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Los esclavos negros del Imperio

Publicado el 04 enero 2010 por Alberto de Frutos

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Para escribir una historia real de la esclavitud en América, habría que dar voz a quienes la sufrieron a lo largo de tantos siglos. Pero aquellos que cruzaban el Atlántico, amontonados y encadenados entre la bodega y la cubierta principal de los barcos negreros, no recibían, para escribir su historia, más tinta que la sangre derramada por el látigo del hombre blanco. A pesar de todo, su grito no se ha desvanecido.

Los esclavos negros de América han sido, hasta hace poco, los grandes olvidados de la conquista; y, sin embargo, su presencia en el Nuevo Mundo fue casi inmediata, hasta el punto de que el primer hombre negro que pisó el suelo americano fue, probablemente, un esclavo que acompañó a Colón en su segundo viaje, como recuerda el historiador alemán Conrado Habler.

Su presencia se multiplicó por la imparable mortandad de la población india, aniquilada por enfermedades como la viruela, exportada desde el Viejo Continente, y por los desmanes de los conquistadores. La defensa de los derechos de los indios contó desde el principio con leyes como las de Burgos (1512) y, mucho antes, con el mismísimo Código de las Siete Partidas, de Alfonso X el Sabio, que se aplicó hasta el siglo XIX. Pero también con valedores como Isabel la Católica, que declaró a los nativos súbditos de Castilla y limitó el comercio de esclavos a los “ladinos” (cristianizados y hablantes de español) o fray Bartolomé de las Casas. El “protector universal de las Indias” tuvo la ocurrencia de solicitar que los esclavos blancos y negros reemplazaran a los indios en el trabajo de la tierra, una propuesta de la que se arrepentiría años más tarde, pues equivalía a sustituir un tipo de esclavitud por otra.

MANGA ANCHA PARA LOS NEGREROS
Fue Carlos V quien amplió el incipiente comercio de esclavos, ya tolerado por Fernando el Católico, concediendo en agosto de 1518 una licencia exclusiva a su amigo, el saboyano Laurent de Gouvenot, para mercar cuatro mil esclavos africanos durante cinco años. La Gran Compañía de los Alemanes, una sociedad de comerciantes y capitalistas, explotó durante varios años el monopolio, que era regulado por la Casa de Contratación de Sevilla, y el perfil del tratante respondió por lo general al del judío converso.

Llegada de Cristóbal Colón al Nuevo Mundo. Crédito: Wikipedia.

El cielo se abrió entonces para los colonizadores españoles que, merced a la presencia de esclavos negros, pudieron implantar una fértil industria azucarera en Puerto Rico o desarrollar las minas de oro de Jagua (Cuba), por citar solo dos de los proyectos que acometieron. Sin embargo, la codicia no tardó en dispararse, y en 1530 el obispo de Santo Domingo aseguraba al rey que esa isla y Puerto Rico dependían imperiosamente de la disponibilidad de esclavos, y reclamaba a la Corona que los exportara sin licencia.

La figura del “asiento de negros” fue muy popular en esa época. Se refería al monopolio de introducción de esclavos africanos en la América española, y se desarrolló desde el año 1516. Sus principales beneficiarios fueron, durante mucho tiempo, portugueses y neerlandeses; y, a partir de la concesión de Felipe V a la Compañía Real de Guinea, también franceses.

Por entonces, la importación de esclavos era ya masiva. De hecho, empezó a serlo durante el reinado de Felipe II, fundamentalmente a partir de 1595, y llegó bendecida por la unión dinástica con Portugal, que ahorró los costes y facilitó la navegación. El mercader Pedro Gomes Reinel, que movía los hilos del tétrico negocio en Angola, compró una licencia por valor de cien mil ducados anuales durante nueve años, y se comprometió a transportar a las Indias a nada menos que cuatro mil doscientos cincuenta negros al año. De ellos –puntualizaba cínicamente– tres mil quinientos debían ser entregados vivos.

