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Un santuario astronómico único

Posted on 12 Noviembre 2009 by Redacción

Vista del santuario celtibérico de Segeda. Crédito: Universidad de Zaragoza / SINC / Heraldo de Aragón.

En el año 2003, un grupo de arqueólogos que trabajaba en el yacimiento celtibérico de Segeda, en la comarca de Calatayud (Zaragoza), descubrió por casualidad una plataforma formada por dos muros de grandes dimensiones (10 y 16,6 metros de longitud) construidos por sillares de hasta 500 kilogramos de peso. En un primer momento los expertos creyeron que se trataba de una construcción defensiva, pues se hallaba a las afueras de la ciudad, pero estudios posteriores parecían indicar que se trataba de otra cosa. ¿Pero qué?

Fue el profesor Martín Almagro Gorbea quien, recordando otros yacimientos europeos, decidió probar suerte con la arqueoastronomía. Tras contactar con Manuel Pérez Gutiérrez, profesor de astronomía y geodesia de la Universidad de Salamanca, tomaron datos exhaustivos en el enclave y, al traspasarlos a programas informáticos de simulación astronómica, descubrieron que el ángulo formado por los muros descubiertos señalaba claramente al cercano cerro de la Atalaya, pero también a la puesta de sol en el solsticio de verano hacia el año 200 a.C., probable fecha de la construcción. Para confirmar los datos arrojados por los ordenadores, el equipo se desplazó el 21 de junio de 2009 hasta el lugar, presenciando in situ el fenómeno. “Fue algo impresionante, un momento mágico”, explicó Francisco Burillo, catedrático de Prehistoria de la Universidad de Zaragoza y director de las excavaciones.

Con aquellos datos, los científicos determinaron que el enclave podía considerarse “el primer santuario celtíbero identificado y vinculado con una ciudad”, lo que le dotaba de mayor importancia si cabe. Con el paso de los meses y la continuación de los estudios, esta consideración no sólo se ha visto confirmada, sino ampliada. Durante el reciente Congreso Internacional de Astronomía Cultural, celebrado en Alejandría entre el 25 y el 31 de octubre pasados, Burillo y su equipo presentaron los hallazgos realizados hasta la fecha, destacando que el santuario de Segeda “es único en su género”.

Puesta de sol sobre el cerro de La Atalaya, el 21 de junio (solsticio de verano). Crédito: SINC / Universidad de Zaragoza.

Puesta de sol sobre el cerro de La Atalaya, el 21 de junio (solsticio de verano). Crédito: SINC / Universidad de Zaragoza.

“Queríamos confirmar lo que intuíamos, y es que habíamos encontrado algo de lo que no existe paralelo en la Antigüedad en el Mediterráneo”, explicó Burillo. “Y sí, aunque en la Antigüedad hubo construcciones dedicadas al solsticio y al equinoccio, no hay nada como lo que hemos encontrado”, añadió. Además de la alineación de la plataforma con el solsticio de verano, fecha en la que el sol se pone exactamente sobre el cercano cerro de La Atalaya, los arqueólogos han determinado también otras llamativas alineaciones astronómicas. Así, la piedra angular de la construcción está orientada de forma perfecta con la puesta de sol en los equinoccios, lo que se produce sobre otro cerro, el de Valdehornos –algo que pudieron comprobar también in situ el pasado 21 de septiembre–, y el resto de los muros de la estructura señalan perfectamente al norte geográfico y a la llamada “Parada Mayor” o Ciclo Metónico de la Luna (que se produce cada 19 años), respectivamente.

Por todos estos motivos, los arqueólogos consideran que la estructura hallada a las afueras de Segeda constituye un “ejemplo único” de calendario lunisolar, utilizado además con fines religiosos. “Allí se construyó un calendario monumental, un espacio abierto de ritualización astronómica, especialmente con el Sol, lo que ratifica la importancia que éste tuvo en la cultura celtibérica. Va a contribuir a conocer mejor la sacralidad en el Mediterráneo durante la Antigüedad”, explicó Burillo.

