Gengis Kan, el ‘océano de sangre’

Publicado el 30 noviembre 2009 por Alberto de Frutos

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Fotograma del film 'Mongol', biopic sobre la figura del Gran Kan.

El 18 de agosto de 1227, a los sesenta años, murió Gengis Kan quien, tras unificar a las tribus dispersas de la altiplanicie mongola, logró crear un imperio que se extendería desde el mar de Japón hasta las costas del Danubio. Sus gestas aparecen glorificadas en la Historia secreta de los mongoles, compuesta la séptima luna del Año de la Rata…

Quizá solo el macedonio Alejandro Magno pueda rivalizar con el protagonista de esta epopeya en cuanto al número de conquistas y al apremio con que las llevó a cabo. Tanto el uno como el otro crecieron con la certidumbre de la finitud de la vida y del peligro que arrostra todo poder: el padre de Alejandro, Filipo II, murió asesinado por Pausanias en el verano de 336, y el veneno tártaro consumó su maligno designio en el cuerpo del padre de Gengis, Yesügei, cuando su hijo era aún un niño llamado Temüjin.

Sin embargo, una mezcla de fortuna y ambición hizo que ambos huérfanos se incorporaran de sus cenizas e iniciaran una carrera incomparable en pos de la gloria. Lo que en Alejandro impulsaba la audacia de la juventud, en Gengis Kan lo movía el aplomo de la experiencia. Si bien ignoramos la fecha exacta de su nacimiento, manejamos como probables los años de 1155, 1162 o 1167, lo que quiere decir que era ya un hombre hecho y derecho cuando, en apenas un lustro, entre el año del Gallo de 1201 y el del Tigre de 1206, impuso su poder y agrupó a las distintas tribus que vegetaban en las extensiones del valle mongol.

NÓMADAS DE OJOS RASGADOS
Vestidos con piel de rata y perro, los mongoles eran nómadas de ojos rasgados, que fatigaban la tierra en busca de nuevos pastos, se dedicaban a la caza en los bosques y el pillaje, y exhibían sus destrezas como hábiles jinetes y diestros arqueros. Con una dieta compuesta de carne de perro y leche de yegua, subsistían sin mayores ambiciones, y, en su estrechez de miras, les bastaba con humillar a sus vecinos en improvisadas razzias por las fronteras de Mesopotamia y el norte de China.

Su origen se remonta a la noche de los tiempos. De acuerdo con la historiografía actual, descenderían de los “tunguses” o bárbaros del este. Rehabilitar su árbol genealógico ha constituido una aventura para muchos estudiosos, que sitúan en el siglo XII la primera gran confederación de estos pueblos, una liga que culminaría Genghis a comienzos del siglo XIII.

Fue una centuria atroz. Mientras en Occidente se armaban las Cruzadas para liberar Jerusalén, los cristianos de Nestoria repetían que la única esperanza contra los musulmanes pasaba por esos adoradores del vino que carecían de nariz. Según la creencia de la época, el mismísimo Preste Juan era quien guiaba a los mongoles hacia la liberación de la cristiandad.

No obstante, hasta la aparición de Gengis, su territorio era un espacio amorfo al noroeste de la Gran Muralla china, que limitaba con las montañas del Alto Altai al oeste, el desierto del Gobi al sur, y el lago Baikal al norte. En apenas unas décadas, el conquistador cuyo nombre era “Océano” –pues tal significa Gengis, si bien otras versiones sostienen que el término proviene del trino de un pájaro de cinco colores que solía merodear por la tienda del héroe, o bien de los espíritus que gobiernan la tierra– se hizo con el control del noventa y cinco por ciento del territorio entre el mar Negro y el Amarillo.

Orilla del río Onon, en cuyas cercanías nació Gengis Kan. Crédito: Wikipedia.

Orilla del río Onon, en cuyas cercanías nació Gengis Kan. Crédito: Wikipedia.

LEYENDAS SOBRE UN OSCURO ORIGEN
La leyenda, con sus galas de ensueño, nos describe al padre de Gengis, Yesügei, tras una victoriosa campaña contra los tártaros, en la que logró apresar a un jefe llamado Temüjin, “el acero más fino”. A la sazón, la mujer de Yesügei, Hö’elün, estaba embarazada; y, coincidiendo con la captura de ese “trofeo”, dio a luz a un hijo a quien llamó como el tártaro rendido.

Cuando contaba nueve años, su padre salió en busca de una esposa para el pequeño, que no tardó en encontrar: Borte, hija de Dei-sechen, consuegro de Yesügei. Años más tarde, la pequeña fue secuestrada por la tribu de los merkitas, y el joven Temüjin se alió con otros pueblos del Alto Altai para rescatarla. “Nosotros te nombraremos kan –le dijeron los caudillos que participaron en la operación–, y cuando seas emperador seremos tu avanzadilla frente al enemigo numeroso y te traeremos cuantas muchachas hermosas y esposas y buenos caballos podamos capturar”. De esa forma, el joven Temüjin se convirtió en el mito oceánico y universal de Gengis Kan, Chinguis en su lengua nativa.

