Planeta Sapiens | Tag Archive | España

Tag Archive | "España"

Tags: , , , , , , , ,

“Piratas” del patrimonio español

Posted on 07 marzo 2013 by Javier García Blanco

{lang: 'es'}

Vista exterior de la ermita de San Baudelio de Berlanga (Soria) | © Javier García Blanco.

A finales del siglo XIX y comienzos del XX, España se vio “invadida” por decenas de cazatesoros, en su mayoría extranjeros, que rastreaban pueblos y ciudades de nuestro territorio a la caza y captura de cualquier pieza artística que fuera posible comprar. Y, por desgracia, era posible comprar casi cualquier cosa: pinturas, piezas decorativas, rejerías, armaduras, retablos, artesonados, fachadas de iglesias e, incluso, claustros o templos enteros, que eran minuciosamente desmontados piedra a piedra y más tarde trasladados al otro lado del océano, generalmente a Norteamérica.

Allí, todas estas joyas del patrimonio artístico español iban a satisfacer el creciente afán coleccionista de un nutrido grupo magnates estadounidenses que, cautivados por una moda hacia todo lo español, estaban dispuestos a pagar grandes sumas por obras llegadas desde nuestro país. Aquella situación dio lugar a un verdadero tráfico de obras de arte y antigüedades en el que no sólo se vieron implicados extranjeros, sino también los propietarios de las piezas que iban a ser enajenadas y otros intermediarios españoles.

En palabras de José Miguel Merino de Cáceres, historiador y experto en la cuestión, el problema alcanzó tal magnitud que la cantidad de obras expoliadas igualó a la de países como Grecia, Egipto o Persia juntos, siendo sólo superada por la sufrida en Italia.

En esta sangría de nuestro patrimonio, que iba saliendo de nuestras fronteras a toneladas, uno de los casos más sonados fue el de la ermita soriana de San Baudelio de Berlanga. En el año 1922, un anticuario de origen italiano llamado León Leví acudió al obispo de Sigüenza –diócesis a la que pertenecía el recinto mozárabe– mostrando su interés por el templo y sus singulares pinturas, actuando en representación de un coleccionista americano llamado Gabriel Dereppe.

Interior de San Baudelio de Berlanga | © Javier García Blanco.

Leví explicó al prelado que su cliente tenía la intención de financiar una restauración del edificio, pero cuando el obispo le informó que los propietarios de la ermita eran varios vecinos de la localidad de Casillas de Berlanga, Leví no tuvo reparos en mostrar sus auténticas intenciones. Tras ponerse en contacto con los dueños del edificio, el cazatesoros y su cliente cerraron un acuerdo con ellos por valor de 65.000 pesetas de la época, cantidad por la que obtenían el derecho a llevarse las fabulosas y únicas pinturas románicas que decoraban su interior.

A comienzos de 1924 Leví ya había arrancado parte de las pinturas, pero la promulgación de una Real Orden obligó a la restitución de las mismas. Aquello dio lugar a un litigio que, pese a lo que cabría esperar, se saldó de forma positiva para Leví, Dereppe y los vendedores de las pinturas, pues el Tribunal Supremo acabó por dictar sentencia a su favor.

Fue así como las inigualables pinturas murales de San Baudelio de Berlanga salieron de España con destino a los Estados Unidos. Una vez en suelo americano, Dereppe las vendió a distintos museos, y buena parte de ellas acabaron en la sección medieval del Metropolitan de Nueva York.

Algunos años después, en 1957, las autoridades españolas negociaron un intercambio con el museo neoyorquino mediante el cual recibían parte de las pinturas de San Baudelio –hoy en el Museo del Prado–. Por desgracia, a cambio se entregó un ábside completo de la iglesia románica de San Martín de Fuentidueña, en Segovia, que los responsables del museo estadounidense utilizaron para construir una parte del edificio de The Cloisters (Los Claustros), una especie de frankenstein medieval levantado en pleno Manhattan y compuesto por fragmentos de distintos templos europeos.

ARTHUR BYNE, EL REY DEL EXPOLIO
Antes dijimos que en aquellos años proliferaron un buen número de extranjeros que dedicaron sus esfuerzos a saquear buena parte de nuestro patrimonio para satisfacer los intereses de un puñado de ricos coleccionistas, generalmente estadounidenses. En este lamentable escenario no faltaron tampoco –justo es reconocerlo–, anticuarios y expertos españoles que ayudaron a unos y otros a llevar a cabo sus fines.

El magnate estadounidense William Randolph Hearst | Crédito: Wikipedia.

Sin embargo, entre este variopinto y singular grupo de supuestos amantes del arte español –muchos de ellos se esforzaban por cultivar una imagen de respetables hispanófilos cautivados por nuestro patrimonio–, destacó de forma especial uno de ellos: el arquitecto y experto en arte Arthur Byne, quien ha sido calificado por Merino de Cáceres como figura clave del elginismo –así se denomina a la práctica del expolio, en “honor” del conde de Elgin, saqueador de los mármoles del Partenón– y “máximo depredador y exportador” de nuestro patrimonio.

A él debemos algunas de las rapiñas más lamentables de aquellos años, en muchos casos destinadas a un mismo comprador: el magnate estadounidense William Randolph Hearst, inspirador del personaje que Orson Welles llevó a las pantallas en Ciudadano Kane. Byne y su esposa –también historiadora– habían llegado a España en 1914 como representantes de la Hispanic Society de Nueva York (ver anexo).

En poco tiempo se convirtieron en figuras habituales en los actos culturales y sociales de la alta sociedad española, e incluso el mismísimo Primo de Rivera les condecoró por sus “méritos” a la hora de difundir y estudiar el patrimonio artístico español. Irónicamente, mientras los Byne aparecían en los diarios como un respetable matrimonio de hispanófilos, amantes de nuestro arte, al mismo tiempo sacaban cientos y cientos de piezas de valor incalculable fuera de nuestras fronteras. Y, por supuesto, lo hacían saltándose buena parte de las leyes españolas, como el propio Arthur Byne reconocía en sus cartas dirigidas a Hearst y a otros clientes, y sin titubear en sobornar a quien fuera necesario: funcionarios, periodistas, policías, inspectores de puertos…

Entre las “hazañas” más conocidas perpetradas por Byne se encuentran la “expatriación” de dos monasterios cistercienses: el de Sacramenia (Segovia) y el de Santa María de Óvila, en Guadalajara. En ambos casos los templos se desmontaron piedra a piedra, se transportaron al otro lado del Atlántico y más tarde fueron reconstruidos en suelo estadounidense.

Restos de la ermita de San Miguel en Sacramenia (Segovia) | Crédito: Wikipedia.

En el caso del recinto monástico segoviano –fundado en el siglo XII–, Byne ejerció como intermediario para Hearst, quien compró buena parte del monasterio en el año 1925. Para llevar a buen término la venta, Byne contó con toda la ayuda que el propietario –“una de las figuras preeminentes dentro de la dictadura militar”– le pudo prestar; eso incluía, entre otras cosas, acallar las críticas en la prensa. Sin embargo, aquella ayuda no fue suficiente, y Byne se vio obligado a ejercer su “influencia personal con el ministro de Bellas Artes”, y conseguir finalmente el permiso para llevar a cabo el traslado. Fue así cómo la sala capitular, el claustro y el refectorio se desmontaron y embalaron en nada menos que 11.000 cajas, cruzando el Atlántico con la intención de ser reconstruidos en suelo americano.

Sin embargo, las dificultades económicas que sufrió el magnate estadounidense impidieron durante años llevar a cabo esta tarea, por lo que las piedras segovianas descansaron en un almacén hasta 1952, cuando otros empresarios las adquirieron con es misma idea. No sería hasta 1964 cuando las estancias del antiguo monasterio recuperaran de nuevo su forma, al reconstruirse en Miami (Florida) para servir como iglesia episcopal y salón de bodas y banquetes.

 El caso del monasterio de Óvila no es muy diferente. Desde la Desamortización de 1835 la finca en la que se encontraba el recinto había estado en manos privadas, y en las primeras décadas del siglo XX el propietario era un tal Fernando Beloso Ruíz. Fue éste quien, “aconsejado” por Arthur Byne, compró al Estado los restos en ruinas del monasterio que se hallaban en su propiedad. El precio de la transacción fue disparatadamente ridículo: 3.130 pesetas de la época. Como en el caso anterior, el comprador final no era otro que William Randolph Hearst.

Aunque el 3 de junio de 1931 el recinto monástico fue declarado Monumento Nacional, ya era demasiado tarde. Para entonces la mayor parte del monasterio de Óvila se había desmantelado y embalado, y apenas unas semanas después salía de España –nada menos que en once barcos– con rumbo a San Francisco. Debido a los mismos problemas económicos que frenaron su proyecto de reconstrucción del monasterio de Sacramenia, Hearst se vio también obligado a guardar las grandes piedras del recinto de Óvila en un almacén. Allí estuvieron hasta 1941, cuando consiguió venderlas a la ciudad de San Francisco.

El claustro del monasterio de Óvila, ya desmantelado, en la década de 1930 | Crédito: Wikipedia.

Por desgracia, la construcción medieval siguió desmontada durante varios años, sufriendo nada menos que cinco incendios, lo que provocó la pérdida de buena parte del mismo. La portada de la iglesia se reconstruyó en 1965 y se instaló en el Young Memorial Museum, mientras que el resto de las piezas se emplearon, desde el año 1995, para dar forma a una nueva abadía cisterciense a unos 200 kilómetros al norte de San Francisco.

EXPOLIO MUDÉJAR
Las actividades clandestinas de Byne se cuentan por cientos, y abarcan prácticamente todo tipo de piezas y creaciones artísticas: pinturas, esculturas, piezas decorativas, armaduras y, como ya hemos visto, incluso edificios completos. Una compra-venta sin escrúpulos que nos privó de algunas riquezas artísticas irremplazables.

Entre las piezas más singulares, y que más atrajeron a ciertos coleccionistas (con el inefable Hearst a la cabeza), están los artesonados y techos mudéjares, en muchos casos de origen aragonés. Según estimaciones de Merino de Cáceres, en las primeras décadas del siglo XX salieron de España más de doscientos de estos techos, y más de la mitad de los mismos fueron adquiridos por dos coleccionistas: Addison Cairns Mizner y el ya citado William Randolph Hearst. Este último habría llevado a América nada más y nada menos que un total de 83 techumbres.

Una de las estancias del célebre “castillo” Hearst | Crédito: Wikipedia.

El excéntrico millonario (ver anexo), calificado por los estudiosos de la cuestión como “acumulador compulsivo”, dio sobradas muestras de su interés por este tipo de piezas, exclusivas de España y relativamente fáciles de desmontar, trasladar y volver a reconstruir. De hecho, no hay más que echar un vistazo a su célebre mansión californiana de San Simeón, conocida como Cuesta Encantada o Castillo Hearst, para descubrir en sus estancias varias de estas valiosas piezas de madera. Entre ellas se encuentran el techo de la llamada Casa del Judío de Teruel, comprada en 1922 por mediación de Byne u otra también de procedencia turolense –aunque sin identificar–, hoy ubicada en el dormitorio principal de la lujosa y excéntrica vivienda.

