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Cátaros en España

Posted on 09 Septiembre 2010 by Javier García Blanco

Azotados por la cruzada y perseguidos por la Inquisición, muchos de los herejes cátaros que se habían extendido por el Mediodía de Francia optaron por dejar atrás sus hogares y exiliarse en otros territorios. Entre ellos los distintos reinos de la Península Ibérica ocuparon un lugar principal por su proximidad a su lugar de procedencia.

Las tierras del Languedoc, en el sur de Francia, estaban inmersas en una frenética actividad durante las primeras jornadas del mes de septiembre de 1213. En torno a la fortaleza de Muret, situada a escasos veinte kilómetros de Tolosa y defendida por decenas de hombres del ejército cruzado organizado para erradicar la herejía cátara en la región, se habían ido congregando cientos de caballeros pertenecientes a la hueste del rey aragonés Pedro II y sus vasallos occitanos. Aquel mismo año, en el mes de enero, el monarca aragonés había aceptado el juramento de fidelidad que le rindieron los condes de Foix, Cominges, Tolosa y el Beárn, quienes habían acudido a él en busca de auxilio ante el imparable y amenazador avance de las tropas cruzadas organizadas por el Papa y apoyadas con las fuerzas francesas de Felipe II.

Un año antes, en 1212, Pedro II había participado valerosamente en la batalla de las Navas de Tolosa frente a los infieles musulmanes, una actuación que resultó decisiva para la victoria. Paradójicamente, el monarca, apodado el Católico, se veía ahora al frente de un ejército que tenía como enemigo a las tropas cruzadas de Inocencio III.

Aquella defensa de sus vasallos y siervos occitanos no suponía, sin embargo, un apoyo del monarca a la herejía cátara que se había extendido por sus dominios, sino que respondía más bien a la necesidad de velar por sus intereses territoriales ubicados más allá de los Pirineos ante las ambiciones de conquista del monarca francés y los nobles del norte.

El asedio a la población de Muret, que constituía un importante enclave estratégico, arrancó el 10 de septiembre. Las tropas tolosanas y aragonesas, provistas de todos los medios para sitiar aquel bastión, comenzaron las maniobras y lograron hacerse con el control de una de las puertas y una de las torres de la ciudad, y desplazaron a las escasas tropas francesas hasta la fortaleza. El inicio de las hostilidades había llegado a oídos de Simón de Monfort, el líder cruzado, quien poco después llegó con sus tropas y logró refugiarse tras las murallas de Muret.

Recreación digital de la batalla de Muret.

Dos días después, el 12 de septiembre, se desató la batalla. Las fuerzas de Pedro II y sus aliados aventajaban en número a las de sus enemigos cruzados. Una superioridad numérica que, sin embargo, generó una peligrosa confianza en el ánimo del aragonés. Los hombres del Católico, divididos en tres grupos, arremetieron precipitadamente y sin estrategia contra las tropas de Monfort, inferiores en número pero mejor organizadas. A la falta de coordinación se añadió otro error fatal: contra toda lógica, Pedro II se puso al frente de uno de los grupos, quedando peligrosamente expuesto a la caballería enemiga. Un desliz que dos caballeros franceses, Alain de Roucy y Florent de Ville no dudaron en aprovechar. Tras rodear al rey, dejaron caer el filo de sus hierros sobre él, causándole la muerte. Un cronista medieval, Guillermo de Tudela, recordaba así la dramática escena: “Y fue tan malamente herido, que por medio de la tierra quedó esparcida su sangre, y a la hora cayó tendido y muerto”. Junto al monarca cayeron también abatidos algunos de sus más fieles servidores, los aragoneses Miguel de Luesia, Gómez de Luna o Aznar Pardo.

La muerte de Pedro sentenció la contienda a favor de los cruzados. Aquella sonora derrota despojó a la corona aragonesa de buena parte de sus dominios en el sur de Francia, dinamitando la hipotética creación de un extenso reino únicamente separado por los Pirineos. La derrota de Muret, sin embargo, tuvo también otras notables consecuencias. Por un lado generó un delicado problema de sucesión en la Corona, con el heredero, el futuro Jaime I el Conquistador, en manos de Simón de Monfort; por otra parte, el punto de inflexión que aquella batalla supuso en el desarrollo de la cruzada anticátara aceleró un proceso que hasta entonces se había manifestado tímidamente: la huída de numerosos occitanos, muchos de ellos fieles seguidores de la herejía, hasta tierras peninsulares.

LLEGA LA HEREJÍA
Aunque el flujo migratorio de cátaros hacia la Península Ibérica se hizo especialmente notable tras el inicio de la cruzada y en especial en los años que siguieron al establecimiento de la Inquisición, todo parece indicar que ya en las últimas décadas del siglo XII pudo haber presencia de herejes en tierras a este lado de los Pirineos. Suele citarse el año 1167, fecha en la que tuvo lugar el importante concilio cátaro en Caramán (Languedoc) como evidencia de esta prematura presencia de los Bons homes (buenos hombres, como también se conocería a los cátaros) en la península, y más concretamente en Cataluña. Según algunas fuentes, parece ser que durante la asamblea un grupo de habitantes del valle de Arán escogieron para su comarca un “obispo” cátaro.

Algunos historiadores dudan hoy de esta identificación con el valle de Arán, y señalan que en realidad debía hacer referencia a gentes de un punto situado en suelo occitano, pero en cualquier caso es muy posible que ya en esas fechas hubiese grupos de cátaros –aunque no fuera muy numerosos– en nuestro territorio, especialmente en aquellos lugares más próximos al Midí francés.

De lo que no parece haber ninguna duda es de que en los años del cambio de siglo la presencia de herejes era ya una realidad, al menos en los territorios de la Corona de Aragón. En 1197, Pedro II el Católico emitía una constitución en la que se ordenaba “que todos los valdenses, llamados vulgarmente sabatati o también Pobres de Lyon, y demás herejes innumerables y de nombre desconocido, anatemizados por la Iglesia” debían abandonar sus dominios, “como enemigos de la Cruz de Cristo, violadores de la fe cristiana y públicos enemigos del rey y sus estados”.

Parece bastante probable que la mención junto a los valdenses –que también proliferaban abundantemente en aquellos años, para disgusto de la Iglesia de Roma– de esos “herejes innumerables” se refería precisamente a los cátaros. La constitución promulgada por el monarca aragonés preveía duros castigos para todos los “enemigos de la fe” que fueran hallados en sus territorios cumplido el plazo establecido –el domingo de Ramos de ese año–, con la confiscación de dos tercios de sus bienes (la parte restante recaería en el denunciante) y la ejecución en la hoguera de los acusados. Sin embargo, es poco probable que el rey fuera demasiado estricto en el cumplimiento de sus amenazas, en especial por la estrecha relación existente con un buen número de señores occitanos.

Occitania y la Corona de Aragón en 1213, en vísperas de la Batalla de Muret. Crédito: Wikipedia.

Como ya dijimos, con el arranque en 1209 de la cruzada anticátara, Pedro II se vio en la necesidad de velar por sus intereses en el Midí, cuyo origen se remontaba a finales del siglo XI y que estaban ahora reforzados por lazos familiares. No en vano, el conde Raimundo VI de Tolosa era su cuñado, y su hermano Alfonso regía los designios de Provenza. Su muerte en la batalla de Muret aceleró la huída de numerosos occitanos –herejes o no– hacia la península, en un intento por escapar de la barbarie de la guerrra y la persecución.

Junto a los que huyen de sus hogares por el temor a las matanzas se encuentra otro grupo, el de los comerciantes occitanos que cruzan la barrera de los Pirineos para desarrollar sus negocios. Todos ellos utilizarán dos vías principales de entrada a la península: por un lado atravesando el valle de Arán y, por otro, siguiendo una ruta establecida entre el condado de Foix, en el Languedoc, y el condado de Castellbó, ya en Cataluña. Este último trayecto cobró gran importancia a partir de 1208, cuando Ermesinda, hija del conde Arnau de Castellbó, contrae matrimonio con Roger Bernat, hijo a su vez del conde de Foix Raimundo Roger. Unos lazos matrimoniales entre ambos condados que ayudarían a difundir la herejía cátara en suelo español.

En Cataluña, los herejes se hicieron especialmente visibles en el citado condado de Castellbó, y de forma igualmente notable en Josa del Cadí, pero también, como recoge el historiador Ventura Subirats, en tierras de la Cerdaña, el Rosellón, las montañas de Prades y ciudades como Lleida o Tarragona. Esta proliferación de cátaros en suelo catalán se hizo especialmente destacada durante los años de minoría de edad de Jaime I el Conquistador, un monarca que procuró mostrarse siempre bastante condescendiente con los herejes, a pesar de las constantes presiones que recibió de Roma. En estos primeros años de la minoría del joven monarca la Iglesia catalana intentó hacer frente a los Bons Homes, especialmente con las actuaciones del arzobispo Aspargo de la Barca, quien contó con la ayuda del prior de Escala Dei, Raudulfo. En 1226, con un Jaime I ya adulto, el monarca aragonés se vio obligado a ceder a las presiones de Roma y en especial a las de su confesor, Ramón de Peñafort, ordenando que “se impidiera a los herejes buscar asilo en su reino, y prohibiendo cualquier tipo de ayuda a éstos”.

