Desde hace más de un siglo, arqueólogos de todo el mundo se afanan en excavar las áridas tierras de Egipto con la intención de sacar a la luz tesoros arqueológicos que permitan desentrañar los enigmas de la fascinante cultura faraónica. Tumbas, templos, pirámides… miles de horas de trabajo invertidas, con la mirada siempre dirigida a restos hasta entonces sepultados bajo la arena. Sin embargo, un reducido grupo de investigadores ha conducido sus pesquisas en otra dirección. Dejando en un segundo plano las herramientas propias del arqueólogo –aunque con esta disciplina siempre presente–, especialistas de distintos campos, han levantado sus ojos al firmamento, con la esperanza de encontrar en el Cosmos nuevas respuestas a algunos de los enigmas del país del Nilo.
Arqueólogos y egiptólogos coinciden en destacar el papel capital que jugó el Nilo en el desarrollo de la civilización faraónica. Su importancia fue tal que se ha llegado a afirmar que, de no haber existido el Nilo, hoy no disfrutaríamos de la impresionante visión de las pirámides, ni de los numerosos templos que salpican la geografía del país. El Nilo, con sus crecidas, generaba a su paso una fertilidad que permitió el desarrollo agrícola y económico de la civilización. Por este motivo, no resulta extraño que cuando los antiguos egipcios se percataron de una curiosa circunstancia celeste, pusieran toda su atención en el cielo.
El Nilo, a su paso por Agilkia. (Crédito: Heinz Albers / Wikipedia)
Los egipcios descubrieron que cuando la estrella Sepedet (nuestra actual Sirio) surgía por el horizonte, anticipándose a la salida del sol al amanecer –en fechas próximas al solsticio de verano–, comenzaban las esperadas crecidas del río que generaban la consiguiente riqueza derivada de las cosechas. Esta casual y feliz circunstancia motivó la creación de un complejo calendario que permitía a los antiguos egipcios “predecir” el inicio de la época de la inundación, y por lo tanto anticiparse y “controlar” este fenómeno natural. De este modo, los egipcios organizaron el año en tres estaciones (Ajet o “inundación”, Peret o “crecimiento” y Semnu o “ausencia de agua”) compuestas a su vez por cuatro meses. Junto a este calendario religioso, crearon otro que podríamos denominar “civil”, compuesto por doce meses de treinta días cada uno, sumando un total de 360 días. A estos se sumaron otros cinco, llamados Epagómenos, y que fueron dedicados a los hijos del dios-sol: Isis, Seth, Neftis, Osiris y Harendotes. De este modo, el calendario estaba formado por 365 días, siendo el origen del que utilizamos hoy en día.
Además del contenido religioso que los antiguos egipcios otorgaban a estos calendarios, encontramos otros ejemplos muchos más evidentes del binomio astronomía-religión en la civilización faraónica.Junto a las correspondencias de estrellas/constelaciones y dioses (ver anexo) los llamados Textos de las pirámides (un conjunto de textos relacionados con el más allá grabados en las pirámides de algunos reyes de la V Dinastía) aluden en numerosas ocasiones a este vínculo sagrado. En estos documentos jeroglíficos señalan, por ejemplo, que se creía que el faraón, tras su muerte, se convertía en estrella y se trasladaba al cielo acompañado por las divinidades. Curiosamente, para los antiguos egipcios, el firmamento estrellado y el más allá se entremezclaban y confundían, llegando a identificarse como una misma cosa.
Dada su importancia, no resulta extraño que los sacerdotes egipcios fueran avezados astrónomos, y que custodiaran ese conocimiento –tan vinculado al poder– bajo el mayor de los secretos. En este sentido, por ejemplo, tenemos constancia de que los sacerdotes de la sagrada ciudad de Heliópolis –dedicada al dios sol– fueran destacados astrónomos, y que el más importante de todos ellos, el sumo sacerdote, fuera denominado “Jefe de observadores”.
Teniendo en cuenta estos antecedentes, que demuestran de forma rotunda la importancia de la observación de estrellas para la antigua civilización egipcia, resulta extraña la escasa atención que habitualmente han prestado a la cuestión la mayor parte de los egiptólogos.
EL TEMPLO DEL SOL
El templo mayor de Abu Simbel, magistralmente excavado en la roca y con sus esculturas colosales custodiando el acceso al edificio, es hoy uno de los enclaves más visitados por los turistas ávidos de conocer el país de los faraones. Y es precisamente aquí, en este lugar sagrado erigido en la época de Ramsés II, donde encontramos uno de los ejemplos más llamativos y hermosos de edificios orientados astronómicamente.
