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Los secretos de la Londres romana, al descubierto

Posted on 15 abril 2013 by Redacción

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Pieza de piel con escenas de lucha | Crédito: Museum of London Archaeology

En los últimos meses, los arqueólogos del MOLA (Museum of London Archaeology) han estado trabajando sin apenas descanso en un amplio sector de Bloomberg Place, en el corazón de la antigua Londinium –la Londres de la época romana–, en las proximidades del lugar donde a mediados del siglo pasado se descubrieron los restos de un importante templo utilizado por los devotos del dios Mitra.

Fruto de esas intensas labores de excavación, durante las que se han retirado unas 3.500 toneladas de tierra, los investigadores británicos han sacado a la luz un destacado repertorio de objetos de época romana –más de 10.000 en total–, datados entre la primera mitad del siglo I de nuestra era y el siglo V d.C. La importancia de los descubrimientos no reside sólo en el gran número de piezas encontradas, sino también en su excelente estado de conservación, propiciado por la gran humedad del suelo que las cobijaba.

Amuleto de ámbar con forma de casco de gladiador | Crédito: Museum of London Archaeology

Entre los objetos descubiertos por los arqueólogos del Museo de Londres destaca una pieza nunca vista, un objeto de piel decorado con la figura de un gladiador que lucha con criaturas mitológicas y que, en opinión de los historiadores, pudo haber formado parte de un carro. También se han encontrado distintos tipos de amuletos, como una pequeña pieza de ámbar –un material muy caro y valioso en época romana– con forma de casco de gladiador, y que se cree pudo utilizarse con la finalidad de proteger a los niños de las enfermedades.

Además, los arqueólogos también han podido excavar una sección hasta ahora oculta del templo de Mitra –excavado por primera vez en 1954 por el arqueólogo W.F. Grimes–, y han hallado otras sorpresas inesperadas, como un pozo al que alguien arrojó un tesoro de estaño, monedas y cabezas de vaca, seguramente durante la celebración de algún ritual.

Restos de una antigua carbatina, una sandalia de piel romana | Crédito: Museum of London Archaeology

Para Sophie Jackson, una de las arqueólogas que están trabajando en el yacimiento, estos hallazgos constituyen una ventana abierta a la vida de los habitantes de Londres en época romana: “El enclave es una maravillosa porción de los primeros cuatro siglos de la existencia de la ciudad. Las condiciones de humedad dejadas por el cauce del río Wallbrook nos han dejado distintas capas de los edificios romanos realizados con madera, de vallas, patios y otras estructuras, y todo ello bellamente conservado, conteniendo objetos personales asombrosas, ropas e incluso documentos, lo que en conjunto sin duda transformará nuestra comprensión de la gente que vivía en la Londres romana”.

Fuente: BBC News, Museum of London Archaeology

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Vienne: historia y patrimonio a ritmo de jazz

Posted on 19 octubre 2012 by Javier García Blanco

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En teoría, el plato fuerte de nuestra visita a la localidad de Vienne –a apenas 30 kilómetros de Lyon– iba a consistir en la asistencia a dos de las sesiones del festival internacional Jazz à Vienne, que cada año (desde hace 32), se celebra en la ciudad durante el verano. Sin embargo, el evento musical –que extiende su programa de actuaciones durante más de veinte días–, fue sólo una pequeña parte de las muchas sorpresas que nos depararía esta pequeña ciudad francesa de 30.000 habitantes y más de 2.000 años de antigüedad.

Con una magnífica comunicación desde Lyon (el precio del billete de tren no llega a los 7 euros, y el trayecto se completa en unos 20 minutos), la visita a Vienne se hace imprescindible si estamos de visita en la capital de Ródano-Alpes, aunque la localidad bien merece una escapada por sí misma. Aunque ya en el neolítico y la Edad de Bronce hubo asentamientos humanos de importancia en la zona, el evento que cambió para siempre el devenir de la región fue la llegada de los romanos a mediados del siglo I a.C.

Fue el mismísimo Julio César quien fundó allí una colonia llamada Julia Viennensis, y de allí partió un grupo de galos que, tras un altercado, acabaría por asentarse en la importante Lugdunum (actual Lyon), futura capital de la Galia. Con tales antecedentes, no es de extrañar que la población cuente con un riquísimo patrimonio que se remonta a la época galoromana, y que hoy en día sigue formando parte muy activa de la ciudad. De hecho, uno de los monumentos más importantes de la Antigüedad –el teatro romano construido en una de las colinas de la ciudad–, sirve hoy de espectacular escenario para la celebración de todo tipo de eventos y espectáculos, entre los que se cuentan el festival Jazz à Vienne.

Vista de las gradas del teatro romano durante un concierto | © Javier García Blanco.

Con un diámetro de unos 130 metros, este teatro antiguo de Vienne es uno de los más grandes de todo el mundo romano (hoy tiene capacidad para unas 13.000 personas), y acoge actuaciones musicales y teatrales durante todo el verano. Esta imponente muestra de arquitectura civil romana está abierta al público durante todo el año (horarios y tarifas, aquí).

Concierto de jazz en el teatro romano de Vienne | © Javier García Blanco.

El imponente teatro no es el único monumento de época romana que se convierte en escenario de las actuaciones musicales de Jazz à Vienne. Este destacado y veterano festival de jazz, que a lo largo de los años ha conseguido labrarse una merecida fama como uno de los eventos más importantes del panorama musical internacional, consigue volcar a locales y visitantes en una fiesta continua que no sólo se desarrolla en las laderas del teatro, sino en otros muchos enclaves de la ciudad, algunos de ellos también con un interesante pasado romano.

Arco romano en los jardines de Cibeles | © Javier García Blanco.

Es el caso, por ejemplo, del espacio que ocupó en su día el llamado jardín de Cibeles, en el que hoy se conservan algunos restos arquitectónicos del foro, como un hermoso arco con una delicada decoración en capiteles y frisos. En los aledaños de esta bella construcción se celebran también durante el festival de jazz numerosos conciertos diurnos gratuitos, tanto al aire libre como en las distintas salas cubiertas habilitadas al efecto. Este es un lugar perfecto para comenzar la noche, calentar motores escuchando algo de música, tomar una copa o incluso cenar antes de asistir al concierto principal del día, que tiene siempre lugar en el teatro de la colina.

Vista del templo de Augusto y Livia, en el centro de Vienne | © Javier García Blanco.

A sólo unas calles de allí se encuentra otro de los enclaves de época romana más importantes, el imponente Templo de Augusto y Livia, cuyo origen se remonta al año 20 a.C. y cuyo aspecto e importancia es comparable a otro monumento romano en suelo galo, la célebre Maison Carrée de Nimes. Este recinto sagrado, elevado sobre un podio de unos dos metros y medio, estuvo dedicado al culto imperial, tal y como se desprende de una inscripción latina hallada en el friso y que reza: “A Roma y a César Augusto, hijo del divino (Julio César) y la divina Livia”.

Otro testimonio de época romana que sigue en pie es la llamada “pirámide” –en realidad se trata de un pseudo-obelisco–, construida a finales del siglo II d.C., y que originalmente formó parte del antiguo circo romano de la ciudad, del que es el único resto que se conserva. Hoy en día sigue en su emplazamiento original, que se correspondía más o menos con el centro de la spina del circo.

‘La Pyramide’ de Vienne, testimonio del antiguo circo romano | © Javier García Blanco.

Si queremos seguir buscando las huellas de este rico pasado galo y romano, nada mejor que acercarnos hasta los distintos museos que existen en la localidad, como el Museo de Bellas Artes y Arqueología, el museo y yacimiento arqueológico de Saint-Roman-en-Gal (al otro lado del Ródano) o el Museo Arqueológico Saint-Pierre, este último ubicado en una antigua iglesia de los siglos V y VI (es una de las más antiguas de toda Francia), y en la que podemos encontrar numerosas piezas romanas, como estatuas, sarcófagos y hermosos mosaicos.

Interior del Museo Arqueológico Saint-Pierre | © Javier García Blanco.

La riqueza histórica y patrimonial de Vienne no termina en su apasionante legado romano, sino que continúa con magníficos ejemplos de arquitectura medieval. Muy cerca de de una de las orillas del Ródano se encuentra la iglesia románica de Saint-André-le-Bas, parte de una antigua abadía cuyos orígenes se remontan al siglo VI, y de la que se conserva un espectacular claustro –único en la región–, y una fabulosa colección de tumbas con decoración en relieve cuya datación abarca desde los siglos V a XIV.

Torre de la iglesia de Saint-André-le-Bas | © Javier García Blanco.

Claustro de la antigua abadía de Saint-André-le-Bas | © Javier García Blanco.

Muy cerca de allí, en la rue de Bourgogne, se encuentra la catedral de Saint-Maurice –una de las más grandes de Ródano-Alpes–, que se levanta en el mismo solar que el primer templo catedralicio erigido allá por el lejano siglo IV. La construcción del edificio actual se remonta al año 1130, aunque su consagración se retrasó hasta 1251. Las obras comenzaron siguiendo el estilo románico, pero con el paso del tiempo se fueron introduciendo las novedades propias del pujante estilo gótico, evidentes en la fachada principal y en las arcadas y la bóveda de la nave central. Pese a todo, se conservan aún unos sesenta hermosos capiteles románicos.

Interior de la catedral de Saint-Maurice | © Javier García Blanco.

Si queremos descansar de este agradable “empacho” de arte y patrimonio, Vienne tiene todavía muchas sorpresas que ofrecernos. En la oficina de turismo, por ejemplo, podemos alquilar por horas alguna de las bicicletas del servicio municipal con las que no sólo podremos recorrer la localidad, sino también las orillas del Ródano e incluso realizar algún tramo de la llamada Viarhôna. Este ambicioso proyecto –con muchos tramos ya en funcionamiento– unirá con una vía verde ciclista la localidad suiza de Ginebra con la ciudad francesa de Marsella. Un total de 704 kilómetros de vía ciclista que atravesarán tres regiones y catorce departamentos de nuestro país vecino.

Ciclistas a orillas del Ródano | © Javier García Blanco.

Desde Vienne se pueden recorrer varios tramos y disfrutar de la relajante vista que existe a orillas del Ródano, además de poder contemplar algunos viñedos y los típicos château de la región.  Nosotros tuvimos la oportunidad de realizar un recorrido de unos 14 kilómetros (ida y vuelta), y la verdad es que la experiencia no puede ser más recomendable.

