Lope de Aguirre, el tirano | Planeta Sapiens

Lope de Aguirre, el tirano

Publicado el 12 junio 2009 por Javier García Blanco

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Ambicioso, cruel y sanguinario, su figura se convirtió en una de las más atractivas e inquietantes de la historia de la conquista de América. Sus “hazañas” se escribieron con sangre, traición y destrucción, atrayendo la atención y la fascinación de los historiadores a lo largo de los siglos. Su nombre es hoy sinónimo de leyenda. Un dudoso honor que se ganó con sus terribles crímenes.

Loco, tirano, rebelde, traidor, o peregrino. Esos son sólo algunos de los apodos y calificativos que “coleccionó” a lo largo de su vida –y tras su muerte– el conquistador español Lope de Aguirre. Una larga lista a la que hay que sumar los distintos términos toponímicos que salpican algunos de los lugares por los que pasó Aguirre durante su jornada en busca de Amagua y El Dorado: el Salto de Aguirre, en el río Huallaga o el Puerto del Traidor, en isla Margarita, son una muestra de ellos. Sus “hazañas” quedaron grabadas a sangre y fuego, hasta el punto de que en Barquisimeto (Venezuela) –donde murió asesinado– sus habitantes recuerdan aún hoy que el alma en pena de Aguirre vaga perdida en las noches más oscuras.

Tras el fallecimiento del rebelde, un encolerizado Felipe II ordenó la prohibición de citar su nombre y exigió la destrucción de cualquier escrito surgido de su pluma. Una suerte de damnatio memoriae que se completó con una sentencia condenatoria del Tribunal de la Audiencia de Santo Domingo, que recaía igualmente sobre su memoria, y con una tercera condena emitida por el Tribunal de Tocuyo, en la que se proclamaba a los hijos de Aguirre, ya fueran legítimos o bastardos, “infames por siempre jamás, e indignos de poder tener honra ni dignidad ni oficio público, ni poder recibir herencia ni manda de pariente ni de extraña persona”.

En su época, sus peripecias merecieron la elaboración de diversas crónicas –algunas de ellas elaboradas por otros miembros de la expedición, y por tanto testigos directos de lo ocurrido–, y en la actualidad han sido multitud los autores que, desde distintos prismas, se han acercado hasta la oscura figura del vasco Lope de Aguirre. Incluso la literatura, el cine y hasta el mundo del comic han reservado para él un espacio de honor (ver anexo). Pero, ¿qué terribles crímenes cometió exactamente aquel hombre, cojo y corto de estatura a decir de las crónicas, para merecer tal interés y atenciones?

UNA VIDA LLENA DE SOMBRAS
A pesar de la extensa bibliografía que existe sobre Aguirre y la expedición de los marañones (llamados así por comenzar su travesía en el río Marañón, afluente del Amazonas), los datos fiables sobre Lope de Aguirre son realmente escasos. Sabemos que nació en Oñate (Guipúzcoa) entre 1511 y 1515, siendo hijo segundón de una familia de hijosdalgo, y que con apenas 20 años decide dirigir sus pasos a Sevilla, donde embarcó para las Indias en busca de fortuna.

Una vez en las Américas, parece ser que tomó parte en las llamadas “guerras civiles” que tuvieron lugar en suelo peruano. En un primer lugar en el bando realista apoyando a Vaca de Castro frente a las fuerzas de Almagro y, posteriormente, en las tropas de Núñez de Vela contra Gonzalo Pizarro. A pesar de estos detalles, poco más sabemos de nuestro protagonista hasta su participación en la jornada (así llamaban entonces a las expediciones de conquista o descubrimiento) que le haría tristemente célebre. A esta dificultad para encontrar información fiable hay que sumar la existencia, en la misma época, de un personaje igualmente llamado Lope de Aguirre, también de origen vasco, que al parecer fue veterano en las campañas de Italia y cuyos actos merecieron, al contrario que los de El Tirano, menciones favorables a su persona. Esta duplicidad de “Aguirres” podría haber llevado en algún caso a confusiones sobre ambos personajes.

