La mañana del domingo 29 de abril de 1780 había amanecido fría y desapacible en Morristown (Nueva Jersey), cerca de la sede del cuartel general de las tropas comandadas por George Washington. Desde muy temprano, la actividad en el campamento había sido notable, especialmente entre los oficiales, quienes habían recibido órdenes precisas del general para que vistieran sus mejores galas y asistieran al solemne funeral de un distinguido caballero fallecido el día anterior.
Vista actual de la mansión Ford, alojamiento de George Washington durante su estancia en Morristown.
La procesión fúnebre, acompañada por disparos de salvas, partió con solemnidad de la mansión del coronel Jacob Ford, donde se había velado el cadáver, y se prolongó durante algo más de un kilómetro, hasta alcanzar la iglesia protestante de Morristown. En el templo se habían congregado varios generales y otros oficiales de alto rango, algunos miembros del Congreso Continental y un representante francés, así como varias personalidades de la localidad. La ceremonia, presidida por un George Washington visiblemente emocionado, tuvo todas las características del entierro de un héroe de la patria, con todos los honores militares, y el futuro presidente dijo de él: “… En este país se le quería universalmente, y del mismo modo será lamentada su muerte”.
Sin embargo, aquel distinguido caballero, ataviado con un rico traje y engalanado con oro y diamantes, que recibió sepultura rodeado de las más altas dignidades, no era un alto mando del ejército rebelde, ni tampoco un destacado político de las colonias insurgentes, sino un adinerado comerciante español llamado Juan de Miralles.
¿Cómo había terminado sus días aquel súbdito de la Corona española en las lejanas tierras de América del norte? Y, lo que es más importante, ¿cuáles eran los méritos que le habían granjeado la sincera amistad de George Washington y le habían hecho merecedor de un funeral con honores de estado?
DE ALICANTE A LA HABANA
Para responder a estas preguntas hay que remontarse 67 años atrás, hasta el 23 de julio de 1713, fecha en la que Juan de Miralles había llegado al mundo en la localidad alicantina de Petrer. Nacido en el seno de una familia de origen galo, era hijo de Gracia Trayllon y Juan de Miralles (o Mirailles) Tisner, un capitán de infantería francés que había defendido la causa borbónica durante la Guerra de Sucesión, a favor de Felipe de Anjou. Parece ser que, tras licenciarse, el padre de nuestro protagonista decidió establecerse como comerciante en la localidad alicantina, un destino con notable presencia de franceses procedentes del Bearn, lugar de origen de la familia.
Los primeros años del pequeño Miralles están repletos de incógnitas y únicamente sabemos que en 1728 –con quince años–, viaja con toda la familia a Francia, donde su padre se hará cargo de la casa familiar. Los Miralles permanecen allí durante cinco años y después regresan de nuevo a España, aunque el vacío histórico sobre el joven y sus familiares es casi total, sin que hasta la fecha se hayan encontrado referencias suyas entre la lista de comerciantes registrados en los puertos de Alicante o Cádiz.
Mapa de La Habana y alrededores en las fechas en las que vivió allí Juan de Miralles. Crédito: Instituto Cartográfico de Cataluña.
A partir de 1740 las cosas cambian, y las referencias y documentación sobre Juan de Miralles comienzan a ser abundantes. En esa fecha, y ya con 27 años, el joven alicantino ha cambiado los puertos españoles por el de La Habana, llevando consigo una pequeña –pero no despreciable– fortuna de 8.500 pesos. Una cantidad que, probablemente, procedía de actividades comerciales, a pesar de la extraña circunstancia de que ni el joven ni su familia aparezcan registrados en la documentación portuaria española. Este misterioso detalle ha llevado a pensar a autores como Vicent Ribes –profesor de la Universidad de Valencia y uno de los mayores especialistas en el personaje– que el joven había atesorado dicha cantidad gracias al comercio de esclavos. Una hipótesis nada descabellada, en especial por los derroteros que tomará su “actividad comercial” años más tarde.
En cualquier caso, de lo que no hay duda es que poco después de su llegada a la capital cubana Miralles comenzó a desarrollar sus negocios, exportando mercancías como azúcar o tabaco en dirección a Cádiz, al tiempo que actuaba como representante de empresas británicas establecidas en San Agustín de la Florida o Jamaica. Cuatro años después, en 1744, su prestigio y su posición económica habían aumentado lo suficiente como para solicitar la mano de María Josefa Eligio de la Puente, perteneciente a una de las más importantes y acomodadas familias cubanas, con intereses e influencias en la isla y en las Floridas.
Tras contraer matrimonio, y gracias a los contactos granjeados a través de su familia política, Miralles amplió aún más sus negocios, que incluían la compra-venta de navíos, el tráfico de esclavos, la adquisición de propiedades y la exportación de todo tipo de productos, tanto a la metrópoli como a los puertos de las Trece Colonias, muchas veces actuando como un auténtico contrabandista.
