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Hallan en Israel una “entrada al inframundo”

Posted on 08 mayo 2012 by Redacción

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Un grupo de investigadores israelíes cree que una cueva existente en unas colinas al oeste de Jerusalén fue utilizada en rituales paganos vinculados con las creencias sobre el inframundo. La cueva en cuestión se conoce como “Cueva de los gemelos”, y aunque su existencia era conocida desde hace algún tiempo, ha sido ahora cuando arqueólogos de la Universidad Bar-Ilan de Israel han propuesto la hipótesis de que esta oquedad fue empleada para la celebración de rituales paganos grecorromanos relacionados con la muerte y el inframundo.

Según Boaz Zissu –profesor de arqueología clásica en la citada universidad– y su compañero Eitan Klein, esta cueva fue utilizada entre los siglos II y IV d.C., a juzgar por los restos arqueológicos descubiertos durante las excavaciones. Entre dichas piezas se encuentran cuarenta y dos lámparas de barro que, al parecer, nunca fueron encendidas, lo que en opinión de Zissu y su colega indica que se utilizaron de forma simbólica durante algún tipo de celebración ritual.

Es muy posible, según estos expertos, que tales celebraciones sagradas estuvieran dirigidas a las diosas Ceres (la Deméter romana) y su hija Proserpina (Perséfone para los griegos). Según la mitología clásica, Proserpina fue secuestrada por Hades y llevada al inframundo, provocando la intervención del mismísimo Júpiter (Zeus). El dios del Olímpo ordenó la liberación de la joven diosa, pero antes Hades consiguió que probara un grano de granada, una fruta propia del inframundo, por lo que Proserpina se vio obligada a volver a las profundidades durante tres meses al año.

Los arqueólogos israelíes creen que las lámparas descubiertas en la cueva fueron utilizadas por los romanos para guiar el camino de Ceres hacia el inframundo, rememorando así el episodio en el que busca desesperadamente a su hija. Sin embargo, los estudiosos también barajan otra posibilidad, basándose en el nombre de la cueva. En árabe, la oquedad se conoce como Umm a Toamin (Madre de gemelos) y una leyenda antigua aseguraba que una mujer esteril quedó embarazada de gemelos al beber allí unas aguas naturales. Según los estudiosos, esto podría indicar que allí se celebraban ritos vinculados con Cástor y Polux, los Dioscuros de la mitología clásica, también relacionados con el inframundo.

Fuente: Gateway to hell: Israeli scientists explore Twins Cave for ancient door to Underworld (Huffington Post)

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Xibalbá, el Inframundo maya

Descenso a los infiernos

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Arqueólogos en el inframundo maya

Posted on 01 julio 2010 by Redacción

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Hace algunos meses, con la publicación del artículo Xibalbá: el inframundo maya, ya explicamos brevemente la importancia que tuvieron los cenotes en el complejo universo mitológico de esta fascinante civilización precolombina.

Estos cenotes –cuevas inundadas de agua, muy habituales en la península del Yucatán y otras zonas del mayab–, tuvieron un significado sagrado muy especial para los antiguos mayas. No en vano, aquellas acumulaciones de agua eran consideradas como puertas a Xibalbá, el inframundo del mundo maya, y como tales eran lugares en los que se depositaban ofrendas a los dioses. Pese a su importancia, muchas de ellas siguen sin explorar, pues en muchos casos sus aguas están infestadas de cocodrilos, un peligro al que hay que sumar el alto contenido en azufre del agua y las grandes profundidades.

Sin embargo, algunos arqueólogos e investigadores creen que es un riesgo que merece la pena asumir. Al menos, así lo cree un equipo de arqueólogos estadounidenses de la Northwest University (Illinois), que está intentando sacar a la luz todos los secretos de varios cenotes existentes en Clara Blanca, Belice. En concreto, los arqueólogos están explorando varias de las cuevas anegadas que existen entre sendos asentamientos mayas, los de Yalbac y M195, en busca de antiguas ofrendas y otras piezas similares.

