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Archive | mayo, 2011

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57 años sin Robert Capa

Posted on 25 mayo 2011 by Redacción

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Robert Capa preparado para saltar en paracaídas junto a las tropas aliadas durante la II Guerra Mundial. © Life Magazine.

“Si tus fotografías no son lo suficientemente buenas, es que no estás lo suficientemente cerca”. Para los amantes de la fotografía, esta es una frase sobradamente conocida. Su autor fue el célebre fotógrafo Robert Capa –alias utilizado por el húngaro Endre Ernő Friedmann– quien siempre procuró ponerla en práctica. De hecho, lo hizo hasta tal punto que su obsesión por estar siempre en el primer plano de la acción le llevó a perder la vida, hoy hace exactamente 57 años.

Fotografía tomada por Robert Capa durante el desembarco de Normandía.

Robert Capa filmando una escena durante la Guerra Civil española, en 1938. © Life Magazine.

Capa, uno de los fundadores de la prestigiosa agencia Magnum, se caracterizó por su seguimiento de distintos conflictos armados –cubrió durante varios meses la Guerra Civil española y no dudó en estar en primera línea de combate en la II Guerra Mundial–, y fue precisamente en uno de ellos donde perdió la vida.

Fotografía tomada por Capa en la Guerra de Indochina.

Aquel 25 de mayo de 1954, Capa estaba cubriendo la Primera Guerra de Indochina para la revista Life y, mientras caminaba de noche acompañando a tropas francesas, pisó una mina que acabó con su vida. Para recordar su labor en este triste aniversario, nada mejor que echar un vistazo a la galería que la web de la agencia Magnum mantiene con algunas de sus imágenes más impactantes.

Más información sobre la labor de Capa y su pareja Gerda Taro –que sufrió un destino similar años antes que él– durante la Guerra Civil española: Cronistas del horror.

Fuente: To those we lost (Iconic Photos)

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¿La supernova que ‘anunció’ a un rey?

Posted on 25 mayo 2011 by Redacción

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Hasta ahora, los astrónomos creían que la luz procedente de la explosión de una supernova –cuyos restos hoy conocemos como Cassiopeia A– llegó a la Tierra a finales del siglo XVII. Sin embargo, una nueva hipótesis planteada en la última reunión de la Real Sociedad Astronómica del Reino Unido, que tuvo lugar en Gales, sugiere que la luz de aquel impresionante fenómeno astronómico pudo haber llegado algunas décadas antes, y más concretamente el 29 de mayo de 1630. ¿Cómo pueden estar tan seguros los autores de la nueva hipótesis respecto a una fecha tan concreta? Pues, ni más ni menos, porque aquel día se produjo el nacimiento del futuro Carlos II, rey de Inglaterra y, según la tradición,  el día del señalado natalicio apareció en el cielo del mediodía “una nueva y brillante estrella”.

Es bien sabido que en épocas pasadas y en prácticamente todas las culturas, la visión de fenómenos astronómicos poco comunes, como cometas, grandes meteoros o eclipses, eran habitualmente interpretados como avisos del nacimiento de grandes hombres o como advertencias de que se iban a producir hechos funestos. Uno de los ejemplos más conocidos en la cultura occidental es, como no, el nacimiento de Jesús, anunciado según los Evangelios por la “estrella” que guió a los sabios de Oriente. Por esta razón, el astrónomo Martin Lunn –antiguo comisario de Astronomía en el Museo de Yorkshire– y la historiadora estadounidense Lila Rakoczy, creen que la “estrella brillante” vista en mayo de 1630 podría corresponderse con la explosión de Cassiopeia A.

Retrato de Carlos II de Inglaterra, realizado por el pintor Philippe de Champaigne. Crédito: Wikipedia.

Tal y como explicaron estos dos investigadores a Discovery News, el relato de la visión celestial aparece en el libro Britanniae Natalis, un escrito compilado con textos de más de cien autores de la Universidad de Oxford en el siglo XVII. En opinión de Lunn y Rakoczy, prácticamente todos los fenómenos naturales son fácilmente descartables a la hora de identificar lo descrito en el libro citado, “lo que deja a la supernova como la explicación más plausible”, señaló Lunn. Además de la importancia que posee por sí misma esta curiosidad histórica,  los dos investigadores creen que si se confirma su hipótesis, los astrónomos deberían revisar sus métodos para datar las supernovas.

Por su parte, la Real Sociedad Astronómica explicó en un comunicado de prensa que la propuesta de Lunn y Rakoczy es “controvertida”. Como señala un artículo publicado en Discovery News, actualmente los astrónomos datan las supernovas observando los restos gaseosos de las mismas y, más en concreto, la velocidad a la que se expanden dichos restos. Algunos astrónomos, como Mike Brown, coinciden a la ahora de señalar que la datación de Cassiopeia A podría ser algo dudosa aunque, señala, la diferencia de unos 60 años es quizá excesiva. Por el momento, habrá que esperar a nuevos datos para saber si, efectivamente, la crónica sobre el nacimiento de un rey ha servido para corregir un dato astronómico.

Fuente: Did Supernova Herald the Birth of a King? (Discovery News)

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Instantáneas de la Guerra Civil española

Posted on 24 mayo 2011 by Redacción

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La web de noticias Avax News ha publicado en las últimas semanas varias galerías (tres hasta el momento) fotográficas con instantáneas captadas durante la Guerra Civil Española. Se trata de una selección procedente de diversos bancos de imagen, y pueden verse en una resolución más que decente haciendo click sobre ellas. Nosotros reproducimos aquí una pequeña selección, pero podéis verlas todas siguiendo los enlaces que señalamos al final del post. Sin duda un inmejorable testimonio gráfico de uno de los periodos más negros de nuestra historia.

Jóvenes milicianas disparando sus fusiles durante el combate. © Getty Images.

Soldados republicanos se rinden tras un asalto de las tropas rebeldes a una colina en el frente de Somosierra. © Getty Images.

Tropas nacionales en medio de casas destruidos por los bombardeos, 1937. © Getty Images.

Niños y jóvenes ataviados con trajes fascistas, noviembre de 1936. Crédito: Getty Images.

Milicianos fotografiados a comienzos de la Guerra Civil. © Getty Images.

Refugiados españoles en la carretera de Perpignan a Le Perthus (Francia). © Getty Images.

Soldados nacionales realizando el saludo fascista. © Getty Images.

Fuente: Avax News (Spanish Civil War, Part I, Part II & Part III)

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Recordando la muerte del capitán Kidd

Posted on 23 mayo 2011 by Redacción

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Tal día como hoy, hace 310 años, el capitán William Kidd (1645-1701) fue ejecutado en la horca por las autoridades británicas. Su crimen: ser uno de los piratas más célebres que jamás han surcado los mares. Hace ya algún tiempo, a finales del año 2009, publicamos aquí un artículo de nuestro compañero Alberto de Frutos sobre este singular personaje. Aprovechando el aniversario de su muerte, y la inauguración de una exposición dedicada a su figura en el Museum of London Docklands, compartimos con vosotros el enlace a dicho texto, así como un vídeo que resume lo que puede verse en la exhibición del museo londinense hasta el 30 de octubre de este año.

-El tesoro del capitán Kidd


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Leica y Magnum: pasado, presente y futuro

Posted on 19 mayo 2011 by Redacción

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Durante décadas, Leica y Magnum han sido sinónimos de excelencia para los profesionales y los amantes de la fotografía. El primero de estos nombres se asocia rápidamente con la compañía alemana fabricante de las más perfectas, exclusivas y anheladas cámaras fotográficas mientras que el segundo constituye la referencia en lo que respecta a las agencias fotográficas, y cuyos miembros han creado algunas de las instantáneas más icónicas e irrepetibles de las últimas décadas.

Tal y como explican en The Leica Camera Blog, la relación entre estos dos “monstruos” de la fotografía ha corrido paralela con el transcurso de los años, pues no pocos de los fotógrafos que formaron –o forman– parte de la agencia Magnum han empleado como herramienta principal de trabajo alguno de los maravillosos dispositivos diseñados por Leica. Con tales antecedentes, era cuestión de tiempo que ambas firmas alcanzasen algún tipo de colaboración, y eso es precisamente lo que ocurrió en diciembre del año 2010. En esa fecha, el CEO de Leica –Alfred Schopf– y el fotógrafo Jonas Bendiksen –actual presidente de la agencia Magnum– firmaban un acuerdo de cooperación que se hizo finalmente público en febrero de este año.

© Magnum Photos.