LA VERGÜENZA IZA SUS VELAS
Decenas de barcos recibieron las pertinentes licencias, y se armaron para cruzar el Atlántico, sorteando los ataques de los corsarios frente a la costa noroeste de África, los temporales y los contados motines a bordo. La vergüenza izaba sus velas, y la población africana era vilmente diezmada.

Hugh Thomas, en su monumental obra La trata de esclavos (Planeta, 1997), nos informa de que en el primer cuarto del siglo XVII el número total de esclavos importados de África rondó los doscientos mil, de los cuales más de setenta y cinco mil fueron entregados a la América española y unos cien mil a Brasil. La escalofriante media era de ocho mil esclavos anuales (entre 1451 y 1650, hablaríamos, aproximadamente, de un total de 628.500; la doctora E. Vila Vilar ha elaborado, a su vez, cuidadosos informes sobre el volumen total de este tráfico).

Mapa del Atlántico en 1562, obra de Diego Gutiérrez. Crédito: Library Congress.

En poco tiempo el comercio pasó de ser un lucrativo negocio para unos sujetos sin escrúpulos a una necesidad para la supervivencia económica del Nuevo Mundo. El indio siguió trabajando la tierra mediante las distintas fórmulas de la encomienda, el repartimiento o el peonaje; pero las disposiciones de la metrópoli trataron de aligerar su carga, y se fijaron cada vez más en los negros, que, según el pensamiento de la época, podían efectuar el trabajo de cuatro a ocho indios.

LOS SANTOS DE LOS ESCLAVOS
En las bodegas suplicaban los hombres y las mujeres víctimas de las guerras, la pobreza, el secuestro y las incursiones extranjeras. En las cubiertas, se paseaban el capitán, unos marineros jóvenes y cortos de luces, algún cirujano y tal vez un sacerdote.

Eran “cazados” en Cabo Verde, Guinea o Santo Tomé, y hacinados durante semanas en las peores condiciones posibles. En un primer momento, los trasladaban a Europa, y desde allí los “facturaban” a América. Ya en 1530 el Nuestra Señora de la Begoña, propiedad de un genovés residente en Málaga, trasladó a trescientos esclavos desde Santo Tomé a La Española, y muy pronto las travesías “sin escala” fueron la norma habitual.

Ahora bien, ¿cómo desembarcaban los negros en la América española? Y, una vez allí, ¿cómo vivían? El jesuita Alonso de Sandoval, testigo de los abusos desde su convento de Cartagena de Indias, nos ha facilitado el testimonio más fiel y conmovedor en su Tractatus de instauranda aethiopum salute, una obra impresa por primera vez en Sevilla en 1627. Sandoval había nacido en esa ciudad, se había criado en Lima y fue maestro del jesuita Pedro Claver, conocido como “el santo de los esclavos negros” (fue canonizado en 1888, y en vida no vaciló en penetrar en las infestas bodegas de los cautivos para consolarles en cuerpo y alma).

Hoy, las palabras de Sandoval valen como la voz de toda una raza: “Van tan apretados, tan asquerosos y tan maltratados, que me certifican los mismos que los traen que vienen de seis en seis con argollas por los cuellos en las corrientes y, estos mismos, de dos en dos con grillos en los pies, de modo que de pies a cabeza vienen aprisionados, debajo de cubierta, cerrados por de fuera, donde no ven sol ni luna, que no hay español que se atreva a poner la cabeza en el escotillo sin almadiarse, ni a perseverar dentro una hora sin riesgo de grave enfermedad. Tal es la hediondez, apretura y miseria de aquel lugar”.

La conclusión es obvia: la mayoría de ellos llegaban hechos unos esqueletos, y un alto porcentaje, imposible de calcular hoy, no sobrevivía al viaje. Como diría Conrad en boca de Kurz, era el horror.

Una vez en las plantaciones o en las minas, trabajaban “de sol a sol, y también buenos ratos de la noche”, y si eran asignados a tareas domésticas, el trato era tan inhumano que su vida semejaba la de las bestias. Muchas mujeres eran tomadas como concubinas o esposas. Los malos tratos, las torturas –como el marcado a fuego– y las mutilaciones no fueron excepcionales, pese al corpus jurídico que regulaba su trato.

