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El español que descubrió Pompeya y Herculano

Posted on 16 abril 2011 by Javier García Blanco

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Tras dieciséis siglos durmiendo un sueño que parecía eterno, los restos de las ciudades romanas de Herculano, Pompeya y Estabia comenzaron a salir de su letargo gracias a la labor de un ingeniero militar español que, destinado en Nápoles, protagonizó uno de los hallazgos arqueológicos más importantes de todos los tiempos.

Los habitantes de la bahía de Nápoles debieron pensar, en aquellos últimos días de agosto del año 79 d.C., que todos los horrores del temible Tártaro habían sido liberados por los dioses como respuesta a alguna grave ofensa. No en vano, y como macabro guiño del destino, aquellos días se celebraba la Vulcanalia, en honor al dios romano del fuego.

Primero fueron sólo algunos pequeños temblores, cada vez más frecuentes, y finalmente llegó la erupción. El 24 de agosto una nube de aspecto extraño y dimensiones colosales se elevó en el firmamento, dando forma a un espectáculo sobrecogedor que comenzó a inquietar seriamente a los habitantes de las poblaciones más próximas al Vesubio. Poco después llegó la lluvia de piedras volcánicas y ceniza, la expulsión de gases tóxicos y, finalmente, el flujo piroplástico que, como si de las aguas ardientes del Flegetonte se tratara, abrasó todo lo que encontró a su paso.

Hoy conocemos los detalles de aquel suceso de tintes apocalípticos gracias a las descripciones que Plinio el Joven envió por carta al historiador Tácito, relatando los pormenores de la muerte de su tío, Plinio el Viejo, fallecido durante la catástrofe. Sin embargo, pese a estos textos, los metros de lava y ceniza que sepultaron localidades como Pompeya, Herculano o Estabia fueron borrando, con el paso de los años, la memoria sobre la ubicación de aquellos enclaves que desaparecieron como consecuencia de la tragedia. Es probable que dichas ciudades y sus moradores siguieran hoy durmiendo su sueño eterno de no haber sido porque, casi diecisiete siglos después, un ingeniero y militar español, aragonés para más señas, se empeñó en “escarbar” el terreno que pisaba, sacando a la luz varios de los enclaves arqueológicos más importantes de la Antigüedad.

Mapa de la erupción del año 79 d.C. Crédito: Wikipedia.

UNA VIDA ENTRE RUINAS
Nuestro protagonista, escasamente conocido –y reconocido– a pesar de la relevancia y trascendencia de su trabajo, se llamaba Roque Joaquín de Alcubierre. Nacido a mediados de agosto de 1702 en Zaragoza, Alcubierre cursó sus primeros estudios en su ciudad natal. Por desgracia, son escasos los documentos que se conservan respecto a esta primera etapa de su vida, desarrollada en España. Sí podemos asegurar, al menos, que siendo apenas un adolescente se sintió atraído por el flamante y recién creado cuerpo de ingenieros del ejército español, pues no tardó en alistarse en él como voluntario.

Aunque es poco lo que sabemos sobre sus antecedentes familiares, Alcubierre debía descender de una familia relativamente bien posicionada, pues desde fechas tempranas se vio bajo la protección de los influyentes condes de Bureta. Gracias a su amistad, el joven Alcubierre consiguió sus primeros destinos en varias plazas peninsulares, y especialmente en varias localidades del Principado de Cataluña. Sabemos, por ejemplo, que en el año 1731 se encontraba trabajando en la ciudad de Gerona, todavía con el cargo de ingeniero voluntario, y desarrollando su labor en las obras de fortificación de la ciudad, “encargado del detalle de los trabajos que se ejecutaron en ella, así como sobre aquellos ríos, el baluarte de Santa María y otras fortificaciones”, tal y como recuerda el historiador Félix Fernández Muga, uno de los mejores conocedores de su vida.

En aquella primera etapa de su carrera el aragonés estuvo bajo el mando del ingeniero en segunda Don Esteban Panón, y más tarde a las órdenes de el ingeniero en jefe Don Andrés Bonito y Pignatelli, quien con los años se convertiría en uno de los militares de más alto rango del ejército de Carlos III en Nápoles, destacando además por su aprecio hacia nuestro protagonista.

Después de intentar sin éxito –y pese a la influyente amistad de su amigo el conde de Bureta– obtener el grado de oficial en el Cuerpo de Ingenieros Militares, se produjo uno de los sucesos más importantes en la vida de Alcubierre: su viaje a Nápoles, territorio en el que pasaría el resto de su vida y dónde protagonizaría los hechos que le valieron un hueco en la historia de la arqueología.

Aunque algunos historiadores siguen sin ponerse de acuerdo respecto a la fecha exacta de su viaje a suelo italiano, la mayoría coincide en situarlo a mediados de junio de 1734, poco después de la victoria de Montemar en Abulia, tras la cual el reino de Nápoles quedaba en manos españolas, y más concretamente en las del infante Carlos de Borbón, hijo de Fernando V y futuro Carlos III de España. Todo parece indicar que Alcubierre se embarcó junto al “teniente de rey” Don Andrés de los Cobos, a quien ya se cita en un Oficio fechado en agosto de ese año. La primera mención al ingeniero maño data en su caso de enero de 1736, cuando aparece citado como “ingeniero extraordinario”. Al parecer, desde ese año el zaragozano comenzó a trabajar en las obras de edificación y ampliación del palacio real de Portici, además de llevar a cabo otros encargos relacionados con la conducción de aguas hasta la cercana localidad de Boscorreale.

Apenas dos años más tarde, y ya con el ansiado cargo de capitán en su poder, Alcubierre se encontraba trabajando todavía en la edificación del palacio, bajo las órdenes de Juan Antonio Medrano. El ingeniero y militar aragonés tenía entonces la misión de trazar la planta de los terrenos aledaños al palacio y, durante aquella labor, trabó amistad con un cirujano del lugar llamado Giovanni de Angelis. Fue él quien le puso al corriente de los habituales hallazgos de piezas antiguas que se producían cada poco tiempo en el lugar. Al mismo tiempo, Alcubierre tuvo conocimiento de la existencia del llamado pozo Nocerino, excavado por el príncipe de Elbeuf pocos años antes, en 1711, durante la época de dominio austriaco en Nápoles. En dicho pozo se habían encontrado algunos restos interesantes, como cimientos de edificios antiguos y otras piezas menores, y todo ello despertó la intuición del aragonés.

Plano de la antigua ciudad de Pompeya.

Alcubierre sospechaba que bajo el suelo que pisaba podían encontrarse grandes tesoros del pasado romano, así que comentó sus inquietudes con su superior, Medrano, proponiéndole una excavación sistemática de la zona. Éste comunicó la idea a sus mandos y, por suerte, el monarca, llevado por sus inquietudes intelectuales, accedió a la empresa y nombró encargado de la misma al propio Roque Joaquín de Alcubierre en una Real Orden fechada el 13 de octubre de 1738. De este modo, las excavaciones comenzaron aquel mismo mes, a partir del pozo Nocerino. Ni Alcubierre, ni Medrano ni el monarca podían sospechar entonces que estaban a punto de marcar un antes y un después en la historia de la arqueología mundial.