Con el apoyo de los qarayt, mongoles que practicaban el cristianismo nestoriano, fue elegido kan de su tribu en 1196, venció a los tártaros en 1202, y demostró que no se casaba con nadie al enfrentarse a sus viejos aliados qarayt y a los nayman, antes de convocar una gran asamblea en las fuentes del Onon que le proclamaría emperador o kan.

El niño Temüjin, futuro gran Kan, en un fotograma de la película 'Mongol'. Crédito: Picturehouse.

El niño Temüjin, futuro gran Kan, en un fotograma de la película Mongol. © Picturehouse.

Sabedor de la importancia de la disciplina y la fidelidad, supo rodearse de unos secuaces que comprendían bien el significado de la palabra anda: “¿No dicen los ancianos de épocas pasadas que ser anda es como compartir una misma existencia, pues nunca se abandona al compañero y se le protege y socorre a costa de la propia vida?”. Para formalizar el juramento de los anda, los hombres se untaban los labios con la sangre propiciatoria de un sacrificio, que en ocasiones era la del propio compañero, mezclada con “polvo de oro”.

Y siguieron las conquistas. En 1213, Gengis atacó la Gran Muralla china, y dos años más tarde ocupó Pekín, una proeza a la que seguiría el saqueo de las ciudades de Bujara, Samarcanda, Nishapur y Herat, hasta alcanzar las orillas del mar Negro.

A diferencia de otros imperios forjados en el fuego de la batalla y la personalidad suprema de un jefe, el mongol no se resignó a una inmediata decadencia tras la muerte de Gengis. Después de las honras fúnebres al cabecilla, su herencia se encarnó en una expansión sin límites, que devastó Hungría y Polonia y tomó Bagdad en 1258. Es cierto que, al final, todo lo que las manos levantan acaba cayendo. El problema del imperio mongol fue que carecía de recursos humanos suficientes para alimentar tan vastas fronteras, y el contacto y la asimilación con otras culturas acabó debilitándolo. Una vez culminada la conquista de China, la milenaria civilización de ese país absorbió el “organizado desorden” impuesto por la administración mongola, a mediados del siglo XIV.

LA FUERZA DE LA SANGRE
Pero, ¿qué oscura y poderosa fuerza alimentaba las hordas de los mongoles? A simple vista, se diría que la fuerza de la sangre: “Los tártaros mataron a nuestro padre, y aún no lo hemos vengado; ajusticiemos a cuantos sean más altos que la pezonera de un carro, y sirvámonos de los que quedan como siervos”, dijo en cierta ocasión Gengis. Éste fue, sin duda, uno de los azotes de la humanidad, un impío carnicero y salvaje invasor que sometió a los pueblos con la ley del terror.

Una antigua edición en chino de 'Historia secreta de los mongoles'.

Una antigua edición en chino de Historia secreta de los mongoles.

Pero sería injusto reducir su figura a la de un bárbaro. Temüjin supo organizar el gobierno y el ejército imperial, introdujo la escritura y la administración, y se mostró tolerante con las diversas prácticas religiosas. Al igual que sucedió con la Grecia de Alejandro o la Roma de Julio César, el haber y el debe de sus conquistas muestra un cierto equilibrio. En un platillo de la balanza, las víctimas de la ocupación y los excesos de ese primigenio colonialismo; en el otro, la mezcla de culturas que haría avanzar a pasos agigantados la civilización en Oriente, y posibilitaría la circulación de mercancías y el tránsito de influencias culturales entre Europa y las estepas del Extremo Oriente.

Para reconstruir el sistema de anhelos y creencias de este pueblo, acudimos a la Historia secreta de los mongoles, una obra escrita en torno a 1240 por un personaje muy cercano a la corte, y salvada del olvido por copistas chinos a comienzos del siglo XIII.

Su principio es ya clásico, y despliega esa fantasía que será santo y seña de los cuatro libros que la componen: “El primer antepasado de los hombres de la dinastía Yuan fue un lobo gris venido del cielo que, emparejado con una corza blanca, atravesó el lago que dicen Tenggis y acabó asentado en la cabecera del río Onon, al pie del monte Burqan. De ellos nació un hijo que llamaron Batachi Qan”.

De ese Batachi Qan, y siguiendo una línea de sangre inenarrable, desciende nuestro Gengis, que hace acto de presencia al final del Libro I, junto con sus tres hermanos: los varones Qasar –criado con carne humana y alto como tres hombres– Quachi’un y Temüge, y la pequeña Temülun.

