Alejandro Magno nunca estuvo en la Península Ibérica. Tras el asesinato de su padre Filipo II, el conquistador macedonio extendió las fronteras de su imperio hasta los ignotos confines orientales. Las campañas de Gránico (334 a.C.), Issos (333 a.C.) y Gaugamela (331 a.C.) le permitieron adentrarse en Asia Menor, Siria, Egipto y Mesopotamia, entre otras regiones. Conquistada Persia, se dispuso a someter a la India. Pero, ¿qué otros proyectos hubiera acometido de no haber muerto en Babilonia a los 33 años? Según nos cuenta el historiador griego Diodoro Sículo, la Península Ibérica podía ser su siguiente objetivo…
De acuerdo con el Libro XVIII de la Biblioteca Histórica, Crátero, “el más noble de los capitanes de Alejandro”, disponía de información fehaciente sobre las últimas voluntades del conquistador, pero Pérdicas, general y diádoco de Alejandro, uno de los encargados de administrar su herencia, “juzgó que era más prudente dejarlas sin efecto”.
Este curioso personaje, que acompañó al unificador de Grecia en sus campañas militares y fue herido en el sitio de Tebas (335 a.C.), destacó en sus últimos años por un acusado apego al poder, que le llevó a arrogarse el gobierno de Asia ante la incapacidad manifestada por quien había sido designado para suceder a Alejandro, su hermano Arrideo. Éste, según Apiano, “no estaba en sus cabales”. “Sin embargo –prosigue el autor de Historia romana–, los amigos de Alejandro dividieron en satrapías a los pueblos sometidos, y Pérdicas las repartió entre ellos”.
Diodoro Sículo concede al ambicioso Pérdicas el privilegio de la duda, al afirmar que, por “no quitar mérito a la sabiduría y discreción de Alejandro”, se tomó la molestia de referir al consejo de macedonios los asuntos que figuraban en el testamento del héroe.
De esa enumeración tan extremada, proviene en esencia la hipótesis acerca de las postreras intenciones de Alejandro, muerto en el palacio de Nabucodonosor II en 323 a.C. Tal vez el veneno que contenía la copa de Heracles que le sirvieron en una fiesta –o tal vez otro mal, puesto que “los más creen que esta relación del veneno fue una pura invención”, según Plutarco– acabara con unos sueños de poder y gloria nunca vislumbrados hasta entonces.
Bajo un féretro de oro, y cubierto por un paño mortuorio púrpura, sobre el cual se exponía su panoplia, yacían los restos de una de las mayores figuras de la Humanidad, un soldado que aprendió a razonar con Aristóteles como maestro, y que deshizo el “nudo gordiano” antes de conquistar el imperio persa y convertirse en un guerrero inmortal. A la par que se celebraban sus exequias y su féretro recorría los más de mil quinientos kilómetros que separaban Babilonia de Menfis y luego de Alejandría, se extendían los ecos de un ser divinizado en vida, y glorificado como una leyenda después de su muerte. Odiado y admirado a partes iguales, su fin coincidió con el de la era clásica de Grecia, y con el inicio del desmembramiento de un imperio forjado por aquel que quiso legar sus trofeos al “mejor” o “más fuerte”.
Alejandro atendiendo las lecciones de su maestro Aristóteles. Crédito: Wikipedia.
LOS PLANES DE UN MORIBUNDO
De acuerdo con Diodoro Sículo, entre los últimos planes de Alejandro se encontraba la construcción de “mil barcos de guerra, más grandes que los trirremes, en Fenicia, Siria, Cilicia y Chipre para la campaña contra los cartagineses y aquellos que viven por la costa de Libia e Iberia y las regiones costeras que se extienden hasta Sicilia”. Además, el hijo de Filipo II preveía trazar una carretera desde el norte de África hasta las columnas de Heracles –que se suponían en Cádiz–, así como “llevar poblaciones de Asia a Europa y también en la dirección opuesta de Europa a Asia, para traer unidad y amistad al continente más extenso a través de enlaces matrimoniales y la unión familiar”.