Puesto que aún hay parte del yacimiento sin excavar, los expertos no descartan nuevos hallazgos que demuestren, por ejemplo, alguna alineación más, en este caso relacionada con las estrellas. La destacada investigación realizada por el equipo de la Universidad de Zaragoza ha conseguido llamar la atención de otros expertos, como el astofísico y experto arqueoastrónomo Juan Antonio Belmonte, investigador del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC), quien ha escrito a las autoridades aragonesas para que protejan este enclave único.

A continuación podéis ver un vídeo con imágenes de la puesta de sol durante el solsticio de verano, y otro en el que se observa el yacimiento celtibérico de Segeda.

Fuente:

-El santuario astronómico de Segeda, una “construcción única en su género”, Heraldo de Aragón (edición impresa, 11 de noviembre de 2009)

-Confirman la exactitud del único calendario lunisolar conservado de la Antigüedad (SINC)

-Web del yacimiento de Segeda

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Religiones ibéricas

Posted on 01 Septiembre 2009 by Javier García Blanco

Detalle del sepulcro de Pozo Moro. Crédito: Luis García / Wikipedia.

Hasta la llegada del cristianismo en los primeros siglos de nuestra era, los antiguos habitantes de la península elevaron sus plegarias a los más variados dioses. Divinidades fenicias, griegas, egipcias y romanas se sumaron al panteón de dioses indígenas, dando forma a un rico muestrario religioso plagado de llamativas costumbres y supersticiones.

Mucho después de la cruel y sangrienta lucha entre los dioses y los titanes, un nuevo rey se alzó con el mando en el pueblo de los curetes. Se llamaba Gárgoris, y enseñó a sus compatriotas el arte de producir la miel. Su hija quedó embarazada antes de desposarse (dicen las malas lenguas que fruto de relaciones incestuosas) y el rey, deshonrado, ordenó que el niño fuera abandonado en el monte para que las bestias lo devoraran. Sin embargo, las fieras lo alimentaron, salvándolo de una muerte segura.

Cuando Gárgoris se enteró, pidió a sus hombres que lo arrojaran a un grupo de cerdas y perras hambrientas. De nuevo, en lugar de devorarlo, los animales le ofrecieron sus ubres y lo amamantaron. El monarca, irritado, hizo que lo lanzaran al mar, pero los dioses protegieron al niño, que llegó plácidamente a la orilla. Allí fue recogido y cuidado por una cierva.

Pasaron los años y el niño, criado como un salvaje, quedó un día atrapado en una trampa. Llevado ante Gárgoris, el rey lo reconoció y, comprendiendo que era una protegido de los dioses, le nombró su heredero, dándole el nombre de Habis. El joven se convirtió en un héroe civilizador, que enseñó a sus súbditos la técnica del arado y les dictó las leyes. Después prohibió el trabajo a los nobles y repartió al resto de la población en siete clases o ciudades.

Posible ubicación de la antigua Tartessos. Crédito: Wikipedia.

Posible ubicación de la antigua Tartessos. Crédito: Wikipedia.

Esta leyenda, recogida por el historiador Justino, constituye uno de los pocos relatos mitológicos que se conocen sobre la antigua cultura de Tartessos, la enigmática civilización que ocupó la costa suroeste de la península ibérica desde finales del 2º milenio a. C. hasta el siglo VI a. C.

La historia de Gárgoris y Habis posee innegables similitudes con otros relatos míticos –y otros supuestamente históricos– en los que el héroe sufre una infancia llena de desgracias o intentos de asesinato, pero que sobrevive gracias a la ayuda de las divinidades o de animales: Moisés o Rómulo y Remo son buenos ejemplos de ello. Este mito tartésico es un ejemplo de las influencias culturales y religiosas traídas de oriente por los comerciantes fenicios, que establecieron en la península sus colonias e insuflaron a los indígenas tartesios, herederos de la cultura megalítica del suroeste ibérico, buena parte de sus costumbres y creencias.

Y es que muchos siglos antes de que el cristianismo echara sus raíces en la península, los distintos pobladores de la “piel de toro” rindieron culto a una pléyade de divinidades, algunas de ellas indígenas y otras muchas importadas, fruto de las distintas influencias recibidas.