La ruta ciclista ofrece bonitas vistas a orillas del río | © Javier García Blanco.

Otra opción que puede resultar atractiva y del gusto de los amantes de la buena mesa es visitar alguno de los coloridos mercados callejeros que abren prácticamente todos los días de la semana, y que ofrecen una buena muestra de los productos típicos de la zona. Sin embargo –siempre y cuando coincida con nuestra visita–, es recomendable hacer un hueco en la agenda para acudir al que se celebra todos los sábados por la mañana, uno de los más grandes de toda la región, con cerca de 2,6 kilómetros de puestos.

Productos frescos en el mercado al aire libre de Vienne | © Javier García Blanco / Istockphoto

La visita permite disfrutar de un fantástico ambiente en el que mezclarnos con los comerciantes y vecinos de Vienne, y es una buena ocasión para hacernos con alguno de los magníficos quesos o embutidos de la zona. De la calidad de los productos gastronómicos de Ródano-Alpes puede dar buena cuenta el chef Patrick Henriroux, cliente habitual de este mercado del sábado, al que acude para adquirir las materias primas con las que deleita cada día a los comensales del hotel-restaurante La Pyramide (14 Boulevard Fernand Point).

Si queréis completar la visita a Vienne con otras actividades en las proximidades, podéis visitar el más que recomendable Parque Natural Regional de Pilat, un macizo de media montaña en la que disfrutar de la naturaleza y contemplar curiosidades geológicas como los llamados chirats (coladas rocosas de la época del Cuaternario).  A lo largo de las aguas del Ródano también encontraréis distintas opciones de ocio, como los originales “remontes” que permiten practicar el ski acuático y otros deportes similares sin la necesidad de lanchas a motor.

Una vista del precioso Château de Volan | © Javier García Blanco.

¿Quieres emular a Ratatouille? Vista de la cocina del château de Volan | © Javier García Blanco.

Los amantes del buen vino y la gastronomía francesa encontrarán también donde saciar su apetito, con lugares como el Château de Lupé o el Château de Volan. Este último establecimiento, regentado por Valérie y Xavier Sénéclauze, nos ofrece la posibilidad de alojarnos en sus acogedoras habitaciones, participar en alguno de los múltiples cursos de cocina que organizan o disfrutar de la naturaleza de la zona, que cuenta con rutas para los amantes del senderismo, las bicicletas, el kayak o recintos para la práctica de deportes como el tenis.

Para completar la visita a la zona, muy cerquita del château de Volan podemos visitar también la pintoresca localidad de Malleval, una antigua ciudad medieval con muchísimo encanto y repleto de muestras interesantes de arquitectura con siglos de historia. Si la visitáis a comienzos de noviembre, os interesa anotar que el primer fin de semana del mes se celebra un colorido mercado de artesanía que atrae a numerosos visitantes.

Si además de disfrutar de la gastronomía, la naturaleza y el patrimonio sois amantes del teatro y la buena música, no olvidéis que Vienne ofrece en su teatro romano distintos espectáculos durante todo el año, aunque sin duda alguna uno de sus momentos “cumbre” tiene lugar en los meses de verano, coincidiendo la celebración de Jazz à Vienne. Nosostros pudimos disfrutar durante dos días del fantástico ambiente que se allí se vive, y sólo podemos decir que nos quedamos con ganas de mucho más.

Actuaciones musicales durante el festival Jazz à Vienne | © Javier García Blanco.

CÓMO LLEGAR
El aeropuerto más cercano es el de Lyon (Saint-Exupéry), que cuenta con vuelos directos desde Madrid y Barcelona (Air France, Iberia, Air Nostrum y Easyjet). Además, desde este año Vueling cuenta con vuelos directos a Lyon desde Barcelona, Málaga y Palma de Mallorca.

Si llegamos desde Lyon lo más cómodo es tomar uno de los muchos trenes que unen ambas localidades. El trayecto dura entre 20 y 30 minutos (dependiendo del tren) y el precio del billete oscila entre los 6,70 euros (clase turista) y  los 10 euros (primera clase).

DÓNDE ALOJARSE

Hotel Ibis
Place Saint Louis - Tel. (+33)4/74870337

Hotel-Restaurante La Pyramide
14, Boulevard Fernand Point – Tel. (+33) 4/74530196

Más información: Oficina de Turismo de Vienne

* Nota: Queremos agradecer a Liliane y Laetitia (Atout France), Isabelle, Olivia y Céline (Turismo de Rhône-Alpes), por su amabilidad y la ayuda prestada a la hora de elaborar este reportaje.

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Hallazgos funerarios en Baelo Claudia

Posted on 12 septiembre 2012 by Redacción

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Vista de las excavaciones | Crédito: Proyecto Necrópolis de Baelo Claudia – Univ. de Alicante.

La antigua ciudad romana de Baelo Claudia, ubicada a poco más de 20 kilómetros de Tarifa (Cádiz) está considerada por los expertos como una de las urbes romanas mejor conservadas de la península ibérica. Ahora, coincidiendo con el arranque de la última semana de excavaciones de la campaña de este año, el director del proyecto, Fernando Prados Martínez, profesor de la Universidad de Alicante, ha avanzado a través de su blog algunos de los hallazgos más recientes realizados en este yacimiento.

La presente campaña había centrado sus objetivos en la necrópolis de la ciudad, y ha sido allí donde se han encontrado varias tumbas intactas que probablemente tienen una antigüedad de unos 2.000 años. El propio Prados Martínez ha detallado en su blog algunos de estos descubrimientos: “… las excavaciones […] han puesto al descubierto diversas estructuras funerarias, algunas de cierta monumentalidad y otras menores que, no por menos vistosas, dejan de ser más interesantes, al permitir documentar las fases más antiguas”.

Basílica de Baelo Claudia | Crédito: Wikipedia.

Entre los descubrimientos realizados hasta la fecha hay que destacar varias estelas funerarias, así como algunas tumbas de cremación señaladas por cipos, “y otras más simples recogidas en contenedores cerámicos”.

Durante los trabajos de excavación han participado estudiantes e investigadores de varias universidades españolas –Zaragoza, Alicante, Madrid, Cádiz…– e incluso de algunas instituciones extranjeras, como la de Stanford.

Fuentes:

-Archaeologists dig up graves in ancient roman city (Livescience)

-Proyecto necrópolis de Baelo Claudia – Universidad de Alicante

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Hallan en Israel una “entrada al inframundo”

Posted on 08 mayo 2012 by Redacción

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Un grupo de investigadores israelíes cree que una cueva existente en unas colinas al oeste de Jerusalén fue utilizada en rituales paganos vinculados con las creencias sobre el inframundo. La cueva en cuestión se conoce como “Cueva de los gemelos”, y aunque su existencia era conocida desde hace algún tiempo, ha sido ahora cuando arqueólogos de la Universidad Bar-Ilan de Israel han propuesto la hipótesis de que esta oquedad fue empleada para la celebración de rituales paganos grecorromanos relacionados con la muerte y el inframundo.

Según Boaz Zissu –profesor de arqueología clásica en la citada universidad– y su compañero Eitan Klein, esta cueva fue utilizada entre los siglos II y IV d.C., a juzgar por los restos arqueológicos descubiertos durante las excavaciones. Entre dichas piezas se encuentran cuarenta y dos lámparas de barro que, al parecer, nunca fueron encendidas, lo que en opinión de Zissu y su colega indica que se utilizaron de forma simbólica durante algún tipo de celebración ritual.

Es muy posible, según estos expertos, que tales celebraciones sagradas estuvieran dirigidas a las diosas Ceres (la Deméter romana) y su hija Proserpina (Perséfone para los griegos). Según la mitología clásica, Proserpina fue secuestrada por Hades y llevada al inframundo, provocando la intervención del mismísimo Júpiter (Zeus). El dios del Olímpo ordenó la liberación de la joven diosa, pero antes Hades consiguió que probara un grano de granada, una fruta propia del inframundo, por lo que Proserpina se vio obligada a volver a las profundidades durante tres meses al año.

Los arqueólogos israelíes creen que las lámparas descubiertas en la cueva fueron utilizadas por los romanos para guiar el camino de Ceres hacia el inframundo, rememorando así el episodio en el que busca desesperadamente a su hija. Sin embargo, los estudiosos también barajan otra posibilidad, basándose en el nombre de la cueva. En árabe, la oquedad se conoce como Umm a Toamin (Madre de gemelos) y una leyenda antigua aseguraba que una mujer esteril quedó embarazada de gemelos al beber allí unas aguas naturales. Según los estudiosos, esto podría indicar que allí se celebraban ritos vinculados con Cástor y Polux, los Dioscuros de la mitología clásica, también relacionados con el inframundo.

Fuente: Gateway to hell: Israeli scientists explore Twins Cave for ancient door to Underworld (Huffington Post)

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La legión perdida de Craso

Posted on 11 enero 2012 by David Melero

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Mientras desfilaban en medio de vítores por las calles de la ciudad eterna camino de Brindisi, donde embarcarían rumbo a Siria, aquellos soldados romanos no podían imaginar que estaban iniciando el camino de una tortuosa aventura de la que la mayor parte de ellos no regresaría jamás. La derrota de aquella legión comandada por el triunviro Marco Licinio Craso se convertiría en uno de los mayores fracasos de Roma, hasta el punto de que, con el tiempo, cuando un romano hacía referencia a una grave equivocación, empleaba la expresión “Craso error” –que ha perdurado hasta nuestros días–, en referencia a este pasaje de su historia.

Craso había sido nombrado procónsul de la provincia Siria y, codiciando la fama y la gloria de la que gozaban sus homólogos triunviros –Pompeyo y Julio César–, había decidido armar, de su propio bolsillo, un ejército de siete legiones –más los auxiliares– a las que se unirían posteriormente mil jinetes eduos regalados por César para su periplo por Oriente. Craso era el hombre más acaudalado de Roma en aquel momento y, de hecho, los escritores clásicos sólo han sabido destacar su avaricia ya que, como veremos, no sobresalía ni en las artes militares ni en carisma personal. A pesar de haber superado los 60 años, le gustaba verse a sí mismo como el nuevo Alejandro Magno, llegando hasta el Indo y el mar Océano.