A la luz de su biografía, que empezó a cuajar en 336 a.C., cuando a los veinte años de edad heredó el trono de su padre, esa última empresa –la unión de Oriente y Occidente– resulta del todo verosímil, pese a que no falten quienes le nieguen la lucidez necesaria para llevarla a cabo. Nosotros preferimos apoyar al historiador francés Benoist Méchin, que, en Alejandro Magno (Caralt, Barcelona, 1976), explica que el sueño de fusionar ambas culturas nació, precisamente, de la cabeza del macedonio, en la llanura de Hekatompylos y ante el cadáver de Darío III, el último rey persa.
Extensión del imperio de Alejandro Magno. Crédito: Wikipedia. (Click para ampliar)
Pero, ¿qué decir de su otra aspiración, reflejada por un historiador que vivió cerca de tres siglos después de los hechos narrados? Autor de una Biblioteca Histórica en cuarenta volúmenes, la principal fuente de Diodoro para los temas griegos fueron los trabajos del historiador Éforo de Cime, mientras que sus informaciones sobre la conquista del Mediterráneo occidental y el establecimiento de una monarquía universal se basaron en obras posteriores. La historiografía actual, que no duda en aplaudir sus valiosos conocimientos sobre Egipto –que conoció de primera mano–, no le perdona, en cambio, su imprecisión con las fechas, ni la ausencia de un aparato crítico lo suficientemente riguroso.
Y, sin embargo, la minuciosa exposición de ese testamento no resulta descabellada. En Historia de Alejandro Magno (Gredos, 1986), Quinto Curcio Rufo da pábulo a su existencia, y abunda en tales conjeturas cuando, en el Libro X, sostiene que “Alejandro, abarcando en su ánimo proyectos sin límite, había decidido, una vez sometida toda la región marítima hacia Oriente, y odiando como odiaba a Cartago, dirigirse desde Siria a África; desde allí, y tras atravesar los desiertos de Numidia, encaminarse hacia Cádiz (donde era voz común que estaban colocadas las columnas de Hércules); después, alcanzar las Hispanias, que los griegos llaman Iberia por su río Ebro, y, tras atravesar los Alpes, costear el litoral de Italia desde el que la travesía al Epiro es corta”.
LA PENÍNSULA EN TIEMPOS DE ALEJANDRO
Presentemos, ahora, a los otros actores de este drama: los cartagineses. En la época en que el conquistador de Oriente hacía desfilar a su ejército por medio mundo, estos comerciaban en la península Ibérica con los pueblos fenicios radicados en ella.
Gracias a los detectives de la arqueología, podemos documentar, ya en el siglo VIII a.C., la existencia de comercio cartaginés en Gadir –actual Cádiz–, que se vio acentuado una centuria más tarde con el establecimiento de una colonia en Ebussus, la actual Ibiza. A lo largo del siglo VI a.C., los asentamientos fenicios fueron dando la bienvenida a las gentes del norte de África en centros como Ebussus, Gadir, Malaka, Sex, o Baria, y la influencia de Cartago sobre los íberos del sudeste y levante peninsular fue, cada vez, más pública y notoria, hasta el punto de que el especialista Carlos G. Wagner menciona incluso la construcción de pequeños recintos amurallados en plazas estratégicas, para el uso de los íberos.
Si bien es cierto que la penetración militar de Cartago no se produjo hasta 237 a.C., de la mano de Amílcar Barca, su hegemonía naval fue incuestionable desde mucho antes y hasta que la todopoderosa Roma se cruzó en su camino. Las olas del Mediterráneo centro-occidental se mecían al compás que marcaban los remos de sus penteras, y, en una fecha tan remota como 348 a.C., los cartagineses firmaron un tratado con Roma, por el que la presencia de esta república quedaba limitaba más allá de la Mastia de Tartessos (quizá Cartagena).
En La aventura de los romanos en Hispania (La Esfera de los Libros, 2004), Juan Antonio Cebrián ponía en relación al gran conquistador macedonio con el imperio cartaginés, que descollaba cada vez con más pujanza en el Mediterráneo: “En el siglo IV a.C., Alejandro Magno barrió del mapa a las orgullosas capitales fenicias y quedó como principal depositaria del monopolio comercial fenicio la cada vez más influyente colonia africana. Cartago fue una de las ciudades más hermosas del mundo antiguo”. ¿Por qué planeó entonces el Magno su destrucción?