UN EXÓTICO PANTEÓN ORIENTAL
En lo que respecta a relatos mitológicos, sólo conocemos el de Gárgoris y Habis, citado por fuentes clásicas, y el que se refiere a Gerión, otro rey mítico, un pequeño reyezuelo-pastor, descrito como un ser de tres cuerpos o tres cabezas (según las versiones), que fue vencido por el semidiós Heracles, quien le robó sus rebaños.

El abanico de divinidades, sin embargo, era mucho más rico. La aculturación que se produjo con el contacto fenicio supuso la importación de diversas deidades orientales, especialmente de origen semita. Es el caso de la diosa Astarté, cuyo culto ha quedado de manifiesto con el hallazgo de numerosas piezas arqueológicas. Su rastro puede encontrarse en el célebre yacimiento tartésico de El Carambolo (Sevilla), donde se descubrió una figura de la diosa, desnuda y tocada con una peluca de estilo egipcio. Data de la 2ª mitad del siglo VIII a. C., y posee una inscripción que aclara su advocación: “Ofrenda que ha hecho Baal Jaton, hijo de Dommelek y Abdibaal, hijo de Dommelek, nigromantes de Astarté, como agradecimiento a Astarté-Ur por haber escuchado sus plegarias”.

Figurilla de Astarté descubierta en el yacimiento tartésico de El Carambolo.

Figurilla de Astarté descubierta en el yacimiento tartésico de El Carambolo.

Esta inscripción es, además, un ejemplo perfecto del carácter eminentemente práctico de las religiones ibéricas primitivas. Lo más probable es que los pueblos indígenas no contaran con un cuerpo sacerdotal bien estructurado, sino que el contacto con la divinidad debía ser directo, en los santuarios, y el culto de los fieles se reducía a la realización de ofrendas con la intención de obtener un beneficio, salud, protección, etc… En el caso de producirse, los sacrificios se reducían a la inmolación ritual de pequeños animales, como las palomas ofrecidas a Astarté.

Las ofrendas podían consistir en alimentos, libaciones rituales de líquidos (leche, aceite, miel…) o quema de incienso, como demuestra el hallazgo de pebeteros y quemadores con imágenes de divinidades. Sin embargo, lo más habitual era la ofrenda de exvotos.

Astarté de La Galera.

Astarté de La Galera.

Este carácter de ofrenda es también evidente en otra Astarté, la encontrada en la Tumba de la Galera, la antigua Tutugi (Granada). Esta hermosa figura, enmarcada por dos esfinges, tiene una abertura en la cabeza y los pechos, con orificios, se apoyan en un cuenco. Los fieles vertían sus libaciones en la cabeza, y el líquido surgía de los senos, llenando el cuenco.

Astarté (el equivalente fenicio de la Isthar acadia), era la diosa de la fecundidad,  del amor y la vida, pero también podía serlo de los astros y la guerra, por lo que se consagraban a ella las armas de los enemigos. Su culto se extendió rápidamente entre las poblaciones tartésicas, que la aceptaron sin dificultad, gracias al recuerdo aún fresco de la adoración, en el 2º milenio a. C., a una Diosa Madre de la fecundidad. Astarté estuvo asociada a la práctica de la prostitución sagrada, y es posible –aunque no hay evidencias– que también se realizara en la península ibérica.

Los tartesios, al igual que el resto de culturas mediterráneas, eran politeístas, y el panteón se completaba con otros dioses. Así, se han encontrado piezas que representan a la diosa egipcia Isis, como la hallada en La Aliseda. Otros descubrimientos parecen indicar la presencia de culto a Reshef o Hadad, divinidades orientales relacionadas con Astarté, las epidemias y el mundo de ultratumba.

Otro de los dioses conocidos por las poblaciones indígenas fue El, “el primero entre los dioses” (fue la divinidad más importante para los cananeos). Se han encontrado representaciones suyas en La Aliseda, así como en un sello de Puerta de Tierra (Cádiz). Otra divinidad traída por los fenicios, aunque su origen está en el país del Nilo, es el dios enano Bes, de carácter apotropáico (protector), a quien se acudía para sanar picaduras de serpiente y para auxiliar a las mujeres durante el parto. Se han encontrado algunas imágenes en la necrópolis fenicia de Sexi (la actual Almuñecar) que datan del 700 a.C., y en algunos amuletos.