Lejos de interrumpirse o disminuir, su actividad comercial siguió aumentando durante el breve periodo de ocupación británica de La Habana (1762-63), época en la que se produjo un episodio que anunciaba su futura actividad en las colonias americanas (ver anexo).
En los años siguientes, su nombre apareció vinculado de forma especial con el “comercio de negros”. En 1765 es citado como uno de los solicitantes del asiento de esclavos, una petición que se repitió en 1773 y 1776. En esta última fecha, el comerciante habanero no dudó en ofrecer a la Corona española un pago de 200.000 pesos anuales a cambio de disfrutar del monopolio del tráfico de seres humanos en Cuba. Una cifra desorbitada que indica las grandes esperanzas de negocio que tenía Miralles al respecto. Su petición fue rechazada, pero de lo que no hay duda es de la vinculación del alicantino con esta actividad, como demuestra el hecho de que desde 1766 hubiera sido uno de los accionistas de la importante Compañía Gaditana de Negros. De hecho, y en palabras del historiador Vicent Ribes, “Miralles fue la pieza clave en el comercio negrero hispánico durante los años 60 y 70 del siglo XVIII, y su nombre aparece asociado al de cualquier empresa negrera de mayor o menor envergadura, actuando por sí mismo o a través de prestanombres de la ciudad de Alicante”.
COMERCIANTE, ESPÍA y DIPLOMÁTICO
Tras el estallido en 1776 de la rebelión de las trece colonias americanas contra Inglaterra, España decidió –después de las iniciales dudas sobre si debía permanecer neutral o ayudar a los rebeldes– limitarse a recoger información sobre el devenir de los acontecimientos, y de forma especial sobre las intenciones de Inglaterra respecto a las posesiones españolas.
Ese mismo año, el ministro de Indias, Don José de Gálvez, transmitía al capitán general de Cuba una orden llegada desde la metrópoli para que enviase a territorios británicos a personas de confianza que recopilaran información. Un año más tarde, en noviembre de 1777, el gobernador de La Habana, D. Diego José Navarro, se comunicaba con Gálvez para informarle de la elección de D. Juan de Miralles, “vecino de esta ciudad, de crédito, vienes y familia conocida (…) y que posee los idiomas francés e inglés con propiedad, el qual podía destinarse a el paraje del Congreso”.
Carta secreta dirigida por D. Diego José Navarro al ministro de Indias José de Gálvez, informándole de la elección de Miralles y Eligio de la Puente como espías. Crédito: PARES.
La elección de Miralles no es caprichosa. A su dominio de varios idiomas hay que sumar su fácil cobertura como comerciante, y en especial sus numerosos contactos en puertos de todo el Caribe y en los territorios británicos del continente. Además, claro está, de su experiencia anterior en servicios semejantes a la Corona, como el realizado ante la ocupación inglesa de La Habana (ver anexo).
Junto a Miralles son designados también como “informadores” Juan José Eligio de la Puente (familiar de la esposa del alicantino), destinado a la Florida; el también comerciante Luciano de Herrera (enviado a Jamaica) y el coronel Antonio Raffelin, que debía cumplir su labor en Haití. Sin embargo, la misión más importante de todas recayó en Miralles. Bajo la tapadera de comerciante, debía estar al tanto de todo lo que sucediese en el continente, vigilando los movimientos de las tropas realistas y sus intenciones ante los intereses españoles, y además debería contactar con los líderes insurgentes para valorar la posibilidad de actuar de forma conjunta –a su debido tiempo–, contra los ingleses. Todo ello con la mayor precaución y desde la clandestinidad, pues España no deseaba, por el momento, romper su neutralidad con Inglaterra.
Con las órdenes ya recibidas, y tras redactar su testamento, Miralles zarpó el 31 de diciembre de 1777 del puerto de La Habana, a bordo del navío Nuestra Señora del Carmen. Su misión inmediata era llegar a Charleston, pero para no despertar sospechas ante los británicos urdió un ingenioso plan. Oficialmente su destino era Cádiz, a donde llevaba mercancías cubanas, pero con la excusa de una arribada forzosa a causa de una avería, el capitán del navío –siguiendo instrucciones precisas de Miralles– se vio “obligado” a atracar en Charleston, a donde llegó el 9 de enero. Apenas unos días después, el 21 de enero, se producía el nombramiento de Miralles como Comisionado Real de España ante el Congreso Continental. Su nuevo cargo, sin embargo, tenía un carácter extraoficial, pues debía evitar a toda costa levantar sospechas entre los ingleses. Como ayuda para lograr su delicada misión, el petrense recibió una “dieta” de 39.000 pesos, cantidad que utilizaría para mantener adecuadamente su tapadera de comerciante y, si era necesario, realizar sobornos a cambio de información.