En Historia de la esclavitud en España (Playor, 1990), William D. Phillips Jr. refiere que algunos negros africanos acompañaron a los españoles en la conquista de América y muchos ganaron su libertad de ese modo. La inmensa mayoría, sin embargo, fue asignada a las plantaciones de azúcar, donde trabajaban en todas las etapas necesarias para su producción. Tampoco faltaron los negros en las haciendas de cereales, los ranchos de ganado vacuno y lanar y las plantaciones de índigo, así como en la minería y en el transporte por tierra y mar.

LAS ODIOSAS COMPARACIONES
Pese a todo, la situación de los esclavos en las colonias inglesas fue más dramática que en las españolas. En palabras de John H. Elliott (Imperios del mundo atlántico, Taurus), “a pesar de todos los horrores de su situación, los esclavos africanos de las posesiones españolas en América parece que disfrutaron de mayor margen de maniobra y más oportunidades para mejorar que los de las colonias británicas. Desarraigados y lejos de su hogar, se consideraba que representaban una menor amenaza en potencia para la seguridad que la población indígena”.

Hay documentadas algunas rebeliones de esclavos negros, como la que en diciembre de 1522 tuvo lugar en el ingenio del gobernador Diego Colón; o, más adelante, en Venezuela, Cuba y Panamá. Los nombres de Sebastián Lemba, cuya estatua se erige hoy frente al Museo del Hombre Dominicano en Santo Domingo, o de Juan Criollo han pasado a la Historia por sus revueltas, al igual que el tratado que los colonos españoles firmaron en 1579 con los cimarrones de Portobelo (Panamá), por el cual estos obtenían la libertad siempre que aceptaran las propuestas del gobernador Juan López de Cepeda. Esto es: la negociación puso fin a la pesadilla de su revuelta.

El barco español de esclavos ‘Emilia’, capturado por dos buques británicos en el siglo XIX.

Legalmente, los esclavos podían contraer matrimonio. La Naturaleza se impuso a las leyes artificiales, y tras el descubrimiento y la conquista de América el vocabulario de las Indias se enriqueció con nuevos términos: los mestizos eran hijos de blanco e india; los mulatos, de blanco y negra; los pardos o zambos, de indio y negra; y los castizos, de mestiza y español, entre otros cruces. Al principio, los varones que se casaban con indias libres podían solicitar su libertad, al igual que sus hijos. En las zonas rurales, los terratenientes ponían más trabas a las relaciones familiares; y, en algunos casos, llegaron a vender a los hijos de los esclavos, pese a la oposición de la Iglesia.

Fueron precisamente los dominicos y los jesuitas quienes con mayor ímpetu atacaron la esclavitud africana aunque el papado no se pronunció, oficialmente, hasta el siglo XIX y los Estados recurrieron a autores favorables para prolongarla en el tiempo. Thomas hace una jugosa reflexión al respecto: “Cuesta no creer que hacia 1600 no hubiese suficientes voces hostiles dentro de la Iglesia católica como para hacer que la trata se diera por terminada en la siguiente generación, más o menos, de no ser porque los protestantes del norte de Europa se introdujeron también en el negocio”.

LA ABOLICIÓN DE LA ESCLAVITUD
Acabar con la lacra de la esclavitud no fue tarea fácil; sin embargo, resultó inevitable a partir de la expansión de las ideas ilustradas y, en España, tras la invasión napoleónica. De hecho, fue un sacerdote y diputado por Tlaxcala (Nueva España), José Miguel Guridi y Alcócer, quien en 1811 presentó ante las Cortes el primer proyecto español para su abolición.

El temor ante las consecuencias de esa medida unió a los grandes plantadores, que trataron de retardar por todos los medios el fin de su imperio. En febrero de 1815, Gran Bretaña, Francia, España, Suecia, Austria, Prusia, Rusia y Portugal firmaron una declaración conjunta en la que afirmaban que era su deber cerrar cuanto antes ese capítulo de oprobio, “repugnante para los principios de humanidad y de moral universal”.

