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Archive | abril, 2011

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‘Supersoldados nazis’

Posted on 29 abril 2011 by Redacción

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Una reciente investigación realizada por la Asociación Médica Alemana ha sacado a la luz detalles sobre la utilización de drogas entre las fuerzas del ejército nazi con la finalidad de aumentar la fuerza y la resistencia de los soldados alemanes durante el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial. Según documentos de la Wehrmacht –el ejército alemán– hasta ahora desconocidos, entre 1939 y 1945, las autoridades militares nazis distribuyeron entre sus soldados hasta un total de 200 millones de pildoras de un compuesto llamado Pervitin, cuya fórmula farmacológica se correspondía con la metanfetamina.

Según este estudio, los soldados recibieron esta sustancia con la finalidad de que desarrollaran una mayor fuerza, resistencia y ferocidad durante los combates, algo que contrasta notablemente con los preceptos nazis que preconizaban un estilo de vida saludable entre sus fuerzas, rechazando el consumo de alcohol y tabaco con el fin de mantener una raza aria pura y fuerte. Los investigadores de la Asociación Médica Alemana han explicado también que los científicos nazis experimentaron además con un derivado de la cocaína, un estimulante que estaría destinado a los soldados de la primera línea del frente, y cuyos efectos fueron probados en los prisioneros de campos de concentración.

Según el criminalista Wolf Kemper, autor del libro Nazis on Speed, esta sustancia –bautizada como D-IX– fue administrada a prisioneros el campo de Sachsenhausen, a quienes se les obligó a recorrer más de 110 kilómetros sin descansar, mientras cargaban con un peso superior a los veinte kilogramos. El plan era distribuir esta nueva “droga de la muerte” entre los soldados, pero la sorpresa que supuso el desembarco de Normandía frustró los planes de los científicos nazis.

Fuente: The Daily Mail

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Medina del Campo, una villa cargada de historia

Posted on 19 abril 2011 by Javier García Blanco

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Hace poco más de una semana, una treintena de periodistas –muchos de ellos extranjeros– fuimos invitados a visitar la villa vallisoletana de Medina del Campo con motivo del VI Centenario de la institución de las Procesiones de Disciplina –procesiones de Semana Santa– más antiguas de toda España. Aunque el motivo principal del viaje era asistir a la Procesión Extraordinaria que tuvo lugar con motivo de dicho aniversario, lo cierto es que la villa castellana cuenta con un riquísimo patrimonio histórico, cultural y gastronómico que la convierten en un destino inmejorable para cualquier época del año, pero especialmente en estas fiestas de Semana Santa.

El terreno en el que se asienta hoy Medina del Campo posee una larga historia a sus espaldas. No en vano, los primeros asentamientos descubiertos por los arqueólogos datan, nada menos, que del siglo V antes de nuestra era. A aquellas fechas se remontan, según los estudiosos, los restos de un asentamiento humano descubierto en las lomas del alto de La Mota, justo donde se levanta hoy uno de los principales atractivos turísticos de la villa, el castillo del mismo nombre. Las piezas descubiertas en dicho enclave, especialmente cerámicas y objetos de hierro, han llevado a los estudiosos ha sugerir la posibilidad de que el lugar fue “un establecimiento abierto al comercio y al influjo meridional”. Una característica ésta, la del comercio, que, como veremos, se convirtió en elemento destacado de Medina en siglos posteriores.

Restos prerromanos en la loma de La Mota | © Javier García Blanco.

Aunque los romanos también mostraron su interés por la localidad –quedan hoy algunos vestigios en un lugar conocido como “Las Peñas”– y fue conquistada por los musulmanes, que le dieron parte del nombre que hoy conserva (Metina), fue en época cristiana cuando comenzó su verdadero esplendor. La referencia documental más antigua sobre Medina data del año 1107, cuando es mencionada como Metina en una carta de donaciones. En aquellas fechas la villa estaba asistiendo ya a un rápido crecimiento, como consecuencia de las labores de repoblación iniciadas por el rey Alfonso VI tras la reconquista de la plaza. Por aquel entonces Medina del Campo se ubicaba en una zona amurallada próxima a la ubicación actual del castillo de La Mota, en la margen derecha del río Zapardiel. Más de un siglo después, otro monarca, el célebre Alfonso X el Sabio confirmaba los fueros de la villa.

