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Las ‘fotos perdidas’ del capitán Scott, disponibles online

Posted on 25 enero 2012 by Redacción

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La semana pasada se cumplían cien años de la llegada del capitán Robert Scott y sus hombres al Polo Sur, una hazaña que quedó ensombrecida después de que el noruego Roald Amundsen se les adelantara en treinta y cuatro días. Como es de sobra conocido, el triste camino de vuelta acabó en tragedia cuando Scott y sus cuatro compañeros de la Expedición Terra Nova perdieron la vida como consecuencia de una terrible tormenta. Sus restos mortales y sus pertenencias no fueron descubiertas hasta ocho meses más tarde, cuando un equipo de búsqueda localizó a la desdichada expedición.

Ahora, coincidiendo con el centenario, el Instituto Scott de Investigación Polar (SPRI) ha anunciado la adquisición, con la ayuda de Heritage Lottery Fund (una lotería cuyas ganancias se destinan a financiar y mantener monumentos, museos y proyectos culturales) de una colección de fotografías tomadas por el propio Scott durante la expedición –un total de 109 instantáneas–, y que durante muchos años se consideraron perdidas. Las fotografías habían sido reveladas en la Antártida por Frank Debenham, un geólogo que no participó en toda la expedición –y que terminaría siendo presidente del SPRI–, y fueron halladas junto a los cadáveres de Scott y sus colegas.

Una de las fotos ‘perdidas’ tomadas por el capitán Scott | Crédito: SPRI.

Con el estallido de la Primera Guerra Mundial se perdió la pista a los negativos, mientras que las copias en papel quedaron en manos de Herbert Ponting, quien había sido fotógrafo oficial de parte de la expedición. A la muerte de este último en 1935, las copias impresas pasaron a manos de la agencia fotográfica Popperfoto, y finalmente a manos privadas.

Hasta la fecha, el SPRI contaba con unas 1.700 fotos captadas por Ponting, y que también habían sido adquiridas en el año 2004 gracias a otra aportación de la lotería de patrimonio. Cuando hayan sido restauradas y digitalizadas, el SPRI planea publicar las “fotografías perdidas” de Scott en su página web para que puedan ser consultadas por cualquier interesado, tal y como sucede ya con el resto de su nutrido catálogo.

Sobre este llamativo asunto de las fotos perdidas existe un libro de David M. Wilson (en inglés), cuyo enlace a Amazon os dejamos por si os resulta de interés, al igual que el diario del propio Scott.

Fuente: Pictures of South Pole expedition go online (BBC News) / The ‘lost’ photographs of captain Scott (SPRI)

Galería fotográfica del SPRI

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Expedición al Pacífico

Posted on 13 junio 2011 by Javier García Blanco

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En la segunda mitad del siglo XIX, y por espacio de más de tres años, un grupo de naturalistas españoles recorrió el continente americano en un viaje científico que estuvo plagado de aventuras y peligros. Con aquella expedición, bautizada como Comisión Científica al Pacífico, el gobierno de Isabel II intentaba recuperar para España el prestigio y la importancia de épocas pasadas…

“Estábamos derrotados completamente, sin ropa, sin zapatos, con larguísimas barbas… La intensa ictericia que tenía el pobre Isern, y todo nuestro conjunto parecía más de mendigos que de comisionados de un gobierno europeo”.

Así se expresaba en 1866, con notable azoramiento, el Dr. Manuel Almagro y Vega, al rememorar las desventuras que él y otros tres científicos españoles vivieron durante la última etapa de su aventura por tierras americanas. Esta descripción de su penosa situación, reflejada en las páginas de su crónica redactada para dar cuenta de su audaz aventura, tuvo su contraparte en el texto de otro científico, en este caso suizo, aunque al mando de una misión estadounidense. Louis Agassiz, profesor de la prestigiosa Universidad de Harvard, se hallaba navegando en septiembre de 1865 por las aguas del puerto fluvial de Tabatinga, a bordo del buque brasileño Icamiaba, cuando se topó con el derrotado grupo de exploradores españoles. Años más tarde, en 1895, Agassiz rememoraba aquel encuentro en su libro A journey in Brazil (Un viaje en Brasil), en cuyas páginas decía lo siguiente: “Encontramos aquí a cuatro miembros de una comisión científica española, quienes habían estado viajando varios años por centro y Sudamérica (…) Acababan de completar su aventura, descendiendo el río Napo en balsa, con su gran colección de animales vivos que había convertido la embarcación en una especie de Arca de Noé. Tras varios riesgos habían llegado a Tabatinga, habiendo perdido la mayor parte de sus ropas, excepto las que llevaban puestas, debido a un naufragio”.

Retrato del científico suizo Louis Agassiz | Crédito: Wikipedia.

Leyendo estas escuetas líneas, sumadas a las recogidas por Almagro en su crónica, no resulta difícil comprender las razones del español para sentirse avergonzado. Semidesnudos, con largas barbas y aspecto de vagabundos, y una endeble “embarcación” que recordaba a una improvisada Arca de Noé –como tan acertadamente la describió Agassiz–, los científicos españoles debieron sentirse notablemente avergonzados al ser auxiliados por la organizada y pulcra expedición estadounidense. Aquel encuentro suponía el punto final a la última etapa de una aventura, bautizada por los españoles como “el Gran Viaje”, que se había iniciado casi un año antes, cuando Almagro, acompañado por Francisco de Paula Martínez, Marcos Jiménez de la Espada y Juan Isern y Batlló decidieron embarcarse en una expedición por los Andes ecuatorianos, el río Napo y el Amazonas, intentando rememorar las andanzas del célebre Francisco de Orellana. Sin embargo, aquellos intrépidos científicos españoles llevaban desde 1862 recorriendo centro y Sudamérica, en un viaje conocido como Comisión Científica del Pacífico, organizado por el gobierno español, y que se convirtió en la última epopeya científica patria del siglo XIX. Una aventura que estuvo plagada de logros científicos, pero también de peligros –varios miembros del grupo perdieron la vida como consecuencia del viaje–, y que supuso el último ejemplo de los esfuerzos colonialistas de un país que estaba a punto de ver desaparecer los últimos restos de su ya malogrado Imperio.

MILITARES Y CIENTÍFICOS
La idea de organizar una expedición naval al Pacífico se había ido rumiando en el seno de los gobernantes españoles desde 1860. En un principio, la empresa iba a tener un carácter eminentemente militar y político, teniendo como único objetivo el envío de navíos de guerra para proteger los intereses españoles que todavía permanecían en las jóvenes repúblicas americanas. En aquellos años finales del reinado de Isabel II se había producido un resurgir de un sentimiento panhispanista que pretendía, con un marcado paternalismo, afianzar los lazos económicos y culturales entre España y sus antiguos dominios de Ultramar.

Finalmente, sería en 1862 cuando se decidió la necesidad de poner en marcha la expedición, a la que en el último momento se pensó añadir una comisión científica que acompañara a las fuerzas navales de la Armada. Esta idea surgió del Ministerio de Fomento, y más concretamente del director general de Instrucción Pública, Don Pedro Sabau, quien se encargó del nombramiento de los especialistas que debían embarcar en la arriesgada aventura.

Primera página del ‘Reglamento’ de la Comisión Científica al Pacífico | Crédito: CSIC.

De este modo, a las fuerzas navales que formaban la tripulación de las fragatas Resolución y Triunfo y las goletas Virgen de Covadonga y Vencedora –cuya misión principal era establecer una base naval en el Pacífico sudamericano– se sumaron también seis naturalistas que se encargarían de las labores científicas, entre las que se contaban la recolección de especimenes y muestras zoológicas y botánicas, así como el estudio geológico, orográfico, arqueológico y antropológico de los lugares por donde pasase la comisión.

El naturalista Patricio María Paz y Membiela, antiguo oficial de la Armada, fue el designado para ejercer como presidente de la comisión científica. Junto a él viajarían Fernando Amor, catedrático del Instituto de Valladolid –encargado de los estudios geológicos y entomológicos–; Francisco de Paula Martínez –secretario de la expedición y encargado de estudiar mamíferos y reptiles acuáticos–; el naturalista Marcos Jiménez de la Espada –responsable de recopilar información sobre mamíferos y reptiles terrestres; Manuel Almagro, médico y responsable de los estudios antropológicos y, por último, el experto botánico Juan Isern, dedicado a recoger todo tipo de plantas y semillas. A estos seis investigadores se sumarían otros dos civiles, en calidad de auxiliares. El primero de ellos era el médico catalán Bartolomé Puig y Galup, responsable de disecar algunas especies animales, mientras que el segundo era Rafael Castro y Ordoñez, artista de la Real Academia de San Fernando, a quien se le encomendó la tarea de dibujar y fotografiar paisajes, animales y tipos humanos del continente americano. La participación de un fotógrafo en el viaje supuso toda una novedad, pues se trataba de la primera expedición científica de todo el mundo en la que participaba un fotógrafo con la intención de documentar gráficamente la iniciativa.

