Mientras desfilaban en medio de vítores por las calles de la ciudad eterna camino de Brindisi, donde embarcarían rumbo a Siria, aquellos soldados romanos no podían imaginar que estaban iniciando el camino de una tortuosa aventura de la que la mayor parte de ellos no regresaría jamás. La derrota de aquella legión comandada por el triunviro Marco Licinio Craso se convertiría en uno de los mayores fracasos de Roma, hasta el punto de que, con el tiempo, cuando un romano hacía referencia a una grave equivocación, empleaba la expresión “Craso error” –que ha perdurado hasta nuestros días–, en referencia a este pasaje de su historia.
Craso había sido nombrado procónsul de la provincia Siria y, codiciando la fama y la gloria de la que gozaban sus homólogos triunviros –Pompeyo y Julio César–, había decidido armar, de su propio bolsillo, un ejército de siete legiones –más los auxiliares– a las que se unirían posteriormente mil jinetes eduos regalados por César para su periplo por Oriente. Craso era el hombre más acaudalado de Roma en aquel momento y, de hecho, los escritores clásicos sólo han sabido destacar su avaricia ya que, como veremos, no sobresalía ni en las artes militares ni en carisma personal. A pesar de haber superado los 60 años, le gustaba verse a sí mismo como el nuevo Alejandro Magno, llegando hasta el Indo y el mar Océano.
Sin embargo, su expedición estaba abocada al fracaso. Ya antes de salir de Roma, Ateyo Capitón –un tribuno de la plebe que se oponía a aquella aventura–, se interpuso en el camino de Craso con los brazos extendidos y lo maldijo haciendo mención a dioses e improperios que harían escandalizar a un romano decente. Ateyo fue retirado de la calzada y el triunviro hizo caso omiso a tales alusiones.
Esta pequeña anécdota, sin embargo, fue sólo el comienzo de un sinfín de hechos que irían minando poco a poco la moral de la tropa: aunque un legionario romano era capaz de enfrentarse a cualquier peligro o enemigo, si algo podía hacer mella en su ánimo eran las supersticiones y la mala suerte.
Busto de Marco Licinio Craso | Crédito: Wikimedia Commons.
Fuera casualidad o fruto de las maldiciones de Ateyo, lo cierto es que ya en el puerto de Brindisi el clima se mostró poco favorable y la prudencia sugería que no era conveniente embarcar. Pero Craso se empeñó en partir cuanto antes, rumbo a su nuevo destino, y una tormenta feroz en el Adriático hizo naufragar a gran número de naves.
Una vez en Oriente, Craso necesitaba una campaña militar que le proporcionase la gloria y la fama que César y Pompeyo habían obtenido en la Galia e Hispania respectivamente. Esta fue la razón que le decidió a someter Partia, un reino tan preocupado en sus propios asuntos sucesorios que no representaba una amenaza real para Roma. O eso parecía…
Partia había estado gobernada hasta entonces por el rey Phraates III, cuyos dos hijos –Mitrídates y Orodes– intrigaron contra él y lo asesinaron. Tras el parricidio subió al trono el mayor de los dos hermanos, quien gobernaría como Mitrídates III. Una vez rey, éste declaró la guerra a Artabaces de Armenia, aliado de Roma, así que la agresión del nuevo rey parto era la excusa perfecta que Craso necesitaba para intervenir allí.
Mientras, en Partia continuaban las luchas internas por el poder y la guerra con Armenia pasó a un segundo plano. El rey y su hermano Orodes estaban ahora enfrentados, y este último, apoyado por el enérgico Surena, consiguió destronarle, obligando a Mitrídates a huir. Aquella Partia dividida por una guerra civil era un manjar demasiado apetecible como para ser ignorado por el gobernador romano de Siria.
EL DESASTRE DE CARRHAE
Craso cometió el error de, una vez haber cruzado el Éufrates y sometido a las ciudades fronterizas partas, volver a Siria para pasar el invierno. El triunviro perdió así el factor sorpresa y además permitió a los partos rearmarse, dejando tan sólo unas insuficientes guarniciones en las ciudades conquistadas.
Plutarco, en sus célebres Vidas paralelas, se hizo eco de lo que ocurrió a continuación: «Cuando ya estaba para mover las tropas de los cuarteles de invierno le llegaron embajadores del rey Arsaces [Orodes], trayéndole un mensaje muy breve, porque le dijeron que si aquel ejército era enviado por los romanos la guerra sería perpetua e irreconciliable; pero que si Craso había llevado contra ellos las armas y ocupado sus ciudades sin el permiso de la patria y arrastrado sólo por la codicia, que era lo que les había informado, Arsaces estaba dispuesto a usar de moderación, compadeciéndose de la ancianidad de Craso, y a restituirle los soldados, que más bien se hallaban en custodia que en guarnición. Díjoles Craso con altanería que en Seleucia les daría la respuesta, y el más anciano de los embajadores, llamado Vagises, echándose a reír y mostrando la palma de la mano: ‘Aquí, ¡oh Craso! –le dijo– nacerá pelo antes que tú veas a Seleucia’».
