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Esclavos voluntarios en el Antiguo Egipto

Posted on 17 enero 2013 by Redacción

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Puede parecer increíble, sobre todo para nuestro punto de vista actual, pero es lo que parece desprenderse del reciente estudio del egiptólogo Kim Ryholt, investigador de la Universidad de Copenhague: hace unos 2.200 años, algunos antiguos egipcios eligieron convertirse en esclavos por voluntad propia, para trabajar en los templos. Y no sólo eso, sino que además pagaban mensualmente una cuota para gozar de ese “privilegio”.

Estas son las conclusiones a las que ha llegado Ryholt tras varios años de estudiar con detenimiento unos cien contratos de esclavitud redactados sobre papiros descubiertos en la antigua ciudad de Tebtunis, que gozó de gran esplendor durante el periodo Ptolemaico. En uno de ellos, por ejemplo, puede leerse lo siguiente: “Yo soy tu siervo desde ahora en adelante, y pagaré dos piezas y media de cobre cada mes como cuota de esclavitud ante Soknebtunis, el gran dios”.

Ryholt ha publicado recientemente un artículo sobre la cuestión, en el que explica que muchos de estos contratos no solo incluían al firmante, sino también a sus hijos y a los hijos de éstos. Aunque no queda claro cómo conseguían estos esclavos los beneficios para pagar dicha cuota, Ryholt cree que al igual que en otras épocas, estos esclavos obtenían algunos ingresos realizando ciertos trabajos en su tiempo libre.

Pero la gran pregunta es: ¿por qué alguien en su sano juicio querría convertirse voluntariamente en esclavo? Según el egiptólogo danés, la gente que accedía a firmar estos contratos eran pobres sin recursos, de modo que de esta forma conseguía un modo de sustento para ellos y sus familias, y además se libraban de ser obligados a realizar trabajos forzados mucho más duros y peligrosos. Al parecer, esta singular forma de esclavitud fue una práctica única que solo se ha documentado durante unos sesenta años, entre el 190 y el 130 antes de nuestra era.

Fuente: Voluntary slavery? Ancient Egyptians paid a monthly fee to become temple slaves (Nature)

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Minos: una civilización de leyenda

Posted on 27 julio 2012 by Javier Ramos

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La primera civilización europea, cuna de la leyenda del minotauro, se creyó un mundo de fantasía. Hasta que en el siglo XX enormes palacios fueron excavados en la región del mar Egeo. La civilización minoica, cultura anterior a la griega arcaica, fue descubierta en 1900 por el arqueólogo británico Arthur Evans, a la que bautizó en honor a Minos, rey de la isla helena de Creta. Su hallazgo abría la veda al estudio de la Edad del Bronce en el mar Egeo.

En poco más de diez años emergieron de la tierra construcciones cuya estructura y ornamentación rompieron con todo lo conocido. Se trataba de unos edificios descomunales en los que Evans adivinó palacios reales.

El arqueólogo planteó una posible cronología de esta civilización en función de estas construcciones: Minoico Antiguo (2600-2100 antes de Cristo), anterior a la existencia de los palacios; Minoico Medio (2100-1600 a.C.), que se inicia con la aparición en Cnosos de una cerámica polícroma; y Minoico Reciente (1500-1450 a.C.), donde aparecen los segundos palacios, ya que los primeros fueron destruidos en 1700 a.C. por un terremoto.

Arthur Evans, descubridor de la civilización minoica.

La cultura minoica se explica, sobre todo, por la aparición de los colosales templos. Se han rescatado cuatro principales: el de Cnosos en el norte, el de Festos en el sur, el de Malia, y el de Zakros. Sin murallas ni fortificaciones defensivas, estos cuatro palacios se organizan alrededor de un patio central rectangular, en torno al cual se abren pórticos columnados o grandes escaleras. Pavimentados con losas de piedra, las paredes interiores aparecen decoradas en muchos casos con frescos de colores sobre motivos de la naturaleza, la vía marina o la celebración de espectáculos taurinos. Y lo que dejó estupefactos a los investigadores: los palacios estaban dotados de una red de saneamiento impecable, formada por unas tuberías de terracota que recogían las aguas sobrantes y funcionaban a modo de alcantarillado.

Todo ello hace pensar en un alto grado de desarrollo de esta civilización, aunque también es cierto que el aspecto que ofrece un palacio minoico es, sobre todo, el de un laberinto de habitaciones, antesalas, vestíbulos, corredores y pasadizos que se interponen de manera asimétrica y confusa. Como en el mítico laberinto de Ariadna y el Minotauro.

Cerámica con escena de la leyenda de Teseo y el Minotauro | Crédito: Wikipedia.

Cuenta la leyenda que el rey de la isla y del Egeo, Minos, ocultó en un laberinto al hijo bastardo que  su esposa, Pasifae, había concebido con un toro blanco. Mitad hombre, mitad toro, se alimentaba de las ofrendas de carne humana del subyugado pueblo ateniense. Sus víctimas morían devoradas y nunca conseguían salir con vida de su guarida. Hasta la llegada del gran Teseo, el rey de Atenas. El monarca acabó con el Minotauro y pudo abandonar con facilidad el laberinto rehaciendo el camino, gracias a un hilo que le había facilitado Ariadna, hija del rey Minos.

Pero, llegados a este punto, ¿cuál era la función que desempañaban los colosales palacios cretenses? Sin duda, eran centros con funciones políticas, económicas y religiosas de alto nivel. Separados  por una media de 35 a 40 kilómetros, cada uno de los cuatro grandes palacios podía funcionar como una unidad administrativa territorial. El de Cnosos era mayor que el resto quizás porque, al menos en determinados períodos del II milenio antes de Cristo, era el que ejercía el control sobre toda Creta. Una tesis que podría explicar la ausencia de murallas y una hipotética falta de enemigos.

La civilización minoica no tenía rivales. Al menos en el mar, del que eran soberanos. Sus naves controlaban las rutas comerciales en la cuenca del Egeo. Aunque ni los restos de escritura ni la misma arqueología han ayudado a precisar cuál fue el sistema social en Creta. No obstante, las construcciones y tumbas inducen a pensar que existió una nobleza y una masa campesina que vivía organizada en pequeñas aldeas o ciudades.

La mujer alcanzó notoriedad en la civilización de Minos. Los hallazgos de objetos cotidianos, los testimonios pictóricos y sobre todo los sellos y figuras de terracota, así lo atestiguan. Para algunas historiadoras, como Jane Hellen Harrison, la cultura minoica es además, un claro ejemplo de matriarcado.

Mural con escena de jóvenes saltando a un toro | Crédito: Wikipedia.

Además de las efigies femeninas que recuerdan el culto a la diosa, también conocida como la Gran Dama del Laberinto, es relevante el peso crucial que tuvo en Creta el dios-toro, evocación de la leyenda del Minotauro. A él se le dedicaban ceremonias y monumentos, como el que se halló en Cnosos. Y a juzgar por los coloridos murales del palacio, el animal también era el anfitrión indiscutible de las fiestas populares, gracias a los juegos taurinos que ponían a prueba el valor de los jóvenes en los patios.

Pero como ha ocurrido con otras tantas civilizaciones, el final de la cultura minoica está sembrado de dudas. Está claro que entró en una etapa de decadencia a partir del siglo XV antes de Cristo tras los datos que ha proporcionado la arqueología. Pero son discutibles los motivos.

A la vista de las tumbas de guerreros con armas y armaduras, algunos historiadores hablan de conquista por parte de Micenas. Lo corrobora la presencia de nuevas formas de cerámica llegadas desde la península griega y que han hecho suponer un dominio que, en todo caso, no duró mucho (entre 1450 y 1380 antes de Cristo).

Vista de Santorini en una imagen vía satélite | Crédito: Wikipedia.

Otra teoría pone de manifiesto que los palacios se destruyeron a causa de una erupción del volcán de Santorini. Las excavaciones del profesor griego Spyridon Marinatos sacaron a la luz un yacimiento espectacular y la certeza de que una gran explosión a mediados del segundo milenio había dividido la antigua isla de Tera, al norte de Creta. Según él, esta catástrofe podría haber generado un enorme maremoto responsable de la catarsis minoica.

Sea como fuere, lo cierto es que la civilización del legendario rey Minos vio precipitado su fin para dar paso a una nueva época que ya no tendría como epicentro una isla, sino la Grecia del continente.

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Un ejército enterrado en el pantano

Posted on 26 julio 2012 by Redacción

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No hay una sola pista que permita adivinar quiénes fueron los ejecutores de los más de doscientos guerreros –podrían ser muchos más, según estiman los investigadores– que, hace unos dos mil años, fueron asesinados en las frías tierras de Alken, un pueblecito al Este de la península de Jutlandia, en Dinamarca.

Y, de hecho, ese es el principal interrogante que los arqueólogos daneses que trabajan en el yacimiento –ayudados por expertos de los museos de Skanderborg y Moesgård–, están intentando resolver durante la campaña de excacavaciones que comenzó el pasado 2 de julio y que se prolongará hasta el próximo 24 de agosto. En realidad, el hallazgo se produjo hace ahora tres años, en 2009, cuando los arqueólogos descubrieron algunos restos humanos en unos prados pantanosos cerca del lago Mossø, el más grande de Jutlandia. Sin embargo, ha sido este verano cuando los especialistas han comenzado una excavación más exhaustiva del enclave.

Por ahora han salido a la luz nada menos que los restos de doscientos guerreros, pero los investigadores no dudan de que serán muchos más. Según Mads Kähler Holst, arqueólogo de la Universidad de Aarhus, en la primera fase de los trabajos no se llegó a alcanzar el perímetro del yacimiento, así que el historiador se mostró convencido de que aparecerán muchos esqueletos más. “Si tenemos suerte, lo que hemos encontrado hasta ahora podría ser sólo el principio”, explicó Holst, profesor asociado en la citada universidad.

Una de las mayores dificultades a las que se enfrentan los estudiosos daneses es la complejidad de excavar un terreno de tipo pantanoso como éste, pues las praderas de Alken en las que se ha realizado el hallazgo se encuentran muy cerca del Mossø, el mayor lago de la región. Al cavar a profundidades de unos dos metros, las filtraciones de agua son continuas, lo que dificulta enormemente los trabajos arqueológicos. “Estamos luchando contra la entrada de agua, y tenemos que utilizar constantemente grandes bombas para achicarla. Esto hace nuestro trabajo muy difícil, pero explica por qué los restos están tan bien preservados. El agua ha retrasado la descomposición, y por esa razón los restos están en un estado tan bueno cuando los desenterramos”, explicó a la prensa Ejvind Hertz, conservador del departamento de arqueología en el Museo de Skanderborg.

Los esqueletos desenterrados hasta ahora presentan marcas evidentes de haber sufrido una muerte violenta, presumiblemente durante una batalla, aunque podría tratarse también de un sacrificio masivo, según los estudiosos. Los arqueólogos también han descubierto –además de los restos humanos–, fragmentos de lanzas, escudos y cascos.

El enclave del yacimiento se encuentra a unos doscientos kilómetros al norte del punto más lejano que las legiones romanas alcanzaron en esa región –en suelo de la actual Alemania–, por lo que en principio parece que la matanza no fue causada por tropas romanas. Sin embargo, los historiadores señalan que no puede descartarse que el suceso se debiera a los esfuerzos expansionistas del Imperio Romano. Con un poco de suerte, y gracias a esta campaña, estos interrogantes podrán resolverse a través de nuevos descubrimientos.