En los años anteriores, Andrew Kinkella, uno de los arqueólogos, ya había estudiado a fondo la selva circundante, descubriendo una curiosas estructuras cerca de los cenotes. “Creemos que eran saunas de purificación –explicó Kinkella–. “Lugares donde los mayas se purificaban antes de realizar sus ofrendas en los cenotes”. Durante varias semanas, los arqueólogos americanos –ayudados por expertos submarinistas– han estado explorando a fondo 25 de estas “piscinas”, descubriendo que al menos ocho de ellas están interconectadas. Además, según han desvelado esta misma semana medios como National Geographic –sociedad que financia parte de la expedición–, los investigadores han hallado varios restos fósiles a unos 20-30 metros de profundidad. Compartimos con vosotros un impactante vídeo –difundido por NG–, en el que se observa como uno de los submarinistas “desaparece” literalmente en un pequeño foso oculto por la arena en el lecho de uno de los cenotes. Viendo imágenes como éstas, no es de extrañar que los antiguos mayas consideraran estos lugares entradas al inframundo.

Hasta la fecha, tal y como explica Lisa Lucero, arqueóloga y líder del proyecto, no han encontrado restos arqueológicos importantes, aunque con un poco de suerte, quizá descubran en las oscuras entrañas de estos cenotes tesoros semejantes a los que, en 1904, descubrió el arqueólogo Edward Thompson tras dragar el cenote sagrado de Chichén Itzá, en México: huesos humanos, imágenes del dios Chaac y máscaras de jade.

Fuente: Diver ‘vanishes’ in maya underworld (National Geographic News)

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Xibalbá, el inframundo maya

Posted on 04 enero 2010 by Javier García Blanco

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Durante siglos, los pueblos que habitaron el mayab desarrollaron una fascinante mitología para explicar el mundo que les rodeaba. En esta particular concepción del cosmos, la sangre, los sacrificios, las prácticas mágicas y la creencia en el reino de los muertos –el Inframundo– conformaron un sistema de creencias que hoy nos resulta macabro y fascinante a partes iguales.

Los antiguos mayas desarrollaron una complejísima mitología, plagada de seres divinos y sobrenaturales, cuyas acciones influían de forma irremediable en la naturaleza y los seres humanos. Estas divinidades mayas eran seres muy poderosos, aunque no omnipotentes, pues estaban marcadas, al igual que los hombres, por ciertas limitaciones físicas como la sed o el hambre, que sólo podían ser satisfechas mediante la acción humana (generalmente mediante sacrificios de sangre). Pero además, el panteón maya estaba compuesto por deidades sometidas a pasiones semejantes a las de los simples mortales, dando rienda suelta por ejemplo, a la ira o la rabia.

Entre el amplio abanico de dioses, en el que destacan el dios celeste Itzam Na o Itzamná, el astro rey Kinich Ahaw, la diosa Luna Ixchel o el señor de la lluvia Chac, sobresalen también otro grupo de dioses terrestres, vinculados a las entrañas de la tierra y al Inframundo, “el lugar del Temor”. Y es, precisamente este aspecto de la religiosidad maya, uno de los más apasionantes de dicha civilización: su llamativo interés y fascinación por el “Otro Mundo”, en torno al cual tejieron multitud de ritos, creencias y costumbres.

LOS DOMINIOS DEL INFRAMUNDO
Para los antiguos mayas, la muerte no era el fin definitivo de la existencia, sino que creían que el alma del difunto se trasladaba al Inframundo (llamado Xibalbá por los quichés y Metnal por los yucatecos). Aquel otro mundo se ubicaba en las entrañas de la tierra, bajo la selva y más allá de las masas de agua, constituyendo una especie de reflejo siniestro del mundo de los vivos. Sin embargo, a pesar de este carácter “oscuro”, no sería un equivalente del infierno judeocristiano, pues el alma no recala allí a modo de castigo, sino que es su destino lógico. Este “otro mundo” es, en definitiva, la región de los muertos, la esfera de los dioses y los antepasados, que al morir se convertían ellos mismos en divinidades.

Representación del dios Itzam na. Crédito: Wikipedia.