La relación de Medina del Campo con monarcas, personajes de la Corte y otras figuras destacadas es otro de los aspectos más singulares de la villa. No en vano, allí nacieron tres reyes aragoneses (Fernando I de Antequera, Alfonso V y Juan II), y allí cerraron sus ojos por última vez Leonor Urraca de Castilla (esposa del de Antequera, y reina consorte de Aragón) y la mismísima Isabel la Católica. Esta última, además, redactó allí, entre los muros del Palacio Real, sus últimas voluntades. Un testamento en el que nombraba como regentes de Castilla a su hija Juana la Loca y a su marido Fernando el Católico. Sin duda, un evento histórico de primera magnitud, con importantes repercusiones para el destino del futuro reino de España, y que todavía encuentra hoy sus ecos en lo que queda del Palacio Real Testamentario, ubicado en la Plaza Mayor de Medina, y convertido en museo desde el año 2004.

Vista interior del Palacio Real Testamentario | © Javier García Blanco.

En el ámbito religioso tampoco faltaron personajes ilustres que centraran su atención en la villa de Medina. Así, Teresa de Ávila decidió fundar allí un convento de monjas en el año 1567 y, más de un siglo antes, en 1411, el dominico valenciano san Vicente Ferrer visitó la villa, instaurando las procesiones de disciplina que dieron lugar a las procesiones de Semana Santa más antiguas de toda España.

En lo que respecta al patrimonio histórico-artístico, además del magnífico castillo de la Mota, construido entre los siglos XII y XV y que sirvió como fortaleza militar, prisión de Estado y Archivo de la Corona, Medina del Campo cuenta con otros muchos alicientes. Uno de ellos es el ya citado Palacio Real Testamentario, hoy un pequeño testimonio de la grandiosidad que tuvo un día, pero que todavía mantiene un enorme interés, en especial tras la restauración acometida hace algunos años, tras la cual fue convertido en museo sobre la figura de Isabel la Católica y su estrecha relación con la villa.

Patio interior del castillo de La Mota | © Javier García Blanco.

Galerías subterráneas del castillo de La Mota | © Javier García Blanco.

En la misma Plaza Mayor de la localidad –hoy Plaza Mayor de la Hispanidad–, encontramos otros enclaves importantes que bien merecen una visita. Uno de ellos es la Colegiata de San Antolín –patrón de la localidad–, un edificio erigido entre los siglos XVI y XVII sobre los restos de una antigua parroquia. El edificio, declarado BIC (Bien de Interés Cultural) desde el año 1931, cuenta con un interior de estilo gótico tardío, plasmado en tres naves y una hermosa bóveda de crucería con juegos geométricos. Igualmente espectacular resulta el retablo mayor, con multitud de representaciones de escenas bíblicas, realizado en el siglo XVI con influencias góticas y platerescas.

Colegiata de San Antolín (izquierda) y Ayuntamiento de Medina | © Javier García Blanco.

VILLA DE FERIAS
También merece una visita el edificio que acoge al Ayuntamiento, construido en el siglo XVII por los arquitectos Francisco Cillero y Mateo Martín. Se trata de un edificio levantado con grandes sillares de piedra granítica, y en el que destacan los balcones corridos de la fachada que da a la plaza. Muy cerca de allí es posible contemplar la llamada Casa de los Arcos –un singular edificio levantado sobre dos arcos rebajados–, y la Casa del Peso, un edificio relacionado con la actividad estrella en la villa: el comercio. De hecho, la importancia de las actividades comerciales en Medina del Campo es precisamente uno de los aspectos más destacados en relación con su historia. Entre los años 1421 y 1606, Medina acogió las Ferias Generales del Reino, mercados que atraían a feriantes y mercaderes de todos los rincones de Europa, y que ponían a disposición del público mercancías como especias, lanas, sedas, aceites y otros productos. De aquella frenética actividad comercial data la actual tradición medinense de abrir buena parte de los comercios todos los domingos, provocando que la villa se convierta en un espacio lleno de vida y actividad, circunstancia que aprovechan sus habitantes y los turistas para disfrutar del tapeo y la comida en toda la localidad.

Vista parcial de la Plaza Mayor | © Javier García Blanco.

En este sentido, merece la pena acercarse hasta el Museo de las Ferias (calle San Martín, 26), un recinto inaugurado en abril del año 2000 en el que se puede conocer de primera mano obras artísticas, documentales y bibliográficas relacionadas con los antecedentes del mundo de las ferias, el comercio o el nacimiento de la banca moderna. Además, el museo se encarga de gestionar varios conjuntos documentales y organiza actividades de investigación y divulgación.

Entrada al Museo de las Ferias | © Javier García Blanco.