Fuente: An entire army sacrificed in a bog (Universidad de Aarhus)

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Hallan la tabla astrológica más antigua que se conoce

Posted on 17 enero 2012 by Redacción

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Un equipo de arqueólogos estadounidenses y croatas cree haber descubierto la que sería la pieza con representaciones astrológicas más antigua que se conoce. Los pormenores del hallazgo, que han sido publicados en el último número de la revista Journal for the History of Astronomy, revelan que el descubrimiento se produjo en una cueva cerca de la localidad croata de Nakovana, y que se encuentra mirando al Adriático.

La pieza sólo se conserva parcialmente, pues está muy dañada, pero gracias a los fragmentos de marfil grabados con signos zodiacales, los investigadores creen que pudo haber sido en origen una especie de tablero empleado por un astrólogo para determinar los horóscopos de una persona. Los arqueólogos han podido rescatar hasta treinta fragmentos de dicho tablero, algunos de los cuales muestra grabados con los símbolos de Cáncer, Géminis y Piscis.

Además de estos singulares restos de marfil, los arqueólogos encontraron también miles de fragmentos de cerámica realizados en estilo helenístico, y con una antigüedad superior a los dos mil años. Según explican en su trabajo, este equipo de arqueólogos estaba trabajando en las cercanías de la cueva –un lugar bien conocido desde hace tiempo por los estudiosos y los lugareños– y, durante una exploración en su interior, uno de ellos sacó a la luz un pasaje que había permanecido sellado durante más de dos mil años. Según explicó Staso Forenbaher, del Instituto de Investigaciones Antropológicas de Zagreb, avanzar por aquel pasadizo “fue una experiencia similar a la de la tumba de Tutankhamon, llegando a un lugar en el que no había estado nadie durante más de dos mil años”.

Miembros del equipo de excavación, trabajando en el interior de la cueva | Crédito: Staso Forenbaher.

Los expertos, entre los que se encuentra también Alexander Jones, profesor en el Instituto para el Estudio del Mundo Antiguo de la Universidad de Nueva York, pudieron determinar la fecha aproximada en la que la galería se selló –en algún momento del siglo I a.C.–, posiblemente como respuesta ante un ataque de tropas romanas a los pobladores de la región, los ilirios. En lo que respecta al tablero astrológico, los arqueólogos han podido concretar su antigüedad gracias a los análisis mediante radiocarbono, que han determinado que el marfil con el que fue realizado tiene unos 2.200 años.

En este sentido, Jones explicó que la pieza es posiblemente el ejemplo más antiguo que se conoce de su clase. Según explicó el arqueólogo, “es más antiguo que cualquiera de los horóscopos que conservamos de época grecorromana (…) Tenemos un montón de horóscopos escritos en papiro o grabados en un muro, pero ninguno es tan antiguo como esto”.

Fragmento de marfil con grabado del signo de Piscis | Crédito: Staso Forenbaher.

Lo que sigue siendo un enigma es su procedencia y la razón por la que se ocultó este tablero en la cueva croata. Una posibilidad es que la pieza fuera realizada en Egipto –donde la astrología estaba haciéndose realmente popular en aquellas fechas–, y que en algún momento fuera llevada a través del Adriático, una ruta comercial muy importante en aquel entonces. Es posible que algún astrólogo procedente de las cercanas colonias griegas se hubiera establecido allí, entre los ilirios, y hubiera adquirido la pieza para sus prácticas astrológicas. Otra explicación sería que los ilirios hubieran robado el tablero o lo hubieran comprado, sin entender muy bien cuál era su función o su significado. En este caso, es posible que hubieran introducido la pieza en la cueva –junto a los recipientes de estilo helenístico– como una ofrenda a alguna divinidad que adoraban en la cueva.

Crédito fotos: Staso Forenbaher

Fuente: Good Heavens! Oldest-Known astrologer’s board discovered (Livescience)

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Arqueología a vista de satélite

Posted on 12 enero 2012 by Javier García Blanco

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En los últimos años, los arqueólogos han sumado unas modernas y potentes herramientas a los clásicos picos y palas. Avanzados satélites que orbitan nuestro planeta y fotografían su superficie han propiciado el descubrimiento de notables yacimientos arqueológicos. Lo que nadie podía imaginar es que Google, el gigante informático, pondría esa fantástica herramienta al alcance de todos.

Hasta fechas relativamente recientes, los arqueólogos disponían de un reducido catálogo de herramientas para sacar a la luz aquellos yacimientos que habían quedado ocultos como consecuencia del paso del tiempo y los distintos avatares históricos. Poco a poco, sin embargo, el desarrollo tecnológico ha permitido a estos investigadores sumar un buen número de instrumentos y técnicas a los ya habituales picos y palas de épocas más románticas. Entre las ayudas más avanzadas con las que los investigadores han contado en los últimos cien años se encuentran las fotografías aéreas, captadas desde distintos tipos de aeronaves, y que les permitían detectar y estudiar nuevos yacimientos hasta entonces desconocidos.

Uno de los ejemplos más conocidos y exitosos en este sentido se produjo, sin embargo, de forma ajena a la arqueología. Fueron pilotos peruanos –tanto civiles como militares– quienes observaron por primera vez, allá por la década de los años 20 del siglo pasado, las extrañas formaciones de la región de Nazca (Perú). Gracias a aquellas observaciones, que no tardaron en llegar a oídos de los investigadores, se pudieron catalogar y comenzar a estudiar los hoy célebres geoglifos de formas geométricas y animales, entre las que destacan llamativas figuras como las del colibrí, el mono, la araña, etc. Aquellas formaciones, popularizadas décadas más tarde por la alemana María Reiche y por decenas de libros que abordaban la cuestión, tenían una peculiaridad: sólo eran visibles desde el aire o desde zonas elevadas, por lo que en aquel caso la utilización de distintos tipos de aeronaves se convirtió en una herramienta indispensable para su estudio.

El ‘mono’, una de las célebres figuras de Nazca | Crédito: Wikimedia Commons.

Con el paso de los años, un nuevo instrumento tecnológico vino a sumarse a la lista de “armas” con las que contaban los arqueólogos: los satélites artificiales. Ideados en principio con finalidad militar, cartográfica o de investigación científica, en ocasiones los arqueólogos han podido utilizar, aunque fuese de “segunda mano”, algunas fotografías de satélite capturadas por distintos organismos, pudiendo aplicar las imágenes a sus propias investigaciones. En fechas recientes, instituciones como la NASA, ha participado en investigaciones arqueológicas aportando sus equipos con la finalidad de facilitar el hallazgo de estructuras creadas por el hombre en zonas de difícil acceso, como selvas, desiertos, grandes cimas, etc.

Sin embargo, la mayor –e inesperada– revolución se ha producido en la última década. Y, más concretamente, a partir del año 2005. Fue en aquellas fechas cuando el gigante informático Google, ya afianzado y conocido en todo el mundo gracias a su potente buscador en internet, dio a conocer una nueva herramienta: Google Earth. Aquel nombre escondía un potentísimo software que permitía a cualquier persona, desde cualquier punto del globo, escudriñar prácticamente todos los rincones del planeta, gracias a la utilización de imágenes vía satélite captadas por distintas empresas especializadas. En un principio la calidad de las imágenes era bastante reducida, aunque más que suficiente como para dejarnos a todos sorprendidos y encandilados –¿quién no ha pasado alguna vez varias horas “jugando” con el programa para descubrir cómo se ven desde el aire distintas zonas del planeta?–. Dos años más tarde, sin embargo, Google mejoraba sensiblemente su creación añadiendo una buena cantidad de imágenes en alta resolución que nos permitían, aún más, dejar volar la imaginación y jugar a los espías.

Más allá de las oportunidades de ocio y educación evidentes a primera vista, algunas personas vislumbraron pronto las enormes posibilidades de aquel mágico programa informático. Y ya desde las primeras fechas, comenzaron a aparecer sorprendentes noticias en algunos medios de comunicación, anunciando llamativos hallazgos arqueológicos conseguidos no por arqueólogos profesionales haciendo labores de campo, sino por aficionados que únicamente habían empleado el software de Google desde la comodidad de su hogar. Uno de los primeros ejemplos se produjo en septiembre de 2005, apenas unos meses después de que Google Earth estuviera disponible, cuando un ciudadano italiano, Luca Mori, consiguió descubrir una antigua villa romana desde su ordenador personal. “Al principio pensé que se trataba de una aberración en las fotografías –explicó en declaraciones a la prensa–. Sin embargo, cuando la amplié, vi que estaban mostrando algo que había bajo tierra”. Las imágenes de satélite que ofrecía el programa a Mori mostraban una forma ovalada y oscura de unos 500 metros de longitud, rodeada por varias estructuras rectangulares. Consciente de que había detectado algo singular, el italiano se puso en contacto con el Museo Arqueológico Nacional de Parma y les informó de su hallazgo. Cuando los arqueólogos de dicho centro acudieron hasta el lugar señalado por Mori descubrieron que, efectivamente, aquellos eran los restos de una antigua villa romana.

Tras aquel hallazgo, que los medios difundieron como poco más que una anécdota, no tardaron en producirse descubrimientos semejantes, de menor o mayor entidad. Fue entonces cuando algunos arqueólogos se dieron cuenta de que la aplicación desarrollada por Google podía convertirse en una potente herramienta en sus manos. No en vano, muchos yacimientos arqueológicos de antiguas civilizaciones se encuentran en países subdesarrollados, que niegan el acceso a los investigadores, o en lugares asolados por conflictos armados, por lo que, en muchos casos, la realización de estudios de campo resulta complicado o muy peligroso. Gracias a Google Earth, este escollo puede ser sorteado en parte, permitiendo a los investigadores descubrir nuevos enclaves, tener una idea aproximada de ciertas zonas o preparando una futura visita sin necesidad de poner un pie en la región en cuestión.

En este sentido, resultan muy significativas las palabras de Tony Pollard, director del Centro de Arqueología de la Universidad de Glasgow (Escocia): “En los viejos tiempos, subía a mi Land Rover e iba a investigar en un posible yacimiento. Ahora, antes de hacer eso, acudo a Google Earth”, explica en declaraciones a National Geographic.

Y los resultados, por sorprendente que parezca, no se han hecho esperar. El caso más llamativo y reciente ha sido difundido hace apenas unas semanas, en septiembre de 2011, cuando el arqueólogo de la Universidad de Australia Occidental, David Kennedy, daba a conocer el hallazgo de miles de posibles yacimientos arqueológicos en la Península de Arabia, entre los que se cuentan unos llamativos geoglifos que recuerdan a los de Nazca, en Perú. El descubrimiento, acompañado de multitud de fotografías sorprendentes, ha sido sólo el último de una increíble lista que compartimos con todos vosotros, y que abarca distintos enclaves de todo el planeta.

1.- PENÍNSULA DE ARABIA.

Figuras descubiertas en Arabia Saudí gracias a imágenes de Google Earth | Crédito: Orion-me / Digital Globe.

Aunque se conocía la existencia de algunas de ellas desde 1927, cuando el piloto militar británico Percy Maitland las avistó por primera vez, ha sido ahora cuando se han podido catalogar con detalle cientos de formaciones, en su mayoría circulares, construidas a lo largo de buena parte del desierto de Arabia Saudí. El responsable del hallazgo, el citado David Kennedy, de la Universidad de Australia Occidental, ya había atraído la atención de los medios a comienzos de 2011, al anunciar el hallazgo de unos 2.000 posibles yacimientos arqueológicos en Arabia Saudí. Su única ayuda: sus conocimientos –ha pasado los últimos 30 años estudiando yacimientos arqueológicos mediante fotografías aéreas– y el programa informático Google Earth. Kennedy ha explicado que países como Arabia Saudí impiden o dificultan a los arqueólogos la realización de vuelos con fines arqueológicos, así que la herramienta de Google se convirtió en la única alternativa viable. Y resultó ser una idea fantástica, a juzgar por los resultados.