En su inquietante periplo por el Inframundo, descrito en el Popol Vuh (el Libro del Consejo de los mayas quichés), los gemelos Hunahpú e Ixbalanqué (como veremos más adelante) recorren un escenario siniestro y lleno de peligros. No es de extrañar, pues Xibalbá está dominado por terribles moradores. Según el Popol Vuh, los soberanos del Inframundo son Hun Camé y Vucub Camé (Uno Muerte y Siete Muerte). Junto a ellos, descubrimos siete parejas de divinidades, encargadas de acabar con la vida humana en la tierra. Ahalpuh y Ahalcaná (Productor de pus y Productor de bilis), tenían la función de “hinchar a los hombres y hacerles brotar pus”. Xquiripat y Cuchumaquic (Lazo corredizo y Jefe de la sangre), provocaban “derrames de sangre en los hombres”. Por su parte, Quicxic (Halcón de sangre) y Patan (el Cazador), sorprendían a los “hombres en los caminos, haciéndoles llegar la sangre a la boca hasta que morían vomitando sangre”. Y así, hasta completar la lista de siete parejas de dioses dotados de nombres sorprendentes y macabros.

Otros textos mayas, como el Chilam Balam de Chumayel (El Libro de las cosas ocultas), mencionan a otras divinidades de la región de los muertos. La denominación más habitual es la de Kisín, “el flatulento”, apelativo que hacía alusión a la fetidez que emanaba, propia de la muerte. A pesar de ser la morada de los difuntos, el Inframundo no era una región “estanca”. De hecho, los mayas creían que, en ocasiones, los fallecidos podían regresar al mundo de los vivos, interviniendo en los asuntos de éstos. Estas “visitas” aparecen reflejadas en algunas representaciones artísticas como, por ejemplo, en el llamado dintel 15 de Yaxchilán, donde se muestra a una mujer que presencia la aparición de un muerto, acompañado de una serpiente de gran tamaño que alude a su procedencia.

Dintel 15 de Yaxchilán. © British Museum.

Del mismo modo, los vivos también pueden realizar el viaje inverso, adentrándose temporalmente en el territorio de las tinieblas, especialmente durante los sueños o mediante del uso de drogas alucinógenas (ver anexo).

Esta comunicación es posible, entre otras cosas, por la existencia de vías de entrada y salida al Inframundo. Algunas de ellas son ciertos templos, como los denominados teratomorfos que abundan en la península del Yucatán. Estas construcciones se asemejaban a grutas artificiales –las cuevas se consideraban entradas a Xibalbá, al igual que lagos o cenotes– y penetrando en ellos se podía entrar en contacto con dioses y antepasados.

Otros edificios, de estructura laberíntica, habrían jugado un papel simbólico similar. En este caso podrían haber actuado como escenarios para el descenso ritual de los gobernantes mayas a Xibalbá, como explica el experto español Manuel Rivera Dorado. Estas ceremonias tendrían por objeto rememorar el descenso de los gemelos Hunahpú e Ixbalanqué lo que les permitiría obtener una forma de legitimar su poder.

RITOS FUNERARIOS
Los arqueólogos encargados de estudiar los vestigios de las costumbres mortuorias de los antiguos mayas se han tenido que enfrentar a la dificultad que constituye la enorme variedad de tipologías de enterramientos. Los mayas practicaban tanto la inhumación como la cremación, y las variedades de las tumbas van desde simples agujeros en la tierra hasta ricas cámaras mortuorias. Algo similar ocurre con las posturas que presentan los cadáveres, colocados de mil formas diferentes.

De todos modos, y a pesar de esta gran diversidad, los estudiosos han podido determinar ciertas características. Generalmente, los difuntos eran enterrados en su propia vivienda o en los lugares donde habían ejercido su trabajo. En otros casos, han detectado varias fases en los enterramientos, que incluso podrían estar separadas por años. Primero se realizaría un entierro inicial para, años después, llevar a cabo el definitivo, que podría acompañarse de una limpieza de la osamenta, eliminando restos de carne y otras adherencias.