Otro de estos espectaculares techos comprados por Hearst, en este caso procedente de la localidad zaragozana de Tarazona, se encuentra hoy en una lujosa mansión de Monterrey (México) perteneciente a la familia del empresario Mauricio Fernández de Garza. Éste adquirió la fantástica creación mudéjar en 1975, y se sabe que la pieza perteneció al magnate de la comunicación, que se había visto obligado a desprenderse de ella debido a sus problemas financieros.

No faltan tampoco algunos ejemplos custodiados en distintos museos estadounidenses. En el Metropolitan de Nueva York, por ejemplo, cuentan también con algún artesonado mudéjar de los que Hearst adquirió antes de verse al borde de la ruina.

Y es que por sorprendente que nos pueda parecer, fueron varios los museos que también se beneficiaron –aunque fuera legalmente o al borde de la legalidad–, de las actividades clandestinas de personajes como Byne. Un buen ejemplo lo encontramos en el Museo de Bellas Artes de Boston. Allí, entre sus fondos, se encuentra una impresionante y bellísima portada románica extraída, hace ya 80 años, de la iglesia de San Miguel en Uncastillo (Zaragoza). Los encargados de hacer posible aquel desastre fueron el cazatesoros Kingsley Porter y nuestro ya viejo conocido Arthur Byne. Ambos actuaban como intermediarios de Charles H. Hawkes, por aquel entonces director asociado del museo estadounidense.

Fachada de la iglesia de san Miguel de Uncastillo | Crédito: Museum of Fine Arts, Boston.

A pesar de la reprobable actividad de estos “piratas” de arte, los auténticos responsables en este caso fueron otros: el párroco de Uncastillo y el obispo de Jaca que, aunque legítimos propietarios del templo, propiciaron el lamentable expolio. De hecho, no debemos olvidar que en buena parte de los casos, estas agresiones a nuestro patrimonio no habrían sido posibles de no contar con la permisividad y dejadez –cuando no ayuda directa– de particulares, instituciones y autoridades españolas del momento. En algunos casos por mero interés económico, y en muchas otras por simple desconocimiento y desinterés hacia los tesoros artísticos y culturales de nuestro país.

No hay que olvidar tampoco que, en muchos de estos casos de patrimonio enajenado, iglesias –como la de Uncastillo–, monasterios –como los de Sacramenia u Óvila– o ermitas –como la de San Baudelio de Berlanga–, se encontraban en estado casi ruinoso en el momento del expolio. Es muy posible que en algunos de estos casos, dichas obras de arte hubieran terminado por desaparecer, víctimas del abandono y la dejadez de propietarios e instituciones. Por paradójico que resulte, el expolio las salvó de la desaparición.

En cualquier caso el resultado –terrible para nuestro legado y herencia cultural– es que numerosas obras españolas de todas las épocas, estilos salieron de nuestro país a comienzos de siglo XX para ir a parar a colecciones privadas y museos estadounidenses.

ANEXO. EL ANSIA COLECCIONISTA DE “CIUDADANO KANE”.

Aunque hubo muchos otros personajes adinerados que se sumaron a la “moda” de adquirir piezas de arte español, sin duda alguna William Randolph Hearst (1863-1951) sobresalió por encima de todos. Propietario de uno de los mayores entramados mediáticos de su época (con más de 25 periódicos nacionales, emisoras de radio, revistas, etc.), Hearst se destacó por emplear sus medios de comunicación con fines políticos y comerciales, destacando su implicación en el comienzo de la guerra entre España y Estados Unidos, o su presión contra la Revolución Mexicana. En el caso del conflicto hispano-estadounidense, Hearst fue uno de los principales responsables de culpar a España del sabotaje al acorazado Maine, presionando al presidente McKinley a iniciar la guerra. Es muy probable que sus periódicos no hubieran ejercido una importante presión política, realizando una auténtica campaña antiespañola, el conflicto nunca hubiera tenido lugar.

Resulta irónico que tras esta enconada lucha contra España, Hearst se convirtiera años más tarde en el principal comprador de obras de arte españolas, que generalmente adquiría para decorar las distintas mansiones que poseía por el país. En este sentido, los expertos que han estudiado esta faceta suya destacan que Hearst no fue en realidad con coleccionista de gusto refinado, sino más bien un “acumulador” de obras maestras un tanto compulsivo y excéntrico. Cuando sus problemas económicos comenzaron a acuciarle seriamente, se vio obligado a vender buena parte del material expoliado en nuestro país, que acabó en manos de otros coleccionistas privados o de museos estadounidenses.

ANEXO. LA HISPANIC SOCIETY DE HUNTINGTON. ¿LA OTRA CARA DE LA MONEDA?

Comparado con el resto de millonarios extranjeros que se sumaron a la fiebre de arte español, Archer Milton Huntington fue sin duda alguna un caso completamente atípico. A diferencia de la mayor parte de sus compatriotas, Huntington no adquiría piezas de arte españolas con intención de decorar sus mansiones, de invertir o de hacer negocio con ellas. Muy al contrario, la finalidad de este millonario –hijo del magnate del ferrocarril Collis Huntington–, sincero hispanófilo, pasaba por crear una magnífica colección de arte español.

De hecho, la relación de Archer con nuestro país se remonta a su adolescencia, pues ya con apenas 15 años recibía clases para aprender español. Poco después, a los 22, visitó España por primera vez, y seguiría haciéndolo prácticamente todos los años durante el resto de su vida.

Totalmente ajeno a los intereses comerciales de su padre –nunca se preocupó por continuar el negocio familiar–, Huntington se puso como meta dar forma al mayor museo de arte español e iberoamericano, no sólo para albergar piezas artísticas, sino también para fomentar el estudio y la difusión de la cultura española. Fue así como en el año 1904 fundó en Nueva York la Hispanic Society of America, que sigue activa hoy en día, y que cuenta con la mayor colección artística de carácter hispano fuera de la península ibérica.

La colección de la sociedad, ubicada en Manhattan, cuenta con importantes pinturas de artistas de primer orden como Sorolla, Goya, Velázquez, Zurbarán, Ribera, El Greco, Zuloaga y muchos otros, así como una destacadísima selección de manuscritos, incunables y piezas numismáticas, entre otras muchas joyas de nuestro patrimonio.

Se dice a menudo que Huntington jamás adquirió una sola pieza de arte española mediante transacciones clandestinas, aunque este punto resulta poco probable. En todo caso, hay que reconocer que su intención era la de un sincero amante de nuestra cultura y nuestro arte, y que la institución que fundó es una de las más destacadas a la hora de difundir la riqueza de nuestro patrimonio fuera de nuestras fronteras.

Comments (0)

Tags: , , , , , , , , , ,

La catedral de Burgos, una joya del gótico castellano

Posted on 12 junio 2012 by Javier García Blanco

{lang: 'es'}

Parada ineludible de los peregrinos que llegan a la ciudad en su ruta hacia Compostela, la catedral de Burgos, dedicada a Santa María, es una de las más bellas construcciones góticas españolas. De hecho, gracias a su importancia histórica y artística, en 1984 fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO; un galardón que, a diferencia del otorgado a otras urbes españolas, recibió el templo de forma independiente, sin ir ligado al resto de la ciudad o a otras construcciones circundantes.

Puerta de la Coronería, siglo XIII. | © Javier García Blanco.

Su fábrica se remonta a las primeras décadas del siglo XIII, época en la que sabios maestros de obras iniciaron su construcción sobre el antiguo edificio catedralicio románico, aunque en siglos posteriores se añadieron elementos igualmente importantes. El legado más característico de la primera época puede apreciarse en su fachada principal, dividida en tres alturas, y que evoca inequívocamente al estilo gótico francés más típico, con paralelos como la catedral de Notre-Dame de París.

Fachada de Santa María | © Javier García Blanco.

Es precisamente en esta fachada de Santa María, en su cuerpo central, donde se encuentra uno de los elementos más singulares del templo: un gran rosetón enmarcado por un arco apuntado, cuyas tracerías de influjo cisterciense dan forma a una espléndida estrella de seis puntas: la estrella de David o Sello de Salomón, una figura geométrica de complejo significado simbólico que alude a la sabiduría, pero que en la época de su realización también poseía importantes connotaciones mágicas.

Detalle de la fachada del Sarmental | © Javier García Blanco.

Las agujas caladas que rematan las torres del edificio, añadido posterior realizado en el siglo XV por el maestro Juan de Colonia, vienen a romper el aire gótico clásico, reflejando una influencia típicamente alemana.

Ya en el interior, nada más pasada la puerta principal y a mano izquierda, destaca en las alturas la célebre figura del papamoscas, un autómata construido en el siglo XVIII –sustituto de otro anterior– que se encarga de dar las horas puntualmente, ayudado en la tarea por el no menos famoso martinillo.

Vista de la fachada de Santa María desde el interior | © Javier García Blanco.

El espectacular cimborrio del crucero, siglo XVI | © Javier García Blanco.

En el espacio interno del templo descubrimos de nuevo algunos influjos del estilo gótico clásico francés, evidente en la división tripartita del alzado, así como algunos añadidos posteriores, como el bello cimborrio de estilo gótico-plateresco erigido por Juan de Colonia a finales del siglo XV, y reconstruido en la centuria siguiente por Juan de Vallejo.

Capilla de los Condestables | © Javier García Blanco.

Tumbas de los Condestables de Castilla | © Javier García Blanco.

Pero la riqueza histórico-artística del templo no acaba aquí: las numerosas capillas que pueblan su interior –entre las que destacan la del Condestable–, la sillería del Coro o la tumba del celebérrimo Cid Campeador y su esposa Doña Jimena, así como las fachadas exteriores del Sarmental y la Coronería o el hermoso claustro anexo al edificio principal, convierten a este templo castellano en una de las mayores joyas arquitectónicas que salpican la geografía española.

Sillería del Coro | © Javier García Blanco.

La ‘escalera dorada’, obra del siglo XVI | © Javier García Blanco.

Relieve de la Pasión en el deambulatorio | © Javier García Blanco.

Vista nocturna desde las calles cercanas | © Javier García Blanco.

[Click en las fotografías para ampliar]

DATOS PARA EL VISITANTE

Horarios:

Del 19 de marzo al 31 de octubre – De 9:30 a 19:30 horas. Cierre de accesos a las 18:30 horas.

Del 1 de noviembre al 18 de marzo – De 10:00 a 19:00 horas. Cierre de accesos a las 18:00 horas.

Precio de entradas:

Individual: 7 euros. Grupos (más de 15 personas): 6 euros. Jubilados: 6 euros. Estudiantes: 4,5 euros. Niños (7 a 14 años): 1,5 euros. Peregrinos (con credencial): 3,5 euros. Discapacitados: 2 euros. Familia numerosa: 3,5 euros. Desempleados: 3,5 euros. [Los precios de las entradas individuales incluyen audioguía. Las entradas de grupo incluyen radioguías].