Este singular panteón se completaba con Baal Samen, “señor del cielo” y Baal Hammon, “señor de los perfumes”. Este último tenía tres cabos consagrados por los fenicios: San Vicente, Palos y Segres.

Más importante aún fue el culto a Melqart, el dios tutelar de Tiro, divinidad solar que llegó con los primeros navegantes fenicios. Si Baal Hammon tenía tres cabos bajo su advocación, Melqart (más tarde asimilado a Hércules) contaba con dos islas en la costa, una junto a Huelva y otra cerca de Cartagena, con santuarios al aire libre. Además existió un importante santuario cerca de Cádiz, que poseía un templo –sobre el que Estrabón refiere que algunos identificaron erróneamente con las célebres columnas de Hércules– y otros dos santuarios en Ibiza.

La influencia fenicia no sólo trajo consigo una pléyade de dioses, sino también la creencia y el culto a determinados animales fantásticos (la esfinge y el grifo) y la adopción de determinados símbolos religiosos, como el Árbol de la Vida, además del uso de objetos mágicos, como amuletos o cinturones sagrados.

En cuanto a las costumbres mortuorias, las excavaciones arqueológicas indican que se daban tanto la inhumación como la cremación, ésta última de nuevo por influencia fenicia. En el caso de las cremaciones, se separaban los huesos de las cenizas, lavándose las osamentas e introduciéndolas en urnas que luego se tapaban con platos. Estas urnas podían ir acompañadas de broches de cinturón y platos de cerámica. Es posible que también se realizaran danzas fúnebres, como parecen atestiguar algunas representaciones de estos bailes funerarios.

EL LEGADO IBERO
Los motivos de la desaparición de Tartessos, ocurrida en el siglo VI a.C., siguen siendo una incógnita para los historiadores. Independientemente de las causas de su final, a partir de esa fecha la influencia fenicia se ve sustituida por la cartaginesa, aunque no por ello desaparecen las relaciones con Oriente.

Tras la cultura tartésica, son los turdetanos (uno de los pueblos iberos) quienes toman el “relevo” en un marco geográfico similar, gozando de su máximo esplendor en torno al siglo IV a. C. En lo que respecta a las creencias, subsistió el culto a Astarté, aunque bajo la forma de la Tanit cartaginesa, diosa guerrera consorte de Baal, que tuvo gran aceptación entre los iberos. Se mantuvo el culto a Melqart, pero se sumaron nuevas deidades, como Atenea o Adonis, así como algunos dioses infernales.

También siguieron rindiendo culto a animales fantásticos como esfinges, sirenas, grifos… y a otros reales, como el lobo y el toro (ver anexo). Otros animales, como el ciervo y el león, tuvieron un significado funerario, y aparecen habitualmente en tumbas como guardianes de las sepulturas.

Los ritos mortuorios parecen los mismos que los del periodo anterior, pero algunos hallazgos indican que en ocasiones se practicaban competiciones y juegos con motivo del funeral de personajes importantes.

La Dama de Baza. Crédito: Luis García / Wikipedia.

La Dama de Baza. Crédito: Luis García / Wikipedia.

El panorama religioso es igualmente rico en el resto de territorios iberos no turdetanos. Hubo una especial devoción a las Diosas Madres, representantes de la vida y la fecundidad. Este podría ser el significado de obras tan famosas como la Dama de Baza o la Dama de Elche. Aunque no se pueda asegurar con rotundidad, estas dos célebres figuras podrían ser versiones iberas de la diosa Tanit, como explica el profesor José María Blázquez. Ambas cuentan en su parte posterior con huecos, probablemente para albergar las cenizas del difunto.  En cualquier caso, la identificación con la diosa cartaginesa es innegable en algunas figurillas similares encontradas en Ibiza.

La célebre Dama de Elche. Crédito: Francisco J. Díez Martín / Wikipedia.

La célebre Dama de Elche. Crédito: Francisco J. Díez Martín / Wikipedia.