Pese al beneplácito real, los medios con los que contó el ingeniero aragonés no fueron en principio demasiado notables: sólo tres obreros se dedicarían a la excavación, dirigidos por el propio Alcubierre. Por fortuna, los resultados no tardaron en salir a la luz. Poco tiempo después de comenzar la inspección del subsuelo los trabajadores encontraron los restos de un muro, que en un principio Alcubierre identificó con parte de un templo de la ciudad de Pompeya. Aquel inesperado logro consiguió ilusionar al monarca, y pronto el ingeniero contó con más mano de obra para continuar excavando, hasta alcanzar una cifra de catorce o quince obreros. Los trabajos, sin embargo, eran especialmente penosos. A diferencia de los yacimientos arqueológicos actuales, en los que normalmente se trabaja “a cielo abierto”, Alcubierre siguió su formación de ingeniero militar, excavando profundas galerías, oscuras y mal ventiladas, que entorpecían el avance de los trabajos y resultaban muy peligrosas.

A pesar de las dificultades, la excavación continuó arrojando resultados positivos con el paso del tiempo, y no había semana en el que no se hallara alguna escultura o pieza de importancia. Roque Joaquín Alcubierre no dudó en llevar un registro pormenorizado de los hallazgos, de los que informaba puntualmente a Carlos III, sabiendo que cada descubrimiento servía para aumentar el ya notable entusiasmo del monarca.

Poco después se produciría un hallazgo de gran importancia. En principio parecía una inscripción más, tallada sobre una lápida, pero tras una inspección detallada del texto latino se descubrió que hacía mención a la construcción del recinto que hasta entonces se tenía por un templo, y que resultó ser nada más y nada menos que el teatro de la ciudad de Herculano. No tardó en ser rescatada una segunda lápida inscrita, en la que se mencionaba directamente al arquitecto del recinto: Publio Numisio.

Maqueta del antiguo teatro de Herculano.

El importante hallazgo, que confirmaba el descubrimiento de los restos de una de las ciudades mencionadas en los textos de Plinio el Joven, alimentó aún más el entusiasmo de los participantes. Una galería tras otra, los descubrimientos de piezas de distinta índole se iban sucediendo sin descanso: esculturas de mármol y bronce, pequeños utensilios y, finalmente, bellísimas pinturas. Éstas últimas pertenecían ya a otro edificio, la basílica de Herculano, que se encontraba en las cercanías del teatro descubierto en primer lugar. Ya no había duda. Bajo los pies de la ciudad se ocultaba sepultado un tesoro histórico de valor incalculable. Hay que tener en cuenta que para Alcubierre y sus contemporáneos, y en especial para los estudiosos de la Antigüedad, la única forma de conocer las obras, construcciones y estilo de vida de aquella civilización ya desaparecida radicaba en la contemplación de los escasos edificios romanos que seguían en pie –en su mayoría con grandes modificaciones– o mediante la aparición esporádica de algunas piezas. El hallazgo de una ciudad intacta, sepultada por la lava y las cenizas, constituía por lo tanto un hito sin precedentes.

El ingeniero Alcubierre, cuyo prestigio iba aumentando a la par que salían a la luz nuevas antigüedades, siguió trabajando con ahínco en las oscuras galerías. Aquel agotador ritmo de trabajo, unido a las insalubres condiciones de la excavación, terminaron por minar la salud del aragonés, que enfermó gravemente, hasta el punto de que tuvo que retirarse voluntariamente a Nápoles durante cuatro años, entre 1741 y 1745. No en vano, las condiciones eran realmente duras en las profundidades de las galerías, y los obreros –Alcubierre incluido– se veían expuestos diariamente a los gases tóxicos emanados de las antorchas y a la nociva falta de aire puro. Para hacerse una idea de la dureza de las condiciones, sobra con una breve descripción del itinerario realizado por aquellos inexpertos arqueólogos: en un primer momento, los obreros descendían a las galerías atados con una cuerda unida a un cabestrante; después debían avanzar por estrechos pasadizos que se hacían cada vez más angostos, oscuros y húmedos, con un aire prácticamente irrespirable y viciado.

Uno de los visitantes que tuvo la oportunidad de vivir la experiencia en carne propia, el abate Giacomo Martorelli, profesor en la Universidad de Nápoles, describió su vivencia en estos términos: “Difícilmente podrá nadie, que no tenga gran ánimo y corazón, caminar 84 palmos bajo tierra, como he hecho yo, por esas galerías estrechísimas y casi en ruinas (…) Tan duro era aquel trabajo, que en un segundo momento, junto a los obreros que lo hacían a sueldo, se condenó a trabajar a las grutas a numerosos forzados y esclavos”. Con condiciones tan duras, no es de extrañar que Alcubierre, que bajaba a las galerías casi a diario, terminase gravemente enfermó. Aunque terminó por recobrarse, aquella dolencia se cobró un elevado precio: el aragonés perdió casi toda su dentadura y su vista quedó seriamente dañada.

Ruinas del templo de Isis en Pompeya.

Durante los cuatro años de convalecencia, el aragonés fue sustituido por los también ingenieros Francisco Rorro y Pedro Bardet quienes, sin embargo, no tuvieron tanta suerte en los trabajos como Alcubierre. Cuando éste se reincorporó a sus labores, ya en 1745, había sido ascendido a teniente coronel y contaba con el cargo de ingeniero en segundo. Con su regreso –como si de un talismán se tratase– volvieron también los hallazgos notables al yacimiento de la antigua Herculano.

En un notable artículo sobre los trabajos en aquella época, el historiador Miguel Beltrán Lloris destaca el descubrimiento de piezas de gran importancia: “…aparecieron las magníficas estatuas ecuestres en mármol de Nonio Balbo, continuando además los frisos de pinturas, los objetos de vidrio, un privilegio de Vespasiano a soldados veteranos y otros muchos objetos”.

EL DESPERTAR DE POMPEYA
Mientras los hallazgos se sucedían sin cesar en el los terrenos de lo que siglos atrás había sido Herculano, Roque Joaquín Alcubierre tuvo conocimiento de la aparición esporádica de algunas piezas destacadas en un terreno situado a varios kilómetros de allí. El ingeniero aragonés, de nuevo con el beneplácito real –a estas alturas era difícil que se le negara nada conociendo su intuición para aquella tarea–, comenzó a excavar en aquella zona en 1748. Pronto comenzaron a ser rescatados importantes vestigios del pasado romano, y Alcubierre creyó haber localizado los restos de la ciudad de Estabia. Sin embargo, y al igual que había ocurrido con el hallazgo de Herculano, el aragonés estaba equivocado. Decenas de metros bajo sus pies, se hallaba la ciudad de Pompeya, hoy la más célebre de todas las poblaciones engullidas por la furia del Vesubio. No sería hasta 1763 cuando el ingeniero y militar zaragozano identificara correctamente aquellos restos, gracias –de nuevo– al hallazgo de una inscripción que se citaba a la Res Publica Pompeianorum. En cuanto a Estabia, sus restos fueron hallados poco después de descubrirse los primeros vestigios de Pompeya, en 1749.

La dedicación de Alcubierre iba en aumento y, a pesar de que sus obligaciones puramente militares fueron creciendo a la par que sus ascensos en el cuerpo, su auténtica pasión estaba, sin dudas, entre aquellas galerías que, con gran esfuerzo, iban sacando a la luz maravillas de un pasado remoto. En aquellos años, y a los yacimientos ya localizados de Herculano, Pompeya y Estabia, se fueron sumando otros menores, como los de Cumas, Sorrento, Mercato di Sabato o Bosco de Tre Case. Todo un impresionante patrimonio que no sólo ampliaba de forma notable el conocimiento sobre la forma de vida de los antiguos romanos, sino que también convertía a Carlos de Borbón en un monarca que destacaba por su apoyo y patrocinio a las artes y la historia, y que situaba a Nápoles como un importante enclave –el segundo, después de Roma– para conocer el glorioso pasado del Imperio Romano.