Más información: Web oficial de la catedral de Burgos

Entradas relacionadas:

Aljafería, la joya de la Ciudad Blanca

Mudéjar de Teruel, 25 años como Patrimonio de la Humanidad

Un viaje mágico a las Puertas de Galicia

Cuenca, la ciudad paisaje

Lille, una isla de cultura

San Juan de la Peña, un tesoro en piedra

Medina del Campo, una villa cargada de historia

El castro de Baroña, en imágenes

Fortuna: arqueología y relax en Murcia

Düsseldorf, la ciudad sin pausa

Samarcanda, la ciudad de las mil y una noches

Viaje a la cuna de Portugal

Comments (9)

Tags: , , , , , , ,

Descubren en Soria dos cráneos medievales con signos de trepanación

Posted on 11 mayo 2012 by Redacción

{lang: 'es'}

Un grupo de especialistas españoles de las universidades de Oviedo y León ha descubierto recientemente en la localidad de Gormaz (Soria) los restos de dos cráneos humanos con signos de trepanación. Según han explicado los expertos, ambas calaveras datan de los siglos XIII o XIV, una época en la que esta práctica quirúrgica era poco común.

La práctica de la trepanación se conoce desde tiempos muy remotos, con casos atestiguados a comienzos de la época Neolítica, hace aproximadamente unos diez mil años, e incluso algunos autores señalan a evidencias anteriores, de finales del Paleolítico y del Mesolítico, datados hace unos 12.000 años.

A pesar de esta circunstancia, los arqueólogos e historiadores cuentan con pocas evidencias de trepanaciones realizadas en época medieval, por lo que el hallazgo de los investigadores españoles ha sido recibida con gran interés. El descubrimiento se ha producido en las proximidades de la ermita de San Miguel de Gormaz.

“A partir de la Edad del Bronce los casos de trepanación son muy habituales por toda Europa, principalmente en la cuenca del Mediterráneo. En el caso de la Península Ibérica existen muchos casos datados en el Calcolítico, hace unos 4.000 años. Sin embargo, la descripción de trepanaciones en la época medieval es mucho más escasa en la bibliografía científica”, ha explicado Belén López Martínez, investigadora de la Universidad de Oviedo y coautora del estudio que publica la revista Anthropological Science.

Entre los pocos casos que se conocen se encuentra precisamente el del rey Enrique I de Castilla (1204-1217), al que se le hizo una trepanación, posiblemente para tratar de paralizar la hemorragia tras un golpe accidental recibido mientras jugaba y que le produjo una herida mortal.

En lo que respecta a los dos cráneos descubiertos en la necrópolis de Gormaz, éstos pertenecieron a un varón de entre 50-55 años de edad y a una mujer de entre 45-50 años. “Otro de los hechos destacables de este hallazgo es que las trepanaciones femeninas se consideran muy raras en todas las épocas. En España solo un 10% de los cráneos trepanados encontrados son de mujeres”, señalo López Martínez.

Según han explicado los especialistas, el método de trepanación utilizado en cada uno de los individuos fue distinto. El varón presenta una intervención mediante barrenado con un objeto punzante y se desconoce si la intervención se hizo antes o después de la muerte. “Si se hubiera practicado antes de morir, no hay signo de regeneración y por lo tanto no sobrevivió”, afirma López Martínez.

En cuanto a la mujer, los “trepanadores” emplearon la técnica del rascado y se hizo en vida. Según los especialistas, la mujer consiguió sobrevivir un tiempo “relativamente largo”, ya que la cicatrización de las lesiones es avanzada.

En lo que se refiere a los motivos que llevaron a la trepanación, los estudiosos especulan con diferentes motivos. “Esta es la gran pregunta sobre las trepanaciones. Se han apuntado motivos mágico-religiosos –por ejemplo, para aliviar a las personas de demonios que podrían estar torturándolos–, iniciáticos –para dar el salto a la vida adulta o convertirse en guerrero–, terapéuticos –tratamiento de tumores, convulsiones, epilepsias, migrañas, pérdidas de consciencia y alteraciones en el comportamiento– y para el tratamientos de traumatismos como fracturas craneales”, concluyen.

[Texto adatado a partir de nota difundida por SINC , bajo licencia Creative Commons]

Entradas relacionadas:

Hallazgos españoles en una necrópolis egipcia

La ejecución de los mercenarios vikingos

Restos de un antiguo sacrificio en masa en Perú

La tumba del joven guerrero

Comments (1)

Tags: , , , , ,

Aljafería, la joya de la Ciudad Blanca

Posted on 03 febrero 2012 by Redacción

{lang: 'es'}

En el año 714 las tropas musulmanas de Musa ben Nusayr y Tarik ben Aziz se hicieron con el control de Caesaragusta (la actual Zaragoza) sin encontrar demasiada resistencia. Desde ese momento, la ciudad pasó a llamarse Saraqusta o Medina Albaida, “la ciudad blanca”. Comenzaba así, bajo dominio musulmán, un nuevo periodo de esplendor político y cultural para la ciudad, que pasó a ser capital de la Marca Superior de Al-Andalus y, más tarde, capital de uno de los reinos de taifas más importantes.

Uno de los más bellos ejemplos de arquitectura que permanece de aquella época es el palacio de la Aljafería, hoy integrado en pleno casco urbano de la ciudad. La parte más antigua del monumento, declarado Patrimonio de la Humanidad, data del siglo IX. A esta época pertenece la llamada Torre del Trovador, un recinto de planta rectangular que inspiró la famosa ópera de Verdi Il Trovatore y que ha sido igualmente centro de curiosas leyendas. Hasta la época de la llegada de las tropas napoleónicas, según cuenta la tradición, fueron muchos los que decían haber visto en la torre a una misteriosa y bella dama vestida de blanco, supuesto fantasma de una doncella que solía aparecerse para anunciar la muerte de algún desventurado.

Ventanas con celosías de estilo mudéjar | © Javier García Blanco.

Arcos en el Salón Dorado, con la puerta del oratorio al fondo | © Javier García Blanco.

Pero además de la Torre del Trovador y su bello fantasma, la Aljafería cuenta con otra parte, mucho más importante, y cuya construcción se remonta al siglo XI. Esta parte del edificio, el palacio islámico, fue encargada por Abu Jafar Ahmad ibn Al-Muqtadir, e incluye la muralla y sus torres semicirculares, así como el hermoso y ornamentado mihrab u oratorio, rematado por un arco de herradura, y que encontramos en el interior.

Arco sobre la puerta de entrada al oratorio | © Javier García Blanco.

Interior del oratorio, con el nicho del mihrab | © Javier García Blanco.

Con el devenir histórico, el edificio fue sufriendo diversos añadidos y variaciones, por lo que el estilo árabe inicial fue dando paso a una amplia variedad de estilos artísticos. Tras la reconquista de la ciudad se añadió, por ejemplo, el hermoso palacio mudéjar de Pedro IV. Más importante aún fue la reforma realizada en el siglo XV por los Reyes Católicos, quienes utilizaron sus dependencias como palacio real. Otras hermosas estancias que descubriremos durante la visita son los patios de San Martín y Santa Isabel, así como el llamado Salón Dorado.

Escalinata de época de los Reyes Católicos | © Javier García Blanco.

Techumbre del Salón del Trono | © Javier García Blanco / Istockphoto

La Aljafería desempeñó también otras funciones, como custodiar durante algún tiempo el Santo Cáliz que se conserva hoy en la catedral de Valencia –y que, supuestamente, utilizó Jesucristo en la última cena–, albergar las cárceles del Tribunal de la Inquisición desde 1485 o, ya siglos después, servir de acuartelamiento militar. En la actualidad, parte de sus instalaciones acogen las Cortes aragonesas, mientras el resto del edificio está abierto a las visitas turísticas. Una auténtica joya histórica y arquitectónica que no puedes dejar de visitar si viajas a la capital del Ebro.

[Click en las imágenes para verlas a mayor resolución]

Entradas relacionadas:

Mudéjar de Teruel, 25 años como Patrimonio de la Humanidad

-El castro de Baroña, en imágenes.

-San Juan de la Peña, un tesoro en piedra

-Viaje a una geoda gigante

Comments (7)

Tags: , , ,

Esta es la ciencia que se hace con 0 plazas…

Posted on 23 enero 2012 by Redacción

{lang: 'es'}

Si los últimos años ya habían resultado nefastos en lo que se refiere a los presupuestos destinados por el gobierno español a ciencia y tecnología, la entrada del nuevo ejecutivo ha traído más recortes –nada menos que 600 millones de euros–, y las peores noticias que se podían imaginar. Entre ellas, que durante este año que acaba de comenzar no se ofertarán plazas de investigador. Éstas y otras razones son las que han llevado a Lucas Sánchez (@sonicando), bioquímico e investigador en el Centro Nacional de Biotecnología, a realizar, junto con su compañero Félix Gallego (@felix_gallego) un vídeo en el que dejan claro, en menos de un minuto, cómo es la ciencia que se realiza con ofertando cero plazas… Este es el resultado:

Cero Plazas from Felix G. on Vimeo.

Visto en: La ciencia que se hace con 0 plazas (Sonicando)

Comments (0)

Tags: , , , , , , ,

Las ‘claves’ españolas de Leonardo

Posted on 12 enero 2012 by Javier García Blanco

{lang: 'es'}

Espíritu inquieto y con una personalidad sin igual, Leonardo da Vinci fue uno de los personajes más extraordinarios y singulares de su época, destacando en campos como el arte, la ingeniería o el estudio de la naturaleza. En su currículum no faltan tampoco estrechas relaciones con España, ya sea a través de su vínculo con la no menos célebre familia Borgia o mediante las peripecias que sufrieron sus manuscritos después de morir.

Más de 60.000 visitantes en poco más de tres meses. Ese es el notable saldo que dejó a su paso por Madrid la muestra Polonia, tesoros y colecciones artísticas, que acogió el Palacio Real de la capital española el pasado verano. Buena parte de dichos visitantes acudieron atraídos, sin duda, por la expectación generada gracias a La Dama del armiño, una de las bellas pinturas del célebre Leonardo da Vinci, y uno de los “platos fuertes” de la exposición.

En el haber del genio florentino se cuentan apenas veinte pinturas atribuidas con toda certeza, y ninguna de ellas se conserva en colecciones o pinacotecas españolas. Un detalle que, sin duda, ha contribuido a aumentar la expectación entre el público español y que convirtió la muestra en todo un éxito de asistencia.

La hermosa pintura, uno de los escasos retratos femeninos realizados por Leonardo, fue pintado hacia 1490, y representa a una jovencísima Cecilia Gallerani, la hermosa amante de Ludovico Sforza, a cuyo servicio trabajaba entonces el maestro italiano. Tras los estudios iconográficos pertinentes, los expertos llegaron a la conclusión de que el animal que sostiene la joven en sus brazos –un armiño–, sería una alusión simbólica al poderoso Sforza quien, además del apodo de “el Moro”, era también conocido como ermellino (armiño en italiano), después de que en 1488 fuera galardonado con la Orden del Armiño por parte de Fernando I de Nápoles, también conocido como Ferrante I de Aragón, hijo bastardo de Alfonso V de Aragón, y casado en segundas nupcias con Juana de Aragón, hermana de Fernando el Católico. No es la única relación de la pintura con nuestro país. Los expertos que han estudiado a fondo cada elemento de la obra señalan que, tanto el peinado como la vestimenta de la joven Cecilia, siguen la moda alla spagnola.

La dama del armiño, obra de Leonardo da Vinci | Crédito: Wikimedia Commons.