Sin embargo, su expedición estaba abocada al fracaso. Ya antes de salir de Roma, Ateyo Capitón –un tribuno de la plebe que se oponía a aquella aventura–, se interpuso en el camino de Craso con los brazos extendidos y lo maldijo haciendo mención a dioses e improperios que harían escandalizar a un romano decente. Ateyo fue retirado de la calzada y el triunviro hizo caso omiso a tales alusiones.

Esta pequeña anécdota, sin embargo, fue sólo el comienzo de un sinfín de hechos que irían minando poco a poco la moral de la tropa: aunque un legionario romano era capaz de enfrentarse a cualquier peligro o enemigo, si algo podía hacer mella en su ánimo eran las supersticiones y la mala suerte.

Busto de Marco Licinio Craso | Crédito: Wikimedia Commons.

Fuera casualidad o fruto de las maldiciones de Ateyo, lo cierto es que ya en el puerto de Brindisi el clima se mostró poco favorable y la prudencia sugería que no era conveniente embarcar. Pero Craso se empeñó en partir cuanto antes, rumbo a su nuevo destino, y una tormenta feroz en el Adriático hizo naufragar a gran número de naves.

Una vez en Oriente, Craso necesitaba una campaña militar que le proporcionase la gloria y la fama que César y Pompeyo habían obtenido en la Galia e Hispania respectivamente. Esta fue la razón que le decidió a someter Partia, un reino tan preocupado en sus propios asuntos sucesorios que no representaba una amenaza real para Roma. O eso parecía…

Partia había estado gobernada hasta entonces por el rey Phraates III, cuyos dos hijos –Mitrídates y Orodes– intrigaron contra él y lo asesinaron. Tras el parricidio subió al trono el mayor de los dos hermanos, quien gobernaría como Mitrídates III. Una vez rey, éste declaró la guerra a Artabaces de Armenia, aliado de Roma, así que la agresión del nuevo rey parto era la excusa perfecta que Craso necesitaba para intervenir allí.

Mientras, en Partia continuaban las luchas internas por el poder y la guerra con Armenia pasó a un segundo plano. El rey y su hermano Orodes estaban ahora enfrentados, y este último, apoyado por el enérgico Surena, consiguió destronarle, obligando a Mitrídates a huir. Aquella Partia dividida por una guerra civil era un manjar demasiado apetecible como para ser ignorado por el gobernador romano de Siria.

EL DESASTRE DE CARRHAE
Craso cometió el error de, una vez haber cruzado el Éufrates y sometido a las ciudades fronterizas partas, volver a Siria para pasar el invierno. El triunviro perdió así el factor sorpresa y además permitió a los partos rearmarse, dejando tan sólo unas insuficientes guarniciones en las ciudades conquistadas.

Plutarco, en sus célebres Vidas paralelas, se hizo eco de lo que ocurrió a continuación: «Cuando ya estaba para mover las tropas de los cuarteles de invierno le llegaron embajadores del rey Arsaces [Orodes], trayéndole un mensaje muy breve, porque le dijeron que si aquel ejército era enviado por los romanos la guerra sería perpetua e irreconciliable; pero que si Craso había llevado contra ellos las armas y ocupado sus ciudades sin el permiso de la patria y arrastrado sólo por la codicia, que era lo que les había informado, Arsaces estaba dispuesto a usar de moderación, compadeciéndose de la ancianidad de Craso, y a restituirle los soldados, que más bien se hallaban en custodia que en guarnición. Díjoles Craso con altanería que en Seleucia les daría la respuesta, y el más anciano de los embajadores, llamado Vagises, echándose a reír y mostrando la palma de la mano: ‘Aquí, ¡oh Craso! –le dijo– nacerá pelo antes que tú veas a Seleucia’».

Territorios del antiguo reino parto, donde tuvo lugar la desastrosa batalla de Carrhae | Crédito: Wikimedia Commons.

Este fue sólo el primero de una serie de malos presagios que fueron minando la moral de la tropa lo que, unido a la incompetencia militar de Craso y a la eficacia del ejercito parto, terminaría por hacer de la expedición un verdadero fiasco. Cuando las tropas llegaron a la ciudad de Zeugma, en la orilla occidental de Éufrates, se desató una terrible tormenta sobre el lugar en el que iba a levantarse el campamento romano. El caballo asustado de un oficial se desbocó y derribó a su jinete, lanzándolo a las aguas revueltas del gran río, donde desapareció ante la atenta mirada de la tropa.

Temiendo que el Éufrates se desbordase, Craso movilizó a las legiones para cruzar a la otra orilla por el puente que se había construido. A partir de ese momento se desató el caos, agravado por una densa niebla. El aquilífero no podía mover el águila de vanguardia clavada en la tierra y, cuando sus compañeros se prestaron a echarle una mano, ésta se giró en dirección contraria, como si quisiera que el ejercito no cruzase el río.
 La prisa de Craso, la niebla que impedía ver más allá de una lanzada, el río embravecido, los rayos que descargaban con furia… Todo convirtió la maniobra en un desastre, perdiéndose hombres, animales y mercancías arrastradas por el agua.

Dos hechos terminaron por convencer a los soldados de que la campaña estaba maldita. En lugar de arengar a la tropa y contratar los servicios de un adivino que propiciara buenos augurios, Craso mandó destruir el puente para que nadie tuviera la tentación de huir, alegando que volverían por Armenia una vez conquistada Partia. Además, quiso el azar que aquella noche tocase cenar lentejas y sal, una comida que los romanos asociaban con el luto y los funerales.
 Desde ese momento el descalabro fue absoluto: el abandono de los aliados armenios, los engaños de los guías locales que trabajaban para Surena, el clima sofocante, la tropa desmoralizada… Todo desembocó en la batalla de Carrhae (53 a.C.), uno de los mayores desastres militares de Roma.

De las siete legiones, cuatro mil auxiliares, cuatro mil caballeros romanos y los mil jinetes eduos de César, tan sólo quinientos caballeros al mando de Cayo Casio Longino regresaron para reorganizar la defensa de la provincia Siria.
 En los meses posteriores a la batalla, pequeños grupos de supervivientes fueron llegando a territorio romano, pero el desastre era de una magnitud colosal: diez mil prisioneros, y el general Marco Licinio Craso –junto a su hijo y todos los altos mandos romanos– masacrados.

Estatua representando al general parto Surena | Crédito: Wikimedia Commons.

A pesar de ser sólo cuestor, Casio Longino era el oficial de más alto rango que sobrevivió al desastre y por lo tanto el encargado de reorganizar las tropas y las defensas del territorio. Carente de efectivos, fortificó las ciudades costeras y resistió en Antioquía el asedio parto. Y aunque pasaría a la historia como uno de los asesinos de César, hay que reconocerle la heroicidad y arrojo en la defensa y conservación del territorio sirio para Roma. Un logro que le hizo regresar a la capital como un héroe de la República.

EL COMIENZO DE UNA LEYENDA
Es aquí donde comienza la leyenda de los diez mil romanos apresados por los partos. Su destino más probable era la esclavitud, pero el rey Orodes no quiso desperdiciar la oportunidad de contar con legionarios romanos y utilizó a muchos de ellos para crear unidades destinadas a defender otras fronteras. Nos cuenta Plinio el Viejo en su Historia Natural que los prisioneros fueron llevados a la región de Margiana. Era ésta una zona rodeada de montes en un entorno de mil quinientos estadios y de difícil acceso por causa de unos desiertos arenosos que se prolongaban a lo largo de ciento veinte mil pasos.

Muchos de estos prisioneros fueron enviados a las minas para realizar trabajos forzados, pero las unidades de élite romanas se emplearían en Bactria, para proteger las fronteras de los nómadas que asolaban el territorio, antecesores de los hunos. Aquí desaparece la pista de la legión perdida. Años más tarde (20 a.C.), cuando Roma venció a los partos, exigió la devolución de los soldados que habían sido hechos prisioneros, pero a pesar de los esfuerzos del Imperio por recuperarlos, nada se supo de esos hombres.

En el año 36, con la dinastía Han gobernando China, el general Gan Yanshou emprendió una campaña militar en la actual provincia de Xingiang contra los nómadas de la zona. Las crónicas de la campaña fueron registradas por el historiador chino Ban Gu. El cronista narra cómo cerca de la actual capital de Tadjikistán –en la ciudad de Zhizhi–, el contingente chino se enfrentó a un misterioso ejército compuesto por soldados veteranos, muy disciplinados y que se resguardaban en una fortaleza de madera en forma circular. Añadía, además, que su infantería estaba perfectamente formada, con una línea de “escamas de pescado” que protegía cuerpo y extremidades. Éste ejército misterioso provocó la admiración de los chinos, que perdonaron la vida a los últimos 1.500 soldados, los cuáles, según Ban Gu, fueron destinados a la provincia de Gansu, donde fundaron la ciudad de Liquian para proteger la muralla de los invasores.

Legionarios romanos | Crédito: Wikimedia Commons.

Las pruebas genéticas realizadas en los últimos años a los habitantes de esta región de China ha puesto de manifiesto que casi dos terceras partes de su ADN es de origen caucásico –muchos tienen ojos azules o verdes, pelo rubio y una nariz típicamente caucásica–, dando cierto apoyo a la hipótesis, defendida en los últimos años por algunos estudiosos, de que podrían ser descendientes de los romanos de la “legión perdida”.

La teoría fue presentada por primera vez en la década de 1950 por Homer Dubs, profesor de Historia de China en la Universidad de Oxford.
 Sin embargo, otros estudiosos dudan de la hipótesis y creen que estos “romanos” serían en realidad descendientes de los ejércitos de los hunos que merodeaban por el centro de Asia, y que contaban con soldados de origen caucásico.

Maurizio Bettini, un clasicista y antropólogo de la Universidad de Siena, desestimó la teoría calificándola de ‘cuento de hadas’. “Para que sea indiscutible, habría que encontrar elementos como monedas o armas que fueron típicas de los legionarios romanos”, explicó en unas declaraciones al diario italiano La República. “Sin pruebas de este tipo, la historia de las legiones es sólo una leyenda”.