Kennedy ha identificado centenares de estructuras con variadas formas geométricas, aunque las más comunes poseen aspecto de rueda. Estas últimas poseen con un diámetro de entre 20 y 70 metros, sólo son visibles desde el aire, y están realizadas mediante acumulación de piedras. En opinión de Kennedy, lo más probable es que fueran construidas con una finalidad religiosa y espiritual, aunque su significado exacto todavía es desconocido. Por el momento, y mientras no se realicen otras investigaciones in situ, estas creaciones podrían tener una antigüedad de unos dos mil años.

2.- AFGANISTÁN.

Vista de una de las fortalezas descubiertas en territorio afgano | Crédito: Digital Globe / Google Earth.

Con conflictos armados en marcha desde finales de la década de los 70 del siglo pasado, Afganistán no es precisamente el mejor lugar para que un arqueólogo desarrolle su labor de investigación de campo. Por suerte, Google Earth se ha revelado también aquí como una herramienta imprescindible a falta de excavaciones in situ.

En este caso ha sido otro arqueólogo australiano, David Thomas –estudiante de doctorado en la Universidad La Trobe de Melbourne–, quien ha realizado un hallazgo igualmente fascinante. Gracias al uso del software de Google, Thomas ha descubierto hasta la fecha unos 450 posibles yacimientos en Registán, una región entre los límites de las provincias de Helmand y Kandahar, al sur de Afganistán. Entre las estructuras descubiertas por el joven arqueólogo y sus colegas –que han examinado un área de unos 1.275 kilómetros cuadrados– se encuentran varias poblaciones con mezquitas, fortalezas, canales de agua e instalaciones militares. El estudio del australiano se circunscribe a la investigación de los Ghurid, un pueblo semi-nómada cuyos dominios se extendieron desde el este de Irán hasta Bengala (India) a finales del siglo XII.

El mayor logro, en palabras del propio Thomas, ha sido la posibilidad de facilitar toda esta información al Instituto de Arqueología de Afganistán para que, cuando las circunstancias sean más favorables, puedan examinar en vivo lo que hasta ahora se ha descubierto mediante fotografías vía satélite.

3.- UNA ANTIGUA CIVILIZACIÓN EN EL AMAZONAS.

Una de las estructuras descubiertas en el Amazonas | Crédito: Digital Globe / Tele Atlas / MapLink.

La región del Amazonas ha sido siempre un enclave lleno de fascinación y misterio para arqueólogos y exploradores. Sin embargo, durante mucho tiempo se ha pensado que, dadas las condiciones climatológicas, geográficas y ambientales, en las exuberantes y frondosas selvas de esta zona del planeta nunca se había desarrollado una civilización de importancia. Esta idea podría cambiar para siempre gracias a los hallazgos de un equipo internacional de arqueólogos, geólogos y paleontólogos en la zona fronteriza entre Brasil y Bolivia. Fue Alceu Ranzi, geógrafo y paleontólogo de la Universidad Federal de Acre (Brasil) quien “levantó la liebre” en el año 1999. En aquellas fechas, el investigador brasileño descubrió, mientras viajaba en avión, un círculo de dimensiones colosales cuya factura era evidentemente humana. Desde entonces, la posibilidad de hallar estructuras similares en la región amazónica se convirtió en una obsesión para él.

Tras conseguir que otros especialistas, arqueólogos de Brasil y Finlandia, se unieran a su búsqueda, en los últimos años Ranzi ha conseguido prometedores resultados gracias a fotografías aéreas y, sobre todo, a Google Earth. Hasta la fecha han identificado más de 300 geoglifos de formas circulares, cuadradas y rectangulares, algunos con un tamaño superior al de dos o tres campos de fútbol. Las singulares figuras han aparecido en una extensión de más de 10.000 kilómetros cuadrados y, según los investigadores, revelan la existencia de algún tipo de civilización desarrollada hace unos mil años. Aunque todavía no han podido determinar cuál fue el uso que dieron los antiguos pobladores de la zona a dichos glifos, Ranzi y su equipo están convencidos de que hallarán muchos más, pues los que han descubierto aparecieron tras la deforestación de parte de la zona, lo que indica que podría ser sólo la punta del iceberg.

4.-RESTOS PREHISPÁNICOS EN ARGENTINA.
También en el continente sudamericano, aunque más al sur, en la región de La Rioja (Argentina), un grupo de científicos del Departamento de Arqueología del Museo de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional de La Rioja descubrió en el año 2008 una decena de estructuras circulares de unos 12 metros de diámetro, erigidas sobre plataformas y construidas a base de piedras. Según los investigadores Claudio Revuelta y Sergio Martín, la herramienta que permitió el hallazgo fue de nuevo el programa informático de Google, aunque en este caso han preferido mantener oculta la ubicación del yacimiento para preservarlo de posibles saqueadores. Todas las estructuras, de época prehispánica, se encuentran concentradas en un área de unas 500 hectáreas y, en opinión de los arqueólogos, supone una magnífica oportunidad de conocer mejor las costumbres simbólicas y rituales del pueblo que las construyó.

5.-UNA SORPRENDENTE CIUDAD ROMANA.
Había permanecido oculta durante más de 1.300 años pero, gracias a imágenes vía satélite y a la herramienta Google Earth, científicos de la Universidad italiana de Padua consiguieron en el año 2008 sacar a la luz las dimensiones, estructura y disposición de la antigua ciudad romana de Altinum, en su época una importante población que terminó dando lugar a la célebre Venecia.

Ubicación de los distintos restos arqueológicos de la antigua Altinum.

En el año 2007 una importante sequía afectó a la región de Venecia, y los arqueólogos italianos –que sospechaban cuál podía ser la ubicación de la antigua ciudad romana– emplearon fotografías aéreas y vía satélite para tratar de desentrañar el enigma. Gracias a la falta de agua, las fotografías infrarrojas revelaron el perímetro de Altinum, facilitando la reconstrucción de la localidad, para lo que emplearon el software de Google. Tras examinar concienzudamente las imágenes, los arqueólogos Andrea Ninfo, Alessandro Fontana, Paolo Mozzi y Francesco Ferrarese consiguieron identificar los principales enclaves de la urbe –incluyendo viviendas, teatros y anfiteatros–, que había quedado completamente deshabitada en el siglo VII d.C., después de el saqueo de Atila y las posteriores invasiones lombardas. Los investigadores publicaron los resultados de su estudio en la publicación científica Science, y con su hallazgo han abierto las puertas a una futura excavación in situ, que revelará los secretos de una ciudad romana que ha permanecido prácticamente intacta, aunque enterrada, desde hace más de 1.000 años.

6.-TUMBAS Y PIRÁMIDES EN EGIPTO.
En otras ocasiones, los arqueólogos no utilizan la herramienta informática de Google, al alcance de cualquier particular, sino otros programas similares, aunque generalmente más sofisticados. Es el caso del equipo de investigadores dirigido por la doctora Sarah Parcak, una experta egiptóloga de la Universidad de Alabama en Birmingham (EE.UU.).

Las pirámides de la meseta de Gizeh, en una fotografía vía satélite | Crédito: Digital Globe.

Con la ayuda de varios satélites de la NASA y de la empresa privada Quickbird situados en una órbita de unos 650 kilómetros de altitud y provistos de cámaras especiales capaces de captar fotografías infrarrojas, Parcak y sus colegas obtuvieron una serie de imágenes que les permitieron localizar nada menos que unas mil tumbas y diecisiete pirámides en territorio egipcio. Un sorprendente hallazgo que dieron a conocer en mayo de este mismo año y que, gracias a los magníficos resultados, esperan repetir en futuros estudios. Como declaró la propia Parcak a la prensa, “esto es sólo el comienzo de este tipo de trabajos”, así que descubrimientos de este tipo serán una constante en el futuro.

7.-RUINAS MAYAS.
Parcak no ha sido la única investigadora en colaborar estrechamente con la NASA. El también arqueólogo William Saturno, de la Universidad de New Hampshire, en Durham, trabajó codo con codo junto a los especialistas Tom Sever y Dan Irwin, del Centro de Vuelo Espacial Marshall de la agencia estadounidense, para sacar a la luz ruinas hasta ahora desconocidos. En este caso el enclave no se hallaba en Egipto, sino en las selvas de Guatemala. Gracias a imágenes captadas por el satélite Ikonos, cuyas características le permiten “ver” a través de la densa vegetación de la selva, los investigadores han descubierto en los últimos años cientos de templos y otros edificios levantados por los antiguos mayas. Además de estos notables hallazgos puramente arqueológicos, Tom Sever está convencido de que las imágenes vía satélite permitirán a los historiadores determinar cuál fue la verdadera causa de del colapso de la fascinante civilización maya.


ANEXO

10 LUGARES QUE NO TE PUEDES PERDER

La ciudadela inca de Machu Picchu, en una imagen de Google Earth | Crédito: Digital Globe / Google Earth.

Además de sus posibilidades como herramienta para los arqueólogos, Google Earth también abre las puertas a disfrutar de las maravillas arqueológicas de nuestro planeta, facilitando la posibilidad de realizar un “turismo virtual”. Te recomendamos diez lugares, con sus coordenadas correspondientes, que no puedes dejar de visitar, aunque sea a través de la pantalla de tu ordenador:

1) Pirámides de Gizah (Egipto). Latitud: 29°58’33.03″N Longitud: 31° 7’52.58″E.

2) Stonehenge (Inglaterra). Latitud: 51°10’43.82″N Longitud:  1°49’34.31″ W.

3) Newgrange (Irlanda). Latitud: 53°42’3.79″N Longitud:  6°29’28.32″ W.

4) Teotihuacán (México). Latitud: 19°41’32.25″N Longitud: 98°50’36.86″ W.

5) Chichén Itzá (México). Latitud: 20°40’44.96″N Longitud: 88°34’15.17″ W.

6) Nazca (Perú). Longitud: 14°41’25.90″S Latitud: 75° 7’20.34″W.

7) Machu Picchu (Perú). Longitud: 13° 9’49.20″S Latitud: 72°32’45.39″W.

8) Tiahuanaco (Bolivia). Longitud: 16°33’17.29″S Latitud: 68°40’23.94″W.

9) Mausoleo del emperador Qin Shi Huangdi (China). Longitud: 34°22’52.89″N Latitud: 109°15’15.26″E.

10) Acrópolis de Atenas (Grecia). Longitud: 37°58’17.27″N Latitud: 23°43’36.54″E.

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El águila y el dragón

Posted on 19 mayo 2011 by David Melero

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Durante mi época de estudiante de Historia en la Universidad de Zaragoza, y en especial en las clases de Historia Antigua, hubo un detalle histórico que siempre llamó mi atención, la aparente existencia de dos barreras infranqueables que griegos y romanos nunca llegaron a cruzar: las columnas de Hércules (el Estrecho de Gibraltar) en el Mediterráneo y el río Indo en Asia. ¿Cómo era posible que dos de los Imperios más grandes jamás conocidos (el Imperio Romano y la China de los Han), hubiesen coexistido sin llegar a conocerse? Sin embargo, cuando uno comienza a investigar en los supuestos contactos entre el mundo grecolatino y las culturas asiáticas, llega a la conclusión de que éstos son un hecho algo más que anecdótico.

La estratégica posición del subcontinente indio lo sitúa en una ubicación muy específica como lugar de conexión de espacios. Por mar, sus amplias costas miran hacia el sudeste asiático, pero también hacia África, Arabia y el Golfo Pérsico; éste último escenario suponía un triple ámbito de contacto: con Arabia, las mesetas iranias y Mesopotamia. La navegación de cabotaje era relativamente fácil y está bien constatada en ambas direcciones. Por tierra y en ésta misma dirección, había dos vías de conexión sin excesivas dificultades: la que lleva a través de las mesetas iranias hacia Mesopotamia pasando por Persia y la que conecta, atravesando el Indo y los actuales Pakistán y Afganistán, con las llanuras eurasiáticas y las rutas hacia China.