Como señala Javier Ortiz de la Tabla en un trabajo sobre Aguirre, es más probable que el que a nosotros nos interesa, pueda ser identificado con el llamado “Fulano Aguirre”, mencionado por el Inca Garcilaso al hacer mención a un violeto incidente ocurrido en Potosí 1548, y cuyas características cuadran mejor con el personaje violento, alborotador y terrible que protagonizará años más tarde hechos increíblemente cruentos.

EL PERÚ EN LOS TIEMPOS DE AGUIRRE
Para entender de forma adecuada las características de la jornada en busca de El Dorado y los horribles hechos que en ella se produjeran es indispensable conocer la situación del virreinato del Perú en la época. Décadas después de la llegada de Pizarro y sus hombres, las circunstancias sociales del territorio no eran nada halagüeñas. El poder, las tierras y los privilegios estaban en manos del diez por ciento de la población, al igual que el comercio, y las distintas encomiendas se hallaban gobernadas por una clase alta formada por algunos de los primeros conquistadores y otros individuos influyentes llegados de la península.

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En el otro lado se hallaba una legión de desfavorecidos formada por indígenas y emigrados de la península que habían acudido en busca de fortuna, pero que llegaron demasiado tarde al inicial reparto de riquezas y propiedades. Junto a estos últimos destacan un grupo de hombres de guerra, que en muchos casos llevaban décadas en las Indias después de las iniciales contiendas por la conquista y las posteriores “guerras civiles” que enfrentaron a distintos bandos de españoles. Tras estos enfrentamientos fraticidas la mayoría de soldados habían quedado desocupados, sin sueldo ni recompensa, intentando sobrevivir a la sombra de los señores. A este nutrido grupo de descontentos y desocupados hombres de guerra, que habían visto pasar su oportunidad de prosperar a pesar de haber dado su sangre y su vida por la Corona y la conquista de América, pertenecía Lope de Aguirre. Fue esta atmósfera enrarecida y peligrosa, en la que se adivinaba la amenaza de rebelión y altercados, la que motivó la puesta en marcha de la jornada en busca de las riquezas de El Dorado que ya había buscado algunos años antes, sin éxito, Francisco de Orellana (ver anexo).

En 1558, el entonces virrey del Perú, el marqués de Cañete, permitió la puesta en marcha de hasta tres expediciones a distintos puntos, con la intención de dar una ocupación a esa peligrosa e impredecible masa de soldados sin trabajo y a otros marginales y desfavorecidos. Esa misma motivación fue la que, un año después, le llevó a ordenar la jornada de Amagua y El Dorado, con el capitán navarro Pedro de Ursúa a la cabeza de la misma. Ursua, que contaba entonces con unos 35 años, era un recién llegado al Perú, aunque acumulaba una importante hoja de servicios en la India. De este modo, no fueron pocos los hombres de guerra que, viendo una posibilidad de entrar en actividad y lograr la gloria y la riqueza que la guerra les habían negado, decidieron enrolarse en tan singular búsqueda, esperando hallar el oro y los tesoros de la región legendaria.

UN VIAJE SIN RETORNO
Pedro de Ursua comenzó los preparativos para el viaje en febrero de 1559, buscando aportaciones económicas entre comerciantes y ricos propietarios. Ya en este punto inicial de la jornada comenzaron los primeros inconvenientes, pues el dinero prometido por algunos no fue entregado finalmente, y fueron los propios participantes de la expedición quienes tuvieron que aportar sus ahorros y capitales.