La actual ciudad de Tashkent estaba situada en la zona más oriental de Sogdiana, mientras que Antioquía, como ya dijimos, estaba en la zona central de Margiana, junto al rio Margo. En opinión del escritor Carlos Javier Pacheco, que un grupo de romanos escapara hasta la ciudad de Tashkent desde Antioquía sin ser capturado resulta poco factible debido a la distancia y lo complicado del terreno. Margiana estaba rodeada de desiertos y, aunque los fugados contaran con caballos, no estaban a la altura de los partos como jinetes. De haber querido huir, posiblemente lo habrían hecho en dirección oeste –hacia Roma–, en lugar de adentrarse en tierras que no conocían.

Recreación histórica, con legionarios formando en testudo | Crédito: Wikimedia Commons.

Entrando en el terreno de la hipótesis, tal vez Orodes no destinó a todos los prisioneros romanos a una misma ciudad, sino que los repartió entre varias a lo largo de las fronteras de sus dominios. No sería una idea descabellada, porque al separarlos era más complicado que se rebelaran. Evidentemente, Orodes no ignoraba lo peligrosa que podía ser la infantería romana y con diez mil soldados romanos se podían formar casi dos legiones. Dado el profundo temor que tenían los reyes Arsácidas por las rebeliones internas, es posible que actuara de esa manera para evitar que pudieran ser utilizados en su contra.

No obstante, sólo se trata de una hipótesis. Desde una ciudad situada en Bactriana o Sogdiana hasta Tashkent sigue habiendo una distancia considerable, pero no tan grande como desde Antioquía, por lo que una posible fuga de parte de los romanos si sería más creíble.

Según el investigador australiano David Harris (que trabajó como profesor de inglés en la Universidad de Lanzhou con el propósito de investigar el tema), lo que ocurrió es que los romanos consiguieron escapar y huyeron hacia los territorios del rey huno Jzh-Jzh, a quién ofrecieron sus servicios como mercenarios. En ese caso, es probable que hubieran utilizado el griego como medio de comunicación, ya que este era el idioma que los partos usaban para la diplomacia y para el comercio. Los hunos eran enemigos de los partos, pero es posible que a través de comerciantes asentados en Sogdiana (por donde pasaba la ruta de la seda) pudieran entenderse con los romanos. Jzh-Jzh era un rey muy belicoso y codiciaba la rica zona del sur de China. Sin embargo los chinos decidieron acabar con esa amenaza y lanzaron una ofensiva militar contra sus dominios. Y es aquí donde enlazarían con las crónicas chinas.

Sin embargo, y como ya hemos comentado, nos movemos en el terreno delicado de las hipótesis, donde uno puede caer en el error de enlazar hechos movido por el deseo de hacer realidad una idea romántica más que por las evidencias históricas. A la espera de nuevos hallazgos arqueológicos que nos muestren cuál fue el auténtico destino de los diez mil soldados romanos, seguiremos llenando folios en blanco con el enigmático final de éstos valerosos hombres.

BIBLIOGRAFÍA

-G. DOVAL. Breve Historia de la China Milenaria. Ed. Nowtilus. Madrid.
-R. POCH. La actualidad China, ed. Crítica. Madrid.
-BELTRÁN, F. y MARCO, F. Atlas de Historia Antigua. Ed. Pórtico, Zaragoza, 1996.
-WULFF, Fernando. Grecia en la India. Ed. Akal. Madrid, 2008.

-MUTSCHLER, M y MITTAG, A. China and Rome, Oxford, 2008.
-SCHEIDEL, W. Rome and China. Oxford, 2009.
-Plutarco. Vidas paralelas. Ed. Gredos S.A., 2010 Madrid.
-Plinio el viejo. Historia Natural. Biblioteca Clásica Gredos, 2010, Madrid.

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Un puzzle romano de dos mil años de antigüedad

Posted on 11 enero 2012 by Redacción

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Han dedicado miles de horas de trabajo a lo largo de más de diez años, pero el esfuerzo ha dado su fruto: un equipo de conservadores del Museo Británico ha anunciado el fin de los trabajos de reconstrucción de una valiosa pieza romana con casi dos mil años de antigüedad, un singular casco descubierto en una colina del condado de Leicester (Reino Unido). El objeto, bautizado como ‘Casco de Hallaton’ en honor al lugar donde fue descubierto por un arqueólogo aficionado, se convirtió desde su hallazgo en un auténtico puzzle para los arqueólogos y restauradores. Y no sólo porque éstos tuvieran que unir correctamente los más de mil fragmentos que lo componían y que aparecieron en un bloque de barro, sino porque la singular pieza es un auténtico enigma en lo que concierne a su origen exacto.

Piezas del casco entre el barro, antes de su reconstrucción | Crédito: Museo de Harborough.

El Casco de Hallaton, que debió ser una hermosa y espectacular pieza realizada en plata dorada, fue enterrado en torno al año 43 d.C., fecha de la invasión romana de Britania. Pero curiosamente, el casco fue sepultado junto con miles de monedas romanas y locales, además de con los restos de tres perros muertos, lo que ha llevado a pensar a los investigadores que pudo haber pertenecido a un miembro de una tribu local –los Corieltauvi o Coritanos, quien quizá se había unido a las legiones romanas años antes para luchar en el continente, y que regresó con las huestes imperiales que invadieron su tierra natal. De ser así, este legionario britano habría enterrado el casco junto a las otras riquezas como ofrenda a sus dioses nativos. Para otros estudiosos, por el contrario, el casco habría sido un regalo de los invasores romanos a la tribu de los Coritanos, en recompensa por su sumisión a las tropas llegadas desde el continente.

Marilyn Hockey, conservadora del Museo Británico y responsable de la restauración del casco | Crédito: Museo Británico.

En cualquier caso, los arqueólogos e historiadores no tienen duda en señalar que este curioso casco –uno de los ejemplos más antiguos que se han descubierto en el Reino Unido– es mucho más interesante y valioso que otra pieza similar –el llamado Casco de Crosby Garrett–, subastada en el año 2010, y que alcanzó un precio de venta de casi dos millones y medio de euros. El Crosby Garrett es sin duda más hermoso y está mejor conservado, pero en opinión de J. D. Hill, experto en la Edad de Hierro del Museo Británico, el ‘nuevo’ casco “es el auténtico tesoro” a causa, precisamente, de su antigüedad y de las incógnitas que lo rodean, pero que al mismo tiempo proporcionan valiosas informaciones sobre la relación entre las tribus locales y los romanos. A partir de ahora, la singular pieza estará expuesta en el Museo de Harborough, a unos 15 kilómetros de la colina en la que fue enterrado hace ahora unos dos mil años.

Crédito fotografías: British Museum & Harborough Museum

Fuentes:

-Unique Roman cavalry helmet pieced together 10 years after discovery (The Guardian)

-Finishing a 3D, 2000 years old jigsaw-puzzle (British Museum)

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El gladiador traicionado

Posted on 21 junio 2011 by Redacción

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“Tras derrotar a mi oponente Demetrius, no lo maté inmediatamente. El destino y la maliciosa traición del summa rudis me mataron”. Este es el epitafio que decora una antigua tumba romana, con una antigüedad de unos 1.800 años, que perteneció a un gladiador llamado Diodorus. Hasta ahora, la interpretación de la lápida mortuoria resultaba incomprensible para los historiadores, pero un investigador, Michael Carter, profesor en la Universidad de Brock en St. Catharines (Canadá), ha conseguido descifrarla después de años de estudio.

Carter lleva varios años estudiando las luchas con gladiadores y otros espectáculos practicados en el Este del Imperio Romano, y acaba de presentar los resultados de su estudio sobre la tumba de Diodorus, que será publicado en el próximo número de la revista Zeitschrift für Papyrologie und Epigraphik (Diario de Papirología y Epigrafía Antigua). La tumba en cuestión fue descubierta hace ahora un siglo en la costa sur del mar Negro, en Turquía, pero años después fue cedida al Musée du Cinquantenaire, en Bélgica. En opinión del investigador canadiense, quien ha estudiado cientos de tumbas de gladiadores, el epitafio encontrado en esta “es completamente diferente a cualquier otra; está contando una historia”, explicó a la prensa.

Según Carter, las luchas de gladiadores se regían por un buen número de reglas bien detalladas y, a diferencia de la imagen que suele dar Hollywood de ellas, los combates no solían ser a muerte, aunque sí se producían fallecimientos a causa de las heridas recibidas. Una de las reglas que se conocen es que los combates estaban supervisados por el summa rudis, una especie de árbitro, que podía decidir, por ejemplo, que un gladiador derrotado salvara la vida si se rendía y si el munerarius (el patrocinador del espectáculo) estaba de acuerdo. En otros casos, el summa rudis también podía permitir que uno de los contendientes volviera al combate si sufría una caída o un accidente que no estuviera causado por su enemigo.

Esto es, precisamente, lo que podría haber ocurrido en el caso del desafortunado Diodorus. En función del epitafio grabado en la tumba y del relieve tallado en la misma, Carter ha interpretado que Diodorus –representado en el grabado de pie, con dos espadas o cuchillos en la mano, y con su oponente derrotado en el suelo– pudo haberse impuesto a Demetrius, aunque más tarde el árbitro de la lucha decidió que éste podía seguir luchando. De este modo, Diodorus habría sido cogido desprevenido, y acabó falleciendo en el combate. Habrían sido sus familiares o amigos quienes, al enterrarlo, registraron su malestar y enfado con el summa rudis, a quien culparon de la muerte del gladiador.

Fuente: Gladiator’s gravestone blame my death on ref (Msnbc.com)

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El águila y el dragón

Posted on 19 mayo 2011 by David Melero

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Durante mi época de estudiante de Historia en la Universidad de Zaragoza, y en especial en las clases de Historia Antigua, hubo un detalle histórico que siempre llamó mi atención, la aparente existencia de dos barreras infranqueables que griegos y romanos nunca llegaron a cruzar: las columnas de Hércules (el Estrecho de Gibraltar) en el Mediterráneo y el río Indo en Asia. ¿Cómo era posible que dos de los Imperios más grandes jamás conocidos (el Imperio Romano y la China de los Han), hubiesen coexistido sin llegar a conocerse? Sin embargo, cuando uno comienza a investigar en los supuestos contactos entre el mundo grecolatino y las culturas asiáticas, llega a la conclusión de que éstos son un hecho algo más que anecdótico.