Retrato de Jaime I el Conquistador.

A pesar de esta insistencia eclesiástica, Jaime I no dudó en seguir mostrándose bastante transigente, siempre que las circunstancias se lo permitían. De hecho, incluso supo sacar partido de la presencia cátara. Finalizada la cruzada en el Midí –que no las persecuciones contra los albigenses– un número de nobles del Languedoc, derrotados en la contienda y en muchos casos despojados de sus posesiones, no dudaron en ayudar al monarca aragonés en su campaña para la conquista de Mallorca (1229-1231). Acostumbrados como estaban a la batalla por el conflicto desatado en el Mediodía francés, muchos de estos nobles –algunos de los cuales habían abrazado la herejía– no dudaron en aportar sus espadas para la conquista de la isla, animados por la promesa del reparto de tierras en caso de victoria.

Como explica Gabriel Alomar Esteve en un trabajo monográfico sobre la cuestión, Cátaros y occitanos en el reino de Mallorca (Luis Ripoll Editor, 1976), estos señores del Languedoc “fueron los que más contribuyeron a la conquista de la isla musulmana, como se deduce claramente de las fuentes históricas. Gran parte de ellos quedaron heredados y más o menos definitivamente establecidos en las islas”.

Algo muy similar, aunque en menor medida, ocurrirá con los territorios conquistados a los musulmanes en Valencia. Como es lógico, a Jaime I le resultaba mucho más beneficioso aprovechar esta participación de herejes occitanos en la conquista y la posterior repoblación que malgastar sus esfuerzos en perseguirlos.

LA PERSECUCIÓN
Por desgracia para los cátaros establecidos en territorios de la Corona de Aragón, y en especial con su notable aumento a partir de las décadas de los años 30 y 40 del siglo XIII, la persecución también iba a llegar a ellos en su hasta entonces tranquilo refugio hispano. En 1232, el papa Gregorio IX hace llegar al arzobispo de Tarragona la bula Declinante, en la que muestra su profundo malestar por la extensión de la herejía en dominios catalano-aragoneses.

Dos años después, en 1234, aparece ya la temible Inquisición, que queda establecida en la Corona de Aragón bajo el mando de Ramón de Peñafort –el confesor del rey–, quien redacta unas Constituciones en las que se establecen las actuaciones a seguir contra los “enemigos de la cruz”. Jaime I estaba cada vez más obligado a endurecer las persecuciones, aunque no debió mostrar mucho empeño en la tarea, a juzgar por las numerosas quejas que recibió desde Roma en este sentido.

Tumba del inquisidor y ‘santo’ Ramón de Peñafort. Crédito: Wikipedia.

Pese al desinterés del monarca, no pudo evitar que comenzaran a producirse las primeras ejecuciones. En 1237, los inquisidores acuden a Castellbó, uno de los focos principales de la herejía, y toman presos a cuarenta y cinco perfectos. Además derriban varias casas y queman en la hoguera a quince personas. No contentos con el castigo, desentierran los cadáveres de algunos sospechosos de herejía ya fallecidos y queman sus restos.

Algo similar se produjo algunos años después, en enero de 1258, cuando los inquisidores Pedro de Cadireta y Pedro de Termes ordenan exhumar el cadáver del conde Ramón de Josa –localidad donde se localizaba otro de los “nidos” de herejes–, y lo condenan a título póstumo por hereje relapso, sacando sus restos del convento de Santa Caterina en Barcelona.

Un destino idéntico sufrieron en 1269 Arnau de Castellbó y su hija Ermesinda, cuyos restos fueron quemados y expulsados del cementerio.

El ejecutor de la condena, el celoso inquisidor Pedro de Cadireta, terminaría sus días de forma trágica en 1278, cuando un grupo de cátaros, buscando venganza a la terrible persecución que sufrían, acabaron con su vida con una contundente lluvia de pedradas.

HEREJES EN LA RUTA SAGRADA
Aunque la presencia cátara se había hecho especialmente notable en la Corona de Aragón, y sobre todo en ciertas zonas de Cataluña, no fueron estos los únicos lugares en los que se manifestó la herejía.

El reino de Navarra, también próximo a los territorios más “contaminados” por las doctrinas cátaras, pudo haber recibido igualmente un destacado grupo de fugitivos o exiliados albigenses. De hecho, en el año 1238, el papa Gregorio IX establece la Inquisición en el reino, dando órdenes al ministro de los franciscanos en Pamplona para que descubra a los herejes y los castigue de forma ejemplar.

Varias fuentes señalan también la localidad de Estella como otro de los focos importantes con presencia cátara. Esta población constituye una de las etapas del Camino de Santiago, y la ruta de peregrinación fue precisamente otro de los lugares donde los Bons Homes hicieron acto de presencia.

Algunos autores citan la existencia de algún pequeño grupo de cátaros en la parte aragonesa del camino, concretamente en Jaca, pero será en tramos más adelantados, ya en la corona castellano-leonesa, donde esta presencia se hace más evidente.

En un documentado artículo, La circulación de los cátaros por el Camino de Santiago y sus implicaciones socioculturales, Bonifacio Palacios Martín destaca tres ciudades: Burgos, Palencia y León, ésta última de forma especial. La primera llegada de cátaros que aprovechaban el anonimato que facilitaba el trasiego de devotos y peregrinos de la ruta jacobea se remontaría a los primeros años del siglo XIII. En aquellas fechas, según algunas fuentes, un cátaro francés llamado Arnaldo habría actuado en dichas ciudades con la intención de predicar sus ideas heréticas. Sin embargo, sería años después, coincidiendo con la muerte del obispo de León, Rodrigo, hacia 1232, cuando la presencia de albigenses se hizo más destacada. Una de las fuentes más citadas a este respecto son los escritos de un clérigo de la época, Lucas de Tuy, quien en su De altera vita fideique controversiis adversus albigensium errores arremetía duramente contra los herejes. Este texto detalla las andanzas de un grupo de cátaros que logró cierto éxito en la ciudad de León, llegando incluso a levantar un edificio en el que predicar a quienes quisieran escuchar sus enseñanzas. Lucas de Tuy explica también en sus páginas cómo, asqueado por las prédicas de estos enemigos de la Iglesia, consiguió destruir su centro de reunión y hacerlos huir de la ciudad.

Mapa de España con enclaves en los que hubo presencia cátara.

Aunque el relato de De Tuy no resulta fiable en su conjunto, pues está claramente adornado con detalles y elementos milagrosos, no hay duda de que León presenció en la década de 1230 el establecimiento de algún grupo de cátaros, muy probablemente influidos por los llamados “filósofos naturales”, cuyas ideas habían sido prohibidas también algunos años antes.

Si en la Corona de Aragón tanto Pedro II como su hijo Jaime se habían mostrado bastante permisivos con los “refugiados” cátaros, no parece haber ocurrido lo mismo con Fernando III el Santo. El monarca promulgó un decreto en Palencia para perseguir a los manicheos que pululaban por la provincia, y no dudó en castigarlos con las más duras penas. Los Anales Toledanos refieren que “enforcó muchos homes e coció muchos en calderas”, y el ya citado Lucas de Tuy se refiere al respecto en términos similares: “los enemigos de la fe cristiana persiguió con todas sus fuerzas, y cualesquiera herejes que hallara, quemaba con fuego y las brasas, y la llama aparejaba para los quemar”.

Esta cruda persecución –que tenía su reflejo a otro lado de los Pirineos– fue igualmente dura, como vimos, en la Corona de Aragón tras la llegada de la Inquisición. Con su implacable persecución, los reductos de cátaros fueron menguando hasta casi desaparecer según avanzaba el siglo. Sin embargo, a comienzos del siglo XIV todavía quedaría un pequeño grupo de Bons Homes en el Maestrazgo. Uno de ellos acabaría pasando a la historia como uno de los últimos perfectos cátaros…

ANEXO
BREVE HISTORIA DE UNA HEREJÍA
Aunque el desarrollo de la herejía cátara fue un fenómeno medieval, sus raíces se remontan a siglos atrás, enlazando con doctrinas dualistas como el zoroastrismo y el maniqueísmo. Aunque esta última corriente religiosa pareció diluirse con el desarrollo del cristianismo, en realidad su semilla siguió germinando lentamente en algunos lugares. Ya en la Baja Edad Media, estas ideas volvieron a despertar nuevamente encarnadas en los bogomilos, cristianos de corte dualista que se extendieron por los territorios del Imperio Bizantino a principios del siglo XI. Los bogomilos fueron perseguidos duramente, pero aquel no fue el final de aquella herejía cristiana de carácter dualista. A mediados del siglo XII surgen grupos de herejes en distintos lugares de Occidente: Alemania, Lombardía, Florencia o el Languedoc ven aparecer fieles que reivindican la vuelta a un cristianismo primitivo, critican los excesos de parte del clero, rechazan el consumo de carne y hablan de la existencia de dos divinidades, una buena y otra mala (ver recuadro sobre las doctrinas cátaras).