Fachada del templo de Ramsés II en Abu Simbel (Crédito: Przemyslaw Idzkiewicz / Wikipedia)
Su particular ubicación ha permitido que, durante siglos, el sol obrara un curioso “milagro”. El 22 de octubre y el 22 de febrero –según algunos autores, dos días después de la fecha de aniversario de la llegada al poder del faraón y de su cumpleaños, respectivamente– los rayos del sol naciente atraviesan el umbral del templo, alcanzando e iluminando tres esculturas, correspondientes a Ra Horajti, Amon-Ra y el propio monarca divinizado. Una cuarta estatua, que representa al dios Ptah, permanece siempre a oscuras, seguramente porque en el panteón egipcio, este dios está vinculado con el inframundo. La importancia de este “milagro solar” obtenido mediante orientación astronómica es tal que, cuando en 1964 el edificio tuvo que trasladarse por las obras de la presa de Asuán, los ingenieros de la UNESCO que dirigían los trabajos escogieron una ubicación concreta en la que se repitiera el efecto lumínico. Esta es la razón de que actualmente el fenómeno se retrase dos días, pues en la época de su construcción tenía lugar el 20 de octubre y el 20 de febrero.
La hierofanía solar de Abu Simbel (Crédito: Wikipedia)
No es la única sorpresa que posee el templo mayor de Abu Simbel. A la derecha de las colosales estatuas sedentes que representan al faraón hay una capilla de reducidas dimensiones, dedicada a Ra Horajti. Este pequeño santuario también está orientado astronómicamente, en este caso a la salida del astro rey en el solsticio de invierno. Esta misma orientación solsticial es la que parece haber sido utilizada por los constructores egipcios que alinearon el fascinante templo de Amón en Karnak.
Precisamente, este templo fue objeto del primer estudio que podríamos denominar “arqueoastronómico” sobre el Antiguo Egipto. En 1894, el astrónomo sir Norman Lockyer planteó la hipótesis de que el edificio había sido orientado en relación a la puesta de sol en el solsticio de verano. Pero cometió un error. Lockyer desarrolló su propuesta utilizando planos de Karnak sin visitar el lugar personalmente, por lo que no se dio cuenta de que el Sol poniente quedaba fuera de la visión por culpa de unas colinas. Es muy probable que, tal y como señala el experto español Juan Antonio Belmonte, el error de Lockyer fuera una de las causas del rechazo y desinterés de la egiptología por las teorías arqueoastronómicas.
Sin embargo, si Lockyer hubiera propuesto la dirección opuesta, habría dado en el clavo, pues el templo está orientado perfectamente hacia la salida del sol en el solsticio de invierno. Dicha orientación se repite también, al igual que en Abu Simbel, en una pequeña capilla dedicada a Ra Horajti, ubicada en la parte posterior del templo.
Belmonte, especialista que desarrolla su labor en el Instituto de Astrofísica de Canarias, añade otra circunstancia importante: el templo de Karnak está junto al Nilo, en “el único lugar de todo el Valle del Nilo en el que la dirección del solsticio de invierno es perpendicular al río”. En opinión del astrofísico y arqueoastrónomo español, se trata de una evidencia de que tanto la orientación como la ubicación del templo fueron premeditadas.
A diferencia de lo que sucedió en el templo de Karnak, que mantuvo la orientación de su eje a pesar de las sucesivas ampliaciones que sufrió, el santuario de Luxor cuenta con un eje principal que fue “torciéndose” hacia el nordeste tras sufrir varias ampliaciones. Fue Lockyer, de nuevo, quien propuso por primera vez que el templo de Luxor fue orientado tomando una estrella como referencia. A causa de la precesión de los equinoccios, las ampliaciones habrían cambiado la posición del eje, como forma de mantener la orientación hacia la estrella. Esta propuesta, que implicaba que los antiguos egipcios conocían ya el fenómeno de la precesión, ha recibido el apoyo de numerosos estudiosos aunque otros, como Belmonte, se muestran cautos y recuerdan que falta la “prueba definitiva” que permita demostrarlo.