Una de las múltiples salas audiovisuales del Museo de las Ferias | Crédito: Javier García Blanco.

Fruto de aquella intensa actividad comercial que se desarrolló entre los siglos XV y XVI surgió además la denominación de Medina del Campo como “Villa de Ferias”, y su beneficiosa influencia económica favoreció la fundación y construcción de numerosos edificios civiles y religiosos. De ellos habría que destacar el convento de Santa María Magdalena (en la calle santa Teresa de Jesús), que cuenta con un templo gótico decorado con bellos frescos obra de Luis Vélez, además de un magnífico Calvario realizado por el escultor Esteban Jordán. Continuando con los edificios religiosos, también merece una visita la iglesia de San Miguel (en la avenida Valladolid), cuyo exterior en ladrillo no llama excesivamente la atención, pero cuyo interior cuenta con un fantástico retablo del siglo XVI, obra de Leonardo de Carrión.

Frescos en el interior del convento de Santa María Magdalena | © Javier García Blanco.

En cuanto a la arquitectura civil, uno de los edificios más singulares es el Palacio de los Dueñas, una construcción renacentista provista de un espectacular patio columnado de dos plantas, con medallones representando a varios reyes y reinas de Castilla y León de entre los siglos XI y XVI. Construido entre los años 1528 y 1543, este palacio perteneció inicialmente a Don Diego de Beltrán, consejero de Indias, y más tarde pasó a manos de la familia Dueñas. En la actualidad pertenece al Estado, y funciona como Instituto de Educación Secundaria. Visita aparte merecen las Reales Carnicerías, una construcción del siglo XVI (fue autorizada directamente por los Reyes Católicos) destinada a la venta de carnes en la localidad. Realizado en ladrillo, piedra y granito, este llamativo recinto de casi quinientos años de antigüedad es el único en su tipología que sigue cumpliendo la función comercial, pues todavía sigue abierto al público los martes, miércoles, sábados y domingos.

Patio renacentista en el Palacio de los Dueñas | © Javier García Blanco.

GOZOS Y PENITENCIAS
Para quienes disfruten con las procesiones de Semana Santa, Medina posee, como ya hemos dicho, sobrados alicientes para el visitante. Además de poseer las procesiones de disciplina más antiguas de todo el país, la villa cuenta también con un interesante centro de interpretación sobre el origen de esta festividad religiosa, cuya sede se encuentra en el Centro Cultural San Vicente Ferrer. Es precisamente allí donde se expone actualmente la talla Cristo en brazos de la muerte, la más reciente escultura del artista zamorano Ricardo Flecha, y que ha protagonizado en las últimas semanas una sonada polémica debido a la particular iconografía de Jesús, que aparece completamente desnudo. Buena parte de los habitantes de Medina del Campo consideran que dicha representación –aunque existen antecedentes bien conocidos en la imaginería de los siglos XVII y XVIII– podía resultar ofensiva, por lo que finalmente se decidió que procesionara cubierto con el llamado “paño de pureza”, una decisión que fue aceptada por el escultor. En cualquier caso, los curiosos pueden contemplar la talla en el citado centro de interpretación, y bajo estas líneas podéis ver una fotografía del Cristo con sus atributos al descubierto.

Cristo en brazos de la muerte, escultura de Ricardo Flecha | © Javier García Blanco.

Procesión Extraordinaria en Medina del Campo | © Javier García Blanco – Istockphoto.com.

Procesión Extraordinaria en Medina del Campo | © Javier García Blanco.

Quienes prefieran deleitarse con los sentidos más que volcarse en la devoción propia de estas fechas, Medina del Campo también posee numerosos atractivos. Para relajarse y descansar, nada mejor que una visita al Palacio Balneario de Las Salinas, a las afueras de la localidad. Se trata de un complejo inaugurado en el año 1891, cuyas magníficas aguas termales están calificadas como las más mineralizadas del mundo. En lo que respecta a los placeres de la buena mesa, los medinenses cuentan con un sabroso cocido tradicional y con un lechazo de las Tierras de Medina que harán las delicias de los paladares más exigentes. Además, en estas fechas es posible disfrutar de algunos productos típicos de la Semana Santa local, como las cagadillas, las capirocadas o una dulce “limonada”, que a pesar del nombre poco tiene que ver con la bebida refrescante. En cuanto a los caldos, estando en tierras de la Denominación de Origen Rueda, la ocasión bien merece una pequeña escapada hasta la cercana localidad de Rueda para visitar, por ejemplo, las bodegas de El hilo de Ariadna (Grupo Yllera) o las de Emina, en Valbuena de Duero, también en las cercanías. Ya de vuelta en Medina del Campo, las posibilidades de ocio nocturno son numerosas, a pesar de lo que podría parecer tratándose de una localidad de unos 22.000 habitantes. Finalmente, si prolongamos nuestra visita hasta el domingo, podremos disfrutar de un día de compras, redondeado con alguna de las sabrosas tapas que llenan las barras de los establecimientos de la villa.

