Vista exterior de la ermita de San Baudelio de Berlanga (Soria) | © Javier García Blanco.
A finales del siglo XIX y comienzos del XX, España se vio “invadida” por decenas de cazatesoros, en su mayoría extranjeros, que rastreaban pueblos y ciudades de nuestro territorio a la caza y captura de cualquier pieza artística que fuera posible comprar. Y, por desgracia, era posible comprar casi cualquier cosa: pinturas, piezas decorativas, rejerías, armaduras, retablos, artesonados, fachadas de iglesias e, incluso, claustros o templos enteros, que eran minuciosamente desmontados piedra a piedra y más tarde trasladados al otro lado del océano, generalmente a Norteamérica.
Allí, todas estas joyas del patrimonio artístico español iban a satisfacer el creciente afán coleccionista de un nutrido grupo magnates estadounidenses que, cautivados por una moda hacia todo lo español, estaban dispuestos a pagar grandes sumas por obras llegadas desde nuestro país. Aquella situación dio lugar a un verdadero tráfico de obras de arte y antigüedades en el que no sólo se vieron implicados extranjeros, sino también los propietarios de las piezas que iban a ser enajenadas y otros intermediarios españoles.
En palabras de José Miguel Merino de Cáceres, historiador y experto en la cuestión, el problema alcanzó tal magnitud que la cantidad de obras expoliadas igualó a la de países como Grecia, Egipto o Persia juntos, siendo sólo superada por la sufrida en Italia.
En esta sangría de nuestro patrimonio, que iba saliendo de nuestras fronteras a toneladas, uno de los casos más sonados fue el de la ermita soriana de San Baudelio de Berlanga. En el año 1922, un anticuario de origen italiano llamado León Leví acudió al obispo de Sigüenza –diócesis a la que pertenecía el recinto mozárabe– mostrando su interés por el templo y sus singulares pinturas, actuando en representación de un coleccionista americano llamado Gabriel Dereppe.
Interior de San Baudelio de Berlanga | © Javier García Blanco.
Leví explicó al prelado que su cliente tenía la intención de financiar una restauración del edificio, pero cuando el obispo le informó que los propietarios de la ermita eran varios vecinos de la localidad de Casillas de Berlanga, Leví no tuvo reparos en mostrar sus auténticas intenciones. Tras ponerse en contacto con los dueños del edificio, el cazatesoros y su cliente cerraron un acuerdo con ellos por valor de 65.000 pesetas de la época, cantidad por la que obtenían el derecho a llevarse las fabulosas y únicas pinturas románicas que decoraban su interior.
A comienzos de 1924 Leví ya había arrancado parte de las pinturas, pero la promulgación de una Real Orden obligó a la restitución de las mismas. Aquello dio lugar a un litigio que, pese a lo que cabría esperar, se saldó de forma positiva para Leví, Dereppe y los vendedores de las pinturas, pues el Tribunal Supremo acabó por dictar sentencia a su favor.
Fue así como las inigualables pinturas murales de San Baudelio de Berlanga salieron de España con destino a los Estados Unidos. Una vez en suelo americano, Dereppe las vendió a distintos museos, y buena parte de ellas acabaron en la sección medieval del Metropolitan de Nueva York.
Algunos años después, en 1957, las autoridades españolas negociaron un intercambio con el museo neoyorquino mediante el cual recibían parte de las pinturas de San Baudelio –hoy en el Museo del Prado–. Por desgracia, a cambio se entregó un ábside completo de la iglesia románica de San Martín de Fuentidueña, en Segovia, que los responsables del museo estadounidense utilizaron para construir una parte del edificio de The Cloisters (Los Claustros), una especie de frankenstein medieval levantado en pleno Manhattan y compuesto por fragmentos de distintos templos europeos.
ARTHUR BYNE, EL REY DEL EXPOLIO
Antes dijimos que en aquellos años proliferaron un buen número de extranjeros que dedicaron sus esfuerzos a saquear buena parte de nuestro patrimonio para satisfacer los intereses de un puñado de ricos coleccionistas, generalmente estadounidenses. En este lamentable escenario no faltaron tampoco –justo es reconocerlo–, anticuarios y expertos españoles que ayudaron a unos y otros a llevar a cabo sus fines.
El magnate estadounidense William Randolph Hearst | Crédito: Wikipedia.
