en visita obligada para los viajeros que se animaban a realizar el llamado Grand Tour, tan de moda en aquel entonces. La llegada de curiosos y eruditos no fue, por desgracia, siempre positiva. Entre algunos de ellos se encontraban especialistas en la Antigüedad como Winckelmann, célebre iniciador de la Historia del Arte como disciplina. El erudito alemán y otros especialistas como Charles de Brosses, Walpole o Caylus, no dudaron en criticar abiertamente –y en muchos casos con gran dureza, en especial Winckelmann– la forma de trabajar de Roque Joaquín Alcubierre. Todos ellos tildaron al aragonés de bruto ignorante, criticaron su técnica de excavación mediante galerías –que no facilitaba la comprensión topográfica de los terrenos excavados– y elevaron sus quejas por la falta de colaboración que se prestaba a quienes, como ellos, pretendían visitar in situ las excavaciones.

El historiador Johann Winckelmann. Crédito: Wikipedia.

Aunque parte de las quejas formuladas por Winckelmann y otros críticos sobre la forma de trabajar de Alcubierre no estaban exentas de parte de razón, hay que recordar que la formación de éste era la de un ingeniero militar, y por lo tanto desarrolló su labor de la mejor forma que sabía. Además, debemos tener en cuenta que en aquella época, la arqueología como disciplina científica no existía tal y como la conocemos actualmente, y se basaba prácticamente en una “caza de tesoros” que tenía como único fin rescatar el mayor número de piezas, sin seguir ningún criterio de catalogación o estudio pormenorizado. Por otra parte, el ingeniero aragonés no hizo sino seguir las indicaciones del monarca, que sólo buscaba la recuperación de piezas antiguas con el fin de exponerlas en el museo de la antigua Herculano.

Fuera de estas críticas –algunas seguramente alimentadas por la envidia–, no cabe duda de que la figura de Alcubierre fue vital para el éxito de las excavaciones. Sin su intuición, tesón y dedicación casi completa –estuvo al cargo de los trabajos durante casi cuarenta años–, es muy posible que, en la actualidad, Pompeya y Herculano no fuesen hoy los grandes enclaves arqueológicos en los que se han convertido. No hay que olvidar tampoco el papel de Carlos III, a quien hay que reconocer el acierto de prohibir la salida de piezas recuperadas en suelo napolitano en dirección a España u otros destinos. De no haber sido así, Pompeya y Herculano habrían sufrido quizá la misma suerte que otros enclaves destacados de Egipto o Grecia, algunas de cuyos restos más importantes se reparten por museos y colecciones privadas de todo el mundo.

Finalmente, en 1780, y tras décadas de dedicación exclusiva a la que fue la pasión de su vida, Roque Joaquín Alcubierre falleció en Nápoles, en el mismo lugar donde había disfrutado tanto rescatando aquellas milenarias maravillas. Algunos años antes, en 1772, su devoción al trabajo había sido recompensada con su ascenso a brigadier e ingeniero en jefe y, cinco años más tarde, se le recompensó con el nombramiento de mariscal de campo, debido a “los méritos, servicios, acreditada conducta, celo, fidelidad y demás recomendables circunstancias” que reunía su figura. Con la muerte de Roque, su esposa, Ignacia Díez, recibió una pensión vitalicia de 150 ducados anuales concedida por el mismísimo Carlos III. Con aquellas rentas, la numerosa familia siguió viviendo con humildad en una vivienda modesta ubicada en el número 10 de la Porta piccola a Palazzo, en Nápoles.

ANEXO
POMPEYA Y HERCULANO DESPUÉS DE ALCUBIERRE
Durante su larga enfermedad –entre 1741 y 1745– Alcubierre fue sustituido temporalmente, como ya dijimos, por los también ingenieros Francisco Rorro y Pedro Bardet. De vuelta al trabajo, y ya recuperado, contó también con la ayuda del ingeniero suizo Karlos Weber y, a la muerte de éste, en 1764, con la del español Don Francisco de la Vega.