En este sentido, hay que agradecer al monarca borbón que comprendiese desde un primer momento la notable importancia de aquellos hallazgos. Mientras estuvo gobernando en Nápoles, Carlos III se encargó de financiar las excavaciones, ordenó que se le informase puntualmente de cada nuevo hallazgo, y promovió el estudio y conservación de las piezas, la publicación de tratados sobre aquellas maravillas e incluso la fundación de un museo que sirviera para reunir todo lo desenterrado. Todo ello, claro está, a mayor gloria de su persona y del territorio que estaba bajo su dominio. Fue así como el monarca se decidió a trasladar la riquísima colección Farnese, heredada de su madre, instalando en el Palacio de Capodimonte una notable galería de pinturas, mientras los miles de tomos de distintas temáticas que conformaban su biblioteca se ubicaron en el Palazzo degli Studi.

El rey Carlos III de España. Crédito: Wikipedia.

Finalmente, ya en 1750, se decidió transformar el palacio hasta entonces conocido como Caramánico, en el que se dispusieron ordenadamente las antigüedades encontradas en los yacimientos, dando forma al Museo Ercolanense de Portici, que sería dirigido por Camillo Paderni. El celo del monarca en este sentido llegó a tal punto que se prohibió la salida de Nápoles de cualquier escultura o pintura procedente de las excavaciones. Todo, absolutamente todo, tenía que ser catalogado y estudiado en las instalaciones del museo. La única excepción, que llegó a la Corte española y hoy se expone en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid, es una pequeña caja de semillas, sin mayor importancia.

Cuando nueve años después Carlos de Borbón dejó Nápoles para ocupar el trono de España como Carlos III, su interés por los trabajos realizados en las faldas del Vesubio no sólo no se desvanecieron, sino que fueron en aumento, siendo informado puntualmente de la marcha de las excavaciones por el ministro Bernardo Tanucci, quien le hacía llegar las noticias enviadas por Alcubierre.

UNA VISITA OBLIGADA
Los esfuerzos de Alcubierre y el interés de Carlos III no tardaron en dar sus frutos. En pocos años, las noticias sobre aquel impresionante enclave arqueológico, que permitía viajar literalmente al pasado romano, se extendieron por toda Europa. Poco a poco, comenzaron a viajar hasta las excavaciones una variopinta legión de estudiosos, anticuarios, artistas y viajeros con aspiraciones románticas, todos ellos ávidos por conocer de primera mano las grandes maravillas que habían llegado a sus oídos.

A esta notable fama había contribuido, sin duda, la creación en 1755 de la Regale Accademia Ercolanense de Nápoles, donde se estudiaron a fondo las piezas descubiertas durante las excavaciones; por otro lado, dos años después comenzaron a publicarse también los ocho tomos de la obra Le antichità di Ercolano esposte (La antigüedad de Herculano expuesta), que reproducían bellos grabados de las piezas recuperadas, así como planos y diseños de los edificios que iban saliendo a la luz.

No es de extrañar, por lo tanto, que aquel enclave cargado de historia, se convirtiera en visita obligada para los viajeros que se animaban a realizar el llamado Grand Tour, tan de moda en aquel entonces. La llegada de curiosos y eruditos no fue, por desgracia, siempre positiva. Entre algunos de ellos se encontraban especialistas en la Antigüedad como Winckelmann, célebre iniciador de la Historia del Arte como disciplina. El erudito alemán y otros especialistas como Charles de Brosses, Walpole o Caylus, no dudaron en criticar abiertamente –y en muchos casos con gran dureza, en especial Winckelmann– la forma de trabajar de Roque Joaquín Alcubierre. Todos ellos tildaron al aragonés de bruto ignorante, criticaron su técnica de excavación mediante galerías –que no facilitaba la comprensión topográfica de los terrenos excavados– y elevaron sus quejas por la falta de colaboración que se prestaba a quienes, como ellos, pretendían visitar in situ las excavaciones.

El historiador Johann Winckelmann. Crédito: Wikipedia.

Aunque parte de las quejas formuladas por Winckelmann y otros críticos sobre la forma de trabajar de Alcubierre no estaban exentas de parte de razón, hay que recordar que la formación de éste era la de un ingeniero militar, y por lo tanto desarrolló su labor de la mejor forma que sabía. Además, debemos tener en cuenta que en aquella época, la arqueología como disciplina científica no existía tal y como la conocemos actualmente, y se basaba prácticamente en una “caza de tesoros” que tenía como único fin rescatar el mayor número de piezas, sin seguir ningún criterio de catalogación o estudio pormenorizado. Por otra parte, el ingeniero aragonés no hizo sino seguir las indicaciones del monarca, que sólo buscaba la recuperación de piezas antiguas con el fin de exponerlas en el museo de la antigua Herculano.

Fuera de estas críticas –algunas seguramente alimentadas por la envidia–, no cabe duda de que la figura de Alcubierre fue vital para el éxito de las excavaciones. Sin su intuición, tesón y dedicación casi completa –estuvo al cargo de los trabajos durante casi cuarenta años–, es muy posible que, en la actualidad, Pompeya y Herculano no fuesen hoy los grandes enclaves arqueológicos en los que se han convertido. No hay que olvidar tampoco el papel de Carlos III, a quien hay que reconocer el acierto de prohibir la salida de piezas recuperadas en suelo napolitano en dirección a España u otros destinos. De no haber sido así, Pompeya y Herculano habrían sufrido quizá la misma suerte que otros enclaves destacados de Egipto o Grecia, algunas de cuyos restos más importantes se reparten por museos y colecciones privadas de todo el mundo.

Finalmente, en 1780, y tras décadas de dedicación exclusiva a la que fue la pasión de su vida, Roque Joaquín Alcubierre falleció en Nápoles, en el mismo lugar donde había disfrutado tanto rescatando aquellas milenarias maravillas. Algunos años antes, en 1772, su devoción al trabajo había sido recompensada con su ascenso a brigadier e ingeniero en jefe y, cinco años más tarde, se le recompensó con el nombramiento de mariscal de campo, debido a “los méritos, servicios, acreditada conducta, celo, fidelidad y demás recomendables circunstancias” que reunía su figura. Con la muerte de Roque, su esposa, Ignacia Díez, recibió una pensión vitalicia de 150 ducados anuales concedida por el mismísimo Carlos III. Con aquellas rentas, la numerosa familia siguió viviendo con humildad en una vivienda modesta ubicada en el número 10 de la Porta piccola a Palazzo, en Nápoles.

ANEXO
POMPEYA Y HERCULANO DESPUÉS DE ALCUBIERRE
Durante su larga enfermedad –entre 1741 y 1745– Alcubierre fue sustituido temporalmente, como ya dijimos, por los también ingenieros Francisco Rorro y Pedro Bardet. De vuelta al trabajo, y ya recuperado, contó también con la ayuda del ingeniero suizo Karlos Weber y, a la muerte de éste, en 1764, con la del español Don Francisco de la Vega.

Cuando finalmente Alcubierre falleció en 1780, fue De la Vega quien quedó al mando de los trabajos, siendo reconocido por los historiadores como uno de los mejores trabajadores de los distintos yacimientos en lo que quedaba del siglo XVIII. Con él aumentó el número de obreros, y comenzó a vislumbrarse un nuevo sistema de trabajo, con una metodología arqueológica más moderna y coherente, orientada a la consolidación de los edificios descubiertos y a la documentación sistemática de la excavación.

La llegada del nuevo siglo vino acompañada de dificultades políticas que paralizaron temporalmente las obras, aunque con Nápoles bajo dominio francés volvieron a reanudarse los trabajos. A lo largo del siglo XIX las prospecciones arqueológicos fueron sucediéndose sin descanso y, con el tiempo, mejoraron también las técnicas aplicadas, hasta llegar al siglo XX –época no exenta de problemas, en especial debido a las dos Grandes Guerras–, y finalmente a nuestros días.