La estratégica posición del subcontinente indio lo sitúa en una ubicación muy específica como lugar de conexión de espacios. Por mar, sus amplias costas miran hacia el sudeste asiático, pero también hacia África, Arabia y el Golfo Pérsico; éste último escenario suponía un triple ámbito de contacto: con Arabia, las mesetas iranias y Mesopotamia. La navegación de cabotaje era relativamente fácil y está bien constatada en ambas direcciones. Por tierra y en ésta misma dirección, había dos vías de conexión sin excesivas dificultades: la que lleva a través de las mesetas iranias hacia Mesopotamia pasando por Persia y la que conecta, atravesando el Indo y los actuales Pakistán y Afganistán, con las llanuras eurasiáticas y las rutas hacia China.

Éstos contactos a los que hago referencia fueron iniciados ya por el Imperio Persa, hecho que queda atestiguado en las tropas descritas por Heródoto, que servían a las ordenes del Rey de reyes, en las Guerras Médicas contras los griegos. La llegada y conquista de Alejandro Magno a éstas geografías supone el inicio de una serie de expediciones para explorar las rutas hacia el Mar Rojo y Egipto bordeando Arabia. Queda constatada la presencia de una falange griega del ejercito de Alejandro Magno, que permaneció durante meses en el Hindu Kush (actual Pakistán). Su huella cultural ha llegado hasta nuestros días en los descendientes de la tribu kalash, de ojos claros y cabello rubio, y cuyo panteón de deidades guarda fuertes paralelismos con el panteón olímpico griego.

Alejandro Magno a lomos de su caballo Bucéfalo. Mosaico romano del siglo I a.C. descubierto en Pompeya. Crédito: Wikipedia.

A la muerte de Alejandro, serán los reinos helenísticos quienes tomen el relevo en las relaciones con el mundo asiático, sobre todo Seleúcidas y Ptolomeos. Así nos lo trasmite un griego de gran importancia, Megástenes, quien trabajaba para el rey helenístico Seleúco I Nicátor y que, como embajador, visitó Palibothra (la actual Patra), unos años después de la muerte de Alejandro. El libro que dejó escrito, Indika, se convirtió en una de las fuentes más importantes que poseemos sobre la India de la época helenística. En dicho trabajo describe una vía real desde la frontera seleúcida hasta la capital india, con columnas periódicas que señalaban la distancia. Nos ofrece también una descripción detallada de la ruta y los ríos que recorre en su periplo. Un punto importante de contacto era Bactria, región del Asia Central ubicada en los territorios que hoy comprenden Afganistán, el sur de Uzbekistán y Tayikistán, donde se mantuvieron durante siglos rasgos esenciales de la cultura griega, desde la ciudad misma, las monedas, la epigrafía o algunas producciones literarias. Esta región mantuvo contactos comerciales en todas las direcciones a partir de las viejas rutas marítimas o de otras nuevas abiertas a tal efecto. Las monedas nos hablan de un comercio nada desdeñable con la India y como vehículo de difusión cultural, que se manifiesta en la presencia de divinidades indias junto a las griegas. Se tienen constatados otro tipo de contactos, como la embajada diplomática de Heliodoro por orden del rey heleno Antialcidas, entorno al año 100 a.C. En aquel viaje hizo erigir una columna con inscripciones en sánscrito, donde exhibía su condición de debito del dios hindú Vishnú, cerca de la moderna ciudad de Vidisha, en el Este de la India. Este hecho certifica la interacción de ambas culturas, que no se limitaba exclusivamente al ámbito político-económico.

Hay una importante cantidad de datos, incluyendo restos epigráficos, que nos permiten afirmar esa interacción cultural con el subcontinente indio, donde ciudades e individuos se definían como griegos -yavana- y que llega hasta época imperial romana. Dión de Prusa indica cómo entre los presentes en uno de sus discursos en Alejandría se encuentran oyentes “persas, bactrianos, y hasta indios”. Todavía en el siglo II d.C. se mantenía el uso del griego en las monedas, donde encontramos divinidades griegas junto a otras indias o iranias.

Máxima extensión del imperio de Alejandro, la ruta que siguió a lo largo de sus conquista y algunas de las ciudades que fundó. Crédito: Wikipedia. (Click para ampliar).

Otro ámbito de contacto con el continente asiático fue el reino Parto –que se mantuvo hasta el siglo III d.C.–, donde se mantuvieron como tales las ciudades griegas fundadas por Alejandro Magno y los seleúcidas. Se desarrollaron formas culturales propiamente griegas, de las que se tiene constancia a través de la epigrafía, la arqueología o las fuentes literarias (cómo Estrabón). Esto se constata durante mucho tiempo con la presencia –exclusiva–, de griegos en cargos públicos de la administración y de la guardia real, así como de la convivencia del griego y el siríaco como idiomas oficiales, o la sustitución de la escritura cuneiforme por la grafía griega. Los partos ejercieron de mediadores en las rutas terrestres que permitían la entrada y salida de mercancías. En época romana se cuidaron de evitar el contacto directo entre el Imperio Romano y la China de los Han, para no perder así su monopolio como intermediarios en dichas transacciones comerciales.

En cuanto a los Ptolomeos de Egipto, pudieron aprovecharse de su situación estratégica para llenar sus arcas, potenciando las rutas que llevaban especias, maderas, piedras preciosas o seda de china por el Mar Rojo. Egipto buscaba desarrollar y controlar la ruta, primero bordeando la Península arábiga y llegando por la zona Oriental del Golfo Pérsico a los reinos indios de la desembocadura del Indo. En éste juego el comercio con las rutas africanas y Etiopía generaran nuevas posibilidades económicas. Sabemos de tareas de ingeniería, acciones y organizaciones militares y hasta de altos funcionarios encargados del control de la ruta. El rey Ptolomeo II costeó la organización de un carísimo desfile que representaba la vuelta del dios Dionisos de su conquista india, con elefantes, mujeres indias y hasta pavos reales… Sin embargo, lo más transcendente fueron los avances en el campo de la navegación. Frente a la navegación de cabotaje, a finales del siglo II a.C. se descubrió cómo aprovechar los monzones, lo que aseguraba viajes anuales de ida y vuelta, llegando cada vez a zonas más meridionales de la India y hasta Ceilán, pudiendo alcanzar en época romana la desembocadura del Ganges y, conectando con rutas que les llevarían al sudeste asiático y China. La presencia romana está atestiguada en las comandancias de Jiaozhi y Rinan (en el norte de Vietnam), punto de entrada a China.

Ptolomeo II, en una pintura de Jean-Baptiste de Champaigne. Crédito: Wikipedia.

EL RELEVO DEL IMPERIO ROMANO
La conquista romana del espacio Mediterráneo culminó con la absorción de Egipto en el año 30 a.C., lo que convirtió al Imperio en el sucesor de los Seleúcidas en su intento por disputar a los Partos (y luego a los Sasánidas) los espacios que albergaban las rutas comerciales por tierra con China y la India. De los Ptolomeos heredaron las rutas marítimas que conectaban Alejandría con India, Ceilán y el sudeste asiático. No faltaron en este período relaciones diplomáticas e, incluso como veremos en el caso de Augusto, búsqueda de aliados en los reinos indios para combatir a los Partos. Lucio Anneo Floro en sus Epitomae, habla de embajadas de “Seres (así denominaban los romanos a los chinos) e indios que viven bajo el sol” llegadas para honrar al emperador Augusto.

Cabe recordar que el dominio del Imperio supuso la apertura y unificación de todos los mercados mediterráneos, e incluso en algunos casos su creación, con la consiguiente implicación en el desarrollo de modas, gustos y hábitos comunes, así como gastronómicos. Pimienta y otras especias, seda, algodón y maderas tropicales recorrían las rutas comerciales de todo el Imperio. La India se convirtió en el destino preciado y en una fuente de ingresos para el fisco imperial. Si no se puede hablar de una flota de Indias, si podemos hacerlo de una “flota de India”. Hablamos de unos ciento veinte barcos, en época de Estrabón (s. I a.C.-s. I d.C.), que van y vienen anualmente. El comercio durante los dos primeros siglos tras el cambio de era resultó de una magnitud sin precedentes. Basta con ver las cifras de millones de sestercios que manejaba el escandalizado Plinio, el mismo que citaba el comercio con China y la Península Arábiga: “Para el cálculo más bajo, India, Seres (China) y la Península Arábiga toman de nuestro Imperio cien millones de sestercios cada año: es decir, eso es cuanto nos cuestan nuestros lujos y mujeres” Plinio el Viejo, Naturalis Historiae XII, 84.

Estatua de Buda, siglo V d.C. Crédito: British Museum.

Una obra trascendental del siglo I es El Periplo del Mar Rojo, una guía para la navegación y el comercio que nos muestra todos los puertos y mercados hasta el Ganges, y que entre otras cosas menciona a los reyes de los que dependen dichos puertos, así como qué productos se venden y se compran en cada lugar. Un Importante papel comercial demostrado con los hallazgos numismáticos del delta del Mekong, realizados por Louis Malleret (1940) en Óc Eo, conocido por Claudio Ptolomeo y los romanos como Kattigara, al que se llegaba a través de la India y Sri Lanka desde los puertos romanos del Mar Rojo. A partir del siglo II se extendieron los viajes y las rutas más allá de Malaca y China; en éste caso en particular destacó la figura de Maes Titianus, un armador griego que llegó hasta la denominada en la Antigüedad “Torre de Piedra” o Tashkurgán, en el Sudoeste chino, en la cordillera de Pamir.

EL PAPEL DE LA SEDA
Hay que considerar el papel que desempeñó en las dos rutas, la marítima y la terrestre, el mercado de la seda, elemento fundamental del comercio y una mercancía que se convertirá en elemento de lujo en todo el Imperio. La importancia de la Ruta de la Seda para las dinastías chinas se manifiestó a largo plazo en un interés estratégico en la zona, lo que conllevó incursiones militares en Bactria y el continuado intento de comunicación con el mundo mediterráneo a través de diversas embajadas. “Los Seres son famosos por la sustancia de lana obtenida de sus bosques; después de ponerla en remojo y peinar lo blanco de sus hojas… Así de diversa es la labor empleada y tan distante la región del globo por aprovechar, para permitir a las doncellas romanas hacer alarde de sus vestimentas transparentes en público…” Plinio el Viejo, Naturalis Historiae VI, 54.

