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El tesoro del capitán Kidd

Publicado el 01 noviembre 2009 por Alberto de Frutos

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Dibujo de William Kidd, según Howard Pyle. Crédito: Wikipedia.William Kidd (1645-1701) ha inspirado las más truculentas historias de piratas. Su muerte en la horca arrojó sobre su memoria puñados de desdén y estiércol. Pero, en realidad, el capitán Kidd no surcó los mares en busca de fama y tesoros, sino que se puso al servicio de una Corona traicionera y cobarde que, cuando le convino, no vaciló en condenarlo al silencio eterno…

Londres, mayo de 1701. El cuerpo del capitán Kidd ondea como una bandera deshilachada y se derrumba sobre la arena. La soga no ha resistido su peso. Sobre la cabeza del escocés, tres hombres, compinches del que se considera el bucanero más despiadado de todos los mares, bailan una danza macabra y espasmódica, que parece haber sido coreografiada en el mismísimo infierno.

Ebrio de ron y asco, el capitán recita los versos del salmo con que se ha despedido del mundo, y los vapores del alcohol le conceden una tregua, acaso la última. Son solo diez minutos: el tiempo que precisa el verdugo para recomponer la plataforma patibularia y el que necesita el sacerdote para reclamar a su oveja el sincero arrepentimiento de sus pecados. Pero Kidd es inocente. Se limita a registrar que muere “con amor cristiano y reconciliado con el mundo entero”. El sol se pone en la capital del imperio cuando la segunda tentativa triunfa sobre todo desliz, y el capitán entrega su alma.

Sus restos, trasladados desde el Muelle de las Ejecuciones, serán exhibidos más tarde en una jaula en Tilbury Point, para aviso de navegantes y vergüenza de sus justicieros.

UNA TREGUA DE DIEZ MINUTOS
¿Qué pensó el capitán Kidd durante esos diez minutos que le fueron concedidos? Difícil es decirlo. Si vio pasar su vida en ese instante, es posible que su vida tuviera los ojos de su mujer Sarah, con quien había contraído matrimonio en Nueva York en 1691, y de su hija.

Corría el año 1691 cuando Kidd la conoció: la viuda de William Cox era aún una criatura joven, de veintiuna primaveras, deseable aunque analfabeta, que disfrutaba, como él, de las fiestas que Nueva York brindaba a sus huéspedes: el día de su boda, la pareja asistió, por ejemplo, al ahorcamiento y decapitación del gobernador Leisler, acusado de asesinato y traición a la Corona. Así se distraía entonces la plebe, cuando civilización y barbarie eran conceptos difusos e intercambiables.

A Kidd le quedaban aún unos años para convertirse en el cazador de piratas que luego fue pero, entre la población de Nueva York, ya gozaba de crédito suficiente; y, a finales de ese mismo mes de mayo, persiguió al corsario francés que había saqueado Block Island, frente a las costas de Long Island. Aventurero y fanfarrón, William logró aplacar su sed de gloria en el seno hogareño y, tras sentar la cabeza, trabajó como capitán mercante una temporada mientras seguía labrándose un porvenir en la ciudad de las oportunidades. Poco a poco, el escocés fue ampliando sus relaciones, y unos años después se codeaba con algunos de los próceres de la Corona británica. Así empezó su leyenda, y así su perdición.

El poderoso comerciante de Albany Robert Livingston, el capitán Gilles Shelley y el más tarde alcalde de Nueva York Phillip French idearon un plan para hacer dinero rápido y fácil, al tiempo que satisfacían los deseos del rey Guillermo III, harto de los piratas que campaban a sus anchas en las colonias americanas.

Los cuentos infantiles y las películas de aventuras han recreado la figura del pirata con un tono que oscila entre el romanticismo y la parodia. Tal como desvela Richard Zacks en El cazador de piratas (Lumen, 2003) éstos “navegaban muy pocas veces bajo la bandera negra de la calavera y las tibias cruzadas, y desde luego no lo hacían en el siglo XVII. En general, optaban por una estratagema guerrera, y usaban la bandera de algún país (…) Rara vez enterraban sus tesoros, sino que se los bebían o los gastaban en prostitutas (…) Toda la comida y el alcohol debían repartirse equitativamente (…) Blasfemaban en abundancia y a menudo vestían con ropa extravagante y escandalosa”. Finalmente, los malhechores no se lo pensaban dos veces a la hora de torturar a sus víctimas, para descubrir el paradero de un tesoro, ni de violar a las prisioneras.

LA MALA HIERBA QUE CRECE EN EL MAR
Pues bien: esa era la ralea a la que William Kidd habría de enfrentarse en lo sucesivo. Cuando el citado Livingston se reunió con el anciano conde Bellomont en la mansión que éste poseía en Dover Street, se sentaron las bases de una trama que implicaría a los grandes nobles ingleses de la época.