Sin embargo, entre este variopinto y singular grupo de supuestos amantes del arte español –muchos de ellos se esforzaban por cultivar una imagen de respetables hispanófilos cautivados por nuestro patrimonio–, destacó de forma especial uno de ellos: el arquitecto y experto en arte Arthur Byne, quien ha sido calificado por Merino de Cáceres como figura clave del elginismo –así se denomina a la práctica del expolio, en “honor” del conde de Elgin, saqueador de los mármoles del Partenón– y “máximo depredador y exportador” de nuestro patrimonio.
A él debemos algunas de las rapiñas más lamentables de aquellos años, en muchos casos destinadas a un mismo comprador: el magnate estadounidense William Randolph Hearst, inspirador del personaje que Orson Welles llevó a las pantallas en Ciudadano Kane. Byne y su esposa –también historiadora– habían llegado a España en 1914 como representantes de la Hispanic Society de Nueva York (ver anexo).
En poco tiempo se convirtieron en figuras habituales en los actos culturales y sociales de la alta sociedad española, e incluso el mismísimo Primo de Rivera les condecoró por sus “méritos” a la hora de difundir y estudiar el patrimonio artístico español. Irónicamente, mientras los Byne aparecían en los diarios como un respetable matrimonio de hispanófilos, amantes de nuestro arte, al mismo tiempo sacaban cientos y cientos de piezas de valor incalculable fuera de nuestras fronteras. Y, por supuesto, lo hacían saltándose buena parte de las leyes españolas, como el propio Arthur Byne reconocía en sus cartas dirigidas a Hearst y a otros clientes, y sin titubear en sobornar a quien fuera necesario: funcionarios, periodistas, policías, inspectores de puertos…
Entre las “hazañas” más conocidas perpetradas por Byne se encuentran la “expatriación” de dos monasterios cistercienses: el de Sacramenia (Segovia) y el de Santa María de Óvila, en Guadalajara. En ambos casos los templos se desmontaron piedra a piedra, se transportaron al otro lado del Atlántico y más tarde fueron reconstruidos en suelo estadounidense.
Restos de la ermita de San Miguel en Sacramenia (Segovia) | Crédito: Wikipedia.
En el caso del recinto monástico segoviano –fundado en el siglo XII–, Byne ejerció como intermediario para Hearst, quien compró buena parte del monasterio en el año 1925. Para llevar a buen término la venta, Byne contó con toda la ayuda que el propietario –“una de las figuras preeminentes dentro de la dictadura militar”– le pudo prestar; eso incluía, entre otras cosas, acallar las críticas en la prensa. Sin embargo, aquella ayuda no fue suficiente, y Byne se vio obligado a ejercer su “influencia personal con el ministro de Bellas Artes”, y conseguir finalmente el permiso para llevar a cabo el traslado. Fue así cómo la sala capitular, el claustro y el refectorio se desmontaron y embalaron en nada menos que 11.000 cajas, cruzando el Atlántico con la intención de ser reconstruidos en suelo americano.
Sin embargo, las dificultades económicas que sufrió el magnate estadounidense impidieron durante años llevar a cabo esta tarea, por lo que las piedras segovianas descansaron en un almacén hasta 1952, cuando otros empresarios las adquirieron con es misma idea. No sería hasta 1964 cuando las estancias del antiguo monasterio recuperaran de nuevo su forma, al reconstruirse en Miami (Florida) para servir como iglesia episcopal y salón de bodas y banquetes.
El caso del monasterio de Óvila no es muy diferente. Desde la Desamortización de 1835 la finca en la que se encontraba el recinto había estado en manos privadas, y en las primeras décadas del siglo XX el propietario era un tal Fernando Beloso Ruíz. Fue éste quien, “aconsejado” por Arthur Byne, compró al Estado los restos en ruinas del monasterio que se hallaban en su propiedad. El precio de la transacción fue disparatadamente ridículo: 3.130 pesetas de la época. Como en el caso anterior, el comprador final no era otro que William Randolph Hearst.
Aunque el 3 de junio de 1931 el recinto monástico fue declarado Monumento Nacional, ya era demasiado tarde. Para entonces la mayor parte del monasterio de Óvila se había desmantelado y embalado, y apenas unas semanas después salía de España –nada menos que en once barcos– con rumbo a San Francisco. Debido a los mismos problemas económicos que frenaron su proyecto de reconstrucción del monasterio de Sacramenia, Hearst se vio también obligado a guardar las grandes piedras del recinto de Óvila en un almacén. Allí estuvieron hasta 1941, cuando consiguió venderlas a la ciudad de San Francisco.
El claustro del monasterio de Óvila, ya desmantelado, en la década de 1930 | Crédito: Wikipedia.