Área de influencia cartaginesa antes de la Primera Guerra Púnica. Crédito: Wikipedia.
La memoria no ha guardado para la posteridad, en boca de Alejandro, una frase tan rotunda como aquella que pronunciara y repitiera Catón el Viejo en tiempos de la tercera guerra púnica: “Cartago ha de ser destruida” (Delenda est Carthago). Sin embargo, esa misma memoria puede sugerirnos las razones de su secular antipatía. Durante el sitio de Tiro, llevado a cabo por Alejandro en 332 a.C., Cartago se comprometió a sostener el cerco de la ciudad fenicia –fiel al persa Darío–, ya que los cartagineses veían a Tiro como a su madre patria.
Así pues, los legados de Cartago exhortaron a los tirios a resistir el asedio con espíritu decidido, y les prometieron que pronto les mandarían refuerzos. El sitio, que se prolongó durante siete meses, constituyó una de las mayores hazañas bélicas del estratega macedonio, tal como podemos comprobar en el capítulo que Mary Renault le dedica en Alejandro Magno. Una biografía (Edhasa, 1991), y que nos sobrecoge de admiración y espanto: “Al final Tiro fue asaltada por los barcos, con el apoyo del malecón, que pese a todo no llegaba hasta las murallas. Dueño del canal más próximo a tierra, Alejandro pudo acercar sus naves de asalto a las murallas más cercanas al mar, las que menos resistencia ofrecían. El día del ataque definitivo subió personalmente a una torre…”.
A la postre, el apoyo de Cartago a Tiro fue más anímico que material, pero, tras la caída de la ciudad en manos de Alejandro, los embajadores recibieron una soberana declaración de guerra, que el rey haría efectiva cuando se le terciara.
Fuera como fuese, su prematura muerte en Babilonia impidió que la amenaza pasara a mayores, por lo que Cartago pudo sobrevivir a la ira macedonia, para enfrentarse, con el devenir del tiempo, a un ejército tan audaz y victorioso: el de Roma. Imperialismo cartaginés contra imperialismo romano, con un resultado incierto a primera vista, pero que se inclinó del lado de la Loba a partir de la entrada de Cneo Escipión en Emporion, en 218 a.C. La destrucción final de Cartago tuvo lugar en las campañas de 149 a.C. a 146 a.C.
¿QUÉ HUBIERA PASADO SI…?
Volviendo a las ucronías –ese género que consiste en plantear lo que hubiera sucedido en el pasado si algún acontecimiento histórico no se hubiese desarrollado tal como fue–, cabe preguntarse qué hubiera pasado si Alejandro Magno hubiese mandado a sus huestes contra territorio íbero para desalojar a los cartagineses.
Pues, probablemente, que los macedonios habrían acabando chocando con las ansias expansionistas de Roma, en un duelo que ya se representó Tito Livio en Ab urbe condita (IX, XVII-XIX), con un resultado evidentemente favorable para los intereses de la Ciudad Eterna, entre otras cosas porque las falanges macedonias eran torpes en sus movimientos, y porque Alejandro no habría tenido la paciencia (ni habría vivido lo suficiente) para mantener una guerra larga contra Roma, como la que ellos sostuvieron durante veinticuatro años por mar con Cartago. ¿Qué otra cosa podía decir el historiador de Augusto?
Julio César ante la tumba de Alejandro, según un antiguo grabado.
Más generosos fueron, en cambio, los rendidos elogios que Julio César hizo de su figura histórica. En el año 69 a.C., César, nombrado cuestor por los Comicios, visitó el Heracleion gaditano, y rompió a llorar ante una estatua de Alejandro, lamentando que él, a su edad, aún no hubiera sido capaz de hacer nada, mientras que el macedonio había conquistado el mundo siendo muy joven. Las lágrimas de Julio César al pie de su estatua ilustraban a la perfección una de las sentencias más famosas atribuidas a Alejandro: “Es hermoso vivir con valor y morir dejando tras de sí fama imperecedera”. Él lo consiguió.