Finalmente, Ursua logró reunir el grueso de la expedición, formada por unos trescientos soldados, seiscientos indios y treinta esclavos negros. A estos efectivos había que sumar la nutrida cohorte de amigos y parientes del propio Ursua, a quienes se encomendó puestos de gran importancia. Entre ellos se encontraba Inés de Mendoza, una bella mestiza amante de Ursua, cuya presencia fue mal vista desde el principio, y que a decir de algunos de los cronistas que participaron en los sucesos, fue una de las causas del desastre, como consecuencia de la nefasta influencia que ejercía sobre Ursua.

En cuanto a los efectivos militares, parte de ellos procedían de hombres renegados de otra expedición, la dirigida por Juan de Salinas y, otro grupo más, estaba formado por hombres del capitán Pedro Ramiro, hasta entonces establecidos en el pueblo de Santa Cruz de la Pocoa. Junto a ellos se encontraba también el temible Lope de Aguirre, a quien le acompañaba su hija mestiza Elvira y otros muchos hombres de guerra enrolados en busca de fortuna. Parece ser que alguien advirtió a Ursua de que evitara convocar a Aguirre, debido a su carácter rebelde y pendenciero, pero el líder de la expedición hizo caso omiso a las advertencias.

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La jornada no comenzaría hasta el 26 de septiembre de 1560. Poco podían imaginar que aquel era un viaje sin retorno, que pasaría a la Historia por los crímenes y atrocidades que se sucederían en los meses que estaban por venir. De hecho, antes de la partida ya se habían producido algunos inquietantes incidentes que parecían presagiar lo que vendría más tarde. Durante su botadura, algunas de las embarcaciones construidas en el astillero improvisado en Santa Cruz de la Pocoa se fueron a pique irremediablemente, obligándoles a dejar un buen número de caballos y provisiones. La larga espera hasta que todo estuvo listo había sometido a la madera a muchos meses de exposición a la humedad de la región y a los insectos, así que cuando quisieron fletarlas se habían podrido ya sin remedio.

También antes de emprender la marcha, y ante la imposibilidad de alimentar a todos los participantes de la expedición en Santa Cruz, Pedro de Ursúa había enviado un grupo de hombres a un pueblo de indios motilones. Ursúa encomendó esta misión al capitán Pedro Ramiro, a quien acompañaban medio centenar de soldados y dos “caudillos”, Francisco Díaz de Arles –amigo de Ursúa– y Diego de Frías. Éstos últimos veían con envidia a Ramiro, pues ambicionaban para ellos el cargo recibido por el capitán. Resentidos, los dos caudillos decidieron dejar al militar y regresar con Ursúa, pero a mitad de camino se encontraron con dos soldados amigos suyos, a quienes convencieron de que el capitán Ramiro pretendía rebelarse contra el gobernador. Tras dar media vuelta, encontraron a Pedro Ramiro solo –el resto de sus hombres habían cruzado un río– y aprovecharon la circunstancia para ahogarle y cortarle la cabeza. Sin embargo, los dos caudillos no contaban con que el criado de Ramiro huyese al ver morir a su amo y pusiese a Ursúa al corriente de lo sucedido. Cuando los tuvo ante su presencia, el gobernador ordenó sin titubeos la ejecución de los asesinos cortándoles las cabezas. Antes de comenzar, la expedición se había cobrado ya la sangre de cinco hombres.

LA CONJURA
Iniciada la marcha, pronto se hicieron evidentes las duras condiciones que les esperaban. A los peligros del río, las alimañas e insectos, los expedicionarios tuvieron que hacer frente también a los mosquitos, las fiebres y la escasez de alimento, sin contar con las distintas poblaciones de indios –algunas hostiles– que fueron encontrando a su paso.

Tampoco tardaron en aparecer las primeras suspicacias y conatos de motín. Con el paso de las semanas, y después de más setecientas leguas recorridas sin novedades sobre Amagua y El Dorado, comenzaron a surgir las sospechas sobre los indios brasiles, quienes decían conocer el paradero de las ricas tierras. Muchos hombres comenzaron también a murmurar contra el gobernador, que pasaba los días solazándose con su amante mestiza –a quien muchos culpaban de haber hechizado a Ursúa y cambiar su carácter–, mientras ellos iban sufriendo diversos padecimientos, y las voces empezaron a pedir el regreso al Perú. Cuando trascendieron aquellos deseos, Ursúa castigó a los insurrectos a remar en su barca. Una humillación que muchos no iban a perdonar.