Fotografía del líder de la expedición, el naturalista Patricio María Paz y Membiela | Crédito: CSIC.

En lo que respecta a la parte militar, el jefe de la expedición fue el general Pinzón, que quedó al mando de las cuatro embarcaciones españolas. La relación entre los científicos y el militar fueron delicadas desde un principio, y terminaron por influir de forma notable en el desarrollo de las dos primeras partes del viaje. En este sentido, los integrantes de la facción militar de la expedición no veían con buenos ojos la iniciativa científica, y su control sobre el destino de las embarcaciones ocasionó numerosas molestias e imprevistos a los naturalistas que, como veremos, tuvieron que dividirse y desplazarse por separado en varias ocasiones, pues las instrucciones de los marinos no facilitaban para nada su labor.

Finalmente, el 10 de agosto de 1862, a las cinco de la tarde, la Comisión Científica del Pacífico iniciaba su viaje a bordo de la fragata Nuestra Señora del Triunfo, zarpando desde el puerto de Cádiz. Se iniciaba así la última gran expedición científica española del siglo XIX, en un intento por recuperar el esplendor perdido y devolver a España a un lugar destacado entre el resto de potencias mundiales de la época.

RUMBO A LA AVENTURA
“Buenos mares y felices vientos”, tal y como dejó por escrito en su crónica Manuel Almagro, llevaron a la escuadra hasta el puerto de Santa Cruz de Tenerife, primera escala de la aventura. Tras una semana en las islas afortunadas, donde terminaron de abastecerse con suministros para el viaje, la expedición partió rumbo a Cabo Verde, a donde llegaron el 22 de agosto.  Desde allí continuaron viaje, y ya no volverían a pisar tierra hasta alcanzar el continente americano, lo que sucedió tras dieciséis días de travesía por el Atlántico, arribando el 9 de septiembre a San Salvador de Bahía.

El grupo de científicos permaneció en la localidad brasileña varias semanas, comenzando ya su labor investigadora, recogiendo numerosas muestras de plantas y especies animales, “sobre todo aves y reptiles”, en palabras de Almagro. El 26 de septiembre abandonaron Bahía con rumbo a Río de Janeiro, donde tuvieron el honor de ser recibidos en dos ocasiones por el mismísimo emperador de Brasil, hombre inquieto e interesado por las cuestiones científicas, quien les facilitó una hacienda para que Jiménez de la Espada y Bartolomé Puig pudieran trabajar con algunos de los animales capturados.

Vista interior de la fragata Triunfo | Crédito: CSIC.

Por aquellas fechas, los miembros de la comisión habían tenido la oportunidad de comprobar que los militares de la expedición, poco interesados en cuestiones científicas, dificultaban sus labores de estudio. Por este motivo, los expedicionarios tomaron la decisión de continuar camino por su cuenta, y reunirse más tarde con la escuadra naval, de modo que no sufrieran retrasos ni estorbos en sus investigaciones.

Así, los ocho comisionados embarcaron el 6 de noviembre de 1862 en el vapor Brasileiro Tocatins, con rumbo a la localidad de Desterro, en la provincia de Santa Catharina. En la isla del mismo nombre estuvieron trabajando durante diecisiete días, y el 19 de noviembre volvieron a embarcar en otro vapor, el Emperatriz, esta vez con rumbo a San Pedro de Río Grande do Sul. Allí fueron recogidos por la goleta Santa María de Covadonga para su traslado a Montevideo, a donde llegaron el 6 de diciembre. Una vez en suelo uruguayo, el grupo de científicos decidió separarse para “dar más variedad a nuestras colecciones”. Así, Paz, Amor, Isern y Almagro decidieron seguir por tierra hasta Chile, mientras los demás comisionados continuaban por mar embarcados en los buques de la Armada. El primer grupo atravesó las Pampas orientales en diligencia y más tarde recorrieron en vapor las aguas de los ríos Uruguay y Plata, hasta llegar, el 14 de enero de 1863, a la ciudad de Buenos Aires. Allí fueron recibidos por Bartolomé Mitre, entonces presidente de la República Argentina, quien les facilitó sus labores de estudio e incluso les presentó a varios indios de la Patagonia.

Uno de los dibujos realizados por el artista Castro y Ordoñez durante su paso por Bahía (Brasil) | Crédito: BNE.

Los cuatro científicos continuaron su marcha dos semanas después, primero a bordo de un vapor, y más tarde en diligencia, pasando por las ciudades de Rosario, Córdoba y Mendoza, a donde llegaron el 31 de marzo. A lo largo de este trayecto, y hasta que dejaron atrás tierras argentinas, viajaron siempre acompañados por ocho soldados y un oficial que el presidente Mitre se empeñó en enviar junto a ellos como escolta. Mientras tanto, el resto de la expedición había continuado su travesía por mar, tres de ellos a bordo de la fragata Triunfo, y Jiménez de la Espada en la Covadonga. El primer navío entró en el Estrecho de Magallanes el 6 de febrero, aunque se vio obligado a atracar en el puerto de Bahía de Posesión a causa de un fuerte temporal. El 14 de ese mismo mes llegaron a Punta Arenas, donde pudieron entrar en contacto con los patagones, “corpulentos y casi siempre ebrios”. La pequeña flota española intentó proseguir viaje, pero las temibles aguas de aquellas latitudes dificultaron su avance, hasta el punto de que decidieron dar marcha atrás por temor a quedarse sin carbón, viéndose obligados a arribar en las islas Malvinas. Finalmente, parte de los navíos consiguieron doblar el Cabo de Hornos el 13 de abril, y fueron llegando a Valparaíso (Chile) en fechas dispares. Para entonces, el grupo de Amor, Paz, Isern y Almagro ya habían llegado por tierra.

Una vez en territorio chileno, las diferencias con los militares volvieron a aflorar y, con disgusto para los científicos, el grupo tuvo que cancelar un viaje que habían previsto al Arauco, pudiendo recorrer únicamente –en los dos meses que estuvieron en el país–, las poblaciones de Valparaíso, Santiago y las minas de Copiapó, donde Fernando Amor, enfrascado en sus estudios geológicos, terminó enfermando de la dolencia que le arrancaría la vida meses más tarde. A causa de sus diferencias con los miembros de la Armada, los naturalistas decidieron volver a separarse y seguir distintas rutas. De este modo, Almagro e Isern viajaron a Perú y Bolivia, mientras los demás acompañaban a la escuadra. Los primeros partieron en barco el 11 de junio, y más tarde continuaron viaje en tren y mulas, “el único modo posible de viajar hasta Bolivia, atravesando las cordilleras”. Acompañados por un arriero local, José Lanchipa, los españoles ascendieron las cumbres, sufriendo el mal de alturas y conviviendo durante algún tiempo con indios aymaras. El día 28 de junio, tras no pocas calamidades, Isern y Almagro alcanzaron por fin la ciudad de La Paz, donde permanecieron hasta el 6 de julio. Para entonces, tal y como escribió el propio Almagro, la colección de plantas y animales “se había aumentado, y necesitábamos tres bestias de carga y dos de silla”. Al día siguiente, 7 de julio, llegaron a las ruinas de Tiahuanaco, donde aprovecharon para excavar y recopilar objetos antiguos y restos humanos, como una colección de cráneos modificados.

Fotografía del puerto de Valparaíso (Chile), tomada por Castro y Ordoñez | Crédito: CSIC.

A finales de ese mes Almagro e Isern se vieron obligados a separarse por falta de bestias de carga suficientes para transportarlos a ambos y al material que habían recogido. Mientras Isern visitaba el valle de Quequeña, el volcán del Misti y el desierto de Islai, Almagro pasó por Hatuncoya, Lanpa, Sicuani y, finalmente Cuzco, donde además de visitar la ciudad pudo estudiar la fortaleza de Sacsayhuamán y las ruinas de Ollantaytambo. Finalmente, Almagro alcanzó la ciudad de Lima el 30 de agosto, en tal mal aspecto –“derrotado, mal montado y peor parado”–, que incluso le negaron alojamiento en un hotel. Allí volvió a encontrarse con su compañero Isern, aunque sólo por unos días. Puesto que la escuadra había continuado de nuevo viaje hacia el Norte, los dos científicos decidieron continuar viaje por separado para abarcar todo lo posible en su visita. Isern tomó la decisión de viajar por las selvas vírgenes de Chachamayo, mientras Almagro optó por visitar Panamá, Quito y Trujillo. Tras sus respectivos viajes en solitario, ambos expedicionarios alcanzaron a la goleta Nuestra Señora de Covadonga, regresando de nuevo hasta la ciudad de Lima, a donde llegaron ya en diciembre de 1863.