Planta del templo de Luxor, con su característico eje desviado
Las aportaciones de Belmonte a la arqueoastronomía se cuentan entre las más destacadas de esta disciplina. En colaboración con los expertos Mosalam Shaltout, del Observatorio de Helwan, y Magdi Fekri, de la Universidad de Minufiya, el investigador del IAC realizó un completo trabajo en el que se estudiaron las posibles orientaciones astronómicas de más de 90 templos y monumentos del Antiguo Egipto. Entre otras conclusiones, los investigadores determinaron que los enclaves sagrados egipcios se orientaban en función del paisaje circundante, teniendo principalmente en cuenta al Nilo. Y, si este no estaba presente, entonces se daba mayor importancia al paisaje celeste.
Así, descubrieron que destacaban seis orientaciones astronómicas. Durante la época de las pirámides predominaban las orientaciones equinocciales, mientras que en el Imperio Nuevo lo hacían las solsticiales. Pero además, cuatro estrellas (Sirio, Vega, Canopus y Alfa Centauri) –de las que tres se correspondían con importantes divinidades– constituían también orientaciones importantes en algunos casos, tal y como explica el propio Belmonte en su libro Las leyes del cielo (Temas de Hoy, 1999).
EL SECRETO ESTELAR DE LAS PIRÁMIDES
De entre todas las construcciones del Antiguo Egipto, sin duda alguna las pirámides de la meseta de Giza –y en especial la de Keops– son las que más fascinación e interrogantes han despertado entre turistas, egiptólogos e historiadores. Y, precisamente, en lo que respecta a la arqueoastronomía, estas moles pétreas han sido también fuente de los mayores debates entre diversos especialistas.
Pirámides de Giza (Crédito: Ricardo Liberato / Wikipedia)
Una de las “claves” astronómicas que poseen las pirámides de Giza consiste en que están orientadas perfectamente a los cuatro puntos cardinales, con una precisión tan ajustada –aunque no carente de cierto error– que ha sorprendido a los investigadores desde hace más de un siglo. La pregunta de cómo pudieron los antiguos egipcios, hace más de 4.000 años, lograr una orientación tan correcta se sumaba así a la ya larga lista de enigmas planteados por estas gigantescas construcciones.
La cuestión despertó escaso interés entre los egiptólogos durante el siglo XX hasta que a finales del año 2000 la doctora Kate Spence publicaba un interesante artículo en la revista Nature, en el que se atrevía a apuntar una nueva hipótesis sobre la cuestión. Spence, profesora en la prestigiosa universidad británica de Cambridge, examinó cuidadosamente todos los datos a su alcance y, con ayuda de sofisticados programas informáticos, llegó a la conclusión de que los antiguos egipcios realizaron el alineamiento tras observar detenidamente los movimientos de dos estrellas de la región norte del firmamento, Kochab (en la Osa Menor) y Mizar (en la Osa Mayor).
Según Spence, los constructores de las pirámides descubrieron que cuando una de estas estrellas estaba “sobre la otra”, la línea imaginaria que las unía señalaba directamente al norte. Además de la importante información aportada por la doctora Spence, su artículo jugó otro destacado papel, pues logró reavivar el interés por la arqueoastronomía, en un momento en el que escaseaban los trabajos al respecto.
Sin embargo, su hipótesis no ha quedado ahí, pues otros investigadores han matizado o ampliado las conclusiones de su hipótesis. Uno de ellos es, precisamente, el citado Juan Antonio Belmonte. Tras analizar los datos ofrecidos por Spence, y apoyándose en referencias egipcias a la ceremonia conocida como “tensado de la cuerda” y en la observación de la ubicación actual de la Estrella Polar en relación a varias estrellas de la Osa Mayor, Belmonte propuso una variante a la hipótesis de la experta británica. En su opinión, la orientación tan precisa de las pirámides “podría haberse conseguido mediante la observación del tránsito meridiano” de Phekda y Megrez, dos estrellas del “Carro”, que al ser unidas por una línea imaginaria, apuntaban directamente a la estrella que “actuaba” como Polar a mediados del tercer milenio a.C., época de construcción de las pirámides.
La citada ceremonia del “tensado de la cuerda” aparece representada en numerosas tumbas y piezas egipcias, y en dicha escena aparecía el faraón acompañado por Seshat (diosa de la escritura) mientras estiraban una cuerda sujeta a dos varas. Esta ceremonia, cuya celebración está documentada ya en la época de la I Dinastía, tenía como objeto obtener el eje de orientación de un templo a construir. Durante su realización se tomaba como referencia una región del firmamento llamada Mesjetiu, “Pata de Buey”, que se correspondería con las siete estrellas más brillantes de nuestra Osa Mayor. Por desgracia, no sabemos con exactitud qué estrella concreta se utilizaba para realizar la orientación, pues las referencias no son lo suficientemente explícitas, a pesar de que en algunos casos, como en la representación existente en el templo de Hathor en Dendera, se cita a Aj Mesjetiu, “la brillante de la Pata de Buey”.