Séneca, en el volumen I de sus Diálogos, nos habla de cómo el Senado de Roma emitió varios edictos para prohibir el uso de la seda, pues suponía una enorme salida de oro para las arcas del Imperio, y además las vestimentas eran consideradas decadentes e inmorales. Sin embargo, dichos edictos no tuvieron el efecto deseado, ya que la seda continuó siendo un elemento imprescindible en la sociedad romana. Mientras la seda salía de China, a los palacios imperiales de la dinastía Han llegaban vidrio de Alejandría, alfombras bordadas persas, telas coloreadas de oro, amianto o biso. En el año 97, el general chino Ban Chao, ávido de conocimiento por ese gran imperio al que denominaban Da Qin (Roma), envió una embajada a cargo del explorador Gan Ying, con setenta mil hombres, que llegó hasta Mesopotamia y el Mediterráneo, en un viaje que duró casi dos años. Cuando preguntó cuál era la distancia que le separaba de la capital imperial, la respuesta le desanimó: la misma que ya había recorrido, y decidió volverse sin alcanzar la capital del imperio. Sin embargo escribió una obra, el Huo Hanshu, en la que describió lo vivido: “Su territorio cubre varios miles de lis (un li es una medida que equivale aproximadamente a medio kilómetro), y tiene más de 400 ciudades amuralladas. Los muros externos de las ciudades están hechos de rocas. Han establecido estaciones de correos… Hay pinos y cipreses. En cuanto al rey, no es una figura permanente sino que es es elegido como el hombre más valioso (digno)… La gente en este país es alta y con rasgos uniformes. Se parecen a los chinos, y es por eso que este país es llamado Da Qin (El Gran Qin)… El suelo produce grandes cantidades de oro, plata y piedras preciosas, incluyendo la joya que brilla por la noche… cosen tejidos de finos bordados con hilos de oro para crear tapicería de variados colores y ropa con tinte dorado así como “ropa bañada en fuego” (asbesto). Es de este país del que vienen todos los variados, maravillosos y raros objetos de otros estados.”

Moneda con la efigie de Alejandro Severo. Crédito: Wikipedia.

En el año 161 se produce la primera expedición oficial, aunque ya durante el reinado del emperador He (89-105 d.C.) ya se atestiguan envíos de tributos y ofrendas desde Da Qin. Una misión de embajadores registrada, enviada por Antonino Pío al emperador Huan de la dinastía Han, que finalizó en el 166 reinando ya Marco Aurelio. y en el s.III Alejandro Severo envió una comitiva a Caio Rui, del reino Wei. Posteriormente, el emperador Caro (282-283 d.C.) o los sucesivos contactos con el imperio Bizantino (“Fu-Lin”)(643, 667, 701 y 719 d.C.) nos dan fe de una interacción entre ambos espacios culturales. Por este motivo no sorprende encontrar un auténtico punto colonial romano en Arakamedu, cerca de Pondicherry (costa de Coromadel) o que una tábula romana apareciese en Múziris (Costa Malabar), hallada en un templo dedicado al culto imperial, lo que nos permite pensar en una población permanente de ascendencia mediterránea en la zona. O que en la literatura tamil se mencionen poblaciones costeras de Yavana, (termino utilizado para la población griega, y posteriormente a las gentes llegadas del Mediterráneo, romanos incluidos), se describen sus barcos, el intercambio de oro por pimienta, el vino traído por ellos, además de los servicios prestados como mercenarios a las ordenes de reyes autóctonos, o la fabricación de maquinas de asedio de ciudades.

BIBLIOGRAFÍA
BELTRÁN LLORIS, Francisco y MARCO SIMÓN, Francisco, Atlas de Historia Antigua, ed. Pórtico, Zaragoza,1996.
WULFF, Fernando, Grecia en la India, ed. Akal, Madrid, 2008.
MUTSCHLER, F. M. y MITTAG, A., China and Rome, Oxford, 2008.
SCHEIDEL, W., Rome and China, Oxford, 2009.

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Dentatus, el más bravo soldado romano

Posted on 04 mayo 2011 by Redacción

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Se le ha denominado como “el Aquiles romano” y, si echamos un vistazo a su “hoja de servicios” –probablemente exagerada en cierta medida–, no es para menos. Autores clásicos como Valerio Máximo, Dionisio de Halicarnaso o Plinio el Viejo aseguran en sus textos que Lucius Siccius Dentatus (Lucio Siccio Dentato), un soldado y tribuno romano que vivió en el siglo V antes de nuestra era, participó en unas ciento veinte batallas, sufriendo cuarenta y cinco heridas –todas ellas en el pecho, pues dice la leyenda que nunca daba la espalda a sus enemigos– y doce en un mismo día, y recibió múltiples condecoraciones en reconocimiento a su valor.

Parece evidente que su figura y sus logros fueron exagerados, pues Dentatus –un apelativo que significa “nacido con dientes”– adquirió con el tiempo la condición de héroe legendario, y fue admirado siglos después de su muerte. Parece claro que Lucius Siccius fue un tribuno del siglo V antes de nuestra era que destacó por su posicionamiento a favor de los plebeyos en el enfrentamiento con los patricios. En su faceta militar, las fuentes señalan que llegó a ser primus pilus –centurión de la primera centuria de la primera cohorte de una legión romana– después de haber protagonizado una heroica acción en la que salvó la vida de un superior. En total se le atribuye haber causado la muerte de unos trescientos enemigos, así como un sinnúmero de hazañas por las que recibió, entre otras, la Corona Gramínea, la más alta condecoración militar, sólo otorgada a nueve personas en toda la historia de Roma, tal y como refiere Plinio el Viejo.

Los textos que hacen referencia a su muerte señalan que ésta fue tan heroica como el resto de su vida. Enemistado con el decemviro Appius Claudius, éste habría enviado nada menos que a veinticinco hombres para acabar con su vida. Los asesinos cumplieron su objetivo, pero dice la leyenda que Dentatus –que por entonces contaba ya con sesenta años–, vendió cara su vida, pues sólo diez de sus enemigos escaparon sin alguna herida. No en vano, se le conocía como “el hombre más bravo de Roma”.

Referencias:

-Valerio Máximo. Hechos y dichos memorables, 3. 2. 24.
-Plinio el Viejo. Historia Natural, XXII, V.
-Dionisio de Halicarnaso. Historia Antigua de Roma. Libro X, 36-49.

Para los interesados en profundizar en la vida de este singular personaje, a camino entre la historia y la leyenda, existe un libro en inglés: Born with Teeth: History’s bravest warrior, de Frank Baron. No hemos tenido ocasión de leerlo, así que no podemos decir si su compra merece la pena.

Ilustración superior: Lucius Siccius Dentatus durante el terrible combate, grabado de Bartolomeo Pinelli.

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El español que descubrió Pompeya y Herculano

Posted on 16 abril 2011 by Javier García Blanco

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Tras dieciséis siglos durmiendo un sueño que parecía eterno, los restos de las ciudades romanas de Herculano, Pompeya y Estabia comenzaron a salir de su letargo gracias a la labor de un ingeniero militar español que, destinado en Nápoles, protagonizó uno de los hallazgos arqueológicos más importantes de todos los tiempos.

Los habitantes de la bahía de Nápoles debieron pensar, en aquellos últimos días de agosto del año 79 d.C., que todos los horrores del temible Tártaro habían sido liberados por los dioses como respuesta a alguna grave ofensa. No en vano, y como macabro guiño del destino, aquellos días se celebraba la Vulcanalia, en honor al dios romano del fuego.

Primero fueron sólo algunos pequeños temblores, cada vez más frecuentes, y finalmente llegó la erupción. El 24 de agosto una nube de aspecto extraño y dimensiones colosales se elevó en el firmamento, dando forma a un espectáculo sobrecogedor que comenzó a inquietar seriamente a los habitantes de las poblaciones más próximas al Vesubio. Poco después llegó la lluvia de piedras volcánicas y ceniza, la expulsión de gases tóxicos y, finalmente, el flujo piroplástico que, como si de las aguas ardientes del Flegetonte se tratara, abrasó todo lo que encontró a su paso.

Hoy conocemos los detalles de aquel suceso de tintes apocalípticos gracias a las descripciones que Plinio el Joven envió por carta al historiador Tácito, relatando los pormenores de la muerte de su tío, Plinio el Viejo, fallecido durante la catástrofe. Sin embargo, pese a estos textos, los metros de lava y ceniza que sepultaron localidades como Pompeya, Herculano o Estabia fueron borrando, con el paso de los años, la memoria sobre la ubicación de aquellos enclaves que desaparecieron como consecuencia de la tragedia. Es probable que dichas ciudades y sus moradores siguieran hoy durmiendo su sueño eterno de no haber sido porque, casi diecisiete siglos después, un ingeniero y militar español, aragonés para más señas, se empeñó en “escarbar” el terreno que pisaba, sacando a la luz varios de los enclaves arqueológicos más importantes de la Antigüedad.

Mapa de la erupción del año 79 d.C. Crédito: Wikipedia.

UNA VIDA ENTRE RUINAS
Nuestro protagonista, escasamente conocido –y reconocido– a pesar de la relevancia y trascendencia de su trabajo, se llamaba Roque Joaquín de Alcubierre. Nacido a mediados de agosto de 1702 en Zaragoza, Alcubierre cursó sus primeros estudios en su ciudad natal. Por desgracia, son escasos los documentos que se conservan respecto a esta primera etapa de su vida, desarrollada en España. Sí podemos asegurar, al menos, que siendo apenas un adolescente se sintió atraído por el flamante y recién creado cuerpo de ingenieros del ejército español, pues no tardó en alistarse en él como voluntario.

Aunque es poco lo que sabemos sobre sus antecedentes familiares, Alcubierre debía descender de una familia relativamente bien posicionada, pues desde fechas tempranas se vio bajo la protección de los influyentes condes de Bureta. Gracias a su amistad, el joven Alcubierre consiguió sus primeros destinos en varias plazas peninsulares, y especialmente en varias localidades del Principado de Cataluña. Sabemos, por ejemplo, que en el año 1731 se encontraba trabajando en la ciudad de Gerona, todavía con el cargo de ingeniero voluntario, y desarrollando su labor en las obras de fortificación de la ciudad, “encargado del detalle de los trabajos que se ejecutaron en ella, así como sobre aquellos ríos, el baluarte de Santa María y otras fortificaciones”, tal y como recuerda el historiador Félix Fernández Muga, uno de los mejores conocedores de su vida.