Esta vinculación tan indirecta de la pintura con España es apenas una simple anécdota. Sin embargo, un examen más detallado de la obra y vida de Leonardo da Vinci desvela una insospechada –para muchos– relación del maestro italiano con nuestro país. El genio florentino tuvo una estrecha y destacada relación con algunos de los más importantes personajes de su época, entre ellos varios españoles. Es el caso del temible y poderoso César Borgia, hijo del papa Alejandro VI, y con quien tuvo una breve pero intensa relación. Por otra parte, su importante legado manuscrito, magnífico testimonio de su pensamiento y de sus logros en materias como la ingeniería, la anatomía y otros campos del saber, también tuvo, debido a los avatares de la Historia, un destacado vínculo con España, que todavía perdura hoy en día.

EL ARTISTA Y EL GUERRERO
En los años del cambio de siglo –del XV al XVI–, el ambiente en las distintas provincias italianas era el de un polvorín a punto de estallar. Por aquel entonces, en 1499, el rey francés Luis XII reivindicó sus derechos sucesorios al ducado de Milán amparándose en su parentesco con Valentino Visconti, su abuelo materno. Y no estaba solo. Tanto la República de Venecia, como el papa Alejandro VI, de la mano de su hijo, el temible César Borgia, apoyaban sus aspiraciones.

Fue así como, en el verano de aquel año, Luis XII envió sus tropas en dirección a Milán, provocando la huida del entonces duque, Ludovico Sforza, a la sazón patrón de Leonardo da Vinci desde hacía varios años. Tras la invasión francesa de la ciudad, Leonardo todavía se quedó en Milán durante unos tres meses. Es muy probable que durante aquel tiempo, el maestro florentino tuviera la oportunidad de conocer por primera vez a César Borgia, tal y como señala Paul Strathern en su muy recomendable El artista, el filósofo y el guerrero.

Retrato de César Borgia | Crédito: Wikimedia Commons.

El hijo del Papa español había apoyado al monarca francés con la intención de recibir a su vez el apoyo y las tropas galas que le permitieran hacerse con el control de la Romagna y otras regiones italianas. Pero Borgia no sólo necesitaba espadas, sino también alguien capaz de reconstruir y reforzar las fortalezas que fuera conquistando a su paso, así como un notable ingeniero que mejorara su artillería pesada. El más indicado para aquel puesto era, sin duda, Leonardo da Vinci, el excéntrico sabio y artista que se había forjado una notable fama al modelar la gigantesca estatua ecuestre en honor del padre de Ludovico Sforza, y que medía casi metros de altura. Sin embargo, Leonardo logró escabullirse de la oferta de empleo de Borgia y, en diciembre de 1499, dejó Milán y puso rumbo a Florencia, a donde llegó a finales de abril del año siguiente. La ciudad, tras diversos avatares, estaba ahora dirigida por un gobierno republicano.

Durante dos años más o menos tranquilos, Leonardo siguió enfrascado en sus proyectos y trabajos personales, pero en junio de 1502 la ciudad de Florencia empezó a verse amenazada por el empuje de las campañas de César Borgia en su conquista de la Romagna. La Signoria de Florencia decidió enviar a dos embajadores con la misión de pactar con Borgia. Uno de ellos era el obispo Soderini; el otro, ni más ni menos que el hoy célebre Maquiavelo. La reunión se celebró en el palacio de Urbino, plaza que había sido conquistada por Borgia. Allí, el hijo de Alejandro VI amenazó con aplastar Florencia si la ciudad no se convertía en su aliada. Entre los acuerdos que se alcanzaron durante aquel encuentro, hay uno que nos interesa especialmente: desde aquel momento, Leonardo da Vinci se convertiría en ingeniero militar en jefe de César Borgia, puesto que debía ocupar de forma inmediata.

No sabemos si la exigencia partió del propio Borgia o si fue un ofrecimiento de la delegación florentina, conocedora del interés del español por Leonardo. En cualquier caso, lo que importa es que a principios de julio de 1502, Leonardo abandonaba Florencia para ponerse al servicio de su nuevo patrón.

ENTRE ESPAÑOLES
Aunque César Borgia había nacido en Roma en 1475, tanto él como el resto de su familia se consideraron siempre españoles. Los Borgia o Borja no sólo conservaron sus costumbres y su cultura española, sino que sus contemporáneos italianos, y especialmente sus enemigos –que eran muchos–, los consideraron siempre forasteros.

Por su parte, César se rodeó para sus campañas militares de un buen número de comandantes y capitanes españoles, hombres de armas terribles como Miguel de Corella, Hugo de Moncada o Ramiro de Lorca. Con todos ellos tendría ocasión de coincidir Leonardo da Vinci. Una relación que, aunque estrictamente laboral, nutriría al genio florentino de interesantes conocimientos militares, especialmente en lo que se refería a las fortalezas españolas, que entonces se contaban entre las más avanzadas de Europa.

Hugo de Moncada, uno de los ‘capitanes’ españoles de Borgia con los que Leonardo tuvo trato | Crédito: Wikimedia Commons.

Cuando Leonardo recibió la orden de unirse al séquito de Borgia partió de Florencia, pero en lugar de dirigirse a Urbino –donde se encontraba César en ese momento–, viajó a la ciudad de Piombino, con la intención de inspeccionar las fortificaciones de aquella plaza. Este detalle nos indica que ya desde el primer momento había recibido instrucciones sobre su futuro trabajo, antes incluso de reunirse con su nuevo jefe. Después, en su viaje a Urbino, Leonardo pasó por Siena y más tarde por Arezzo, donde se encontraba Vitellozzo, uno de los lugartenientes de Borgia, y de quien éste sospechaba que pudiera estar tramando una traición. Así pues, directa o indirectamente, Leonardo no sólo sirvió como ingeniero, sino también como improvisado espía, al reunir información para Borgia sobre lo que estaba tramando su comandante.

Leonardo llegó a Urbino a finales de julio. No hay en sus cuadernos –al menos en los que se conservan– ninguna referencia directa a ese primer encuentro entre ellos, a excepción, quizá, de tres dibujos de un hombre con barba que los especialistas han identificado con cierta seguridad como César Borgia.

Poco después de la llegada de Da Vinci a Urbino, César partió en secreto hacia el norte, con la intención de reunirse con Luis XII y afianzar su alianza, pues últimamente sentía cada vez más cerca el aliento de sus enemigos. Mientras, Leonardo continuó su viaje por los territorios conquistados por Borgia, con la intención de tomar nota e inspeccionar aquellos lugares que necesitaran mejorar sus defensas y proyectar nuevas obras de ingeniería. Primero se dirigió a Pesaro, y poco después continuó hasta Cesena, capital de la Romagna. En estas fechas, a mediados de agosto, César Borgia envió a Leonardo un salvoconducto que, por prisa o por olvido, no había entregado a su ingeniero militar en jefe. Se trata de un texto interesantísimo, pues su contenido pone de relieve el interés que Borgia mostraba por los trabajos de Leonardo y también, el respeto –e incluso el afecto– que le merecía:

“A todos los lugartenientes, castellanos, capitanes, condottieri, oficiales, soldados y personas a quienes se presente este documento: nuestro excelentísimo y queridísimo amigo, el arquitecto e ingeniero general Leonardo da Vinci, portador de este pase, tiene el encargo de inspeccionar los edificios y fortalezas de nuestros estados para que podamos mantenerlos según sus necesidades y conforme a su consejo. Además, ordenamos y exigimos lo siguiente: se le dará paso franco, se le eximirá del pago de impuestos y cargos tanto a él como a sus acompañantes, y se le recibirá de manera amistosa, y se le permitirá inspeccionar, medir y examinar todo lo que desee. Y a tal fin le proporcionaréis todos los hombres que solicite y le prestaréis la ayuda y asistencia que precise y le haréis los favores que pida. Es nuestro deseo que, en el caso de cualquier obra que deba llevarse a cabo en nuestros estados, cada ingeniero consulte con él y se atenga a su opinión. Que ningún hombre se atreva a actuar de otro modo, a menos que desee provocar nuestra ira.”

A tenor de esta carta, resulta evidente que Borgia confiaba ciegamente en los conocimientos y el criterio de Leonardo, y llama la atención la última frase, con una amenaza nada velada para quienes se atrevieses a molestar o incomodar a su ingeniero. Pese a su carácter de hombre de acción, célebre por su astucia en cuestiones políticas e intrigas, Borgia era también un hombre cultivado, con inquietudes científicas y culturales. No es de extrañar, por tanto, que en este sentido mostrara un especial interés y simpatía hacia Leonardo, más allá de su relación “profesional”.

Diseño de cañón, en uno de los cuadernos conservados del genio florentino | Crédito: Wikimedia Commons.

Una vez que tuvo aquel salvoconducto entre sus manos, Leonardo continuó viaje en dirección a la costa, hasta Porto Cesenatico, a donde llegó en los primeros días de septiembre. Allí se dedicó a preparar planos y diseños para mejorar las defensas de la ciudad y el puerto, ideando a su vez un curioso proyecto para crear un canal de unos quince kilómetros que uniría Cesena con el mar.

Poco después Borgia regresó de su reunión con Luis XII, y se estableció en Imola. Desde allí envió nuevas instrucciones a Leonardo, indicándole que deseaba construir un palacio de justicia y un nuevo edificio para la Universidad de Cesena. Por su parte, Leonardo sugirió a su patrón que mandara fabricar cañones de un nuevo calibre, utilizado por los franceses, para no verse obligado a solicitárselos al monarca.

Un vistazo a los cuadernos de Leonardo de esa época ha desvelado, por la similitud de sus diseños, que Da Vinci conocía a la perfección el libro De re militari (Sobre las artes militares), escrito por Roberto Valturio casi medio siglo antes. Sin embargo, aquella no era su única fuente. Su relación con algunos de los comandantes y capitanes españoles al servicio de César le proporcionaron, sin duda, importantes detalles sobre las nuevas técnicas de fortificación y el uso de la artillería pesada que se estaba utilizando en Castilla y Aragón. De este modo, Leonardo recomendó a Borgia que las fortalezas de la Romagna bajo su control fueran modificadas, redondeando sus esquinas y levantando murallas esquinadas, de forma que se redujera el efecto de la artillería enemiga.

Durante su estancia en Imola, Leonardo realizó también otras labores para su patrón. Siguiendo sus órdenes, elaboró planos para mejorar las fortificaciones de la plaza, que había sido capturada tres años antes por el propio Borgia al derrotar a Caterina Sforza. De esta época data también un hermoso mapa de la ciudad, cuidadosamente coloreado, y que muestra con todo detalle las calles y murallas de la población. Este plano muestra con claridad cómo Leonardo dominaba ya el nuevo tipo de cartografía que se estaba imponiendo en aquellos años del Renacimiento, dejando atrás los mapas que se estilaban hasta entonces y que hundían sus raíces en la Edad Media.

Además, junto a los mapas y sugerencias para mejorar las fortalezas, Leonardo también ideó para Borgia distintos ingenios relacionados con la artillería. Entre otros inventos, Leonardo creó “morteros capaces de disparar múltiples proyectiles explosivos, artillería móvil de precisión y catapultas de gran escala”, tal y como señala Paul Strathern. Hay también referencias a un curioso dispositivo, igualmente ideado por Leonardo para Borgia: un enorme ingenio, capaz de elevar hasta 300 hombres a lo alto de las murallas durante los asedios.