Los Bons homes comenzaban a desarrollarse en Occitania. La nueva herejía fue bien acogida en la región, gozando incluso de la simpatía de algunos señores, como Raimundo IV de Tolosa, de quien se dice que iba a menudo acompañado por un grupo de perfectos. Otros miembros de la nobleza, como las damas Esclaramunda y Filipa, hermanas de Ramón Roger de Foix, practicaron la doctrina de los Bons homes. Con la imparable “infección” de la herejía, la Iglesia de Roma comenzó a tomar cartas en el asunto. En 1163, el papa Alejandro III convocaba un concilio en Tours, donde hizo especial referencia al problema cátaro, estableciéndose ya las primeras medidas. Pese a estas actuaciones, el catarismo siguió extendiéndose, hasta que la llegada al papado de Inocencio III en 1198 dio un nuevo giro a los acontecimientos.

El nuevo pontífice encomendó a los cistercienses la labor de terminar con la herejía por medio de la predicación. Algunos años después serían los españoles Domingo de Guzmán –futuro fundador de los dominicos– y Diego de Osma, los escogidos para debatir con los perfectos cátaros. Paralelamente, se intentó convencer a los señores feudales para que actuasen con mano firme contra la herejía, pero todo fue en vano.

Auto de fe de Santo Domingo, pintura de Berruguete. Crédito: Wikipedia.

Ante el resultado fallido de la predicación, sólo quedaba lugar para las armas. En 1208, se produce un oscuro suceso que desencadenará los acontecimientos. Pierre de Castelnou, el legado pontificio, muere asesinado tras intentar convencer –sin éxito– a Raimundo VI de Tolosa para que inicie la persecución contra sus vasallos “contaminados” por la herejía. Aquella muerte supuso el detonante definitivo para que el Papa decidiera abandonar la salida pacífica y se decantara por la vía de las armas.

Inocencio III llamó a la Cruzada al rey francés y a los nobles del norte, prometiendo a aquellos que participasen el reparto de las tierras de los vencidos. Así, lo que había comenzado como conflicto religioso se convirtió también en una lucha preñada de intereses políticos, económicos y territoriales. Un apetitoso botín para la monarquía francesa y la nobleza del norte, deseosa de hacerse con aquellas regiones.

En 1209 comenzó la Cruzada y llegó el baño de sangre. Se sucedieron las batallas y se sumaron barbaries como las de Béziers, que extendieron el horror por las tierras del Languedoc. Batallas a las que seguirían otras como las de Muret, en la que perdió la vida Pedro II de Aragón y, ya finalizada la contienda, la aparición en 1231 de la terrible Inquisición con el papa Gregorio IX. La nueva institución, cuyo mando se confió a los dominicos, se destacó pronto como una efectiva y terrible máquina de cazar herejes. Un nuevo horror que obligó y animó a muchos cátaros a huir desesperadamente a territorios más tranquilos.

ANEXO
LA DOCTRINA CÁTARA
Los seguidores de esta herejía comenzaron a ser conocidos como albigenses (debido a que muchos de ellos se encontraban reunidos en la ciudad de Albi), aunque más tarde fueron conocidos también como “cátaros” (del griego kazaros, “puro”).

Los cátaros defendían la existencia de dos principios supremos: el Bien, creador de los espíritus, y el Mal, creador de todo lo material.

Tras la muerte, el alma se veía liberada de la cárcel que es el cuerpo material, siendo trasladada al reino celeste por el espíritu.

Los Bons Homes aborrecían el consumo de carne y lácteos, carecían de bienes y no podían guerrear ni jurar. Estas prohibiciones se daban especialmente en el caso de los perfectos, cátaros en los que, según su creencia, el espíritu había tomado dominio del alma durante la vida terrena. El resto de cátaros –denominados creyentes– no habían alcanzado todavía ese grado, por lo que no se veían sujetos a normas tan estrictas, pudiendo comer carne y poseer bienes privados, además de que se les permitía la unión matrimonial y las relaciones sexuales.

En lo doctrinal, los cátaros no creían que Jesús fuera un Dios, ni tampoco que hubiera muerto realmente en la cruz, ya que aseguraban que era en realidad un ángel con cuerpo aparente y, por tanto, no podía morir. Esto excluía, por tanto, su supuesta resurrección. Sí aceptaban, por el contrario, que tras el nacimiento de Jesús la Humanidad se había visto liberada del principio del Mal. A pesar de estas peculiaridades doctrinales, los cátaros se consideraban cristianos (no sólo eso, sino «buenos cristianos») y leían el Nuevo Testamento. Sin embargo, eran muy críticos con la Iglesia y su poder temporal y con todos aquellos sacramentos materiales y su imaginería de cruces y esculturas.

En cuanto a los “sacramentos”, el consolamentum suponía el acto fundamental en la vida de un cátaro. Consistía en la imposición de manos por parte de un perfecto, de modo que el hasta entonces creyente pasaba a alcanzar también el grado del primero. Aquellos creyentes que no se creían capaces de llevar el rigorismo que suponía dicha condición se sometían a la convenentia convenesa, un pacto mediante el cual recibían el consolamentum antes de fallecer.

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Templarios en España

Posted on 01 Febrero 2010 by Javier García Blanco

Nacieron con la finalidad de proteger a los peregrinos que visitaban Tierra Santa, pero pronto su influencia se extendió por todo el mundo cristiano. A diferencia de lo que ocurrió en otros reinos europeos, donde se limitaron a recaudar fondos y reclutar nuevas espadas, los caballeros del Temple encontraron en la Península Ibérica un escenario no muy distinto al de las lejanas tierras de Ultramar.

Corre el mes de junio de 1308. Frey Pedro Rovira, caballero templario en la Corona de Aragón, lleva medio año refugiado tras los muros del castillo que la orden posee en Libros, a orillas del río Turia, en la provincia de Teruel. No es difícil imaginar la soledad y el desánimo que embargan el corazón del templario. Hace menos de un año, en octubre de 1307, el monarca francés Felipe IV detuvo por sorpresa a sus hermanos de la orden en el país vecino, bajo terribles e injustas acusaciones de herejía. Poco después, en diciembre, ocurrió lo impensable. El rey de la Corona de Aragón, Jaime II, a quien tan buenos servicios habían prestado, siguió el ejemplo de Felipe IV y ordenó detener a todos los templarios de la Corona y confiscar sus bienes. Algunos hermanos, entre ellos el maestre provincial –frey Ximeno de Landa–, no tuvieron tiempo de reaccionar y fueron apresados de inmediato. Otros, como el propio Rovira, consiguieron atrincherarse en alguna de las fortalezas de la orden y resisten como pueden el duro asedio al que les someten las tropas del rey. Sin embargo, la soledad del templario Rovira es doble: a la rabia que le consume por saberse víctima de una injusticia, se suma el hecho de ser el único hermano que resiste allí, pues sólo cuenta con la ayuda de un puñado de seglares fieles a la orden.

Unas semanas más tarde, vencido ya por el hambre, la fatiga y el desánimo, el heroico frey Pedro Rovira rendirá la plaza a las tropas reales, siendo detenido y conducido hasta La Alfambra. Algunos de sus hermanos, repartidos por distintas fortalezas del Temple como Miravet, Ascó, Monzón o Chalamera, resistirán aún varios meses más, antes de la rendición definitiva. Son los últimos momentos de la Orden del Temple, cuya historia apenas se había prolongado durante dos siglos, pero que ya había conseguido dejar una huella imborrable en la Península Ibérica.

EL AMANECER DEL TEMPLE
La llegada de los templarios a los reinos peninsulares se produjo en fechas muy tempranas. De hecho, ya en marzo de 1128 –apenas ocho años después de la fundación de la orden en Jerusalén y varios meses antes del Concilio de Troyes, en el que se confirmará su regla– la condesa de Portugal, doña Teresa, hace una importante donación al templario Raimundo Bernardo: el castillo de Soure, en Braga.

