Este año se cumple el 50 aniversario del inicio de los proyectos SETI, una ambiciosa iniciativa cuya finalidad es averiguar si existen otros seres inteligentes en el Universo. En Planeta Sapiens hemos querido celebrarlo con un repaso a la historia de esta apasionante búsqueda…
Ragbir Bhathal, astrofísico australiano de la Universidad Western Sydney, ha pasado los últimos veinte años de su vida dedicado en cuerpo y alma a una labor que muchos calificarían de insólita y quijotesca: escudriñar el firmamento con potentes telescopios en busca de alguna señal que demuestre que no somos los únicos seres inteligentes del Universo.
Hasta la fecha, todos estos años de duro trabajo no habían obtenido resultados positivos. Al menos, no en la forma en que Bhathal y muchos de sus colegas habrían deseado. Por este motivo, no resulta difícil imaginar la emoción que debió embargar a Bhathal cuando, a comienzos de diciembre de 2008, saltaron todas las alarmas en su observatorio del campus de la Universidad Western Sydney, en Campbelltown. Según los registros ofrecidos por los modernos dispositivos, se había detectado una “misteriosa señal” –un pulso regular– aparentemente llegada del espacio exterior. Bhathal tenía ante sus ojos la que podría ser la evidencia científica del suceso más importante en la Historia de la Humanidad. Sin embargo, la noticia permaneció en secreto. Durante los meses siguientes, Bhathal y su equipo investigaron concienzudamente los datos recibidos, rastreando hasta la extenuación las mismas coordenadas de donde parecía proceder la señal e intentando determinar si el misterioso “pulso regular” podía ser en realidad una falsa alarma generada por sus propios instrumentos, un fenómeno astrofísico desconocido o ruido aleatorio. Finalmente, la noticia terminó filtrándose a la prensa, y en mayo de 2009 el diario The Australian publicaba un breve artículo sobre el “incidente”. Pese a lo que cabría esperar, la noticia apenas generó interés en los medios internacionales, siendo escasamente reproducida en la prensa. Únicamente en Internet –como no– se generó cierta expectación.
El Dr. Ragbir Bhathal trabajando en su telescopio.
Ante la falta de repercusión en medios científicos especializados, y temiendo que la noticia no fuese más que un bulo de los muchos que inundan a diario la red de redes, intenté localizar al Dr. Bhathal. Poco después, el astrofísico me respondía amablemente, confirmándome lo sucedido y remitiéndome a un escrito publicado el día anterior en su blog personal. En su correo, además, me avanzaba los motivos del silencio mediático: las investigaciones para aclarar el origen de la señal seguían en marcha, y por el momento preferían omitir las coordenadas exactas de donde ésta podría proceder. En su escrito, con el clarificador título de Is this ET? (¿Es éste ET?), Bhathal insistía en la necesidad de confirmar, siguiendo las reglas del método científico, el auténtico origen de la señal. “Todavía no es momento –aclaraba– de descorchar la botella de champán que guardo en la mesa de mi despacho”. La sinceridad del Dr. Bhathal evidencia que todavía estamos lejos de poder celebrar el encuentro con nuestros “hermanos” cósmicos. De hecho, y aunque no es algo popularmente conocido, no es la primera vez que se disparan todas las alarmas…
EN BUSCA DE UN SUEÑO
Las primeras conjeturas sobre la posibilidad de que no estemos solos en el Universo se remontan a la Antigüedad clásica pero, a excepción de unas tímidas y excéntricas sugerencias en el siglo XIX, la búsqueda de nuestros hipotéticos “iguales” en el Cosmos con métodos científicos no se inició hasta la segunda mitad del pasado siglo.
Fue Frank Drake, entonces un joven astrónomo estadounidense, quien en 1960 realizó el primer experimento científico en este sentido. Destinado en el Observatorio Nacional de Radioastronomía en Greenbank (EE.UU.), Drake apuntó con el radiotelescopio Tatel en dirección a dos estrellas relativamente cercadas: Epsidon Eridani y Tau Ceti. “Escuchando” con atención en el llamado “agujero de agua” –un rango de frecuencias en el espectro de radio que va desde los 1.420 MHz a los 1.720 MHz, extremos en los que se encuentran las frecuencias que emiten los átomos de hidrógeno y las moléculas de hidroxilo y que serían las preferidas por otras civilizaciones–, Drake esperaba encontrar señales con patrones uniformes o números primos, que evidenciarían un origen extraterrestre inteligente. Su búsqueda, por desgracia, no obtuvo resultados positivos, pero supuso el pistoletazo de salida para la búsqueda científica de posibles señales de radio de procedencia extraterrestre. Nacían así los proyectos SETI (Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre, en sus siglas en inglés) que, a pesar de lo que suele pensarse comúnmente, no son un único proyecto, sino varios.