Mientras Almagro e Isern realizaban su particular viaje por tierra, el resto de sus compañeros habían continuado la travesía a bordo de los navíos españoles. Amor, Paz y Martínez se desplazaron en la Triunfo hasta Panamá, a donde llegaron en agosto de 1863. Para aquel entonces, el señor Amor, enfermo desde sus estudios en las minas de Copiapó, había empeorado hasta el punto de no poder levantarse de la cama. Cuando él y sus compañeros llegaron a San Francisco (California) el 9 de octubre, su estado era tan grave que tuvo que ser ingresado en un hospital, falleciendo pocos días después. Enterrado en suelo estadounidense, el resto de sus camaradas embarcaron de nuevo rumbo a Valparaíso.

La expedición no volvió a reunirse por completo hasta el 16 de marzo de 1864, cuando Isern y Almagro encontraron a sus compañeros, con excepción del malogrado Amor y del presidente de la comisión, Paz y Membiela, quien tras una notable disputa con los mandos de la Marina, decidió regresar a España. El motivo de la discusión entre el científico y los militares había sido las diferencias por el conflicto desatado entre España y Perú, y que terminaría con la invasión de las islas Chincha, grandes productoras de guano.

La goleta española Nuestra Señora de Covadonga (dcha.) enfrentándose a un navío chileno a causa del conflicto por las islas Chincha.

Debido al cariz que habían tomado los acontecimientos, y con España en guerra declarada con Perú, el general Pinzón ordenó a los científicos que abandonaran los navíos con todas sus pertenencias y regresaran a España. Puig i Galup, el médico y taxidermista, decidió quedarse en Chile, mientras que Rafael Castro y Ordoñez, el dibujante y fotógrafo del grupo, tomó la decisión de regresar a España haciendo escala en Nueva York. Con las “deserciones” de estos dos últimos y la del presidente Paz, además de la muerte de Amor, la Comisión Científica del Pacífico había visto reducido su número a cuatro integrantes: Martínez, Jiménez de la Espada, Almagro e Isern. Éstos decidieron pedir permiso al gobierno para continuar la misión por su cuenta, y tomaron la determinación de embarcarse en la mayor aventura de todas.

EL “GRAN VIAJE”
Mientras esperaban una respuesta de Madrid que diera luz verde a sus intenciones, Almagro decidió viajar hasta Chiu-Chiu, para estudiar las momias que allí se encontraban, mientras sus compañeros permanecían en Chile aumentando la ya nutrida colección zoológica y botánica que había reunido en dos años de viaje. Tras recibir la aprobación del gobierno, los cuatro exploradores se reunieron finalmente en Guayaquil en octubre de 1864 y prepararon su arriesgada aventura. Su intención era emular el viaje de Francisco de Orellana, atravesando Sudamérica desde la costa del Pacífico hasta la del Atlántico, a través de la cuenca del Amazonas.

La travesía comenzó el 11 de noviembre de 1864, cuando los cuatro españoles tomaron el vapor que unía Guayaquil con Babahoyo. Mientras recorrían las aguas del río Guayas tuvieron ocasión de ver multitud de monos y “enormes lagartos de hasta ocho varas de largo” –cocodrilos de seis metros–, llegando a matar y disecar algunos de ellos. Durante aquella primera parte del viaje, más tranquila, los científicos aprovecharon para visitar el volcán Sangay y las cimas de los nevados del Chimborazo y del Cotopaxi, y en diciembre de aquel año se reunieron de forma definitiva en Quito para acometer el trayecto final. Para aquel entonces, la cantidad de piezas y animales reunidos era tan grande que los viajeros necesitaron contratar a un enorme número de indios –hasta doscientos cargueros–, para que les ayudaran en el transporte. Mientras el cargamento marchaba lentamente, los cuatro aventureros aprovecharon para visitar otros enclaves de su interés, como el volcán Pichincha, “en cuyo interior se perdió Espada, quedando cuatro días sin comer, sufriendo aguaceros, nevadas y temblores de tierra”.

Cima del volcán Chimborazo, visitado por los exploradores españoles durante el ‘Gran Viaje’ | Crédito: Wikipedia.

El recorrido entre Quito y Baeza, atravesando peligrosas y frondosas selvas, tuvieron que realizarlo por parejas, pues no encontraron indios suficientes que les ayudasen en la travesía de una sola vez. Tras alcanzar la ciudad de Baeza, los cuatro científicos españoles iniciaron la marcha hacia el Este y abandonaron “los confines de la civilización”. De nuevo se vieron obligados a continuar viaje de dos en dos, ante la falta de ayuda india en número suficiente. Sin embargo, allí terminaban las similitudes. El viaje que tenían por delante era mucho más largo y mucho más peligroso que el realizado hasta el momento. A lo largo de jornadas interminables, aquellos intrépidos aventureros tuvieron que atravesar y vadear caudalosos ríos que amenazaban con llevárselos aguas abajo al menor despiste. Cuando los cuatro hubieron llegado a Archidona, pasaron allí un mes en compañía de los indios, antes de partir de nuevo e iniciar el recorrido por las aguas del río Napo. Su siguiente parada fue Aguano, donde iniciaron los preparativos para acometer el resto del viaje. Para ello decidieron construir dos grandes balsas para transportar sus numerosas pertenencias, así como a ellos mismos y a los treinta indios que debían acompañarles.

La travesía no continuó hasta el mes de julio, debido a los complicados preparativos, así que los expedicionarios aprovecharon el tiempo para realizar varias excursiones por la región, teniendo ocasión, por ejemplo, de conocer la región de los célebres jíbaros. Cuando finalmente zarparon el 17 de julio, les sorprendió un fortísimo aguacero que hundió una de las canoas en las que viajaban, y poco faltó para que los científicos perdieran allí mismo la vida. Tras el percance, continuaron su viaje por el río Napo “a bordo de dos balsas, cuatro canoas grandes y tres chicas”, siempre acompañados por un buen número de indios aguanos y loretos. Las dificultades no terminaron ahí: a la dificultad de conseguir alimentos, al fuerte calor y la insoportable humedad, los científicos tenían que soportar el ataque de voraces mosquitos, que les importunaban día y noche. El 24 de agosto los viajeros llegaron a la frontera de Perú y Brasil, a una hacienda llamada Tabatinga, donde tenían intención de embarcar en un vapor. La embarcación no llegaba hasta el 18 de septiembre, y los víveres eran muy escasos, por lo que los cuatro viajeros, a quienes los indios habían dejado ya, pasaron “más hambre allí que durante todo el viaje anterior”. Fue también allí donde Juan Isern comenzó a manifestar los síntomas de la dolencia que terminaría por llevarle a la tumba.

Aspecto de Marcos Jiménez de la Espada tras su peligrosa aventura por la cuenca del Amazonas.

Sin apenas recursos económicos, el 20 de septiembre de 1865 los cuatro comisionados embarcaron al fin en el vapor Icamiaba, pero en el pasaje de proa, la zona más humilde. Por suerte, dos caballeros brasileños se apiadaron de su situación y se hicieron cargo de sus gastos, consiguiendo que viajaran en primera clase. Fue allí donde se los encontró el naturalista Agassiz, que años después recogería por escrito el lamentable estado en el que los encontró.

El Icamiaba los dejó en la localidad de Manaos, donde debían tomar otro vapor, por el que tuvieron que esperar quince días. Como carecían de dinero, se vieron obligados a empeñar sus relojes y el oro recogido en el río Napo a un judío portugués para poder sobrevivir. La odisea de aquellos cuatro audaces exploradores terminó el 12 de octubre de 1865, después de que el vapor Belem les transportara hasta Gran-Pará. Un mes más tarde, y gracias a la ayuda de Antonio Piñeiro, vicecónsul de España, y Juan Blanco del Valle, ministro de España en Río de Janeiro, los cuatro científicos pudieron tomar un barco en Pernambuco que les llevaría a España, donde volvieron a reunirse en enero de 1866. Poco después de su regreso a nuestro país, y tras poder disfrutar de su familia apenas unos días, Juan Isern fallecía por culpa de la enfermedad contraída durante el “Gran Viaje”.

En total, la aventura se había prolongado durante más de tres años, tiempo en el que los expedicionarios españoles lograron reunir más de 80.000 ejemplares de plantas, animales, insectos, objetos arqueológicos y minerales. Un magnífico legado que, todavía hoy, forma parte de las colecciones de varios museos de nuestro país.