El plan era dotar a Kidd de un barco de la Armada Real y hacer probar a los enemigos del imperio su propia medicina. Ciertamente, el corso era una actividad legal –pese a la frágil frontera que, a menudo, la separaba de la piratería pura y dura–, pero los poderes que los inversionistas se arrogaron para su empresa transgredían toda ley y decoro. Sin ir más lejos, el grupo de intocables, reunido en torno al conde Bellomont, pretendía retener cualquier barco pirata sin rendir cuentas al tribunal del Almirantazgo, y obtener de ese modo unos ilimitados beneficios por sus saqueos.

William Kidd surcó las aguas a bordo del Adventure Gallery. Crédito: Matthew_80 / Stock.Xchng

William Kidd surcó las aguas a bordo del Adventure Gallery. Crédito: Matthew_80 / Stock.Xchng.

Cuatro lores del partido whig –liberales partidarios de una mayor autonomía del Parlamento frente a la Corona– financiaron las seis mil libras necesarias para armar el buque. Sus nombres y la raigambre de sus casas hacen que todavía hoy nos estremezcamos de pavor ante la corrupción del sistema. Se trataba, en fin, de Charles Talbot, decimosegundo conde de Shrewsbury; del conde de Romney, Henry Sidney; de Lord John Sommers, un jurista que había estudiado en Oxford; y del almirante Edward Russell, hijo del duque de Bedford.

Con semejantes titiriteros en la sombra, a Kidd no le costó demasiado armar su buque, el Adventure Gallery, y recibir del propio rey Guillermo el nombramiento para atacar piratas y llevarlos a juicio, con el favor de todos los funcionarios y súbditos de la Corona.

De camino a la colonia americana, el escocés apresó un barco pesquero frente a Terranova, y, ya en Nueva York, reclutó a su tripulación entre los bajos fondos de la ciudad, prometiéndoles tres cuartas partes del botín que capturaran (la restante iría a sus promotores en la metrópoli). Entre sus hombres, no faltaban los rudos ex piratas y, por supuesto, los grumetes, hábiles artificieros capaces de serpentear por la cubierta con los cazos de pólvora para los cañones. En total, 152 hombres, que firmaron un ventajoso contrato con cláusulas tan sabrosas como esta: “Si un hombre perdiere un ojo, pierna o brazo o el uso de los mismos, recibirá seiscientas piezas de a ocho, o seis esclavos capaces”.

LOS PRIMEROS VIAJES
A principios de 1697, Kidd fatigaba los mares a la caza de piratas, pero durante los primeros dieciséis meses su travesía fue estéril: no avistó ningún mercante francés ni buque de oscuro estandarte. Al capitán siempre le había perseguido el infortunio, como cuando la mayoría de sus hombres enfermó en una isla africana y hubo que carenar el buque. Además, en su misión lo escoltaba un compañero poco deseado y vigilante: el Spectre, al servicio de la pujante Compañía Inglesa de las Indias Orientales, y con el mismo propósito.

Como es lógico, las suspicacias no tardaron en producirse, sobre todo tras un dudoso episodio que involucró a Kidd en el intento de asalto a una flota de peregrinos musulmanes. “A pesar de que las acciones de Kidd pudieron parecer sospechosas, resultan perfectamente coherentes con la tarea de un hombre que trataba de atrapar buques piratas después de que saquearan la flota musulmana. Su insólito nombramiento le otorgaba el derecho a robar a los ladrones sin ninguna obligación de devolver los bienes arrebatados a sus propietarios”, defiende Zacks.

Ilustración con el célebre pirata enterrando su tesoro. Crédito: Life.

Ilustración con el célebre pirata enterrando su tesoro. Crédito: Life.

Los agentes de la Compañía no desaprovecharon la oportunidad para difundir toda suerte de hablillas acerca de la conversión de un capitán escocés con patente de corso a la piratería. “Kidd ha estado en las islas Laquedivas robando y asesinando hombres, mujeres y niños, y ha cometido todas las villanías posibles”, escribía uno de sus empleados.

El capitán sabía crearse enemigos. Pero, como en cualquier historia de piratas que se precie, en la nuestra hace falta ya un adversario de peso, y ese fue Robert Culliford, quien, desde sus años mozos, había vivido del innoble arte del latrocinio. Ambos gigantes se encontraron en el puerto de la isla de Sainte Marie, frente a Madagascar, y jugaron al ratón y al gato hasta que se desató la cacería.

Tras dos años de fracasos, y en el convencimiento de que su capitán les había escamoteado nada menos que diez mil libras de oro, la tripulación del Adventure Gallery desconfiaba ya de éste. Sometieron a votación su futuro próximo: o motín o fidelidad; y el resultado no pudo ser más adverso para Kidd, que vio cómo cerca de cien de sus hombres desertaban y se ponían a las órdenes de Culliford. En el bando del escocés, quedó una raquítica cuadrilla compuesta por grumetes, ancianos y enfermos, que no pudo resistir el ataque de su enemigo. Éste zarpó rumbó al norte a mediados de junio de 1698, y las calumnias sobre Kidd se multiplicaron con el eco de los fugitivos.