Plano de la ciudad de Imola, realizado por Leonardo da Vinci. | Crédito: Wikimedia Commons.

Algunas notas escritas por Leonardo parecen indicar –nunca hay menciones directas y explícitas en sus cuadernos de esa época–, que el florentino no estuvo siempre en la retaguardia. La mención, por ejemplo, a la toma de Fossombrone, a poco más de quince kilómetros de Urbino, parece indicar que Da Vinci la presenció en primera persona, acompañando a los comandantes españoles Hugo de Moncada y Miguel de Corella. Si, efectivamente, Leonardo asistió a la toma de la población, que se saldó con una sangrienta masacre, es muy posible que aquel “espectáculo” reafirmara aún más su cada vez mayor pensamiento pacifista. Y es esta, curiosamente, una de las mayores singularidades de Leonardo. Al tiempo que se mostraba contrario a la violencia, a la vez que defendía en sus escritos la vida de hombres y animales, el maestro diseñaba los más variados artilugios para perfeccionar el arte de la guerra. Una notable contradicción que pone de manifiesto, una vez más, lo complejo de su personalidad.

El paradero de Da Vinci a finales de 1502 y comienzos del año siguiente resulta oscuro para los historiadores. Sin embargo, es bastante probable que saliera de Imola junto a Borgia, el 10 de diciembre, en dirección a Cesena. Sí sabemos, por el contrario, que estuvo en Città della Pieve, donde César ordenó estrangular a los tres miembros de la familia Orsini que habían estado conjurando contra él. Más tarde, a finales de enero de 1503, Leonardo se separó de su patrón, para dirigirse a Roma, escoltado por algunos hombres de armas de César Borgia.

Una vez en la Ciudad Eterna, el maestro se reunión con el mismísimo papa Alejandro VI, quien le puso al tanto de una posible oferta de trabajo: la construcción de un colosal puente en el Cuerno de Oro, bajo los servicios del sultán Bejazit II. Parece que Leonardo se mostró vivamente interesado en la oferta, quizá porque suponía un desafío para su intelecto, o tal vez porque, de aceptarlo, podría al fin liberarse de su actual patrón, con quien ya no se encontraba a gusto en los dos últimos meses. Sabemos, gracias a una carta descubierta por los historiadores, que Leonardo llegó a escribir al sultán detallándole su idea para el proyecto, e incluso hay algunos bocetos del mismo, pero parece que finalmente terminó por descartar el encargo.

Finalmente, y aunque desconocemos las razones sobre el particular, en torno a marzo de 1503 Leonardo quedó liberado de su vínculo con César Borgia. Habían sido ocho meses de trabajo bajo las órdenes del español, viviendo la guerra en directo y participando en uno de los sucesos más importantes para la Historia de las provincias italianas de la época.

LA AVENTURA DE LOS MANUSCRITOS
En 1967, los medios de comunicación de medio mundo daban a conocer oficialmente un noticia que llevaba dos años rumoreándose entre el círculo de investigadores de la obra de Leonardo da Vinci. Los responsables de manuscritos antiguos de la Biblioteca Nacional de España habían localizado, entre sus nutridos fondos, dos “cuadernos” de Leonardo que habían estado desaparecidos durante décadas. El extravío se había producido debido a un error en la signatura de los manuscritos, por lo que durante todo el tiempo que se consideraron perdidos habían estado almacenados en el lugar incorrecto.

El hallazgo de aquellos cientos de páginas, hoy distribuidas en dos volúmenes conocidos como Códices Madrid I y II, constituían, en opinión de los expertos, “uno de los principales descubrimientos del siglo XX en materia de manuscritos antiguos”, y ofrecían nuevos datos sobre la personalidad del polifacético sabio y artista italiano. Un feliz descubrimiento que situaba a España en el mapa de países que cuentan con alguna obra atribuida a las manos del genial florentino. Curiosamente, la historia de estos textos y la de buena parte de los  “cuadernos” de Leonardo tuvo también estrechos lazos con nuestro país.

Página de uno de los códices conservados en la biblioteca madrileña | Crédito: Biblioteca Nacional de España.

A la muerte del maestro en 1519, todos sus manuscritos pasaron a manos de su discípulo Francesco Melzi, quien los llevó consigo hasta su hogar en Vaprio d’Adda. Cuando Melzi murió en 1570 fue uno de los hijos de éste, Orazio, quien recibió en herencia tan importante legado. Sin embargo, ignorante del tesoro que había recibido de su padre, relegó los papeles del maestro Leonardo al desván de la casa familiar. Quien sí supo apreciar el valor de aquellos documentos manuscritos fue Lelio Gavardi, preceptor de la familia Melzi. Sin que Orazio se percatara de ello, Gavardi sustrajo trece cuadernos del desván, y se los llevó a Florencia con la intención de vendérselos a Francisco de Médici. Sin embargo éste último no se interesó en aquel material, por lo que Gavardi terminó por confesar su robo a un amigo, Ambrogio Mazzenta. Éste se ofreció a devolver los documentos a su legítimo dueño pero, para su sorpresa, Orazio Melzi se los regaló, mostrando poco interés por ellos, y señalando que tenía muchos más de “aquellos papeles” en el desván de su casa.

Mazzenta, quien relata todos los pormenores de esta particular historia en sus Memorias, decidió repartir aquellos cuadernos entre sus dos hermanos. Poco después, el relato de la existencia de cientos de páginas manuscritas por Leonardo da Vinci corrió como la pólvora, llegando a los oídos de un escultor italiano, Pompeo Leoni.

Casualmente, Leoni llevaba varios años trabajando al servicio del rey de España, Felipe II, como uno de los artistas que participaban en la decoración del monasterio de El Escorial. De hecho, en aquellas fechas, hacia 1582, Leoni estaba en Milán ultimando los detalles de unas esculturas que acabarían por formar parte del retablo mayor de la iglesia de El Escorial. Según el relato de Mazzenta en sus Memorias, Leoni se apresuró en contactar con Orazio Melzi, prometiéndole “oficios, magistraturas y una sede en el Senado de Milán” si conseguía recuperar los trece volúmenes de Leonardo para enviárselos al rey Felipe, gran amante de este tipo de obras. Efectivamente, Leoni consiguió recuperar diez de los trece cuadernos que Melzi había regalado a Mazzenta, y que habían acabado en manos de éstos. Los tres restantes habían acabado ya en manos del cardenal Federico Borromeo, del pintor Ambrogio Figini y del duque Carlos Emmanuel de Saboya.

Escultura de Felipe II realizada por Pompeo Leoni | Crédito: Wikimedia Commons.

Ese fue el destino de los trece manuscritos robados originalmente por el preceptor de la familia Melzi. Pero, ¿y el resto de los cuadernos que habían estado en posesión de la familia? Todo parece indicar que Leoni consiguió hacerse con una gran parte de ellos. En este punto, las dudas surgen respecto al paradero de buena parte de los mismos. Mientras algunos estudiosos creen que la mayoría fueron enviados por Leoni al monarca Felipe II, tal y como refiere Mazzenta en sus memorias, otros, como el especialista Paolo Galluzzi, consideran que lo más probable es que Leoni se los quedara para su propia colección, habiendo utilizado el nombre del monarca español sólo para obtener las preciadas obras de Leonardo.

La cuestión, desde luego, no es baladí. Hoy en día los leonardistas consideran que Da Vinci llegó a “producir” unas 15.000 páginas manuscritas, de las que se conservan unas 7.000, aproximadamente. Cabe la posibilidad, por tanto, de que las páginas perdidas estuvieran originalmente entre las que Leoni pudo haber enviado a Felipe II, si realmente hizo tal cosa. En caso de que así fuera –no consta en ningún documento de la época que el escultor remitiera tales obras, ni tampoco en inventario bibliográfico alguno–, significaría que algunos cuadernos de Leonardo hoy desconocidos podrían permanecer “extraviados”, igual que los códices en la Biblioteca Nacional, esperando a ser encontrados.

En todo caso, de lo que no hay ninguna duda es de que, a la muerte de Pompeo Leoni, el escultor contaba con una buena selección de manuscritos vincianos. Así lo demuestran los inventarios que se realizaron a la muerte del artista, con la intención de concretar esta parte de la herencia, junto con otros muchos textos de arte, que pasó a manos de su hijo Miguel Ángel. Por desgracia, éste murió poco después, pasando sus posesiones a manos de Polidoro Calchi, yerno de Pompeo Leoni. Fue precisamente Calchi quien, poco después, comenzó a comerciar con los manuscritos –que habían sido organizados en volúmenes por Leoni–, vendiéndolos a distintos compradores. Entre los volúmenes que se sabe vendió Calchi se encuentran, por ejemplo, el célebre Codex Atlanticus o los textos de la Colección Windsor.

EL SINGULAR DON JUAN DE ESPINA
En lo que respecta a los Códices de Madrid, su pista puede seguirse sin dudas al menos desde principios del siglo XVII, fecha en la que estaban en manos de un singular personaje madrileño, amigo de Francisco de Quevedo y célebre entre los círculos más importantes de la corte: Don Juan de Espina.

Todos los textos de la época coinciden en señalar a Espina como un personaje singular, que sin duda habría hecho buenas migas con Leonardo da Vinci. Gran amante de la música, de las más diversas ciencias y del arte, su casa madrileña era un auténtico museo, pues estaba repleta con las más singulares piezas procedentes de todo el mundo conocido. Por si fuera poco, la fantasía popular le atribuía cualidades que rozaban la magia, pues se decía que no contaba con sirvientes en su casa, sino que eran unos autómatas de madera quienes se encargaban de servirle en cuanto necesitaba. Al parecer, Espina disfrutaba organizando sonadas fiestas en su morada y, de vez en cuando, consentía en que ciertos privilegiados, siempre seleccionados por él, conocieran en persona las maravillas que poseía. Uno de estos afortunados fue el pintor de origen italiano Vicente Carducho y es, gracias a él, que disponemos de uno de los testimonios sobre la presencia de los códices leonardianos en su casa. Así, en sus Diálogos de la pintura (1633), Carducho explicaba: “Allí vi dos libros dibujados y manuscritos de mano del gran Leonardo de Vinchi, de particular curiosidad y doctrina, que a quererlos feriar, no los dejaría por ninguna cosa el príncipe de Gales, cuando estuvo en esta Corte…”

Fachada de la Biblioteca Nacional de España | Crédito: Wikimedia Commons.

Efectivamente, tal y como refiere Carducho en su libro, el mismísimo príncipe de Gales –futuro Carlos I de Inglaterra– se mostró interesado en comprar los cuadernos de Leonardo durante su estancia en España en 1623, a lo que Juan de Espina se negó. Cuando algunos años después, en diciembre de 1642, Espina falleció, el testamento de tan singular personaje establecía con toda claridad que los manuscritos de Leonardo –entre otros muchos bienes– debían pasar a manos del rey de España.