ANEXO
OTRAS EXPEDICIONES ESPAÑOLAS AL PACÍFICO
La Comisión Científica al Pacífico supuso la última gran aventura naval española del siglo XIX, y estuvo claramente influida por otros grandes logros obtenidos entre los siglos XVI y XVIII por exploradores españoles. Al descubrimiento en 1513 del llamado “Mar del Sur” por parte de Vasco Núñez de Balboa y sus hombres, le siguieron en años posteriores otras expediciones notables. En 1520, las naves comandadas por el portugués Fernando de Magallanes, al servicio de España, doblaban el estrecho que llevaría su nombre y penetraban en las aguas que bautizaron como Océano Pacífico. Tras alcanzar las Marianas y más tarde las islas Filipinas, Magallanes perdió la vida, y la flota se dividió en dos. Una de las naos, la Victoria, dirigida por Juan Sebastián Elcano, lograría doblar el cabo de Buena Esperanza y arribar a España en septiembre 1522, tres años después de su partida. Al histórico viaje anterior le siguieron otros, como el de García Jofre de Loaysa (1525-1526) –en el que perdió la vida Elcano–, y que resultó desastrosa, pues se perdieron la mayor parte de los barcos de la flota, o las expediciones de Álvaro de Saavedra y Hernando de Grijalva (1527-37), los viajes de Álvaro de Mendaña y, ya en el siglo XVIII, la célebre Expedición Malaspina (1789-1794), la mayor empresa científica española de su centuria.

ANEXO
EL DESTINO DE LOS EXPEDICIONARIOS
La dureza y peligrosidad de la aventura americana de la Comisión quedó patente con la muerte de dos de sus componentes, Fernando Amor y Mayor (1822-1863) y Juan Isern y Batlló (1825-1866), ambos fallecidos como consecuencia de enfermedades contraídas durante el viaje. Igualmente amargo fue el final de Rafael Castro Ordoñez, el dibujante y fotógrafo de la expedición. Tras regresar a España, Castro se suicidó en extrañas circunstancias disparándose un tiro en 1865. Del resto de los participantes, los más longevos fueron Manuel Almagro y Vega (fallecido en 1895), Marcos Jiménez de la Espada (1898) y Francisco de Paula Martínez (1908). De todos ellos, Jiménez de la Espada fue quien quedó más marcado por la experiencia, pues tras su regreso no sólo continuó sus estudios como naturalista, sino que despertó en él un interés por la historia y la antropología que se inició durante aquel inolvidable viaje.

El malogrado Fernando Amor y Mayor | Crédito: CSIC.

BIBLIOGRAFÍA:

-ALMAGRO, Manuel. Breve descripcion de los viajes hechos en América por la comision científica durante los años de 1862 á 1866. Ministerio de Fomento. Madrid, 1866.
-LÓPEZ-OCÓN, Leoncio. “La comisión científica del Pacífico: de la ciencia imperial a la ciencia federativa”. Bulletin fr. Études andines. 2003, 32: págs. 479-515.
-PUIG-SAMPER, Miguel Ángel. La Comisión Científica al Pacífico. Crónica de la organización de una expedición romántica. Sociedad Geográfica Española.

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La aventura del Endurance, a todo color

Posted on 10 marzo 2011 by Redacción

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Si os gustan las historias sobre los grandes aventureros y exploradores, seguro que conocéis la sobrecogedora experiencia de Ernest Shackleton y sus hombres a bordo del HMS Endurance. En agosto de 1914, Shackleton y su tripulación partieron de Londres con la intención de atravesar la Antártida, una odisea que se vería truncada cuando su barco, el Endurance, quedó atrapado entre los hielos cerca de Bahía Vahsel.

La increíble hazaña que protagonizaron aquellos aventureros, logrando sobrevivir contra todo pronóstico, es sin duda una historia fascinante, aunque hoy la traemos hasta aquí para compartir con vosotros las instantáneas tomadas por el fotógrafo de la expedición, Frank Hurley. Normalmente, los libros que recogen los pormenores de la expedición suelen reproducir imágenes en blanco y negro, aunque Hurley tomó algunas de ellas a color. En el blog How to be a retronaut han recopilado una veintena, y queríamos compartir con vosotros algunas de ellas.

El HMS Endurance, atrapado en el hielo, visto al amanecer.

Una vista del glaciar Nueva Fortuna, 1915.

John Vincent, uno de los tripulantes del Endurance, remendando una red.

Puesta de sol en South Georgia, Antártida.

Fuente: Shackleton’s Antarctica in colour, 1915 (How to be a retronaut)

Más información (en inglés) y fotografías sobre la aventura del Endurance, aquí. Además, la entrada de la wikipedia en castellano relata con bastante detalle los pormenores de la aventura.

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Viajeros por el conocimiento

Posted on 03 enero 2011 by Redacción

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Desde el pasado 10 de diciembre, y hasta el próximo 24 de abril de 2011, la Residencia de Estudiantes (Calle Pinar 23, Madrid) acoge en sus instalaciones una interesantísima exposición titulada Viajeros por el conocimiento, dedicada a una serie de conferencias que, entre 1924 y 1926, tuvieron lugar en la Residencia acerca de cuestiones vinculadas a los viajes y a las exploraciones geográficas o arqueológicas.

Expedición al monte Everest. Bajada de Bruce a través del serac al campamento II, Tíbet, 1922. © George Finch. Royal Geographical Society.

Tal y como explican en la propia web de la exposición, entre 1910 y 1936 la Residencia reunió a un nutrido y destacado número de ponentes de distintas nacionalidades y especialidades, con personajes tan destacados como Marie Curie, Albert Einstein, Le Corbusier o Alexander Calder. En el caso de la exposición actual, la muestra se centra en figuras relacionadas con la arqueología o la exploración geográfica como el prehistoriador alemán Hugo Obermaier, el egiptólogo británico Howard Carter –célebre por el hallazgo de la tumba de Tutankhamon–, el arqueólogo alemán Leo Frobenius o el militar y explorador británico Charles Granville Bruce, entre otros.

T. A. Joyce sobre las ruinas de la ciudad maya de Lubaantun, Belice, 1926.

Sin duda alguna, una muestra excepcional repleta de material sorprendente, con multitud de piezas y fotografías vinculadas a estos fascinantes personajes. Si vives en Madrid y tienes pensado hacer una visita a la capital, es una cita obligada para los amantes de la ciencia, los viajes y la historia. Nosotros ya hemos reservado un hueco en nuestra agenda. ;-)

Viajeros por el conocimiento
Residencia de Estudiantes (C/ Pinar 23, Madrid).
Fecha: 10 de diciembre 2010 – 24 de abril 2011.
Horario: De lunes a sábado de 11 a 20 horas. Domingos y festivos de 11 a 15 horas.
Visitas guiadas para grupos en el teléfono 91 563 64 11.

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La ciudad perdida de Z

Posted on 02 junio 2010 by Alberto de Frutos

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Río de Janeiro alberga en su Biblioteca Nacional un documento que podría mostrar el camino a la legendaria Ciudad Perdida. Su autor recreó un mundo fabuloso que, a partir de entonces, obsesionaría a los mayores aventureros de la historia. Entre ellos, a Percy H. Fawcett, un explorador cuya historia es digna de una de las películas de Indiana Jones

El 2 de octubre de 2009, decenas de miles de cariocas festejaron en las arenas blancas de Ipanema y Copacabana la última conquista del Gobierno Lula: la elección de Río de Janeiro como sede de los Juegos Olímpicos 2016. El júbilo fue incomparable: ni siquiera el desfile por el Sambódromo que todos los años festeja el regreso del rey Momo en el carnaval más concurrido y alegre del mundo pudo equipararse a ese regocijo, que tanto apenó a los madrileños, asiduos finalistas de esa votación.

Aunque, bien mirado, es posible que el explorador Percy H. Fawcett (1867-1925) rebasara tales cotas de entusiasmo cuando, en la biblioteca de Río de Janeiro, se topó con un extraño documento, que hoy puede consultarse en la sección de “Manuscritos”, serie “Obras Raras”. Diez páginas lo conforman, bajo el título Relação histórica de uma occulta e grande povoação antiquissima sem moradores, que se descobriu no anno de 1753. Catalogado por los responsables del centro con el asunto Cidades extintas y el número 512, el investigador puede consultarlo junto a la primera edición de Os Lusíadas o a la Bíblia de Mogúncia, impresa en 1642.

Primera página del ‘Manuscrito 512′. Crédito: Wikipedia.

Nos acercamos a las puertas de esa institución, considerada la mayor biblioteca de América Latina y situada muy cerca del Museo Nacional de Bellas Artes y de Cinelândia. A buen seguro, el viajero se sentirá atraído por los más de ocho millones de volúmenes que alberga el interior de esa madriguera de la bibliofilia; por su fachada de estilo neoclásico; o por sus columnas corintias, que nos saludan como mástiles de una bandera con el lienzo cuajado de letras en la extensísima Avenida de Río Branco.

ESPIONAJE Y AVENTURAS
“No carece de razón el antiguo dicho que reza: ‘Hay que ver Río antes de morir’. No conozco ningún otro lugar que pueda compararse a Río de Janeiro, y acaricio la esperanza de poder vivir allí algún día, si es que tengo tanta suerte”, dejó dicho Percy H. Fawcett. Un tipo curioso, como veremos a continuación.