 

ANEXO
EL INTERÉS ARQUEOLÓGICO DE CARLOS III
La atracción demostrada por el monarca borbón durante su mandato como rey de las Dos Sicilias, y más tarde como cabeza de la monarquía española, no se redujo a las excavaciones y antigüedades rescatadas en las faldas del Vesubio. Años más tarde, el monarca español mostró un interés similar por los trabajos desarrollados en suelo americano, destacando especialmente las labores encomendadas para sacar a la luz el pasado histórico y arqueológico de ciudades como Palenque, donde siguió un criterio similar al que ya había puesto en marcha en los yacimientos napolitanos. Carlos III sobresalió así como un monarca por inquietudes intelectuales, aunque en muchos casos se debiera únicamente a un afán por engrandecer a la casa real con las riquezas que se hallaban enterradas en sus vastos dominios.

BIBLIOGRAFÍA:

-BELTRÁN LLORIS, Miguel. “Roque Joaquín de Alcubierre, descubridor de Pompeya y Herculano”. Artículo publicado en Aragón en el mundo. Ed. Caja de Ahorros de la Inmaculada. Zaragoza, 1988.
-FERNÁNDEZ MUGA, Félix. Carlos III y el descubrimiento de Herculano, Pompeya y Stabia. Ed. Universidad de Salamanca, 1989.

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Novena Hispana, la Legión “perdida”

Posted on 24 marzo 2011 by Javier García Blanco

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En 1954, la novelista británica Rosemary Sutcliff publicó el libro El águila de la Novena, una novela histórica ambientada en las islas británicas durante la ocupación romana. El libro se convirtió rápidamente en un best-seller (iniciando una saga de títulos) y populizarió la historia de un joven oficial romano, Marcus Aquila, quien había viajado hasta Britania para averiguar el paradero de su padre, un veterano desaparecido con la Legio IX Hispana. El relato de Sutcliff era pura ficción, pero se apoyaba en un hecho que había intrigado a los especialistas en la historia del Imperio Romano durante décadas: la aparente y extraña desaparición de la Novena Legión Hispana a comienzos del siglo II de nuestra era.

Efectivamente, la última referencia fiable a esta legión data de los años 108-109 d.C., fecha de una inscripción en la que se menciona a la Novena como parte de los efectivos que están construyendo una fortaleza en la ciudad de Eboracum (actual York). Después, el silencio más absoluto. De hecho, una inscripción de época del emperador Marco Aurelio (161-180 d.C.), en la que se hace un listado de las distintas legiones en activo, no menciona en absoluto a la valerosa Novena. Esta falta de noticias sobre una de las legiones más importantes de Roma (fue fundada en Hispania por Pompeyo a mediados del siglo I a.C., y participó en la Guerra de las Galias y en la invasión de Britania) alimentó pronto diversas hipótesis. Para algunos autores, lo más probable es que las tropas de la Novena fueran masacradas en alguna batalla contra los peligrosos pictos del norte, quienes habían desarrollado una peligrosa lucha de guerrillas que traía de cabeza a las fuerzas romanas invasoras.

Mapa del Imperio Romano en tiempos del emperador Adriano. Crédito: Wikipedia.

Esta posibilidad parecía verse reforzada por los textos del escritor romano Frontón, quien reflejó por escrito las dificultades que sufrieron las tropas romanas ante las tribus autóctonas. De hecho, Frontón señala que en época del emperador Adriano (117-138), un gran número de soldados perdió la vida frente a las tribus britonas. Esta habría sido la razón de que el propio emperador visitara personalmente las islas en el año 122, y que llevara consigo a una legión, la VI Victrix. El hecho de que las tropas de esta última se alojaran en la fortaleza de Eboracum –la misma que había sido construida por los hombres de la Novena–, demostraría para algunos autores que la “legión perdida” había sido aniquilada en algún momento. Esta humillante derrota habría motivado, por otra parte, la construcción del célebre muro de Adriano, que retrasaba las líneas de ocupación romanas hacia el Sur.

Con estas “evidencias”, la hipótesis de la Legión Novena Hispana borrada del mapa por tribus indígenas, posiblemente por los pictos, aumentó en popularidad, y más aún con el éxito de la novela de Sutcliff. En la década de los años 70 del siglo pasado, sin embargo, nuevos hallazgos y estudios parecían desterrar aquella idea, convirtiéndola en una mera leyenda. Los arqueólogos descubrieron en Noviomagus (actual Holanda), varias inscripciones en las que se mencionaba a distintos altos mandos de la Novena que no habían estado activos antes del año 122 d.C. Aquel detalle planteó la posibilidad de que la legión no hubiera sucumbido en un enfrentamiento desatado en Britania, sino que sus fuerzas fueron transferidas, primero a centroeuropa, y más tarde a Oriente Próximo. En este último destino habría sido aniquilada, esta vez sí, en algún enfrentamiento, quizán durante la revuelta de Simón Bar Kojba en Judea (132-136 d.C.), o en Capadocia, hacia el 161 d.C. En cualquier caso, tampoco tenemos evidencias históricas que permitan apuntar en una u otra dirección.

Fotograma de la película La legión del Águila. Crédito: Matt Nettheim.

En nuestros días, la desaparición de la Novena en Britania parecía haber alcanzado el status de leyenda entre los historiadores, aunque no por ello ha dejado de cautivar al público general. De hecho, en los últimos años han sido varias las obras de ficción, tanto en la literatura como en el cine, que han continuado la visión planteada por Sutcliff, aunque variando el argumento y cosechando un éxito desigual. En 1999, otra novelista, Susanna Kearsley, publicó The shadowy horses, donde presentaba a un arqueólogo que descubre los restos de un fuerte donde pudieron haberse refugiado los hombres de la legión. Más conocida es la obra de Valerio Massimo Manfredi, La última legión, vagamente inspirada en la historia que nos interesa, y donde se entremezcla un relato sobre la legendaria tropa romana con el origen del mito del rey Arturo. En el año 2010 otra novela histórica, El final de la Novena, de Stephen Lorne Bennett, presentaba a los legionarios de la Hispana sucumbiendo ante las fuerzas partas del general Cosroes, en el año 161 d.C. Ese mismo año, el director de cine británico Neil Marshall (The Descent, Dog Soldiers) estrenaba la cinta Centurión, plasmando de nuevo la historia de la “legión perdida” siendo derrotada ante los pictos, en este caso durante una emboscada.

La última adaptación cinematográfica se estrena precisamente mañana en el Reino Unido –el 8 de abril en España–, bajo el título The Eagle (La legión del águila), un film dirigido por Kevin Macdonald que se basa directamente en la exitosa novela de Sutcliff que tanto hizo por popularizar la leyenda sobre la Novena. Ahora, coincidiendo con el estreno de esta película, un historiador británico, el arqueólogo Miles Russell, de la Universidad de Bournemouth (Reino Unido), ha publicado un artículo en la BBC en el que plantea que, después de todo, la historia de la Novena siendo vencida en tierras británicas podría ser algo más que una leyenda.

Para Russell, las inscripciones descubiertas en Holanda que mencionan a oficiales de la Novena habrían sido mal datadas, procediendo en realidad de una fecha cercana al 80 d.C. Por tanto, habrían sido realizadas en un momento en el que parte de la legión había sido transferida para luchar contra las tribus germánicas en el Rhin, y no a comienzos del siglo II. Además, el arqueólogo británico vuelve a destacar el hecho de que una legión, la VI Victrix, acompañara a Adriano en su viaje a Britania, lo que indicaría que acudían a sustituir a las tropas masacradas de la Novena Hispana.