Por desgracia, la construcción medieval siguió desmontada durante varios años, sufriendo nada menos que cinco incendios, lo que provocó la pérdida de buena parte del mismo. La portada de la iglesia se reconstruyó en 1965 y se instaló en el Young Memorial Museum, mientras que el resto de las piezas se emplearon, desde el año 1995, para dar forma a una nueva abadía cisterciense a unos 200 kilómetros al norte de San Francisco.
EXPOLIO MUDÉJAR
Las actividades clandestinas de Byne se cuentan por cientos, y abarcan prácticamente todo tipo de piezas y creaciones artísticas: pinturas, esculturas, piezas decorativas, armaduras y, como ya hemos visto, incluso edificios completos. Una compra-venta sin escrúpulos que nos privó de algunas riquezas artísticas irremplazables.
Entre las piezas más singulares, y que más atrajeron a ciertos coleccionistas (con el inefable Hearst a la cabeza), están los artesonados y techos mudéjares, en muchos casos de origen aragonés. Según estimaciones de Merino de Cáceres, en las primeras décadas del siglo XX salieron de España más de doscientos de estos techos, y más de la mitad de los mismos fueron adquiridos por dos coleccionistas: Addison Cairns Mizner y el ya citado William Randolph Hearst. Este último habría llevado a América nada más y nada menos que un total de 83 techumbres.
Una de las estancias del célebre “castillo” Hearst | Crédito: Wikipedia.
El excéntrico millonario (ver anexo), calificado por los estudiosos de la cuestión como “acumulador compulsivo”, dio sobradas muestras de su interés por este tipo de piezas, exclusivas de España y relativamente fáciles de desmontar, trasladar y volver a reconstruir. De hecho, no hay más que echar un vistazo a su célebre mansión californiana de San Simeón, conocida como Cuesta Encantada o Castillo Hearst, para descubrir en sus estancias varias de estas valiosas piezas de madera. Entre ellas se encuentran el techo de la llamada Casa del Judío de Teruel, comprada en 1922 por mediación de Byne u otra también de procedencia turolense –aunque sin identificar–, hoy ubicada en el dormitorio principal de la lujosa y excéntrica vivienda.
Otro de estos espectaculares techos comprados por Hearst, en este caso procedente de la localidad zaragozana de Tarazona, se encuentra hoy en una lujosa mansión de Monterrey (México) perteneciente a la familia del empresario Mauricio Fernández de Garza. Éste adquirió la fantástica creación mudéjar en 1975, y se sabe que la pieza perteneció al magnate de la comunicación, que se había visto obligado a desprenderse de ella debido a sus problemas financieros.
No faltan tampoco algunos ejemplos custodiados en distintos museos estadounidenses. En el Metropolitan de Nueva York, por ejemplo, cuentan también con algún artesonado mudéjar de los que Hearst adquirió antes de verse al borde de la ruina.
Y es que por sorprendente que nos pueda parecer, fueron varios los museos que también se beneficiaron –aunque fuera legalmente o al borde de la legalidad–, de las actividades clandestinas de personajes como Byne. Un buen ejemplo lo encontramos en el Museo de Bellas Artes de Boston. Allí, entre sus fondos, se encuentra una impresionante y bellísima portada románica extraída, hace ya 80 años, de la iglesia de San Miguel en Uncastillo (Zaragoza). Los encargados de hacer posible aquel desastre fueron el cazatesoros Kingsley Porter y nuestro ya viejo conocido Arthur Byne. Ambos actuaban como intermediarios de Charles H. Hawkes, por aquel entonces director asociado del museo estadounidense.
Fachada de la iglesia de san Miguel de Uncastillo | Crédito: Museum of Fine Arts, Boston.
A pesar de la reprobable actividad de estos “piratas” de arte, los auténticos responsables en este caso fueron otros: el párroco de Uncastillo y el obispo de Jaca que, aunque legítimos propietarios del templo, propiciaron el lamentable expolio. De hecho, no debemos olvidar que en buena parte de los casos, estas agresiones a nuestro patrimonio no habrían sido posibles de no contar con la permisividad y dejadez –cuando no ayuda directa– de particulares, instituciones y autoridades españolas del momento. En algunos casos por mero interés económico, y en muchas otras por simple desconocimiento y desinterés hacia los tesoros artísticos y culturales de nuestro país.