Su fama fue tal, que Arthur Conan Doyle se inspiró en su figura a la hora de novelar El mundo perdido, y H. Rider Haggard recurrió a su encantadora personalidad para caracterizar a los exploradores de Las minas del rey Salomón. Lo que no todo el mundo sabe es que su eco traspasó tiempos y fronteras, y que los propios George Lucas y Steven Spielberg lo tomaron como modelo para la saga del arqueólogo Indiana Jones.

Miembro de la Royal Geographical Society de Londres, su misteriosa desaparición en la región del Mato Grosso en 1925 (¿víctima de los indios caníbales Murcegos?), puso fin a una intensa carrera de espionaje y aventuras, que se desarrolló a lo largo de varios decenios en el norte de África, Malta, Hong-Kong y Ceilán. Más tarde, nuestro hombre se concentraría en el trazado de una serie de mapas por Bolivia, Perú y Brasil, antes de quedar deslumbrado por un sueño romántico y visionario: el hallazgo de una ciudad perdida, a la que dio en llamar Z y que vinculó con la Atlántida: “La conexión entre la Atlántida y ciertas zonas de la actual Brasil no puede ser descartada categóricamente”, apuntó en Lost Trails, Lost Cities. A su juicio, esa relación vendría a aclarar muchos problemas irresolubles hasta entonces.

Fawcett realizando mediciones en la selva amazónica.

Pero Fawcett no hubiese pasado a la historia de no ser por su obsesiva búsqueda de una ciudad perdida. Y la inmortalidad de que goza en nuestros días (y se supone que para siempre) empezó a fraguarse tras la lectura del citado manuscrito de Río, digitalizado en la siguiente dirección de Internet.

Evidentemente, él no sería el primero ni el último en perder la sesera por la fuerza y la belleza de la palabra escrita; y, si no, que se lo digan al Quijote… Pero, ¿qué contiene ese documento, capaz de enloquecer a un hombre aparentemente en sus cabales?

Así nos describe el instante prodigioso de su hallazgo en A través de la selva amazónica (Ediciones B, 2003), unas memorias que su hijo Brian ordenó y publicó años después de la desaparición de su padre: “Quienes tengan inclinaciones románticas –y casi todos las tenemos, a mi juicio– verán los elementos de una historia tan fascinante, que no conozco ninguna comparable. Yo la descubrí en un antiguo documento que aún se conserva en Río de Janeiro, y, a la luz de las evidencias recabadas en diversas fuentes, creo al pie de la letra en esta información”.

LAS MINAS DE MURIBECA
Aquella leyenda describía las aventuras de Francisco Raposo, quien, en 1743, emprendió la búsqueda de las Minas Perdidas de Muribeca. Este Muribeca era hijo de un marino portugués y una nativa india; y, a lo largo de su vida, acumuló una inmensa cantidad de oro, plata y piedras preciosas, cuya localización mantendría en secreto su hijo Robério Dias. Enardecido por el relato que llegó a sus oídos, el nativo Francisco Raposo, residente en Minas Gerais, partió hacia el norte y luego al este, vagando durante diez años entre pantanos, montañas y bosques en busca de las minas, tal como otros habían hecho antes que él.

En compañía de un nutrido grupo de indios, Raposo divisó finalmente el oscuro objeto de su deseo. ¿O acaso la ciudad desierta y ruinosa que encontró, semejante a Cuzco y asediada por el vuelo de miles de murciélagos, era solo un mero aperitivo de lo que le aguardaba todavía? Tras sobrevivir una temporada de la recolección de arroz en las ciénagas y la caza de patos, el nativo y sus fieles reanudaron la marcha; y, a unos ochenta kilómetros de la ciudad, localizaron una cascada bajo la cual se ensanchaba un río que formaba varias lagunas pantanosas.

El coronel Fawcett junto a uno de los guías de la expedición. Crédito: LIFE.

“La investigación –prosigue Fawcett– reveló que los supuestos pozos de minas eran agujeros que el grupo no tenía forma de explorar, pero en las aberturas se halló cierta cantidad de rico mineral de plata. Aquí y allá se veían cuevas excavadas a mano en la roca, algunas de ellas selladas con grandes losas de piedra cubiertas de extraños grabados. Podía tratarse de las tumbas de los monarcas y los sumos sacerdotes de la ciudad. Los hombres intentaron retirar las losas de piedra, pero todo fue en vano”.

La fortuna les quemaba los dedos. Nunca aquellos hombres habían estado tan cerca de la gloria como hasta ese momento. Sin embargo, la prudencia, unida a la amenaza cierta de los indios, les inclinó a regresar a su punto de partida para avisar del hallazgo al virrey, Luiz Peregrino de Carvalho Menezes de Athayde, quien, sujeto a los pronunciamientos de la Iglesia, hizo caso omiso a la narración y se negó a enviar a sus hombres a la zona. “Ignoramos lo que pasó con Raposo y los suyos. ¿Volvieron a la ciudad? De ninguno de ellos se volvió a saber más”, apunta David Hatcher Childress en Lost cities & ancient mysteries of South America (Adventures Unlimited Press, 2001).

MUCHOS AÑOS DESPUÉS…
Cerca de dos siglos después, Fawcett quiso recoger el testigo de Raposo. Los tiempos habían cambiado, puesto que, a diferencia de aquella administración brasileña imbuida del “estrecho fanatismo de una Iglesia todopoderosa”, sus coetáneos se mostraban más abiertos a la idea de una antigua civilización; e incluso el Gobierno brasileño, presidido a la sazón por el jurisconsulto Epitácio Pessoa, no tardó en subvencionar una expedición a su mando. Él era el único que conocía el secreto: “Lo descubrí en la dura escuela de los viajes por la selva”, señaló.

Las aventuras de Fawcett y sus hombres –el boxeador australiano Butch Reilly, el joven Felipe…– se recogen en los capítulos finales de A través de la selva amazónica, llena de lamentos por lo inadecuado del equipamiento; pero también de esperanza (“¡puede que regresemos de la próxima expedición con una historia que estremecerá al mundo!”).

¿Y cuál era esa historia? Pues, ni más ni menos, que el descubrimiento de Z, una ciudad ignota e inexplorada, tal vez la entrada a Akakor (esa mítica y ancestral ciudad habitada por la tribu de los Ugha Mongulala y fijada para la posteridad por el historiador alemán Karl Brugger en la ya clásica Die Chronik von Akakor); o, por qué no, a la Atlántida, puesto que, como el propio Fawcett sostenía, “los once mil años transcurridos, según Platón, desde el hundimiento de la última isla de la Atlántida abarcarían las vidas de tan solo ciento diez centenarios. ¡Un testimonio presencial del desastre pudo transmitirse de padres a hijos hasta el presente con tan solo 184 repeticiones!”.

Percy no desbarraba. Era consciente de que un velo se tendía entre la Suramérica antigua y la época contemporánea, y también sabía que el hombre que se propusiera descorrerlo tendría que afrontar peligros y fatigas sin cuento. Su itinerario, que podemos reconstruir a partir de las notas que consignó antes de su desaparición, comenzaría en el campamento del Caballo Muerto, seguiría hasta el Xingú y se adentraría en la selva hasta un punto entre ese río y el Araguaia. Desde Santa María do Araguaia, los expedicionarios planeaban cruzar el Tocantins y proseguir por las montañas entre Bahía y Piauí, hasta el río San Francisco y la ciudad que Raposo explorara en 1753. Junto a su hijo, Jack, y su amigo Raleigh Rimell, el aventurero inició la búsqueda de Z, no por ansia de dinero o fama, sino para satisfacer una curiosidad indomable y demostrarse a sí mismo que era un caballero esforzado y valiente. Entre el infernal aleteo de una turba de moscas, registró sus últimos pensamientos: “No debes temer ningún fracaso”.

Tal vez el gran Percy H. Fawcett no fracasara, después de todo. Su misteriosa desaparición en el Mato Grosso pudo significar que, realmente, alcanzó su objetivo y que, tras tantas penurias, localizó la Ciudad Perdida de Z sobre la que un día leyera en la biblioteca de Río de Janeiro. Nunca lo sabremos. Es posible que Fawcett penara la ambición prometeica de soñar un sueño que no podía ser compartido con nadie, y que los nativos, tal vez caníbales de la tribu de los Murcegos, protegieran los secretos de la ciudad y lo liquidaran junto a sus compañeros de viaje. Así, como aquel Orfeo de Tracia que descendió a los infiernos para rescatar a Eurídice, Percy cayó fulminado por un rayo de Zeus…; pues quién sabe si la Ciudad Perdida que halló Francisco Raposo en 1753 era el mismísimo Infierno.

En fin, mientras el cuerpo del explorador no aparezca (y han sido muchas las batidas para encontrarlo), podremos seguir creyendo que sus restos descansan en Z, al recaudo de una misteriosa raza de criaturas que nadie ha visto jamás. De momento, el misterio continúa. La productora Paramount ha comprado los derechos del libro La Ciudad Perdida de Z, de David Grann, que dirigirá James Gray y protagonizará Brad Pitt en el papel del aventurero. Su estreno está previsto para 2012.

