Altamira: historia de un descubrimiento | Planeta Sapiens

Altamira: historia de un descubrimiento

Publicado el 17 mayo 2011 por Javier García Blanco

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Las últimas décadas del siglo XIX asistieron a un avance sin precedentes en los estudios sobre la Prehistoria, un campo que hasta entonces apenas había dado sus primeros pasos. En aquel escenario, un azaroso evento vino a revolucionar el ambiente científico del momento: el hallazgo de una fascinante cueva en el norte de España…

Fue el azar, como tantas otras veces, quien allanó el camino para facilitar el descubrimiento de uno de los mayores hitos de la arqueología prehistórica. Modesto Cubillas, un humilde aparcero cántabro, se había echado al monte, en las proximidades de la localidad de Santillana del Mar, con la única compañía de su perro, con quien pretendía pasar una jornada de caza. Corría el año 1868 (1870 o 1872 según varios autores), y nada hacía sospechar que fuera a ser un día fuera de lo común. Sin embargo, el can de Cubillas, olfateando el rastro de una posible presa, acabó aventurándose por una abertura en la montaña, quedando atrapado y quejándose lastimosamente. Cuando su amo desprendió algunas rocas con la intención de liberarle, apareció ante sus ojos una oquedad que aparentaba tener grandes dimensiones.

Es muy posible que aquel hallazgo fortuito hubiera caído en el olvido, pero la causalidad quiso también que Cubillas, que trabajaba esporádicamente para un propietario de la comarca llamado Marcelino Sanz de Sautuola (ver anexo), advirtiera a su patrón del descubrimiento de aquella cueva. El aparcero conocía el interés que Don Marcelino tenía por las cosas antiguas y singulares, así que en cuanto tuvo ocasión le puso al tanto de lo ocurrido. Y, efectivamente, Sautuola no quedó decepcionado con la existencia de aquella cueva. Algún tiempo después, en 1875 o 1876, se adentró en la oscura cavidad realizando las primeras prospecciones, llegando a localizar algunos huesos y sílex tallados por la mano del hombre. El gran hallazgo, sin embargo, tendría lugar a mediados de 1879. En aquellas fechas Sautuola realizó una nueva visita a la cueva, en esta ocasión acompañado por su hija María, de tan sólo nueve años. Fue precisamente ella quien, con sus asombrados ojos de niña, descubrió lo que a su padre le había pasado desapercibido hasta la fecha. “¡Papá, mira! ¡Bueyes pintados…!”. Aquella frase hoy célebre supuso el pistoletazo de salida para el estudio de uno de los ejemplos de arte paleolítico más importantes del mundo.

La niña María Sanz de Sautuola, y su padre, Don Marcelino.

Han pasado más de 110 años desde que María, la hija de Marcelino Sanz de Sautuola, advirtiera de la existencia de aquellas fascinantes pinturas en la cueva cántabra. Pero, a pesar del tiempo transcurrido, Altamira sigue estando de plena actualidad. Hace tan sólo unos meses, en diciembre de 2010, el Patronato del Museo de Altamira anunciaba su decisión de mantener cerrada al público la cueva original debido a los problemas de conservación que amenazan a las pinturas, después de valorar los resultados de un estudio elaborado por el CSIC (Centro Superior de Investigaciones Científicas) al respecto.

Apenas unos meses antes se había valorado la posibilidad de reabrir el enclave al público, pero el reciente dictamen parece cerrar esa puerta, al menos por el momento. De hecho, el Patronato anunció también el encargo de un nuevo estudio sobre la conservación del enclave y su compatibilidad con un régimen de visitas a un grupo internacional de expertos, que deberá ofrecer su veredicto a lo largo de los próximos dos años.