Bodegas ‘El hilo de Ariadna’ (Grupo Yllera) | © Javier García Blanco.

DATOS ÚTILES

CÓMO LLEGAR

Por carretera, a través de la A-6 (Madrid-La Coruña), utilizando la salida del kilómetro 155. Desde Valladolid, la carretera más directa es la C-610, que conecta Medina del Campo con la capital de la provincia. Existen conexiones por autobús con las compañías La Regional y Auto Res. Por tren, Medina se encuentra en la línea Madrid-Irún-Francia, y hay conexiones desde Galicia y Portugal.

DÓNDE COMER

Para los más perezosos, una buena opción es el restaurante Continental (Tlf.: 983 800 130), el más antiguo de la villa, y ubicado en la misma Plaza Mayor. Un poco más alejado del centro urbano, aunque muy cerca de la localidad, se encuentra La Parrilla de las Salinas (Ctra. Las Salinas, km 4. Tlf.: 983 801 636).

ALOJAMIENTO

Hotel Villa de Ferias. Avenida del V Centenario, 4. Tel.: 983 80 27 00.

* Queremos dar las gracias a Open News Comunicación, el Ayuntamiento de Medina del Campo y los responsables del Centro Cultural San Vicente Ferrer por su amabilidad y la ayuda prestada a la hora de realizar este reportaje.

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El español que descubrió Pompeya y Herculano

Posted on 16 abril 2011 by Javier García Blanco

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Tras dieciséis siglos durmiendo un sueño que parecía eterno, los restos de las ciudades romanas de Herculano, Pompeya y Estabia comenzaron a salir de su letargo gracias a la labor de un ingeniero militar español que, destinado en Nápoles, protagonizó uno de los hallazgos arqueológicos más importantes de todos los tiempos.

Los habitantes de la bahía de Nápoles debieron pensar, en aquellos últimos días de agosto del año 79 d.C., que todos los horrores del temible Tártaro habían sido liberados por los dioses como respuesta a alguna grave ofensa. No en vano, y como macabro guiño del destino, aquellos días se celebraba la Vulcanalia, en honor al dios romano del fuego.

Primero fueron sólo algunos pequeños temblores, cada vez más frecuentes, y finalmente llegó la erupción. El 24 de agosto una nube de aspecto extraño y dimensiones colosales se elevó en el firmamento, dando forma a un espectáculo sobrecogedor que comenzó a inquietar seriamente a los habitantes de las poblaciones más próximas al Vesubio. Poco después llegó la lluvia de piedras volcánicas y ceniza, la expulsión de gases tóxicos y, finalmente, el flujo piroplástico que, como si de las aguas ardientes del Flegetonte se tratara, abrasó todo lo que encontró a su paso.

Hoy conocemos los detalles de aquel suceso de tintes apocalípticos gracias a las descripciones que Plinio el Joven envió por carta al historiador Tácito, relatando los pormenores de la muerte de su tío, Plinio el Viejo, fallecido durante la catástrofe. Sin embargo, pese a estos textos, los metros de lava y ceniza que sepultaron localidades como Pompeya, Herculano o Estabia fueron borrando, con el paso de los años, la memoria sobre la ubicación de aquellos enclaves que desaparecieron como consecuencia de la tragedia. Es probable que dichas ciudades y sus moradores siguieran hoy durmiendo su sueño eterno de no haber sido porque, casi diecisiete siglos después, un ingeniero y militar español, aragonés para más señas, se empeñó en “escarbar” el terreno que pisaba, sacando a la luz varios de los enclaves arqueológicos más importantes de la Antigüedad.

Mapa de la erupción del año 79 d.C. Crédito: Wikipedia.