La siguiente noticia que se posee sobre la orden se remonta a julio de 1131, cuando el conde de Barcelona, Ramón Berenguer III, ingresa en el Temple poco antes de fallecer, tras haber donado también a los caballeros un castillo, el de Granyena (Lleida). Un año más tarde otro conde, Armengol de Urgel, hace lo propio al entregar en manos templarias la fortaleza tarraconense de Barberá. La entrega de las tres fortalezas en los territorios de Portugal y Cataluña posee un elemento común: todas ellas se encuentran en primera línea del frente contra los musulmanes, y en todos los casos los donantes las ceden con la intención de que la joven orden se implique de forma activa en la defensa de los territorios cristianos de la península. Esta será, precisamente, la principal diferencia entre la presencia del Temple en los reinos hispánicos  y el resto de las posesiones de la orden en otros lugares de Europa: pese a las reticencias iniciales, los templarios de la península participarán en los esfuerzos de la Reconquista, como si aquellas tierras amenazadas por los musulmanes fueran un reflejo de Tierra Santa en Occidente.

Coincidiendo con aquellas primeras donaciones iba a tener lugar uno de los principales hitos dentro de la historia del Temple en la península. En 1131 el rey Alfonso I el Batallador dictaba su testamento en el que, inesperadamente, dejaba todas sus posesiones en manos de las tres órdenes militares de Tierra Santa: Santo Sepulcro, Temple y Hospital. Con la muerte del monarca en 1134, sin embargo, el testamento no llegará a hacerse efectivo. Los nobles navarros y aragoneses se niegan tajantemente a su cumplimiento, nombrando los primeros a García Ramírez como monarca, y los segundos a Ramiro, hermano del Batallador y en esas fechas obispo de Roda-Barbastro. Por su parte, y vista la delicada situación, las tres órdenes prefieren mostrar un prudente silencio, aunque sin renunciar a sus derechos. Ramiro II el Monje asciende al trono y no tarda en contraer matrimonio con Inés de Poitou. El nacimiento de la hija de ambos, Petronila, permitirá a su padre entregarla en esponsales a Ramón Berenguer IV, que a partir de ese momento añadirá el título de príncipe de Aragón al de conde de Barcelona.

Documentos en los que se reflejan las distintas posesiones de la orden del Temple en la península. Crédito: PARES.

Con Ramiro apartado de la política y entregado por completo a su vida espiritual –aunque conservando título y corona–, será el conde de Barcelona quien tenga que solucionar el problema del testamento del Batallador. Primero alcanzó un pacto con el Hospital y el Santo Sepulcro en 1140 y, ya tres años después, logrará un acuerdo con el Temple, sin duda mucho más sustancioso para la orden. A través de este acuerdo especial con los templarios, Ramón Berenguer IV se comprometía a donar a los caballeros numerosas propiedades, además de varios castillos en Aragón y Cataluña (entre ellos los de Monzón, Mongay, Barberá, Chalamera, Borgins y Remolins) con sus respectivos vasallos, rentas y propiedades.

Pero, además, el conde de Barcelona les otorgó también el derecho sobre el quinto de todo lo conquistado durante las campañas militares contra los musulmanes, así como un diezmo de todas sus rentas. Todo ello, posiblemente, a cambio de que renunciaran a su parte del testamento, pero también como agradecimiento por su participación en la conquista de Tortosa (1138). Poco después, los freires del Temple contribuirían también a la toma de Lérida, Fraga y Mequinenza (1149) así como al asedio y rendición de Miravet, ya en 1153. Para esas fechas concluía ya la primera fase de la participación templaria en la Reconquista. Al menos en la Corona de Aragón, donde las tropas cristianas, con una ayuda nada despreciable de los templarios, se habían hecho con el control de los valles del Ebro y del Segre.

CALATRAVA, UN TROPIEZO EN CASTILLA
Frente a estas tempranas relaciones con el Temple en Aragón y el condado de Barcelona, la primera noticia sobre una donación a la orden en el reino de Castilla se remonta a 1146, aunque es muy probable que se hubieran producido antes otras que no se han conservado. En esa fecha es el monarca Alfonso VII quien entrega la localidad de Villaseca, cerca de Soria, al maestre Pedro de la Roera. A pesar de esta donación, la orden tendrá un desarrollo mucho más tímido en el reino de Castilla. En 1149, el monarca ofreció a los monjes guerreros la fortaleza de Calatrava, un enclave estratégico, pues se encontraba en el camino que unía Toledo y Córdoba, empleado por lo almohades en sus incursiones. Los templarios conservaron la plaza durante algunos años, pero en 1157 renunciaron a ella alegando falta de medios. Su lugar será ocupado poco después por una nueva orden, la de Calatrava, que cumplirá su cometido con éxito. Aquel episodio supuso cierto descrédito para la orden en Castilla, que a partir de entonces mostrará más interés por las distintas órdenes peninsulares.

Pese a la expansión bastante discreta del Temple en Castilla, no ocurrió lo mismo en el reino de León, donde no se sintieron los negativos efectos de la “rendición” de Calatrava. En su reino, Fernando II puso en custodia de los templarios –que ya contaban con la encomienda de Ceinos–, la ciudad de Coria en 1168. Un enclave éste que se encontraba en territorio próximo al enemigo almohade. De hecho, apenas seis años después la región se vio asolada por varios ataques musulmanes que causaron pérdidas importantes. También en torno a aquellos años, el monarca hizo donaciones de varios castillos al Temple, como los de Santibáñez de Mazcoras, Trebejo, Peñas Rubias o Esparragal, entre otros. Unos dominios que se verán ampliados de forma notable cuando, durante el reinado de Alfonso IX, hijo de Fernando II, vayan apareciendo numerosas encomiendas en tierras leonesas.

Restos de la antigua fortaleza de Calatrava. Crédito: Wikipedia.

Durante esa segunda mitad del siglo XII, en la Corona de Aragón la situación ha cambiado para los templarios. A diferencia de lo que había sucedido con Ramón Berenguer IV, su hijo, Alfonso II, ignoró los derechos de la orden sobre el quinto de las tierras conquistadas. Así, cuando el monarca extendió sus dominios hacia el sur, tomando Alcañiz y otros territorios de la actual provincia de Teruel, entregó tierras y fortalezas a la orden de Calatrava y, especialmente, a la de Montegaudio, por la que mostró un especial interés. Lo más probable es que estos desmanes hacia el Temple se debieran a un temor del monarca hacia el creciente poder de la orden, convertida ya en un “reino dentro del reino”. Así, otorgando favores a las otras órdenes, esperaba frenar el poder de los templarios en la Corona.

A pesar de esta actitud desfavorable, el monarca aragonés compensó al Temple con diversas rentas, e incluso llegó a ceder un par de castillos, los de Encinacorba y Horta, en Aragón y Cataluña. Ya en el final de su vida, Alfonso II no tuvo más remedio que acceder a la fusión de la orden de Montegaudio –que se hallaba en serias dificultades– con la del Temple, a la que pasaron todas las posesiones de la primera en el sur de Aragón.

Mientras tanto, la presencia templaria irá aumentando tímidamente en Castilla –todavía se dejan sentir los efectivos negativos de Calatrava–, durante el reinado de Alfonso VIII (1158-1214). Las menciones al Temple en aquellos años no son muy numerosas, pero sirven para constatar la existencia de encomiendas y posesiones de la orden, así como algunas donaciones realizadas por el rey en 1183. Doce años más tarde el rey de Castilla sufrirá una dolorosa derrota en la batalla de Alarcos, frente a las tropas musulmanas. Una derrota que, sin embargo, sembrará la semilla de una de las victorias más decisivas de la Reconquista…

LOS FREIRES EN LAS NAVAS DE TOLOSA
Tras el periodo de expansión moderada que vivieron los templarios en Aragón durante el reinado de Alfonso II, los años siguientes, con Pedro II en el trono y más tarde con Jaime I, serán mucho más relevantes para los templarios. En esa época, la orden –y principalmente sus maestres provinciales–, gozarán de una especial importancia en la corte aragonesa. Un poder que queda de manifiesto cuando en 1209 María de Montpellier –esposa del rey–, establezca en su testamento que su hijo Jaime –el futuro Conquistador– sea cuidado y protegido por el Temple en caso de que fallezcan sus progenitores. Y así fue. A la muerte de los monarcas el pequeño Jaime I será cuidado y educado por los templarios en Monzón durante casi tres años. Una tutela que, aunque breve, dejará una profunda huella en los ideales y personalidad del monarca.

Pero antes de que los monjes guerreros se hicieran cargo del pequeño Jaime, había tenido lugar otro suceso de gran relevancia para la cristiandad peninsular: la batalla de las Navas de Tolosa, en julio de 1212. Una victoria que se convertiría en auténtico hito de la Reconquista, y en la que no faltaron los caballeros templarios.