La preocupación sobre el peligro de desaparición de las pinturas, calificadas habitualmente como la “Capilla Sixtina del arte paleolítico” no es, sin embargo, algo reciente. Ya a comienzos del siglo XX se establecieron algunas pautas para su conservación, aunque no fue hasta el año 1977 cuando se decidió su cierre al público para evitar su degradación. Cinco años más tarde se procedió a su reapertura, aunque limitando las visitas a 8.500 personas al año para, finalmente, volver a cerrarla en el año 2002 y hasta la actualidad, quedando su visita restringida a investigadores. Si bien hoy en día el problema de su conservación supone la cuestión más acuciante, lo cierto es que el hallazgo de la cueva de Altamira y sus célebres pinturas vivió problemas de otra índole, sobre todo en sus inicios, cuando se convirtió en epicentro de una encendida polémica que ponía en duda, nada más y nada menos, que la autenticidad del propio descubrimiento.

Pinturas de la cueva de Altamira.

UNA LUCHA POR EL RECONOCIMIENTO
Poco después de sus primeras incursiones por la cueva, Marcelino Sanz de Sautuola había informado de su existencia a su amigo Juan Vilanova y Piedra, catedrático de Geología en la Universidad Central de Madrid, quien le animó para que prosiguiera con sus investigaciones. Igualmente, el cultivado montañés había puesto al corriente a otros dos amigos, Eduardo Pérez del Molino y Eduardo de la Pedraja, interesados ambos en el estudio de las cuevas y protagonistas del descubrimiento de algunas de las existentes en la región.

Fue así como, animado por estas amistades y espoleado por su interés en los estudios prehistóricos –pese a no contar con una formación académica al respecto contaba con una nutrida biblioteca con los estudios más recientes y destacados sobre la cuestión–, decidió publicar una pequeña obra anunciando el descubrimiento y avanzando sus primeras y modestas conclusiones. En el texto, titulado Breves apuntes sobre algunos objetos prehistóricos de la provincia de Santander, Sautuola realizaba una descripción de lo descubierto hasta entonces en la cueva, e incluso se atrevía a encuadrarla dentro de la edad paleolítica.

Para sorpresa y disgusto de Sanz de Sautuola, su anuncio fue recibido con rechazo y escepticismo por parte de la comunidad científica, tanto española como internacional. En septiembre de 1880 tuvo lugar en Lisboa el II Congreso Internacional de Arqueología y Antropología Prehistórica, al que acudió como ponente su amigo Juan Vilanova y Piedra. A pesar de los esfuerzos y el entusiasmo de éste, el resto de asistentes ignoró las explicaciones y rechazó la autenticidad de las pinturas. Algunos meses más tarde, ya en 1881, el paleontólogo francés E. Harle visitó la cueva, manifestando que las pinturas eran, en su opinión, una creación reciente, aunque desvinculaba a Sautuola de la supuesta falsificación.

Hay que tener en cuenta, para comprender el rechazo y los reparos de los prehistoriadores europeos, que en aquellas fechas no se había realizado ningún otro hallazgo semejante. Altamira tuvo el honor –y también el inconveniente–, de ser la primera cueva descubierta con restos de arte parietal. A la ausencia de otros ejemplos similares –lo que convertía a Altamira en un caso sospechoso–, había que sumar la belleza y perfección de las pinturas descubiertas –impropias según los estudiosos del “hombre salvaje”– y la existencia de una cruda lucha dialéctica que enfrentaba a los científicos partidarios de las teorías evolucionistas con figuras que defendían la antigüedad de la humanidad reflejada en las Sagradas Escrituras. Por este motivo, muchos estudiosos temieron que las pinturas cántabras no fueran sino un engaño perpetrado para dejar en evidencia a los prehistoriadores y sus teorías. Un ejemplo significativo de lo anterior lo encontramos en la correspondencia entre el erudito Gabriel de Mortillet y el eminente investigador Émile Cartailhac. En una de sus cartas, y ante el anuncio del segundo de visitar Altamira, Mortillet le advierte: “No te fíes, amigo, es una trampa que nos tienden los jesuitas a los prehistoriadores para reírse de nosotros”.

El investigador galo Émile Cartailhac. Crédito: Wikipedia.