En cuanto a los dioses masculinos, se han encontrado figuras de una divinidad que suele ir acompañada de caballos, animales o genios alados, además de restos correspondientes a un dios de la guerra.

Esfinge de Agost, en el Museo Arqueológico Nacional. Crédito: Luis García / Wikipedia.

Esfinge de Agost, en el Museo Arqueológico Nacional. Crédito: Luis García / Wikipedia.

Las poblaciones iberas practicaron también un culto a los animales fantásticos, y encontramos de nuevo esfinges, grifos y criaturas androcéfalas (con cabeza humana). Un magnífico ejemplo lo constituyen la esfinge de Agost o la más conocida Bicha de Balazote (Albacete), un toro con cabeza humana, quizá una asimilación del griego Aqueoloo. Otros animales tenían un sentido funerario, como las sirenas o los leones. Éstos últimos solían aparecer como guardianes de tumbas.

La "Bicha de Balazote". Crédito: Luis García / Wikipedia.

La “Bicha de Balazote”. Crédito: Luis García / Wikipedia.

Otro de los aspectos que llama la atención dentro de la religiosidad ibérica es el del uso de cuevas-santuario, una costumbre que en algunos casos se había heredado de la época neolítica, y que se prolongó bajo dominio romano e incluso hasta el periodo medieval. En su interior o en las cercanías se han encontrado numerosas ofrendas y piezas cerámicas, así como restos de comidas rituales y de sacrificios animales.

Aunque pueda sorprendernos, las evidencias arqueológicas parecen indicar que los sacrificios no se reducían únicamente a la inmolación de animales. Los arqueólogos creen haber hallado restos de varios tofet –lugares destinados al sacrificio– en distintas poblaciones iberas. En estos tofet, siguiendo una costumbre practicada por los fenicios, los antiguos habitantes peninsulares habrían sacrificado a sus primogénitos. Se han encontrado evidencias de estos enclaves tan siniestros en Illici (la actual Elche), Cuyram (Ibiza) y en Cádiz.

En lo que respecta a las costumbres funerarias, los pueblos iberos practicaban la cremación de forma habitual. Los difuntos eran vestidos con trajes de gala para la ocasión, como demuestran los restos de tejidos encontrados en algunos yacimientos. Es posible que esta costumbre se acompañara con la celebración de algún tipo de banquete funerario. En el caso de los guerreros, por ejemplo, sus restos eran enterrados con las armas que usaron en vida, aunque antes de la inhumación se procedía a “anular” el filo. Tras la quema del cadáver las cenizas se enterraban en un hoyo o en un nicho. Tal y como explica José María Blázquez, estos rituales parecen indicar que los iberos creían “que la tumba era la morada del difunto, por lo que era enterrado con los objetos de uso personal”.

CELTÍBEROS, LUSITANOS, VASCONES…
Este crisol de divinidades, creencias y supersticiones se completaba con las que poseyeron los pobladores indígenas del resto de la península, un grueso de población formado por pueblos como los lusitanos, astures, cántabros, carpetones, vetones, etc… habitualmente denominados celtíberos –aunque en propiedad éstos eran un grupo concreto dentro de los distintos pueblos celtas peninsulares–, diferenciados del área cultural ibérica. Aunque todavía existen dudas al respecto, es muy posible que el origen de estas poblaciones se encuentre en las olas de expansión de culturas como la del “vaso campaniforme” y más tarde la de los “campos de urnas”. Estos pueblos habrían heredado costumbres y creencias de aquellas primeras culturas, y más tarde terminaron de moldearse gracias a sus contactos con los tartesios e iberos.

Antes del I milenio a. C., estos grupos de población mantenían rituales y creencias de origen indoeuropeo, adorando divinidades indígenas como Navia, Cosus, Reve o Lug. Entre sus costumbres llaman la atención las ofrendas de armas que realizaban a las aguas.

Siglos después serían los celtíberos –en el sentido general del término– quienes ocuparían esta parte de la península. Al igual que ocurría con los iberos, no parece que estos pueblos indígenas contaran con un sacerdocio muy organizado, aunque si debían existir sacerdotes que actuaban como adivinos y magos. En cuanto a los santuarios, no solían erigirse templos, sino que los lugares sagrados eran siempre enclaves naturales como fuentes, montañas o campos.