Cuando finalmente Alcubierre falleció en 1780, fue De la Vega quien quedó al mando de los trabajos, siendo reconocido por los historiadores como uno de los mejores trabajadores de los distintos yacimientos en lo que quedaba del siglo XVIII. Con él aumentó el número de obreros, y comenzó a vislumbrarse un nuevo sistema de trabajo, con una metodología arqueológica más moderna y coherente, orientada a la consolidación de los edificios descubiertos y a la documentación sistemática de la excavación.

La llegada del nuevo siglo vino acompañada de dificultades políticas que paralizaron temporalmente las obras, aunque con Nápoles bajo dominio francés volvieron a reanudarse los trabajos. A lo largo del siglo XIX las prospecciones arqueológicos fueron sucediéndose sin descanso y, con el tiempo, mejoraron también las técnicas aplicadas, hasta llegar al siglo XX –época no exenta de problemas, en especial debido a las dos Grandes Guerras–, y finalmente a nuestros días.

 

ANEXO
EL INTERÉS ARQUEOLÓGICO DE CARLOS III
La atracción demostrada por el monarca borbón durante su mandato como rey de las Dos Sicilias, y más tarde como cabeza de la monarquía española, no se redujo a las excavaciones y antigüedades rescatadas en las faldas del Vesubio. Años más tarde, el monarca español mostró un interés similar por los trabajos desarrollados en suelo americano, destacando especialmente las labores encomendadas para sacar a la luz el pasado histórico y arqueológico de ciudades como Palenque, donde siguió un criterio similar al que ya había puesto en marcha en los yacimientos napolitanos. Carlos III sobresalió así como un monarca por inquietudes intelectuales, aunque en muchos casos se debiera únicamente a un afán por engrandecer a la casa real con las riquezas que se hallaban enterradas en sus vastos dominios.

BIBLIOGRAFÍA:

-BELTRÁN LLORIS, Miguel. “Roque Joaquín de Alcubierre, descubridor de Pompeya y Herculano”. Artículo publicado en Aragón en el mundo. Ed. Caja de Ahorros de la Inmaculada. Zaragoza, 1988.
-FERNÁNDEZ MUGA, Félix. Carlos III y el descubrimiento de Herculano, Pompeya y Stabia. Ed. Universidad de Salamanca, 1989.

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Un misterio arqueológico con forma de ataúd

Posted on 30 marzo 2010 by Redacción

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Un equipo de arqueólogos de la Universidad de Michigan que trabaja actualmente en el yacimiento de la antigua ciudad romana de Gabii, a unos 18 kilómetros al Este de Roma, acaba de dar a conocer el hallazgo de un misterioso ataúd de plomo con más de 1.500 años de antigüedad. Al parecer, el peculiar descubrimiento tuvo lugar en el año 2009 –cuando comenzaron los trabajos de excavación–, pero ha sido ahora cuando se han sacado a la luz los detalles del hallazgo.

La pieza de plomo, que pesa unos 360 kilogramos, supone un irritante acertijo para los arqueólogos por diversos motivos. En primer lugar, no era muy habitual que los antiguos romanos empleasen ataúdes para sus enterramientos y, cuando lo hacían, éstos solían ser de madera. De hecho, según ha explicado Nicola Terrenato, uno de los miembros del equipo, sólo se conocen unos pocos ejemplos de este tipo, y siempre en otras regiones. Por otra parte, este tipo de ataúdes suelen tener una forma rectangular, mientras éste consiste en una gruesa lámina de plomo plegada hacia adentro. El material empleado supone, precisamente, uno de los mayores inconvenientes para los investigadores, pues imposibilita el uso de rayos X y cierto tipo de escáner para averiguar qué contiene en su interior, sin que el ataúd resulte dañado.

“Es excitante y al mismo tiempo frustrante, porque no se conocen otros ejemplos similares”, explicó Jeffrey Becker, director del proyecto de la Universidad de Michigan, financiado por la Sociedad National Geographic. Para solventar este problema, los arqueólogos esperan utilizar endoscopias (cámaras de pequeño tamaño) y técnicas de termografía. Si estos intentos fracasaran, intentarían someter al ataúd a una resonancia magnética.