Con semejante escenario, y con el veredicto negativo de los mayores expertos europeos en la materia –Cartailhac se destacaría como uno de los más firmes enemigos de la autenticidad de las pinturas– no resulta extraño que incluso en España se negara la validez del hallazgo realizado por el desdichado Sautuola. Así, en 1886, la Sociedad Española de Historia Natural de Madrid llevó a cabo dos sesiones en las que se discutió la cuestión y, pese, de nuevo, a los esfuerzos de Juan Vilanova, el consenso general aceptó que se trataba de una falsificación. Eugenio Lemus y Olmo, entonces director de la Calcografía Nacional, llegó a dictaminar entonces que las pinturas eran “obra de un mediano discípulo de la escuela moderna (…) que denota en la ejecución un abandono amanerado”.

COMIENZAN LAS EXCAVACIONES
Aquella situación de rechazo se prolongaría aún durante varios años, por lo que en 1888, fecha de la muerte de Marcelino Sanz de Sautuola, la gran mayoría de la comunidad científica seguía sin reconocer la autenticidad de las pinturas, y por lo tanto se negaban los méritos del caballero montañés.

Habría que esperar a los últimos años del siglo XIX, con el descubrimiento de grabados y pinturas paleolíticas en las cuevas francesas de La Mouthe, Font-de-Gaume y Combarelles, para que la opinión sobre Altamira pasara del rechazo al interés y el entusiasmo académico. Fue así como, ya en el nuevo siglo, el abate Henri Breuil, uno de los expertos galos de mayor renombre, visitó la cueva de Santillana del Mar, y un año más tarde, en 1902, Émile Cartailhac, hasta entonces cabeza visible de los escépticos sobre Altamira, publicaba en la revista L’Anthropologie un célebre artículo titulado La grotte d’Altamira. Mea culpa d’un sceptique (La gruta de Altamira. Mea culpa de un escéptico), en el que reconocía su error y restituía el honor y el mérito de Sautuola. Aquel texto de Cartailhac supuso el reconocimiento universal de la cueva de Altamira y la importancia de sus célebres pinturas, iniciándose desde ese momento un incesante goteo de investigadores llegados de todo el mundo con la intención de estudiar la gruta siguiendo una metodología científica.

Izquierda, el español Hermilio Alcalde del Río. A la derecha, el sacerdote e investigador Henri Breuil.

En septiembre de ese año de 1902 acudieron los ya citados Breuil y Cartailhac con la finalidad de realizar dibujos de las pinturas a las que hasta entonces habían negado la autenticidad, siendo guiados por Menéndez Pelayo y un diputado local. Aquel mismo otoño, y ante la repercusión que estaba adquiriendo el asunto de la cueva, el Gobierno civil de Santander dirigió al alcalde de Santillana del Mar un oficio en el que se fijaban, por primera vez, varias directrices que buscaban conservar en estado óptimo aquel notable ejemplo de patrimonio prehistórico.

A raíz de la presencia de estudiosos internacionales, otro lugareño con grandes inquietudes intelectuales y científicas, Hermilio Alcalde del Río, en aquel entonces director de la Escuela de Artes y Oficios de Torrelavega, tomó la decisión de realizar sus propios estudios sobre las pinturas de Altamira. Por espacio de dos meses, Del Río exploró la cueva palmo a palmo, descubriendo algunos restos que delataban la presencia humana y realizando una reproducción de las pinturas del techo mediante la técnica del pastel. Unos años más tarde, en 1906, Hermilio reuniría un interesante material arqueológico recogido en la cueva, y que cedería al Museo de Ciencias Naturales. Al año siguiente otro explorador de la gruta, Francisco de las Barras, hallaba en su interior restos de ciervos, caballos y osos, así como otros materiales, lo que puso en conocimiento de la Sociedad Española de Historia Natural.

Las siguientes excavaciones, ya de mayor entidad científica, fueron realizadas –en 1924 y 1925– por el investigador alemán Hugo Obermaier quien, desde 1909, se encontraba en España examinando las distintas cuevas con restos prehistóricos descubiertos en aquellos años. Los estudios de Obermaier determinaron, ya sin lugar a la duda, la existencia de sendos niveles arqueológicos, uno correspondiente al Solutrense final y otro del Magdaleniense antiguo.