En algunos de estos pueblos celtibéricos, como entre los cántabros, era habitual el sacrificio de caballos para beber su sangre. Este ritual tenía un claro componente mágico e indica que consideraban sagrados a estos animales, tal y como relataron Silio Itálico u Horacio. En la zona norte de la península también era habitual la inmolación de otros animales, como cabras y machos cabríos, e incluso están documentados suouetaurilia, sacrificios conjuntos de toro, cerdo y carnero. Estas ejecuciones rituales tenían como objeto la adoración a alguna divinidad indígena. Por otra parte, parece que también se dieron sacrificios humanos entre los pueblos del norte, en honor a un dios autóctono identificado con Marte.

La adivinación también era una práctica muy importante. Autores clásicos como el ya citado Silio Itálico nos hablan de las costumbres de los galaicos, que realizaban sus vaticinios observando el vuelo de las aves o examinando las entrañas de los animales. Esta costumbre, que era practicada por hombres y mujeres, seguía las mismas técnicas de los antiguos augures etruscos. Otros grupos, como los vascones y los lusitanos, también eran grandes adivinos, aunque éstos últimos requerían siempre de sacrificios humanos para que los augurios resultaran efectivos.

Otras supersticiones llamativas tenían un carácter mágico y, para nuestros ojos actuales resultan bastante escabrosas. Entre ciertos grupos, como relata Plinio, era habitual comerse los sesos de un oso, en la creencia de que el gourmet adquiría así la fiereza y poder del animal. No menos curiosas eran las llamadas mascaradas, celebraciones en las que los participantes se disfrazaban con pieles de ciervos antes de entregarse a goces sexuales y que claramente tenían un sentido de fertilidad. Algunas de estas mascaradas, aunque “descafeinadas”, continúan celebrándose hoy en algunas poblaciones españolas.

En cuanto a los dioses propiamente dichos, apenas se han conservado imágenes de los mismos, a diferencia de lo que ocurrió con otros pueblos europeos. Sin embargo, gracias a numerosas inscripciones epigráficas sabemos que adoraron a una nutrida nómina de divinidades, tanto propias como asimiladas de otras culturas. Así, se conservan representaciones del dios galo Cernunnos, Sucellus o el llamado Marte de los Pirineos, un dios-guerrero propio, aunque asimilado a la divinidad romana. Más importante –al menos por el número de inscripciones halladas– era el dios Endovellico, un dios infernal y de las moradas de ultratumba. Otras divinidades destacadas eran Epona, vinculada con el ganado, o Ataecina.

Además de estas divinidades concretas, dentro de los distintos pueblos celtibéricos se rendía culto a ciertos elementos de la naturaleza. Así, en Galicia había una devoción especial por las aguas, las piedras, los montes y los bosques. En otros lugares se creía también en los genius loci (genios del lugar) o divinidades de los caminos. Y, al igual que otros pueblos celtas, los bosques eran considerados lugares sagrados muy especiales.

Las costumbres funerarias no son menos singulares. Silio Itálico aseguraba en sus textos que los celtíberos tenían la costumbre de ofrecer los cadáveres de los guerreros caídos en el campo de batalla a aves carroñeras. Esta costumbre tenía su origen en la creencia de que estas aves transportaban las almas al más allá y es una evidencia de que creían que el reino de ultratumba se encontraba en el cielo.

Con el grueso de la población, sin embargo, los rituales funerarios eran más sencillos, y tenían la cremación como rito principal. Se procedía a quemar del cadáver en una pira alejada del lugar de enterramiento. Después las cenizas se colocaban directamente sobre la tierra o bien dentro de unas piezas cerámicas. Los restos iban acompañados de un ajuar funerario y ofrendas.

