Cuenca, la ciudad paisaje

Publicado el 02 octubre 2011 por Javier García Blanco

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Galardonada con el título de Ciudad Patrimonio de la Humanidad en 1996, la capital conquense cuenta con una rica historia que se remonta a la época de la invasión musulmana. Enclavada en un privilegiado y hermoso escenario, entre las hoces de los ríos Júcar y Huécar, la ciudad conserva hoy el espíritu de su pasado medieval, aunque sin dar la espalda a la modernidad y la vanguardia.

“Un nido de águilas hecho sobre una roca”. Con estas palabras, el célebre escritor Pío Baroja describió con acierto y sencillez la característica más representativa de la ciudad de Cuenca. Erigida sobre un robusto promontorio pétreo y abrazada por las aguas del río Júcar y su afluente el Huécar, la singular ubicación de Cuenca destaca especialmente como la principal seña de identidad de la población.

Aunque los estudiosos han localizado en la región restos de asentamientos humanos que se remontan a la época del Paleolítico Superior (hacia el 90.000 a.C.) y decenas de miles de años después los romanos levantaron varios enclaves en distintas zonas de la provincia, el espacio en el que se alza hoy la localidad no contó con un asentamiento de importancia hasta la llegada de los musulmanes a la Península Ibérica. Y fue precisamente su sobresaliente carácter defensivo, su facilidad para convertir el lugar en una impenetrable fortaleza natural, lo que llevó a los moros llegados desde el norte de África a construir allí una alcazaba de indudable valor estratégico. A más de mil metros sobre el nivel del mar, y con la protección natural que conceden al lugar los sólidos bloques pétreos, los acusados riscos y las hoces formadas por la fuerza incansable del Júcar y el Huécar, la Kuvenka o Qünka musulmana debía aparecer, a ojos de los hombres de la Edad Media, como un espolón inexpugnable. Sin embargo, el 21 de septiembre de 1177 –según la tradición–, el monarca Alfonso VIII y sus huestes, ayudado por el rey aragonés Alfonso II el Casto y las Órdenes Militares, tomaba posesión de la plaza tras un asedio que se había prolongado durante más de ocho meses.

Tras la toma de la ciudad, el rey Alfonso otorgó el Fuero de Cuenca, sentando las bases de una repoblación que se apoyaría en la fundación de numerosas aldeas. Si aceptamos los datos ofrecidos por el geógrafo árabe El-Idrisí, a mediados del siglo XII –poco antes de su conquista por las tropas cristianas–, Cuenca era una pequeñísima localidad con una población que apenas rozaba los setecientos habitantes. Con la llegada cristiana y los esfuerzos de repoblación el número de habitantes fue creciendo poco a poco, y las gentes quedaron repartidas en función de su origen: los judíos fueron reunidos en torno a la calle de Zapaterías; los musulmanes en los aledaños de la torre de Mangana y, finalmente, los cristianos se organizaron por parroquias en las distintas zonas del restos de la ciudad.

La ‘Bajada de las Angustias’. Naturaleza junto al casco antiguo de la ciudad. © Javier García Blanco.

Con la localidad ya en manos cristianas y en franco desarrollo, sus habitantes hicieron de la ganadería su principal medio de sustento, desplazando a la agricultura, pues los campos resultaban difíciles de defender ante los eventuales ataques musulmanes que siguieron produciéndose. Aquella actividad ganadera terminó por convertirse en una importante industria textil lanera, con una destacada producción de paños que se hizo especialmente evidente a partir del primer tercio del siglo XV, favoreciendo un notable aumento de la población. Esta explosión económica y demográfica continuó en el siglo XVI, época en la que Cuenca se convirtió en cabeza de corregimiento y en ciudad con derecho a voto en Cortes.