Esta colaboración consistirá en una serie de “ensayos multimedia” que, bajo el formato de vídeos, pretende proporcionar “una mirada más profunda en las historias que hay detrás de las fotografías”. La serie de vídeos comienza con Leica & Magnum: pasado, presente y futuro, un breve audiovisual (3:43 minutos) en el que se repasa el legado de los fotógrafos de Magnum que emplearon máquinas Leica, desde la Guerra Civil española hasta el presente (podéis verlo bajo estas líneas). Los vídeos estarán disponibles on-line a través de las siguientes direcciones: leica-camera.com, lfi-online.deinmotion.magnumphotos.com/.

 

Leica & Magnum: Past Present Future from leica camera on Vimeo.

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Los Borgia, entre la historia y la leyenda

Posted on 19 mayo 2011 by Javier García Blanco

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“Durante toda su vida, Alejandro VI no hizo otra cosa que engañar al mundo. Nadie dominó como él el arte de la pillería. Nadie confirmó sus promesas con juramentos más sagrados, pero tampoco nadie le dio nunca menos importancia a sus juramentos. Siempre consiguió abusar de las gentes porque nadie conocía mejor que él el lado flaco de los hombres”, Maquiavelo.

En los últimos años, las series de televisión están experimentando un éxito sin precedentes, con presupuestos y producciones similares –si no superiores– a los de la gran pantalla. Un buen puñado de ellas, además, se han apuntado a la moda de la recreación de episodios históricos, con mayor o menor acierto. Un ejemplo de ello son las producciones Roma, Los Tudor o Los pilares de la Tierra. Una de las últimas en llegar ha sido Los Borgia, una creación de la cadena Showtime –estrenada el pasado 17 de mayo en Cuatro– que pretende recrear la historia de una de las familias más célebres y polémicas del Renacimiento, cuyo miembro más destacado fue el mismísimo papa Alejandro VI (interpretado por el actor Jeremy Irons). Desde su llegada al poder a finales del siglo XV, esta familia de origen valenciano tejió a su alrededor una aureola de respeto, poder y temor, que terminaría derivando en la imagen de un clan al que se le atribuían conspiraciones, asesinatos, traiciones, incestos y otros crímenes abominables. La serie televisiva ahonda precisamente en todos estos sucesos pero, ¿hasta qué punto se ciñen tales episodios a la verdad histórica? ¿Dónde termina la realidad y comienza la leyenda?

Rodrigo de Borja, el futuro Alejandro VI, nació el 1 de enero de 1431 en la localidad valenciana de Játiva. Su futuro estuvo marcado desde el principio por la elección como Papa de su tío materno, Alonso Borja, quien tomó la tiara bajo el nombre de Calixto III. Poco después de conseguir el trono de San Pedro, en mayo de 1455 Calixto otorgó a su sobrino el cargo de notario apostólico. Sólo unos meses después, en febrero de 1456, y cuando contaba con veinticinco años, conseguía la púrpura cardenalicia, aunque seguía siendo diácono. Finalmente, en 1457 recibía el cargo de vicecanciller de la Iglesia de Roma, un puesto más o menos similar al del actual secretario de Estado Vaticano, y durante el papado de Sixto IV (1471-1484) fue ordenado sacerdote y obispo.

El papa Alejandro VI, en una pintura renacentista. Crédito: Wikipedia.

A pesar de esta fulgurante carrera, Rodrigo de Borja todavía tuvo que esperar unos años para ocupar el trono de San Pedro. Sin embargo, no desperdició el tiempo. Durante los pontificados que tuvo la ocasión de contemplar durante su estancia en Roma, el astuto Rodrigo acumuló una de las mayores riquezas de la época. En todo este tiempo, el célebre Borgia había llevado una vida que podríamos calificar de licenciosa. Sobrado como estaba de dinero, no le importó traer a este valle de lágrimas a una considerable sucesión de vástagos. Primero fueron Isabel, Pedro-Luis y Jerónima, cuya madre nos es desconocida. Más tarde se añadirían a esta lista los pequeños Juan, César, Lucrecia y Jofré, fruto de sus relaciones con la que fue su amante favorita: Vanozza de Cattannei.

Finalmente, el 11 de agosto de 1492 Rodrigo Borgia obtuvo la tiara papal. Ya en aquellas fechas, las malas lenguas aseguraban que había accedido al solio pontificio tras el pago de más de 80.000 ducados, que habrían servido para comprar los votos que le otorgarían el poder absoluto. En realidad, y pese a los rumores que hablaban de “mulas cargadas de plata” –algo que se refleja en la serie de televisión–, los historiadores parecen bastante seguros de que no hubo tal pecado de simonía, y que el nombramiento se consiguió gracias a alianzas tejidas con las familias de los Sforza, los Farnesio y sus hasta entonces enemigos Orsini.

De lo que no hay duda alguna es que desde el primer momento de su pontificado, Alejandro VI se lanzó a ejercer un desvergonzado nepotismo. Con apenas dieciocho años, su hijo César recibía de su padre el cargo de cardenal. A otro de sus vástagos –Juan–, le consiguió una ventajosa dote, al casarlo con María Enríquez, prima de Fernando el Católico, convirtiéndose en duque de Gandía. Por su parte, Jofré tomaría la mano de una nieta del rey de Nápoles. En último lugar, su amada Lucrecia –la favorita entre todos sus descendientes– se desposó a los trece años con Giovanni Sforza, años más tarde con Alfonso de Aragón –Duque de Bisceglie y príncipe de Salermo– y finalmente con Alfonso d’Este. También otorgó diversos favores a otros familiares cercanos, nombrando cardenales a cuatro de ellos.

Juan, Lucrecia, César y Jofré Borgia, los hijos del Papa, en una imagen promocional de la serie. Crédito: Showtime.

ROMA INVADIDA
Estos escandalosos favoritismos no escaparon a la crítica. En 1494, el cardenal Giuliano della Rovere –el futuro papa Julio II, apodado el Terrible–, tuvo que pedir asilo y ayuda en la Corte de Carlos VIII, rey de Francia, tras haber encabezado una oposición contra Alejandro VI por éste y otros motivos.

Aquél fue el comienzo de una alianza entre Della Rovere, Ludovico Sforza –regente de Milán– y el monarca francés en un intento por derrocar al papa Borgia. Las intenciones de Carlos VIII pasaban, además, por atacar Nápoles y recuperar así el trono perdido por los Anjou. Aprovechando la sucesión surgida tras la muerte de Alfonso V de Aragón –rey de Nápoles por aquel entonces– en 1949, el monarca francés había solicitado al papa Borgia ser investido como nuevo rey. Cuando Alejandro VI se negó y ordenó a su sobrino Juan que coronase a Alfonso II, el rey galo decidió iniciar la conquista de Italia para lograr sus objetivos.

Pero no contaban con la inteligencia de Alejandro VI. Viéndose en peligro, el Papa consiguió el apoyo de Venecia, Mantua, Ferrara y los reinos hispánicos, e incluso pidió ayuda al sultán turco Beyazid II. Parecía una idea descabellada, pero el Borgia contaba con una baza importante: todavía custodiaba al príncipe Djem, hermanastro de Beyacid, y prisionero de varios papas a cambio de dinero, y que suponía un peligro para el poder del sultán.

Con las tropas francesas ya en Roma el 31 de diciembre de 1494, la tragedia parecía inevitable. El Papa se refugió en la fortaleza de Sant’Angelo, llevándose con él a Djem. Así dieron comienzo las negociaciones, de las que Alejandro VI salió bien parado. Carlos VIII se conformó con que uno de sus colaboradores, el obispo de Saint-Malo, fuera nombrado cardenal, además de recibir la custodia de Djem –lo que suponía una importante fuente de ingresos–, la entrega de César Borgia como muestra de buena voluntad y la posesión de Civitavecchia. Efectivamente, César Borgia abandonó la Ciudad Eterna junto a Carlos VIII, pero poco después de salir de Roma el hijo del Papa se escapó y no pudieron atraparle. Alejandro VI salió por tanto bien parado y su enemigo, el cardenal Della Rovere, se quedó –por el momento– sin lograr su sueño de apoderarse del trono de San Pedro.

Vista del castillo de Sant’ Angelo, en Roma | © Javier García Blanco / Istockphoto.

FALSAS PROMESAS
El 15 de junio de 1497, el papa Borgia tuvo que enfrentarse a uno de los momentos más difíciles de su vida. Aquel día, el cadáver de su hijo Juan, el Duque de Gandía, apareció flotando en las aguas del Tíber. Había sido asesinado y su muerte fue atribuída por las malas lenguas a su hermano César, aunque lo más probable es que fuera eliminado por un miembro de la familia Orsini, enemiga de los Borgia. Parece ser que este terrible suceso afectó hondamente al Santo Padre, que interpretó la muerte de su vástago como un castigo del cielo. Alejandro VI hizo propósito de enmienda y prometió enderezar su vida y dedicarse a la reforma de la Iglesia. Pero por desgracia, como señaló Maquiavelo, las promesas de Borgia no valían mucho…

Las críticas que recibía el pontífice no se limitaban, para su desgracia, a las lanzadas por el cardenal Giuliano della Rovere. Ya desde antes de alzarse con el trono de Pedro, Alejandro había estado recibiendo duras críticas por parte de un fraile florentino –y supuesto profeta– llamado Savonarola. Ya nombrado Vicario de Cristo, Alejandro VI no dudó en conseguir que eliminaran a aquel incómodo fraile. El 23 de mayo de 1498, Savonarola moría ahorcado. El cadáver del fraile fue incinerado y sus cenizas arrojadas con desprecio al río Arno.