Así fue como aquellos dos valiosos volúmenes pasaron a formar parte de la Biblioteca de Palacio y, ya en el siglo XIX, engrosarían los fondos de la Biblioteca Nacional de España. En una obra de esa centuria, escrita por el bibliógrafo Bartolomeo Gallardo con el título de Ensayo de una biblioteca de libros raros y curiosos, el autor español refería la existencia de los códices de Leonardo. Se trataba de los manuscritos 8936 y 8937, que acabaron “traspapelados” durante décadas, y reaparecieron en 1965 en la Biblioteca Nacional. Hoy son más conocidos entre los especialistas como Códices de Madrid I y II.

ANEXO
¿LEONARDO EN ESPAÑA?
En los últimos años, y en especial tras el arrollador éxito de El Código da Vinci, han proliferado las más singulares hipótesis en torno al sabio y artista italiano. En lo que respecta a su relación con España, sin duda una de las propuestas más sorprendentes es la que plantea el escritor José Luis Espejo, licenciado en Geografía e Historia, y autor de El viaje secreto de Leonardo da Vinci. En sus páginas, Espejo aprovecha el “silencio” sobre el paradero de Leonardo entre septiembre de 1481 y abril de 1483 para plantear una sorprendente posibilidad: el florentino habría viajado en esas fechas hasta España, y más concretamente hasta Cataluña, para visitar el monasterio de Montserrat, donde no sólo habría pintado una obra por encargo –su San Jerónimo–, sino que habría aprovechado su estancia para empaparse de secretos saberes alquímicos. Además, Espejo sugiere que el linaje de Leonardo podría tener un origen catalán, con parte de su familia procedente de la localidad de Vinciano.

Sin duda se trata de una hipótesis sugerente, muy apropiada para una novela de intriga histórica, pero por desgracia cuenta con pocas posibilidades de ajustarse a la realidad. Si bien es cierto que los datos sobre el paradero de Leonardo en las fechas que cita Espejo son escasos, la práctica totalidad de los historiadores y estudiosos de su figura no albergan duda de que pasó de Florencia a Milán precisamente en algún momento de aquel periodo –muy posiblemente en 1482–, para comenzar a trabajar bajo las órdenes de Ludovico Sforza. Por otra parte, es poco probable que Leonardo fuera contratado como pintor por parte de los responsables del monasterio de Montserrat, pues por aquellas fechas no era precisamente célebre como pintor, con escasas pinturas en su haber, y mucho menos fuera de España. Habría sido mucho más lógico que el abad del monasterio catalán hubiera optado por un artista presente en la península. Además, y volviendo a la cuestión de que apenas contaba con renombre como artista, cabe recordar que en la carta de presentación que envió a Sforza por esas fechas, él mismo se presentaba como ingeniero y experto en la fabricación de artilugios de guerra, dejando como mera anécdota sus capacidades para la pintura.

Algo similar sucede con la sugerencia de que Leonardo aprovechara su estancia en el monasterio para aprender alquimia pues, precisamente, entre los escritos de Leonardo no faltan duras críticas a adivinos y otros charlatanes, a quien el genio despreciaba, incluyendo entre ellos a quienes practicaban el arte de la alquimia, aunque a estos últimos los tratara con algo más de benevolencia, pues experimentaban con elementos de la naturaleza.

 

Diseño del ‘gran cavallo’, en una de las páginas de los Códices Madrid | Crédito: Biblioteca Nacional de España.

ANEXO
LOS CÓDICES DE MADRID, AL DETALLE
Los dos manuscritos de Leonardo que se conservan actualmente en la Biblioteca Nacional se cuentan entre las joyas más valiosas que posee la institución madrileña. No en vano, se trata de las dos únicas obras atribuidas con certeza al genio italiano que se conservan en nuestro país. Los códices, realizados en papel, tienen unas dimensiones de 222 x 155 mm, y están compuestos por 191 páginas (el Códice I) y 157 (el II). En ambos las páginas están cubiertos por dibujos y textos, en este último caso con la habitual “escritura especular” de Leonardo, que consistía básicamente en textos escritos de derecha izquierda y con las letras invertidas, de tal forma que sólo resultan legibles empleando un espejo. Al parecer, Da Vinci empleaba esta técnica por dos razones: por un lado, para evitar emborronar su propia escritura, pues era zurdo; por otro, para proteger sus hallazgos, invenciones y textos comprometidos de los ojos de los curiosos. En cuanto a la cronología, parte de las páginas datan del periodo entre 1493 a 1497, con Leonardo todavía en Milán, mientras que el resto se remontan a los primeros años del siglo XVI, coincidiendo en parte con el periodo que el maestro italiano pasó a las órdenes de César Borgia (ver artículo). En algunas de estas páginas encontramos dibujos de fortificaciones, cuyas semejanzas con el castillo español de La Mota (Medina del Campo, Valladolid) son más que evidentes. Para especialistas como el arquitecto Fernando Cobos-Guerra, restaurador de la fortaleza vallisoletana, no hay duda de las semejanzas entre los diseños realizados por Leonardo y los castillos de Medina del Campo o el de Salses. Una influencia que habría llegado al genio florentino, con toda probabilidad, a través de los militares españoles que formaban parte de los ejércitos de Borgia.

Castillo de La Mota, en Medina del Campo | © Javier García Blanco.

El Códice Madrid I es un tratado de estática y mecánica y, en opinión de los especialistas, es el que cuenta con dibujos de mayor calidad. En sus páginas podemos disfrutar de bellos diseños realizados con tinta negra, entre los que destacan dibujos de diferentes maquinarias, como relojes, armas, mecanismos singulares y otros ingenios surgidos de su mente. En lo que respecta al Códice Madrid II, en él encontramos cuestiones más variadas: desde referencias a alguna de sus obras, como la célebre Batalla de Anghiari, pasando por un inventario de parte de los libros que formaban su biblioteca, hasta mapas topográficos del valle del Arno o la llanura de Pisa. En uno de los cuadernillos de estas páginas descubrimos, además, bocetos y diseños sobre la fundición del gran cavallo, la monumental estatua ecuestre encargado por Ludovico Sforza en Milán, cuyo modelo en arcilla se perdió para siempre cuando las tropas francesas invadieron la ciudad y se entretuvieron haciéndola añicos con sus armas.

Recientemente, la Biblioteca Nacional anunció la realización de una edición digital de los Códices, después de plantear una encuesta a los internautas a través de diversas redes sociales, y en que la obra de Leonardo resultó elegida para su conversión a este formato.

Lectura recomendada:

-STRATHERN, Paul. El artista, el filósofo y el guerrero. (Ed. Ariel)

Comments (3)

Tags: , , , , , ,

Fortuna: arqueología y relax en Murcia

Posted on 08 noviembre 2011 by Javier García Blanco

{lang: 'es'}

Muchas veces, ante la llegada de las ansiadas vacaciones o de la posibilidad de una escapada de fin de semana, nos enfrentamos a una incómoda indecisión: ¿viaje cultural, con la consabida ruta por museos y monumentos o turismo de relax absoluto, con la finalidad de no hacer nada y huir de la rutina y el mundanal ruido?

Por suerte, el territorio español cuenta con numerosos destinos en los que es posible conciliar ambas posibilidades: descansar y al mismo tiempo alimentar el intelecto. Esta es, precisamente, una de las muchas virtudes con las que cuenta el pueblo de Fortuna, a tan sólo 25 kilómetros al norte de Murcia capital. Ubicada en la comarca oriental de la región murciana, Fortuna cuenta con una larga historia y con un rico patrimonio arqueológico vinculados a su pasado ibero y romano, y al mismo tiempo ofrece al visitante la posibilidad de desconectar de todo y recuperar fuerzas en el que es uno de sus principales atractivos turísticos: los baños termales del Balneario de Leana. Un establecimiento éste con años de funcionamiento a sus espaldas y que, precisamente, está estrechamente unido al patrimonio arqueológico de la comarca.

Ya en la Antigüedad, en la época altoimperial romana, buena parte de los habitantes de la Hispania romana –al menos los más pudientes–, y no pocos “turistas” llegados desde distintos puntos del Mare Nostrum, acudían hasta Fortuna –el nombre de la localidad alude, precisamente, a la divinidad romana– para beneficiarse de sus célebres aguas termales pues, no en vano, era uno de los principales enclaves de fuentes salutíferas en la Península Ibérica.

En relación con estas surgencias de aguas termales y su vinculación con las distintas divinidades –así lo entendían los antiguos–, encontramos, precisamente, dos de los enclaves arqueológicos más interesantes de la localidad. El primero de ellos es la llamada Cueva Negra, en realidad un abrigo rocoso, ubicado a poco más de dos kilómetros de la localidad. Este lugar, del que se sabe que fue utilizado ya en tiempos paleolíticos –gracias al hallazgo de piezas de sílex y otros utensilios–, constituyó un destacado santuario sagrado en distintos momentos de la historia, posiblemente ya desde época prehistórica, y con total certeza en tiempos de los iberos y de los romanos.

Un grupo de visitantes en el santuario de la Cueva Negra | © Javier García Blanco.

En opinión de algunos de los expertos que han estudiado el yacimiento, como el profesor Antonio Rodríguez Colmenero, podríamos distinguir varias etapas en el uso sagrado de la Cueva Negra: un primer momento de carácter exclusivamente indígena; una segunda etapa, la romana inicial, que se caracterizó por el culto a las ninfas y a las serpientes –la adoración a este animal vendría derivado de una reinterpretación romana de las divinidades locales anteriores–; un tercer momento, la etapa romana avanzada, en el que se habría desarrollado el culto a la Fortuna Balnearis y, por último, una época final en la que aparecieron advocaciones sincretistas de culto a divinidades orientales, como Cibeles. En cualquier caso, todas estas etapas estarían caracterizadas por el culto a las aguas pues, no en vano, en la Cueva Negra encontramos también el nacimiento de una corriente de agua a la que, tradicionalmente, se le han atribuido propiedades curativas.

Lo más singular y destacado de este santuario, sin embargo, se descubrió en fechas relativamente recientes. Fue en la década de los años 80 del siglo pasado cuando un equipo de arqueólogos vinculados a la Universidad de Murcia descubrió la existencia de una serie de textos latinos pintados en las paredes del abrigo. Estos tituli picti –inscripciones clásicas, en este caso pintadas– consisten en decenas de frases latinas relacionadas con distintas divinidades –especialmente con las ninfas–, y constituyen un importantísimo ejemplo prácticamente único en el mundo. Aunque bastante deterioradas, lo que dificulta su identificación y lectura a simple vista, los investigadores han logrado localizar y traducir buena parte de ellas, poniendo en evidencia que quienes escribieron aquellos textos gozaban de una notable educación y cultura.

Calcos con algunos de los Tituli Picti descubiertos en la Cueva Negra.

Tras años de estudios, todo parece indicar que los tituli picti y el resto de manifestaciones cultuales de la Cueva Negra estaban directamente relacionados con otros lugares de culto ubicados en torno a la antigua localidad romana de Fortuna, formando entre todos un complejo témenos, un lugar donde vivía y se manifestaba la divinidad.