UNA VIDA ENTRE RUINAS
Nuestro protagonista, escasamente conocido –y reconocido– a pesar de la relevancia y trascendencia de su trabajo, se llamaba Roque Joaquín de Alcubierre. Nacido a mediados de agosto de 1702 en Zaragoza, Alcubierre cursó sus primeros estudios en su ciudad natal. Por desgracia, son escasos los documentos que se conservan respecto a esta primera etapa de su vida, desarrollada en España. Sí podemos asegurar, al menos, que siendo apenas un adolescente se sintió atraído por el flamante y recién creado cuerpo de ingenieros del ejército español, pues no tardó en alistarse en él como voluntario.

Aunque es poco lo que sabemos sobre sus antecedentes familiares, Alcubierre debía descender de una familia relativamente bien posicionada, pues desde fechas tempranas se vio bajo la protección de los influyentes condes de Bureta. Gracias a su amistad, el joven Alcubierre consiguió sus primeros destinos en varias plazas peninsulares, y especialmente en varias localidades del Principado de Cataluña. Sabemos, por ejemplo, que en el año 1731 se encontraba trabajando en la ciudad de Gerona, todavía con el cargo de ingeniero voluntario, y desarrollando su labor en las obras de fortificación de la ciudad, “encargado del detalle de los trabajos que se ejecutaron en ella, así como sobre aquellos ríos, el baluarte de Santa María y otras fortificaciones”, tal y como recuerda el historiador Félix Fernández Muga, uno de los mejores conocedores de su vida.

En aquella primera etapa de su carrera el aragonés estuvo bajo el mando del ingeniero en segunda Don Esteban Panón, y más tarde a las órdenes de el ingeniero en jefe Don Andrés Bonito y Pignatelli, quien con los años se convertiría en uno de los militares de más alto rango del ejército de Carlos III en Nápoles, destacando además por su aprecio hacia nuestro protagonista.

Después de intentar sin éxito –y pese a la influyente amistad de su amigo el conde de Bureta– obtener el grado de oficial en el Cuerpo de Ingenieros Militares, se produjo uno de los sucesos más importantes en la vida de Alcubierre: su viaje a Nápoles, territorio en el que pasaría el resto de su vida y dónde protagonizaría los hechos que le valieron un hueco en la historia de la arqueología.

Aunque algunos historiadores siguen sin ponerse de acuerdo respecto a la fecha exacta de su viaje a suelo italiano, la mayoría coincide en situarlo a mediados de junio de 1734, poco después de la victoria de Montemar en Abulia, tras la cual el reino de Nápoles quedaba en manos españolas, y más concretamente en las del infante Carlos de Borbón, hijo de Fernando V y futuro Carlos III de España. Todo parece indicar que Alcubierre se embarcó junto al “teniente de rey” Don Andrés de los Cobos, a quien ya se cita en un Oficio fechado en agosto de ese año. La primera mención al ingeniero maño data en su caso de enero de 1736, cuando aparece citado como “ingeniero extraordinario”. Al parecer, desde ese año el zaragozano comenzó a trabajar en las obras de edificación y ampliación del palacio real de Portici, además de llevar a cabo otros encargos relacionados con la conducción de aguas hasta la cercana localidad de Boscorreale.

Apenas dos años más tarde, y ya con el ansiado cargo de capitán en su poder, Alcubierre se encontraba trabajando todavía en la edificación del palacio, bajo las órdenes de Juan Antonio Medrano. El ingeniero y militar aragonés tenía entonces la misión de trazar la planta de los terrenos aledaños al palacio y, durante aquella labor, trabó amistad con un cirujano del lugar llamado Giovanni de Angelis. Fue él quien le puso al corriente de los habituales hallazgos de piezas antiguas que se producían cada poco tiempo en el lugar. Al mismo tiempo, Alcubierre tuvo conocimiento de la existencia del llamado pozo Nocerino, excavado por el príncipe de Elbeuf pocos años antes, en 1711, durante la época de dominio austriaco en Nápoles. En dicho pozo se habían encontrado algunos restos interesantes, como cimientos de edificios antiguos y otras piezas menores, y todo ello despertó la intuición del aragonés.

Plano de la antigua ciudad de Pompeya.

Alcubierre sospechaba que bajo el suelo que pisaba podían encontrarse grandes tesoros del pasado romano, así que comentó sus inquietudes con su superior, Medrano, proponiéndole una excavación sistemática de la zona. Éste comunicó la idea a sus mandos y, por suerte, el monarca, llevado por sus inquietudes intelectuales, accedió a la empresa y nombró encargado de la misma al propio Roque Joaquín de Alcubierre en una Real Orden fechada el 13 de octubre de 1738. De este modo, las excavaciones comenzaron aquel mismo mes, a partir del pozo Nocerino. Ni Alcubierre, ni Medrano ni el monarca podían sospechar entonces que estaban a punto de marcar un antes y un después en la historia de la arqueología mundial.