Pese a las recientes declaraciones de Russell, parece que la opinión general entre los historiadores sigue apoyando la idea de que la “legión perdida” sobrevivio a los ataques de los antiguos británicos, sucumbiendo más tarde, quizá en Oriente Próximo. Por el momento, y mientras no aparezcan nuevas evidencias arqueológicas, parece que la cuestión seguirá siendo objeto de polémica.

Más información, vídeos y fotos sobre la película La legión del águila, en su página oficial (inglés).

* Actualización: Ya están disponibles las ediciones en DVD y Bluray de la película:

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Los idus de marzo (Libros)

Posted on 19 octubre 2010 by Alberto de Frutos

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Valerio Massimo Manfredi (1943) es un hábil autor especializado en novela histórica. Sus mayores éxitos hasta la fecha han sido la saga Alexandros y El ejército perdido. El año pasado volvió a la carga con una entretenida reconstrucción que aborda la muerte de Julio César en los idus de marzo de 44 a.C. La novela se inicia precisamente el 7 de marzo de ese año y concluye con el asesinato del estadista y pontífice máximo, el 15 del mismo mes.

A lo largo de 300 páginas, Manfredi exhibe su dominio de la época –es licenciado en letras clásicas y especialista en topografía del mundo antiguo–; aunque a veces sobren algunos pormenores documentales que por un lado aportan verosimilitud, pero por otro ralentizan innecesariamente la acción.

No obstante, la lectura es bastante amena. La conjura que acabó con la vida de César sigue presentando muchos puntos de sombra, que Manfredi explota adecuadamente mediante una astuta trama de intriga. De hecho, Los idus de marzo comparte algunos rasgos con la novela policíaca de toda la vida, tal como se aprecia en los finales de los capítulos, que obligan a seguir leyendo para resolver el misterio planteado.

No cabe esperar aquí una profunda introspección psicológica en los personajes, pero el retrato que el autor hace de César, de su médico Antistio, de Cicerón, Cleopatra, Servilia o Silio (este inventado) es siempre eficaz; pues, a pesar de estar sometidos a los vaivenes de la acción, no dejamos de reconocer las motivaciones que los impulsan.

Manfredi ha apostado en su última novela por un tema de sobra conocido, y tratado ya por genios de la talla de Shakespeare, Voltaire o, más recientemente, por Thornton Wilder. El lector agradece la humildad del italiano cuando, en la nota final, confiesa que “abordar un momento histórico semejante con una obra de narrativa puede parecer simplista y ciertamente en parte lo es”.

Estos idus de marzo no tratan, pues, de enmendar la plana a otras obras que, con mayor fortuna, se han aproximado al asesinato de César. Manfredi ha incidido aquí en la visión del pacificador que, en su empeño por restaurar la paz en Roma, incomodó a unos enemigos muy poderosos que vieron en sus reformas el deseo de recortar las libertades civiles.

Ingenioso y bien construido, con capítulos cortos y casi cinematográficos, este libro de Manfredi interesará a los amantes de la novela histórica en general y de Roma en particular.

Disponible en versión impresa y digital:

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Curiosidades del mundo antiguo (Libro)

Posted on 05 julio 2010 by Alberto de Frutos

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El mundo de la Antigüedad ha representado y representa un foco de interés para sabios y curiosos, doctos y legos, ya sea por la influencia del péplum y series de televisión como Yo, Claudio o Roma, o por la fascinación por los orígenes de nuestro mundo moderno. Éste último es el leitmotiv de esta obra, presentada el pasado mes de mayo en el sello Medea Ediciones.

El trabajo, Curiosidades del Mundo Antiguo, es una obra de divulgación histórica centrada en las civilizaciones clásicas: Grecia y Roma, y escrita con rigor pero sin perder la amenidad. La intención es llegar a la mayor cantidad de público posible para que conozca diferentes aspectos de estas civilizaciones que han dado forma a Europa. Cada una cuenta con su parte propia, comenzando por Grecia o el Mundo Griego –como su propio autor, Ignacio Monzón, explica–, que, a través de doce capítulos tales como el tema de la mujer, el ejército, el significado del arte o el origen de la democracia, nos queda más cercana en muchas de sus facetas. Lo mismo sucede con la segunda parte relativa a Roma, con trece apartados que van desde lo específico y particular como las crisis económicas de la Urbs a temas más generales como el carácter del sacerdocio romano.

Existe un mal en el mercado español que lo aqueja de una falta de variedad en cuanto a trabajos de esta índole. La intención del autor, colaborador de Historia de Iberia Vieja, de La Rosa de los Vientos –en la sección que da nombre al libro– y del diario digital El Reservado, es ofrecer al gran público la posibilidad de acercarse al mundo de la Historia de forma amena, con un lenguaje claro pero sin perder rigor científico. Cada capítulo incluye fragmentos de textos clásicos y múltiples referencias de autores antiguos para ilustrar las exposiciones.

Curiosidades del Mundo Antiguo
Ignacio Monzón Acosta
Medea Ediciones. Salamanca (2010).
224 páginas. 19,95 euros.
http://www.medeaediciones.com/

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El audaz Escuadrón de Salduie

Posted on 30 junio 2010 by Redacción

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Los nutridos fondos de los Museos Capitolinos, en Roma, cuentan en su haber con una pequeña pieza de bronce, cubierta con una larga inscripción en caracteres latinos. La pieza en cuestión, descubierta en la ciudad en 1908 y conocida como Bronce de Ascoli, es pequeña en tamaño pero con un contenido de una gran importancia para la historia de Hispania, y más en concreto de la pequeña población que, con los siglos, terminaría convirtiéndose en Zaragoza.

En sus apretadas líneas quedó registrada la concesión, por orden del cónsul romano Gneo Pompeyo Estrabón, de la ciudadanía romana a treinta guerreros iberos, pertenecientes a la Turma Salluitana (Escuadrón de Salduie), por su valor durante la batalla de Asculum (actual Áscoli), el 17 de noviembre del año 89 a.C., uno de los episodios de la llamada Bellum Sociale (Guerra Social o de los Aliados): “Gneo Pompeyo, hijo de Sexto, imperator, según del Consejo y en virtud de la ley Julia, proclamó ciudadanos romanos a los jinetes hispanos a causa de su valor…”.

De los treinta guerreros condecorados, al menos cuatro eran originarios de la ciudad-estado ibera de Salduie (el asentamiento que algunas décadas después terminaría convirtiéndose en la Caesaraugusta romana). Sus nombres: Sanibelser, hijo de Adingibas; Ilurtibas, hijo de Bilustibas; Estopeles, hijo de Ordenes; Torsino, hijo de Austinco. Los restantes veintiséis estaban formados por un bagarense, cuatro […]icenses (nombre ilegible de la ciudad), un begense, nueve segienses, tres ennegenses, dos libenses, dos suconsenses y un iluersense.

Junto a la importantísima concesión de la ciudadanía romana, el bronce menciona también otras recompensas concedidas a los guerreros hispanos. A saber: cornículos (ornamento oficial que se colocaba en los casc0s), patelas (bandejas con el nombre de los soldados), torques (collares), armillas (brazaletes), faleras (placas metálicas para adornar los caballos) y doble ración de grano.

Además de dejar constancia del valor de aquellos jóvenes salluitanos (con seguridad miembros de familias de importancia), el Bronce de Áscoli constituye, junto a diversas piezas numismáticas, una de las primeras evidencias que mencionan el nombre más antiguo que se conoce de Zaragoza.