-Imágenes en alta resolución del ‘Manuscrito 512′ (Wikipedia)

El libro de Grann está disponible en castellano, en edición normal y de bolsillo:

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Tierra de aventureros

Posted on 01 octubre 2009 by Alberto de Frutos

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Tierra de Aventureros. Crédito: Istockphoto.

Ni la tierra ni el mar fueron obstáculo para que los españoles se lanzaran a ver mundo. El descubrimiento de América fue el gran hito de los viajes exploratorios que partieron de la Península, pero, en realidad, no hubo confín en el que nuestros aventureros no dejaran su huella.

Ya en el siglo IV se registra la existencia de Egeria, una religiosa de Galicia, probablemente emparentada con el emperador Teodosio I, que nos legó el primer libro de viajes de la Historia: Peregrinación a Tierra Santa, una recopilación de las cartas que escribió a las hermanas de su convento. Constantinopla, Jerusalén, Mesopotamia y Siria fueron algunas de las tierras que visitó esta monja, que, imbuida por su fe, leía in situ los pasajes de la Biblia referentes a los lugares sagrados que recorría. Gracias a ella, conocemos los ritos de la Iglesia cristiana en Jerusalén y la red de vías que empleaba el ejército romano en sus desplazamientos. Fue, pues, la primera viajera hispana, y también nuestra primera escritora. Y es que, de un modo u otro, los viajes están siempre ligados a la literatura: los primeros no existirían sin la memoria viva de la segunda.

VIAJEROS MEDIEVALES
La Edad Media fue también rica en grandes epopeyas y, así, no es de extrañar que el Libro del conocimiento, un manual geográfico y heráldico de fines del siglo XIV, fuera redactado por un personaje anónimo “nacido en el reinado de Castilla”. ¿Quién si no un castellano podría haber elaborado una síntesis del mundo conocido, adelantándose en más de un siglo al viaje colombino? Es cierto que las inexactitudes de este manual burlaron a más de un navegante confiado, pero el empeño de este anónimo viajero, que manejó la cartografía existente en la época, merece todavía nuestra atención.

Libro del conosçimiento de todos los regnos…

Portada del anónimo Libro del conosçimiento de todos los regnos… Crédito: Wikipedia.

Remontémonos ahora unos siglos atrás, a la Alta Edad Media, para estudiar uno de los fenómenos más fértiles para los viajes exploratorios: las relaciones internacionales. La diplomacia estuvo detrás de un viaje tan insólito como el de Al-Ghazal, que, nacido en Jaén en torno al año 770, fue al país de los vikingos. Poeta, científico, cabalista y embajador al servicio de Abderramán II, fue el primer hispanoárabe que viajó a Escandinavia, como nos recuerda la crónica del valenciano Ibn-Dihya (s. XII), en un siglo marcado por las atrevidas incursiones de saqueo vikingas en nuestras costas, como la que tuvo lugar en agosto de 844 frente a la costa de Gijón.

Al-Ghazal no fue, ni mucho menos, el único viajero medieval que recorrió mundo obedeciendo “órdenes de arriba”. Ibrahim B. Yaqub, nacido en Tortosa en el siglo X, visitó Alemania, Italia, Francia y los países eslavos, esta vez como diplomático de Abderramán III. En su periplo, llegó a entrevistarse en Roma con el papa Juan XII, quien le reclamó, por cierto, un olivo de una iglesia de Lorca cuyo fruto maduraba inmediatamente, y varias reliquias. Otro judío, Benjamín de Tudela, salió de España en el año 1160, llegó a Constantinopla e “inflamado de su amor a la Ley de Moisés, resolvió ir a visitar a sus hermanos del Oriente”. A lo largo de trece años, el navarro conoció la riqueza de Oriente y fue uno de los primeros que se hizo eco de la leyenda del Preste Juan, el legendario rey y sacerdote cristiano que amenazaba el imperio de Saladino. Visitó cerca de 200 ciudades de Europa y el Oriente medieval. Por su parte, Abu Hamid, “el Granadino”, geógrafo árabe nacido en la ciudad de la Alhambra en 1080, residió en Alejandría, El Cairo, Damasco, Bagdad, Mosul, La Meca y Abhar (Persia), un itinerario del que dejó constancia en Relación de viajes, obra en la que ofrece una vívida descripción de la actual Astrakan, ciudad al sur de Rusia en la que vivió veinte años y echó raíces.

Grabado de Dumouza (siglo XIX), representando a Benjamín de Tudela. Crédito: Wikipedia.

Grabado de Dumouza (siglo XIX), representando a Benjamín de Tudela. Crédito: Wikipedia.

Oriente era, por aquel entonces, la meta; y si hay un viajero que ejemplifique el anhelo de su encuentro es Ruy González de Clavijo, llamado el Marco Polo español. Su gesta se desarrolló a comienzos del siglo XV, cuando los embajadores de Enrique III de Castilla emprendieron un viaje a Samarcanda, la capital del conquistador turco-mogol Tamerlán. Literato, poeta y camarero real, este madrileño mantuvo, como jefe de la misión, un particular cuaderno de viaje en el que describió la basílica de Santa Sofía y las iglesias de Estambul, que a la sazón atesoraban reliquias como el brazo de San Juan Bautista, las barbas de Jesucristo y la punta de la lanza con que este fue herido por el soldado Longinos. El historiador J. García resume el impacto que causó a Clavijo la visión de especies tan insólitas… como la jirafa o el elefante: “Percibimos el estupor que hubo de ocasionar a los castellanos toparse con extraños animales como la jirafa, denominada jornusa, y retratada por Clavijo con pezuñas de buey, cuerpo equino, el pescueço muy luengo y testa de ciervo, o el elefante, animal grande de cuerpo, que podían ser cuatro o cinco toros grandes”. Durante dos meses y medio, los embajadores de Enrique III permanecieron en Samarcanda, y fueron agasajados por Tamerlán.

Dos años antes de la muerte de Clavijo, vino al mundo Pero Tafur (1410-1487), quien, al servicio de Juan II, recorrió las costas de Marruecos y, desde Italia, se dirigió a Tierra Santa, Egipto, Chipre, Rodas y Constantinopla. Andanças e viajes de Pero Tafur por diversas partes del mundo avidos resume la peripecia de este caballero cordobés a lo largo y ancho de tres continentes. De Jerusalén escribe, por ejemplo: “El monte de Sión es un monasterio al un canto de la cibdad en la mayor altura, e allí están muchos lugares donde Nuestro Señor fizo muchas maravillas (…) Otro día fuemos a missa al Santo Sepulcro, el cual no se abre sino de año en año, e allí nos recibieron por cuenta por el escrito que nos dieron en Jafa”. ¡Qué no verían los asombrados ojos de este viajero que pretendió así “conseguir provechos cercanos a lo que proeza requiere!”

DESTINO: ARABIA
La Meca fue otro de los destinos más codiciados por nuestros viajeros. El explorador, etnógrafo, cartógrafo, astrónomo, dramaturgo y, por encima de todo, espía, Alí Bey realizó entre 1803 y 1808 un viaje que lo llevó a conocer todo el norte de África y parte del Oriente musulmán. Su verdadero nombre era Domingo Badía, nació en Barcelona, y fue el primer cristiano europeo que dejó constancia escrita de su estancia en La Meca. Según la profesora Y. Aixelá, “su secreta doble personalidad de cristiano-musulmán le persiguió y angustió hasta su muerte”. Al servicio de Godoy y más tarde de José Bonaparte, este gran ilustrado se sometió a una circuncisión, y convenció a los jefes políticos árabes de su origen islámico.

Retrato de Domingo Badía, disfrazado como Alí Bey. Crédito: Wikipedia.

Retrato de Domingo Badía, disfrazado como Alí Bey. Crédito: Wikipedia.

La peregrinación a la capital religiosa del mundo musulmán ha inspirado una exquisita literatura de viajes. Ibn Yubayr constituye un ejemplo señero. Nació en Valencia en 1145 y falleció en Alejandría en 1217. Secretario del valí de Granada, llegó a Tarifa a través de Ceuta, y pasó por El Cairo, Qus, Aydab y Yedda, sorteando a los cruzados que interceptaban la ruta a La Meca por tierra. Sus Memorias de viaje o Rihla –término arábigo que alude precisamente al relato de viaje– fueron traducidas a numerosas lenguas, y gracias a ellas sabemos, por ejemplo, que en el Próximo Oriente “el viento del Este sopla durante las estaciones de primavera y otoño. Por tanto sólo se puede viajar en esas épocas y los comerciantes llegan a Acre con sus mercancías en uno de los dos períodos”.