Ejecución de Savonarola, según una pintura de época. Crédito: Wikipedia.

Como es lógico, no tardó en surgir un sentimiento de odio y desprecio hacia toda la familia, y se produjeron levantamientos populares en su contra. Incluso los Orsini y los Colonna, dos clanes de la nobleza romana que habían sido tradicionalmente enemigos entre sí, pactaron con el fin de acabar con el poder de la familia de origen español. Como protección, el papa Borgia decidió que lo mejor era fortalecer el poder del clan emparentando a sus hijos. Así, invalidó el matrimonio de Lucrecia con Sforza y la casó de nuevo con Alfonso de Aragón, hijo del rey de Nápoles. También liberó a su hijo César de su puesto cardenalicio para casarse con Carlota de Albret, hermana del rey de Navarra, y el concedió el ducado de Valentinois. De este modo, se ganaba también el apoyo de la monarquía francesa. Llenas las arcas pontificias con las indulgencias vendidas a los peregrinos que habían acudido en masa al jubileo romano de 1500 y con la venta de los puestos cardenalicios, César –convertido en capitán general de las tropas pontificias– y su padre organizaron un poderoso ejército. Algo más tarde, el vástago más aventajado de los Borgia ordenó asesinar al marido de su hermana Lucrecia, Alfonso, dejándole el camino libre para un nuevo matrimonio.

Con ayuda de las tropas francesas, el ejército comandado por Alejandro VI y su hijo César derrotó a los hombres de la familia Colonna. Mientras su padre estaba fuera de Roma, Lucrecia ejerció como papisa en funciones, controlando la Iglesia. Más tarde, la hija del Papa se casaría con Alfonso d’Este, enojando a la otra familia en conflicto con los Borgia, el clan de los Orsini, quienes comenzaron a urdir una nueva trama para acabar con Alejandro VI. Sin embargo, nada de esto sirvió. El papa Borgia encarceló al cardenal Giambattista Orsini, se quedó con todas sus posesiones y ordenó que le ejecutaran.

Escudo pontificio de Alejandro VI. Crédito: Mondo Mostre.

Padre e hijo se dispusieron a imponer su autoridad en los Estados Pontificios. Siguiendo la pauta de todo su pontificado, Alejandro VI no dudó en favorecer a sus familiares, «regalando» todos aquellos territorios que iban conquistando. En 1501 el papa Borgia había nombrado a su hijo César duque de Romaña e incluso concedió el ducado de Sermoneta a su nieto, el hijo de Lucrecia, que por aquel entonces tenía tan sólo dos años.

UNA VIDA LICENCIOSA
En cuanto a su vida privada, y como ya hemos comentado, antes de ser elegido Príncipe de los Apóstoles, Rodrigo Borgia había tenido una larga descendencia. Tres de sus hijos –los más mayores– nacieron fruto de su relación con una mujer desconocida, y los otros cuatro vinieron al mundo de su amorío con Vanozza de Cattanei.

Ya en el trono de San Pedro, y en el mismo año de su elección como pontífice, Alejandro VI compartía lecho con su nueva amante en el mismísimo palacio pontificio. Su nueva conquista era una bella joven llamada Julia Farnesio, esposa de un miembro de la familia Orsini. Julia la Bella, como también era conocida entre la nobleza romana de la época, fue pronto conocida públicamente como «concubina del Papa».

Alejandro VI y sus amantes, Vanezza de Cattanei y Julia Farnesio, en una imagen de la serie. Crédito: Showtime.

Aunque pueda sorprender a muchos, los datos anteriores sobre las relaciones íntimas del pontífice son rigurosamente históricas. No ocurre lo mismo, sin embargo, con otras prácticas atribuidas al papa Borgia. Entre los bulos que se extendieron durante su pontificado –y que fueron perpetuados durante siglos por la leyenda negra tejida en torno a la familia–, destaca las supuestas prácticas incestuosas entre Alejandro VI y su hija Lucrecia. Llegó incluso a hablarse de la existencia de un hijo fruto de esta relación pecaminosa. Todo parece indicar que fue Giovanni Sforza, el primer marido de ésta quien, despechado por la anulación de su matrimonio, difundió aquel escandaloso rumor. Efectivamente, Lucrecia había tenido un hijo fuera del matrimonio, y Alejandro VI respondió de la paternidad del niño –conocido como infans romanus–, aunque sólo a efectos legales. Es decir, el Papa lo adoptó como suyo con la finalidad de asegurarle los respectivos derechos de herencia familia.

Otro episodio célebre, que ha ayudado en buena medida a alimentar la nefasta leyenda de Alejandro VI y los Borgia en general, se encuentra en el diario de Joannes Burchard, el maestro de ceremonias papal y se conoce como “el banquete de las castañas”. En sus páginas se lee que, durante la noche del 31 de octubre de 1501, se celebró una impresionante fiesta en la que participaron el Papa, sus hijos Lucrecia y César y otros familiares. Según el relato, unas cincuenta prostitutas, procedentes de los mejores burdeles romanos, bailaban desnudas para regocijo de todos los presentes. Se celebraron «concursos» que premiaban la potencia sexual de los participantes, que competían por ver quién lograba satisfacer a más meretrices. Éstas también competían, según el relato de Burchard, en una singular pugna que consistía en coger castañas del suelo sin usar las manos ni la boca y estando, por supuesto, totalmente desnudas.

UNA “INJUSTA” LEYENDA NEGRA
La “aventura” pontificia de Alejandro VI terminó el 18 de agosto de 1503, cuando el papa falleció a consecuencia de unas fortísimas fiebres producidas por la malaria. Como no podía ser de otro modo, también este suceso estuvo envuelto en rumores y sospechas, pues no fueron pocos quienes aseguraron que la muerte se produjo por envenenamiento. Su hijo César también enfermó al mismo tiempo –lo que alimentó las sospechas– pero, a diferencia de su padre, la fortaleza propia de su juventud le permitió escapar de la muerte.

El fin de César se produciría algunos años después, en 1507. Tras ser expulsado de Roma por el nuevo pontífice, Julio II, fue entregado a Castilla y encerrado en el castillo de la Mota (Medina del Campo). El audaz Borgia logró escapar de allí y refugiarse en Navarra, donde empuñó la espada frente a Fernando el Católico, perdiendo la vida en el asedio de Viana, donde hoy se encuentra enterrado. En lo que respecta a Lucrecia, la predilecta del patriarca, falleció apaciblemente en 1519 –el mismo año en que murió su madre–, convertida en duquesa de Ferrara, y alejada ya de las intrigas que contempló durante buena parte de su vida.

Aunque no hay duda de que el toro español –como se conocía a Alejandro VI– cometió numerosos desmanes, que incluían el nepotismo, la ambición y el desmedido gusto por los líos de faldas, lo cierto es que en este sentido no fue diferente al resto de sus contemporáneos. En el propio seno de la Iglesia hubo sobrados ejemplos de pontífices que –antes y después de él– le superaron con creces en dichos pecados. Su antecesor, el papa Sixto IV, fue mucho más allá en la práctica del nepotismo, pues llegó a otorgar cargos importantes dentro de la Iglesia a veinticinco de sus familiares, que se convirtieron en obispos y cardenales. En lo que respecta a las ambiciones políticas y territoriales, y al derramamiento de sangre, Alejandro VI fue superado en mucho por los papas Julio II –su eterno rival Giuliano Della Rovere– o León X.

¿Por qué, entonces, la obsesión por considerar a los Borgia como una de las familias más depravadas, peligrosas y corruptas de la Historia? La respuesta, probablemente, se encuentra en el delicado momento histórico que les tocó vivir. Una época, a caballo entre la Edad Media y el Renacimiento, en la que los Borgia tuvieron la desgracia de forjarse grandes y numerosos enemigos. Fueron ellos, los Orsini, los Sforza, los Colonna, los Della Rovere y muchos otros quienes, llevados por su hostilidad y sus ansias de poder, tejieron una leyenda negra que ha llegado hasta nuestros días.

