En los últimos días, los medios de comunicación nos han ‘bombardeado’ con informaciones sobre el huracán Irene, que amenazaba con causar daños devastadores en la costa Este de los Estados Unidos, y que provocó la declaración del estado de emergencia en la ciudad de Nueva York. Finalmente, y por fortuna, el desastre no ha sido tal, aunque Irene ha dejado al menos siete muertos a su paso.
Teniendo en cuenta los modernos conocimientos actuales en meteorología y la ayuda que reciben los científicos a través de avanzados aparatos y dispositivos, como los satélites, que permiten anticipar en gran medida la aparición, trayectoria y posibles estragos de estos fenómenos de la naturaleza, no es difícil imaginar la indefensión frente a los elementos que debían sentir nuestros antepasados, incluso en fecha relativamente recientes.
Hagamos un pequeño ejercicio de imaginación. Sustituyamos la moderna urbe de Nueva York del año 2011 por la ciudad de Madrid en 1886, y al huracán Irene por un mucho más modesto –aunque también poderoso– tornado. ¿El resultado? Una tarde de pánico, muerte y destrucción en la capital de España.
Todo ocurrió en la tarde del 12 de mayo de 1886. Con la primavera ya bien entrada, nadie podía imaginar el desastre que estaba a punto de desatarse. Hasta las seis y media, el cielo había estado tranquilo, sin un solo signo que hiciera temer una tormenta. Sin embargo, de forma casi repentina, el cielo de la capital se vio oscurecido por amenazadoras nubes negras como el carbón. Así lo describió, algunos días después, el alcalde de Carabanchel Alto, cuya descripción publicó el periódico El Correo Militar: “… A las seis vino una nube negra, muy negra, de por allá (y señaló al SO), y otra, muy negra también, por allá (N-NE); las dos se encontraron en el cerro del Aire y, al chocar, produjeron un ruido terrible, atronador, desencadenando el huracán y produciendo centenares de chispas eléctricas”.
Todos los medios de la época se refirieron al temible fenómeno como “ciclón” o “huracán”, pero en opinión de los expertos actuales, lo que asoló Madrid aquella tarde de mayo fue un tornado en toda regla, posiblemente uno de fuerza F3 en la escala Fujita –con vientos que pueden alcanzar entre 250 y 320 Km/h aproximadamente–. Con semejante fuerza de la naturaleza desatada sobre la capital, los daños –tanto materiales como personales– fueron cuantiosos. Otra publicación de la época, La ilustración católica, en su ejemplar del 25 de mayo de aquel año, reconstruía la trayectoria del terrible tornado: “Ls versiones autorizadas dicen que comenzó a desarrollarse en la pradera de San Isidro, abrazando una zona limitada por Carabanchel a la derecha, y la Puerta de Toledo a la izquierda. Siguió la tromba por la ronda de Valencia y camino de de Yeserías, subiendo después por la puerta de Atocha, Botánico y Retiro, hasta llegar a las Ventas del Espíritu Santo”.
Grabado en ‘La Ilustración Católica’ | Crédito: BNE.
A lo largo de dicho recorrido, el tornado arrancó árboles de cuajo, derribó casas y estructuras, volcó carruajes, arrastró personas y animales y destrozó establecimientos comerciales. En todos los casos, el número de muertos y heridos fue bastante elevado. Entre los lugares más afectados se encontraba el Jardín del Buen Retiro, dónde numerosos árboles fueron derribados por la fuerza del viento, dejando un escenario desolador en el parque y los jardines del Botánico. También allí quedó muy dañado el Casón del Buen Retiro, que precisamente en aquellas fechad estaba siendo restaurado. Mucho más graves fueron los efectos en el llamado Lavadero Imperial, en cuyas naves se habían refugiado unas noventa mujeres y algunos hombres, con la intención de resguardarse de la furia de los elementos. Por desgracia, pronto descubrieron que habían escogido un mal refugio: “Pero el lugar de más horribles escenas fue el Lavadero Imperial, situado a la derecha del paseo de este nombre, según se baja de la calle de Toledo al puente. Al iniciarse el ciclón, muchas de las laboriosas mujeres abandonaron las pilas y se refugiaron llenas de espanto en las dependencias próximas a la salida del edificio. En la nave más vasta quedaron unas noventa mujeres y dos o tres hombres (…) un horroroso golpe del huracán conmovió la nave, haciéndole sufrir una ondulación y, acto seguido, otra ráfaga más impetuosa tumbó materialmente la parte aquella del edificio, pues las dos paredes con el techo que sobre ellas gravitaba cayeron de un lado, sepultando a cuantas personas se hallaban en la nave (…) Un estruendo horrible seguido de ayes lastimeros y gritos desgarradores demandando socorro, helaron de espanto a cuantas personas habían quedado ilesas”, (La ilustración católica, 25 de mayo de 1886).
En otros puntos de la ciudad también hubo que lamentar numerosos heridos y pérdida de vidas. Un caso especialmente dramático fue el de una niña de corta edad que, “arrastrada por el viento en la plaza de Antón Martín, fue a caer debajo de un carruaje y quedó muerta en el acto”. Una suerte similar sufrió un hombre que bajó de su carruaje, por miedo a que volcara a causa del viento, y a quien le aplastó un cedro de los muchos que había entonces en la plaza de las Cortes. También fueron numerosos los heridos en la “Tienda Asilo”, un establecimiento de caridad en el que se daba de comer a los más desfavorecidos, y cuyos muros se vinieron abajo por culpa del fuerte viento, atrapando entre los escombros a numerosas personas. En total, y aunque resulta difícil dar una cifra exacta de las víctimas, algunos autores consideran que se aquella insólita tarde de mayo perdieron la vida un total de 47 personas, a las que habría que sumar varias decenas de heridos.
BIBLIOGRAFÍA Y FUENTES:
-GAYÀ, Miquel. “El tornado de Madrid del 12 de mayo de 1886″. Divulgameteo.es
-La Ilustración Católica, 25 de mayo de 1886.
-El Correo Militar, 14 de mayo de 1886.