Las declaraciones y los discursos, los tratados y los proyectos, los decretos y las constituciones se fueron sucediendo ininterrumpidamente a lo largo de todo el siglo XIX. En enero de 1870, tuvo lugar en Cuba el último desembarco de esclavos africanos: cerca de un millar de negros se instalaron en la provincia de La Habana.

Habían pasado alrededor de cuatro siglos desde el inicio del comercio trasatlántico de esclavos, una realidad vergonzosa que despojó de su nombre a aproximadamente un millón y medio de africanos –seiscientos mil durante el siglo XIX– y que, para nuestra ignominia, comenzó Fernando el Católico y continuó Carlos V.

Contrato de compraventa de esclavos firmado en Lima en el siglo XVIII. Crédito: Wikipedia.

En el Día Internacional para la Abolición de la Esclavitud, el Secretario General de la ONU, Ban Ki-moon, nos recordó que “en nuestro mundo globalizado se han ido perfilando nuevas formas de esclavitud. La lista de prácticas aberrantes, tanto antiguas como modernas, es trágicamente larga e incluye, entre otras muchas, la servidumbre por deudas, la servidumbre de la gleba, el trabajo forzoso, el trabajo y la servidumbre infantiles, el tráfico de personas y de órganos humanos, la esclavitud sexual, la utilización de niños soldados, la venta de niños, el matrimonio forzoso y la venta de esposas y la explotación de la prostitución”.

ANEXO 1

En el siguiente cuadro, presentamos la cifra total de esclavos desembarcados en el Nuevo Mundo entre 1492 y 1870, según las estimaciones del historiador P. D. Curtin, autor, entre otros, de The Atlantic Slave Trade: A Census.

Una ruta por el horror

México: 200.000
Cuba: 702.000
Puerto Rico: 77.000
Santo Domingo: 30.000
Centroamérica: 21.000
Ecuador, Panamá y Colombia: 200.000
Venezuela: 121.000
Perú: 95.000
Bolivia y Río de la Plata: 100.000
Chile: 6.000
Total: 1.552.000

BIBLIOGRAFÍA

-ANDRÉS-GALLEGO, J., La esclavitud en la América española. Encuentro/Fundación Ignacio Larramendi, Madrid, 2005.

-ELLIOTT, J. H., Imperios del mundo atlántico, Taurus, Madrid, 2006.

-FABIÉ ESCUDERO, A. Mª, Los comienzos de la esclavitud en América, extractado de Conrado Habler, RAH, Madrid, 1896.

-FEROS, A., comentarios a Weber, David J., Bárbaros. Los españoles y sus salvajes en la era de la Ilustración, Crítica; ANDRÉS-GALLEGO, J., La esclavitud en la América española; y MARTÍNEZ TORRES, J. Prisioneros de los infieles: vida y rescate de los cautivos cristianos en el Mediterráneo musulmán (siglos XVI-XVII), Bellaterra, en Revista de Libros, nº 131, Madrid, noviembre de 2007.

-PHILIPS, William D., Jr. Historia de la esclavitud en España, Playor, Madrid, 1990.

-SANDOVAL, Alonso de. Un tratado sobre la esclavitud, Alianza Editorial, Madrid, 1987.

-THOMAS, H. La trata de esclavos, Planeta, Madrid, 1997.

-VILA VILAR, E. Hispanoamérica y el comercio de esclavos, Sevilla, 1977.