En aquella primera etapa de su carrera el aragonés estuvo bajo el mando del ingeniero en segunda Don Esteban Panón, y más tarde a las órdenes de el ingeniero en jefe Don Andrés Bonito y Pignatelli, quien con los años se convertiría en uno de los militares de más alto rango del ejército de Carlos III en Nápoles, destacando además por su aprecio hacia nuestro protagonista.

Después de intentar sin éxito –y pese a la influyente amistad de su amigo el conde de Bureta– obtener el grado de oficial en el Cuerpo de Ingenieros Militares, se produjo uno de los sucesos más importantes en la vida de Alcubierre: su viaje a Nápoles, territorio en el que pasaría el resto de su vida y dónde protagonizaría los hechos que le valieron un hueco en la historia de la arqueología.

Aunque algunos historiadores siguen sin ponerse de acuerdo respecto a la fecha exacta de su viaje a suelo italiano, la mayoría coincide en situarlo a mediados de junio de 1734, poco después de la victoria de Montemar en Abulia, tras la cual el reino de Nápoles quedaba en manos españolas, y más concretamente en las del infante Carlos de Borbón, hijo de Fernando V y futuro Carlos III de España. Todo parece indicar que Alcubierre se embarcó junto al “teniente de rey” Don Andrés de los Cobos, a quien ya se cita en un Oficio fechado en agosto de ese año. La primera mención al ingeniero maño data en su caso de enero de 1736, cuando aparece citado como “ingeniero extraordinario”. Al parecer, desde ese año el zaragozano comenzó a trabajar en las obras de edificación y ampliación del palacio real de Portici, además de llevar a cabo otros encargos relacionados con la conducción de aguas hasta la cercana localidad de Boscorreale.

Apenas dos años más tarde, y ya con el ansiado cargo de capitán en su poder, Alcubierre se encontraba trabajando todavía en la edificación del palacio, bajo las órdenes de Juan Antonio Medrano. El ingeniero y militar aragonés tenía entonces la misión de trazar la planta de los terrenos aledaños al palacio y, durante aquella labor, trabó amistad con un cirujano del lugar llamado Giovanni de Angelis. Fue él quien le puso al corriente de los habituales hallazgos de piezas antiguas que se producían cada poco tiempo en el lugar. Al mismo tiempo, Alcubierre tuvo conocimiento de la existencia del llamado pozo Nocerino, excavado por el príncipe de Elbeuf pocos años antes, en 1711, durante la época de dominio austriaco en Nápoles. En dicho pozo se habían encontrado algunos restos interesantes, como cimientos de edificios antiguos y otras piezas menores, y todo ello despertó la intuición del aragonés.

Plano de la antigua ciudad de Pompeya.

Alcubierre sospechaba que bajo el suelo que pisaba podían encontrarse grandes tesoros del pasado romano, así que comentó sus inquietudes con su superior, Medrano, proponiéndole una excavación sistemática de la zona. Éste comunicó la idea a sus mandos y, por suerte, el monarca, llevado por sus inquietudes intelectuales, accedió a la empresa y nombró encargado de la misma al propio Roque Joaquín de Alcubierre en una Real Orden fechada el 13 de octubre de 1738. De este modo, las excavaciones comenzaron aquel mismo mes, a partir del pozo Nocerino. Ni Alcubierre, ni Medrano ni el monarca podían sospechar entonces que estaban a punto de marcar un antes y un después en la historia de la arqueología mundial.

Pese al beneplácito real, los medios con los que contó el ingeniero aragonés no fueron en principio demasiado notables: sólo tres obreros se dedicarían a la excavación, dirigidos por el propio Alcubierre. Por fortuna, los resultados no tardaron en salir a la luz. Poco tiempo después de comenzar la inspección del subsuelo los trabajadores encontraron los restos de un muro, que en un principio Alcubierre identificó con parte de un templo de la ciudad de Pompeya. Aquel inesperado logro consiguió ilusionar al monarca, y pronto el ingeniero contó con más mano de obra para continuar excavando, hasta alcanzar una cifra de catorce o quince obreros. Los trabajos, sin embargo, eran especialmente penosos. A diferencia de los yacimientos arqueológicos actuales, en los que normalmente se trabaja “a cielo abierto”, Alcubierre siguió su formación de ingeniero militar, excavando profundas galerías, oscuras y mal ventiladas, que entorpecían el avance de los trabajos y resultaban muy peligrosas.

A pesar de las dificultades, la excavación continuó arrojando resultados positivos con el paso del tiempo, y no había semana en el que no se hallara alguna escultura o pieza de importancia. Roque Joaquín Alcubierre no dudó en llevar un registro pormenorizado de los hallazgos, de los que informaba puntualmente a Carlos III, sabiendo que cada descubrimiento servía para aumentar el ya notable entusiasmo del monarca.

Poco después se produciría un hallazgo de gran importancia. En principio parecía una inscripción más, tallada sobre una lápida, pero tras una inspección detallada del texto latino se descubrió que hacía mención a la construcción del recinto que hasta entonces se tenía por un templo, y que resultó ser nada más y nada menos que el teatro de la ciudad de Herculano. No tardó en ser rescatada una segunda lápida inscrita, en la que se mencionaba directamente al arquitecto del recinto: Publio Numisio.

Maqueta del antiguo teatro de Herculano.

El importante hallazgo, que confirmaba el descubrimiento de los restos de una de las ciudades mencionadas en los textos de Plinio el Joven, alimentó aún más el entusiasmo de los participantes. Una galería tras otra, los descubrimientos de piezas de distinta índole se iban sucediendo sin descanso: esculturas de mármol y bronce, pequeños utensilios y, finalmente, bellísimas pinturas. Éstas últimas pertenecían ya a otro edificio, la basílica de Herculano, que se encontraba en las cercanías del teatro descubierto en primer lugar. Ya no había duda. Bajo los pies de la ciudad se ocultaba sepultado un tesoro histórico de valor incalculable. Hay que tener en cuenta que para Alcubierre y sus contemporáneos, y en especial para los estudiosos de la Antigüedad, la única forma de conocer las obras, construcciones y estilo de vida de aquella civilización ya desaparecida radicaba en la contemplación de los escasos edificios romanos que seguían en pie –en su mayoría con grandes modificaciones– o mediante la aparición esporádica de algunas piezas. El hallazgo de una ciudad intacta, sepultada por la lava y las cenizas, constituía por lo tanto un hito sin precedentes.

El ingeniero Alcubierre, cuyo prestigio iba aumentando a la par que salían a la luz nuevas antigüedades, siguió trabajando con ahínco en las oscuras galerías. Aquel agotador ritmo de trabajo, unido a las insalubres condiciones de la excavación, terminaron por minar la salud del aragonés, que enfermó gravemente, hasta el punto de que tuvo que retirarse voluntariamente a Nápoles durante cuatro años, entre 1741 y 1745. No en vano, las condiciones eran realmente duras en las profundidades de las galerías, y los obreros –Alcubierre incluido– se veían expuestos diariamente a los gases tóxicos emanados de las antorchas y a la nociva falta de aire puro. Para hacerse una idea de la dureza de las condiciones, sobra con una breve descripción del itinerario realizado por aquellos inexpertos arqueólogos: en un primer momento, los obreros descendían a las galerías atados con una cuerda unida a un cabestrante; después debían avanzar por estrechos pasadizos que se hacían cada vez más angostos, oscuros y húmedos, con un aire prácticamente irrespirable y viciado.

Uno de los visitantes que tuvo la oportunidad de vivir la experiencia en carne propia, el abate Giacomo Martorelli, profesor en la Universidad de Nápoles, describió su vivencia en estos términos: “Difícilmente podrá nadie, que no tenga gran ánimo y corazón, caminar 84 palmos bajo tierra, como he hecho yo, por esas galerías estrechísimas y casi en ruinas (…) Tan duro era aquel trabajo, que en un segundo momento, junto a los obreros que lo hacían a sueldo, se condenó a trabajar a las grutas a numerosos forzados y esclavos”. Con condiciones tan duras, no es de extrañar que Alcubierre, que bajaba a las galerías casi a diario, terminase gravemente enfermó. Aunque terminó por recobrarse, aquella dolencia se cobró un elevado precio: el aragonés perdió casi toda su dentadura y su vista quedó seriamente dañada.

Ruinas del templo de Isis en Pompeya.

Durante los cuatro años de convalecencia, el aragonés fue sustituido por los también ingenieros Francisco Rorro y Pedro Bardet quienes, sin embargo, no tuvieron tanta suerte en los trabajos como Alcubierre. Cuando éste se reincorporó a sus labores, ya en 1745, había sido ascendido a teniente coronel y contaba con el cargo de ingeniero en segundo. Con su regreso –como si de un talismán se tratase– volvieron también los hallazgos notables al yacimiento de la antigua Herculano.

En un notable artículo sobre los trabajos en aquella época, el historiador Miguel Beltrán Lloris destaca el descubrimiento de piezas de gran importancia: “…aparecieron las magníficas estatuas ecuestres en mármol de Nonio Balbo, continuando además los frisos de pinturas, los objetos de vidrio, un privilegio de Vespasiano a soldados veteranos y otros muchos objetos”.

EL DESPERTAR DE POMPEYA
Mientras los hallazgos se sucedían sin cesar en el los terrenos de lo que siglos atrás había sido Herculano, Roque Joaquín Alcubierre tuvo conocimiento de la aparición esporádica de algunas piezas destacadas en un terreno situado a varios kilómetros de allí. El ingeniero aragonés, de nuevo con el beneplácito real –a estas alturas era difícil que se le negara nada conociendo su intuición para aquella tarea–, comenzó a excavar en aquella zona en 1748. Pronto comenzaron a ser rescatados importantes vestigios del pasado romano, y Alcubierre creyó haber localizado los restos de la ciudad de Estabia. Sin embargo, y al igual que había ocurrido con el hallazgo de Herculano, el aragonés estaba equivocado. Decenas de metros bajo sus pies, se hallaba la ciudad de Pompeya, hoy la más célebre de todas las poblaciones engullidas por la furia del Vesubio. No sería hasta 1763 cuando el ingeniero y militar zaragozano identificara correctamente aquellos restos, gracias –de nuevo– al hallazgo de una inscripción que se citaba a la Res Publica Pompeianorum. En cuanto a Estabia, sus restos fueron hallados poco después de descubrirse los primeros vestigios de Pompeya, en 1749.