Mesjetiu, representada como una pata de buey y cabeza de toro, atada al polo norte celeste (representado por el hipopótamo), y desafiado por Horus. (Crédito: Heinrich Brugsch)
Otra curiosa característica de las pirámides, conocida desde el siglo XIX, consiste en que si unimos las esquinas sudeste de las pirámides de Keops, Kefrén y Micerinos, la línea resultante señala directamente a la ubicación de la antigua ciudad de Heliópolis, una de las urbes sagradas más importantes del Antiguo Egipto, cuyo culto estaba dedicado al dios-sol. Desde el descubrimiento de este hecho, mencionado por primera vez en 1852, se ha señalado la probabilidad de que dicho alineamiento tuviera un significado simbólico, aunque todavía no se ha determinado con exactitud.
EL HORIZONTE DE KEOPS
Interesado por la orientación de las pirámides y por la “diagonal de Giza”, el matemático y arqueoastrónomo italiano Giulio Magli, profesor en la Universidad Politécnica de Milán, decidió profundizar en las curiosas características astronómicas del complejo de Giza. Para ello, analizó varios alineamientos conocidos de las pirámides –cuyas características son realmente fascinantes– y descubrió otros nuevos. Durante una campaña de investigación en Giza, el egiptólogo estadounidense Mark Lehner se percató de que, en el solsticio de verano, el sol poniente queda “enmarcado” por las pirámides de Keops y Kefrén.
Esta circunstancia podía quedar en una alineación más, de no ser porque, para un observador que contemplara el fenómeno en la época de las pirámides, la imagen visible ante sus ojos tenía un significado muy concreto: la figura formada por el sol entre el horizonte, enmarcado por las dos pirámides, era idéntica al jeroglífico Akhet, que significa “horizonte”. Si tenemos en cuenta que algunas inscripciones posteriores a la pirámide de Keops la mencionan como Akhet Khufu (“El horizonte de Keops”), no hay ninguna duda de la intencionalidad del mensaje simbólico. Se trata de una espectacular hierofanía (una manifestación de lo sagrado), cuya intención era, precisamente, remarcar que el horizonte “pertenecía” a Keops.
El Sol poniéndose entre las pirámides de Giza. (Crédito: Adrian Lazar / Flickr)
Teniendo en cuenta este hecho, además de otras orientaciones descubiertas por él y la circunstancia de que la pirámide de Kefrén resultara “invisible” desde Heliópolis debido a la “diagonal de Giza”, Magli propuso una desconcertante hipótesis: Kefrén podría no haber sido el constructor de la pirámide que se le atribuye. Además, proponía también una cronología inversa; es decir, la pirámide de Kefrén podía haber sido anterior en algunos años a la de Keops.
Tras comentar con Belmonte dicha propuesta, el investigador español y sus colegas egipcios propusieron una nueva hipótesis, que parecía más acertada para explicar la llamativa hierofanía del jeroglífico Akhet “en tres dimensiones”: ambas pirámides, la de Keops y la de Kefrén, así como la Esfinge y los templos cercanos, pudieron haber sido en realidad parte de un proyecto único, ideado por Keops para crear ese potente mensaje simbólico, del mismo modo que su padre, Snefru, había erigido dos pirámides en Dahshur. Habría sido años después cuando Kefrén se habría atribuido para sí la propiedad de la pirámide que lleva hoy su nombre…
ORIÓN EN EGIPTO
Junto a estas hipótesis planteadas en los últimos años por distintos arqueoastrónomos, otros investigadores más alejados de la ortodoxia académica han propuesto también otras teorías –bastante polémicas y discutidas– de orientación astronómica para las pirámides de Giza.
El más célebre de todos ellos es, sin duda, el ingeniero y escritor egipcio Robert Bauval. En su best-seller El misterio de Orión (Edaf, 2007), Bauval planteaba la sugerente hipótesis de que la disposición de las pirámides de las tres pirámides de Giza constituía una representación en la Tierra de las tres estrellas centrales de la constelación de Orión. Estas tres estrellas eran identificadas por los antiguos egipcios con Sah (ver recuadro), una de las manifestaciones astrales del dios Osiris. La “imitación”, según Bauval, no se limitaba a estas tres pirámides, sino que otras construcciones piramidales erigidas por otros faraones también tenían su correspondencia celeste en la misma constelación.