De forma paralela se desarrollaron también la agricultura y la ganadería trashumante. Aquel esplendor, sin embargo, se vio frenado en la centuria siguiente, cuando una terrible epidemia de peste, iniciada en 1588, afectó a la localidad y su región. A la nefasta enfermedad le siguieron en pocos años otros desastres, como duras sequías y plagas de langostas, haciéndose notar en un pronunciado descenso en el número de habitantes. Aquellas desgracias continuadas dejaron huella en la industria lanera y la ganadería trashumante, situación que se prolongó en el siglo XVIII, cuando el monarca Carlos IV decretó la supresión de los talleres de lana conquenses para favorecer a la Real Fábrica de Tapices.

Vista desde una de las célebres ‘casas colgadas’. © Javier García Blanco.

Con la llegada del siglo XIX, y más concretamente en 1833, Cuenca se convirtió en capital de la provincia durante las reformas de Javier de Burgos. Un nombramiento que, por desgracia, no sirvió para arrancar a la ciudad del parón económico en el que se hallaba, y que se agravó debido a la Guerra de la Independencia y las Guerras Carlistas. Otros dos hechos vivieron a marcar el devenir de la localidad en aquellos años: por un lado, el inicio de la “emigración” de parte de la población a zonas llanas, creando el germen de lo que hoy es la ciudad nueva; por otro, las desamortizaciones de Mendizábal y Madoz, en 1836 y 1856 respectivamente, que recortaron de forma destacada la importancia del clero.

Tras la Guerra Civil, y en especial en la segunda mitad del siglo XX, Cuenca comenzó una nueva expansión al calor de la industria turística, principal actividad económica en la actualidad, alcanzando hoy una población de más de 50.000 habitantes, una cifra muy lejana de aquellas menos de mil almas que contabilizara El-Idrisí en sus textos del siglo XII.

LABERÍNTICAS CALLES
El paso de los siglos y el devenir de la historia ha cambiado de forma notable, como es lógico, la fisonomía de Cuenca y sus alrededores. Sin embargo, la ciudad vieja sigue manteniendo el mismo espíritu que la ha caracterizado durante siglos.

Calles típicas de la ciudad antigua. © Javier García Blanco.

Pasear hoy por sus empinadas y laberínticas calles, ajenas al alboroto y el ajetreo de las grandes urbes, constituye un auténtico viaje en el tiempo para el visitante. No es sólo un efecto del abundante patrimonio histórico que se conserva, sino una consecuencia de múltiples factores: a las pintorescas y típicas casas que, como si de seres vivos de tratara, parecen apretujarse en busca de calidez, hay que sumar el espectacular paisaje que sorprende a la vista a poco que caminemos. Las hoces creadas por el Júcar y el Huécar, a los pies de las rocas que sirven de cimiento para los célebres rascacielos conquenses o las pintorescas casas colgadas, no sólo enmarcan la ciudad que se yergue en las alturas, sino que envuelven a Cuenca en un hermosísimo escenario mágico capaz acelerar la imaginación de la mente más pausada. Y no es para menos. Perderse por rincones como la serpenteante Bajada de las Angustias, que conduce a la ermita del mismo nombre y al antiguo convento de los franciscanos descalzos, supone entrar en un territorio propicio para la leyenda. Lo mismo sucede al pasear por los apacibles jardines ubicados a los pies de los rascacielos conquenses, en la hoz del Huécar, desde donde es posible divisar no sólo las inevitables casas colgadas, sino el puente de San Pablo, el convento del mismo nombre –hoy Parador Nacional de Turismo– o el edificio del Archivo Histórico Provincial, antigua sede de la Santa Inquisición.

Fachada de la catedral de Cuenca. © Javier García Blanco / Istockphoto.

En lo que respecta al patrimonio histórico-artístico, Cuenca es capaz de satisfacer incluso a los espíritus más exigentes. En la Plaza Mayor, el espacio urbano más importante de la ciudad antigua, destacan el Ayuntamiento –edificio del siglo XVIII– y el convento de las Petras pero, sobre todo, la magnífica catedral de Santa María de Gracia. Fue, al parecer, el primer edificio que se comenzó a construir tras la conquista de la ciudad por Alfonso VIII, siendo consagrada en 1208, aunque no se finalizó la obra hasta el año 1271. Su fachada es un magnífico ejemplo de protogótico –el edificio en sí cuenta con varios restos de transición de románico a gótico–, pero es en el interior donde el visitante queda más sorprendido. A las vidrieras realizadas en fechas recientes por artistas contemporáneos hay que añadir piezas magníficas como el Transparente de Ventura Rodríguez, de estilo barroco. Todo ello se suma a las distintas capillas de las naves laterales, la sacristía o la Sala Capitular, en una mezcla de estilos que nos hacen viajar desde el siglo XII hasta el XVIII.