Tras la muerte del padre, envenenado por los tártaros cuando regresaba de apalabrar la boda de su hijo en casa de Dei-sechen, comienzan las miserias para Gengis y los suyos: “Levantaron el campamento, abandonando a su suerte a la madre y a los hijos”, señala el autor del libro. Seguimos entonces las penurias de la familia, su pobre alimentación a base de hierbas, la persecución a que son sometidos por los enemigos de su padre, y, finalmente, el rapto de la esposa de Gengis por la tribu de los merkitas. La fama que acompañará al joven tras recuperarla marca un antes y un después en su relación con los otros pueblos. “Temüjin –describe el autor–, perdido en pleno saqueo nocturno entre la población que huía, gritaba el nombre de su esposa. Börte reconoció la voz en medio del gentío, y saltando del carro de la vieja Qo‘aqchin, llegó hasta el caballo de Temüjin y lo sujetó de las bridas. Había luna en ese instante, y se reconocieron”.

Arqueros del ejército de Gengis, en una escena del film Mongol. Crédito: Picturehouse.

Arqueros del ejército de Gengis, en una escena del film Mongol. Crédito: Picturehouse.

Es una escena fantástica, plena de lirismo, como lo estuvo toda la vida guerrera de Gengis. Y, si no, evoquemos otro fragmento de sus hazañas, cuando, en el transcurso de una batalla, fue herido en el cuello, y su oficial se aprestó a chuparle la sangraza. Como sus afanes no dieran resultado, el valiente soldado se adentró en un campamento de las filas enemigas para distraer de allí la sanadora leche de yegua o, en su defecto, cuajada, que fue lo que finalmente halló, y mezcló con agua. Gengis “bebió pausadamente tres veces, y al cabo dijo: ‘Ya se me ha aclarado la vista y me ha vuelto el ánimo’.

No hubo un solo día en que el jefe mongol no presentara batalla o encabezara una campaña punitiva contra los pueblos sojuzgados. Su ejército penetró en imperios que ya no existen, conquistó Irán, se adentró en la Rusia meridional y Afganistán… Pero, a diferencia de lo que sucedió con Alejandro, a cuya muerte se desmembró el imperio, la experiencia facultó a Gengis Kan para adelantarse a su destino: antes de morir, repartió el país entre sus cuatro hijos, y la sangre del Gran Kan se perpetuó hasta el siglo XVI.

Con una asepsia propia de cirujano o funcionario, el autor de la Historia secreta de los mongoles resume así el fin del fundador del imperio: “Como los tang’ut faltaron a su palabra, fue menester emprender dos expediciones militares contra ellos. Y, a la vuelta, en el Año del Cerdo, Gengis murió”. Esta vez, el veneno no fue el culpable de su desenlace, que se debió, probablemente, a una enfermedad por la insalubridad del clima.

Mausoleo de Gengis Kan en la provincia de Mongolia Interior (China). Crédito: Wikipedia.

Mausoleo de Gengis Kan en la provincia de Mongolia Interior (China). Crédito: Wikipedia.

Su mausoleo, reconstruido en 1970, se encuentra a cien kilómetros al suroeste de Bautou, en la región de Ordos. Le acompaña la riqueza y el recuerdo de la sangre que corrió pródiga durante toda su vida, y aun después de su muerte. Y es que, según cuentan las crónicas, la comitiva que transportó el cadáver hasta su morada última arrasó con cuanto se puso delante de sus narices; y decenas de caballos y hasta cuarenta doncellas de noble cuna fueron inmoladas para servir en el Más Allá al inmortal guerrero cuyo nombre era Océano.

ANEXO
UN LIBRO PARA UNA CIUDAD
El texto fundacional de la nación mongola es la Historia secreta de los mongoles, un libro indispensable para comprender los orígenes y el desarrollo vital del guerrero más famoso de todos los tiempos. No obstante, lo que ha llegado hasta nosotros es una traducción al chino de comienzos del siglo XIV, que se irá enriqueciendo posteriormente para trazar un ajustado, aunque mítico, perfil del conquistador, a la manera de un infatigable héroe homérico. Pero, para conocer mejor la época o al personaje que se asoman a esta investigación, recomendamos la revisión de otros clásicos como Historia del Gran Tamerlán, de R. González de Clavijo, sobre la embajada hispana al lejano reino de Tamerlán, o el estudio de J. Gil En demanda del Gran Kan. Viajes a Mongolia en el siglo XIII, obras que dan cuenta de la fascinación que sintieron nuestros antepasados por el imperio más poderoso de su tiempo. Como no podía ser de otra manera, los autores románticos, en especial los ingleses, explotaron el filón de ese exotismo, tal como encontramos en el soberbio Kubla Kan, para el que Coleridge se inspiró en las narraciones de Purchas.

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1 Comments For This Post

  1. operacion estetica Says:

    Un articulo muy bueno! Ya tienes un seguidor mas :)

2 Trackbacks For This Post

  1. Tumbas perdidas | Planeta Sapiens Says:

    [...] de los grandes conquistadores de la historia, el poderoso Gengis Kan (ver artículo de este mes, aquí), era sorprendido por la muerte mientras luchaba contra el reino de Hsi-Hsía. Al morir, sus [...]

  2. Descubren en Japón restos de un barco de la ‘invasión Mongol’ | Planeta Sapiens Says:

    [...] -Gengis Khan, el ‘Océano de sangre’ [...]

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