Éstos contactos a los que hago referencia fueron iniciados ya por el Imperio Persa, hecho que queda atestiguado en las tropas descritas por Heródoto, que servían a las ordenes del Rey de reyes, en las Guerras Médicas contras los griegos. La llegada y conquista de Alejandro Magno a éstas geografías supone el inicio de una serie de expediciones para explorar las rutas hacia el Mar Rojo y Egipto bordeando Arabia. Queda constatada la presencia de una falange griega del ejercito de Alejandro Magno, que permaneció durante meses en el Hindu Kush (actual Pakistán). Su huella cultural ha llegado hasta nuestros días en los descendientes de la tribu kalash, de ojos claros y cabello rubio, y cuyo panteón de deidades guarda fuertes paralelismos con el panteón olímpico griego.

Alejandro Magno a lomos de su caballo Bucéfalo. Mosaico romano del siglo I a.C. descubierto en Pompeya. Crédito: Wikipedia.

A la muerte de Alejandro, serán los reinos helenísticos quienes tomen el relevo en las relaciones con el mundo asiático, sobre todo Seleúcidas y Ptolomeos. Así nos lo trasmite un griego de gran importancia, Megástenes, quien trabajaba para el rey helenístico Seleúco I Nicátor y que, como embajador, visitó Palibothra (la actual Patra), unos años después de la muerte de Alejandro. El libro que dejó escrito, Indika, se convirtió en una de las fuentes más importantes que poseemos sobre la India de la época helenística. En dicho trabajo describe una vía real desde la frontera seleúcida hasta la capital india, con columnas periódicas que señalaban la distancia. Nos ofrece también una descripción detallada de la ruta y los ríos que recorre en su periplo. Un punto importante de contacto era Bactria, región del Asia Central ubicada en los territorios que hoy comprenden Afganistán, el sur de Uzbekistán y Tayikistán, donde se mantuvieron durante siglos rasgos esenciales de la cultura griega, desde la ciudad misma, las monedas, la epigrafía o algunas producciones literarias. Esta región mantuvo contactos comerciales en todas las direcciones a partir de las viejas rutas marítimas o de otras nuevas abiertas a tal efecto. Las monedas nos hablan de un comercio nada desdeñable con la India y como vehículo de difusión cultural, que se manifiesta en la presencia de divinidades indias junto a las griegas. Se tienen constatados otro tipo de contactos, como la embajada diplomática de Heliodoro por orden del rey heleno Antialcidas, entorno al año 100 a.C. En aquel viaje hizo erigir una columna con inscripciones en sánscrito, donde exhibía su condición de debito del dios hindú Vishnú, cerca de la moderna ciudad de Vidisha, en el Este de la India. Este hecho certifica la interacción de ambas culturas, que no se limitaba exclusivamente al ámbito político-económico.

Hay una importante cantidad de datos, incluyendo restos epigráficos, que nos permiten afirmar esa interacción cultural con el subcontinente indio, donde ciudades e individuos se definían como griegos -yavana- y que llega hasta época imperial romana. Dión de Prusa indica cómo entre los presentes en uno de sus discursos en Alejandría se encuentran oyentes “persas, bactrianos, y hasta indios”. Todavía en el siglo II d.C. se mantenía el uso del griego en las monedas, donde encontramos divinidades griegas junto a otras indias o iranias.

Máxima extensión del imperio de Alejandro, la ruta que siguió a lo largo de sus conquista y algunas de las ciudades que fundó. Crédito: Wikipedia. (Click para ampliar).

Otro ámbito de contacto con el continente asiático fue el reino Parto –que se mantuvo hasta el siglo III d.C.–, donde se mantuvieron como tales las ciudades griegas fundadas por Alejandro Magno y los seleúcidas. Se desarrollaron formas culturales propiamente griegas, de las que se tiene constancia a través de la epigrafía, la arqueología o las fuentes literarias (cómo Estrabón). Esto se constata durante mucho tiempo con la presencia –exclusiva–, de griegos en cargos públicos de la administración y de la guardia real, así como de la convivencia del griego y el siríaco como idiomas oficiales, o la sustitución de la escritura cuneiforme por la grafía griega. Los partos ejercieron de mediadores en las rutas terrestres que permitían la entrada y salida de mercancías. En época romana se cuidaron de evitar el contacto directo entre el Imperio Romano y la China de los Han, para no perder así su monopolio como intermediarios en dichas transacciones comerciales.

En cuanto a los Ptolomeos de Egipto, pudieron aprovecharse de su situación estratégica para llenar sus arcas, potenciando las rutas que llevaban especias, maderas, piedras preciosas o seda de china por el Mar Rojo. Egipto buscaba desarrollar y controlar la ruta, primero bordeando la Península arábiga y llegando por la zona Oriental del Golfo Pérsico a los reinos indios de la desembocadura del Indo. En éste juego el comercio con las rutas africanas y Etiopía generaran nuevas posibilidades económicas. Sabemos de tareas de ingeniería, acciones y organizaciones militares y hasta de altos funcionarios encargados del control de la ruta. El rey Ptolomeo II costeó la organización de un carísimo desfile que representaba la vuelta del dios Dionisos de su conquista india, con elefantes, mujeres indias y hasta pavos reales… Sin embargo, lo más transcendente fueron los avances en el campo de la navegación. Frente a la navegación de cabotaje, a finales del siglo II a.C. se descubrió cómo aprovechar los monzones, lo que aseguraba viajes anuales de ida y vuelta, llegando cada vez a zonas más meridionales de la India y hasta Ceilán, pudiendo alcanzar en época romana la desembocadura del Ganges y, conectando con rutas que les llevarían al sudeste asiático y China. La presencia romana está atestiguada en las comandancias de Jiaozhi y Rinan (en el norte de Vietnam), punto de entrada a China.

Ptolomeo II, en una pintura de Jean-Baptiste de Champaigne. Crédito: Wikipedia.

EL RELEVO DEL IMPERIO ROMANO
La conquista romana del espacio Mediterráneo culminó con la absorción de Egipto en el año 30 a.C., lo que convirtió al Imperio en el sucesor de los Seleúcidas en su intento por disputar a los Partos (y luego a los Sasánidas) los espacios que albergaban las rutas comerciales por tierra con China y la India. De los Ptolomeos heredaron las rutas marítimas que conectaban Alejandría con India, Ceilán y el sudeste asiático. No faltaron en este período relaciones diplomáticas e, incluso como veremos en el caso de Augusto, búsqueda de aliados en los reinos indios para combatir a los Partos. Lucio Anneo Floro en sus Epitomae, habla de embajadas de “Seres (así denominaban los romanos a los chinos) e indios que viven bajo el sol” llegadas para honrar al emperador Augusto.

Cabe recordar que el dominio del Imperio supuso la apertura y unificación de todos los mercados mediterráneos, e incluso en algunos casos su creación, con la consiguiente implicación en el desarrollo de modas, gustos y hábitos comunes, así como gastronómicos. Pimienta y otras especias, seda, algodón y maderas tropicales recorrían las rutas comerciales de todo el Imperio. La India se convirtió en el destino preciado y en una fuente de ingresos para el fisco imperial. Si no se puede hablar de una flota de Indias, si podemos hacerlo de una “flota de India”. Hablamos de unos ciento veinte barcos, en época de Estrabón (s. I a.C.-s. I d.C.), que van y vienen anualmente. El comercio durante los dos primeros siglos tras el cambio de era resultó de una magnitud sin precedentes. Basta con ver las cifras de millones de sestercios que manejaba el escandalizado Plinio, el mismo que citaba el comercio con China y la Península Arábiga: “Para el cálculo más bajo, India, Seres (China) y la Península Arábiga toman de nuestro Imperio cien millones de sestercios cada año: es decir, eso es cuanto nos cuestan nuestros lujos y mujeres” Plinio el Viejo, Naturalis Historiae XII, 84.

Estatua de Buda, siglo V d.C. Crédito: British Museum.

Una obra trascendental del siglo I es El Periplo del Mar Rojo, una guía para la navegación y el comercio que nos muestra todos los puertos y mercados hasta el Ganges, y que entre otras cosas menciona a los reyes de los que dependen dichos puertos, así como qué productos se venden y se compran en cada lugar. Un Importante papel comercial demostrado con los hallazgos numismáticos del delta del Mekong, realizados por Louis Malleret (1940) en Óc Eo, conocido por Claudio Ptolomeo y los romanos como Kattigara, al que se llegaba a través de la India y Sri Lanka desde los puertos romanos del Mar Rojo. A partir del siglo II se extendieron los viajes y las rutas más allá de Malaca y China; en éste caso en particular destacó la figura de Maes Titianus, un armador griego que llegó hasta la denominada en la Antigüedad “Torre de Piedra” o Tashkurgán, en el Sudoeste chino, en la cordillera de Pamir.

EL PAPEL DE LA SEDA
Hay que considerar el papel que desempeñó en las dos rutas, la marítima y la terrestre, el mercado de la seda, elemento fundamental del comercio y una mercancía que se convertirá en elemento de lujo en todo el Imperio. La importancia de la Ruta de la Seda para las dinastías chinas se manifiestó a largo plazo en un interés estratégico en la zona, lo que conllevó incursiones militares en Bactria y el continuado intento de comunicación con el mundo mediterráneo a través de diversas embajadas. “Los Seres son famosos por la sustancia de lana obtenida de sus bosques; después de ponerla en remojo y peinar lo blanco de sus hojas… Así de diversa es la labor empleada y tan distante la región del globo por aprovechar, para permitir a las doncellas romanas hacer alarde de sus vestimentas transparentes en público…” Plinio el Viejo, Naturalis Historiae VI, 54.

Séneca, en el volumen I de sus Diálogos, nos habla de cómo el Senado de Roma emitió varios edictos para prohibir el uso de la seda, pues suponía una enorme salida de oro para las arcas del Imperio, y además las vestimentas eran consideradas decadentes e inmorales. Sin embargo, dichos edictos no tuvieron el efecto deseado, ya que la seda continuó siendo un elemento imprescindible en la sociedad romana. Mientras la seda salía de China, a los palacios imperiales de la dinastía Han llegaban vidrio de Alejandría, alfombras bordadas persas, telas coloreadas de oro, amianto o biso. En el año 97, el general chino Ban Chao, ávido de conocimiento por ese gran imperio al que denominaban Da Qin (Roma), envió una embajada a cargo del explorador Gan Ying, con setenta mil hombres, que llegó hasta Mesopotamia y el Mediterráneo, en un viaje que duró casi dos años. Cuando preguntó cuál era la distancia que le separaba de la capital imperial, la respuesta le desanimó: la misma que ya había recorrido, y decidió volverse sin alcanzar la capital del imperio. Sin embargo escribió una obra, el Huo Hanshu, en la que describió lo vivido: “Su territorio cubre varios miles de lis (un li es una medida que equivale aproximadamente a medio kilómetro), y tiene más de 400 ciudades amuralladas. Los muros externos de las ciudades están hechos de rocas. Han establecido estaciones de correos… Hay pinos y cipreses. En cuanto al rey, no es una figura permanente sino que es es elegido como el hombre más valioso (digno)… La gente en este país es alta y con rasgos uniformes. Se parecen a los chinos, y es por eso que este país es llamado Da Qin (El Gran Qin)… El suelo produce grandes cantidades de oro, plata y piedras preciosas, incluyendo la joya que brilla por la noche… cosen tejidos de finos bordados con hilos de oro para crear tapicería de variados colores y ropa con tinte dorado así como “ropa bañada en fuego” (asbesto). Es de este país del que vienen todos los variados, maravillosos y raros objetos de otros estados.”