El célebre transparente de la catedral de Cuenca, diseñado por Ventura Rodríguez. © Javier García Blanco / Istockphoto.

A los edificios anteriores hay que sumar otros igualmente singulares, como la llamada Torre de Mangana –cuyo origen se remonta al siglo XVI–, o la iglesia y convento de la Merced, que comparten espacio con el Seminario de San Julián. Además, claro está, de otros señalados edificios como el Castillo, el antiguo Colegio de San José –perteneciente a la familia del pintor Juan Bautista del Mazo y hoy convertido en hotel– y las numerosas iglesias y conventos que se siguen conservando.

A pesar de esta riqueza patrimonial, y el innegable aroma histórico que desprenden sus calles y edificios, Cuenca destaca hoy por una característica singular: la feliz convivencia de este rico pasado con un presente igualmente lleno de cultura y patrimonio. La ciudad posee hoy una decena de museos de los cuales, al menos la mitad están dedicados al arte contemporáneo. Así, podemos encontrar el Museo de Arte Abstracto Español –ubicado en las Casas Colgadas y con importantes obras de artistas como Tàpies, Pablo Serrano, Antonio Saura o Chillida–, la Fundación Antonio Saura-Casa Zavala o la Fundación Antonio Pérez. También hay espacio para cultivar el amor al conocimiento en el Museo de las Ciencias de Castilla La Mancha, donde es posible contemplar –además de otras muchas cosas–, los restos del dinosaurio “Pepito”, un espectacular ejemplar de Concavenator corcovatus o “cazador jorobado de cuenca”. Toda esta riqueza cultural, artística, monumental y paisajística no pasó desapercibida a los ojos de la UNESCO que, en 1996, decidió conceder a la ciudad el título de Ciudad Patrimonio de la Humanidad.

ANEXO
CUENCA SUBTERRÁNEA

Refugio subterráneo de la Guerra Civil, Cuenca. © Javier García Blanco.

Desde noviembre del año 2010, y gracias a los esfuerzos conjuntos de la Universidad de Castilla La Mancha y el Ayuntamiento de Cuenca, es posible acceder a uno de los escenarios más singulares de la ciudad durante la Guerra Civil Española. En la céntrica calle Alfonso VIII se encuentra un antiguo refugio antiaéreo construido a partir de 1936 y que sirvió de cobijo a los habitantes de la ciudad, que fue bombardeada en cuatro ocasiones. El recinto fue excavado aprovechando una serie de cuevas naturales que hasta entonces habían servido de almacén municipal, y que fueron agrandándose según avanzaba la guerra. Hoy los responsables municipales, en colaboración con los historiadores y arqueólogos, conocen la ubicación de otros diez túneles similares, que un futuro podrían sumarse a esta singular iniciativa.

DÓNDE SE ENCUENTRA

Cuenca se encuentra en una comarca montañosa de la Serranía conquense, rama interior de la mitad meridional del Sistema Ibérico. Bien comunicada por carretera y tren, se encuentra a 169 kilómetros de Madrid y 199 de Valencia.

DÓNDE COMER Y DORMIR

Posada de San José. Calle Julián Romero, 4. Teléfono: 969 21 13 00.

Parador de Cuenca. Subida a San Pablo, s/n. Teléfono: 969232320.

Mesón Casas Colgadas. Calle Canónigos s/n. Teléfono: 969223509.

MÁS INFORMACIÓN

Turismo de Cuenca (Ayuntamiento)

Todas las fotografías: © Javier García Blanco / Istockphoto.

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