EN EL CORAZÓN DE ÁFRICA
Muy pocos conocen la estrecha relación que, desde tiempos remotos, y no solo por motivos geográficos, ha mantenido España con África. Tras la conquista de Granada, muchos musulmanes partieron al exilio. Uno de ellos fue Hasan al-Wazzan, llamado León el Africano, y que hoy es más conocido por la novela homónima de Amin Maalouf. Tras la partida de su familia, el pequeño Hasan se instaló en Fez, recibió una esmerada educación y, capturado por piratas cristianos o sicilianos, llegó a Roma, donde fue bautizado por el papa León X, y escribió una Descripción de África, que resulta indispensable para profundizar en la realidad de ese continente. Antes de morir (en Túnez, en el año 1552), abjuró del cristianismo, y abrazó de nuevo la fe islámica.

Posible retrato de León el Africano, retratado por el pintor Sebastian del Piombo. Crédito: Wikipedia.

Posible retrato de León el Africano, retratado por el pintor Sebastiano del Piombo. Crédito: Wikipedia.

Por aquella época también surgió la inmensa figura de otro granadino, Luis Mármol y Carvajal, quizá el más brillante historiador de la sublevación morisca de las Alpujarras. Fue hecho prisionero por los turcos cuando participaba en la campaña de Carlos V contra Argel, y durante su cautiverio, que se prolongó durante más de siete años, recorrió el Sáhara, el norte de África y el África subsahariana hasta Etiopía. El conocimiento de aquellas tierras y de sus lenguas le llevó a escribir una Descripción General de África, sus guerras y vicisitudes, desde la fundación del mahometismo hasta el año 1571, otro clásico, como el de León el Africano, sobre el continente negro.

Hubo otros personajes atraídos por África, como Manuel Iradier (explorador del golfo de Guinea), el jesuita Pedro Páez, Emilio Bonelli (conquistador del Sáhara español), Juan Víctor Abargüés, que se adentró en Etiopía; o Joaquín Gatell y José María de Murga, que, disfrazados, recorrieron Marruecos en la década de 1860. Este último fue conocido como “el moro vizcaíno”, y se hizo un nombre como curandero en los zocos del país magrebí.

Pero, para muchos, África fue, y sigue siendo, la tierra de la riqueza oculta. Tombuctú, al norte de la actual república de Malí, representó durante mucho tiempo el sueño de todos los aventureros. En 1591, una expedición al servicio del sultán de Marruecos, Al Mansur, cruzó el Sáhara en busca del oro de Sudán y conquistó Tombuctú. Yuder Pachá, un morisco nacido en Cueva de Vera (Almería) y caíd de Marraquech, pudo conocer el supuesto esplendor de esa ciudad que, en el primer cuarto del siglo XIV, se había dotado de inimaginables mezquitas y palacios, cuando su rey, Kankan Mussa, la convirtió en privilegiada ciudad de paso para los peregrinos de La Meca.

Otra expedición, entre 1879 y 1880, comandada por el geólogo alemán Oscar Lenz, contó entre sus filas con el español Cristóbal Benítez, que dominaba el árabe y la lengua bereber chelja. Su ingenio y habilidad para salir de las situaciones más comprometidas aparecen recogida en el libro Mi viaje por el interior de África, el que relata su odisea por el imperio de Marruecos, el desierto del Sáhara, así como por Sudán y Senegal: “¡Recorrer el desierto de Sáhara! Esta idea me atraía como el imán atrae al acero, y hubiera renunciado a cuantas ventajas me ofreció dicho doctor –se refiere a Lenz– por el solo placer de ir en su compaña y ser el primer español que iba a cruzar comarcas desconocidas de los europeos”.

LA RUSIA DESCONOCIDA
Abud Hamid, “el Granadino”, fue solo el primero de una larga serie de españoles a los que acogió el país más grande del mundo. Un libro, Viajeros españoles en Rusia, recoge hasta 150 casos de compatriotas que se instalaron allí o fueron al menos de paso.

Entre ellos, se encuentra el almirante Josep de Ribas, nacido en Nápoles en el seno de una noble familia catalana. Contaba veinte años de edad cuando se alistó en la marina rusa que surcaba las aguas del Mediterráneo, y participó en numerosas batallas contra los turcos, como las que condujeron a su victoria en el mar del Norte en los años 1787 y 1791. Según los rumores, la zarina Catalina II fue su amante, pero, para la posteridad, Ribas fue el fundador de la ciudad de Odessa –una calle lleva allí su nombre– y es probable que participara en el complot para acabar con la vida del sucesor de Catalina, Pedro I.

Retrato de Josep de Ribas. Crédito: Wikipedia.

Retrato de Josep de Ribas. Crédito: Wikipedia.

Otros grandes aventureros que triunfaron en Rusia fueron Juan Van Halen, marino y militar nacido en Isla de León (Cádiz) en 1788, y que fue mayor de un regimiento de Dragones en el Cáucaso, bajo el mando del general Yermilov; o José Antonio Saravia, un estudiante extremeño que en 1843 fue nombrado nada menos que General de los ejércitos del zar, tras varias campañas contra los turcos en las que mostró su arrojo.

ODISEA EN EL PACÍFICO
“La huella histórica de España en el Pacífico no es tenue y su pasado debemos rescatarlo para el patrimonio común”, sostiene el ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, en el prólogo a un catálogo sobre las expediciones españolas en el Pacífico Sur entre los siglos XVI y XVIII.

Vasco Núñez de Balboa “descubrió” el Mar del Sur, más tarde llamado océano Pacífico, un 25 de septiembre de 1513. Tras la primera vuelta al mundo de Magallanes y Elcano, una nueva flota, al mando de García Jofre de Loaysa y el mismo Elcano, partió de La Coruña el 24 de julio de 1525. Estaba compuesta por siete barcos y 450 hombres iban a bordo. Resultó un completo desastre, pues en el transcurso del viaje murieron el capitán y su segundo. No obstante, una de las carabelas que formaba parte de la expedición, la San Lesmes, se extravió en el Pacífico y pudo llegar a Nueva Zelanda y la costa sur de Australia, donde es posible que naufragara en las costas de Warnambool, en el Estado de Victoria.

Fuera como fuera, se atribuye a Álvaro de Mendaña, descubridor de las islas Salomón y las Marquesas, el primer viaje en busca de la Terra Australis, ese gran continente que, según los mapas del siglo XVI, estaba separado de América por un estrecho y abarcaba desde Nueva Guinea a la Tierra del Fuego. Mendaña partió al mando de una flota de dos naves y 170 hombres y descubrió las Salomón, pero tuvo que regresar sin alcanzar todos sus objetivos. Desde el puerto de Callao (México), lanzó una segunda expedición, compuesta por cuatro naves y 378 personas, en la que murió la mayor parte de la tripulación, incluido el propio Mendaña.

Álvaro de Mendaña buscó la mítica Terra Australis, representada en este mapamundi de Ortelius. Crédito: Wikipedia.

Álvaro de Mendaña buscó la mítica Terra Australis, representada en este mapamundi de Ortelius. Crédito: Wikipedia.

Uno de los supervivientes fue el piloto portugués Pedro Fernández de Quirós, quien, al servicio de la Corona española, armó otra flota que partió, una vez más, desde el puerto del Callao con 300 hombres. Quirós bautizó la nueva tierra descubierta como Australia del Espíritu Santo, y a su llegada a España fue recibido como un nuevo Colón. El profesor australiano Richard White recuerda que “si se hubiera atenido a la ruta planeada, Quirós habría descubierto Nueva Zelanda. Pero lo que descubrió fueron los grupos de islas de Duff y Banks, para luego llegar a Vanuatu, tierra que encontró deliciosa, saludable y fértil. En su entusiasmo la llamó Australia del Espíritu Santo, y propuso fundar una colonia con el nombre de Nova Jerusalén en un río al que llamó Jordán”.

Además, España mantuvo contactos y relaciones más o menos intensas con China, Japón, Annam, Camboya, Siam, Indonesia y Malasia. Entre los episodios más sorprendentes de nuestra presencia en Asia, aparece con letras de oro una expedición a la Cochinchina (1858-1863) liderada por el coronel Palanca, y fruto de la alianza de los gobiernos de la época, los de O’Donnell y su predecesor Javier Isturiz, con Napoleón III.

UN MARINO ILUSTRADO
Finalmente, debemos recordar que muchas de las grandes aventuras corrieron parejas a la revolución científica de la Ilustración. Entre ellas sobresale la que llevó a cabo Alejandro Malaspina, un marino de origen italiano que, durante cinco años y dos meses, entre 1789 y 1794, recorrió todo el mundo, y catalogó hasta catorce mil especies botánicas, estudió quinientas de naturaleza zoológica, trazó unas setenta cartas náuticas y realizó novecientas ilustraciones… Como suele suceder con los grandes avanzados a su tiempo, su tarea no fue comprendida por sus coetáneos, y en abril de 1796 fue condenado a diez años de prisión y encarcelado en el castillo de San Antón (La Coruña), por intrigas políticas que arrojaron un manto de olvido sobre su obra.