Moneda con la efigie de Alejandro Severo. Crédito: Wikipedia.

En el año 161 se produce la primera expedición oficial, aunque ya durante el reinado del emperador He (89-105 d.C.) ya se atestiguan envíos de tributos y ofrendas desde Da Qin. Una misión de embajadores registrada, enviada por Antonino Pío al emperador Huan de la dinastía Han, que finalizó en el 166 reinando ya Marco Aurelio. y en el s.III Alejandro Severo envió una comitiva a Caio Rui, del reino Wei. Posteriormente, el emperador Caro (282-283 d.C.) o los sucesivos contactos con el imperio Bizantino (“Fu-Lin”)(643, 667, 701 y 719 d.C.) nos dan fe de una interacción entre ambos espacios culturales. Por este motivo no sorprende encontrar un auténtico punto colonial romano en Arakamedu, cerca de Pondicherry (costa de Coromadel) o que una tábula romana apareciese en Múziris (Costa Malabar), hallada en un templo dedicado al culto imperial, lo que nos permite pensar en una población permanente de ascendencia mediterránea en la zona. O que en la literatura tamil se mencionen poblaciones costeras de Yavana, (termino utilizado para la población griega, y posteriormente a las gentes llegadas del Mediterráneo, romanos incluidos), se describen sus barcos, el intercambio de oro por pimienta, el vino traído por ellos, además de los servicios prestados como mercenarios a las ordenes de reyes autóctonos, o la fabricación de maquinas de asedio de ciudades.

BIBLIOGRAFÍA
BELTRÁN LLORIS, Francisco y MARCO SIMÓN, Francisco, Atlas de Historia Antigua, ed. Pórtico, Zaragoza,1996.
WULFF, Fernando, Grecia en la India, ed. Akal, Madrid, 2008.
MUTSCHLER, F. M. y MITTAG, A., China and Rome, Oxford, 2008.
SCHEIDEL, W., Rome and China, Oxford, 2009.

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El rey de Ítaca (Libro)

Posted on 28 enero 2011 by David Melero

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Glyn Iliffe estudió Ingles y Lenguas Clásicas en la Universidad de Reading, donde desarrolló su pasión por la Historia y los mitos de la Grecia Antigua. Gran viajero, ha visitado más de cuarenta países, ha ascendido por las escarpadas pendientes del Himalaya y ha viajado durante seis meses a través de Norteamérica haciendo autoestop. Con todo este bagaje de conocimientos y experiencias, Iliffe ha dado forma a El rey de Ítaca (Duomo Ediciones, 2009) una obra que, con una narrativa envolvente, nos transporta  a una época anclada entre el mito y la realidad histórica.

Con un inicio explosivo que atrapa desde el primer momento y capítulos que hacen difícil levantar la vista del papel, Iliffe nos introduce en las aventuras de un joven que, sin quererlo, se inmiscuye en asuntos de dioses y reyes, acompañando a uno de los héroes míticos de la Grecia Clásica, Ulises, en un viaje fascinante por el Peloponeso. Perseguido por sus propios fantasmas, contribuirá a construir el carácter del joven príncipe, que acabará transformado en el ingenioso rey famoso por su astucia. Iliffe explota con suma precisión la consabida interferencia de los dioses homéricos, envidiosos de la efímera existencia humana que nos hace disfrutar cada momento como si fuera el último, para intercalar el hilo histórico de la novela con la retórica fantástica de su narrativa.

Las descripciones, bien cuidadas, ayudan a recubrir la brutalidad implacable del momento con un halo de leyenda. Reyes, héroes y plebeyos, se entremezclan en una trama donde el honor, la amistad y el coraje insuflan al lector la necesidad de sumergirse en sus páginas. Destaca el cuidado esmero que el autor pone en el retrato de figuras como Agamenón, Ulises, la fascinante y bella Helena… así como la credibilidad de los diálogos y el marcado contraste entre la crueldad social y la extravagancia refinada de la Grecia homérica.

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Alejandro Magno y España

Posted on 01 mayo 2010 by Alberto de Frutos

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Alejandro Magno nunca estuvo en la Península Ibérica. Tras el asesinato de su padre Filipo II, el conquistador macedonio extendió las fronteras de su imperio hasta los ignotos confines orientales. Las campañas de Gránico (334 a.C.), Issos (333 a.C.) y Gaugamela (331 a.C.) le permitieron adentrarse en Asia Menor, Siria, Egipto y Mesopotamia, entre otras regiones. Conquistada Persia, se dispuso a someter a la India. Pero, ¿qué otros proyectos hubiera acometido de no haber muerto en Babilonia a los 33 años? Según nos cuenta el historiador griego Diodoro Sículo, la Península Ibérica podía ser su siguiente objetivo…

De acuerdo con el Libro XVIII de la Biblioteca Histórica, Crátero, “el más noble de los capitanes de Alejandro”, disponía de información fehaciente sobre las últimas voluntades del conquistador, pero Pérdicas, general y diádoco de Alejandro, uno de los encargados de administrar su herencia, “juzgó que era más prudente dejarlas sin efecto”.

Este curioso personaje, que acompañó al unificador de Grecia en sus campañas militares y fue herido en el sitio de Tebas (335 a.C.), destacó en sus últimos años por un acusado apego al poder, que le llevó a arrogarse el gobierno de Asia ante la incapacidad manifestada por quien había sido designado para suceder a Alejandro, su hermano Arrideo. Éste, según Apiano, “no estaba en sus cabales”. “Sin embargo –prosigue el autor de Historia romana–, los amigos de Alejandro dividieron en satrapías a los pueblos sometidos, y Pérdicas las repartió entre ellos”.

Diodoro Sículo concede al ambicioso Pérdicas el privilegio de la duda, al afirmar que, por “no quitar mérito a la sabiduría y discreción de Alejandro”, se tomó la molestia de referir al consejo de macedonios los asuntos que figuraban en el testamento del héroe.

De esa enumeración tan extremada, proviene en esencia la hipótesis acerca de las postreras intenciones de Alejandro, muerto en el palacio de Nabucodonosor II en 323 a.C. Tal vez el veneno que contenía la copa de Heracles que le sirvieron en una fiesta –o tal vez otro mal, puesto que “los más creen que esta relación del veneno fue una pura invención”, según Plutarco– acabara con unos sueños de poder y gloria nunca vislumbrados hasta entonces.

Bajo un féretro de oro, y cubierto por un paño mortuorio púrpura, sobre el cual se exponía su panoplia, yacían los restos de una de las mayores figuras de la Humanidad, un soldado que aprendió a razonar con Aristóteles como maestro, y que deshizo el “nudo gordiano” antes de conquistar el imperio persa y convertirse en un guerrero inmortal. A la par que se celebraban sus exequias y su féretro recorría los más de mil quinientos kilómetros que separaban Babilonia de Menfis y luego de Alejandría, se extendían los ecos de un ser divinizado en vida, y glorificado como una leyenda después de su muerte. Odiado y admirado a partes iguales, su fin coincidió con el de la era clásica de Grecia, y con el inicio del desmembramiento de un imperio forjado por aquel que quiso legar sus trofeos al “mejor” o “más fuerte”.

Alejandro atendiendo las lecciones de su maestro Aristóteles. Crédito: Wikipedia.

LOS PLANES DE UN MORIBUNDO
De acuerdo con Diodoro Sículo, entre los últimos planes de Alejandro se encontraba la construcción de “mil barcos de guerra, más grandes que los trirremes, en Fenicia, Siria, Cilicia y Chipre para la campaña contra los cartagineses y aquellos que viven por la costa de Libia e Iberia y las regiones costeras que se extienden hasta Sicilia”. Además, el hijo de Filipo II preveía trazar una carretera desde el norte de África hasta las columnas de Heracles –que se suponían en Cádiz–, así como “llevar poblaciones de Asia a Europa y también en la dirección opuesta de Europa a Asia, para traer unidad y amistad al continente más extenso a través de enlaces matrimoniales y la unión familiar”.

A la luz de su biografía, que empezó a cuajar en 336 a.C., cuando a los veinte años de edad heredó el trono de su padre, esa última empresa –la unión de Oriente y Occidente– resulta del todo verosímil, pese a que no falten quienes le nieguen la lucidez necesaria para llevarla a cabo. Nosotros preferimos apoyar al historiador francés Benoist Méchin, que, en Alejandro Magno (Caralt, Barcelona, 1976), explica que el sueño de fusionar ambas culturas nació, precisamente, de la cabeza del macedonio, en la llanura de Hekatompylos y ante el cadáver de Darío III, el último rey persa.

Extensión del imperio de Alejandro Magno. Crédito: Wikipedia. (Click para ampliar)

Pero, ¿qué decir de su otra aspiración, reflejada por un historiador que vivió cerca de tres siglos después de los hechos narrados? Autor de una Biblioteca Histórica en cuarenta volúmenes, la principal fuente de Diodoro para los temas griegos fueron los trabajos del historiador Éforo de Cime, mientras que sus informaciones sobre la conquista del Mediterráneo occidental y el establecimiento de una monarquía universal se basaron en obras posteriores. La historiografía actual, que no duda en aplaudir sus valiosos conocimientos sobre Egipto –que conoció de primera mano–, no le perdona, en cambio, su imprecisión con las fechas, ni la ausencia de un aparato crítico lo suficientemente riguroso.

Y, sin embargo, la minuciosa exposición de ese testamento no resulta descabellada. En Historia de Alejandro Magno (Gredos, 1986), Quinto Curcio Rufo da pábulo a su existencia, y abunda en tales conjeturas cuando, en el Libro X, sostiene que “Alejandro, abarcando en su ánimo proyectos sin límite, había decidido, una vez sometida toda la región marítima hacia Oriente, y odiando como odiaba a Cartago, dirigirse desde Siria a África; desde allí, y tras atravesar los desiertos de Numidia, encaminarse hacia Cádiz (donde era voz común que estaban colocadas las columnas de Hércules); después, alcanzar las Hispanias, que los griegos llaman Iberia por su río Ebro, y, tras atravesar los Alpes, costear el litoral de Italia desde el que la travesía al Epiro es corta”.

LA PENÍNSULA EN TIEMPOS DE ALEJANDRO
Presentemos, ahora, a los otros actores de este drama: los cartagineses. En la época en que el conquistador de Oriente hacía desfilar a su ejército por medio mundo, estos comerciaban en la península Ibérica con los pueblos fenicios radicados en ella.

Gracias a los detectives de la arqueología, podemos documentar, ya en el siglo VIII a.C., la existencia de comercio cartaginés en Gadir –actual Cádiz–, que se vio acentuado una centuria más tarde con el establecimiento de una colonia en Ebussus, la actual Ibiza. A lo largo del siglo VI a.C., los asentamientos fenicios fueron dando la bienvenida a las gentes del norte de África en centros como Ebussus, Gadir, Malaka, Sex, o Baria, y la influencia de Cartago sobre los íberos del sudeste y levante peninsular fue, cada vez, más pública y notoria, hasta el punto de que el especialista Carlos G. Wagner menciona incluso la construcción de pequeños recintos amurallados en plazas estratégicas, para el uso de los íberos.

Si bien es cierto que la penetración militar de Cartago no se produjo hasta 237 a.C., de la mano de Amílcar Barca, su hegemonía naval fue incuestionable desde mucho antes y hasta que la todopoderosa Roma se cruzó en su camino. Las olas del Mediterráneo centro-occidental se mecían al compás que marcaban los remos de sus penteras, y, en una fecha tan remota como 348 a.C., los cartagineses firmaron un tratado con Roma, por el que la presencia de esta república quedaba limitaba más allá de la Mastia de Tartessos (quizá Cartagena).