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El águila y el dragón

Posted on 19 mayo 2011 by David Melero

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Durante mi época de estudiante de Historia en la Universidad de Zaragoza, y en especial en las clases de Historia Antigua, hubo un detalle histórico que siempre llamó mi atención, la aparente existencia de dos barreras infranqueables que griegos y romanos nunca llegaron a cruzar: las columnas de Hércules (el Estrecho de Gibraltar) en el Mediterráneo y el río Indo en Asia. ¿Cómo era posible que dos de los Imperios más grandes jamás conocidos (el Imperio Romano y la China de los Han), hubiesen coexistido sin llegar a conocerse? Sin embargo, cuando uno comienza a investigar en los supuestos contactos entre el mundo grecolatino y las culturas asiáticas, llega a la conclusión de que éstos son un hecho algo más que anecdótico.

La estratégica posición del subcontinente indio lo sitúa en una ubicación muy específica como lugar de conexión de espacios. Por mar, sus amplias costas miran hacia el sudeste asiático, pero también hacia África, Arabia y el Golfo Pérsico; éste último escenario suponía un triple ámbito de contacto: con Arabia, las mesetas iranias y Mesopotamia. La navegación de cabotaje era relativamente fácil y está bien constatada en ambas direcciones. Por tierra y en ésta misma dirección, había dos vías de conexión sin excesivas dificultades: la que lleva a través de las mesetas iranias hacia Mesopotamia pasando por Persia y la que conecta, atravesando el Indo y los actuales Pakistán y Afganistán, con las llanuras eurasiáticas y las rutas hacia China.

Éstos contactos a los que hago referencia fueron iniciados ya por el Imperio Persa, hecho que queda atestiguado en las tropas descritas por Heródoto, que servían a las ordenes del Rey de reyes, en las Guerras Médicas contras los griegos. La llegada y conquista de Alejandro Magno a éstas geografías supone el inicio de una serie de expediciones para explorar las rutas hacia el Mar Rojo y Egipto bordeando Arabia. Queda constatada la presencia de una falange griega del ejercito de Alejandro Magno, que permaneció durante meses en el Hindu Kush (actual Pakistán). Su huella cultural ha llegado hasta nuestros días en los descendientes de la tribu kalash, de ojos claros y cabello rubio, y cuyo panteón de deidades guarda fuertes paralelismos con el panteón olímpico griego.

Alejandro Magno a lomos de su caballo Bucéfalo. Mosaico romano del siglo I a.C. descubierto en Pompeya. Crédito: Wikipedia.

A la muerte de Alejandro, serán los reinos helenísticos quienes tomen el relevo en las relaciones con el mundo asiático, sobre todo Seleúcidas y Ptolomeos. Así nos lo trasmite un griego de gran importancia, Megástenes, quien trabajaba para el rey helenístico Seleúco I Nicátor y que, como embajador, visitó Palibothra (la actual Patra), unos años después de la muerte de Alejandro. El libro que dejó escrito, Indika, se convirtió en una de las fuentes más importantes que poseemos sobre la India de la época helenística. En dicho trabajo describe una vía real desde la frontera seleúcida hasta la capital india, con columnas periódicas que señalaban la distancia. Nos ofrece también una descripción detallada de la ruta y los ríos que recorre en su periplo. Un punto importante de contacto era Bactria, región del Asia Central ubicada en los territorios que hoy comprenden Afganistán, el sur de Uzbekistán y Tayikistán, donde se mantuvieron durante siglos rasgos esenciales de la cultura griega, desde la ciudad misma, las monedas, la epigrafía o algunas producciones literarias. Esta región mantuvo contactos comerciales en todas las direcciones a partir de las viejas rutas marítimas o de otras nuevas abiertas a tal efecto. Las monedas nos hablan de un comercio nada desdeñable con la India y como vehículo de difusión cultural, que se manifiesta en la presencia de divinidades indias junto a las griegas. Se tienen constatados otro tipo de contactos, como la embajada diplomática de Heliodoro por orden del rey heleno Antialcidas, entorno al año 100 a.C. En aquel viaje hizo erigir una columna con inscripciones en sánscrito, donde exhibía su condición de debito del dios hindú Vishnú, cerca de la moderna ciudad de Vidisha, en el Este de la India. Este hecho certifica la interacción de ambas culturas, que no se limitaba exclusivamente al ámbito político-económico.

Hay una importante cantidad de datos, incluyendo restos epigráficos, que nos permiten afirmar esa interacción cultural con el subcontinente indio, donde ciudades e individuos se definían como griegos -yavana- y que llega hasta época imperial romana. Dión de Prusa indica cómo entre los presentes en uno de sus discursos en Alejandría se encuentran oyentes “persas, bactrianos, y hasta indios”. Todavía en el siglo II d.C. se mantenía el uso del griego en las monedas, donde encontramos divinidades griegas junto a otras indias o iranias.

Máxima extensión del imperio de Alejandro, la ruta que siguió a lo largo de sus conquista y algunas de las ciudades que fundó. Crédito: Wikipedia. (Click para ampliar).

Otro ámbito de contacto con el continente asiático fue el reino Parto –que se mantuvo hasta el siglo III d.C.–, donde se mantuvieron como tales las ciudades griegas fundadas por Alejandro Magno y los seleúcidas. Se desarrollaron formas culturales propiamente griegas, de las que se tiene constancia a través de la epigrafía, la arqueología o las fuentes literarias (cómo Estrabón). Esto se constata durante mucho tiempo con la presencia –exclusiva–, de griegos en cargos públicos de la administración y de la guardia real, así como de la convivencia del griego y el siríaco como idiomas oficiales, o la sustitución de la escritura cuneiforme por la grafía griega. Los partos ejercieron de mediadores en las rutas terrestres que permitían la entrada y salida de mercancías. En época romana se cuidaron de evitar el contacto directo entre el Imperio Romano y la China de los Han, para no perder así su monopolio como intermediarios en dichas transacciones comerciales.

En cuanto a los Ptolomeos de Egipto, pudieron aprovecharse de su situación estratégica para llenar sus arcas, potenciando las rutas que llevaban especias, maderas, piedras preciosas o seda de china por el Mar Rojo. Egipto buscaba desarrollar y controlar la ruta, primero bordeando la Península arábiga y llegando por la zona Oriental del Golfo Pérsico a los reinos indios de la desembocadura del Indo. En éste juego el comercio con las rutas africanas y Etiopía generaran nuevas posibilidades económicas. Sabemos de tareas de ingeniería, acciones y organizaciones militares y hasta de altos funcionarios encargados del control de la ruta. El rey Ptolomeo II costeó la organización de un carísimo desfile que representaba la vuelta del dios Dionisos de su conquista india, con elefantes, mujeres indias y hasta pavos reales… Sin embargo, lo más transcendente fueron los avances en el campo de la navegación. Frente a la navegación de cabotaje, a finales del siglo II a.C. se descubrió cómo aprovechar los monzones, lo que aseguraba viajes anuales de ida y vuelta, llegando cada vez a zonas más meridionales de la India y hasta Ceilán, pudiendo alcanzar en época romana la desembocadura del Ganges y, conectando con rutas que les llevarían al sudeste asiático y China. La presencia romana está atestiguada en las comandancias de Jiaozhi y Rinan (en el norte de Vietnam), punto de entrada a China.

Ptolomeo II, en una pintura de Jean-Baptiste de Champaigne. Crédito: Wikipedia.

EL RELEVO DEL IMPERIO ROMANO
La conquista romana del espacio Mediterráneo culminó con la absorción de Egipto en el año 30 a.C., lo que convirtió al Imperio en el sucesor de los Seleúcidas en su intento por disputar a los Partos (y luego a los Sasánidas) los espacios que albergaban las rutas comerciales por tierra con China y la India. De los Ptolomeos heredaron las rutas marítimas que conectaban Alejandría con India, Ceilán y el sudeste asiático. No faltaron en este período relaciones diplomáticas e, incluso como veremos en el caso de Augusto, búsqueda de aliados en los reinos indios para combatir a los Partos. Lucio Anneo Floro en sus Epitomae, habla de embajadas de “Seres (así denominaban los romanos a los chinos) e indios que viven bajo el sol” llegadas para honrar al emperador Augusto.

Cabe recordar que el dominio del Imperio supuso la apertura y unificación de todos los mercados mediterráneos, e incluso en algunos casos su creación, con la consiguiente implicación en el desarrollo de modas, gustos y hábitos comunes, así como gastronómicos. Pimienta y otras especias, seda, algodón y maderas tropicales recorrían las rutas comerciales de todo el Imperio. La India se convirtió en el destino preciado y en una fuente de ingresos para el fisco imperial. Si no se puede hablar de una flota de Indias, si podemos hacerlo de una “flota de India”. Hablamos de unos ciento veinte barcos, en época de Estrabón (s. I a.C.-s. I d.C.), que van y vienen anualmente. El comercio durante los dos primeros siglos tras el cambio de era resultó de una magnitud sin precedentes. Basta con ver las cifras de millones de sestercios que manejaba el escandalizado Plinio, el mismo que citaba el comercio con China y la Península Arábiga: “Para el cálculo más bajo, India, Seres (China) y la Península Arábiga toman de nuestro Imperio cien millones de sestercios cada año: es decir, eso es cuanto nos cuestan nuestros lujos y mujeres” Plinio el Viejo, Naturalis Historiae XII, 84.