BIBLIOGRAFÍA:

-FATÁS CABEZA, Guillermo y BELTRÁN LLORIS, Miguel. Salduie, ciudad ibérica. Ed. Ayuntamiento de Zaragoza / CAI. Zaragoza, 1997.

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Un misterio arqueológico con forma de ataúd

Posted on 30 marzo 2010 by Redacción

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Un equipo de arqueólogos de la Universidad de Michigan que trabaja actualmente en el yacimiento de la antigua ciudad romana de Gabii, a unos 18 kilómetros al Este de Roma, acaba de dar a conocer el hallazgo de un misterioso ataúd de plomo con más de 1.500 años de antigüedad. Al parecer, el peculiar descubrimiento tuvo lugar en el año 2009 –cuando comenzaron los trabajos de excavación–, pero ha sido ahora cuando se han sacado a la luz los detalles del hallazgo.

La pieza de plomo, que pesa unos 360 kilogramos, supone un irritante acertijo para los arqueólogos por diversos motivos. En primer lugar, no era muy habitual que los antiguos romanos empleasen ataúdes para sus enterramientos y, cuando lo hacían, éstos solían ser de madera. De hecho, según ha explicado Nicola Terrenato, uno de los miembros del equipo, sólo se conocen unos pocos ejemplos de este tipo, y siempre en otras regiones. Por otra parte, este tipo de ataúdes suelen tener una forma rectangular, mientras éste consiste en una gruesa lámina de plomo plegada hacia adentro. El material empleado supone, precisamente, uno de los mayores inconvenientes para los investigadores, pues imposibilita el uso de rayos X y cierto tipo de escáner para averiguar qué contiene en su interior, sin que el ataúd resulte dañado.

“Es excitante y al mismo tiempo frustrante, porque no se conocen otros ejemplos similares”, explicó Jeffrey Becker, director del proyecto de la Universidad de Michigan, financiado por la Sociedad National Geographic. Para solventar este problema, los arqueólogos esperan utilizar endoscopias (cámaras de pequeño tamaño) y técnicas de termografía. Si estos intentos fracasaran, intentarían someter al ataúd a una resonancia magnética.

Lo que parece claro, a juzgar por el material empleado y su cantidad (el plomo era un metal muy valioso en la época) es que el ataúd podría contener los restos de una persona muy importante. En este sentido, los otros enterramientos de plomo encontrados en otros lugares podrían ofrecer pistas muy jugosas sobre el “dueño” del ataúd: en dichos casos, los cadáveres se correspondían con miembros de la jerarquía eclesiástica, destacados militares romanos e incluso alguna mujer gladiadora. Esta última posibilidad, sin embargo, parece poco probable en opinión de Bruce Hitchner, profesor de arqueología clásica en la Universidad de Oxford, pues por el sarcófago data de los siglos IV o V d.C., cuando las luchas de gladiadores ya no estaban en auge. En un caso u otro, habrá que esperar a nuevos estudios para resolver este intrigante misterio.

© Fotografía: Jeffrey Becker / University of Michigan

Fuentes:

-An archaeological mystery in a half-ton lead coffin (Eurekalert!)

-Lead ‘burrito’ sarcophagus found near Rome (National Geographic News)

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Gladiadores: sangre y muerte en la arena

Posted on 01 marzo 2010 by Javier Ramos

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Unos amagan las estacadas reglamentarias, otros lanzan sus redes y los menos clavan los tridentes en el aire durante el calentamiento. Son conscientes de que se van a jugar la vida de un momento a otro sobre la arena del anfiteatro. La lucha fratricida que en breve va a enfrentar a dos o más gladiadores romanos va a desembocar en un cruel derramamiento de sangre que abocará al público al borde del éxtasis.

Antes de sonar las trompetas que darán inicio al combate, los contendientes desfilan en formación militar ante el emperador y claman al unísono: ¡Ave Caesar, moritori te salutant! La gloria sólo reservará espacio a unos pocos elegidos que tratarán de borrar un pasado indigno como esclavos, prisioneros de guerra, condenados a muerte o simples malhechores. También hubo hombres libres que se dedicaron voluntariamente a un oficio considerado indecoroso. El carisma y la popularidad de los gladiadores fueron tales que emperadores de la talla de Calígula, Nerón o Cómodo intentaron imitar sus destrezas con la espada. Julio César, por su parte, los utilizó como esclavos. “El hombre se alimentaba de la sangre del hombre” lamentó Séneca, el único intelectual que detestaba este tipo de espectáculo.

Los gladiadores se enfrentaban casi siempre por parejas, aunque en ocasiones combatían en grupos. Según el tipo de armamento que llevaban se imponía una técnica de lucha distinta. Existían los samnitas, que portaban yelmo cerrado, escudo, manga acolchada y espada corta, los retiari (armados con red y tridente), oplomachi (casco con visera, escudo y coraza), tracios, con pequeño escudo circular y sable curvo, mirmillones (casco en forma de pez, escudo rectangular y espada), provocator (escudo redondo y lanza), los équites que luchaban a caballo, essedari que combatían sobre un carro de guerra o los andabates, que lo hacían a ciegas y con una cota de malla. El emparejamiento de un tipo de gladiador contra otro no era caprichoso, sino que obedecía a un estudiado cálculo sobre las ventajas e inconvenientes de cada adversario para convertir la lucha en un espectáculo equilibrado y duradero.

Mosaico romano con escena de gladiadores. Crédito: Wikipedia.

EL SADISMO DEL PÚBLICO
La suerte suprema, la de morir dignamente, debía ser memorablemente ejecutada por el gladiador vencido. Los espectadores que pensaban que, pese a caer derrotado, había luchado bien sacaban señuelos y, con el pulgar hacia abajo (al contrario de lo que se cree), pedían al emperador su indulto. Pero si estaban descontentos exigían la muerte del gladiador llevándose el pulgar al cuello. Si la decisión era la muerte, el público esperaba que el luchador la afrontase con dignidad y valor. Para muchos espectadores, éste era el momento más importante del combate.

El sadismo, en lugar de ser algo fortuito, se convirtió en algo habitual. El emperador Claudio solía ordenar que se les retirasen el casco a los gladiadores heridos para poder apreciar la expresión de sus rostros cuando les cortaban el cuello. Un gladiador desconocido podía ser perdonado si pedía clemencia después de un buen combate. Pero la multitud no ayudaba a un favorito que fuera derribado por la espada de un desconocido, sobre todo si había apostado por su victoria. Enseguida, unos diligentes servidores disfrazados de Caronte o Hermes se aproximaban al gladiador que yacía en la arena y se aseguraban de que estaba muerto propinándole unos mazazos en la cabeza. En ocasiones, los gladiadores también luchaban contra fieras en las denominadas venationes. Pompeyo los enfrentó con elefantes y Claudio contra leopardos. Nerón los forzó a combatir contra 400 osos y 300 leones. Entre dos hombres, las posibilidades de perecer en la arena se nivelaban en un 50%; contra estas bestias se incrementaban notablemente. También se vieron obligados a participar en el agua de las fastuosas naumaquias (batallas navales) que se llevaron a cabo en el Coliseo.

Una escena del film Gladiator, de Ridley Scott.

ORIGEN RITUAL
El origen de las luchas de gladiadores nace en Etruria. Sus moradores solían sacrificar prisioneros sobre la tumba de los caudillos para liberar sus espíritus y los acompañaran en la otra vida. Una evolución de este rito trajo los ludi gladiatorii, que se secularizaron hasta convertirse en un espectáculo. El primero de este tipo en Roma tuvo lugar en el 264 antes de Cristo con ocasión del funeral de Junio Bruto Perea, en el que combatieron tres parejas de esclavos. En Hispania el inaugural fue organizado por Escipión el Africano en el 206 a.C. Gracias a estos combates, el emperador, los magistrados y cónsules conseguían entretener las sedientas gargantas del pueblo romano, les distraía de los problemas sociales y la actividad política. De esta forma se ganaban el fervor popular y lograban votos.