La dedicación de Alcubierre iba en aumento y, a pesar de que sus obligaciones puramente militares fueron creciendo a la par que sus ascensos en el cuerpo, su auténtica pasión estaba, sin dudas, entre aquellas galerías que, con gran esfuerzo, iban sacando a la luz maravillas de un pasado remoto. En aquellos años, y a los yacimientos ya localizados de Herculano, Pompeya y Estabia, se fueron sumando otros menores, como los de Cumas, Sorrento, Mercato di Sabato o Bosco de Tre Case. Todo un impresionante patrimonio que no sólo ampliaba de forma notable el conocimiento sobre la forma de vida de los antiguos romanos, sino que también convertía a Carlos de Borbón en un monarca que destacaba por su apoyo y patrocinio a las artes y la historia, y que situaba a Nápoles como un importante enclave –el segundo, después de Roma– para conocer el glorioso pasado del Imperio Romano.

En este sentido, hay que agradecer al monarca borbón que comprendiese desde un primer momento la notable importancia de aquellos hallazgos. Mientras estuvo gobernando en Nápoles, Carlos III se encargó de financiar las excavaciones, ordenó que se le informase puntualmente de cada nuevo hallazgo, y promovió el estudio y conservación de las piezas, la publicación de tratados sobre aquellas maravillas e incluso la fundación de un museo que sirviera para reunir todo lo desenterrado. Todo ello, claro está, a mayor gloria de su persona y del territorio que estaba bajo su dominio. Fue así como el monarca se decidió a trasladar la riquísima colección Farnese, heredada de su madre, instalando en el Palacio de Capodimonte una notable galería de pinturas, mientras los miles de tomos de distintas temáticas que conformaban su biblioteca se ubicaron en el Palazzo degli Studi.

El rey Carlos III de España. Crédito: Wikipedia.

Finalmente, ya en 1750, se decidió transformar el palacio hasta entonces conocido como Caramánico, en el que se dispusieron ordenadamente las antigüedades encontradas en los yacimientos, dando forma al Museo Ercolanense de Portici, que sería dirigido por Camillo Paderni. El celo del monarca en este sentido llegó a tal punto que se prohibió la salida de Nápoles de cualquier escultura o pintura procedente de las excavaciones. Todo, absolutamente todo, tenía que ser catalogado y estudiado en las instalaciones del museo. La única excepción, que llegó a la Corte española y hoy se expone en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid, es una pequeña caja de semillas, sin mayor importancia.

Cuando nueve años después Carlos de Borbón dejó Nápoles para ocupar el trono de España como Carlos III, su interés por los trabajos realizados en las faldas del Vesubio no sólo no se desvanecieron, sino que fueron en aumento, siendo informado puntualmente de la marcha de las excavaciones por el ministro Bernardo Tanucci, quien le hacía llegar las noticias enviadas por Alcubierre.

UNA VISITA OBLIGADA
Los esfuerzos de Alcubierre y el interés de Carlos III no tardaron en dar sus frutos. En pocos años, las noticias sobre aquel impresionante enclave arqueológico, que permitía viajar literalmente al pasado romano, se extendieron por toda Europa. Poco a poco, comenzaron a viajar hasta las excavaciones una variopinta legión de estudiosos, anticuarios, artistas y viajeros con aspiraciones románticas, todos ellos ávidos por conocer de primera mano las grandes maravillas que habían llegado a sus oídos.

A esta notable fama había contribuido, sin duda, la creación en 1755 de la Regale Accademia Ercolanense de Nápoles, donde se estudiaron a fondo las piezas descubiertas durante las excavaciones; por otro lado, dos años después comenzaron a publicarse también los ocho tomos de la obra Le antichità di Ercolano esposte (La antigüedad de Herculano expuesta), que reproducían bellos grabados de las piezas recuperadas, así como planos y diseños de los edificios que iban saliendo a la luz.

No es de extrañar, por lo tanto, que aquel enclave cargado de historia, se convirtiera en visita obligada para los viajeros que se animaban a realizar el llamado Grand Tour, tan de moda en aquel entonces. La llegada de curiosos y eruditos no fue, por desgracia, siempre positiva. Entre algunos de ellos se encontraban especialistas en la Antigüedad como Winckelmann, célebre iniciador de la Historia del Arte como disciplina. El erudito alemán y otros especialistas como Charles de Brosses, Walpole o Caylus, no dudaron en criticar abiertamente –y en muchos casos con gran dureza, en especial Winckelmann– la forma de trabajar de Roque Joaquín Alcubierre. Todos ellos tildaron al aragonés de bruto ignorante, criticaron su técnica de excavación mediante galerías –que no facilitaba la comprensión topográfica de los terrenos excavados– y elevaron sus quejas por la falta de colaboración que se prestaba a quienes, como ellos, pretendían visitar in situ las excavaciones.

El historiador Johann Winckelmann. Crédito: Wikipedia.

Aunque parte de las quejas formuladas por Winckelmann y otros críticos sobre la forma de trabajar de Alcubierre no estaban exentas de parte de razón, hay que recordar que la formación de éste era la de un ingeniero militar, y por lo tanto desarrolló su labor de la mejor forma que sabía. Además, debemos tener en cuenta que en aquella época, la arqueología como disciplina científica no existía tal y como la conocemos actualmente, y se basaba prácticamente en una “caza de tesoros” que tenía como único fin rescatar el mayor número de piezas, sin seguir ningún criterio de catalogación o estudio pormenorizado. Por otra parte, el ingeniero aragonés no hizo sino seguir las indicaciones del monarca, que sólo buscaba la recuperación de piezas antiguas con el fin de exponerlas en el museo de la antigua Herculano.

Fuera de estas críticas –algunas seguramente alimentadas por la envidia–, no cabe duda de que la figura de Alcubierre fue vital para el éxito de las excavaciones. Sin su intuición, tesón y dedicación casi completa –estuvo al cargo de los trabajos durante casi cuarenta años–, es muy posible que, en la actualidad, Pompeya y Herculano no fuesen hoy los grandes enclaves arqueológicos en los que se han convertido. No hay que olvidar tampoco el papel de Carlos III, a quien hay que reconocer el acierto de prohibir la salida de piezas recuperadas en suelo napolitano en dirección a España u otros destinos. De no haber sido así, Pompeya y Herculano habrían sufrido quizá la misma suerte que otros enclaves destacados de Egipto o Grecia, algunas de cuyos restos más importantes se reparten por museos y colecciones privadas de todo el mundo.

Finalmente, en 1780, y tras décadas de dedicación exclusiva a la que fue la pasión de su vida, Roque Joaquín Alcubierre falleció en Nápoles, en el mismo lugar donde había disfrutado tanto rescatando aquellas milenarias maravillas. Algunos años antes, en 1772, su devoción al trabajo había sido recompensada con su ascenso a brigadier e ingeniero en jefe y, cinco años más tarde, se le recompensó con el nombramiento de mariscal de campo, debido a “los méritos, servicios, acreditada conducta, celo, fidelidad y demás recomendables circunstancias” que reunía su figura. Con la muerte de Roque, su esposa, Ignacia Díez, recibió una pensión vitalicia de 150 ducados anuales concedida por el mismísimo Fernando VI de Borbón. Con aquellas rentas, la numerosa familia siguió viviendo con humildad en una vivienda modesta ubicada en el número 10 de la Porta piccola a Palazzo, en Nápoles.

ANEXO
POMPEYA Y HERCULANO DESPUÉS DE ALCUBIERRE
Durante su larga enfermedad –entre 1741 y 1745– Alcubierre fue sustituido temporalmente, como ya dijimos, por los también ingenieros Francisco Rorro y Pedro Bardet. De vuelta al trabajo, y ya recuperado, contó también con la ayuda del ingeniero suizo Karlos Weber y, a la muerte de éste, en 1764, con la del español Don Francisco de la Vega.

Cuando finalmente Alcubierre falleció en 1780, fue De la Vega quien quedó al mando de los trabajos, siendo reconocido por los historiadores como uno de los mejores trabajadores de los distintos yacimientos en lo que quedaba del siglo XVIII. Con él aumentó el número de obreros, y comenzó a vislumbrarse un nuevo sistema de trabajo, con una metodología arqueológica más moderna y coherente, orientada a la consolidación de los edificios descubiertos y a la documentación sistemática de la excavación.

La llegada del nuevo siglo vino acompañada de dificultades políticas que paralizaron temporalmente las obras, aunque con Nápoles bajo dominio francés volvieron a reanudarse los trabajos. A lo largo del siglo XIX las prospecciones arqueológicos fueron sucediéndose sin descanso y, con el tiempo, mejoraron también las técnicas aplicadas, hasta llegar al siglo XX –época no exenta de problemas, en especial debido a las dos Grandes Guerras–, y finalmente a nuestros días.

 

ANEXO
EL INTERÉS ARQUEOLÓGICO DE CARLOS III
La atracción demostrada por el monarca borbón durante su mandato como rey de las Dos Sicilias, y más tarde como cabeza de la monarquía española, no se redujo a las excavaciones y antigüedades rescatadas en las faldas del Vesubio. Años más tarde, el monarca español mostró un interés similar por los trabajos desarrollados en suelo americano, destacando especialmente las labores encomendadas para sacar a la luz el pasado histórico y arqueológico de ciudades como Palenque, donde siguió un criterio similar al que ya había puesto en marcha en los yacimientos napolitanos. Carlos III sobresalió así como un monarca por inquietudes intelectuales, aunque en muchos casos se debiera únicamente a un afán por engrandecer a la casa real con las riquezas que se hallaban enterradas en sus vastos dominios.

BIBLIOGRAFÍA:

-BELTRÁN LLORIS, Miguel. “Roque Joaquín de Alcubierre, descubridor de Pompeya y Herculano”. Artículo publicado en Aragón en el mundo. Ed. Caja de Ahorros de la Inmaculada. Zaragoza, 1988.
-FERNÁNDEZ MUGA, Félix. Carlos III y el descubrimiento de Herculano, Pompeya y Stabia. Ed. Universidad de Salamanca, 1989.

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