© Imagen de apertura: Narvikk / Istockphoto

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2 Comments For This Post

  1. Abelardo Sewell Tyndell Says:

    Raza acrisolada

    Si me atreviera a cercenar el silencio;
    este silencio de siglos olvidados,
    y beber de tus labios el añejado vino,
    o inquirir en tu semblante mi pasado…
    ¿Qué hallaría en tus ojos profundos?
    ¿Señalaría el vetusto reloj alguna hora
    en la recurrencia de las noches,
    para contarnos fantásticas historias
    hasta rayando el alba?
    ¿Podrá el rocío borrar estas ranuras
    por donde se escurren nuestros sudores?
    Fuimos desarraigados de la cepa tórrida,
    nadie jamás preguntaría por lo sucedido:
    exuberantes bosques hechas antorchas,
    abuelas abandonadas en la dehesa
    como reses desparramadas al pasto
    sin poder evacuar sus endechas,
    criaturas devoradas por hormigas,
    veo barcazas atiborradas de espectros,
    las hambrientas sombras del anonimato.
    Marcados, extirpados, sentenciados,
    clasificados, sellados, vulnerados,
    trasegados, negociados, subastados…
    ¡Oh preciosa mercancía de ébano!
    Personas igual que tú: infantes…
    mujeres en expectativas, hombres…
    ¿Mas hoy; tú quién eres, a quién invocas
    desde estos antros del miedo al pensar?
    A ti que meditas estas líneas mías,
    quiero decirte que son tuyas también,
    te las ofrezco a manos llenas
    porque nuestra historia es la misma.
    De “inga y de mandinga” todos tenemos:
    registrados, numerados, valorados…
    Somos bozales; desnudos al sol candente
    ignorando soledades desde la invisibilidad;
    sin rostro, sin nombre, sin palabra…
    Somos ladinos; acarreando crucifijos
    sin entender la letanía de los rezos…
    Como ayer; somos cimarrones:
    rebeldes, tercos, insatisfechos…
    Pero las heridas arden al roce de la brisa,
    arden siempre al pasar las páginas
    habitamos refugios efímeros como aves.
    Somos mogollones; sin cosecha fija
    encadenado al fardo de la vergüenza,
    la traición, la entrega, el despecho…
    Por eso pregunto en esta hora marchita;
    en tanto los vientos peinan los cerros,
    mientras caen hojas sobre tumbas,
    sobre tantas tumbas, tumbas sin epitafios…
    Apremiante es este interrogatorio,
    para procurarnos respuestas
    ante la actual apropiación y rebatiña
    ¿Tú quién eres, a quién invocas
    desde este tenebroso antro de miserias?
    ¿Bozales, ladinos, cimarrones, mogollones?
    De tu respuesta solamente:
    depende la voluntad de resurgir.

    Poema escrito en ocasión del Día de la Etnia Negra,

    Panamá, 30 de mayo de 2010

  2. Abelardo Sewell Tyndell Says:

    Calderas rajadas
    Lluvia, lluvias, lluvias: las de siempre
    cada año, cada invierno, nada cambia.
    Los veranos suceden a los veranos:
    ganados calcinados, deshidratados
    es el hambre de siempre que se recicla
    nada cambia, nada se altera es el mismo sol…
    Bajo este cielo grisáceo, presagiante…
    Persistimos todavía más que existir.
    Idiosincrasia, dedocracia, mediocracia
    “democracia”, burocracia, plutocracia…
    caracterizan esta célebre sociedad.
    Son las que cuajan bloques de monopolio,
    como viejos paraguas contra el cambio
    en mi país, mi ejemplar país.
    Un estornudo tras la inclemencia
    y todo, todo, todo colapsa;
    en mi país, mi ejemplar país:
    calderas rajadas en pleno cocimiento,
    caminos ladeados como ramajes tristes,
    la perplejidad del visitante ignorada…
    Pero las eminencias se visten de impunidad;
    mientras empuñan medidas de choque
    multiplicadas en boca de loros,
    coladeras de mentiras sosegando calles,
    todo esto sucede en mi país, mi ejemplar país.
    Pero hay mucho más, infinitamente más
    cual cenizas volcánicas escarchándose:
    sobre los tejados, los balcones, las sábanas
    que cubren las enredaderas del patio.
    Fundidora de castas son los registros
    coloniales: fariseos, filisteos, bárbaros,
    negros, indios, criollos, blancos…
    sin embargo; persisten nuestras penas,
    no importa que disimulemos los hechos,
    ocultemos las historias desagradables
    o cambiemos nuestros nombres,
    todos se confunden en mi amor probado.
    Porque muy a pesar de todo
    este es mi país, nuestro ejemplar país.
    San José, Costa Rica, 21/10/10

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