El astrónomo estadounidense Frank Drake.
La iniciativa de Drake –bautizada como Proyecto Ozma– fue, como decíamos, el primero de muchos otros intentos con un mismo objetivo. En esa misma década de los 60, los soviéticos, en plena “guerra espacial” con los EE.UU., realizaron sus propias iniciativas destinadas a detectar señales de radio anómalas. Unos años más tarde, en los 70, la NASA elaboró un informe con el título de Proyecto Cyclops, en el que se analizaban los conocimientos existentes sobre la cuestión, y se planteaban estrategias a seguir. El Cyclops nunca se puso en marcha, pero muchas de sus conclusiones fueron aplicadas más tarde en iniciativas futuras. En años siguientes, el JPL y el Ames Research Centre de la NASA realizaron algunos experimentos y, a pesar de la ausencia de resultados positivos, el interés por los distintos proyectos SETI fue creciendo entre los astrónomos.
En 1992 la NASA volvió a intentarlo de nuevo, en esta ocasión a través del Proyecto HRMS (High Resolution Microwave Survey), insistiendo otra vez en el rango de frecuencias del water hole (agujero de agua). La iniciativa sólo duró un año, y marcó el fin de los proyectos SETI con financiación estatal. Desde entonces, la mayor parte de los estudios de este tipo sobreviven gracias a las aportaciones privadas. Una de estas iniciativas privadas es el Proyecto Phoenix, que desde 1995 ha rastreado el cielo en busca de posibles señales extraterrestres en unas 800 estrellas de características similares a nuestro sol, utilizando distintos radiotelescopios para este propósito. Uno de ellos, el ubicado en Arecibo (Puerto Rico), alcanzó fama mundial gracias a su aparición en la película Contact, basada en una novela de Carl Sagan.
Fotograma de la película Contact, protagonizada por Jodie Foster.
Fuera de la ficción, sus instalaciones también han sido utilizadas desde comienzos de los años 90 por el llamado Proyecto Serendip (Búsqueda de emisiones de radio procedentes de poblaciones inteligentes cercanas). Aprovechando las colosales dimensiones del radiotelescopio –305 metros de diámetro– y empleando unos sofisticados detectores, es capaz de rastrear hasta 160 millones de frecuencias distintas. Toda esa potencia, que genera una cantidad ingente de datos que hay que filtrar y analizar en busca de posibles patrones de origen alienígena es, paradójicamente, el mayor escollo del proyecto. Para solventar el problema, los responsables del experimento idearon una ingeniosa solución: desarrollaron un pequeño software que, instalado en equipos domésticos de voluntarios de todo el planeta, analiza los datos recibidos en Arecibo mientras el usuario no está usando su equipo. La iniciativa fue bautizada como Seti@home, y en la actualidad unos cuatro millones de personas lo tienen instalado en su equipo, bajo el aspecto de un vistoso salvapantallas.
Aunque la búsqueda de señales de radio ha sido la predominante desde que surgieran los proyectos SETI, en los últimos años algunos astrónomos, ante la falta de resultados, optaron por buscar en “otro lado”, surgiendo así los programas OSETI o “SETI ópticos”. A diferencia de los existentes hasta entonces, que buscaban patrones regulares en las ondas de radio, estos proyectos escudriñan los cielos, pero en el espectro óptico. En opinión de este grupo de científicos –entre los que se encuentra Ragbir Bhathal– si las hipotéticas civilizaciones extraterrestres son más avanzadas que nosotros, entonces lo más lógico es que usen pulsos de luz láser para comunicarse. Además, según Bhathal –quien está convencido de que en unas décadas nosotros mismos utilizaremos este sistema como medio de comunicarnos– los pulsos láser permitirían enviar una cantidad de información hasta un millón de veces mayor que una señal de radio, lo que supone una clara ventaja.