Lo que parece claro, a juzgar por el material empleado y su cantidad (el plomo era un metal muy valioso en la época) es que el ataúd podría contener los restos de una persona muy importante. En este sentido, los otros enterramientos de plomo encontrados en otros lugares podrían ofrecer pistas muy jugosas sobre el “dueño” del ataúd: en dichos casos, los cadáveres se correspondían con miembros de la jerarquía eclesiástica, destacados militares romanos e incluso alguna mujer gladiadora. Esta última posibilidad, sin embargo, parece poco probable en opinión de Bruce Hitchner, profesor de arqueología clásica en la Universidad de Oxford, pues por el sarcófago data de los siglos IV o V d.C., cuando las luchas de gladiadores ya no estaban en auge. En un caso u otro, habrá que esperar a nuevos estudios para resolver este intrigante misterio.

© Fotografía: Jeffrey Becker / University of Michigan

Fuentes:

-An archaeological mystery in a half-ton lead coffin (Eurekalert!)

-Lead ‘burrito’ sarcophagus found near Rome (National Geographic News)

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Caravaggio: el enigma de una muerte

Posted on 30 diciembre 2009 by Redacción

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La muerte de Michelangelo Merisi –más conocido como Caravaggio–, ha estado siempre envuelta en el misterio. El genial pintor barroco, nacido en Milán en 1571, tuvo una vida breve pero agitada, pues se movió siempre entre las polémicas suscitadas por sus obras –algunas de las cuáles fueron rechazadas por ir contra la idea del decoro existente en la época– y sus múltiples altercados públicos. Fue precisamente una de estas peleas, acaecida en mayo de 1606, la que marcaría definitivamente el resto de su existencia: en aquella ocasión, Caravaggio causó la muerte de un tal Ranuccio Tomassoni –al parecer de forma accidental–, lo que causó su caída en desgracia.

A pesar de que en otras ocasiones sus mecenas, y especialmente el cardenal del Monte, habían intercedido por él para resolver distintos enredos, el homicidio era un delito demasiado grave, y Caravaggio se vio obligado a huír de Roma. Comenzó así un peregrinaje que duró cuatro años, y que le llevó a establecerse sucesivamente en Nápoles, Malta, Messina, Siracusa y Palermo. En 1610, habiendo llegado hasta él rumores de que iba a recibir el perdón, emprendió su viaje de regreso a Roma, aunque jamás llegaría a pisar la ciudad. En julio de ese año comenzaron a llegar confusas noticias a la Ciudad Eterna que afirmaban que el pintor había perdido la vida en una playa de Porto Ércole, a poco más de 150 kilómetros de Roma.

Ahora, cuando faltan pocos meses para que se cumplan 400 años de la muerte del célebre pintor, un equipo de antropólogos italianos, dirigido por el profesor Georgio Grupponi ha decidido desenterrar el osario con los restos de Caravaggio –custodiado en Porto Ércole– para intentar desentrañar el enigma de las causas de su muerte. Hasta la fecha, los historiadores han propuesto distintas hipótesis para explicar el fallecimiento: para unos Merisi falleció como consecuencia de la malaria, otros culpan al tifus, mientras que para los más aventurados todo tendría su origen en causas más propias de una novela de misterio, como un asesinato por un ajuste de cuentas (hipótesis planteada en un documental de la BBC realizado por Andrew Graham-Dixon).

Por el momento los restos han sido llevados a la Universidad de Bolonia, donde serán sometidos a distintos análisis y comparados con muestras procedentes de algunos de sus descendientes. Más tarde se procederá a su exhibición pública en la galería Borghese de Roma, y finalmente se procederá a su enterramiento en un nuevo lugar todavía sin determinar. Por el momento habrá que seguir esperando un poco más para saber si, finalmente, los estudios científicos aclaran el enigma de su muerte…

Fuente: Caravaggio’s remains are removed (BBC News)

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