Antes de partir a finales de mayo con dirección a Filadelfia, donde estaba el Congreso, Miralles fue cimentando sus primeros contactos. Así, se reunión con Edward Rutledge, Patrick Henry y Abner Nash, gobernadores de Carolina del Sur, Virginia y Carolina del Norte respectivamente.
Cuando al fin se estableció en Filadelfia no tardó en entablar relaciones con los comerciantes Oliver Pollock y Robert Morris, afianzando así su imagen de hombre de negocios que buscaba enriquecerse en medio del provechoso escenario bélico. De este modo no tardó en asociarse con Morris, creando una compañía que realizaba intercambios comerciales entre Filadelfia y La Habana, una ruta que se sumaba a la que ya había iniciado poco antes desde Charleston. Miralles consiguió así cumplir sus objetivos con la Corona –a la que informaba puntualmente a través de comunicados que ocultaba en sus navíos– y al mismo tiempo siguió engordando sus arcas gracias a un provechoso intercambio comercial.
Pintura representando la Declaración de Independencia de las Trece Colonias. Tras el estallido de la rebelión, España comenzó a jugar sus cartas para mantener sus intereses en la región.
En agosto de aquel año llegó a la ciudad Conrad Alexander Gérard, primer embajador francés en territorio americano. Nuestro protagonista no tardó en entablar amistad con él, lo que le facilitó el acceso a los círculos más cerrados de la política de las colonias. Fue así como en la Navidad de 1778, Miralles pudo entrar en contacto con los personajes más destacados de la futura nación. En esas mismas fechas se produjo también la llegada de Washington a la ciudad, y Miralles aprovechó la circunstancia para ofrecer una fiesta en su honor el 31 de diciembre. A la cena asistieron, además del matrimonio Washington, otras personalidades como Lafayette, Johann von Robaii o Friedrich Wilhelm, así como numerosos miembros de la alta sociedad local. La celebración fue todo un éxito, tal y como reflejó la prensa de Filadelfia, y pronto las cenas ofrecidas por Miralles, a las que asistían habitualmente Washington y su esposa, se convirtieron en algo habitual.
Fue en esos primeros contactos donde se forjó la amistad entre Miralles y George Washington. El español se había presentado ante el general americano con una carta de presentación redactada por Diego José Navarro, en la que se alababan sus cualidades, y pronto surgió una relación de admiración y respeto mutuos. En el caso del español, la relación con Washington supuso un impulso a su entusiasmo por la causa independentista, que llegó a abrazar casi como propia. El efecto causado por el general en Miralles fue muy positivo, hasta el punto de que en sus informes a La Habana se deshacía en elogios hacia el mandatario, e incluso llegó a encargar once retratos de Washington al pintor Charles Wilson Peale, que más tarde envió a sus amistades en Cuba y en la Corte española. Del mismo modo, el futuro primer presidente de EE.UU. manifestó siempre idéntico afecto hacia el español, cuya amistad llevó mucho más allá de lo exigido por el protocolo y las relaciones políticas, como bien demostraría tras el fallecimiento de Miralles.
Uno de los retratos de Washington encargados por Miralles al pintor Wilson Peale.
Gracias a esta excelente relación, y a los continuos contactos del español en su puesto como comisionado real ante el Congreso –la correspondencia con Washington y con otros líderes coloniales es realmente abundante–, se fueron estableciendo los fructíferos acuerdos entre ambas partes. Fue así como se comenzó a gestionar la ayuda española a las colonias rebeldes.
Desde España partían barcos cargados de medicinas, ropas de abrigo, pólvora y armas, que más tarde eran distribuidas en los lugares necesarios gracias a la ruta comercial encubierta trazada por Miralles. Además, el habanero no dudó en aportar grandes sumas económicas procedentes de su fortuna personal, hasta el punto de que pronto se popularizaron los llamados spanish dollars entre las tropas independentistas. Entre otros prestamos personales, Juan de Miralles aportó unos 35.000 pesos a Carolina del Sur, 15.000 a la flota rebelde y unos 140.000 al comandante de Charleston. Unas cantidades a las que había que añadir las sumas aportadas desde la corte española.
A cambio de toda esta ayuda, España aspiraba a conseguir apoyo de los rebeldes para recuperar los territorios de las dos Floridas, afianzar sus posesiones en ambas orillas del Misisipi, y volver a tomar posesión de Menorca y Gibraltar. Ya en junio de 1779, tras la declaración oficial de la guerra a Inglaterra por parte de España, la ya estrecha relación entre Miralles y Washington se afianzó aún más, y las conversaciones para organizar un ataque conjunto contra las posesiones británicas en la Florida fueron en aumento. Esa fue, precisamente, la razón que llevó a Miralles a dirigirse a comienzos de 1780 hasta Morristown, donde Washington tenía su cuartel general. Un viaje del que Miralles no regresaría con vida.