Uno de estos enclaves fue, sin duda, el lugar donde se encontraban los antiguos baños romanos, localizados y estudiados también en fechas relativamente recientes, y que se encuentran a apenas un centenar de metros del actual Balneario de Leana. Las excavaciones de este singular enclave arrancaron en 1991, dirigidas por el Instituto del Próximo Oriente Antiguo de la Universidad de Murcia, y tras varias campañas de estudio han sacado a la luz los restos de una antigua construcción de época augustea (siglo I d.C.) en la que se adivinan los restos de un ninfeo con gradas. Este espacio no sería un mero enclave para disfrutar de las aguas termales, sino un destacado santuario en el que se rendía culto a las ninfas y a la Fortuna Balnearis. Es muy posible que, tras bañarse en las aguas curativas de este lugar, los fieles acudieran a dar gracias a la Cueva Negra, donde realizaban las escrituras descubiertas en este último enclave.

Además de estos dos santuarios relacionados con las aguas termales, la localidad murciana cuenta con otros yacimientos de interés arqueológico. Uno de ellos es el llamado Cabezo de la Mesa (a unos 2,5 kilómetros en línea recta de la Cueva Negra), un antiguo asentamiento de la Edad del Bronce, en el que todavía es posible identificar algunas estructuras. También a una distancia similar de la Cueva Negra, y a unos 500 metros del “Balneario de los Baños”, se encuentra el enclave de Castillejo de los Baños, otro asentamiento cuya población más antigua se remonta igualmente a la Edad del Bronce, aunque su momento más importante se produjo durante el periodo ibero, extendiéndose entre los siglos V y IV a.C.

Finalmente, encontramos el Castillico de las Peñas, a unos cinco kilómetros de Fortuna (y a tres de la Cueva Negra), un yacimiento que estuvo poblado ya en el Paleolítico Superior, y hasta fechas tan tardías como el siglo XIII de nuestra era. En este lugar los arqueólogos han documentado momentos de ocupación eneolítica, argárica y, en especial, ibérica (siglos V a.C.-II d.C.). Lo más interesante son los restos iberos ubicados en lo alto de la loma, compuestos por restos de viviendas y fortificaciones.

MOMENTOS PARA EL RELAX
Si ya hemos quedado satisfechos con el amplio repertorio de patrimonio histórico y arqueológico, Fortuna nos ofrece otros atractivos algo más hedonistas. Y qué mejor plan que escaparnos hasta el actual Balneario de Leana, un establecimiento que remonta sus orígenes a la segunda mitad del siglo XIX, cuando Juan Cascales Font inició la construcción del actual Hotel Balneario –hoy el más antiguo de la región de Murcia–. Situado a muy poca distancia de donde en su día se ubicaron los antiguos baños romanos, la construcción de este enclave termal supuso la realización de un complejo con elegantes edificios decimonónicos, convirtiéndose en uno de los balnearios más espectaculares de su época. Durante la Guerra Civil española los avatares del conflicto armado convirtieron en lugar en un improvisado Hospital de Guerra, por lo que sus actividades habituales quedaron interrumpidas, y no fue hasta los años 60 cuando comenzó a recuperar su antiguo esplendor.

Vista parcial de las instalaciones del balneario de Leana | © Javier García Blanco.

El Balneario de Leana todavía conserva buena parte de su elegante estilo fin-de-siècle | © Javier García Blanco.

Vista de una de las piscinas del Spa romano | © Javier García Blanco.

Hoy sus instalaciones cuentan con numerosos espacios y servicios para el relax y la salud, como masajes, baños de aguas termales y piscinas exteriores también de aguas salutíferas –entre muchos otros–, y tras unas horas rodeados de tantas atenciones no es difícil sentirse como auténticos patricios romanos. Sobre todo si probamos el llamado Spa Romano, un recorrido termal que incluye piscinas con “volcanes” de burbujas, chorros cervicales, sauna de vapor, duchas de aromas y una piscina de leche hidratante, para quien desee emular a la célebre Cleopatra.

Piscinas termales exteriores | © Javier García Blanco.

Interior del nuevo Café-Teatro | © Javier García Blanco.

Desde el pasado mes de julio, además, el conjunto hotelero del Balneario de Leana cuenta también con un moderno Café Teatro, un espacio en el que saborear una comida o una cena al tiempo que se disfruta de distintos espectáculos.

OTROS DATOS DE INTERÉS
Si estás planeando una visita a Fortuna, quizá te interese conocer algunas de sus fiestas más señaladas que, además, en algunos casos tienen relación con los pueblos que lo habitaron en el Antigüedad. Es el caso de las fiestas de Kalendas Aprili (primer fin de semana después del Domingo de Resurrección), en las que se rememoran antiguas tradiciones romanas y durante las cuales los vecinos de Fortuna realizan una romería hasta la Cueva Negra para pasar el día. En una línea similar se celebran las fiestas de Sodales Íbero-Romanos (15 de agosto), con celebraciones vinculadas con el pasado ibero y romano de la localidad, también con la Cueva Negra como protagonista.

DÓNDE ALOJARSE

Balneario de Leana (http://www.leana.es/)
C/ Balneario S/N – 30626 Fortuna (Murcia)
Tlf.: 902444 410

* Agradecimientos: Open News Comunicación, Balneario de Leana.

Comments (5)

Tags: , , , , ,

Cuenca, la ciudad paisaje

Posted on 02 octubre 2011 by Javier García Blanco

{lang: 'es'}

Galardonada con el título de Ciudad Patrimonio de la Humanidad en 1996, la capital conquense cuenta con una rica historia que se remonta a la época de la invasión musulmana. Enclavada en un privilegiado y hermoso escenario, entre las hoces de los ríos Júcar y Huécar, la ciudad conserva hoy el espíritu de su pasado medieval, aunque sin dar la espalda a la modernidad y la vanguardia.

“Un nido de águilas hecho sobre una roca”. Con estas palabras, el célebre escritor Pío Baroja describió con acierto y sencillez la característica más representativa de la ciudad de Cuenca. Erigida sobre un robusto promontorio pétreo y abrazada por las aguas del río Júcar y su afluente el Huécar, la singular ubicación de Cuenca destaca especialmente como la principal seña de identidad de la población.

Aunque los estudiosos han localizado en la región restos de asentamientos humanos que se remontan a la época del Paleolítico Superior (hacia el 90.000 a.C.) y decenas de miles de años después los romanos levantaron varios enclaves en distintas zonas de la provincia, el espacio en el que se alza hoy la localidad no contó con un asentamiento de importancia hasta la llegada de los musulmanes a la Península Ibérica. Y fue precisamente su sobresaliente carácter defensivo, su facilidad para convertir el lugar en una impenetrable fortaleza natural, lo que llevó a los moros llegados desde el norte de África a construir allí una alcazaba de indudable valor estratégico. A más de mil metros sobre el nivel del mar, y con la protección natural que conceden al lugar los sólidos bloques pétreos, los acusados riscos y las hoces formadas por la fuerza incansable del Júcar y el Huécar, la Kuvenka o Qünka musulmana debía aparecer, a ojos de los hombres de la Edad Media, como un espolón inexpugnable. Sin embargo, el 21 de septiembre de 1177 –según la tradición–, el monarca Alfonso VIII y sus huestes, ayudado por el rey aragonés Alfonso II el Casto y las Órdenes Militares, tomaba posesión de la plaza tras un asedio que se había prolongado durante más de ocho meses.

Tras la toma de la ciudad, el rey Alfonso otorgó el Fuero de Cuenca, sentando las bases de una repoblación que se apoyaría en la fundación de numerosas aldeas. Si aceptamos los datos ofrecidos por el geógrafo árabe El-Idrisí, a mediados del siglo XII –poco antes de su conquista por las tropas cristianas–, Cuenca era una pequeñísima localidad con una población que apenas rozaba los setecientos habitantes. Con la llegada cristiana y los esfuerzos de repoblación el número de habitantes fue creciendo poco a poco, y las gentes quedaron repartidas en función de su origen: los judíos fueron reunidos en torno a la calle de Zapaterías; los musulmanes en los aledaños de la torre de Mangana y, finalmente, los cristianos se organizaron por parroquias en las distintas zonas del restos de la ciudad.

La ‘Bajada de las Angustias’. Naturaleza junto al casco antiguo de la ciudad. © Javier García Blanco.

Con la localidad ya en manos cristianas y en franco desarrollo, sus habitantes hicieron de la ganadería su principal medio de sustento, desplazando a la agricultura, pues los campos resultaban difíciles de defender ante los eventuales ataques musulmanes que siguieron produciéndose. Aquella actividad ganadera terminó por convertirse en una importante industria textil lanera, con una destacada producción de paños que se hizo especialmente evidente a partir del primer tercio del siglo XV, favoreciendo un notable aumento de la población. Esta explosión económica y demográfica continuó en el siglo XVI, época en la que Cuenca se convirtió en cabeza de corregimiento y en ciudad con derecho a voto en Cortes.

De forma paralela se desarrollaron también la agricultura y la ganadería trashumante. Aquel esplendor, sin embargo, se vio frenado en la centuria siguiente, cuando una terrible epidemia de peste, iniciada en 1588, afectó a la localidad y su región. A la nefasta enfermedad le siguieron en pocos años otros desastres, como duras sequías y plagas de langostas, haciéndose notar en un pronunciado descenso en el número de habitantes. Aquellas desgracias continuadas dejaron huella en la industria lanera y la ganadería trashumante, situación que se prolongó en el siglo XVIII, cuando el monarca Carlos IV decretó la supresión de los talleres de lana conquenses para favorecer a la Real Fábrica de Tapices.

Vista desde una de las célebres ‘casas colgadas’. © Javier García Blanco.

Con la llegada del siglo XIX, y más concretamente en 1833, Cuenca se convirtió en capital de la provincia durante las reformas de Javier de Burgos. Un nombramiento que, por desgracia, no sirvió para arrancar a la ciudad del parón económico en el que se hallaba, y que se agravó debido a la Guerra de la Independencia y las Guerras Carlistas. Otros dos hechos vivieron a marcar el devenir de la localidad en aquellos años: por un lado, el inicio de la “emigración” de parte de la población a zonas llanas, creando el germen de lo que hoy es la ciudad nueva; por otro, las desamortizaciones de Mendizábal y Madoz, en 1836 y 1856 respectivamente, que recortaron de forma destacada la importancia del clero.

Tras la Guerra Civil, y en especial en la segunda mitad del siglo XX, Cuenca comenzó una nueva expansión al calor de la industria turística, principal actividad económica en la actualidad, alcanzando hoy una población de más de 50.000 habitantes, una cifra muy lejana de aquellas menos de mil almas que contabilizara El-Idrisí en sus textos del siglo XII.

LABERÍNTICAS CALLES
El paso de los siglos y el devenir de la historia ha cambiado de forma notable, como es lógico, la fisonomía de Cuenca y sus alrededores. Sin embargo, la ciudad vieja sigue manteniendo el mismo espíritu que la ha caracterizado durante siglos.

Calles típicas de la ciudad antigua. © Javier García Blanco.