Estatua de Buda, siglo V d.C. Crédito: British Museum.

Una obra trascendental del siglo I es El Periplo del Mar Rojo, una guía para la navegación y el comercio que nos muestra todos los puertos y mercados hasta el Ganges, y que entre otras cosas menciona a los reyes de los que dependen dichos puertos, así como qué productos se venden y se compran en cada lugar. Un Importante papel comercial demostrado con los hallazgos numismáticos del delta del Mekong, realizados por Louis Malleret (1940) en Óc Eo, conocido por Claudio Ptolomeo y los romanos como Kattigara, al que se llegaba a través de la India y Sri Lanka desde los puertos romanos del Mar Rojo. A partir del siglo II se extendieron los viajes y las rutas más allá de Malaca y China; en éste caso en particular destacó la figura de Maes Titianus, un armador griego que llegó hasta la denominada en la Antigüedad “Torre de Piedra” o Tashkurgán, en el Sudoeste chino, en la cordillera de Pamir.

EL PAPEL DE LA SEDA
Hay que considerar el papel que desempeñó en las dos rutas, la marítima y la terrestre, el mercado de la seda, elemento fundamental del comercio y una mercancía que se convertirá en elemento de lujo en todo el Imperio. La importancia de la Ruta de la Seda para las dinastías chinas se manifiestó a largo plazo en un interés estratégico en la zona, lo que conllevó incursiones militares en Bactria y el continuado intento de comunicación con el mundo mediterráneo a través de diversas embajadas. “Los Seres son famosos por la sustancia de lana obtenida de sus bosques; después de ponerla en remojo y peinar lo blanco de sus hojas… Así de diversa es la labor empleada y tan distante la región del globo por aprovechar, para permitir a las doncellas romanas hacer alarde de sus vestimentas transparentes en público…” Plinio el Viejo, Naturalis Historiae VI, 54.

Séneca, en el volumen I de sus Diálogos, nos habla de cómo el Senado de Roma emitió varios edictos para prohibir el uso de la seda, pues suponía una enorme salida de oro para las arcas del Imperio, y además las vestimentas eran consideradas decadentes e inmorales. Sin embargo, dichos edictos no tuvieron el efecto deseado, ya que la seda continuó siendo un elemento imprescindible en la sociedad romana. Mientras la seda salía de China, a los palacios imperiales de la dinastía Han llegaban vidrio de Alejandría, alfombras bordadas persas, telas coloreadas de oro, amianto o biso. En el año 97, el general chino Ban Chao, ávido de conocimiento por ese gran imperio al que denominaban Da Qin (Roma), envió una embajada a cargo del explorador Gan Ying, con setenta mil hombres, que llegó hasta Mesopotamia y el Mediterráneo, en un viaje que duró casi dos años. Cuando preguntó cuál era la distancia que le separaba de la capital imperial, la respuesta le desanimó: la misma que ya había recorrido, y decidió volverse sin alcanzar la capital del imperio. Sin embargo escribió una obra, el Huo Hanshu, en la que describió lo vivido: “Su territorio cubre varios miles de lis (un li es una medida que equivale aproximadamente a medio kilómetro), y tiene más de 400 ciudades amuralladas. Los muros externos de las ciudades están hechos de rocas. Han establecido estaciones de correos… Hay pinos y cipreses. En cuanto al rey, no es una figura permanente sino que es es elegido como el hombre más valioso (digno)… La gente en este país es alta y con rasgos uniformes. Se parecen a los chinos, y es por eso que este país es llamado Da Qin (El Gran Qin)… El suelo produce grandes cantidades de oro, plata y piedras preciosas, incluyendo la joya que brilla por la noche… cosen tejidos de finos bordados con hilos de oro para crear tapicería de variados colores y ropa con tinte dorado así como “ropa bañada en fuego” (asbesto). Es de este país del que vienen todos los variados, maravillosos y raros objetos de otros estados.”

Moneda con la efigie de Alejandro Severo. Crédito: Wikipedia.

En el año 161 se produce la primera expedición oficial, aunque ya durante el reinado del emperador He (89-105 d.C.) ya se atestiguan envíos de tributos y ofrendas desde Da Qin. Una misión de embajadores registrada, enviada por Antonino Pío al emperador Huan de la dinastía Han, que finalizó en el 166 reinando ya Marco Aurelio. y en el s.III Alejandro Severo envió una comitiva a Caio Rui, del reino Wei. Posteriormente, el emperador Caro (282-283 d.C.) o los sucesivos contactos con el imperio Bizantino (“Fu-Lin”)(643, 667, 701 y 719 d.C.) nos dan fe de una interacción entre ambos espacios culturales. Por este motivo no sorprende encontrar un auténtico punto colonial romano en Arakamedu, cerca de Pondicherry (costa de Coromadel) o que una tábula romana apareciese en Múziris (Costa Malabar), hallada en un templo dedicado al culto imperial, lo que nos permite pensar en una población permanente de ascendencia mediterránea en la zona. O que en la literatura tamil se mencionen poblaciones costeras de Yavana, (termino utilizado para la población griega, y posteriormente a las gentes llegadas del Mediterráneo, romanos incluidos), se describen sus barcos, el intercambio de oro por pimienta, el vino traído por ellos, además de los servicios prestados como mercenarios a las ordenes de reyes autóctonos, o la fabricación de maquinas de asedio de ciudades.

BIBLIOGRAFÍA
BELTRÁN LLORIS, Francisco y MARCO SIMÓN, Francisco, Atlas de Historia Antigua, ed. Pórtico, Zaragoza,1996.
WULFF, Fernando, Grecia en la India, ed. Akal, Madrid, 2008.
MUTSCHLER, F. M. y MITTAG, A., China and Rome, Oxford, 2008.
SCHEIDEL, W., Rome and China, Oxford, 2009.

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El museo más antiguo del mundo

Posted on 18 mayo 2011 by Redacción

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Plaza de la colina capitolina, Roma. © Javier García Blanco.

Desde 1977, cada 18 de mayo –tal día como hoy–, se celebra en todo el mundo el Día Internacional del Museo. El tema de este año es Museo y Memoria pues, tal y como recuerdan en la web del Ministerio de Cultura, “los museos guardan la memoria y cuentan historias. Conservan en sus colecciones objetos fundamentales para la memoria de las comunidades en las que vivimos”. Aprovechando esta efeméride, en Planeta Sapiens queríamos recuperar la historia del que es considerado el primer museo público del mundo.

En la segunda mitad del siglo XV, las “excavaciones” en busca de antigüedades por parte de saqueadores que buscaban enriquecerse a costa de la venta de las mismas estaba diezmando la ciudad de Roma de piezas arqueológicas y obras de arte de gran valor. Por esta razón, el papa Sixto IV decidió emitir en 1471 un edicto en el que prohibía tajantemente la explotación y la exportación de antigüedades. De forma paralela, el pontífice decidió fundar el primer museo público en el Palazzo dei Conservatori –ubicado en la colina capitolina–, para preservar las mejores piezas descubiertas en Roma, y destacar así la importancia del patrimonio de la ciudad.

Entre las piezas que se trasladaron entonces al Palazzo se encontraban varias esculturas que se habían descubierto en el solar de la basílica de San Juan de Letrán en tiempos del emperador Constantino y otras posteriores, y que todavía pueden contemplarse hoy en los actuales Museos Capitolinos, como la célebre Loba capitolina (de época etrusca), el Spinario, el Camillus (joven responsable de un culto) o los fragmentos de bronce representando al emperador Constantino. Además de estas bellas obras de estatuaria, Sixto IV añadió también a la colección una escultura de bronce descubierta en aquella época, y que representaba al héroe Hércules, y otras piezas valiosas.

Loba capitolina. Siglo V a.C. © Javier García Blanco.

Cabeza en bronce de Constantino, siglo IV d.C. © Javier García Blanco.

Espinario o Joven quitándose la espina. Siglo I a.C. © Javier García Blanco.

Aquella iniciativa del pontífice reunió la mejor colección de antigüedades romanas en su tiempo y, puesto que era una muestra abierta al público, consiguió atraer a un numeroso grupo de visitantes, tanto locales como extranjeros que acudían a la ciudad de las siete colinas. Con el paso del tiempo, aquella reducida colección se fue ampliando, hasta convertirse en lo que hoy constituyen los Museos Capitolinos. Éstos siguen estando ubicados en la colina capitolina, cuya plaza fue remodelada por el genial Miguel Ángel, siendo hoy uno de los conjuntos museísticos más importantes de la ciudad –junto con los Museos Vaticanos–, y sin duda uno de los más destacados del mundo en lo que se refiere a piezas de la antigüedad clásica.