Fue así como se tejió la traición contra Pedro de Ursúa. Entre los cabecillas de dicha rebelión estaban Fernando de Guzmán, Lorenzo de Salduendo y, como no, el inefable Lope de Aguirre. Y así fue como el 1 de enero de 1561, una docena de hombres se acercaron sigilosamente hasta la tienda del gobernador, mientras dormía. Francisco Vázquez, autor de una de las crónicas más conocidas sobre los hechos, lo recordaba así:

“…se juntaron con el dicho D. Fernando hasta doce destos traidores, dejando prevenidos otros amigos y secuaces que, en oyendo su voy y apellido, acudiesen con sus armas y fueron al aposento del gobernador, y hallándolo solo, como solía estar, acostado en cama, le dieron muchas estocadas y cuchilladas, y él se levantó y quiso huir y cayó muerto entre unas ollas en que le guisaban de comer”.

Ursúa no fue la única víctima de aquella terrible noche. Juan de Vargas, teniente del gobernador, también fue atravesado por el filo de una espada traicionera. Una vez llevado a cabo el complot, el andaluz Fernando de Guzmán fue nombrado general, mientras Lope de Aguirre se aseguraba el puesto de maese de campo y otros de los conjurados recibían también cargos de importancia, pese a que en su mayoría no estaban preparados para desempeñarlos.

Poco después, Guzmán y sus más allegados decidieron redactar un escrito en el que se referían los desmanes y errores supuestamente cometidos por su legítimo gobernador. Aquel escrito pretendía servir de excusa por el crimen ante el rey Felipe II, y se quiso que todos los participantes en la conjura estamparan su firma en él. El primero en hacerlo fue Guzmán, acompañando la firma de la palabra “general”. A continuación “el Tirano” hizo lo propio aunque, sin hipocresías, escribió: “Lope de Aguirre, traidor”. Después aprovechó el momento e desveló sus auténticas intenciones. Aguirre argumentó que asesinar al gobernador del rey, representante de éste en la jornada, equivalía a rebelarse contra el monarca, crimen para el que no había perdón posible. Así que propuso dar marcha atrás y regresar al Perú, con la intención de conquistarlo y declarar un reino independiente del peninsular.  Para ello, se decidió nombrar a Guzmán como príncipe del reino que pretendían hacer suyo, bajo el título de Fernando I el sevillano, mientras Aguirre se hacía con el mando militar.

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Desde este instante las desconfianzas se acentuaron entre los miembros de la expedición. Todos dormían con el arma cerca, temiendo un navajazo, una estocada o un disparo de arcabuz. Y no les faltaba razón. Tras la muerte de Ursua, y a pesar de los acuerdos alcanzados entre los conjuradores y el resto de hombres, se extendió la indisciplina y se sucedieron los asesinatos. Muchos de ellos se produjeron, precisamente, por temor a los asesinatos y nuevas traiciones. Así murieron a manos de Lope de Aguirre, por ejemplo, Juan Alonso de la Bandera, Cristóbal Fernández, la mestiza doña Inés, el capitán Alonso de Montoya o el almirante Miguel Robledo,  así como Lorenzo de Salduendo, guardia del general Guzmán. En medio de este caos, Aguirre se destacó como el auténtico caudillo de los marañones, pues Francisco de Guzmán no era más que un títere que seguía sin saberlo sus planes.