Pasear hoy por sus empinadas y laberínticas calles, ajenas al alboroto y el ajetreo de las grandes urbes, constituye un auténtico viaje en el tiempo para el visitante. No es sólo un efecto del abundante patrimonio histórico que se conserva, sino una consecuencia de múltiples factores: a las pintorescas y típicas casas que, como si de seres vivos de tratara, parecen apretujarse en busca de calidez, hay que sumar el espectacular paisaje que sorprende a la vista a poco que caminemos. Las hoces creadas por el Júcar y el Huécar, a los pies de las rocas que sirven de cimiento para los célebres rascacielos conquenses o las pintorescas casas colgadas, no sólo enmarcan la ciudad que se yergue en las alturas, sino que envuelven a Cuenca en un hermosísimo escenario mágico capaz acelerar la imaginación de la mente más pausada. Y no es para menos. Perderse por rincones como la serpenteante Bajada de las Angustias, que conduce a la ermita del mismo nombre y al antiguo convento de los franciscanos descalzos, supone entrar en un territorio propicio para la leyenda. Lo mismo sucede al pasear por los apacibles jardines ubicados a los pies de los rascacielos conquenses, en la hoz del Huécar, desde donde es posible divisar no sólo las inevitables casas colgadas, sino el puente de San Pablo, el convento del mismo nombre –hoy Parador Nacional de Turismo– o el edificio del Archivo Histórico Provincial, antigua sede de la Santa Inquisición.

Fachada de la catedral de Cuenca. © Javier García Blanco / Istockphoto.

En lo que respecta al patrimonio histórico-artístico, Cuenca es capaz de satisfacer incluso a los espíritus más exigentes. En la Plaza Mayor, el espacio urbano más importante de la ciudad antigua, destacan el Ayuntamiento –edificio del siglo XVIII– y el convento de las Petras pero, sobre todo, la magnífica catedral de Santa María de Gracia. Fue, al parecer, el primer edificio que se comenzó a construir tras la conquista de la ciudad por Alfonso VIII, siendo consagrada en 1208, aunque no se finalizó la obra hasta el año 1271. Su fachada es un magnífico ejemplo de protogótico –el edificio en sí cuenta con varios restos de transición de románico a gótico–, pero es en el interior donde el visitante queda más sorprendido. A las vidrieras realizadas en fechas recientes por artistas contemporáneos hay que añadir piezas magníficas como el Transparente de Ventura Rodríguez, de estilo barroco. Todo ello se suma a las distintas capillas de las naves laterales, la sacristía o la Sala Capitular, en una mezcla de estilos que nos hacen viajar desde el siglo XII hasta el XVIII.

El célebre transparente de la catedral de Cuenca, diseñado por Ventura Rodríguez. © Javier García Blanco / Istockphoto.

A los edificios anteriores hay que sumar otros igualmente singulares, como la llamada Torre de Mangana –cuyo origen se remonta al siglo XVI–, o la iglesia y convento de la Merced, que comparten espacio con el Seminario de San Julián. Además, claro está, de otros señalados edificios como el Castillo, el antiguo Colegio de San José –perteneciente a la familia del pintor Juan Bautista del Mazo y hoy convertido en hotel– y las numerosas iglesias y conventos que se siguen conservando.

A pesar de esta riqueza patrimonial, y el innegable aroma histórico que desprenden sus calles y edificios, Cuenca destaca hoy por una característica singular: la feliz convivencia de este rico pasado con un presente igualmente lleno de cultura y patrimonio. La ciudad posee hoy una decena de museos de los cuales, al menos la mitad están dedicados al arte contemporáneo. Así, podemos encontrar el Museo de Arte Abstracto Español –ubicado en las Casas Colgadas y con importantes obras de artistas como Tàpies, Pablo Serrano, Antonio Saura o Chillida–, la Fundación Antonio Saura-Casa Zavala o la Fundación Antonio Pérez. También hay espacio para cultivar el amor al conocimiento en el Museo de las Ciencias de Castilla La Mancha, donde es posible contemplar –además de otras muchas cosas–, los restos del dinosaurio “Pepito”, un espectacular ejemplar de Concavenator corcovatus o “cazador jorobado de cuenca”. Toda esta riqueza cultural, artística, monumental y paisajística no pasó desapercibida a los ojos de la UNESCO que, en 1996, decidió conceder a la ciudad el título de Ciudad Patrimonio de la Humanidad.

ANEXO
CUENCA SUBTERRÁNEA

Refugio subterráneo de la Guerra Civil, Cuenca. © Javier García Blanco.

Desde noviembre del año 2010, y gracias a los esfuerzos conjuntos de la Universidad de Castilla La Mancha y el Ayuntamiento de Cuenca, es posible acceder a uno de los escenarios más singulares de la ciudad durante la Guerra Civil Española. En la céntrica calle Alfonso VIII se encuentra un antiguo refugio antiaéreo construido a partir de 1936 y que sirvió de cobijo a los habitantes de la ciudad, que fue bombardeada en cuatro ocasiones. El recinto fue excavado aprovechando una serie de cuevas naturales que hasta entonces habían servido de almacén municipal, y que fueron agrandándose según avanzaba la guerra. Hoy los responsables municipales, en colaboración con los historiadores y arqueólogos, conocen la ubicación de otros diez túneles similares, que un futuro podrían sumarse a esta singular iniciativa.

DÓNDE SE ENCUENTRA

Cuenca se encuentra en una comarca montañosa de la Serranía conquense, rama interior de la mitad meridional del Sistema Ibérico. Bien comunicada por carretera y tren, se encuentra a 169 kilómetros de Madrid y 199 de Valencia.

DÓNDE COMER Y DORMIR

Posada de San José. Calle Julián Romero, 4. Teléfono: 969 21 13 00.

Parador de Cuenca. Subida a San Pablo, s/n. Teléfono: 969232320.

Mesón Casas Colgadas. Calle Canónigos s/n. Teléfono: 969223509.

MÁS INFORMACIÓN

Turismo de Cuenca (Ayuntamiento)

Todas las fotografías: © Javier García Blanco / Istockphoto.

Comments (6)

Tags: , , , , , ,

¿La primera tumba neandertal de la Península Ibérica?

Posted on 16 septiembre 2011 by Redacción

{lang: 'es'}

Sólo se han descubierto hasta la fecha cuatro de sus dientes (dos incisivos, una muela y un canino), pero para los expertos parece más que suficiente para esbozar una primera idea de algunas de las características de su propietaria: una niña neandertal de sólo dos años. Eso es lo que se desprende de los datos que han ofrecido los investigadores, coordinados por el arqueopalentólogo Enrique Baquedano, apenas quince días después de su hallazgo en un yacimiento cercano a Pinilla del Valle, una pequeña localidad situada a unos 90 kilómetros al norte de Madrid.

Durante la rueda de prensa celebrada el pasado 13 de septiembre, Baquedano –acompañado por otros especialistas como Juan Luis Arsuaga o el geólogo Alfredo Pérez-González–, dio algunos detalles de lo que han podido averiguar tras descubrir, el pasado 29 de agosto, estos pequeños dientes que pertenecieron a ‘Lozoya’ –así la han ‘bautizado’, debido a la proximidad del yacimiento al río del mismo nombre–, una neandertal que vivió hace unos 40.000 años. En esa época, apuntó Arsuaga, la región estaba completamente dominada por dichos homínidos, sin que hubiera presencia de Homo sapiens: “Los neandertales y los leones de las cavernas eran los reyes”.

El tamaño y características de estos dientes de leche –recuperados en muy buen estado– han permitido a los estudiosos determinar que posiblemente pertenecieron a una niña de unos dos años y medio de edad. Sin embargo, aunque estas piezas dentales ofrecen algunas pistas, también generan notables interrogantes. Arsuaga explicó durante la rueda de prensa que posiblemente la pequeña falleció durante el destete, y que “no sería ningún disparate” pensar en que su fallecimiento coincidió con un nuevo embarazo de la madre.

Junto a los restos descubiertos se hallaron otros pertenecientes a una especie de rinoceronte –el Stephnorhinus hemitoechus– que se extinguió hace aproximadamente 40.000 años, lo que ha permitido datar el hallazgo. Dada esta antigüedad, parece no haber duda de que se trata de los restos más antiguos de un infante neandertal descubiertos hasta la fecha en la comunidad de Madrid. Sobre lo que sí existen más dudas es sobre si el enterramiento –al parecer el cuerpo de la niña fue dispuesta de forma muy cuidadosa por sus padres– pudo estar rodeado de algún rito funerario. De ser así, en palabras de Enrique Baquedano, “estaríamos ante la primera sepultura neandertal de la Península Ibérica”.

Los restos de la pequeña aparecieron cubiertos por una capa de de piedras redondas, posiblemente para evitar que los depredadores –hienas especialmente–, devoraran el cadáver. Sin embargo, en opinión de Baquedano también pudieron haber ejercido algún tipo de función ritual, lo que demostraría que los neandertales desarrollaron una “creencia en la vida de ultratumba”.

Nota: En el siguiente enlace podéis ver un fragmento en vídeo de la rueda de prensa sobre el hallazgo (Plataforma SINC).

© Fotografía: Max Planck Institute.

Fuente:

-’Lozoya’, la primera niña neandertal de Madrid (Público)

Comments (0)

Tags: , , , ,

Tornados en España

Posted on 06 septiembre 2011 by Redacción

{lang: 'es'}

Hace apenas una semana, os hablábamos del devastador tornado que afectó a Madrid en mayo de 1886. Curiosamente, la publicación Atmospheric Research publicó el pasado mes de junio un interesante artículo, realizado por el español Miquel Gayà –investigador de la Agencia Estatal de Meteorología–, que repasa la historia de los tornados que se han registrado en nuestro país. El estudio de Gayà –Tornadoes and severe storms in Spain– es el resultado de más de veinte años de investigación, tiempo en el que ha podido recopilar información sobre más de mil tornados registrados en España.

Entre ellos destacan el ocurrido en marzo de 1671 en Cádiz, cuando un poderoso tornado afectó a la ciudad y causó numerosas víctimas mortales. “Sobre todo, marinos, porque, aunque resulte extraño, la mayoría de ellos no sabía nadar”, explicó Gayà a la agencia SINC. Según este investigador, ya jubilado, este tipo de fenómenos no son una rareza propia de épocas pasadas: “En la actualidad, la Península Ibérica no está exenta de estos fenómenos meteorológicos. Un tornado como el de Cádiz podría darse otra vez en cuanto a intensidad”, explicó.

El estudio de Gayà también se hace eco del tornado que sufrió Madrid en mayo de 1886, y que mencionábamos al principio. Pero también analiza otros más recientes, como los tres registrados en la isla de Mallorca en el año 2009.

En lo que respecta a las características de estos temibles fenómenos meteorológicos, el investigador español señala que son mucho más frecuentes entre las 12 y las 18 horas, como consecuencia de la importancia que tiene en su formación el calentamiento diurno. En cuanto a los lugares más propensos a sufrir este tipo de fenómenos, Gayà señala la región mediterránea y las provincias más cercanas al Golfo de Cádiz, mientras que las Baleares, las costas orientales del la Península Ibérica, la zona de Gibraltar y las costas del noroeste español y el Golfo de Vizcaya son susceptibles de verse afectadas por trombas marinas, el equivalente a los tornados en el mar.

Fuente: España también sufre tornados (SINC)

Entradas relacionadas: El día que un tornado asoló Madrid

Related Posts with Thumbnails

Comments (0)

Advertise Here

Fotos de nuestro álbum de Flickr

Ver todas las fotos

Advertise Here
Si quieres información sobre publicidad escribe a contacto@redwebunity.com

Publicidad