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‘La España oculta’ de Cristina García Rodero

Posted on 18 mayo 2011 by Redacción

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En las eras. Escober, 1988 © Cristina García Rodero / Magnum Photos.

Hace ahora casi dos años, os hablábamos aquí del nombramiento de la fotógrafa española Cristina García Rodero como miembro de pleno derecho de la prestigiosa agencia fotográfica Magnum. Con aquel reconocimiento, García Rodero se convertía así en el primer representante de la fotografía española que alcanzaba una posición tan elevada dentro de la mítica agencia. En aquel post os hablábamos también de su obra la España oculta (1989), una colección de imágenes sobre la religiosidad, las fiestas y las tradiciones más singulares de la España rural, fruto de más de 16 años de trabajo.

El Ofertorio. Amil, 1979 © Cristina García Rodero / Magnum Photos.

Volvemos a hacernos eco de la obra de la brillante fotógrafa española con motivo de la exposición España oculta. Fotografías de Cristina García Rodero. Colección de Arte Contemporáneo Fundación ”la Caixa” que, desde el 12 de mayo y hasta el 26 de junio de este año podrá verse en la Casa de la Provincia de Sevilla (Plaza del Triunfo, 1). La muestra cuenta con un total de 70 instantáneas captadas por Rodero, imágenes registradas entre los años 1975 y 1988. Un trabajo que la propia artista definió con estas palabras:

«Intenté fotografiar el alma misteriosa, verdadera y mágica de la España popular, con su pasión, el amor, el humor, la ternura, la rabia, el dolor, con su verdad; y los momentos más intensos y plenos en la vida de los personajes, tan simples como irresistibles, con toda su fuerza interior, en un desafío personal que me dio fuerza y comprensión y en el que invertí todo mi corazón.»

El Colacho. Castrillo de Murcia, 1975 © Cristina García Rodero / Magnum Photos.

La tarde. Campillo de Arenas, 1978 © Cristina García Rodero / Magnum Photos.

Sin duda, una oportunidad única de disfrutar de una producción realmente singular, una forma sorprendente de acercarnos y conocer mejor cómo era parte de la España de aquellos años, a través de los ojos curiosos y siempre atentos de una de las mejores fotógrafas de la actualidad. Apuntad la cita en vuestras agendas. Imprescindible.

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Altamira: historia de un descubrimiento

Posted on 17 mayo 2011 by Javier García Blanco

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Las últimas décadas del siglo XIX asistieron a un avance sin precedentes en los estudios sobre la Prehistoria, un campo que hasta entonces apenas había dado sus primeros pasos. En aquel escenario, un azaroso evento vino a revolucionar el ambiente científico del momento: el hallazgo de una fascinante cueva en el norte de España…

Fue el azar, como tantas otras veces, quien allanó el camino para facilitar el descubrimiento de uno de los mayores hitos de la arqueología prehistórica. Modesto Cubillas, un humilde aparcero cántabro, se había echado al monte, en las proximidades de la localidad de Santillana del Mar, con la única compañía de su perro, con quien pretendía pasar una jornada de caza. Corría el año 1868 (1870 o 1872 según varios autores), y nada hacía sospechar que fuera a ser un día fuera de lo común. Sin embargo, el can de Cubillas, olfateando el rastro de una posible presa, acabó aventurándose por una abertura en la montaña, quedando atrapado y quejándose lastimosamente. Cuando su amo desprendió algunas rocas con la intención de liberarle, apareció ante sus ojos una oquedad que aparentaba tener grandes dimensiones.

Es muy posible que aquel hallazgo fortuito hubiera caído en el olvido, pero la causalidad quiso también que Cubillas, que trabajaba esporádicamente para un propietario de la comarca llamado Marcelino Sanz de Sautuola (ver anexo), advirtiera a su patrón del descubrimiento de aquella cueva. El aparcero conocía el interés que Don Marcelino tenía por las cosas antiguas y singulares, así que en cuanto tuvo ocasión le puso al tanto de lo ocurrido. Y, efectivamente, Sautuola no quedó decepcionado con la existencia de aquella cueva. Algún tiempo después, en 1875 o 1876, se adentró en la oscura cavidad realizando las primeras prospecciones, llegando a localizar algunos huesos y sílex tallados por la mano del hombre. El gran hallazgo, sin embargo, tendría lugar a mediados de 1879. En aquellas fechas Sautuola realizó una nueva visita a la cueva, en esta ocasión acompañado por su hija María, de tan sólo nueve años. Fue precisamente ella quien, con sus asombrados ojos de niña, descubrió lo que a su padre le había pasado desapercibido hasta la fecha. “¡Papá, mira! ¡Bueyes pintados…!”. Aquella frase hoy célebre supuso el pistoletazo de salida para el estudio de uno de los ejemplos de arte paleolítico más importantes del mundo.

La niña María Sanz de Sautuola, y su padre, Don Marcelino.

Han pasado más de 110 años desde que María, la hija de Marcelino Sanz de Sautuola, advirtiera de la existencia de aquellas fascinantes pinturas en la cueva cántabra. Pero, a pesar del tiempo transcurrido, Altamira sigue estando de plena actualidad. Hace tan sólo unos meses, en diciembre de 2010, el Patronato del Museo de Altamira anunciaba su decisión de mantener cerrada al público la cueva original debido a los problemas de conservación que amenazan a las pinturas, después de valorar los resultados de un estudio elaborado por el CSIC (Centro Superior de Investigaciones Científicas) al respecto.

Apenas unos meses antes se había valorado la posibilidad de reabrir el enclave al público, pero el reciente dictamen parece cerrar esa puerta, al menos por el momento. De hecho, el Patronato anunció también el encargo de un nuevo estudio sobre la conservación del enclave y su compatibilidad con un régimen de visitas a un grupo internacional de expertos, que deberá ofrecer su veredicto a lo largo de los próximos dos años.

La preocupación sobre el peligro de desaparición de las pinturas, calificadas habitualmente como la “Capilla Sixtina del arte paleolítico” no es, sin embargo, algo reciente. Ya a comienzos del siglo XX se establecieron algunas pautas para su conservación, aunque no fue hasta el año 1977 cuando se decidió su cierre al público para evitar su degradación. Cinco años más tarde se procedió a su reapertura, aunque limitando las visitas a 8.500 personas al año para, finalmente, volver a cerrarla en el año 2002 y hasta la actualidad, quedando su visita restringida a investigadores. Si bien hoy en día el problema de su conservación supone la cuestión más acuciante, lo cierto es que el hallazgo de la cueva de Altamira y sus célebres pinturas vivió problemas de otra índole, sobre todo en sus inicios, cuando se convirtió en epicentro de una encendida polémica que ponía en duda, nada más y nada menos, que la autenticidad del propio descubrimiento.

Pinturas de la cueva de Altamira.

UNA LUCHA POR EL RECONOCIMIENTO
Poco después de sus primeras incursiones por la cueva, Marcelino Sanz de Sautuola había informado de su existencia a su amigo Juan Vilanova y Piedra, catedrático de Geología en la Universidad Central de Madrid, quien le animó para que prosiguiera con sus investigaciones. Igualmente, el cultivado montañés había puesto al corriente a otros dos amigos, Eduardo Pérez del Molino y Eduardo de la Pedraja, interesados ambos en el estudio de las cuevas y protagonistas del descubrimiento de algunas de las existentes en la región.

Fue así como, animado por estas amistades y espoleado por su interés en los estudios prehistóricos –pese a no contar con una formación académica al respecto contaba con una nutrida biblioteca con los estudios más recientes y destacados sobre la cuestión–, decidió publicar una pequeña obra anunciando el descubrimiento y avanzando sus primeras y modestas conclusiones. En el texto, titulado Breves apuntes sobre algunos objetos prehistóricos de la provincia de Santander, Sautuola realizaba una descripción de lo descubierto hasta entonces en la cueva, e incluso se atrevía a encuadrarla dentro de la edad paleolítica.

Para sorpresa y disgusto de Sanz de Sautuola, su anuncio fue recibido con rechazo y escepticismo por parte de la comunidad científica, tanto española como internacional. En septiembre de 1880 tuvo lugar en Lisboa el II Congreso Internacional de Arqueología y Antropología Prehistórica, al que acudió como ponente su amigo Juan Vilanova y Piedra. A pesar de los esfuerzos y el entusiasmo de éste, el resto de asistentes ignoró las explicaciones y rechazó la autenticidad de las pinturas. Algunos meses más tarde, ya en 1881, el paleontólogo francés E. Harle visitó la cueva, manifestando que las pinturas eran, en su opinión, una creación reciente, aunque desvinculaba a Sautuola de la supuesta falsificación.