Hugo Obermeier (derecha), posando en una cueva descubierta en Altamira. Crédito: BNE.

Para entonces, la cueva ya estaba abierta al público –las visitas arrancaron en 1917–, y poco a poco la afluencia de visitantes se fue multiplicando de forma notable. Así, en 1952 se cifraban en 30.000 las personas que visitaron la cueva de Altamira, número que aumentó hasta los 175.000 en 1973, cuatro años antes de que se produjera el primer cierre del enclave por motivos de conservación. Ya en la década de los 80, un nuevo equipo de investigadores, liderado por J. González Echegaray procedió a realizar una nueva excavación. Poco después, en 1985, Altamira recibía por parte de la UNESCO el reconocimiento que no tuvo la suerte de contemplar Sanz de Sautuola, al ser declarada Patrimonio de la Humanidad.

ANEXO. CANTABRIA, PARAÍSO SUBTERRÁNEO
Pese a la fama universal que ha ido adquiriendo la cueva de Altamira a lo largo del último siglo, la gruta de Santillana del Mar no es, ni mucho menos, el único ejemplo de “patrimonio subterráneo” con que cuenta Cantabria. De hecho, la comunidad cántara posee un abundantísimo catálogo de enclaves de este tipo, con más de 6.500 cuevas descubiertas hasta la fecha. De ellas, más de sesenta cuentan con restos de pinturas rupestres en alguna de sus paredes.

Un buen número de estos yacimientos fueron descubiertos coincidiendo con el reconocimiento mundial de las pinturas de Altamira, y en dichos hallazgos –o en su estudio– estuvieron involucrados personajes a los que ya hemos aludido anteriormente.

Interior de la cueva de Covalanas. Crédito: Gobierno de Cantabria.

Tras su primera exploración de la cueva de Santillana del Mar, Hermilio Alcalde del Río se embarcó en una agotadora aventura con la intención de sacar a la luz nuevos vestigios dejados por los hombres prehistóricos, pues su intuición le decía que debía haber manifestaciones semejantes en otros puntos de los alrededores. Él mismo lo explicaba con las siguientes palabras en uno de sus escritos: “Y comencé la penosa y molesta tarea de recorrer y explorar la parte más abrupta de esta provincia; el éxito coronó mis esfuerzos, y hoy me siento compensado al poder ofrecer nuevos datos a aquellos hombres que con predilección se dedican al estudio de estas materias”.

Y, efectivamente, la suerte sonrió sus esfuerzos. En abril de 1903 Alcalde del Río descubrió una cueva con interesantes restos en Barcenaciones, en septiembre, dos más –junto al Padre Lorenzo Sierra– en Covalanas y La Haza y, en octubre y noviembre, las de Hornos de la Peña y la de El Castillo, respectivamente.

Vista de la zona de acceso a la cueva de El Castillo | © Javier García Blanco / Istockphoto.com

Esta última cueva, ubicada en el monte que le da nombre, cerca de la localidad de Puente Viesgo, resultó ser un hallazgo de gran importancia. No sólo porque el monte Castillo ocultaba en sus entrañas otras cinco cuevas, sino porque contaba en sus hermosas galerías con destacados restos pictóricos.

Coincidiendo con la publicación de un libro de Alcalde del Río sobre sus estudios en las cuevas por él exploradas y descubiertas, en 1906 se produjo un hecho de vital importancia para la continuación del estudio científico de la riqueza prehistórica de Cantabria. El 15 de junio de aquel año, el príncipe Alberto I de Mónaco firmaba un contrato de financiación para promover el estudio y difusión de aquellos notables descubrimientos, para lo que se contaría con la ayuda y experiencia del abate Henri Breuil. Aquel primer contrato tendría una continuación en el firmado tres años después, coincidiendo con la visita del príncipe monegasco, para el respectivo estudio de las cuevas del Valle, Venta de la Perra y El Castillo, investigación en la que participaron el Padre Sierra, Alcalde del Río, el abate Breuil, Hugo Obermaier y el abate J. Bouyssonie.