En la actualidad, varios observatorios estadounidenses, pertenecientes a las universidades de Harvard, Princeton y California, buscan este tipo de señales desde el hemisferio norte y sólo uno, el dirigido por el Dr. Bhathal, lo hace desde el hemisferio sur.
LA SEÑAL ¡WOW!
A pesar de todos los años de trabajo y de atenta “escucha”, los distintos proyectos realizados hasta la fecha no han obtenido resultados positivos. Excepto, quizás, en una ocasión… El 15 de agosto de 1977, los dispositivos empleados en el proyecto SETI realizado desde el radiotelescopio Big Ear, de la Universidad de Ohio, imprimieron, como era habitual, los resultados obtenidos. Cuando el Dr. Jerry R. Ehman, uno de los trabajadores del proyecto, repasó con detenimiento aquella sucesión de cifras y letras, su corazón estuvo a punto de salirse del pecho. Entre numerosos dígitos sin interés aparecía un código que destacaba sobre los demás: 6EQUJ5. Aquella suma de letras y números indicaba que una potentísima señal de radio –mucho mayor que cualquier otra– había sido detectada por el radiotelescopio durante 72 segundos, a las 23:16 horas. La emoción que Ehman sintió fue tal que señaló el código y escribió a su lado la expresión “¡Wow!” (¡Guau!) en señal de asombro.
La célebre señal Wow, captada por el Dr. Ehman. Crédito: Wikipedia.
Teniendo en cuenta que el Big Ear estaba fijo –se movía con la rotación de la Tierra– y la anchura de su “campo de visión”, el radiotelescopio observaba cada punto durante sólo 72 segundos –tiempo que duró la señal Wow–. En el caso de detectar una posible señal alienígena, su duración sería precisamente esa y, además, mostraría un gráfico idéntico al registrado en el Big Ear, con una elevación marcada durante los primeros 32 segundos, y un descenso igualmente progresivo en los siguientes.
Esperanzado, Ehman intentó durante todo un mes volver a captar la señal, aunque no tuvo éxito. Años después, otros científicos han vuelto a intentarlo, orientando sus equipos a las mismas coordenadas, en la constelación de Sagitario. Como respuesta han obtenido el más desesperanzador de los silencios. En la actualidad, y puesto que no se ha vuelto a detectar la señal, los científicos han planteado la posibilidad de que ésta hubiera sido causada por una “interferencia” de origen terrestre, quizá rebotada en chatarra espacial o emitida por un satélite artificial que pasaba en ese preciso instante o incluso que estuviera provocada por un fenómeno astronómico de gran potencia. El propio Ehman, con los años, manifestó su escepticismo sobre un posible origen extraterrestre. Pese a todo, la señal Wow no ha podido descartarse por completo, y hoy en día sigue dejando una puerta abierta a la esperanza.
EL INCONVENIENTE FERMI
Si ignoramos la intrigante señal Wow y el pulso regular detectado recientemente por el Dr. Bhathal –los dos son, por el momento, poco más que meras anécdotas–, los distintos proyectos SETI parecen mostrar un panorama desalentador. Si bien es cierto que el tiempo que dichas iniciativas llevan funcionando es relativamente pequeño, puede resultar extraño que no hayamos tenido aún ningún resultado, haciendo surgir la siguiente pregunta: ¿Dónde están? Esa misma cuestión se planteó, ya en 1950, el físico Enrico Fermi, dando lugar a la paradoja que lleva su nombre. Según Fermi, los cálculos parecen indicar que sería lógica la existencia de numerosas civilizaciones, y que muchas de ellas habrían alcanzado el desarrollo suficiente para colonizar otros puntos del Universo. Sin embargo, no hemos encontrado evidencias de ellos, por lo que nuestras suposiciones podrían ser erróneas o incompletas.