Plano con la disposición de las pirámides de Giza. (Crédito: Wikipedia)
Las conexiones estelares no terminaban ahí. Según el investigador, los llamados “canales de ventilación” de la cámara de la reina y de la cámara del rey existentes en la Gran Pirámide también están orientados intencionadamente. En un caso a Sirio y Kochab, y en el otro a Thuban (la Estrella Polar de la antigüedad) y, de nuevo, a la citada constelación de Orión. Para Bauval, la finalidad que los antiguos egipcios dieron a estas orientaciones es clara: creían que de este modo facilitaban el viaje del alma del faraón al reino celeste, donde se uniría con Osiris. Aunque sin duda llamativa, la hipótesis de la “correlación de Orión” fue duramente criticada en ámbitos académicos, aunque también contó con el respeto de varios investigadores.
Entre los errores señalados por otros investigadores, por ejemplo Belmonte, está la circunstancia de que Bauval deja sin “emparejar” las dos estrellas más brillantes de Orión –Rigel y Betelgeuse– mientras que, al mismo tiempo, identifica dos pirámides construidas por Snefru (“La Brillante” y “La Brillante del Sur”) con Aldebarán y otra estrella que no destaca precisamente por su brillo.
Si las hipótesis defendidas por Bauval en El misterio de Orión y su siguiente trabajo al respecto, Guardián del Génesis (realizado junto a Graham Hancock) han sido polémicas, en su último libro, Código Egipto: el mensaje secreto de las estrellas (Martínez Roca, 2007), Bauval ha ido mucho más allá.
Tras más de trescientas páginas, Bauval llega a la conclusión de que prácticamente todas las construcciones del Antiguo Egipto fueron ideadas dentro de un complejo “plan maestro”, concebido para crear en la Tierra un mensaje simbólico impactante. “Se trata de un inmenso proyecto pangeneracional –explica Bauval– que comprendía la construcción de grupos de pirámides ‘estelares’ en lugares predeterminados para representar a Orión y a las Pléyades, así como también enormes templos ‘solares’ a ambas márgenes del Nilo, para definir la parte de la eclíptica a lo largo de la cual viajaba el dios del sol a través de la Duat, desde el equinoccio vernal hasta el solsticio de verano”. Un proyecto, en definitiva, que habría dado forma a un “Egipto cósmico”, creado piedra a piedra mediante templos, pirámides y construcciones orientadas astronómicamente, y cuyos secretos fueron custodiados durante tres mil años por sacerdotes astrónomos.
No se puede negar que la nueva propuesta de Bauval supone un planteamiento mucho más audaz de lo que habitualmente nos proponen los arqueoastrónomos. Pero, precisamente por eso, es previsible que su hipótesis recibirá de nuevo una lluvia de críticas, como ocurrió en su día con su teoría de la correlación de Orión.
En cualquier caso, e incluso deteniendo nuestra mirada sólo en los trabajos más ortodoxos, es evidente que la relativamente joven disciplina de la arqueoastronomía comienza a recibir la atención que le había sido negada durante años. Una circunstancia que, en el caso de las construcciones egipcias, es todavía más destacada. Suele decirse que gran parte de los tesoros arqueológicos egipcios esperan a ser desenterrados por los arqueólogos. Haciendo un símil, podríamos decir que los mayores secretos arqueoastronómicos de la fascinante civilización faraónica siguen aguardando, pacientes e imperturbables, a que elevemos nuestra mirada a las profundidades del Cosmos. Sólo hay que hacerlo en la dirección correcta.
ANEXOS
DIOSES, ESTRELLAS Y CONSTELACIONES
La relación de la religión egipcia con los astros del firmamento va mucho más allá de las orientaciones astronómicas de los templos o de los calendarios. Desde los albores de su civilización, los antiguos egipcios asociaron a algunos de sus dioses con cuerpos celestes concretos, con la peculiaridad de que en muchos casos una sola divinidad podía ser al mismo tiempo identificada con varios astros. Como es evidente por las referencias artísticas y documentales dejadas a su paso, el Sol ocupó el primer lugar entre el panteón egipcio. Ya desde las primeras dinastías estuvo asociado al dios halcón Horus, recibiendo el nombre de Ra. Su importancia fue tal que muchos monarcas lo añadieron a sus nombres, como es el caso de Jafra (Kefrén, en griego), Dyedefra (Didufri) o Menkaura (Micerinos), algo similar a lo que ocurrió con otros dioses, que también añadieron el mismo sufijo: Amon-Ra (El Oculto) o Sobek-Ra (el dios cocodrilo).
