
En la década de los 80 del siglo pasado, el científico estadounidense Carl Sagan logró popularizar la astronomía y los secretos del Universo gracias a su serie de televisión Cosmos. Un siglo antes, otro astrónomo, el francés Camille Flammarion, había conseguido algo muy similar gracias a sus textos divulgativos sobre los misterios que rodeaban al firmamento, como el libro Astronomía Popular. A pesar de esta similitud, Sagan y Flammarion tuvieron otras facetas que, aunque relacionadas, eran totalmente contrapuestas. Mientras el primero se caracterizó por su abierta lucha contra las pseudociencias, el segundo cultivó una “faceta oculta” en la que había espacio para el estudio y la difusión de materias poco ortodoxas.
Nicolas Camille Flammarion nació en la localidad francesa de Montigny-le-Roi el 23 de febrero de 1842. No tardó mucho en sobresalir entre los niños de su edad, mostrando un precoz interés por la naturaleza y los seres vivos. A los cuatro años ya era capaz de leer con fluidez, y no tenía ninguna dificultad para escribir correctamente. Poco tiempo después, con sólo cinco años de edad, presenció un eclipse anular de Sol, quedando fascinado por el bello espectáculo. Algunos años más tarde, en 1853, dejó constancia del paso de un cometa mediante un dibujo realizado desde la localidad de Langres. Ambos sucesos harían florecer en él una vocación que perduraría hasta su muerte: el estudio de las estrellas y los cuerpos celestes.
Aunque sus padres eran unos humildes y sencillos campesinos, se esforzaron por ofrecerle la mejor educación posible, conscientes de que las inquietudes intelectuales y culturales de su hijo podrían ayudarle a escapar de la situación de pobreza que ellos sufrían. Así, Camille comienza desde joven los estudios de teología, quedando a cargo del vicario Larsalle. Sin embargo, aunque la pasión del futuro científico estaba en el cielo, su obsesión eran las estrellas, y no las maravillas del paraíso celestial. Pronto su futura carrera eclesiástica se ve truncada por la situación familiar, ya que la falta de trabajo hace emigrar a los Flammarion a la capital, París. Allí el joven comienza a trabajar como aprendiz en el taller de un grabador, desempeñando esta labor durante dieciséis horas diarias a cambio de un mísero sueldo. Su padre, por su parte, trabaja en el estudio del famoso fotógrafo Nadar, el mismo que años después retratará a Flammarion cuando ya se haya convertido en un científico célebre.

Globo de Marte fabricado por Flammarion. © Inventaire général, ADAGP / Université Louis Pasteur
Es precisamente durante su época de aprendiz cuando tiene lugar un suceso que cambiará su vida. Cada día, después del agotador trabajo, el joven Camille se encierra en su oscura buhardilla y sigue estudiando durante largas horas a la luz de las velas. Ese ritmo frenético, junto con el esfuerzo físico del trabajo diario y la falta de alimentación, acaban postrando en la cama al pequeño genio. Hasta la penumbra de su miserable habitación acude el doctor Fournier, un médico que atiende gratuitamente a los pobres. Éste descubre en la mesilla de noche un voluminoso manuscrito de 500 páginas, ilustrado con más de 150 dibujos y titulado Cosmogonie Universelle (Cosmogonía Universal). Cuando le pregunta cómo ha conseguido una obra tan fascinante, el joven confiesa que él mismo es el autor.
El doctor, asombrado, decide que aquel muchacho brillante merece una oportunidad, lejos de la ingrata vida que parecía tenerle preparada el destino. Utilizando sus contactos, el galeno consigue que el joven entre a trabajar en el Observatorio de París, bajo las órdenes del astrónomo Le Verrier, descubridor del planeta Neptuno. Por desgracia, y aunque al menos su situación económica mejora considerablemente, su maestro practica una astronomía matemática que no incluye la contemplación del firmamento, la auténtica pasión de nuestro joven protagonista.
ENCUENTRO CON EL ESPIRITISMO
Algunos años después, en 1861, y con diecinueve años de edad, tiene lugar otro de los hechos más importantes en la biografía del astrónomo francés. Mientras pasea por las calles de París, encuentra por casualidad un ejemplar de título singular: El libro de los espíritus. El joven Flammarion queda fascinado con su lectura, y devora rápidamente la obra hasta la última página. Impactado por el contenido de aquella obra, decide entrevistarse con su autor. Cuando se encuentra ante él, surge inmediatamente una amistad que perdurará el resto de su vida. Flammarion acaba de conocer a Allan Kardec, padre del espiritismo.