Hay que tener en cuenta, para comprender el rechazo y los reparos de los prehistoriadores europeos, que en aquellas fechas no se había realizado ningún otro hallazgo semejante. Altamira tuvo el honor –y también el inconveniente–, de ser la primera cueva descubierta con restos de arte parietal. A la ausencia de otros ejemplos similares –lo que convertía a Altamira en un caso sospechoso–, había que sumar la belleza y perfección de las pinturas descubiertas –impropias según los estudiosos del “hombre salvaje”– y la existencia de una cruda lucha dialéctica que enfrentaba a los científicos partidarios de las teorías evolucionistas con figuras que defendían la antigüedad de la humanidad reflejada en las Sagradas Escrituras. Por este motivo, muchos estudiosos temieron que las pinturas cántabras no fueran sino un engaño perpetrado para dejar en evidencia a los prehistoriadores y sus teorías. Un ejemplo significativo de lo anterior lo encontramos en la correspondencia entre el erudito Gabriel de Mortillet y el eminente investigador Émile Cartailhac. En una de sus cartas, y ante el anuncio del segundo de visitar Altamira, Mortillet le advierte: “No te fíes, amigo, es una trampa que nos tienden los jesuitas a los prehistoriadores para reírse de nosotros”.

El investigador galo Émile Cartailhac. Crédito: Wikipedia.

Con semejante escenario, y con el veredicto negativo de los mayores expertos europeos en la materia –Cartailhac se destacaría como uno de los más firmes enemigos de la autenticidad de las pinturas– no resulta extraño que incluso en España se negara la validez del hallazgo realizado por el desdichado Sautuola. Así, en 1886, la Sociedad Española de Historia Natural de Madrid llevó a cabo dos sesiones en las que se discutió la cuestión y, pese, de nuevo, a los esfuerzos de Juan Vilanova, el consenso general aceptó que se trataba de una falsificación. Eugenio Lemus y Olmo, entonces director de la Calcografía Nacional, llegó a dictaminar entonces que las pinturas eran “obra de un mediano discípulo de la escuela moderna (…) que denota en la ejecución un abandono amanerado”.

COMIENZAN LAS EXCAVACIONES
Aquella situación de rechazo se prolongaría aún durante varios años, por lo que en 1888, fecha de la muerte de Marcelino Sanz de Sautuola, la gran mayoría de la comunidad científica seguía sin reconocer la autenticidad de las pinturas, y por lo tanto se negaban los méritos del caballero montañés.

Habría que esperar a los últimos años del siglo XIX, con el descubrimiento de grabados y pinturas paleolíticas en las cuevas francesas de La Mouthe, Font-de-Gaume y Combarelles, para que la opinión sobre Altamira pasara del rechazo al interés y el entusiasmo académico. Fue así como, ya en el nuevo siglo, el abate Henri Breuil, uno de los expertos galos de mayor renombre, visitó la cueva de Santillana del Mar, y un año más tarde, en 1902, Émile Cartailhac, hasta entonces cabeza visible de los escépticos sobre Altamira, publicaba en la revista L’Anthropologie un célebre artículo titulado La grotte d’Altamira. Mea culpa d’un sceptique (La gruta de Altamira. Mea culpa de un escéptico), en el que reconocía su error y restituía el honor y el mérito de Sautuola. Aquel texto de Cartailhac supuso el reconocimiento universal de la cueva de Altamira y la importancia de sus célebres pinturas, iniciándose desde ese momento un incesante goteo de investigadores llegados de todo el mundo con la intención de estudiar la gruta siguiendo una metodología científica.

Izquierda, el español Hermilio Alcalde del Río. A la derecha, el sacerdote e investigador Henri Breuil.

En septiembre de ese año de 1902 acudieron los ya citados Breuil y Cartailhac con la finalidad de realizar dibujos de las pinturas a las que hasta entonces habían negado la autenticidad, siendo guiados por Menéndez Pelayo y un diputado local. Aquel mismo otoño, y ante la repercusión que estaba adquiriendo el asunto de la cueva, el Gobierno civil de Santander dirigió al alcalde de Santillana del Mar un oficio en el que se fijaban, por primera vez, varias directrices que buscaban conservar en estado óptimo aquel notable ejemplo de patrimonio prehistórico.

A raíz de la presencia de estudiosos internacionales, otro lugareño con grandes inquietudes intelectuales y científicas, Hermilio Alcalde del Río, en aquel entonces director de la Escuela de Artes y Oficios de Torrelavega, tomó la decisión de realizar sus propios estudios sobre las pinturas de Altamira. Por espacio de dos meses, Del Río exploró la cueva palmo a palmo, descubriendo algunos restos que delataban la presencia humana y realizando una reproducción de las pinturas del techo mediante la técnica del pastel. Unos años más tarde, en 1906, Hermilio reuniría un interesante material arqueológico recogido en la cueva, y que cedería al Museo de Ciencias Naturales. Al año siguiente otro explorador de la gruta, Francisco de las Barras, hallaba en su interior restos de ciervos, caballos y osos, así como otros materiales, lo que puso en conocimiento de la Sociedad Española de Historia Natural.

Las siguientes excavaciones, ya de mayor entidad científica, fueron realizadas –en 1924 y 1925– por el investigador alemán Hugo Obermaier quien, desde 1909, se encontraba en España examinando las distintas cuevas con restos prehistóricos descubiertos en aquellos años. Los estudios de Obermaier determinaron, ya sin lugar a la duda, la existencia de sendos niveles arqueológicos, uno correspondiente al Solutrense final y otro del Magdaleniense antiguo.

Hugo Obermeier (derecha), posando en una cueva descubierta en Altamira. Crédito: BNE.

Para entonces, la cueva ya estaba abierta al público –las visitas arrancaron en 1917–, y poco a poco la afluencia de visitantes se fue multiplicando de forma notable. Así, en 1952 se cifraban en 30.000 las personas que visitaron la cueva de Altamira, número que aumentó hasta los 175.000 en 1973, cuatro años antes de que se produjera el primer cierre del enclave por motivos de conservación. Ya en la década de los 80, un nuevo equipo de investigadores, liderado por J. González Echegaray procedió a realizar una nueva excavación. Poco después, en 1985, Altamira recibía por parte de la UNESCO el reconocimiento que no tuvo la suerte de contemplar Sanz de Sautuola, al ser declarada Patrimonio de la Humanidad.

ANEXO. CANTABRIA, PARAÍSO SUBTERRÁNEO
Pese a la fama universal que ha ido adquiriendo la cueva de Altamira a lo largo del último siglo, la gruta de Santillana del Mar no es, ni mucho menos, el único ejemplo de “patrimonio subterráneo” con que cuenta Cantabria. De hecho, la comunidad cántara posee un abundantísimo catálogo de enclaves de este tipo, con más de 6.500 cuevas descubiertas hasta la fecha. De ellas, más de sesenta cuentan con restos de pinturas rupestres en alguna de sus paredes.

Un buen número de estos yacimientos fueron descubiertos coincidiendo con el reconocimiento mundial de las pinturas de Altamira, y en dichos hallazgos –o en su estudio– estuvieron involucrados personajes a los que ya hemos aludido anteriormente.

Interior de la cueva de Covalanas. Crédito: Gobierno de Cantabria.

Tras su primera exploración de la cueva de Santillana del Mar, Hermilio Alcalde del Río se embarcó en una agotadora aventura con la intención de sacar a la luz nuevos vestigios dejados por los hombres prehistóricos, pues su intuición le decía que debía haber manifestaciones semejantes en otros puntos de los alrededores. Él mismo lo explicaba con las siguientes palabras en uno de sus escritos: “Y comencé la penosa y molesta tarea de recorrer y explorar la parte más abrupta de esta provincia; el éxito coronó mis esfuerzos, y hoy me siento compensado al poder ofrecer nuevos datos a aquellos hombres que con predilección se dedican al estudio de estas materias”.

Y, efectivamente, la suerte sonrió sus esfuerzos. En abril de 1903 Alcalde del Río descubrió una cueva con interesantes restos en Barcenaciones, en septiembre, dos más –junto al Padre Lorenzo Sierra– en Covalanas y La Haza y, en octubre y noviembre, las de Hornos de la Peña y la de El Castillo, respectivamente.

Vista de la zona de acceso a la cueva de El Castillo | © Javier García Blanco / Istockphoto.com

Esta última cueva, ubicada en el monte que le da nombre, cerca de la localidad de Puente Viesgo, resultó ser un hallazgo de gran importancia. No sólo porque el monte Castillo ocultaba en sus entrañas otras cinco cuevas, sino porque contaba en sus hermosas galerías con destacados restos pictóricos.