Tras la dura derrota sufrida por Alfonso VIII en Alarcos en 1195, las tropas almohades habían logrado avanzar peligrosamente, poniendo en riesgo la ciudad de Toledo y amenazando los territorios cristianos. Ante el peligro que suponía el avance musulmán, el papa Inocencio III hizo un llamamiento a la Cruzada en la península. Una llamada exitosa, pues respondieron a ella –además de Castilla–, los monarcas de Portugal, Navarra y Aragón, a quienes se sumaron las órdenes militares –tanto peninsulares como de Tierra Santa–, más algunos caballeros llegados desde más allá de los Pirineos. En total, las fuerzas cristianas –en las que sólo se echaba en falta a los hombres del rey de León, enemistado con Alfonso VIII– sumaban unas 120.000 almas. Entre ellas, en el centro del ejército cruzado, sobresalían los mantos blancos con cruces rojas de la orden del Temple. Aunque se desconoce el número exacto de templarios que participaron en la contienda, sabemos que fueron dirigidos por el maestre provincial de Castilla, don Gómez Ramírez.

Al igual que sucedía en otras batallas en las que participaba el Temple, su importancia no radicaba tanto en el número de efectivos que aportaba, sino en la calidad de los mismos. Curtidos durante años en el arte de la guerra, los filos de sus espadas eran temidos por los musulmanes, y era célebre su dominio de la estrategia militar. Pese a la escasez de referencias, sabemos al menos que los templarios comandados por el maestre Ramírez lucharon siguiendo órdenes del conde Gonzalo Núñez de Lara, y que participaron con valor en la llamada “carga de los tres reyes”. La batalla, que causó la muerte al maestre Gómez Ramírez, supuso uno de los éxitos más importantes de la Reconquista, especialmente para Castilla, y con ella se logró establecer el dominio cristiano en el sur peninsular. De forma paralela, los templarios vivirían también a partir de entonces su mayor apogeo en los reinos cristianos peninsulares.

Tapiz representando las Navas de Tolosa, en el Palacio de Navarra.

En Aragón, un Jaime I ya adulto lograba la conquista de Mallorca en 1229. El monarca aragonés contó con la ayuda de los templarios pero, a diferencia de lo que había ocurrido con sus antepasados –a excepción de Alfonso II–, el Conquistador rechazó cederles el quinto de lo conquistado. En su lugar, el monarca les hizo entrega de una parte proporcional a las fuerzas militares que habían aportado –igualándolos así al resto de participantes–, lo que en este caso se correspondía con 525 caballerías de tierra, además de un castillo extramuros de la ciudad.

Esta medida, que se repitió en las siguientes conquistas en las que participó el Temple aragonés, no frenó a los monjes guerreros, pues tomaron parte en el asedio a Burriana (1233) y la conquista de Valencia (1238), aportando en esta última veinte caballeros, frente a los ciento treinta que formaban las tropas reales.

Mientras los templarios de la Corona de Aragón ayudaban a Jaime I a extender sus dominios con las conquistas de Mallorca y Valencia, sus hermanos de Castilla y León hicieron lo propio apoyando a Fernando III, en cuya figura se había vuelto a unir las dos coronas en 1230. Con la reunificación de ambos reinos se produce un nuevo “despegue” del Temple en Castilla. Allí, los templarios participaron en las campañas contra los dominios almohades en la Baja Andalucía, contribuyendo a la conquista de Córdoba (1236). Como agradecimiento a la ayuda prestada, el rey les concedió el castillo y villa de Capilla –con todo su término– y poco después la fortaleza de Almorchón, que fueron entregadas al maestre provincial frey Esteban de Belmonte.

A la toma de la plaza de Córdoba le siguieron varios años de campañas militares –también con presencia templaria–, que terminaron en 1248 con la conquista de Sevilla. Como sucedió en otras ocasiones, pocos son los detalles que se conocen sobre la participación de la orden, aunque en este caso las crónicas dejaron constancia de la astucia del maestre del Temple, protagonista de una hábil escaramuza contra las tropas enemigas, facilitando que se diera muerte a siete jinetes y más de un centenar de soldados musulmanes. Tras la victoria tampoco faltaron las donaciones en muestra de agradecimiento, que se sumaban a las obtenidas en tierras extremeñas poco antes: las fortalezas de Fregenal de la Sierra, Alconchel, Burguillos del Cerro y Jerez de los Caballeros.

El reparto de Sevilla se produjo en 1252, ya con Alfonso X en el trono, y al Temple le correspondió la nada despreciable alquería de Refañana, de unas 110 hectáreas, además de otros terrenos en poblaciones cercanas. Con la muerte de Fernando III se habían reducido las posibilidades de obtener nuevas riquezas patrimoniales por la participación de la orden en campañas militares. Por esta razón, los maestres provinciales de Castilla y León procurarán, durante los reinados de Alfonso X y Sancho IV, conseguir diversos privilegios reales que supongan rentas para las arcas de la orden.

Caballeros templarios jugando al ajedrez, Libro de los Juegos de Alfonso X. Crédito: Wikipedia

Ya a finales de siglo, los templarios de los reinos hispánicos comenzaron a mostrarse más reticentes a participar en las distintas campañas de la Reconquista. Las causas de esta menor implicación habría que buscarlas en la escasez de donaciones que conseguían por aquellas fechas, pero principalmente en el propio ocaso de la orden. Con la cada vez más complicada situación en Tierra Santa –que culminará con la pérdida definitiva de San Juan de Acre en 1291–, los ojos y esfuerzos del Temple están dirigidos a los territorios de Ultramar, y allí se destinan buena parte de los efectivos. El fin de los templarios está cada vez más próximo.

TRAICIÓN Y DESGRACIA
Cuando a finales del año 1307 el rey de Aragón, Jaime II, recibe las primeras noticias sobre la detención de los templarios franceses a manos del rey Felipe IV, su reacción inicial es de sorpresa. Las distintas misivas que recibe hablan de graves delitos de herejía, a los que no concede crédito, pues conoce de sobra la honestidad de los freires. Prudente, el monarca decide esperar instrucciones del papa Clemente V, aunque la idea de hacerse con los bienes del Temple en su reino, al igual que ha hecho ya el monarca francés, comienza a parecerle apetecible.

Para entonces, a finales de octubre, las malas noticias ya han llegado hasta los templarios aragoneses que, reunidos en capítulo provincial en la fortaleza de Miravet, deciden asegurar sus castillos y, desde allí, solicitar ayuda al monarca ante la grave injusticia que se está cometiendo contra ellos. Por desgracia, la medida llega tarde. Aunque Jaime II aún no ha recibido la bula Pastoralis Praeminentiae de Clemente V, en la que ordena a los monarcas de la cristiandad detener a los templarios y confiscar sus bienes, el monarca aragonés, tras consultar al inquisidor del reino, ordena el 1 de diciembre la captura de los templarios que están en sus dominios.

La orden real coge por sorpresa al maestre provincial, Ximeno de Landa –que se encuentra en el convento de Valencia–, y a otros muchos templarios. Las fortalezas del Temple, desprevenidas, caen rápidamente y sin posibilidades de defensa: Chivert, Peñíscola, Burriana… todas entregan las armas y sus hombres son detenidos por las tropas reales. Sólo un puñado de castillos consiguen reforzar sus defensas a tiempo y se disponen a resistir con la esperanza de que todo se aclare. Cuando termina el año, sólo siete castillos templarios (Miravet, Ascó, Monzón, Chalamera, Cantavieja, Castellote, Villel y Libros) siguen sin ser apresados. Es el comienzo de un duro y largo asedio que se prolongará durante meses. En enero del nuevo año el rey intenta negociar enviando cartas a los comendadores de Monzón (frey Berenguer de Bellvís), Castellote (Guillermo de Villalba) y Cantavieja, aunque sin éxito. No en vano, los templarios cuentan con no pocas simpatías entre la población, que en algunos casos se ha atrincherado en las fortalezas para ayudar a los freires en su defensa.

Castillo templario de Monzón (Huesca). Crédito: 3vil.3lvis (Flickr, Creative Commons)

El primer enclave en caer es el de Libros, en Teruel, donde el solitario Pedro Rovira rinde la plaza a finales de junio de 1308, tras más de medio año resistiendo. Le seguirán Cantavieja (finales de agosto), Villel (octubre) y Castellote (noviembre). En todos los casos, el rey ordena dejar en libertad a los seglares que han ayudado a los templarios, e incluso dispone que se les pague las soldadas correspondientes. En diciembre, tras varias negociaciones, son los comendadores refugiados en Miravet los que deciden entregar la fortaleza. A finales de 1308 sólo continúan en manos templarias los castillos oscenses de Monzón y Chalamera, los últimos bastiones de la orden. Sus defensores aún resistirán algunos meses, hasta que en marzo de 1309 Monzón se rinde, seguido unas semanas más tarde por Chalamera. Han pasado más de dieciséis meses de asedio, y todos los templarios de la Corona de Aragón han sido ya detenidos.

En Mallorca y el Rosellón, donde reina el “otro” Jaime II, el resultado es bastante similar, aunque sin resistencia y asedios de por medio. En diciembre de 1307 el monarca había ordenado la detención de los caballeros y la confiscación de sus bienes.