‘El libro de los espíritus’, de Allan Kardec.
Poco después entra a formar parte de la Sociedad de Estudios Psicológicos de París, fundada por el propio Kardec. Allí comienza a practicar con la escritura automática y, como médium, llega a «canalizar» dictados supuestamente procedentes de Galileo, que se refieren, cómo no, a términos astronómicos. Sin embargo, Flammarion muestra siempre un punto de vista crítico, sugiriendo que tales mensajes no proceden en realidad del espíritu del italiano, sino más bien de su propia mente. Aún así, el joven Camille considera que dichas experiencias pueden servir para otorgar cierto fundamento científico a determinados conceptos religiosos y a ciertos aspectos de fenómenos calificados como sobrenaturales.
Un año después, en 1862, publica su primer libro: La pluralidad de mundos habitados, que intenta responder a una de las preguntas que le perseguirán durante toda su vida: ¿estamos solos en el Universo? El éxito del libro es notable, e incluso recibe una elogiosa felicitación de Víctor Hugo. Ese mismo año verá la luz también otra obra, Los habitantes del otro mundo: revelaciones de ultratumba, en el que recopila los mensajes recibidos durante sesiones de espiritismo.
También en 1862 se produce otro hecho fundamental para su vida: la ruptura de Flammarion con su mentor, Le Verrier. En realidad, es el maestro quien arremete injustamente contra su discípulo, movido por la envidia provocada por el hecho de que su pupilo comenzase a cosechar éxitos con sus publicaciones sobre astronomía. A raíz de aquellas diferencias, abandona el observatorio, y comienza a trabajar en la Oficina de Cálculo, realizando estudios sobre el movimiento de la Luna. Es a partir de entonces cuando Camille podrá dedicarse en cuerpo y alma a lo que realmente le gusta: el estudio de la astronomía y las maravillas del Universo.
UN CIENTÍFICO Y LO SOBRENATURAL
Tras sus primeros contactos con Kardec y el espiritismo, Flammarion decide iniciar una investigación rigurosa de los supuestos fenómenos sobrenaturales. Aunque se muestra abierto a la posibilidad de que existan realmente todo tipo de sucesos “extraños”, el astrónomo no duda que éstos están sometidos al orden de la Naturaleza y, por tanto, pueden ser estudiados de forma académica y siguiendo el método científico.
De hecho, Flammarion cree firmemente que los astrónomos como él están más preparados que otros científicos para investigar los fenómenos psíquicos (tal y como explica en su libro Las Fuerzas naturales desconocidas), ya que éstos se prestan más a la observación que a la experimentación en un laboratorio, al igual que ocurre con los fenómenos astronómicos, imposibles de ser reproducidos a voluntad. En cuanto a su opinión sobre los testimonios de los testigos, ésta no deja lugar a la duda: «…son observaciones positivas, independientes de teorías sentimentales y que debemos admitir al igual que las variadas observaciones de hechos físicos, meteorológicos y astronómicos. Deben ser clasificadas en el siempre incrementado cajón de los estudios científicos».

Retrato de Flammarion en su juventud.
Sin embargo, y pese a demostrar una postura tan abierta frente a los relatos de los testigos de fenómenos extraños, Flammarion comparte la visión de algunos de los científicos que investigan en el campo de la entonces llamada metapsíquica. Para él, los supuestos fenómenos sobrenaturales y mediúmnicos no tienen su origen en espíritus del más allá, sino más bien en la acción de una fuerza desconocida por la ciencia, a la que él bautiza como “dinamismo universal”.
Pese a todo, sus declaraciones acerca del espiritismo y los fenómenos psíquicos se ven reducidas en los años siguientes. Entre otras cosas, porque a partir de 1865 el ambiente científico del momento comienza a mirar con recelo todo lo relacionado con los estudios psíquicos y lo pretendidamente sobrenatural. Incluso la jerarquía eclesiástica “sataniza” las prácticas espiritas, llegando a realizar quemas de libros sobre “la nueva ciencia” en las plazas de algunas ciudades. De modo que, en adelante, cuando Flammarion escribe sobre estas temáticas “perseguidas”, lo hace utilizando el pseudónimo de Hermes. Paralelamente, su carrera como astrónomo de renombre sigue avanzando de manera fulgurante. Imparte conferencias de forma regular en la Academia de las Ciencias de París, publica numerosos artículos en revistas de divulgación científica, y sus libros venden miles de ejemplares en toda Europa.