En La aventura de los romanos en Hispania (La Esfera de los Libros, 2004), Juan Antonio Cebrián ponía en relación al gran conquistador macedonio con el imperio cartaginés, que descollaba cada vez con más pujanza en el Mediterráneo: “En el siglo IV a.C., Alejandro Magno barrió del mapa a las orgullosas capitales fenicias y quedó como principal depositaria del monopolio comercial fenicio la cada vez más influyente colonia africana. Cartago fue una de las ciudades más hermosas del mundo antiguo”. ¿Por qué planeó entonces el Magno su destrucción?

Área de influencia cartaginesa antes de la Primera Guerra Púnica. Crédito: Wikipedia.

La memoria no ha guardado para la posteridad, en boca de Alejandro, una frase tan rotunda como aquella que pronunciara y repitiera Catón el Viejo en tiempos de la tercera guerra púnica: “Cartago ha de ser destruida” (Delenda est Carthago). Sin embargo, esa misma memoria puede sugerirnos las razones de su secular antipatía. Durante el sitio de Tiro, llevado a cabo por Alejandro en 332 a.C., Cartago se comprometió a sostener el cerco de la ciudad fenicia –fiel al persa Darío–, ya que los cartagineses veían a Tiro como a su madre patria.

Así pues, los legados de Cartago exhortaron a los tirios a resistir el asedio con espíritu decidido, y les prometieron que pronto les mandarían refuerzos. El sitio, que se prolongó durante siete meses, constituyó una de las mayores hazañas bélicas del estratega macedonio, tal como podemos comprobar en el capítulo que Mary Renault le dedica en Alejandro Magno. Una biografía (Edhasa, 1991), y que nos sobrecoge de admiración y espanto: “Al final Tiro fue asaltada por los barcos, con el apoyo del malecón, que pese a todo no llegaba hasta las murallas. Dueño del canal más próximo a tierra, Alejandro pudo acercar sus naves de asalto a las murallas más cercanas al mar, las que menos resistencia ofrecían. El día del ataque definitivo subió personalmente a una torre…”.

A la postre, el apoyo de Cartago a Tiro fue más anímico que material, pero, tras la caída de la ciudad en manos de Alejandro, los embajadores recibieron una soberana declaración de guerra, que el rey haría efectiva cuando se le terciara.

Fuera como fuese, su prematura muerte en Babilonia impidió que la amenaza pasara a mayores, por lo que Cartago pudo sobrevivir a la ira macedonia, para enfrentarse, con el devenir del tiempo, a un ejército tan audaz y victorioso: el de Roma. Imperialismo cartaginés contra imperialismo romano, con un resultado incierto a primera vista, pero que se inclinó del lado de la Loba a partir de la entrada de Cneo Escipión en Emporion, en 218 a.C. La destrucción final de Cartago tuvo lugar en las campañas de 149 a.C. a 146 a.C.

¿QUÉ HUBIERA PASADO SI…?
Volviendo a las ucronías –ese género que consiste en plantear lo que hubiera sucedido en el pasado si algún acontecimiento histórico no se hubiese desarrollado tal como fue–, cabe preguntarse qué hubiera pasado si Alejandro Magno hubiese mandado a sus huestes contra territorio íbero para desalojar a los cartagineses.

Pues, probablemente, que los macedonios habrían acabando chocando con las ansias expansionistas de Roma, en un duelo que ya se representó Tito Livio en Ab urbe condita (IX, XVII-XIX), con un resultado evidentemente favorable para los intereses de la Ciudad Eterna, entre otras cosas porque las falanges macedonias eran torpes en sus movimientos, y porque Alejandro no habría tenido la paciencia (ni habría vivido lo suficiente) para mantener una guerra larga contra Roma, como la que ellos sostuvieron durante veinticuatro años por mar con Cartago. ¿Qué otra cosa podía decir el historiador de Augusto?

Julio César ante la tumba de Alejandro, según un antiguo grabado.

Más generosos fueron, en cambio, los rendidos elogios que Julio César hizo de su figura histórica. En el año 69 a.C., César, nombrado cuestor por los Comicios, visitó el Heracleion gaditano, y rompió a llorar ante una estatua de Alejandro, lamentando que él, a su edad, aún no hubiera sido capaz de hacer nada, mientras que el macedonio había conquistado el mundo siendo muy joven. Las lágrimas de Julio César al pie de su estatua ilustraban a la perfección una de las sentencias más famosas atribuidas a Alejandro: “Es hermoso vivir con valor y morir dejando tras de sí fama imperecedera”. Él lo consiguió.

ANEXO
EL NUDO GORDIANO o cómo conquistar Asia en un momento
Las Vidas Paralelas de Plutarco reconstruyen, en la parte dedicada a Alejandro, uno de los episodios más conocidos de la trayectoria del jefe macedonio. ¿A qué nos referimos cuando hablamos de “nudo gordiano”? Demos la palabra al historiador griego:

“Después de esto sujetó a aquellos de los Pisidas que le hicieron oposición, puso bajo su obediencia la Frigia, y tomando la ciudad de Gordio, que se dice haber sido corte del antiguo Midas, vio aquel celebrado carro atado con corteza de serbal, y oyó la relación allí creída por aquellos bárbaros, según la cual el hado ofrecía al que desatase aquel nudo el ser rey de toda la tierra.

Los más refieren que este nudo tenía ciegos los cabos, enredados unos con otros con muchas vueltas, y que, desesperado Alejandro de desatarlo, lo cortó con la espada por medio, apareciendo muchos cabos después de cortado; pero Aristobulo dice que le fue muy fácil el desatarlo, porque quitó del timón la clavija que une con éste el yugo, y después fácilmente quitó el yugo mismo.

Desde allí pasó a atraer a su dominación a los Paflagonios y Capadocios, y habiendo tenido noticia de la muerte de Memnón, que, siendo el jefe más acreditado de la armada naval de Darío, había dado mucho en qué entender y puesto en repetidos apuros al mismo Alejandro, se animó mucho más a llevar sus armas a las provincias superiores de la Persia”.

ANEXO
ALEJANDRO MAGNO EN LA LITERATURA MEDIEVAL
Si bien Alejandro Magno nunca estuvo en la Península Ibérica, su presencia se hizo notar, y mucho, en la literatura medieval posterior, que quiso convertirlo en un personaje legendario, espejo de todas las virtudes caballerescas.

Tras la aparición, en el siglo III d.C., de la Novela de Alejandro, atribuida a un autor al que conocemos como Pseudo-Calístenes, la fama del conquistador macedonio traspasó todas las fronteras, merced a las numerosas traducciones del libro.

Uno de los clásicos más reputados de nuestras letras lleva por título Libro de Alexandre (siglo XIII), compuesto por 2.675 estrofas, que suman alrededor de 10.700 versos, y que constituye uno de los ejemplos más antiguos en España del mester de clerecía, una escuela que trabajaba con estrofas de cuatro versos de catorce sílabas.

“Los historiadores posteriores (a la época helenística), cuyas obras ya se han conservado, al menos en parte, como Diodoro, Quinto Curcio o Justino, constituyen un perfecto nexo entre esa tendencia a la fábula de los coetáneos de Alejandro y la pura narración novelada del Pseudo Calístenes”, en palabras del profesor Francisco Marcos Marín.

Las gestas de Alejandro Magno inspiraron obras como la Alexandreis o Alejandreida de Gautier de Châtillon (siglo XII), la Historia Alexandri Magni de Proeliis, de León de Nápoles (siglo X), o el poema francés Roman d’Alexandre (siglo XII), mientras que Alfonso X el Sabio las aborda con particular fortuna en su Grande e General estoria.

Aún más sorprendente resulta indagar en las versiones aljamiadas de su historia, como un Recontamiento del rey Alixandre, traducido del árabe, y donde la más loca fantasía impregna la biografía del conquistador macedonio, a quien vemos batallando por diferentes campos con la finalidad de extender la religión de Alá… “Cuantos prodigios de pueblos fabulosos, con un solo ojo, con cabeza de perro, con orejas que le dan sombra; cuantas aves y animales prodigiosos, cuantas virtudes escondidas en los metales y en las piedras pueden hallarse en las leyendas griegas y persas de Alejandro, otras tantas se ven reunidas en esta peregrina historia”, sentencia Marcelino Menéndez Pelayo en su Historia de los heterodoxos españoles.

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Brutales sacrificios humanos en la antigua Ur

Posted on 12 noviembre 2009 by Redacción

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Vista aérea del cementerio real de la antigua Ur. Crédito: Universidad de Pennsylvania.

En la década de los años 20 del siglo pasado, un equipo internacional de investigadores del Museo Británico y la Universidad de Pennsylvania (EE.UU.) descubrió en Iraq los restos del cementerio real de Ur, datado en torno al 2500 a.C. Allí, los arqueólogos dirigidos por el experto británico Leonard Woolley descubrieron con sorpresa los restos de unos 2.000 enterramientos que parecían atestiguar la práctica masiva de sacrificios humanos a gran escala: en el momento o con anterioridad al fallecimiento de un rey o una reina, varios miembros de la corte eran sacrificados para acompañar al monarca difunto.

En la época del hallazgo, Woolley determinó que los sacrificados debieron haber sido trasladados hasta las cámaras de enterramiento y, una vez allí, obligados a tomar un veneno que les produciría la muerte. Esta idea de una “muerte dulce” o no violenta se había perpetuado hasta nuestros días, pero un reciente estudio podría cambiar para siempre este punto de vista.

Trabajos de excavación en Ur, década de los 30. Crédito: Universidad de Pennsylvania.

Trabajos de excavación en Ur, década de los 30. Crédito: Universidad de Pennsylvania.

Con motivo de una exposición sobre objetos de Ur inaugurada recientemente en el Museo de Arqueología y Antropología de la Universidad de Pennsylvania, los investigaodres decidieron someter a una tomografía computerizada a dos de los escasos cráneos recuperados más o menos intactos en el yacimiento (la mayoría están completamente aplastados por el peso de la tierra acumulada durante siglos). Para sorpresa de los investigadores, ambos cráneos –de un hombre y una mujer– presentaban sendos orificios circulares de unos dos centímetros y medio de diámetro, con grietas que surgían radialmente de ellos.

Cráneo de una mujer sacrificada, vista mediante tomografía computerizada (izquierda) y joyas halladas en los enterramientos. Crédito: Universidad de Pennsylvania.

Cráneo de una mujer sacrificada, vista mediante tomografía computerizada (izquierda) y joyas halladas en los enterramientos. Crédito: Universidad de Pennsylvania.

Según la doctora Janet M. Monge, antropóloga de la Universidad de Pennsylvania, dichos orificios habrían sido producidos con un instrumento afilado mientras las víctimas estaban aún vivas, lo que les causó la muerte de forma casi inmediata. Los inesperados resultados parecen demostrar, sin lugar a dudas, que la hipotética “muerte dulce” por envenenamiento sugerida por Woolley no fue tal, y que las numerosas víctimas de los sacrificios humanos recibieron en Ur un trato mucho más brutal de lo que se creía.

Fuente: At Ur, ritual deaths that were anything but serene (The New York Times)

Información sobre el cementerio real y las investigaciones de Woolley: Las tumbas reales de Ur (Historiarte)

Exhibición on-line sobre el antiguo Iraq en el Penn Museum

Crédito imágenes: Universidad de Pennsylvania

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Religiones ibéricas

Posted on 01 septiembre 2009 by Javier García Blanco

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Detalle del sepulcro de Pozo Moro. Crédito: Luis García / Wikipedia.