La llegada del cristianismo supuso un paulatino abandono de todas estas creencias paganas. Sin embargo, distintas fuentes históricas dejan de manifiesto que muchas de estas costumbres no fueron sencillas de eliminar. En una fecha tan tardía como el siglo VII, muchos lugares de la península conservaban algunas de estas creencias entre la población. En aquella dura pugna con el paganismo, la Iglesia tuvo que esforzarse en sustituir a los dioses paganos con santos, y cristianizó santuarios y lugares sagrados con la construcción de ermitas y templos de nuevo culto, en un intento para lograr que la población asimilara más fácilmente la nueva doctrina. A pesar de todo el tiempo transcurrido, hoy todavía es posible captar, en algunas costumbres, el poso sagrado que nos legaron los antiguos habitantes peninsulares.

ANEXO
EL CULTO AL TORO
Desde la época neolítica, el toro ha recibido una atención especial por parte de los pobladores peninsulares, pues se le otorgó un carácter sagrado. Con la llegada de los fenicios, esta percepción sagrada se vio acentuada, pues el culto a este animal fue un elemento común en las culturas mediterráneas. Entre las evidencias dejadas por los pueblos iberos de este culto al toro encontramos piezas como el llamado Toro de Porcuna, de clara influencia oriental. Parece ser que el toro estuvo muy relacionado con los cultos a Hércules-Melqart y a Tanit, y a menudo se han encontrado imágenes de estos animales en necrópolis, en relación con monumentos funerarios. En otros casos, el toro aparece vinculado a símbolos astrales, como en una figurilla en bronce descubierta en Azaila, en la que el animal lleva una especie de roseta en la frente, o en piezas de cerámica descubiertas en Numancia.

Toros de Guisando (Ávila). Crédito: Wikipedia.

Toros de Guisando (Ávila). Crédito: Wikipedia.

Entre los ejemplos más célebres de imágenes de toros se encuentran los llamados verracos, grandes esculturas pétreas que, según las hipótesis más populares, constituirían monumentos funerarios. También pudieron tener un sentido mágico, quizá con la finalidad de proteger y favorecer al ganado.

Esta profusión de imágenes de toros parece despejar cualquier duda sobre su carácter sagrado, aunque esto no implica que fuera considerado un dios.  En general, el toro es un símbolo de fecundidad, de vida, y del carácter positivo de las fuerzas de la naturaleza.

ANEXO
TUMBAS Y SANTUARIOS
Entre los monumentos funerarios y santuarios que nos legaron las poblaciones ibéricas primitivas destacan especialmente dos: el mausoleo de Pozo Moro (Albacete) y el santuario de Cancho Roano (Badajoz).

El mausoleo de Pozo Moro. Crédito: Luis García / Wikipedia.

El mausoleo de Pozo Moro. Crédito: Luis García / Wikipedia.

Relieve con escena de banquete, mausoleo de Pozo Moro. Crédito: Luis García / Wikipedia.

Relieve con escena de banquete, mausoleo de Pozo Moro. Crédito: Luis García / Wikipedia.

El primero de estos monumentos perteneció con seguridad a un personaje importante, quizá un reyezuelo o un jefe mitificado. Hoy este mausoleo, anterior al siglo V a.C. (fecha en la que se derrumbó), está expuesto en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid. Posee un claro influjo oriental, y está custodiado por cuatro leones que siguen el estilo neohitita. Lo más llamativo son una serie de relieves, en los que se muestra un banquete funerario con dioses infernales y monstruosos, una posible recreación de un episodio del mito de Gilgamesh y una llamativa escena sexual.

A pesar de las polémicas que ha motivado al respecto, todo parece indicar que el conjunto de Cancho Roano, construido en torno al siglo VI a. C., se corresponde con un palacio-santuario sagrado, como atestiguan los distintos altares hallados en el recinto o el hecho de que esté perfectamente orientado a la salida del sol.

Recreación informática del santuario de Cancho Roano.

Recreación informática del santuario de Cancho Roano.

BIBLIOGRAFÍA:

-ALVAR, Jaime (coord). Entre fenicios y visigodos. Ed. Esfera de los libros. Madrid, 2008.

-BENDALA, Manuel. Tartesios, iberos y celtas. Ed. Temas de Hoy, 2000.

-BENDALA, Manuel. La Antigüedad: De la prehistoria a los visigodos. Silex ediciones, 1990.

-BLÁZQUEZ, José María. Religiones, ritos y creencias funerarias de la Hispania prerromana. Ed. Biblioteca Nueva, 2001.

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