En Castilla y León, sin embargo, la situación se desarrolló de forma bien distinta. El rey Fernando IV se mostró totalmente sorprendido por las acusaciones contra la orden y, aunque algún tiempo después ordenó la confiscación de los veinte castillos que la orden poseía en el reino, desoyó una y otra vez las órdenes del Papa, permitiendo que los templarios siguieran en libertad. Únicamente se produjeron algunos episodios de “rebeldía” en los castillos de La Puente de Alconétar y Fregenal de la Sierra, en los que los caballeros se negaron a entregar las posesiones, pese al acuerdo alcanzado por el monarca con el maestre provincial, Rodrigo Yáñez.

TORTURAS E INTERROGATORIOS
Una vez detenidos todos los templarios de la Corona de Aragón, faltaba la realización del proceso que determinara su culpabilidad o inocencia. Con tal fin, el papa ordenó la creación de una comisión pontificia que se encargara del asunto y emitiera un veredicto. Hasta la puesta en marcha de la comisión, los caballeros detenidos por Jaime II habían recibido un trato benigno, en especial aquellos que se habían entregado sin resistencia. Sin embargo, la comisión pontificia, siguiendo órdenes del papa Clemente, exigió que los presos fueran atados con grilletes. La “investigación” pontificia se desarrolló en Aragón entre julio de 1309 y el verano del año siguiente y, a lo largo de los interrogatorios, todos los templarios se declararon inocentes, rechazando los cargos.

Hasta esas fechas, los obispos que formaban la comisión pontificia se habían mostrado bastante benévolos con los detenidos, hasta el punto de que el Papa les urgió a que emplearan la tortura para obtener una confesión. Aunque los templarios aragoneses sufrieron el tormento del potro, todos se reafirmaron en su inocencia.

A pesar de los castigos físicos, los templarios aragoneses gozaron de mucha más suerte que sus hermanos franceses. Allí, los templarios fueron sometidos a tres interrogatorios distintos. En todos ellos se les torturó, y como consecuencia de ello murieron treinta y seis freires. Los restantes, divididos en tres grupos, sufrieron suertes bien distintas: aquellos que insistieron en su inocencia fueron quemados en la hoguera; quienes se negaron a confesar fueron condenados a cadena perpetua y, finalmente, sólo lograron la libertad aquellos que aceptaron todos los cargos y se confesaron culpables.

Caballeros templarios ejecutados en la hoguera, según un manuscrito medieval.

En Aragón, por suerte, su destino fue mucho más benigno. Allí el Concilio de Tarragona de 1312 dictaminó finalmente que los templarios eran inocentes, siendo liberados de inmediato. El destino de aquellos hombres, acusados y detenidos injustamente, fue dispar: algunos se integraron en otras órdenes, como la del Císter o la de Montesa –creada poco después en Valencia–; otros, por el contrario, intentaron integrarse en la vida civil, llegando incluso a contraer matrimonio. En todo caso, todos ellos vieron al menos reconocida su inocencia y obtuvieron el derecho de cobrar las pensiones que les correspondían como antiguos miembros del Temple.

En Castilla y León, como avanzábamos antes, la situación fue mucho más benévola. Cuando a finales de 1309 comienza a prepararse la comisión pontificia que debía juzgar a los templarios del reino, éstos –salvo escasas excepciones– gozaban todavía de libertad absoluta. Únicamente cuando son requeridos para testificar en la Comisión de Medina del Campo, en abril de 1310, son detenidos durante unos días. Después, al igual que en la Corona de Aragón, se dictaminó su inocencia, quedando en libertad.

En cuanto a los bienes de la orden, su destino fue también muy variado. En Valencia sus posesiones pasaron a manos de la recién creada Orden de Montesa. En Navarra, Aragón y Cataluña, este beneficio recayó en la orden del Hospital –la norma que se aplicó por lo general en otros reinos–, mientras que en Castilla y León los bienes quedaron en manos de la Corona, pese a que una bula del papa Juan XXII había ordenado su paso al Hospital.

Con la orden extinguida y sus bienes repartidos, el fin del Temple era ya un hecho consumado. En total, su existencia no había llegado a los doscientos años de historia, pero su huella se había convertido ya en una leyenda imborrable. Aquellos heroicos monjes guerreros habían jugado un papel destacado en los lejanos reinos de Ultramar, pero también en el devenir de la Reconquista, a cuyo éxito contribuyeron aportando el filo de sus temibles espadas y ayudando a repoblar los territorios conquistados.

ANEXO
LA ORGANIZACIÓN DEL TEMPLE EN ESPAÑA
Al igual que en el resto de territorios en los que estuvieron presentes, los templarios de los reinos peninsulares se organizaron siguiendo una pauta bien establecida. La unidad más pequeña de esta estructura era la encomienda, compuesta por una o varias casas o conventos. Dichas encomiendas estaban dirigidas por un comendador o baile, generalmente un sargento templario o un caballero incapacitado para la lucha. Estas encomiendas –auténticos núcleos en los que se trabajaba para reunir dinero y reclutas destinados a Tierra Santa–, se unían a su vez formando provincias bajo el mandato de un maestre provincial, que en un primer momento era elegido personalmente por el Gran Maestre.

Mientras la orden se establecía en la península y las provincias del Temple todavía no estaban bien definidas, un solo maestre provincial podía estar al cargo de varios reinos peninsulares, como sucedió con Hugo de Rigaud, quien en los primeros años de presencia templaria ocupaba el cargo de maestre provincial para Cataluña, Languedoc y Provenza. En otros casos, los maestres aparecen citados como encargados de los “reinos hispánicos”, aludiendo a su función en Portugal, Castilla y Aragón a un mismo tiempo. Más tarde, sin embargo, la diferenciación de las provincias será mucho más clara, contando cada una con su propio maestre. En cuando al número de encomiendas, en fechas cercanas al fin de la orden, existían treinta y seis en la Corona de Aragón, dos en Navarra y treinta y una más en Castilla y León.

ANEXO
EL MITO TEMPLARIO
En los últimos años, los estantes de las librerías se han visto “inundadas” por una avalancha de títulos con los templarios como protagonistas. Algunos de estos libros son novelas históricas, pero no faltan tampoco las obras que proponen, desde el ensayo, las hipótesis más sorprendentes y heterodoxas. En uno y otro caso, los monjes guerreros son presentados al lector como custodios de terribles secretos heréticos que amenazan a la Iglesia, como guardianes de mágicos tesoros (el Grial o el Arca de la Alianza) o bien como maestros en todo tipo de saberes esotéricos.

El último boom de este tipo se produjo con el éxito del bestseller El Código da Vinci. En la novela se presenta a los caballeros como el brazo armado de una misteriosa sociedad secreta –El Priorato de Sión–, que custodia el mayor secreto de la cristiandad: la descendencia de Jesucristo. De forma paralela al libro de Dan Brown, y aprovechando su arrollador éxito de ventas, han aparecido toda una serie de títulos que ahondan en cuestiones similares y cuya estela sigue hoy en día. Pero, ¿cuáles son las razones de esta insistente obsesión por vincular a los templarios con todo tipo de cuestiones esotéricas?

La causa principal parece estar en las peculiares circunstancias del propio fin de la orden. Los templarios fueron injustamente acusados de terribles crímenes contra la fe, señalados como herejes y traicionados por la propia Iglesia. Buena parte de sus miembros –entre ellos el Gran Maestre, Jacques de Molay– murieron ejecutados en la hoguera, y la orden fue exterminada en pocos años a pesar de su enorme poder económico y militar. Desde el primer momento no faltaron rumores sobre su adoración a un supuesto ídolo demoníaco –el célebre Baphomet–, originados en las poco fiables confesiones bajo tortura, y las leyendas sobre el paradero de un supuesto tesoro templario. Todas estas cuestiones crearon un llamativo caldo de cultivo del que surgirían, ya en siglos posteriores, y al calor del romanticismo, decenas de leyendas en las que los templarios encarnan el ideal de héroes rebeldes exterminados por el poder establecido. Fue así como surgieron las teorías más peregrinas: para algunos, el Temple no había desaparecido definitivamente, pues durante la persecución algunos caballeros habían logrado huir desde el puerto de La Rochelle, con rumbo a Escocia o ¡incluso a América!, llevando consigo sus tesoros y secretos. Para otros, el último Gran Maestre, Jacques de Molay, habría transmitido su cargo a otro caballero, un tal Larmenius, antes de su trágico final, perpetuando así la orden en secreto. Todo un cúmulo de hipótesis y propuestas a las que se sumarán, ya en el siglo XVIII, la aparición de algunas logias masónicas que se autoproclamaban descendientes directos de los templarios, o que simplemente hacían uso de una simbología e indumentaria que recordaban a la orden.