Recorte de prensa sobre la visita de Flammarion a Valencia. Crédito: BNE. (Click para ampliar)
En 1869 el destino le arrebata inesperadamente a su amigo Kardec, fallecido de forma repentina. Durante su funeral, en el cementerio parisino de Père-La-chaise, él es el encargado de pronunciar el discurso de despedida, citando unas palabras que dejan clara su postura respecto a la nueva ciencia: «Señores, el espiritismo no es una religión, es una ciencia de la que apenas conocemos el abecé…».
Aquel triste momento marca el inicio de una etapa en la que Flammarion se aparta temporalmente de lo sobrenatural, reduciendo el número de sus publicaciones sobre estos temas.
El mayor éxito de su carrera tiene lugar en 1880. Ese año se edita su libro Astronomía Popular, que lo encumbra definitivamente como gran astrónomo de reconocido prestigio. Su fama llega hasta tal punto que uno de sus admiradores, un adinerado burgués, le regala unos terrenos de su propiedad en la localidad de Juvisy. Allí instalará Flammarion un observatorio astronómico y una estación meteorológica, donde residirá durante el resto de su vida.
INVESTIGANDO ‘MÉDIUMS’
Coincidiendo con la década final del siglo XIX, Flammarion regresa con fuerzas renovadas al estudio de lo inexplicado. Y, como era de esperar en él, decide aplicar a sus investigaciones todo el rigor científico que le es posible (al menos desde su punto de vista). A lo largo de sus pesquisas sobre el psiquismo, lleva a cabo numerosos controles, con la intención de desenmascarar los posibles fraudes. También en esto es casi un pionero. El astrónomo no duda en denunciar a farsantes y aprovechados, y trata de acabar con las múltiples supersticiones existentes en la época.
De esta frenética actividad investigadora surge un gran certeza en el espíritu de este sabio genial: «Nuestros estudios nos muestran una verdad evidente: que el árbol de la ciencia está incompleto si falta la rama de la psíquica y que, de aquí en adelante, la antropología debe ser completada por esos conocimientos largamente desligados. Hay todo un mundo invisible por visitar». En su afán por estudiar lo pretendidamente sobrenatural, Flammarion investiga personalmente a diversos individuos que afirman poseer la capacidad de contactar con «el otro lado». Uno de estos personajes destaca espacialmente: la italiana Eusapia Paladino. La supuesta médium, que aseguraba ser capaz de provocar numerosos fenómenos anómalos durante sus sesiones de espiritismo, ya había sido investigada en varias ocasiones por numerosos estudiosos. De hecho, fue acusada de actuar fraudulentamente en algunas ocasiones, aunque la gran mayoría de los especialistas que presenciaron sus manifestaciones estaban de acuerdo en que también era capaz de producir fenómenos psíquicos auténticos en determinadas circunstancias.
En noviembre 1898, Flammarion decide organizar varias sesiones con la supuesta dotada en su propio domicilio de Juvissy. En dichas sesiones se encuentran presentes otros científicos e investigadores como el Nobel de Medicina Charles Richet. Al igual que otros, el astrónomo francés aseguró haber sido testigo de las dotes psíquicas de Paladino. Según su propio testimonio, durante una de estas experiencias, la médium se puso irritable y, en ese momento, los fenómenos se volvieron agresivos: «El sofá se adelantó cuando ella lo miró, y después retrocedió ante su aliento; todos los instrumentos cayeron desordenadamente sobre la mesa: la pandereta se elevó casi hasta la altura del techo; los cojines tomaron parte en el juego, tirando lo que había sobre la mesa; un participante se cayó de su asiento. Una pesada silla de nogal, con el asiento tapizado, se elevó en el aire, aterrizó en la mesa haciendo mucho ruido y después siguió su camino…»