Los césares no querían que la peble romana bostezara de hambre ni de aburrimiento. En el siglo I, Juvenal recogió el sentido del espectáculo en su famosa expresión panem et circenses (pan y circo). El calendario les era propicio para celebrar estos espectáculos, pues los días festivos en la Roma imperial ocupaban más de la mitad del año entre días sagrados y los ludi. Los combates solían celebrarse a primera hora de la tarde en unos juegos que se alargaban todo el día.

El gladiador vivía al borde del filo de la navaja. Era previsible que su carrera fuese corta. Aunque algunos vivían lo suficiente para hacerse un nombre y convertirse en personajes idolatrados por el público, en especial por el femenino. Las damas de la alta sociedad sentían una enorme pasión por ellos. Fastuosos mosaicos y grafiti así lo atestiguan. Incluso podían recobrar la libertad y retirarse del oficio con una aceptable fortuna. Al final de una carrera gloriosa se le entregaba la espada de madera (rudis), que señalaba su retiro definitivo y el logro de su deseo más preciado.

EL GRAN ESCENARIO, EL COLISEO
Las luchas de gladiadores tenían por escenario el anfiteatro, aunque empezaron celebrándose en los foros. Los originales fueron de madera, como el construido por Pompeyo el Grande en el siglo I a.C. El primero de piedra lo mandó edificar Octavio Augusto el 29 a.C. en el Campo de Marte. Pero sin duda, el principal recinto de lucha sin tregua fue el Coliseo, inaugurado por Tito en el año 80 d.C. Tenía cuatro pisos y sus graderíos podían albergar hasta 50.000 espectadores. Se calcula que en su arena murieron entre 500.000 y un millón de personas. Los juegos más fastuosos que se recuerdan los organizó el emperador hispano Trajano en el siglo II. Duraron tres meses e intervinieron 4.912 parejas de gladiadores.

Vista exterior del Coliseo (Roma). Crédito: Wikipedia.

La pieza esencial para la organización de las luchas era el lanista, que se ocupaba de contratar gladiadores y adquirir las fieras. Solía ser un hombre de pasado oscuro pero enriquecido por el oficio. Los gladiadores profesionales solían recibir en sus escuelas un código ético muy estricto. Según afirmaba Cicerón, “preferían recibir un golpe a esquivarlo en contra de las reglas. Están dispuestos a dejarse degollar para satisfacer a su amo”. Las escuelas de mayor fama se ubicaron en Capua, aunque también las hubo en Hispania, Egipto y las Galias.

El emperador Cómodo (161-192) fue un caso insólito. Una vez en el trono dejó de lado los asuntos de gobierno para centrarse en sus aficiones. Se dedicó a entrenarse y participó en numerosos combates, en los que, por supuesto, siempre ganaba. Se hizo llamar “vencedor de los mil gladiadores”. El pueblo le reprochó que rebajara su dignidad imperial con un oficio de esclavos. De entre los gladiadores más famosos sobresale la figura de Espartaco, pero por sus acciones fuera de la arena. Desertor del ejército romano y reducido a la esclavitud, se formó en la escuela de Capua. En el 72 antes de Cristo organizó una rebelión con 78 gladiadores, a los que se unieron cientos de esclavos descontentos. Tras vencer a cuatro generales romanos, el Senado aglutinó ocho legiones (unos 40.000 soldados) para aplastar la insurrección. Espartaco murió acribillado de heridas en la batalla de Silaro, en 71 a.C. Más de 6.000 prisioneros fueron crucificados luego en la Vía Apia.

La popularidad de los gladiadores también alcanzó a los intelectuales, quienes nunca condenaron de forma tajante los juegos. Sólo el hispano Séneca los despreció. Admiraban el ejemplo de nobleza de la ducha y el desprecio a la muerte. Sólo la propagación del cristianismo, que condenó estos combates, y las dificultades económicas del final del imperio llevaron progresivamente a su prohibición, decretada por el emperador Honorio en el 404 después de Cristo. El pueblo romano fue culpable de haber gozado públicamente con aquellas ejecuciones capitales y de haber hecho del Coliseo un demencial escenario de suplicios y un sangriento matadero.

Trailer de Spartacus, la nueva serie sobre el célebre gladiador.

Documental Gladiadores (Canal Historia). Parte 1 de 4.

BIBLIOGRAFÍA:

-ESLAVA GALÁN, Juan. Roma de los Césares. Booket, 1998.
-Roma imperial, el poder y la gloria. National Geographic, 2009.
-MANNIX, Daniel P. Breve historia de los gladiadores. Nowtilus, 2004.
-CARCOPINO, Jêrome. La vida cotidiana en Roma en el apogeo del imperio. Ed. Temas de hoy, 1989.

© Fotografías apertura y portada: Starz.com

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La caída del Imperio Romano (Libro)

Posted on 31 diciembre 2009 by Redacción

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A estas alturas, podría parecer que ya se ha dicho todo –o casi todo– sobre la compleja y prolongada historia del Imperio Romano. Sin embargo, cada año aparecen numerosas novedades editoriales que pretenden aclarar o ampliar ciertos aspectos sobre la Roma imperial. Es en este abundante escenario bibliográfico en el que aparece La caída del Imperio Romano (Esfera de los Libros, 2009) de Adrian Goldsworthy, doctor en Historia por el St. John’s College de Oxford, y autor de otros títulos como El ejército romano (Akal, 2005), La caída de Cartago: las guerras púnicas (Ariel, 2008), Grandes generales del ejército romano. Campañas, estrategias y tácticas (Ariel, 2005) o César, también editado por La Esfera de los Libros en el año 2007.

Como ya advierte el título, el ensayo que nos ocupa profundiza en una de las cuestiones más polémicas y estudiadas de la Historia: la decadencia y caída del Imperio Romano. Una cuestión que ha interesado y preocupado desde tiempos de San Agustín, y que tuvo una de las primeras aproximaciones más profundas en los seis tomos de Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano, de Edward Gibbon, allá por el siglo XVIII. Desde que el autor británico plasmara sus ideas sobre el particular ha llovido mucho, y muchos otros autores han ido sumando nuevos trabajos sobre la cuestión. Sin embargo, el trabajo de Goldsworthy cuenta con un interés especial: ha visto la luz en un momento histórico que, para muchos autores, guarda enormes similitudes con el periodo estudiado en el libro. Una cuestión esta que el autor británico no deja pasar, pues son evidentes en ocasiones sus intenciones de trazar paralelismos con los Estados Unidos.

El trabajo de Goldsworthy arranca en las postrimerías del siglo II d.C., y desde allí examina al detalle todas las cuestiones que dirigieron a la caída del Imperio, haciendo hincapié tanto en los problemas internos como a los externos, analizando el cisma que supuso la división entre Oriente y Occidente (el autor se centrará de forma particular en éste último) y abordando cuestiones como el papel de los cristianos o los bárbaros.

En cuanto al público al que va dirigido, La caída del Imperio Romano está realizado en tono divulgativo, aunque no nos parece especialmente apropiado para un lector no interesado especialmente en la cuestión y sin conocimientos previos sobre la misma, pues en el fondo se acerca más a un formato académico. Por el contrario, los amantes de este periodo histórico disfrutarán con su lectura, pese a que el algunos momentos se produzcan altibajos en su planteamiento e interés. En lo que respecta a la edición, ésta es muy cuidada –como suele ocurrir con la mayoría de los títulos de La Esfera–, con tapa dura, sobrecubierta y dos pliegos interiores: uno a color, que quizá resulte prescindible, y el segundo que reproduce mapas muy completos, lo que en este caso sí se agradece, pues facilita la comprensión de ciertas cuestiones.