En la cueva de El Castillo, que como avanzábamos es una de las más importantes, se descubrieron en su boca importantes restos que evidenciaban la existencia de una ocupación humana en tiempos primitivos. Las campañas de excavación más importantes se desarrollaron entre 1910 y 1914, y estuvieron dirigidas por Breuil y Obermaier. La cueva posee un recorrido total de unos 760 metros, aunque en la actualidad las visitas sólo pueden contemplar 275 de ellos. En cualquier caso, lo más importante son las más de 275 figuras pintadas por artistas del Paleolítico Superior, y cuya dotación oscila entre los 27.000-22.000 años de las más antiguas y los 13.000 de las más recientes. Entre las primeras destacan las cerca de cincuenta “manos en negativo”, mientras que en el segundo grupo pueden encuadrarse figuras como los bisontes de contorno negro. Además, se han identificado representaciones de otros animales, como caballos, ciervos, uros, cabras e incluso mamuts.

Pinturas en la cueva de Las Monedas. Crédito: Gobierno de Cantabria.

Otra de las cuevas más singulares de las halladas en el monte Castillo es la de Las Monedas. En este caso, y a diferencia de otras de las ya mencionadas, esta cueva no fue explorada hasta 1952 –aunque su entrada se había descubierto por primera vez en 1920–, cuando se adentraron en ella Felipe Puente –guía de las cuevas de El Castillo y La Pasiega– e Isidoro Blanco. Con un desarrollo de unos 800 metros –sólo 160 son visitables–, es la de mayor longitud de las cuevas existentes en el monte, y tiene además un pronunciado desnivel de 26 metros.

Con anterioridad al uso de la cavidad por parte del ser humano, la gruta fue empleada por osos de las cavernas y, de hecho, el hallazgo en los primeros años de huesos pertenecientes a estos animales propició que fuese bautizada en un inicio como “Cueva de los Osos”. Además de las bellas formaciones geológicas, como estalactitas y estalagmitas, que decoran sus galerías, la cueva posee una destacada muestra de arte parietal, compuesta por la representación de diecisiete figuras animales y diversas formas geométricas, como grupos de líneas o signos. En este caso, los investigadores han determinado que las figuras animales fueron pintadas hace unos 12.000 años, en plena fase glacial.

Como curiosidad, la cueva de Las Monedas cuenta con otro aliciente de tipo arqueológico, que además está directamente relacionado con su nombre. Durante la exploración de la cueva, los estudiosos descubrieron con sorpresa huellas de una bota con tres claves en algunas de las salas y, al final de estas, localizaron hasta veinte monedas que databan de la época de los Reyes Católicos, aunque una de ellas había sido acuñada de nuevo en 1563. El insólito “tesoro” apareció en el fondo de una sima de veintitrés metros, pero lo que todavía hoy sigue siendo un misterio es el motivo que llevó a un desconocido visitante del siglo XVI a dejarlas allí. ¿Pretendía esconderlas para recuperarlas más tarde o quizá las perdió al aventurarse peligrosamente en una cueva oscura y laberíntica descubierta al azar?

ANEXO II. MARCELINO SANZ DE SAUTUOLA.
Aunque su formación académica no estuvo relacionada con la ciencia –estudió Derecho–, Marcelino Sanz de Sautuola (1831-1888) se mostró desde muy joven interesado por las ciencias naturales, y en especial por disciplinas como la geología o la arboricultura. De hecho, a él se debe la introducción en Cantabria, en 1863, del primer ejemplar de eucalipto.