La diosa Nut. (Crédito: Wikipedia)
En cuanto al resto de dioses más célebres, Osiris fue identificado con Sah, que se correspondía con las tres estrellas del cinturón de Orión. Además, también se le reconocía en el planeta Venus. Por su parte, la diosa Isis era citada en los Textos de las Pirámides como la estrella Sepedet, nuestra actual Sirio. Por otra parte, Taueret –la diosa hipopótamo benefactora de las embarazadas–, era conocida como la “misteriosa del horizonte”, y se correspondía con la constelación del hipopótamo. Horus, además de su papel como astro rey, durante la noche podía relacionarse también con Marte, y con la constelación de Anu. Finalmente, el malvado Seth se identificaba con Mercurio cuando está en poniente, y también con Mesjetiu, la “Pata de Buey”. No menos importante era la diosa Nut, representada en numerosas ocasiones en las techumbres de tumbas y templos, y que ha sido tradicionalmente interpretada como una plasmación de toda la bóveda celeste, aunque algunos autores señalan que podría tratarse de una personificación de la Vía Láctea.
ZODIACOS Y TECHOS ASTRONÓMICOS
En ocasiones, las sorpresas astronómicas se encuentran en el interior de templos o tumbas y, más concretamente, en el techo de estos recintos. El lugar de enterramiento del faraón Seti I constituye uno de los ejemplos más hermosos, pues la bóveda de su tumba está decorada con varias constelaciones egipcias. Allí es posible reconocer a Mesjetiu, “la Pata de Buey” asociada a Seth, y también a sus enemigos Horus e Isis, representados por sus formas astrales. También aparece la Vía Láctea y tras ella, las representaciones de Sah (Osiris) y Sepedet/Sirio (Isis).
Fragmento del techo de la tumba de Seti I.
Otro ejemplo, muy conocido por encontrarse hoy en el parisino Museo del Louvre, es el llamado Zodiaco de Dendera. Esta llamativa pieza en relieve fue trasladada a Francia en el siglo XIX desde el templo de Hathor en Dendera y representa el cielo nocturno como un disco sostenido por cuatro mujeres y varios seres con cabeza de halcón. En este caso, la representación está influida por la fecha de la realización de la obra (siglo I a.C.), en una época de influencia grecorromana. Así, encontramos plasmados a los signos del zodiaco, pero también la “Pata de Buey”, Sah (Osiris), la “Vaca celeste” (Isis), además de otras figuras animales, correspondientes a sendas constelaciones. Para algunos autores, este zodiaco representaría un momento concreto del firmamento, datado en el año 51 a.C., coincidiendo con un eclipse de sol, que fue visible desde Egipto.
El Zodiaco de Dendera. (Crédito: R.M.N./H. Lewandowski / Museo del Louvre)
Otro ejemplo de zodiaco en un techo astronómico es el de la tumba de Senenmut, arquitecto de la reina Hatshepsut, aunque en este caso su interpretación supone un desafío mayor para los egiptólogos y arqueoastrónomos, pues posee una complejidad muy elevada.
ASTROLOGÍA EN EL ANTIGUO EGIPTO
Los egipcios tampoco fueron ajenos a las creencias astrológicas, y así ha quedado evidenciado en ciertas ocasiones. Una de ellas, citada por el egiptólogo Rolf Krauss, del Museo de Prehistoria de Berlín, procede de varias inscripciones en la roca, realizadas en torno al 1200 a.C. En aquella época gobernaba el faraón Merneptah, quien tuvo que enfrentarse en una contienda contra Libia, saliendo victorioso. Un desenlace que ya había sido anticipado por “los que observan las estrellas”, quienes anunciaron la victoria, tal y como se recoge en las citadas inscripciones. Krauss menciona también la existencia de un zodiaco del siglo XIII a.C., en el que se hace un vaticinio para cada día del año, y donde se pueden leer frases como esta: “El día 164 no dejes tu casa por la mañana, porque es cuando Seth (Mercurio) aparece en la proa de la barca del dios Sol, y lucha con el demonio Apophis”.
Más información:
-BELMONTE, Juan Antonio. Las leyes del cielo. Ed. Temas de hoy. 1999.
-BELMONTE, Juan Antonio y HOSKIN, Michael. Reflejos del Cosmos. Equipo Sirius S. A. 2002.




