Paralelamente, en algunos enterramientos es frecuente encontrar diversos objetos que formarían parte del ajuar mortuorio, lógicamente con algún significado simbólico relacionado con la otra vida. Una de las piezas encontradas de forma recurrente consiste en una máscara (de jade, estuco o madera) que se colocaba sobre el rostro del difunto. Según los estudiosos, estas máscaras podrían haber servido para aludir al cambio de condición de su portador (de la vida terrena a la “subterránea”), constituyendo una especie de ceremonia de regeneración.

Templo de las Inscripciones, en Palenque, bajo el que se encontró la tumba del rey Pacal. Crédito: Wikipedia.

Otro de los objetos encontrados habitualmente junto a los difuntos, en ocasiones en gran número, es el espejo. En la compleja religiosidad maya, estos “mágicos” utensilios, capaces de reflejar las imágenes, constituían un inmejorable medio de contacto con Xibalbá, al que al mismo tiempo simbolizaban.

Todo parece indicar que este tipo de ritos funerarios estarían enfocados a favorecer el viaje del difunto al más allá, una circunstancia que algunos investigadores han comparado con las prácticas funerarias egipcias, donde también resultaban indispensable seguir correctamente una serie de pasos que garantizaban un exitoso viaje del difunto al más allá.

En muchas ocasiones, se han descubierto de forma paralela restos de otros difuntos junto al “principal”. Al parecer, estos cadáveres “secundarios” pertenecían a personas sacrificadas con la finalidad de que el difunto gozara de un acompañante en su viaje al Otro Mundo, como sucede en la tumba del rey Pacal de Palenque.

En otros casos, los fallecidos no se hacían acompañar en su viaje al más allá por víctimas de sacrificios, sino que contaban con el auxilio de habitantes del Inframundo, conocidos como wayob (literalmente, “espíritus compañeros”).

Estos seres residentes en Xibalbá no son dioses, ni tampoco espíritus comunes, pero su carácter sagrado les permite auxiliar al alma del difunto durante las distintas pruebas a las que se ve sometido en su viaje. En opinión de los especialistas en mitología y religiosidad maya, los wayob son espíritus protectores que actúan como psicopompos (guías de almas), dirigiendo a los fallecidos y haciéndoles comprender dónde se encuentran y cuál es su nuevo estado.

EL JUEGO DE PELOTA
Podría dar la impresión de que un juego practicado en una especie de cancha, en el que los participantes golpean una pelota de caucho para hacerla pasar por un aro de piedra, era un simple divertimento para los antiguos mayas, similar a nuestros deportes actuales. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. El llamado “juego de pelota” fue el rito religioso más importantes de los antiguos mayas, pues constituía una representación simbólica de uno de los relatos sagrados clave de esta civilización, íntimamente relacionado, de nuevo, con el Inframundo.

Según el Popol Vuh, dos hermanos divinos llamados Hun Hunaihpú (Uno cerbatana) y Vucub Hunaihpú (Siete cerbatana) estaban obsesionados con el juego de pelota, y pasaban horas y horas practicándolo. Un día causaron tanto alboroto con su juego que molestaron a los señores del Inframundo, quienes les retaron a descender para jugar con ellos. Tras una serie de pruebas a las que fueron sometidos, los dos hermanos murieron asesinados.

Recreación actual del juego de pelota. Crédito: Wikimedia Commons.

La cabeza de Hun Hunaihpú fue colgada de un árbol y los señores del reino de la muerte prohibieron tajantemente tocar sus frutos.

Sin embargo, la joven Ixchiq, hija de un señor de la muerte, se acercó un día al árbol y la cabeza de Hun Hunaihpú le escupió en una mano, dejándola embarazada. Temiendo la ira de su padre, Ixchiq escapó a la superficie, donde dio a luz a dos hijos: Hunahpú e Ixbalanqué. Éstos heredaron la pasión de su padre y su tío por el juego de pelota, y la historia volvió a repetirse. Un día, mientras jugaban, los señores del Inframundo les retaron a competir con ellos, y en su descenso fueron igualmente sometidos a distintas pruebas. A diferencia de lo que ocurrió con su padre, los gemelos lograron superar las trampas gracias a su ingenio y, tras realizar varios milagros, derrotaron y mataron a Uno Muerte y Siete Muerte, asesinos de su progenitor. Tras la victoria fueron ascendidos al cielo, convirtiéndose en el Sol y la Luna.