LA IMPORTANCIA DE LA APORTACIÓN ESPAÑOLA
Aquel invierno había sido especialmente duro, y el trayecto se dejó sentir en la salud del español, que en aquel entonces sumaba ya 67 años. Cuando llegó a Morristown el 19 de abril, acompañado por el embajador francés, Miralles estaba ya muy enfermo. Washington lo alojó en su residencia –la mansión Ford–, e hizo que lo atendieran sus médicos personales. Pero a pesar de todos los esfuerzos, “una pulmonía acompañada por vómitos de sangre” acabó con su vida el 28 de ese mismo mes. Washington quedó sumamente entristecido, como reflejó en sus cartas, no sólo a la viuda y a las autoridades españolas, sino también en las que dirigió al embajador francés. Aquellas muestras de afecto y de respeto, materializadas en el funeral de estado que presidió en su honor, no se limitaban al propio Washington. Un mes después de la muerte de Miralles, buena parte de la alta sociedad de Filadelfia, y entre ellos varios congresistas, celebraron un solemne funeral en su memoria.
Una respuesta lógica, si se tiene en cuenta que durante los dos años que el español residió en territorio americano, supo granjearse el afecto y la admiración de gran parte de las personalidades con las que trató con motivo de su misión secreta. Un reconocimiento que, por otra parte, tenía también su origen en la vital ayuda que prestó a la causa de los líderes coloniales. A pesar de su casi total olvido por parte de la historiografía estadounidense, resulta innegable que sin la ayuda española administrada tan sabiamente por Miralles, la independencia de los EE.UU. habría sido mucho más complicada o, quién sabe, quizá no habría llegado a materializarse.
ANEXO
¿AGENTE DOBLE?
Las actividades de Miralles como espía al servicio de la Corona española durante la Guerra de la Independencia americana tuvieron un precedente en un misterioso episodio aún no aclarado del todo. En 1761, con La Habana con Juan de Prado y Portocarrero como gobernador, la ciudad sufrió una terrible epidemia de fiebre amarilla. La enfermedad causó numerosas bajas entre los habitantes y las tropas allí destinadas, pero fue especialmente cruenta con los numerosos esclavos que trabajaban en las murallas que se estaban construyendo para proteger a la localidad. Al quedar las obras paralizadas, el gobernador decidió encomendar a Juan de Miralles la misión de comprar esclavos para los trabajos en la cercana Jamaica. Miralles partió hacia allí en abril de ese mismo año, pero al no encontrar suficiente mercancía en todo el Caribe, decidió poner rumbo a Inglaterra, donde operaban las principales compañías negreras.
Una vez allí, y gracias a su buen hacer, Miralles entró en contacto con diversas personalidades, y en dichos círculos descubrió que Inglaterra planeaba un ataque para hacerse con La Habana. Tras enviar varias cartas a la isla y a España, advirtiendo del peligro, el español embarcó rápidamente de vuelta a casa, tratando de poner sobre aviso a la ciudad. Por desgracia, ni él ni sus cartas llegaron a tiempo.
Cuando se encontraba ya en aguas del Caribe, su barco fue apresado por un navío británico. Sin embargo, gracias a su astucia, Miralles consiguió engañar al almirante Albemarle, asegurándole que le facilitaría información privilegiada sobre la posesión española. A cambio, los británicos le permitieron desembarcar cerca de La Habana antes del ataque. Miralles acudió rápidamente al gobernador, informándole de la posición, número y planes de los enemigos. Su acción no impidió, sin embargo, que los ingleses capturaran La Habana. A pesar de todo, los dos años de ocupación no impidieron a Miralles desarrollar sus negocios, que incluso amplió gracias a la presencia extranjera. Este trato de favor desató algunas sospechas entre algunos vecinos, que le consideraron un traidor. La realidad, sin embargo, parece bien distinta. Cuando España recuperó La Habana, las autoridades actuaron duramente contra quienes habían colaborado con los ingleses. Sin embargo, Miralles no fue castigado de ninguna forma. A través de diversas fuentes, parece claro que la posición de Miralles estuvo siempre del lado español. Además de sus cartas de aviso sobre el ataque inglés, la misiva dirigida por Diego José Navarro al ministro de Indias José de Gálvez, en la que se informaba de la elección del alicantino como espía, hace referencia a “otros servicios, particularmente el de dar con anticipación a los gobernadores de Caracas, Cartagena, Puerto Rico, Santo Domingo y esta ciudad, la noticia del rompimiento último con los ingleses”. Una clara referencia a sus servicios durante la ocupación inglesa. El propio Miralles, en una carta de 1776, recordaba que “había expuesto muchas vezes su vida, expedido su caudal y hecho otros importantes servicios” a la Corona.
BIBLIOGRAFÍA
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