Hasta la llegada del cristianismo en los primeros siglos de nuestra era, los antiguos habitantes de la península elevaron sus plegarias a los más variados dioses. Divinidades fenicias, griegas, egipcias y romanas se sumaron al panteón de dioses indígenas, dando forma a un rico muestrario religioso plagado de llamativas costumbres y supersticiones.

Mucho después de la cruel y sangrienta lucha entre los dioses y los titanes, un nuevo rey se alzó con el mando en el pueblo de los curetes. Se llamaba Gárgoris, y enseñó a sus compatriotas el arte de producir la miel. Su hija quedó embarazada antes de desposarse (dicen las malas lenguas que fruto de relaciones incestuosas) y el rey, deshonrado, ordenó que el niño fuera abandonado en el monte para que las bestias lo devoraran. Sin embargo, las fieras lo alimentaron, salvándolo de una muerte segura.

Cuando Gárgoris se enteró, pidió a sus hombres que lo arrojaran a un grupo de cerdas y perras hambrientas. De nuevo, en lugar de devorarlo, los animales le ofrecieron sus ubres y lo amamantaron. El monarca, irritado, hizo que lo lanzaran al mar, pero los dioses protegieron al niño, que llegó plácidamente a la orilla. Allí fue recogido y cuidado por una cierva.

Pasaron los años y el niño, criado como un salvaje, quedó un día atrapado en una trampa. Llevado ante Gárgoris, el rey lo reconoció y, comprendiendo que era una protegido de los dioses, le nombró su heredero, dándole el nombre de Habis. El joven se convirtió en un héroe civilizador, que enseñó a sus súbditos la técnica del arado y les dictó las leyes. Después prohibió el trabajo a los nobles y repartió al resto de la población en siete clases o ciudades.

Posible ubicación de la antigua Tartessos. Crédito: Wikipedia.

Posible ubicación de la antigua Tartessos. Crédito: Wikipedia.

Esta leyenda, recogida por el historiador Justino, constituye uno de los pocos relatos mitológicos que se conocen sobre la antigua cultura de Tartessos, la enigmática civilización que ocupó la costa suroeste de la península ibérica desde finales del 2º milenio a. C. hasta el siglo VI a. C.

La historia de Gárgoris y Habis posee innegables similitudes con otros relatos míticos –y otros supuestamente históricos– en los que el héroe sufre una infancia llena de desgracias o intentos de asesinato, pero que sobrevive gracias a la ayuda de las divinidades o de animales: Moisés o Rómulo y Remo son buenos ejemplos de ello. Este mito tartésico es un ejemplo de las influencias culturales y religiosas traídas de oriente por los comerciantes fenicios, que establecieron en la península sus colonias e insuflaron a los indígenas tartesios, herederos de la cultura megalítica del suroeste ibérico, buena parte de sus costumbres y creencias.

Y es que muchos siglos antes de que el cristianismo echara sus raíces en la península, los distintos pobladores de la “piel de toro” rindieron culto a una pléyade de divinidades, algunas de ellas indígenas y otras muchas importadas, fruto de las distintas influencias recibidas.

UN EXÓTICO PANTEÓN ORIENTAL
En lo que respecta a relatos mitológicos, sólo conocemos el de Gárgoris y Habis, citado por fuentes clásicas, y el que se refiere a Gerión, otro rey mítico, un pequeño reyezuelo-pastor, descrito como un ser de tres cuerpos o tres cabezas (según las versiones), que fue vencido por el semidiós Heracles, quien le robó sus rebaños.

El abanico de divinidades, sin embargo, era mucho más rico. La aculturación que se produjo con el contacto fenicio supuso la importación de diversas deidades orientales, especialmente de origen semita. Es el caso de la diosa Astarté, cuyo culto ha quedado de manifiesto con el hallazgo de numerosas piezas arqueológicas. Su rastro puede encontrarse en el célebre yacimiento tartésico de El Carambolo (Sevilla), donde se descubrió una figura de la diosa, desnuda y tocada con una peluca de estilo egipcio. Data de la 2ª mitad del siglo VIII a. C., y posee una inscripción que aclara su advocación: “Ofrenda que ha hecho Baal Jaton, hijo de Dommelek y Abdibaal, hijo de Dommelek, nigromantes de Astarté, como agradecimiento a Astarté-Ur por haber escuchado sus plegarias”.

Figurilla de Astarté descubierta en el yacimiento tartésico de El Carambolo.

Figurilla de Astarté descubierta en el yacimiento tartésico de El Carambolo.

Esta inscripción es, además, un ejemplo perfecto del carácter eminentemente práctico de las religiones ibéricas primitivas. Lo más probable es que los pueblos indígenas no contaran con un cuerpo sacerdotal bien estructurado, sino que el contacto con la divinidad debía ser directo, en los santuarios, y el culto de los fieles se reducía a la realización de ofrendas con la intención de obtener un beneficio, salud, protección, etc… En el caso de producirse, los sacrificios se reducían a la inmolación ritual de pequeños animales, como las palomas ofrecidas a Astarté.

Las ofrendas podían consistir en alimentos, libaciones rituales de líquidos (leche, aceite, miel…) o quema de incienso, como demuestra el hallazgo de pebeteros y quemadores con imágenes de divinidades. Sin embargo, lo más habitual era la ofrenda de exvotos.

Astarté de La Galera.

Astarté de La Galera.

Este carácter de ofrenda es también evidente en otra Astarté, la encontrada en la Tumba de la Galera, la antigua Tutugi (Granada). Esta hermosa figura, enmarcada por dos esfinges, tiene una abertura en la cabeza y los pechos, con orificios, se apoyan en un cuenco. Los fieles vertían sus libaciones en la cabeza, y el líquido surgía de los senos, llenando el cuenco.

Astarté (el equivalente fenicio de la Isthar acadia), era la diosa de la fecundidad,  del amor y la vida, pero también podía serlo de los astros y la guerra, por lo que se consagraban a ella las armas de los enemigos. Su culto se extendió rápidamente entre las poblaciones tartésicas, que la aceptaron sin dificultad, gracias al recuerdo aún fresco de la adoración, en el 2º milenio a. C., a una Diosa Madre de la fecundidad. Astarté estuvo asociada a la práctica de la prostitución sagrada, y es posible –aunque no hay evidencias– que también se realizara en la península ibérica.

Los tartesios, al igual que el resto de culturas mediterráneas, eran politeístas, y el panteón se completaba con otros dioses. Así, se han encontrado piezas que representan a la diosa egipcia Isis, como la hallada en La Aliseda. Otros descubrimientos parecen indicar la presencia de culto a Reshef o Hadad, divinidades orientales relacionadas con Astarté, las epidemias y el mundo de ultratumba.

Otro de los dioses conocidos por las poblaciones indígenas fue El, “el primero entre los dioses” (fue la divinidad más importante para los cananeos). Se han encontrado representaciones suyas en La Aliseda, así como en un sello de Puerta de Tierra (Cádiz). Otra divinidad traída por los fenicios, aunque su origen está en el país del Nilo, es el dios enano Bes, de carácter apotropáico (protector), a quien se acudía para sanar picaduras de serpiente y para auxiliar a las mujeres durante el parto. Se han encontrado algunas imágenes en la necrópolis fenicia de Sexi (la actual Almuñecar) que datan del 700 a.C., y en algunos amuletos.

Este singular panteón se completaba con Baal Samen, “señor del cielo” y Baal Hammon, “señor de los perfumes”. Este último tenía tres cabos consagrados por los fenicios: San Vicente, Palos y Segres.

Más importante aún fue el culto a Melqart, el dios tutelar de Tiro, divinidad solar que llegó con los primeros navegantes fenicios. Si Baal Hammon tenía tres cabos bajo su advocación, Melqart (más tarde asimilado a Hércules) contaba con dos islas en la costa, una junto a Huelva y otra cerca de Cartagena, con santuarios al aire libre. Además existió un importante santuario cerca de Cádiz, que poseía un templo –sobre el que Estrabón refiere que algunos identificaron erróneamente con las célebres columnas de Hércules– y otros dos santuarios en Ibiza.

La influencia fenicia no sólo trajo consigo una pléyade de dioses, sino también la creencia y el culto a determinados animales fantásticos (la esfinge y el grifo) y la adopción de determinados símbolos religiosos, como el Árbol de la Vida, además del uso de objetos mágicos, como amuletos o cinturones sagrados.

En cuanto a las costumbres mortuorias, las excavaciones arqueológicas indican que se daban tanto la inhumación como la cremación, ésta última de nuevo por influencia fenicia. En el caso de las cremaciones, se separaban los huesos de las cenizas, lavándose las osamentas e introduciéndolas en urnas que luego se tapaban con platos. Estas urnas podían ir acompañadas de broches de cinturón y platos de cerámica. Es posible que también se realizaran danzas fúnebres, como parecen atestiguar algunas representaciones de estos bailes funerarios.

EL LEGADO IBERO
Los motivos de la desaparición de Tartessos, ocurrida en el siglo VI a.C., siguen siendo una incógnita para los historiadores. Independientemente de las causas de su final, a partir de esa fecha la influencia fenicia se ve sustituida por la cartaginesa, aunque no por ello desaparecen las relaciones con Oriente.

Tras la cultura tartésica, son los turdetanos (uno de los pueblos iberos) quienes toman el “relevo” en un marco geográfico similar, gozando de su máximo esplendor en torno al siglo IV a. C. En lo que respecta a las creencias, subsistió el culto a Astarté, aunque bajo la forma de la Tanit cartaginesa, diosa guerrera consorte de Baal, que tuvo gran aceptación entre los iberos. Se mantuvo el culto a Melqart, pero se sumaron nuevas deidades, como Atenea o Adonis, así como algunos dioses infernales.

También siguieron rindiendo culto a animales fantásticos como esfinges, sirenas, grifos… y a otros reales, como el lobo y el toro (ver anexo). Otros animales, como el ciervo y el león, tuvieron un significado funerario, y aparecen habitualmente en tumbas como guardianes de las sepulturas.

Los ritos mortuorios parecen los mismos que los del periodo anterior, pero algunos hallazgos indican que en ocasiones se practicaban competiciones y juegos con motivo del funeral de personajes importantes.

La Dama de Baza. Crédito: Luis García / Wikipedia.

La Dama de Baza. Crédito: Luis García / Wikipedia.

El panorama religioso es igualmente rico en el resto de territorios iberos no turdetanos. Hubo una especial devoción a las Diosas Madres, representantes de la vida y la fecundidad. Este podría ser el significado de obras tan famosas como la Dama de Baza o la Dama de Elche. Aunque no se pueda asegurar con rotundidad, estas dos célebres figuras podrían ser versiones iberas de la diosa Tanit, como explica el profesor José María Blázquez. Ambas cuentan en su parte posterior con huecos, probablemente para albergar las cenizas del difunto.  En cualquier caso, la identificación con la diosa cartaginesa es innegable en algunas figurillas similares encontradas en Ibiza.

La célebre Dama de Elche. Crédito: Francisco J. Díez Martín / Wikipedia.

La célebre Dama de Elche. Crédito: Francisco J. Díez Martín / Wikipedia.

En cuanto a los dioses masculinos, se han encontrado figuras de una divinidad que suele ir acompañada de caballos, animales o genios alados, además de restos correspondientes a un dios de la guerra.

Esfinge de Agost, en el Museo Arqueológico Nacional. Crédito: Luis García / Wikipedia.

Esfinge de Agost, en el Museo Arqueológico Nacional. Crédito: Luis García / Wikipedia.