A pesar de su poder, respaldado por un pequeño ejército personal de unos cuarenta hombres, Aguirre quiso adelantarse a un nuevo complot en su contra, y decidió acabar con el “príncipe” Guzmán y sus colaboradores más cercanos. En esta nueva refriega cayeron entre otros el sacerdote Alonso de Henao, a quien el propio Aguirre atravesó de una estocada mientras dormía, pinchándolo en su camastro como a un animal. Después se dirigió a casa de Guzmán y tras matar a sus más allegados, le llegó el turno al príncipe. Entre el Tirano y varios de sus secuaces, acabaron con su vida mediante estocadas y arcabuzazos. Llegaba así a su fin el corto reinado de un príncipe aún sin tierras que gobernar.

EL FIN DEL TIRANO
A estas alturas, la locura de Aguirre se había desatado por completo. Líder único e indiscutible, llegó incluso a diseñar una bandera propia, compuesta por dos espadas cruzadas que goteaban sangre. Un estandarte más que apropiado para quien había derramado tantos litros de líquido vital de compañeros y superiores.

En este punto de la jornada, El Dorado había quedado ya completamente olvidado. El único oro que interesaba a Aguirre se encontraba en las tierras del Perú, a donde quería regresar. Antes, sin embargo, llegó con sus hordas a isla Margarita (Venezuela), donde volvió a desatar toda su crueldad. Se sucedieron de nuevo los asesinatos y Aguirre y sus hombres se lanzaron al saqueo y la destrucción. A pesar de estos excesos, el Tirano no dejó de practicar las purgas entre sus propios hombres. Temiendo siempre nuevos intentos de derrocarle, fue eliminando a aquellos que le parecieron sospechosos de conspirar contra él.

A estas alturas, Lope de Aguirre era plenamente consciente de que la Corona había puesto precio a su cabeza. En un gesto sorprendente y un tanto ingenuo, Aguirre redactó una célebre carta dirigida a Felipe II, en la que reivindica y reafirma su rebeldía, despachándose a gusto con el monarca, a quien acusa del lamentable estado de las Indias, denunciando la corrupción que alcanza a todos los estamentos de la Corona y recriminando el olvido que sufrieron todos los que, como él, dieron su vida por su rey:

“Nos dé Dios gracia que podamos alcanzar con nuestras armas el precio que se nos debe, pues nos has negado lo que de derecho se nos debía. Hijo de fieles vasallos en tierra vascongada y rebelde hasta la muerte por tu ingratitud, Lope de Aguirre, el Peregrino”.

Aunque en su carta Aguirre amenazó a Felipe II con hacerle “la más cruda guerra”, fue poco lo que pudo hacer frente a las tropas realistas. Encontrándose en las cercanías de Barquisimeto (Venezuela), los soldados del rey le dieron caza después de que la mayor parte de sus hombres le abandonara con la intención de conseguir el perdón real. Dicen algunos cronistas que, antes de caer, él mismo mató a su hija Elvira, diciéndole: “Mejor morir ahora como hija de rey que después como hija de traidor y como puta de todos”. Poco después le alcanzaban dos disparos de arcabuz, y uno de sus hombres, Custodio Hernández, le seccionó la cabeza de un certero tajo. Como castigo ejemplar, los hombres del rey mutilaron el cadáver de forma terrible: le cortaron las manos y la cabeza, quedando ésta expuesta durante días como escarmiento público a posibles imitadores.

Terminaba así la vida del loco Aguirre y con ella llegaba el punto final a una desquiciante expedición que había partido en busca de nuevas tierras, oro y riquezas, pero que sólo cosechó sangre y dolor. En la nómina de muertes atribuidas al tirano se acumulaban al menos 72 almas.