Las vicisitudes del capitán y sus hombres tras la catástrofe de la isla Sainte Marie podrían llenar varios tratados de esa historia de lo naval que parece hilvanarse en la imprenta de las desgracias. De puerto en puerto y de barco en barco, Kidd surcó las aguas en medio de un fuego cruzado de acusaciones y denuncias falsas. En mayo de 1699, el buque de guerra HMS Queensborough salió en su persecución, mientras las protestas de la Compañía de las Indias Orientales incitaban al rey a capturar a “esa persona a quien se armó hace cerca de dos o tres años (…) pero que ha vuelto a su antiguo oficio y ha robado tanto como cualquiera de ellos”.

CAÍDA EN DESGRACIA
Al fin, Kidd regresó, y lo hizo, según un abogado de Nueva York a quien el capitán se confió, con sesenta libras en peso de oro y cien de plata, así como diecisiete fardos de mercancías, y el recuerdo de un buque con treinta mil libras en su interior cerca de la isla de La Española.

El arresto de William Kidd. Crédito: Life.

El arresto de William Kidd. Crédito: Life.

Las noticias de ese fabuloso tesoro, con el que el capitán pretendía salvar el pellejo y dilatar su prendimiento, corrieron como la pólvora. El viejo conde Bellomont, principal artífice de la empresa de los caza-piratas y, a la sazón, arruinado, vivió atormentado lo poco que le quedaba de vida buscando las fuentes de esa dorada y efímera felicidad.

Declarado pirata por las autoridades, los antiguos protectores de Kidd le dieron la espalda, y el capitán fue detenido y encarcelado en la prisión de Boston, hasta su traslado definitivo a Londres.

“Desde la época de Francis Drake o John Hawkins –o, en tiempos más recientes, Henry Morgan–, ningún corsario acusado de piratería había dominado hasta aquel punto la escena política inglesa”, afirma Richard Zacks. Para los tories, la obscena concesión que Kidd había recibido era la causa de la miseria de Irlanda y la ruina de Inglaterra, nada menos; pero, a ciencia cierta, nadie sabía exactamente quién había contratado al capitán para esas fechorías y en qué términos se había forjado su extraña Sociedad de Piratas. ¿Alguien se atrevería a jurar ante un tribunal que el mismísimo rey Guillermo III planeaba recibir un diez por ciento de los beneficios?

La historia consigna que Kidd fue el primer pirata que testificó ante la Cámara de los Comunes y sus cerca de cuatrocientos parlamentarios. Reivindicó su inocencia y exculpó a sus protectores, pero, en privado, redactó un alegato que comenzaba con estas palabras: “Si la misión que se me encomendó fue ilegal, o de consecuencias perjudiciales para el comercio de la Nación, quienes debían sufrir por ello deberían ser mis armadores, que conocían las leyes, y no yo, convertido en un instrumento de su codicia”.

A la postre, las palabras o el silencio del capitán Kidd sirvieron de poco: un juicio plagado de perjuros –los mismos hombres que lo habían abandonado para dedicarse a la piratería junto a Culliford– y la animosidad del tribunal lo condenaron a muerte.

El tesoro del capitán Kidd, estimado en medio millón de libras esterlinas, generó apenas cinco mil quinientas libras en la subasta de mercancías llevada a cabo por el Almirantazgo.

ANEXO
UN LIBRO PARA UNA CIUDAD
¿Quién de nosotros no ha disfrutado con La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson, y su espacio mítico de loros parlanchines, botellas de ron y patas de palo? Junto a ese clásico de la literatura, otra obra de ficción se alza en la cumbre del Olimpo pirata: me refiero a El escarabajo de oro, un relato de Edgar Allan Poe que merece todas las relecturas. La búsqueda de un tesoro y la excitación ante su hallazgo nos siguen asombrando por el puntilloso estilo del maestro del horror y la aventura, que alcanza uno de sus mejores momentos cuando Mr. William Legrand, descendiente de una antigua familia de hugonotes, dice: “Tiene usted que haber oído hablar de un tal capitán Kidd. (…) Habrá usted oído contar alguna de las muchas historias que corren, de esos mil vagos rumores respecto a tesoros enterrados en algún lugar de la costa del Atlántico por Kidd y sus camaradas. Esos rumores debían tener algún fundamento real…”. Quizá Legrand estuviera equivocado, pero, ¿quién puede decirlo?

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  1. El tesoro del capitán Kidd Says:

    [...] El tesoro del capitán Kidd [...]

  2. Recordando la muerte del capitán Kidd | Planeta Sapiens Says:

    [...] que jamás han surcado los mares. Hace ya algún tiempo, a finales del año 2009, publicamos aquí un artículo de nuestro compañero Alberto de Frutos sobre este singular personaje. Aprovechando el aniversario [...]

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