Las poblaciones iberas practicaron también un culto a los animales fantásticos, y encontramos de nuevo esfinges, grifos y criaturas androcéfalas (con cabeza humana). Un magnífico ejemplo lo constituyen la esfinge de Agost o la más conocida Bicha de Balazote (Albacete), un toro con cabeza humana, quizá una asimilación del griego Aqueoloo. Otros animales tenían un sentido funerario, como las sirenas o los leones. Éstos últimos solían aparecer como guardianes de tumbas.

La "Bicha de Balazote". Crédito: Luis García / Wikipedia.

La “Bicha de Balazote”. Crédito: Luis García / Wikipedia.

Otro de los aspectos que llama la atención dentro de la religiosidad ibérica es el del uso de cuevas-santuario, una costumbre que en algunos casos se había heredado de la época neolítica, y que se prolongó bajo dominio romano e incluso hasta el periodo medieval. En su interior o en las cercanías se han encontrado numerosas ofrendas y piezas cerámicas, así como restos de comidas rituales y de sacrificios animales.

Aunque pueda sorprendernos, las evidencias arqueológicas parecen indicar que los sacrificios no se reducían únicamente a la inmolación de animales. Los arqueólogos creen haber hallado restos de varios tofet –lugares destinados al sacrificio– en distintas poblaciones iberas. En estos tofet, siguiendo una costumbre practicada por los fenicios, los antiguos habitantes peninsulares habrían sacrificado a sus primogénitos. Se han encontrado evidencias de estos enclaves tan siniestros en Illici (la actual Elche), Cuyram (Ibiza) y en Cádiz.

En lo que respecta a las costumbres funerarias, los pueblos iberos practicaban la cremación de forma habitual. Los difuntos eran vestidos con trajes de gala para la ocasión, como demuestran los restos de tejidos encontrados en algunos yacimientos. Es posible que esta costumbre se acompañara con la celebración de algún tipo de banquete funerario. En el caso de los guerreros, por ejemplo, sus restos eran enterrados con las armas que usaron en vida, aunque antes de la inhumación se procedía a “anular” el filo. Tras la quema del cadáver las cenizas se enterraban en un hoyo o en un nicho. Tal y como explica José María Blázquez, estos rituales parecen indicar que los iberos creían “que la tumba era la morada del difunto, por lo que era enterrado con los objetos de uso personal”.

CELTÍBEROS, LUSITANOS, VASCONES…
Este crisol de divinidades, creencias y supersticiones se completaba con las que poseyeron los pobladores indígenas del resto de la península, un grueso de población formado por pueblos como los lusitanos, astures, cántabros, carpetones, vetones, etc… habitualmente denominados celtíberos –aunque en propiedad éstos eran un grupo concreto dentro de los distintos pueblos celtas peninsulares–, diferenciados del área cultural ibérica. Aunque todavía existen dudas al respecto, es muy posible que el origen de estas poblaciones se encuentre en las olas de expansión de culturas como la del “vaso campaniforme” y más tarde la de los “campos de urnas”. Estos pueblos habrían heredado costumbres y creencias de aquellas primeras culturas, y más tarde terminaron de moldearse gracias a sus contactos con los tartesios e iberos.

Antes del I milenio a. C., estos grupos de población mantenían rituales y creencias de origen indoeuropeo, adorando divinidades indígenas como Navia, Cosus, Reve o Lug. Entre sus costumbres llaman la atención las ofrendas de armas que realizaban a las aguas.

Siglos después serían los celtíberos –en el sentido general del término– quienes ocuparían esta parte de la península. Al igual que ocurría con los iberos, no parece que estos pueblos indígenas contaran con un sacerdocio muy organizado, aunque si debían existir sacerdotes que actuaban como adivinos y magos. En cuanto a los santuarios, no solían erigirse templos, sino que los lugares sagrados eran siempre enclaves naturales como fuentes, montañas o campos.

En algunos de estos pueblos celtibéricos, como entre los cántabros, era habitual el sacrificio de caballos para beber su sangre. Este ritual tenía un claro componente mágico e indica que consideraban sagrados a estos animales, tal y como relataron Silio Itálico u Horacio. En la zona norte de la península también era habitual la inmolación de otros animales, como cabras y machos cabríos, e incluso están documentados suouetaurilia, sacrificios conjuntos de toro, cerdo y carnero. Estas ejecuciones rituales tenían como objeto la adoración a alguna divinidad indígena. Por otra parte, parece que también se dieron sacrificios humanos entre los pueblos del norte, en honor a un dios autóctono identificado con Marte.

La adivinación también era una práctica muy importante. Autores clásicos como el ya citado Silio Itálico nos hablan de las costumbres de los galaicos, que realizaban sus vaticinios observando el vuelo de las aves o examinando las entrañas de los animales. Esta costumbre, que era practicada por hombres y mujeres, seguía las mismas técnicas de los antiguos augures etruscos. Otros grupos, como los vascones y los lusitanos, también eran grandes adivinos, aunque éstos últimos requerían siempre de sacrificios humanos para que los augurios resultaran efectivos.

Otras supersticiones llamativas tenían un carácter mágico y, para nuestros ojos actuales resultan bastante escabrosas. Entre ciertos grupos, como relata Plinio, era habitual comerse los sesos de un oso, en la creencia de que el gourmet adquiría así la fiereza y poder del animal. No menos curiosas eran las llamadas mascaradas, celebraciones en las que los participantes se disfrazaban con pieles de ciervos antes de entregarse a goces sexuales y que claramente tenían un sentido de fertilidad. Algunas de estas mascaradas, aunque “descafeinadas”, continúan celebrándose hoy en algunas poblaciones españolas.

En cuanto a los dioses propiamente dichos, apenas se han conservado imágenes de los mismos, a diferencia de lo que ocurrió con otros pueblos europeos. Sin embargo, gracias a numerosas inscripciones epigráficas sabemos que adoraron a una nutrida nómina de divinidades, tanto propias como asimiladas de otras culturas. Así, se conservan representaciones del dios galo Cernunnos, Sucellus o el llamado Marte de los Pirineos, un dios-guerrero propio, aunque asimilado a la divinidad romana. Más importante –al menos por el número de inscripciones halladas– era el dios Endovellico, un dios infernal y de las moradas de ultratumba. Otras divinidades destacadas eran Epona, vinculada con el ganado, o Ataecina.

Además de estas divinidades concretas, dentro de los distintos pueblos celtibéricos se rendía culto a ciertos elementos de la naturaleza. Así, en Galicia había una devoción especial por las aguas, las piedras, los montes y los bosques. En otros lugares se creía también en los genius loci (genios del lugar) o divinidades de los caminos. Y, al igual que otros pueblos celtas, los bosques eran considerados lugares sagrados muy especiales.

Las costumbres funerarias no son menos singulares. Silio Itálico aseguraba en sus textos que los celtíberos tenían la costumbre de ofrecer los cadáveres de los guerreros caídos en el campo de batalla a aves carroñeras. Esta costumbre tenía su origen en la creencia de que estas aves transportaban las almas al más allá y es una evidencia de que creían que el reino de ultratumba se encontraba en el cielo.

Con el grueso de la población, sin embargo, los rituales funerarios eran más sencillos, y tenían la cremación como rito principal. Se procedía a quemar del cadáver en una pira alejada del lugar de enterramiento. Después las cenizas se colocaban directamente sobre la tierra o bien dentro de unas piezas cerámicas. Los restos iban acompañados de un ajuar funerario y ofrendas.

La llegada del cristianismo supuso un paulatino abandono de todas estas creencias paganas. Sin embargo, distintas fuentes históricas dejan de manifiesto que muchas de estas costumbres no fueron sencillas de eliminar. En una fecha tan tardía como el siglo VII, muchos lugares de la península conservaban algunas de estas creencias entre la población. En aquella dura pugna con el paganismo, la Iglesia tuvo que esforzarse en sustituir a los dioses paganos con santos, y cristianizó santuarios y lugares sagrados con la construcción de ermitas y templos de nuevo culto, en un intento para lograr que la población asimilara más fácilmente la nueva doctrina. A pesar de todo el tiempo transcurrido, hoy todavía es posible captar, en algunas costumbres, el poso sagrado que nos legaron los antiguos habitantes peninsulares.

ANEXO
EL CULTO AL TORO
Desde la época neolítica, el toro ha recibido una atención especial por parte de los pobladores peninsulares, pues se le otorgó un carácter sagrado. Con la llegada de los fenicios, esta percepción sagrada se vio acentuada, pues el culto a este animal fue un elemento común en las culturas mediterráneas. Entre las evidencias dejadas por los pueblos iberos de este culto al toro encontramos piezas como el llamado Toro de Porcuna, de clara influencia oriental. Parece ser que el toro estuvo muy relacionado con los cultos a Hércules-Melqart y a Tanit, y a menudo se han encontrado imágenes de estos animales en necrópolis, en relación con monumentos funerarios. En otros casos, el toro aparece vinculado a símbolos astrales, como en una figurilla en bronce descubierta en Azaila, en la que el animal lleva una especie de roseta en la frente, o en piezas de cerámica descubiertas en Numancia.

Toros de Guisando (Ávila). Crédito: Wikipedia.

Toros de Guisando (Ávila). Crédito: Wikipedia.

Entre los ejemplos más célebres de imágenes de toros se encuentran los llamados verracos, grandes esculturas pétreas que, según las hipótesis más populares, constituirían monumentos funerarios. También pudieron tener un sentido mágico, quizá con la finalidad de proteger y favorecer al ganado.

Esta profusión de imágenes de toros parece despejar cualquier duda sobre su carácter sagrado, aunque esto no implica que fuera considerado un dios.  En general, el toro es un símbolo de fecundidad, de vida, y del carácter positivo de las fuerzas de la naturaleza.

ANEXO
TUMBAS Y SANTUARIOS
Entre los monumentos funerarios y santuarios que nos legaron las poblaciones ibéricas primitivas destacan especialmente dos: el mausoleo de Pozo Moro (Albacete) y el santuario de Cancho Roano (Badajoz).

El mausoleo de Pozo Moro. Crédito: Luis García / Wikipedia.

El mausoleo de Pozo Moro. Crédito: Luis García / Wikipedia.

Relieve con escena de banquete, mausoleo de Pozo Moro. Crédito: Luis García / Wikipedia.

Relieve con escena de banquete, mausoleo de Pozo Moro. Crédito: Luis García / Wikipedia.

El primero de estos monumentos perteneció con seguridad a un personaje importante, quizá un reyezuelo o un jefe mitificado. Hoy este mausoleo, anterior al siglo V a.C. (fecha en la que se derrumbó), está expuesto en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid. Posee un claro influjo oriental, y está custodiado por cuatro leones que siguen el estilo neohitita. Lo más llamativo son una serie de relieves, en los que se muestra un banquete funerario con dioses infernales y monstruosos, una posible recreación de un episodio del mito de Gilgamesh y una llamativa escena sexual.

A pesar de las polémicas que ha motivado al respecto, todo parece indicar que el conjunto de Cancho Roano, construido en torno al siglo VI a. C., se corresponde con un palacio-santuario sagrado, como atestiguan los distintos altares hallados en el recinto o el hecho de que esté perfectamente orientado a la salida del sol.

Recreación informática del santuario de Cancho Roano.

Recreación informática del santuario de Cancho Roano.

BIBLIOGRAFÍA:

-ALVAR, Jaime (coord). Entre fenicios y visigodos. Ed. Esfera de los libros. Madrid, 2008.

-BENDALA, Manuel. Tartesios, iberos y celtas. Ed. Temas de Hoy, 2000.

-BENDALA, Manuel. La Antigüedad: De la prehistoria a los visigodos. Silex ediciones, 1990.

-BLÁZQUEZ, José María. Religiones, ritos y creencias funerarias de la Hispania prerromana. Ed. Biblioteca Nueva, 2001.

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