Para tratar de explicar esta paradoja, los científicos han propuesto distintas hipótesis. La más pesimista propone que el desarrollo de vida inteligente es algo único y exclusivo del planeta Tierra, al menos en la Vía Láctea. Otra hipótesis, tampoco muy alentadora, sugiere que todas las posibles civilizaciones desaparecen (a causa de guerras, catástrofes, etc…) antes de alcanzar el desarrollo necesario para colonizar la galaxia; para otros, los supuestos alienígenas sí lograrían desarrollarse lo suficiente, pero no les interesaría iniciar la colonización o el contacto. En la misma línea, para otros autores sí existirían otras inteligencias, pero la Tierra no sería de interés para ellas; o, en otro supuesto, la colonización sí se habría producido, pero los extraterrestres se mantendrían ocultos, observando el desarrollo humano, como si nuestro planeta fuera un gigantesco “zoológico”. En este sentido, destaca la propuesta planteada por la física española Beatriz Gato-Rivera, investigadora del CSIC. En 2003, Gato publicó un llamativo trabajo titulado Universos Brana, el principio subantrópico y la conjetura de indetectabilidad, en el que sugería que la Tierra podría estar inmersa, sin saberlo, en una civilización de dimensiones colosales, en la que las inteligencias extraterrestres –mucho más avanzadas–, se ocultarían intencionadamente de nosotros, haciendo imposible su detección, del mismo modo que algunas comunidades de grandes simios viven en la Tierra ajenas por completo a la civilización humana que se desarrolla a su alrededor.
De ser correcta esta hipótesis y otras similares, lo cierto es que los distintos proyectos SETI serían esfuerzos vanos, pues estaríamos intentando recibir mensajes de civilizaciones que están intencionadamente en “silencio”.
A pesar de estas posibilidades poco tranquilizadoras, los científicos involucrados en los distintos proyectos de búsqueda de señales extraterrestres se muestran optimistas. Frank Drake, el pionero que inició la “fiebre” por la búsqueda hace casi 50 años, está convencido de que el ansiado contacto se producirá antes de un siglo. Según él mismo explicó en 2008 durante una conferencia en Barcelona, la tecnología utilizada hoy en día es “cien mil millones de veces más potente” que la que él usó en su Proyecto Ozma. Un desarrollo tecnológico que quizá esté a punto de dar sus frutos. Quién sabe si, en poco tiempo, Ragbir Bhathal y su equipo podrán descorchar al fin la botella de champán que, desde hace años, espera a ser abierta para celebrar que el ansiado contacto ya se ha producido.
ANEXO
MENSAJES ENVIADOS AL ESPACIO
Frente a la actitud “pasiva” que suponen los intentos de detección de señales, los científicos también han llevado a cabo iniciativas en sentido contrario. En 1974, Frank Drake utilizó el radiotelescopio de Arecibo para enviar el primer mensaje humano dirigido a un posible receptor extraterrestre. El mensaje de radio estaba compuesto por una sucesión aparentemente aleatoria de unos y ceros, hasta un total de 1.679, y fue dirigido hacia el cúmulo estelar M13. El contenido había sido elaborado por el propio Drake, Carl Sagan y otros científicos, y ordenado en 23 columnas y 73 filas (dos números primos) ofrece un mensaje en el que se incluían, entre otros datos, los diez primeros números, los componentes del ADN del homo sapiens, la figura de un ser humano o una imagen del Sistema Solar. Algunos años antes, en 1972, Sagan y Drake ya habían diseñado una placa de metal con contenidos similares que fue colocada a borde de la sonda Pioneer 10, una escena que se repitió de nuevo con el lanzamiento de las sondas Voyager. En esa ocasión se incluyó un disco grabado y recubierto de oro, que incluía música y mensajes sonoros, además de imágenes de nuestro planeta.
La place enviada con la sonda Pionner. Crédito: Wikipedia.
Estos últimos ejemplos son poco más que un acto simbólico, pues las sondas de la NASA son demasiado pequeñas –y por lo tanto difíciles de detectar–, y además se desplazan muy lentamente por el espacio. Sin embargo, en los últimos años se han planteado otras propuestas para enviar nuevos mensajes al espacio. Drake asegura que, de tener nuevamente la oportunidad, reuniría a un comité de científicos, artistas y religiosos para que elaborasen un mensaje que sería enviado en forma de película holográfica que describiera la vida en la Tierra y su historia. Otros abogan por lanzar a la galaxia un mensaje de contenido puramente matemático, quizás una sucesión de números primos o simplemente el valor de Pi. Otros, como Seth Shostak –miembro del Instituto SETI de California– son mucho más ambiciosos, y proponen transmitir al espacio todo el saber catalogado por Google en sus servidores.













