No hay que olvidar tampoco que, en muchos de estos casos de patrimonio enajenado, iglesias –como la de Uncastillo–, monasterios –como los de Sacramenia u Óvila– o ermitas –como la de San Baudelio de Berlanga–, se encontraban en estado casi ruinoso en el momento del expolio. Es muy posible que en algunos de estos casos, dichas obras de arte hubieran terminado por desaparecer, víctimas del abandono y la dejadez de propietarios e instituciones. Por paradójico que resulte, el expolio las salvó de la desaparición.
En cualquier caso el resultado –terrible para nuestro legado y herencia cultural– es que numerosas obras españolas de todas las épocas, estilos salieron de nuestro país a comienzos de siglo XX para ir a parar a colecciones privadas y museos estadounidenses.
ANEXO. EL ANSIA COLECCIONISTA DE “CIUDADANO KANE”.
Aunque hubo muchos otros personajes adinerados que se sumaron a la “moda” de adquirir piezas de arte español, sin duda alguna William Randolph Hearst (1863-1951) sobresalió por encima de todos. Propietario de uno de los mayores entramados mediáticos de su época (con más de 25 periódicos nacionales, emisoras de radio, revistas, etc.), Hearst se destacó por emplear sus medios de comunicación con fines políticos y comerciales, destacando su implicación en el comienzo de la guerra entre España y Estados Unidos, o su presión contra la Revolución Mexicana. En el caso del conflicto hispano-estadounidense, Hearst fue uno de los principales responsables de culpar a España del sabotaje al acorazado Maine, presionando al presidente McKinley a iniciar la guerra. Es muy probable que sus periódicos no hubieran ejercido una importante presión política, realizando una auténtica campaña antiespañola, el conflicto nunca hubiera tenido lugar.
Resulta irónico que tras esta enconada lucha contra España, Hearst se convirtiera años más tarde en el principal comprador de obras de arte españolas, que generalmente adquiría para decorar las distintas mansiones que poseía por el país. En este sentido, los expertos que han estudiado esta faceta suya destacan que Hearst no fue en realidad con coleccionista de gusto refinado, sino más bien un “acumulador” de obras maestras un tanto compulsivo y excéntrico. Cuando sus problemas económicos comenzaron a acuciarle seriamente, se vio obligado a vender buena parte del material expoliado en nuestro país, que acabó en manos de otros coleccionistas privados o de museos estadounidenses.
ANEXO. LA HISPANIC SOCIETY DE HUNTINGTON. ¿LA OTRA CARA DE LA MONEDA?
Comparado con el resto de millonarios extranjeros que se sumaron a la fiebre de arte español, Archer Milton Huntington fue sin duda alguna un caso completamente atípico. A diferencia de la mayor parte de sus compatriotas, Huntington no adquiría piezas de arte españolas con intención de decorar sus mansiones, de invertir o de hacer negocio con ellas. Muy al contrario, la finalidad de este millonario –hijo del magnate del ferrocarril Collis Huntington–, sincero hispanófilo, pasaba por crear una magnífica colección de arte español.
De hecho, la relación de Archer con nuestro país se remonta a su adolescencia, pues ya con apenas 15 años recibía clases para aprender español. Poco después, a los 22, visitó España por primera vez, y seguiría haciéndolo prácticamente todos los años durante el resto de su vida.
Totalmente ajeno a los intereses comerciales de su padre –nunca se preocupó por continuar el negocio familiar–, Huntington se puso como meta dar forma al mayor museo de arte español e iberoamericano, no sólo para albergar piezas artísticas, sino también para fomentar el estudio y la difusión de la cultura española. Fue así como en el año 1904 fundó en Nueva York la Hispanic Society of America, que sigue activa hoy en día, y que cuenta con la mayor colección artística de carácter hispano fuera de la península ibérica.
La colección de la sociedad, ubicada en Manhattan, cuenta con importantes pinturas de artistas de primer orden como Sorolla, Goya, Velázquez, Zurbarán, Ribera, El Greco, Zuloaga y muchos otros, así como una destacadísima selección de manuscritos, incunables y piezas numismáticas, entre otras muchas joyas de nuestro patrimonio.
Se dice a menudo que Huntington jamás adquirió una sola pieza de arte española mediante transacciones clandestinas, aunque este punto resulta poco probable. En todo caso, hay que reconocer que su intención era la de un sincero amante de nuestra cultura y nuestro arte, y que la institución que fundó es una de las más destacadas a la hora de difundir la riqueza de nuestro patrimonio fuera de nuestras fronteras.


































