ANEXO
EL TIRANO EN EL CINE, EL COMIC Y LA LITERATURA
Las peripecias de Lope de Aguirre y sus secuaces han atraído en las últimas  décadas a historiadores, literatos y cineastas, e incluso a guionistas y dibujantes de cómic. Entre la lista de escritores que mencionaron sus andanzas se cuentan españoles como Pío Baroja, Miguel de Unamuno o Ramón J. Sender, quien le dedicó la novela La aventura equinoccial de Lope de Aguirre (Ed. Magisterio Español, 1998). En el celuloide, el aragonés Carlos Saura realizó El Dorado, mientras Werner Herzog también se dejó cautivar por su oscura figura y filmó Aguirre, la cólera de Dios, con el actor Klaus Kinski interpretando el papel del terrible Tirano. En el mundo del cómic, la expedición en busca de El Dorado ha sido plasmada al menos en tres ocasiones, entre las que destaca Lope de Aguirre. La aventura (Ed. Ikusager), de Enrique Breccia y Felipe Hernández Cava.

Bajo estas líneas, un fragmento de la película El Dorado, de Carlos Saura.

ANEXO 2
OTRAS EXPEDICIONES EN BUSCA DE EL DORADO
La jornada organizada por Pedro de Ursúa en busca de Amagua y El Dorado no fue la única. De hecho, otros conquistadores antes que ellos intentaron –igualmente sin éxito, aunque sin tanto derramamiento de sangre– descubrir la mítica ciudad de oro. Uno de los primeros en perseguir aquel sueño repleto de riquezas fue el también español Sebastián de Belalcázar, quien intentó localizar el mítico lugar en el sur de Colombia, en torno al año 1535. Un año después le siguió con la misma finalidad Gonzalo Jiménez de Quesada, aunque con un resultado idéntico.

Mucho más famosa es, sin duda, la expedición que Francisco de Orellana realizó en la década de 1540, y que a pesar del fracasar en su intención inicial, sirvió para descubrir el Amazonas. La descripción del viaje de Orellana y los relatos sobre el mítico reino de El Dorado fueron recogidos por fray Gaspar de Carvajal en su obra Relación del nuevo descubrimiento del famoso río Grande que descubrió por muy gran ventura el capitán Francisco de Orellana.

BIBLIOGRAFÍA:

-VÁZQUEZ, Francisco. El Dorado. Crónica de la expedición de Pedro de ursúa y Lope de Aguirre. Alianza Editorial, 2007.

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7 Comments For This Post

  1. Ciodo Says:

    Fantástico, un gran reportaje para una gran “puesta de largo”… Felicidades y larga vida a Planeta Sapiens

  2. ALBERTO Says:

    El reportaje está bien, en mi opinión le sobran algunos “adornos” que no añaden nada al retrato de la figura. ¿Un “encolerizado” Felipe II? Felipe II no le hizo ni aprecio a la anécdota de Lope de Aguirre. El hecho de que Lope firmara aquella carta como “Lope de Aguirre, traidor” no escandalizó políticamente a nadie, porque en aquellos tiempos comportarse así pertenecía más a un loco que a un traidor, y los funcionarios tuvieron a Lope sobre todo por loco, lo de traidor era secundario. Todo ocurría además en el nuevo mundo inmenso inhóspito, donde cualquier cosa por maravillosa que fuese era sólo eso, una “maravilla” de los nuevos mundos. Las películas son bastante malas, todas, pero sí que recomiendo la gran novela de Sender, “la aventura equinoccial de Lope de Aguirre”. El que la lea, además de pasárselo muy bien, puede entender cómo fue aquella loca expedición de El Dorado, una más, en la que todos -cada uno en su lugar- perdieron el juicio a su manera… fue una gran españolada que tuvo lugar en América, un gran retrato de cómo es nuestra raza ibérica.

  3. admin Says:

    Hola Alberto:

    En primer lugar muchas gracias por comentar. Creo que puede calificarse de encolerizada la reacción de Felipe II, teniendo en cuenta los resultados que tuvo para los hijos de Aguirre y para la memoria de éste.

    En cuanto a tu recomendación de la novela de Sender, coincido contigo plenamente, es una maravilla. Sobre las películas no puedo estar de acuerdo. Yo sí recomiendo su visionado, en especial la de Herzog, con Klaus Kinski en el papel de Aguirre. Totalmente recomendable.