ANEXO 1
¡TIERRA A LA VISTA!
Muchos años después de que la monja Egeria siguiera el rastro de Jesús por Tierra Santa, otra religiosa, Catalina de Erauso, partió rumbo a América, y no precisamente para evangelizar a los indios. Tras una pelea con otra hermana, se fugó de su reclusión, se escondió en un bosque, arrojó el hábito “por no saber qué hacer con él”, se cortó el pelo y se vistió de hombre. De esta guisa, embarcó a América el Lunes Santo de 1603, y en sus aventuras no faltaron los duelos, las trifulcas por deudas de juego, los líos de faldas ni las hazañas bélicas. La monja alférez, que así es como la conoció la posteridad, redactó unas suculentas memorias en las que los hechos de armas dejan a veces paso a la fantasía y la exageración.

Sin duda, la conquista de América saturó de nombres propios el pasado aventurero español. Baste aquí una somera lista: Juan Ponce de León exploró la Florida y buscó en ella la fuente de la eterna juventud; Pedro Valdivia exploró Chile; Juan de la Cosa recorrió el litoral de Venezuela, y Juan Díaz de Solís, el Río de la Plata; Hernán Cortés, México; Pizarro, Perú; Diego de Ordaz descubrió el Orinoco; Francisco de Orellana, el Amazonas; Marcos de Niza y Vázquez de Coronado buscaron las Siete Ciudades de Cíbola; Hernando de Soto avistó y cruzó el Mississippi; Francisco de Ulloa descubrió la costa occidental de México; y la huella de Bernardo de Gálvez puede rastrearse en cualquier rincón de la Luisiana, de la que fue gobernador…

¿Hay quien dé más?

ANEXO 2
MUJERES AVENTURERAS (por Javier García Blanco)
Víctimas de una Historia escrita mayoritariamente en género masculino, sus nombres no suelen aparecer en los libros de texto y en raras ocasiones suele hablarse de ellas en las aulas universitarias. Sin embargo, multitud de españolas intrépidas, como las ya citadas Egeria o la monja alferez, destacaron por su audacia en un mundo que estaba reservado a los hombres. Algunas se “limitaron” a acompañar a sus maridos hasta los lugares más exóticos y peligrosos, pero otras participaron activamente en la conquista, luchando codo con codo junto a los hombres, empuñando espadas y enfrentándose al enemigo. En la peligrosa “aventura” que supuso el descubrimiento y posterior conquista de los territorios americanos, sobresalen los nombres de varias mujeres de fuerte carácter y gran valentía.

La aventurera española Inés de Suarez.

La aventurera española Inés de Suarez.

Uno de ellos es el de la extremeña Inés de Suárez (1507-1580). Poco después de contraer matrimonio, su marido decidió embarcarse con rumbo a Venezuela, en busca de fortuna. Algún tiempo después, cansada de estar sola y de esperar inútilmente un retorno que nunca se producía, Inés tomó la determinación de seguir los pasos de su esposo. Tras una dura travesía alcanzó Venezuela, aunque el país le recibió con una decepción: su esposo se había trasladado a Perú. Inés se puso de nuevo en marcha y, al llegar a Cuzco descubrió que su marido había fallecido. En lugar de regresar a España, Inés decidió permanecer en suelo americano, uniéndose a la expedición de Pedro de Valdivia que pretendía conquistar Chile. En ese momento su vida se convirtió en una sucesión de aventuras, con largos viajes, luchas contra los mapuches (al parecer mató ella misma a siete caciques indios para salvar a 50 hombres), y un sinfín de riesgos y obstáculos que superó sin desfallecer, hasta convertirse en gobernadora de Chile tras casarse con el capitán Rodrigo de Quiroga.

No menos apasionantes resultan los pormenores de la vida de Isabel de Barreto, una pontevedresa de buena familia que se casó con el ya citado Álvaro de Mendaña. Isabel viajó a Perú para acompañar a su esposo y, una vez allí, en 1595 quiso participar en la segunda de sus expediciones, en dirección a las islas Salomón. A pesar de la presencia de su marido (más ocupado en cálculos cartográficos), y de su enfrentamiento con el capitán Pedro Fernández de Quirós, Isabel se impuso pronto como líder del navío. Un liderazgo que se hizo aún más efectivo tras la muerte de su esposo, quien antes de morir le había dejado al mando, siendo recordada hoy como “primera almiranta”. Con Barreto al frente, el navío puso rumbo a Manila. A pesar de la dureza del viaje, que causó la muerte a numerosos tripulantes y que no estuvo exento de intentos de motín, finalmente alcanzaron su destino –no sin antes descubrir diversas islas–, donde Isabel fue recibida como una heroína. Aún tuvo ocasión de aumentar su leyenda, pues volvió a casarse, esta vez con un marino gallego, y se embarcó otra vez en busca de nuevas aventuras.

Igualmente memorable fue la vida de Beatriz Bermúdez de Velasco (esposa del conquistador Francisco de Olmos), quien sacó a los colores a numerosos soldados españoles que, en 1521, pretendían huir tras un ataque de los mexicanos. Avergonzada por el comportamiento de sus compatriotas, Beatriz no dudó en recriminarles: “¡Vergüenza, vergüenza, españoles, empacho, empacho! ¿Qué es esto que vengáis huyendo de una gente tan vil, á quien tantas veces habéis vencido? Volved, volved á ayudar y socorrer á vuestros compañeros que quedan peleando, haciendo lo que deben; y si no, por Dios os prometo de no dexar pasar á hombre de vosotros que no le mate; que los que de tan ruin gente vienen huyendo, merescen que mueran a manos de una flaca mujer como yo.” Aquellas palabras surtieron efecto, y aquellos que unos segundos antes corrían por su vida, dieron media vuelta y lograron reducir a los atacantes.

Retrato de Juana Ponce de León y Smith, a los 17 años de edad. Autor desconocido. Crédito: Wikipedia.

Retrato de Juana María de los Dolores de León y Smith, a los 17 años de edad. Autor desconocido. Crédito: Wikipedia.

Ya en época decimonónica, otras españolas volvieron a sobresalir por su audacia y valor. Es el caso de Juana María de los Dolores de León, una joven extremeña de buena familia que, durante la Guerra de la Independencia y siendo solo una niña, se enamoró de un oficial británico, Harry Smith. Con sólo 16 años, Juana María se casó con Smith, y no dudó en acompañarle a través de distintos campos de batalla. En medio de un horror de sangre y muerte, Juana María atravesó toda España, y en Francia estuvo junto a su esposo en la batalla de Waterloo. En los años siguientes vivió en Londres, París, Bruselas y otras localidades europeas, hasta que Harry fue trasladado a Jamaica. Allí soportaron condiciones terribles, pero finalmente su esposo logró un destino mejor, y en 1828 llegaban a Ciudad del Cabo, en la actual Sudáfrica.

Allí Harry debía combatir contra las tribus nativas, pero a pesar del clima, las enfermedades y los peligros, Juana María vivió los mejores momentos de su vida. En 1840 un “paréntesis” los alejó durante 7 años de su amada África, para viajar a la no menos exótica India. En 1847 regresaron a El Cabo, esta vez con Harry convertido en gobernador de la colonia. En todo este tiempo de permanencia en África, Juana María –descendiente del conquistador Juan Ponce de León– demostró ser una excelente amazona, que no dudó en atravesar en ocasiones más de 1.000 kilómetros de zonas áridas y peligrosas para unirse a su marido. Hoy todavía perdura en aquellas tierras el recuerdo de aquella mujer excepcional, pues una ciudad lleva su nombre (Ladysmith) y un museo mantiene viva su memoria.

BIBLIOGRAFÍA:

-GONZÁLEZ CAMPO, Mariano. Al-Ghazal y la embajada hispano-musulmana a los vikingos en el siglo IX. Miraguano Ediciones, Madrid, 2002.

-GONZÁLEZ DE CLAVIJO, R. Embajada a Tamorlán. Castalia, 2004.

-MAURA, Juan Francisco. Españolas de ultramar en la historia y en la literatura. Ed. Universitat de Valencia, 2005.

-MORATÓ, Cristina. Viajeras intrépidas y aventureras. Ed. Plaza & Janés. Barcelona, 2001.

-SANZ GUITIÁN, P. Viajeros españoles en Rusia. Compañía Literaria, Madrid, 1995.

-VEGA, Carlos B. Conquistadoras: mujeres heroicas de la conquista de América. Ed. Jefferson / McFarland, 2003.

-Andanças e viajes de Pero Tafur por diversas partes del mundo avidos. Edición digital de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

-Expediciones españolas en el Pacífico Sur del siglo XVI al XVIII. Catálogo publicado por SEACEX, Blanco Mellén, F. (coord.), Madrid, 2006.

-Web Sociedad Geográfica Española.

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