ANEXO
EL NUDO GORDIANO o cómo conquistar Asia en un momento
Las Vidas Paralelas de Plutarco reconstruyen, en la parte dedicada a Alejandro, uno de los episodios más conocidos de la trayectoria del jefe macedonio. ¿A qué nos referimos cuando hablamos de “nudo gordiano”? Demos la palabra al historiador griego:
“Después de esto sujetó a aquellos de los Pisidas que le hicieron oposición, puso bajo su obediencia la Frigia, y tomando la ciudad de Gordio, que se dice haber sido corte del antiguo Midas, vio aquel celebrado carro atado con corteza de serbal, y oyó la relación allí creída por aquellos bárbaros, según la cual el hado ofrecía al que desatase aquel nudo el ser rey de toda la tierra.
Los más refieren que este nudo tenía ciegos los cabos, enredados unos con otros con muchas vueltas, y que, desesperado Alejandro de desatarlo, lo cortó con la espada por medio, apareciendo muchos cabos después de cortado; pero Aristobulo dice que le fue muy fácil el desatarlo, porque quitó del timón la clavija que une con éste el yugo, y después fácilmente quitó el yugo mismo.
Desde allí pasó a atraer a su dominación a los Paflagonios y Capadocios, y habiendo tenido noticia de la muerte de Memnón, que, siendo el jefe más acreditado de la armada naval de Darío, había dado mucho en qué entender y puesto en repetidos apuros al mismo Alejandro, se animó mucho más a llevar sus armas a las provincias superiores de la Persia”.
ANEXO
ALEJANDRO MAGNO EN LA LITERATURA MEDIEVAL
Si bien Alejandro Magno nunca estuvo en la Península Ibérica, su presencia se hizo notar, y mucho, en la literatura medieval posterior, que quiso convertirlo en un personaje legendario, espejo de todas las virtudes caballerescas.
Tras la aparición, en el siglo III d.C., de la Novela de Alejandro, atribuida a un autor al que conocemos como Pseudo-Calístenes, la fama del conquistador macedonio traspasó todas las fronteras, merced a las numerosas traducciones del libro.
Uno de los clásicos más reputados de nuestras letras lleva por título Libro de Alexandre (siglo XIII), compuesto por 2.675 estrofas, que suman alrededor de 10.700 versos, y que constituye uno de los ejemplos más antiguos en España del mester de clerecía, una escuela que trabajaba con estrofas de cuatro versos de catorce sílabas.
“Los historiadores posteriores (a la época helenística), cuyas obras ya se han conservado, al menos en parte, como Diodoro, Quinto Curcio o Justino, constituyen un perfecto nexo entre esa tendencia a la fábula de los coetáneos de Alejandro y la pura narración novelada del Pseudo Calístenes”, en palabras del profesor Francisco Marcos Marín.
Las gestas de Alejandro Magno inspiraron obras como la Alexandreis o Alejandreida de Gautier de Châtillon (siglo XII), la Historia Alexandri Magni de Proeliis, de León de Nápoles (siglo X), o el poema francés Roman d’Alexandre (siglo XII), mientras que Alfonso X el Sabio las aborda con particular fortuna en su Grande e General estoria.
Aún más sorprendente resulta indagar en las versiones aljamiadas de su historia, como un Recontamiento del rey Alixandre, traducido del árabe, y donde la más loca fantasía impregna la biografía del conquistador macedonio, a quien vemos batallando por diferentes campos con la finalidad de extender la religión de Alá… “Cuantos prodigios de pueblos fabulosos, con un solo ojo, con cabeza de perro, con orejas que le dan sombra; cuantas aves y animales prodigiosos, cuantas virtudes escondidas en los metales y en las piedras pueden hallarse en las leyendas griegas y persas de Alejandro, otras tantas se ven reunidas en esta peregrina historia”, sentencia Marcelino Menéndez Pelayo en su Historia de los heterodoxos españoles.
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