Territorios del antiguo reino parto, donde tuvo lugar la desastrosa batalla de Carrhae | Crédito: Wikimedia Commons.
Este fue sólo el primero de una serie de malos presagios que fueron minando la moral de la tropa lo que, unido a la incompetencia militar de Craso y a la eficacia del ejercito parto, terminaría por hacer de la expedición un verdadero fiasco. Cuando las tropas llegaron a la ciudad de Zeugma, en la orilla occidental de Éufrates, se desató una terrible tormenta sobre el lugar en el que iba a levantarse el campamento romano. El caballo asustado de un oficial se desbocó y derribó a su jinete, lanzándolo a las aguas revueltas del gran río, donde desapareció ante la atenta mirada de la tropa.
Temiendo que el Éufrates se desbordase, Craso movilizó a las legiones para cruzar a la otra orilla por el puente que se había construido. A partir de ese momento se desató el caos, agravado por una densa niebla. El aquilífero no podía mover el águila de vanguardia clavada en la tierra y, cuando sus compañeros se prestaron a echarle una mano, ésta se giró en dirección contraria, como si quisiera que el ejercito no cruzase el río. La prisa de Craso, la niebla que impedía ver más allá de una lanzada, el río embravecido, los rayos que descargaban con furia… Todo convirtió la maniobra en un desastre, perdiéndose hombres, animales y mercancías arrastradas por el agua.
Dos hechos terminaron por convencer a los soldados de que la campaña estaba maldita. En lugar de arengar a la tropa y contratar los servicios de un adivino que propiciara buenos augurios, Craso mandó destruir el puente para que nadie tuviera la tentación de huir, alegando que volverían por Armenia una vez conquistada Partia. Además, quiso el azar que aquella noche tocase cenar lentejas y sal, una comida que los romanos asociaban con el luto y los funerales. Desde ese momento el descalabro fue absoluto: el abandono de los aliados armenios, los engaños de los guías locales que trabajaban para Surena, el clima sofocante, la tropa desmoralizada… Todo desembocó en la batalla de Carrhae (53 a.C.), uno de los mayores desastres militares de Roma.
De las siete legiones, cuatro mil auxiliares, cuatro mil caballeros romanos y los mil jinetes eduos de César, tan sólo quinientos caballeros al mando de Cayo Casio Longino regresaron para reorganizar la defensa de la provincia Siria. En los meses posteriores a la batalla, pequeños grupos de supervivientes fueron llegando a territorio romano, pero el desastre era de una magnitud colosal: diez mil prisioneros, y el general Marco Licinio Craso –junto a su hijo y todos los altos mandos romanos– masacrados.
Estatua representando al general parto Surena | Crédito: Wikimedia Commons.
A pesar de ser sólo cuestor, Casio Longino era el oficial de más alto rango que sobrevivió al desastre y por lo tanto el encargado de reorganizar las tropas y las defensas del territorio. Carente de efectivos, fortificó las ciudades costeras y resistió en Antioquía el asedio parto. Y aunque pasaría a la historia como uno de los asesinos de César, hay que reconocerle la heroicidad y arrojo en la defensa y conservación del territorio sirio para Roma. Un logro que le hizo regresar a la capital como un héroe de la República.
EL COMIENZO DE UNA LEYENDA
Es aquí donde comienza la leyenda de los diez mil romanos apresados por los partos. Su destino más probable era la esclavitud, pero el rey Orodes no quiso desperdiciar la oportunidad de contar con legionarios romanos y utilizó a muchos de ellos para crear unidades destinadas a defender otras fronteras. Nos cuenta Plinio el Viejo en su Historia Natural que los prisioneros fueron llevados a la región de Margiana. Era ésta una zona rodeada de montes en un entorno de mil quinientos estadios y de difícil acceso por causa de unos desiertos arenosos que se prolongaban a lo largo de ciento veinte mil pasos.
Muchos de estos prisioneros fueron enviados a las minas para realizar trabajos forzados, pero las unidades de élite romanas se emplearían en Bactria, para proteger las fronteras de los nómadas que asolaban el territorio, antecesores de los hunos. Aquí desaparece la pista de la legión perdida. Años más tarde (20 a.C.), cuando Roma venció a los partos, exigió la devolución de los soldados que habían sido hechos prisioneros, pero a pesar de los esfuerzos del Imperio por recuperarlos, nada se supo de esos hombres.