Coincidiendo con la publicación de un libro de Alcalde del Río sobre sus estudios en las cuevas por él exploradas y descubiertas, en 1906 se produjo un hecho de vital importancia para la continuación del estudio científico de la riqueza prehistórica de Cantabria. El 15 de junio de aquel año, el príncipe Alberto I de Mónaco firmaba un contrato de financiación para promover el estudio y difusión de aquellos notables descubrimientos, para lo que se contaría con la ayuda y experiencia del abate Henri Breuil. Aquel primer contrato tendría una continuación en el firmado tres años después, coincidiendo con la visita del príncipe monegasco, para el respectivo estudio de las cuevas del Valle, Venta de la Perra y El Castillo, investigación en la que participaron el Padre Sierra, Alcalde del Río, el abate Breuil, Hugo Obermaier y el abate J. Bouyssonie.

En la cueva de El Castillo, que como avanzábamos es una de las más importantes, se descubrieron en su boca importantes restos que evidenciaban la existencia de una ocupación humana en tiempos primitivos. Las campañas de excavación más importantes se desarrollaron entre 1910 y 1914, y estuvieron dirigidas por Breuil y Obermaier. La cueva posee un recorrido total de unos 760 metros, aunque en la actualidad las visitas sólo pueden contemplar 275 de ellos. En cualquier caso, lo más importante son las más de 275 figuras pintadas por artistas del Paleolítico Superior, y cuya dotación oscila entre los 27.000-22.000 años de las más antiguas y los 13.000 de las más recientes. Entre las primeras destacan las cerca de cincuenta “manos en negativo”, mientras que en el segundo grupo pueden encuadrarse figuras como los bisontes de contorno negro. Además, se han identificado representaciones de otros animales, como caballos, ciervos, uros, cabras e incluso mamuts.

Pinturas en la cueva de Las Monedas. Crédito: Gobierno de Cantabria.

Otra de las cuevas más singulares de las halladas en el monte Castillo es la de Las Monedas. En este caso, y a diferencia de otras de las ya mencionadas, esta cueva no fue explorada hasta 1952 –aunque su entrada se había descubierto por primera vez en 1920–, cuando se adentraron en ella Felipe Puente –guía de las cuevas de El Castillo y La Pasiega– e Isidoro Blanco. Con un desarrollo de unos 800 metros –sólo 160 son visitables–, es la de mayor longitud de las cuevas existentes en el monte, y tiene además un pronunciado desnivel de 26 metros.

Con anterioridad al uso de la cavidad por parte del ser humano, la gruta fue empleada por osos de las cavernas y, de hecho, el hallazgo en los primeros años de huesos pertenecientes a estos animales propició que fuese bautizada en un inicio como “Cueva de los Osos”. Además de las bellas formaciones geológicas, como estalactitas y estalagmitas, que decoran sus galerías, la cueva posee una destacada muestra de arte parietal, compuesta por la representación de diecisiete figuras animales y diversas formas geométricas, como grupos de líneas o signos. En este caso, los investigadores han determinado que las figuras animales fueron pintadas hace unos 12.000 años, en plena fase glacial.

Como curiosidad, la cueva de Las Monedas cuenta con otro aliciente de tipo arqueológico, que además está directamente relacionado con su nombre. Durante la exploración de la cueva, los estudiosos descubrieron con sorpresa huellas de una bota con tres claves en algunas de las salas y, al final de estas, localizaron hasta veinte monedas que databan de la época de los Reyes Católicos, aunque una de ellas había sido acuñada de nuevo en 1563. El insólito “tesoro” apareció en el fondo de una sima de veintitrés metros, pero lo que todavía hoy sigue siendo un misterio es el motivo que llevó a un desconocido visitante del siglo XVI a dejarlas allí. ¿Pretendía esconderlas para recuperarlas más tarde o quizá las perdió al aventurarse peligrosamente en una cueva oscura y laberíntica descubierta al azar?

ANEXO II. MARCELINO SANZ DE SAUTUOLA.
Aunque su formación académica no estuvo relacionada con la ciencia –estudió Derecho–, Marcelino Sanz de Sautuola (1831-1888) se mostró desde muy joven interesado por las ciencias naturales, y en especial por disciplinas como la geología o la arboricultura. De hecho, a él se debe la introducción en Cantabria, en 1863, del primer ejemplar de eucalipto.

Sin embargo, el paso de los años fue aumentando su intereses, acercándose más a campos como el estudio de la Prehistoria, temática sobre la que llegó a poseer numerosos volúmenes y trabajos. En febrero de 1872 Sautuola viajó hasta París para visitar la Exposición Universal, y aprovechó la ocasión para recorrer con detenimiento el Pabellón de Ciencias Naturales, que contaba con una notable colección de restos fósiles, sílex tallados y otros utensilios prehistóricos. Aunque por aquellas fechas él ya poseía una significativa colección de fósiles y minerales, recopiladas siguiendo su pasión autodidacta, parece ser que aquella visita a la Exposición de París aguijoneó aún más su curiosidad por los estudios prehistóricos. Así, tras su regreso a España, decidió explorar varias cuevas cercanas a Puente San Miguel –donde tenía su residencia– y otras localidades próximas. Una de aquellas cuevas sería, como ya sabemos, la de Altamira, de cuya existencia le había advertido Modesto Cubillas.

Por desgracia para él, su inestimable aportación al estudio del arte paleolítico quedó empañada por el injusto y terco rechazo de los investigadores que, mientras vivió, condenó a las pinturas al cajón de las falsificaciones. Muerto en 1888, unos años antes de que los estudiosos cambiaran de parecer sobre la importancia de la cueva, Sautuola “no pudo adivinar nunca que su nombre llegaría a hacerse inmortal en los anales de la Prehistoria”, tal y como dejaría por escrito Marcelino Menéndez Pelayo. Aunque tarde, su nombre cuenta hoy con el reconocimiento que merece.

ANEXO III. ALTAMIRA, AL DETALLE.
Localizada en medio de verdes prados cercanos a Santillana del Mar, y a escasos kilómetros de aguas del Cantábrico, la Cueva de Altamira se ha ganado un hueco –pese a las dificultades de los primeros años– entre las maravillas del arte paleolítico. No sólo posee el honor de haber sido la primera cueva con pinturas parietales en ser descubierta, sino que además sus pinturas constituyen un excelente compendio de todos los temas del arte de la época, en las que los artistas que las plasmaron utilizaron todas las técnicas conocidas, y lo hicieron además con una maestría inigualable.

La cueva propiamente dicha posee un desarrollo de unos 300 metros, y en su momento tuvo una boca amplia, que se derrumbó ya en tiempos prehistóricos, y que es precisamente el espacio que los humanos de tiempos pretéritos utilizaron como zona habitable. Los arqueólogos e investigadores han podido determinar gracias a los restos descubiertos que dicha ocupación se correspondió con los periodos Solutrense (alrededor de 18.000 años) y Magdaleniense inferior (entre 16.500 y 14.000 años), dentro del llamado Paleolítico Superior. A estas épocas pertenecen también las célebres pinturas descubiertas en su interior.

Visitantes de la cueva de Altamira, en una fotografía de los años 50 del siglo pasado.

Desde la zona de entrada, en la antigua boca hoy derrumbada, se accede a un vestíbulo en ligera pendiente y allí, al final, se encuentra el grupo de pinturas más famosas: el panel de los policromos, uno de los más importantes del mundo. Estas pinturas, en las que el animal más representado es el bisonte, datan del Magdaleniense inferior (en torno al 14.500 a.C.) y destacan de forma especial por su maestría, que el artista dejó plasmada en la perfección de las imágenes y mediante el aprovechamiento de los relieves del techo para conferir volumen y realismo a los animales representados. Continuando hacia el interior de la cueva se descubren las pinturas más antiguas, que en este caso datarían del Solutrense superior al Magdaleniense arcaico.

En lo que respecta a restos de huesos y utensilios, los investigadores descubrieron en Altamira fragmentos de distintos animales como ciervos, cabras, jabalíes, osos, caballos o bisontes, lo que permite hacernos una idea de las especies que cazaban para alimentarse.

BIBLIOGRAFÍA:

-MADARIAGA DE LA CAMPA, Benito. Sanz de Sautuola y el descubrimiento de Altamira. Colección Historia y documentos. Ed. Fundación Marcelino Botín. Santander, 2000.
-GARCÍA GUINEA, Miguel Ángel. Altamira y otras cuevas de Cantabria. Ed. Sílex.

* Queremos dar las gracias a Open News Comunicación, el Gobierno de Cantabría – Consejería de Cultura, Turismo y Deporte, Hotel Bahía Santander y Ryanair por su ayuda a la hora de realizar este reportaje.

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