A todo este maremagnum de leyendas y rumores, hay que sumar otro elemento para la confusión: el de la supuesta existencia de una arquitectura templaria característica. En este caso, la idea sugiere que los templarios construyeron siempre sus iglesias con planta circular u octogonal. Como otros muchos mitos sobre los templarios, éste nació también en el siglo XIX, aunque en este caso de la mano de autores académicos. Fue el célebre arquitecto Viollet-le-Duc quien refirió en sus trabajos la idea de que los templarios construían sus iglesias con planta central, para rememorar así el Santo Sepulcro de Jerusalén.

Iglesia románica de Santa María de Eunate, erróneamente atribuida al Temple. Crédito: Wikipedia.

A Viollet-le-Duc le siguieron en aquellos años otros autores como Lenoir o Prosper Mérimée, y la idea quedó bien cimentada hasta bien entrado el siglo XX. Fue otro historiador francés, Élie Lambert, quien acabó con el mito arquitectónico tras demostrar con un completo estudio que las plantas centrales en la arquitectura de las iglesias templarias eran las menos frecuentes. De hecho, ni siquiera puede hablarse de una arquitectura templaria, con características propias. Todo indica que las características de la arquitectura de los edificios del Temple –ya fueran fortalezas o iglesias– se asemejaban a la tradición arquitectónica del país en el que se desarrollaban. Tal y como señala el historiador Joan Fuguet, “una fortificación (templaria) portuguesa es más parecida a cualquier otra del mismo país que a un castillo templario de la Corona de Aragón”.

Por desgracia, esta falsa identificación de los edificios de planta central con construcciones templarias ha dificultado no pocos estudios, creando atribuciones erróneas que se han perpetuado durante años. En España, todavía hoy se atribuyen al Temple una serie de iglesias de planta circular o poligonal que en realidad tuvieron otro origen: es el caso de las iglesias navarras de Santa María de Eunate y Torres del Río –ambas octogonales y ubicadas en el Camino de Santiago– o la iglesia de la Vera Cruz de Segovia, de planta dodecagonal. Ninguna de ellas perteneció –según los últimos estudios–, a la orden del Temple. En otros casos, es suficiente con que se desconozca el verdadero origen de un edificio para que, con el único apoyo de las leyendas locales, se atribuya a los caballeros. Algo así es lo que sucede con la también famosa ermita de San Bartolomé de Ucero, en el Cañón del Río Lobos (Soria), sobre la que no existe constancia documental de su pertenencia al Temple, pese a que se haya querido identificar con el enclave templario de San Juan de Otero, citado en algunas fuentes.

BIBLIOGRAFÍA:
-FOREY, Alan. Templars in the Corona de Aragon. Oxford University Press. Londres, 1973. (Edición digital gratuita, en inglés).
-FUGUET, Joan y PLAZA, Carme. Los templarios en la Península Ibérica. Ed. Círculo de Lectores, 2005.
-MARTÍNEZ DIEZ, Gonzalo. Los templarios en los reinos de España. Ed. Planeta. Barcelona, 2006.

© Fotografía de apertura: Abramova Kseniya / Istockphoto

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Cruzados españoles en Tierra Santa

Posted on 16 Marzo 2009 by Javier García Blanco

crusaders2007Suele pensarse que las tropas cristianas de la península limitaron su lucha contra los musulmanes a los territorios de la “piel de toro”, quedando Tierra Santa fuera de su campo de acción. Sin embargo, numerosos caballeros de los reinos hispánicos encaminaron sus pasos a Ultramar con la idea de participar en gestas heroicas para recuperar los Santos Lugares.


Trípoli, 26 de abril de 1289. La ciudad, hasta entonces en manos cristianas, lleva más de un mes sitiada por las tropas sarracenas del sultán Qalawun. Las autoridades de la ciudad, gobernada por Lucía de Trípoli, habían sido advertidos del peligro por Guillermo de Beaujeu, Gran Maestre del Temple, pero su aviso cayó en saco roto. A pesar de los refuerzos recibidos (tropas hospitalarias, templarias, francesas y chipriotas), dos de las torres principales –entre ellas la del Hospital– han caído ya y los que todavía pueden, huyen antes de caer bajo el temible filo sarraceno.

Doña Lucía, los mariscales del Temple y del Hospital, así como el Senescal de Jerusalén, Sir John de Grailly, logran escapar por mar. El resto de la población, que no quiere o no puede escapar a tiempo, espera con resignación su inminente final. Mientras la mayor parte de los defensores han huido, desatendiendo sus puestos, unos pocos valientes intentan resistir los ataques de las tropas de Qalawun. Entre ellos, dos caballeros vestidos de blanco y con una visible cruz roja sobre su hombro izquierdo: los templarios españoles Pedro de Moncada y Guillermo de Cardona. El primero de ellos, catalán de nacimiento, había ocupado el puesto de Maestre provincial de Aragón entre 1279 y 1282. Los dos caballeros pelean fieramente, espada con espada, pero las brechas abiertas en las murallas dejan pasar sin problemas a las huestes musulmanas y los templarios sucumben sin remedio.

Después de 180 años de dominio cristiano ininterrumpido –el más prolongado de Tierra Santa–, como señala el historiador británico Christopher Tyerman, Trípoli cae en manos del dominio musulmán. Atrás quedan, a pesar del esfuerzo de caballeros como Moncada y Cardona, más de 7.000 cristianos muertos, y otros miles convertidos en esclavos.

RAZONES DE UN SILENCIO HISTÓRICO
Episodios como este, protagonizados por españoles que pelearon con valentía e hicieron “cruel guerra” a los sarracenos de Tierra Santa, salpican esporádicamente la historia de Ultramar. Sin embargo, sus hazañas han quedado a menudo ensombrecidas, tanto en las crónicas de la época como en los estudios más recientes, copados siempre por las gestas de personajes como Godofredo de Bouillon o Ricardo Corazón de León. Pero a pesar de este silencio histórico, fueron muchos los que, nacidos en la península, dejaron atrás posesiones y familias para guerrear en Ultramar (el término cruzada no se empleaba entonces), en busca de aventuras o con la intención de cumplir con el ideal caballeresco de la época.

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Aún así, hay que reconocer que el número de fuerzas españolas en los Santos Lugares fue muy inferior al de otros reinos cristianos. El principal motivo de esta ausencia es claro: mucho antes de que Urbano II alentara a la cristiandad para recuperar los Santos Lugares, desencadenando una fiebre guerrera y conquistadora, los distintos reinos peninsulares llevaban ejercitando su particular cruzada contra los “infieles mahometanos” presentes en la piel de toro.

De hecho, varios monarcas europeos y, especialmente, los pontífices de la Madre Iglesia, prefirieron habitualmente que las tropas cristianas de la península dedicaran todos sus esfuerzos a contener a las fuerzas sarracenas que amenazaban aquellos territorios. La situación era lo suficientemente delicada en el Este, como para tener que preocuparse también por un posible avance en Occidente. Para evitar la “fuga” a Tierra Santa de las espadas más osadas y tercas, el papado igualó los beneficios (en forma de indulgencias) entre los cruzados de Oriente y los peninsulares.

Pero a pesar de todos estos esfuerzos, no faltaron, como veremos, algunos ejemplos de españoles que abandonaron sus lugares de nacimiento para acudir a Ultramar, especialmente en los momentos de mayor tranquilidad en España.

GUILLERMO, CONDE DE TRÍPOLI
Raimundo IV de Tolosa fue, sin duda alguna, uno de los personajes más destacados de la Primera Cruzada. Algunos años antes había acudido en auxilio de Alfonso VI de Castilla para hacer frente a los enemigos de la fe que amenazaban los reinos cristianos, y cuando Urbano arengó a la conquista de Tierra Santa, no dudó en ser uno de los primeros en levantar su espada y dirigir sus pasos hasta allí.

En agradecimiento por la ayuda recibida, Alfonso VI de Castilla le otorgó la mano de su hija Elvira, pero aquella dote no fue lo único que Raimundo se llevó de la península. Numerosos guerreros decidieron seguirle a su nuevo destino. Entre todos ellos destacó especialmente Don Guillermo, conde de Cerdaña, más tarde conocido como Guillermo Jordán, tras ser rebautizado en las aguas del bíblico río.

El noble catalán acompañó al de Tolosa en batalles importantes de la Primera Cruzada, como la toma de Tortosa (la de Ultramar) o el asedio a Trípoli. Precisamente, tras la muerte de Raimundo, el conde de Cerdaña aprovechó la ausencia de su hijo Beltrán y la minoría de edad de su otro vástago, Alfonso, para autonombrarse conde de Trípoli, aunque esta todavía no había caído. Cuando poco después llegó Beltrán de Tolosa, se produjo un enfrentamiento entre ambos por el poder, circunstancia que se resolvió mediante un acuerdo, hasta que el español murió durante una refriega entre cristianos, al ser atravesado por una flecha.