El relato de este particular descenso a los infiernos –como otros similares existentes en diversas culturas– constituye un auténtico viaje iniciático, durante el cual los aspirantes adquieren un conocimiento oculto, obtenido tras superar una serie de pruebas.

De este modo, cuando los antiguos mayas celebraban el juego de pelota, estaban rememorando el episodio mítico relatado en el Popol Vuh. No se sabe con certeza cuántos jugadores participaban en él, ni tampoco los detalles y reglas exactas de la competición, pero las representaciones artísticas conservadas y otros textos han permitido conocer algunas de sus características.

Así, se sabe que en ocasiones se arrojaban prisioneros desde lo alto de la cancha, a modo de sacrificio, o que a veces los propios reyes participaban en la macabra competición, simbolizando a los héroes gemelos, descendiendo al Inframundo y saliendo victoriosos del reino de la muerte. De este modo, vencían a la muerte misma.

La relación del juego con lo macabro no terminaba aquí, pues a menudo tras el partido se decapitaba a algunos de los jugadores. Un sangriento sacrificio que cumplía una función fertilizante y regeneradora.

ANEXO
SACRIFICIOS DE SANGRE
En la compleja mitología maya, los dioses poseían un poder limitado. Para subsanar esta carencia decidieron crear al hombre, que con sus ofrendas, oraciones y sacrificios les garantizaban el alimento y el sustento necesario para regenerar y sostener el cosmos.

Escena del film Apocalypto. © Touchstone Pictures.

Bajo esta concepción, los antiguos mayas no dudaban en derramar sangre –la de prisioneros o la suya propia– con la intención de satisfacer a los dioses y garantizar la continuidad del mundo. Los autosacrificios eran moneda común entre los mayas, quienes no dudaban en mortificarse atravesando partes de su cuerpo como las extremidades, la lengua o, más especialmente, los órganos sexuales, donde se creía que residía la sangre más fértil. Normalmente esta sangre se derramaba sobre papeles que se quemaban, de modo que el humo de la combustión elevara la ofrenda hasta los dioses.

En otros casos, los campesinos derramaban sangre sobre sus cosechas, con la esperanza de lograr la fertilidad en sus sembrados. Si lo que se deseaba era atraer a las lluvias, solía arrojarse a las víctimas a lagos o cenotes.

A menudo, los dioses requerían grandes cantidades de sangre para que el cosmos siguiera su curso normal, por lo que se realizaban sacrificios humanos múltiples, generalmente degollando a las víctimas. Si éstas eran prisioneros de guerra, solía procederse a extraerles el corazón previa sedación.

En el caso de los prisioneros sacrificados, su sangre poseía más valor si tenían un rango o status elevado, y algo sucedía con los autosacrificios de los monarcas: su sangre se consideraba mucho más poderosa que la del común de los mortales.

ANEXO
DROGAS PARA CONTACTAR CON LOS MUERTOS
Al igual que otras muchas culturas, los mayas se sirvieron del uso de drogas y bebidas alcohólicas para la celebración de ritos religiosos en los que se propiciaban estados alterados de conciencia. Por norma general, estos rituales tenían un carácter orgiástico, cuya finalidad era abandonar el mundo terrenal para adentrarse en las tinieblas del territorio de los muertos y los dioses, y recabar así su ayuda.

Entre las sustancias ingeridas se contaba el alcohol –en forma de balché, compuesto de agua, miel y la corteza de un árbol–, ciertos hongos alucinógenos y otras sustancias psicoactivas similares al LSD. Durante estas bacanales, a menudo celebradas en cuevas –como ya vimos, entradas al Inframundo– los participantes sentían que el alma abandonaba sus cuerpos y entraban en contacto con los antepasados y los dioses, a quienes acudían en busca de consejo.

BIBLIOGRAFÍA:

-RIVERA DORADO, Miguel. El pensamiento religioso de los antiguos mayas. Ed. Trotta. Madrid, 2006.
-RIVERA DORADO, Miguel. Popol Vuh: relato maya sobre el origen del mundo. Ed. Trotta. Madrid, 2008.

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