Sin embargo, el paso de los años fue aumentando su intereses, acercándose más a campos como el estudio de la Prehistoria, temática sobre la que llegó a poseer numerosos volúmenes y trabajos. En febrero de 1872 Sautuola viajó hasta París para visitar la Exposición Universal, y aprovechó la ocasión para recorrer con detenimiento el Pabellón de Ciencias Naturales, que contaba con una notable colección de restos fósiles, sílex tallados y otros utensilios prehistóricos. Aunque por aquellas fechas él ya poseía una significativa colección de fósiles y minerales, recopiladas siguiendo su pasión autodidacta, parece ser que aquella visita a la Exposición de París aguijoneó aún más su curiosidad por los estudios prehistóricos. Así, tras su regreso a España, decidió explorar varias cuevas cercanas a Puente San Miguel –donde tenía su residencia– y otras localidades próximas. Una de aquellas cuevas sería, como ya sabemos, la de Altamira, de cuya existencia le había advertido Modesto Cubillas.

Por desgracia para él, su inestimable aportación al estudio del arte paleolítico quedó empañada por el injusto y terco rechazo de los investigadores que, mientras vivió, condenó a las pinturas al cajón de las falsificaciones. Muerto en 1888, unos años antes de que los estudiosos cambiaran de parecer sobre la importancia de la cueva, Sautuola “no pudo adivinar nunca que su nombre llegaría a hacerse inmortal en los anales de la Prehistoria”, tal y como dejaría por escrito Marcelino Menéndez Pelayo. Aunque tarde, su nombre cuenta hoy con el reconocimiento que merece.

ANEXO III. ALTAMIRA, AL DETALLE.
Localizada en medio de verdes prados cercanos a Santillana del Mar, y a escasos kilómetros de aguas del Cantábrico, la Cueva de Altamira se ha ganado un hueco –pese a las dificultades de los primeros años– entre las maravillas del arte paleolítico. No sólo posee el honor de haber sido la primera cueva con pinturas parietales en ser descubierta, sino que además sus pinturas constituyen un excelente compendio de todos los temas del arte de la época, en las que los artistas que las plasmaron utilizaron todas las técnicas conocidas, y lo hicieron además con una maestría inigualable.

La cueva propiamente dicha posee un desarrollo de unos 300 metros, y en su momento tuvo una boca amplia, que se derrumbó ya en tiempos prehistóricos, y que es precisamente el espacio que los humanos de tiempos pretéritos utilizaron como zona habitable. Los arqueólogos e investigadores han podido determinar gracias a los restos descubiertos que dicha ocupación se correspondió con los periodos Solutrense (alrededor de 18.000 años) y Magdaleniense inferior (entre 16.500 y 14.000 años), dentro del llamado Paleolítico Superior. A estas épocas pertenecen también las célebres pinturas descubiertas en su interior.

Visitantes de la cueva de Altamira, en una fotografía de los años 50 del siglo pasado.

Desde la zona de entrada, en la antigua boca hoy derrumbada, se accede a un vestíbulo en ligera pendiente y allí, al final, se encuentra el grupo de pinturas más famosas: el panel de los policromos, uno de los más importantes del mundo. Estas pinturas, en las que el animal más representado es el bisonte, datan del Magdaleniense inferior (en torno al 14.500 a.C.) y destacan de forma especial por su maestría, que el artista dejó plasmada en la perfección de las imágenes y mediante el aprovechamiento de los relieves del techo para conferir volumen y realismo a los animales representados. Continuando hacia el interior de la cueva se descubren las pinturas más antiguas, que en este caso datarían del Solutrense superior al Magdaleniense arcaico.

En lo que respecta a restos de huesos y utensilios, los investigadores descubrieron en Altamira fragmentos de distintos animales como ciervos, cabras, jabalíes, osos, caballos o bisontes, lo que permite hacernos una idea de las especies que cazaban para alimentarse.

BIBLIOGRAFÍA:

-MADARIAGA DE LA CAMPA, Benito. Sanz de Sautuola y el descubrimiento de Altamira. Colección Historia y documentos. Ed. Fundación Marcelino Botín. Santander, 2000.
-GARCÍA GUINEA, Miguel Ángel. Altamira y otras cuevas de Cantabria. Ed. Sílex.

* Queremos dar las gracias a Open News Comunicación, el Gobierno de Cantabría – Consejería de Cultura, Turismo y Deporte, Hotel Bahía Santander y Ryanair por su ayuda a la hora de realizar este reportaje.

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