En el año 36, con la dinastía Han gobernando China, el general Gan Yanshou emprendió una campaña militar en la actual provincia de Xingiang contra los nómadas de la zona. Las crónicas de la campaña fueron registradas por el historiador chino Ban Gu. El cronista narra cómo cerca de la actual capital de Tadjikistán –en la ciudad de Zhizhi–, el contingente chino se enfrentó a un misterioso ejército compuesto por soldados veteranos, muy disciplinados y que se resguardaban en una fortaleza de madera en forma circular. Añadía, además, que su infantería estaba perfectamente formada, con una línea de “escamas de pescado” que protegía cuerpo y extremidades. Éste ejército misterioso provocó la admiración de los chinos, que perdonaron la vida a los últimos 1.500 soldados, los cuáles, según Ban Gu, fueron destinados a la provincia de Gansu, donde fundaron la ciudad de Liquian para proteger la muralla de los invasores.
Legionarios romanos | Crédito: Wikimedia Commons.
Las pruebas genéticas realizadas en los últimos años a los habitantes de esta región de China ha puesto de manifiesto que casi dos terceras partes de su ADN es de origen caucásico –muchos tienen ojos azules o verdes, pelo rubio y una nariz típicamente caucásica–, dando cierto apoyo a la hipótesis, defendida en los últimos años por algunos estudiosos, de que podrían ser descendientes de los romanos de la “legión perdida”.
La teoría fue presentada por primera vez en la década de 1950 por Homer Dubs, profesor de Historia de China en la Universidad de Oxford. Sin embargo, otros estudiosos dudan de la hipótesis y creen que estos “romanos” serían en realidad descendientes de los ejércitos de los hunos que merodeaban por el centro de Asia, y que contaban con soldados de origen caucásico.
Maurizio Bettini, un clasicista y antropólogo de la Universidad de Siena, desestimó la teoría calificándola de ‘cuento de hadas’. “Para que sea indiscutible, habría que encontrar elementos como monedas o armas que fueron típicas de los legionarios romanos”, explicó en unas declaraciones al diario italiano La República. “Sin pruebas de este tipo, la historia de las legiones es sólo una leyenda”.
La actual ciudad de Tashkent estaba situada en la zona más oriental de Sogdiana, mientras que Antioquía, como ya dijimos, estaba en la zona central de Margiana, junto al rio Margo. En opinión del escritor Carlos Javier Pacheco, que un grupo de romanos escapara hasta la ciudad de Tashkent desde Antioquía sin ser capturado resulta poco factible debido a la distancia y lo complicado del terreno. Margiana estaba rodeada de desiertos y, aunque los fugados contaran con caballos, no estaban a la altura de los partos como jinetes. De haber querido huir, posiblemente lo habrían hecho en dirección oeste –hacia Roma–, en lugar de adentrarse en tierras que no conocían.
Recreación histórica, con legionarios formando en testudo | Crédito: Wikimedia Commons.
Entrando en el terreno de la hipótesis, tal vez Orodes no destinó a todos los prisioneros romanos a una misma ciudad, sino que los repartió entre varias a lo largo de las fronteras de sus dominios. No sería una idea descabellada, porque al separarlos era más complicado que se rebelaran. Evidentemente, Orodes no ignoraba lo peligrosa que podía ser la infantería romana y con diez mil soldados romanos se podían formar casi dos legiones. Dado el profundo temor que tenían los reyes Arsácidas por las rebeliones internas, es posible que actuara de esa manera para evitar que pudieran ser utilizados en su contra.
No obstante, sólo se trata de una hipótesis. Desde una ciudad situada en Bactriana o Sogdiana hasta Tashkent sigue habiendo una distancia considerable, pero no tan grande como desde Antioquía, por lo que una posible fuga de parte de los romanos si sería más creíble.
Según el investigador australiano David Harris (que trabajó como profesor de inglés en la Universidad de Lanzhou con el propósito de investigar el tema), lo que ocurrió es que los romanos consiguieron escapar y huyeron hacia los territorios del rey huno Jzh-Jzh, a quién ofrecieron sus servicios como mercenarios. En ese caso, es probable que hubieran utilizado el griego como medio de comunicación, ya que este era el idioma que los partos usaban para la diplomacia y para el comercio. Los hunos eran enemigos de los partos, pero es posible que a través de comerciantes asentados en Sogdiana (por donde pasaba la ruta de la seda) pudieran entenderse con los romanos. Jzh-Jzh era un rey muy belicoso y codiciaba la rica zona del sur de China. Sin embargo los chinos decidieron acabar con esa amenaza y lanzaron una ofensiva militar contra sus dominios. Y es aquí donde enlazarían con las crónicas chinas.
Sin embargo, y como ya hemos comentado, nos movemos en el terreno delicado de las hipótesis, donde uno puede caer en el error de enlazar hechos movido por el deseo de hacer realidad una idea romántica más que por las evidencias históricas. A la espera de nuevos hallazgos arqueológicos que nos muestren cuál fue el auténtico destino de los diez mil soldados romanos, seguiremos llenando folios en blanco con el enigmático final de éstos valerosos hombres.
BIBLIOGRAFÍA
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