Fotografía tomada durante la sesión espírita de Paladino celebrada en casa de Flammarion.
EL ENIGMA DE LA MUERTE
Con el inicio del nuevo siglo, las investigaciones de Flammarion también encaminan un nuevo destino. A partir de este momento, sus estudios intentan desentrañar el mayor misterio del hombre: el enigma de la muerte y la posible supervivencia del alma. Entre 1920 y 1922 escribe su trilogía dedicada a este asunto: La muerte y su misterio. En ella plasma su convicción de que el hombre es capaz de vencer a la muerte: «De que el alma sobrevive a la destrucción del cuerpo, no tengo ni la menor duda». En su opinión, tras la muerte de algunas personas, su “mente” queda vinculada irremediablemente a los lugares que frecuentó duran te la vida. Dicha “esencia” podría ser recuperada mediante la presencia de personas especialmente sensibles, como los médiums.
En 1923, y como broche final a su interés por la metapsíquica, es nombrado presidente de la Sociedad de Investigaciones Psíquicas (SPR) de Londres, cargo que habían ocupado antes que él otros estudiosos como el citado Richet. Este mismo año ve la luz su última obra, Las casas encantadas, en la que recoge numerosos incidentes de supuestos episodios poltergeist y otros sucesos pretendidamente sobrenaturales, muchos de ellos recogidos de obras realizadas por sus colegas británicos. Su veredicto, a pesar de que reconoce la existencia de casos fraudulentos, es positivo: «Existen verdaderos episodios de casas encantadas, como los hay muchos falsos, que se resuelven en bromas de histéricos más o menos conscientes, mixtificaciones, farsas, comedias y diversiones que a veces degeneran en juegos siniestros. Pero no todos los casos pueden explicarse así.»
Es en este momento final de su vida cuando el astrónomo, ya anciano, experimenta un ligero cambio en su visión de los “fenómenos psíquicos”. Durante sus primeros años de investigación en el campo del espiritismo y la metapsíquica, el científico de Montigny defendía que todos estos fenómenos no demostraban la supervivencia del alma tras la muerte, algo en lo que, por otro lado, él siempre había creído. Sin embargo, poco después de ser nombrado presidente de la SPR, su opinión había variado. Los largos años de investigación habían inclinado la balanza hacia el otro lado: «Existen facultades desconocidas en el hombre que pertenecen al espíritu», manifestó. «Excepcional y raramente los muertos se manifiestan; no puede haber duda de que tales manifestaciones ocurren. La telepatía existe tanto entre los vivos y muertos como entre los vivos».
Nicolas Camille Flammarion falleció el 3 de junio de 1925 (se cumplen ahora 85 años), dejando inacabada su última obra, Los fantasmas y las ciencias de la observación, en la que intentaba, de nuevo, aplicar el método científico a la investigación de los supuestos fenómenos sobrenaturales. Sin duda alguna, el estudioso galo fue un meritorio investigador en el campo de la astronomía que, sin embargo, quedó atrapado por la fascinanción que despertaban en su tiempo cuestiones hoy generalmente rechazadas por el mundo académico. Y no fue el único: numerosas personalidades del mundo intelectual, artístico y literario de finales del siglo XIX y comienzos del XX compartieron dicho interés. En cualquier caso, su figura merece ser recordada por haber logrado que los misterios del Cosmos fascinaran a todos los públicos, popularizando la astronomía y fomentando la pasión por el conocimiento en no pocas generaciones.

La prensa española del momento también se hizo eco de la muerte del genio francés. Crédito: BNE.
ANEXO
INVESTIGADOR DE ANOMALÍAS
Aunque la faceta más conocida de Camille Flammarion está más vinculada a sus estudios sobre astronomía, el científico francés también se ocupó de muchos otros campos del saber, y en especial de la meteorología. En su libro L’Atmosphère (1902), por ejemplo, el científico galo recogía fenómenos sorprendentes como la caída de grandes fragmentos de granizo, casi cien años antes de que una “lluvia” imposible de «bloques de hielo» (los hoy denominados megacryometeoros) causará la fascinación y el temor en España y otros lugares de Europa.

Portada de ‘Los caprichos del rayo’, de Flammarion. (Click para ampliar)
Otra de sus obras, Les caprices de la foudre (Los caprichos del rayo) dedica buena parte de sus páginas a la anomalía física de los “rayos en bola” que hoy en día sigue intrigando a la comunidad científica. El capítulo dedicado al foudre en boule (el rayo en bola) recoge numerosos avistamientos de dicho fenómeno, y en éste, el científico galo hace hincapié en los desastrosos efectos que puede provocar a su paso, así como el extraño comportamiento que muestra en ocasiones: «… de los fenómenos eléctricos observados en la atmósfera, ninguno es más extraño que esos globos fulminantes cuya forma y dimensiones nos recuerdan a las luces de nuestros bulevares (…) Las bolas de fuego escapadas de las nubes durante la tormenta dejan a su paso el temor, porque en ocasiones sus terribles efectos rivalizan con los causados por el rayo común. En ciertos casos, el rayo en bola da la impresión de ser un extraño y pequeño animal guiado por los peores instintos. Sin embargo, su crueldad no acaba siempre provocando la muerte: causar un gran temor o destruir una casa son, en ocasiones, suficientes para calmar sus instintos belicosos».

Un rayo alcanzando la torre Eiffel. Fotografía incluida en uno de los libros de Flammarion sobre fenómenos eléctricos. Crédito: NOAA.
Pero ante todo, Flammarion era astrónomo y como tal, no pudo escapar a los encantos y al misterio emanado de nuestro vecino, el Planeta Rojo. De hecho, tras el “descubrimiento” de los «canales de Marte» por Schiaparelli, director del Observatorio de Milán, el genio francés quedó fascinado con la posibilidad de que su construcción pudiera ser obra de los marcianos. Y es que Flammarion puede ser considerado un adelantado a su tiempo también en este aspecto. Aunque la teoría de los canales marcianos estuviera equivocada, su idea de la posible existencia de extraterrestres, avanzada y ampliada en su libro La pluralidad de los mundos habitados (1862), se anticipaba a la que ha sido una de las grandes preguntas de las últimas décadas: ¿existe vida inteligente más allá de nuestro planeta? Él estaba plenamente convencido, e incluso se permitió el lujo de soñar cómo podían ser aquellos seres de otros mundos.
Crédito imagen apertura: Biblioteca Nacional de España.