Otro noble español, en este caso más conocido, e igualmente relacionado con Raimundo IV de Tolosa, participó también junto a él en la Primera Cruzada: Berenguer Ramón II, apodado El Fratricida. Este singular alias procede, al parecer, de las sospechas que recayeron sobre él, pues se extendió el rumor de que había ordenado el asesinato de su hermano mellizo, Ramón Berenguer II, a quien durante un tiempo disputó el condado de Barcelona. Cuando las sospechas del asesinato arreciaron, se vio obligado a renunciar al título y, según algunas fuentes, encaminó sus pasos a Tierra Santa, peleando valerosamente junto a Raimundo y perdiendo la vida en Jerusalén.

UN INFANTE EN LA TOMA DE JERUSALÉN
Las crónicas de Ultramar citan a otro noble español, el infante Ramiro Sánchez de Navarra, durante el asalto a la ciudad de Jerusalén en 1099. Al parecer, Ramiro estaba entre la hueste que atravesó la muralla por la zona de la piscina probática (un lugar de aguas curativas citado en la Biblia). En ese lugar, según el relato, habría encontrado un fragmento de la Vera Cruz, el madero en el que se crucificó a Cristo.

Ya de regreso a casa, y viendo próxima su muerte, Ramiro dejó un testamento en el que ordenaba la construcción de una iglesia dedicada a la Virgen, en la que custodiar la sagrada reliquia y una talla de Nuestra Señora, también traída de Jerusalén, y supuestamente realizada por el mismísimo San Lucas. Dicho templo existe hoy en día, en La Rioja, bajo el nombre de Ermita de Santa María de la Piscina.

piscina

En otros casos, las menciones a héroes peninsulares están visiblemente ensalzadas, y cuesta dilucidar la rigurosidad de las hazañas descritas. Un buen ejemplo es el del caballero Golfer de las Torres, mencionado por Martín Fernández de Navarrete, autor de uno de los escasos trabajos sobre la presencia hispana en las cruzadas de Oriente.

Según el relato recogido por Navarrete, Golfer participó en el cerco de Antioquía, donde protagonizó un heróico lance. Montando a caballo, se lanzó a cruzar un puente recién construido, armado únicamente con una lanza. Al llegar al otro lado se encontró con cinco sarracenos a caballo, dando muerte el sólo a tres de ellos. Los dos que salieron con vida alcanzaron la ciudad muertos de miedo, y dieron aviso a las tropas del interior. Un buen número de guerreros musulmanes salieron en persecución de Galfer, iniciándose así una cruenta batalla que terminó con la victoria cristiana, con más de mil bajas entre los musulmanes.

DE TOLEDO A ULTRAMAR
Más respaldo histórico posee la historia del conde Rodrigo González de Lara. Natural de Liébana, este noble protagonizó, junto a su hermano Pedro, un enfrentamiento con Alfonso VII, El Emperador. Sin embargo, más tarde terminó convirtiéndose en su aliado, logrando para él una notable victoria durante una incursión audaz en tierras sevillanas, ocupadas por la morisma.
En agradecimiento por los servicios prestados, el Emperador le otorgó el cargo de tenente y alcaide de Toledo en 1132. Sin embargo, las buenas relaciones entre ambos duraron poco y, tras un duro enfrentamiento, González de Lara rechazó su puesto en Toledo y decidió poner rumbo a Tierra Santa.

Allí, según las crónicas, “hizo cruel guerra a los moros y enemigos de la fe y edificó un fortísimo castillo frontero con Ascalonia”. Un contemporáneo, Rorgo Fretellus de Nazaret, citaba al español como “un ferviente caballero de armas de los Macabeos (en referencia a los templarios)”. El citado castillo fue, posiblemente, una fortificación conocida como “La tour des chevalliers” (la torre de los caballeros), en la actual Latrun.

Escena del film "El Reino de los Cielos". Crédito: Twentieth Century Fox

González de Lara se asoció con los templarios durante su estancia en Tierra Santa, a quienes cedió el castillo; de hecho, estuvo acompañado por otro español, un templario conocido como Pedro el Cruzado, hijo de un buen amigo suyo. Tiempo después regresó a la península, pero al haber perdido sus posesiones anteriores, estuvo al servicio de señores como García Ramírez de Navarra o don Ramón, conde de Barcelona, e incluso del rey Albengamia de Granada. Al parecer, durante su estancia en esta corte fue envenenado, y decidió marchar de nuevo a Tierra Santa, donde murió víctima de la lepra.

EL FIN DE UN SUEÑO
La huella hispana en “Tierras del Señor” se completa con los nombres de otros muchos héroes, como el conde Don Fernando de Galicia, quien habría guerreado allí en dos ocasiones, o Guitardo, conde de Rosellón. La lista aumenta con multitud de historias, muchas de ellas protagonizadas por personajes anónimos, como el caso de una dama llamada Azalaida, que en 1104 partió en un navío con rumbo a Siria, y cuya fortuna desconocemos, a pesar de que dejó constancia escrita de su partida.

A estos ejemplos hay que sumar las distintas iniciativas reales (ver anexo) y la lógica presencia de miembros de las grandes órdenes (templarios y hospitalarios) de origen peninsular. A este respecto, Alan Forey, autor de un completísimo trabajo sobre el Temple en la Corona de Aragón, señala los ejemplos de varios maestres provinciales de la Orden que, como Pedro de Moncada, participaron en las luchas de Tierra Santa antes de ocupar su cargo en territorio español.

De cualquier modo, y pese al silencio histórico, los españoles que guerrearon en Ultramar “disfrutaron” del mismo destino que sus iguales del resto de Europa: saborearon la victoria en múltiples ocasiones, pero sufrieron la derrota en otros tantos momentos. Un fracaso que se convirtió en una amarga realidad cuando, finalmente, San Juan de Acre cayó para siempre en manos musulmanas en 1291.

ANEXO
LAS FALLIDAS CRUZADAS REALES

Además de los caballeros que, a título personal o formando parte de algunas de las órdenes militares, embarcaron rumbo a tierras del Este, en la lista de españoles cruzados hay que añadir a varios monarcas. En 1238, en tiempos de la Sexta Cruzada, Teobaldo I de Navarra decidió organizar un ejército para luchar en Ultramar. Por desgracia, su historial como cruzado no es demasiado brillante, pues sólo participó en dos batallas dignas de mención, y sólo venció de forma tímida en una de ellas. A pesar de todo logró un pacto con señores de Egipto y Damasco, recuperando Jerusalén, Belén y otras poblaciones. Dos años después de iniciar su particular cruzada regresó a Europa.

Al igual que su padre, Teobaldo II también quiso probar suerte en las cruzadas. Así, en 1270 acompañó a su suegro, Luis IX de Francia, durante un asedio a la ciudad de Túnez. El monarca francés falleció de fiebres durante la contienda, y a Teobaldo también le llegó la muerte en diciembre de ese mismo año, cuando todavía no había alcanzado la península. El intento de participar en la cruzada tampoco fue exitoso en el caso de Jaime I el Conquistador. Un año antes de la incursión de Teobaldo II, el monarca aragonés se hizo a la mar con dirección a Tierra Santa, pero una terrible tormenta hundió parte de la flota, obligándole a regresar a tierra, mientras sólo unas pocas embarcaciones continuaban su camino.

ANEXO
LAS ÓRDENES HISPANAS EN TIERRA SANTA
Aunque el papel de las Órdenes Militares surgidas en suelo español consistía principalmente en la defensa de los territorios cristianos peninsulares e impulsar la reconquista,  en algunos casos las fuentes de la época mencionan cierto papel en Tierra Santa. Algunas de estas órdenes, como por ejemplo la de Santiago, llegó a poseer bienes en Antioquía, al ser requerida para ayudar a Bohemundo III.  Ya en el siglo XIII, otro monarca, Balduino II de Constantinopla, solicitó también ayuda a los santiaguistas e incluso se estableció un compromiso para el envío de 300 caballeros, aunque finalmente no se llevó a cabo.

Otra Orden hispana, la de Montjoie o Monte Gaudio (fundada por el conde Rodrigo Álvarez), recibió también algunas propiedades en la década de 1170 de la mano de Balduino IV y Reinaldo de Châtillon, a cambio de que lucharan en Ultramar. Sin embargo,  debido a su escasa presencia, finalmente dichos bienes pasaron al Temple.

Finalmente, la Orden de Calatrava manifestó en 1206 su intención de acudir a los Santos Lugares aprovechando una tregua con las tropas almohades, aunque finalmente los planes tampoco fructificaron.

———————- MÁS INFORMACIÓN ————————————————————————-

-CARMONA RUÍZ, María Antonia. La participación de las órdenes militares hispanas en las cruzadas de Oriente. Proyecto Clío.

-FERNÁNDEZ DE NAVARRETE, Fermín. Españoles en las cruzadas. (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes).

-FOREY, Alan J. The Templars in the Corona de Aragon.

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