    Saludos y gracias de nuevo,

    Javier

  4. ALBERTO Says:

    Evidentemente le podemos poner todos los calificativos que nos dé la gana a Felipe II, ¿por qué no decir “un sorprendido Felipe II”? ¿o “un desconfiado Felipe ii”? Los adjetivos sobre el estado de ánimo que tenía una persona en un momento dado hace 500 años pueden ser muy creativos, incluso nos los podemos inventar. Pero lo dicho, son sólo adornos sin ningún valor para los hechos. Felipe II estaba ya enfangado en el asunto de Flandes, todavía no había dejado fuera de combate a Francia en San Quintín, cuando a España llegaron las noticias de lo de Lope todo había pasado ya. A Lope se le desmembró y se proclamó su deshonra no porque el Rey estuviera especialmente cabreado, como tú pareces querer creer, sino porque ése era el tratamiento estándar para todo el que hacía algo así, y en América ya había habido varios casos de esos (en Perú había habido ya varias guerras civiles entre españoles, y precisamente de ahí surgió la figura de Lope resentido y amargado). La hazaña de Lope le importó siete pitos a Felipe II. Pero es gratis decir que estaba cabreado, o enojado, o lo que le quieras poner.

    En otro orden de cosas si uno ve la película de Herzog saca la conclusión de que todos mueren en la balsa acosados por las flechas de los indios desde las orillas. Nada del episodio de isla Margarita, ni mucho menos de la captura final en lo que hoy es Venezuela continental. Y además Kinski parece más bien el héroe del anillo de los nibelungos que un hidalguillo vasco desequilibrado (aunque no idiota) como era Lope.

    La película de Herzog se inspira remotamente en la figura de Lope, pero no tiene nada que ver con la epopeya. Saura es más fiel, aunque también se inventa cosas como la homosexualidad de algunos de los marañones. Pero sobre todo ambas películas son malas, carecen de tensión psicológica y de movimiento. Pero cuando uno lee la novela de Sender es que se flipa y se pasan las páginas a toda prisa, y da lástima cuando se llega al final.

    Tu artículo también es bueno. Enhorabuena.

  5. admin Says:

    Hola otra vez, Alberto :-)

    Gracias, de verdad, por tus completas y acertadas aportaciones. Enriquecen mucho el tema, que es de lo que se trata.

    Acepto que es imposible saber si efectivamente Felipe II se “cabreó” horrores con Aguirre y perdió el sueño con la cuestión, pero no creo que sea desafortunado sugerir que mucha gracia no le hicieron. Y eso es, en definitiva, lo que pretendía reflejar en el texto.

    Sobre las películas, y en concreto sobre la de Herzog, me repito otra vez. Evidentemente, no la he valorado en función de su historicidad, sino de su calidad cinematográfica. Y en ese sentido, a mí –ojo, esto es sólo una apreciación personal y subjetiva– si me parece una buena obra.

    Y vuelvo a coincidir contigo: la novela de Sender es una pasada :-)

    Gracias otra vez por tus comentarios. Espero que sigas pasándote –y comentando lo que te apetezca– por aquí.

    Saludos

  6. Lobito Says:

    Me ha gustado mucho,
    Es muy buena toda la argumentación histórica.
    En fin, enhorabuena.

  7. Jesús Says:

    Si no recuerdo mal, pues lo leí hace ya años, Miguel Otero Silva escribió otro libro sobre Lope de Aguirre.

1 Trackbacks For This Post

  1. Lope de Aguirre, el traidor Says:

    [...] siempre cubierto de su armadura, domador de potros y caudillo de los marañones? Relacionada http://www.planetasapiens.com/?p=548 sin comentarios en: cultura, historia karma: 20 etiquetas: lope de aguirre, el dorado, ursua, [...]

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