En definitiva, un libro imprescindible en tu biblioteca si eres un apasionado de todo lo relativo al Imperio Romano, pero que quizá no resulte del todo recomendable si esta es tu primera aproximación al tema.

La caída del Imperio Romano
Adrian Goldsworthy
Ed. Esfera de los Libros (2009)
ISBN: 9788497348645
624 páginas. 33,00 euros

Entradas relacionadas:

-Menudas historias de la Historia

-El caballo amarillo

-El arqueólogo enamorado

-Viaje a la luz

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Desvelan los secretos del antiguo puerto de Roma

Posted on 05 octubre 2009 by Redacción

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Reconstrucción informática de Portus. Crédito: Portus Project / Universidad de Southampton.

Durante siglos, Portus, el antiguo puerto de la ciudad de Roma en época imperial, ha mantenido ocultos sus secretos a ojos de los historiadores. Sin embargo, una reciente excavación arqueológica, dirigida por investigadores de la Universidad de Southampton (Reino Unido) ha sacado a la luz impresionantes restos que datan de los primeros siglos de nuestra era, entre ellos un notable anfiteatro y varias piezas artísticas de gran interés.

El hallazgo, además, pone fin a un irritante enigma surgido hace más de 140 años. En 1860, el arqueólogo italiano Rodolfo Lanciani visitó el lugar y señaló en uno de sus mapas la existencia de un teatro. Pero, a pesar de dicha señalización, los arqueólogos que trabajaron en el yacimiento con posterioridad no consiguieron descubrir la construcción. Finalmente, el equipo de excavación –que ha trabajado en colaboración con la Escuela Británica de Roma, la Universidad de Cambridge y la Superintendencia Arqueológica Italiana–, ha descubierto los restos del edificio en la orilla de un lago artificial con forma hexagonal. Aunque, eso sí, en realidad se trataba de un anfiteatro, y no de un teatro, como había señalado Lanciani en el siglo XIX.

Portus en la época de Trajano. Crédito: Portus Project / Universidad de Southampton.

Portus en la época de Trajano. © Portus Project / Universidad de Southampton.

Además de este importante descubrimiento –el anfiteatro tenía unas dimensiones similares a las del Panteón–, los arqueólogos han hallado también restos de un almacén y un edificio idéntificado como un palacio imperial. Por el momento, los investigadores desconocen cuál pudo ser la función exacta del anfiteatro, aunque suponen que pudo haber acogido luchas de gladiadores, combates con fieras o incluso representaciones de batallas navales, como ocurría en el célebre Coliseo. En cualquier caso, destacan, se trata de un enclave sumamente inusual para un edificio de tales características, por su cercanía al puerto.

Reconstrucción del aspecto del anfiteatro. Crédito: Portus Project / Universidad de Southampton.

Recreación informática del aspecto del anfiteatro. © Portus Project / Universidad de Southampton.

El actual proyecto de investigación, conocido como Portus Project, está trabajando también en la creación de modelos computerizados en tres dimensiones para reconstruir el posible aspecto del lugar, proporcionando así una valiosa herramienta a los historiadores para conocer el yacimiento.

Los expertos que trabajan en Portus no han dudado en destacar el importante papel del enclave, y señalan que aún hay muchas más sorpresas por descubrir. “Este es uno de los enclaves arqueológicos más importantes del mundo”, explicó el profesor Simon Keay, director del proyecto y experto en arqueología romana. “Ciertamente debería estar reconocido junto a maravillas como Stonehenge o Angkor Wat, en Camboya. Se ha preservado mucho de este puerto imperial, y hay mucho que aprender sobre su papel como suministrador comercial de Roma y como motor del desarrollo económico en el Mediterráneo romano”, añadió Keay.

Os animamos a que visitéis la web del proyecto, donde encontraréis multitud de imágenes (hay un enlace a una galería de Flickr! donde pueden verse fotografías de las excavaciones), recreaciones en tres dimensiones e información ampliada, aunque eso sí, en inglés. Os dejamos algunos de los vídeos que reconstruyen en el posible aspecto de Portus. Realmente interesantes.

Fuente: Archaeologists discover amphitheatre in excavation of Portus, ancient port of Rome (Science Daily)

© Fotografías y vídeos: Portus Project / Universidad de Southampton

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¿Asesinato en la antigua Britania?

Posted on 20 septiembre 2009 by Redacción

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Esqueleto hallado en la excavación de Venta Icenorum.

La pequeña población de Caistor St Edmund, a las afueras de Norfolk (Reino Unido), es un enclave con un importante patrimonio histórico. No en vano, en sus límites se halla el yacimiento arqueológico de Venta Icenorum, uno de los pueblos romanos mejor conservados de la antigua provincia de Britania, además de otros hallazgos que se remontan a la Edad de Hierro y tiempos prehistóricos. Sin embargo, pese a su excelente estado de conservación, Venta Icenorum constituye todavía una continua fuente de sorpresas para los historiadores. La última de ellas, curiosamente, ha llegado en forma de un posible crimen cometido en el siglo IV d.C.

Recreación artística del posible aspecto de Venta Icenorum. Crédito: University of Nottingham - Sue White.

Recreación artística del posible aspecto de Venta Icenorum. © University of Nottingham – Sue White.

El inesperado descubrimiento –la aparición de un esqueleto humano en una “posición inusual”, en una fosa de un metro de profundidad– se produjo durante una reciente campaña de excavación de tres semanas de duración, y el estrato en el que se ha producido parece datar del siglo IV. “Al principio pensamos que estábamos en el cementario del pueblo, pero después quedó claro que no se trataba de un enterramiento normal”, ha declarado el doctor Will Bowden, profesor asociado de Arqueología en la Universidad de Nottingham, y director de la excavación. “El cuerpo, que probablemente pertenece a un varón, fue colocado de costado en una fosa poco profunda, de forma contraria a como debería haber sido dispuesto apropiadamente. Este no es el cuidado que los romanos prestaban normalmente a su muertos”, añadió Bowden. “Es posible que esta persona fuera asesinada o ejecutada, aunque todavía es sólo una especulación”. Por el momento, y mientras se intenta desentrañar el misterio, el esqueleto ha sido extraído de su ubicación para realizar una investigación más completa, que determine cuál fue la causa exacta de la muerte.

La actual localidad de Caistor, que acoge el yacimiento de Venta Icenorum, se hallaba en el antiguo territorio de los icenos, la tribu de la célebre reina Boudica, que se enfrentó a las tropas romanas en los años 60-61 d.C. Algunas excavaciones y estudios paralelos han sacado a la luz la existencia de construcciones circulares que, al parecer, anteceden al asentamiento de época romana. Éstos y otros detalles han llevado a pensar a los expertos que Caistor fue antiguamente un gran asentamiento que precedió a la construcción del enclave romano. Una sugerente posibilidad que los arqueólogos esperan confirmar con las recientes excavaciones, y que añaden aún más interés a la rica historia de Caistor que, desde hace unas semanas, cuenta con un posible crimen por resolver…

Fuente: Caistor skeleton mystifies archaeologists (Eurekalert!)

Crédito fotografía: University of Nottingham / Crédito ilustración: University of Nottingham – Sue White.

Entradas relacionadas:

-Hallan los cadáveres de 51 vikingos decapitados

-Excavación en el ‘Lugar de los muertos’

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