Pese al beneplácito real, los medios con los que contó el ingeniero aragonés no fueron en principio demasiado notables: sólo tres obreros se dedicarían a la excavación, dirigidos por el propio Alcubierre. Por fortuna, los resultados no tardaron en salir a la luz. Poco tiempo después de comenzar la inspección del subsuelo los trabajadores encontraron los restos de un muro, que en un principio Alcubierre identificó con parte de un templo de la ciudad de Pompeya. Aquel inesperado logro consiguió ilusionar al monarca, y pronto el ingeniero contó con más mano de obra para continuar excavando, hasta alcanzar una cifra de catorce o quince obreros. Los trabajos, sin embargo, eran especialmente penosos. A diferencia de los yacimientos arqueológicos actuales, en los que normalmente se trabaja “a cielo abierto”, Alcubierre siguió su formación de ingeniero militar, excavando profundas galerías, oscuras y mal ventiladas, que entorpecían el avance de los trabajos y resultaban muy peligrosas.

A pesar de las dificultades, la excavación continuó arrojando resultados positivos con el paso del tiempo, y no había semana en el que no se hallara alguna escultura o pieza de importancia. Roque Joaquín Alcubierre no dudó en llevar un registro pormenorizado de los hallazgos, de los que informaba puntualmente a Carlos III, sabiendo que cada descubrimiento servía para aumentar el ya notable entusiasmo del monarca.

Poco después se produciría un hallazgo de gran importancia. En principio parecía una inscripción más, tallada sobre una lápida, pero tras una inspección detallada del texto latino se descubrió que hacía mención a la construcción del recinto que hasta entonces se tenía por un templo, y que resultó ser nada más y nada menos que el teatro de la ciudad de Herculano. No tardó en ser rescatada una segunda lápida inscrita, en la que se mencionaba directamente al arquitecto del recinto: Publio Numisio.

Maqueta del antiguo teatro de Herculano.

El importante hallazgo, que confirmaba el descubrimiento de los restos de una de las ciudades mencionadas en los textos de Plinio el Joven, alimentó aún más el entusiasmo de los participantes. Una galería tras otra, los descubrimientos de piezas de distinta índole se iban sucediendo sin descanso: esculturas de mármol y bronce, pequeños utensilios y, finalmente, bellísimas pinturas. Éstas últimas pertenecían ya a otro edificio, la basílica de Herculano, que se encontraba en las cercanías del teatro descubierto en primer lugar. Ya no había duda. Bajo los pies de la ciudad se ocultaba sepultado un tesoro histórico de valor incalculable. Hay que tener en cuenta que para Alcubierre y sus contemporáneos, y en especial para los estudiosos de la Antigüedad, la única forma de conocer las obras, construcciones y estilo de vida de aquella civilización ya desaparecida radicaba en la contemplación de los escasos edificios romanos que seguían en pie –en su mayoría con grandes modificaciones– o mediante la aparición esporádica de algunas piezas. El hallazgo de una ciudad intacta, sepultada por la lava y las cenizas, constituía por lo tanto un hito sin precedentes.

El ingeniero Alcubierre, cuyo prestigio iba aumentando a la par que salían a la luz nuevas antigüedades, siguió trabajando con ahínco en las oscuras galerías. Aquel agotador ritmo de trabajo, unido a las insalubres condiciones de la excavación, terminaron por minar la salud del aragonés, que enfermó gravemente, hasta el punto de que tuvo que retirarse voluntariamente a Nápoles durante cuatro años, entre 1741 y 1745. No en vano, las condiciones eran realmente duras en las profundidades de las galerías, y los obreros –Alcubierre incluido– se veían expuestos diariamente a los gases tóxicos emanados de las antorchas y a la nociva falta de aire puro. Para hacerse una idea de la dureza de las condiciones, sobra con una breve descripción del itinerario realizado por aquellos inexpertos arqueólogos: en un primer momento, los obreros descendían a las galerías atados con una cuerda unida a un cabestrante; después debían avanzar por estrechos pasadizos que se hacían cada vez más angostos, oscuros y húmedos, con un aire prácticamente irrespirable y viciado.

Uno de los visitantes que tuvo la oportunidad de vivir la experiencia en carne propia, el abate Giacomo Martorelli, profesor en la Universidad de Nápoles, describió su vivencia en estos términos: “Difícilmente podrá nadie, que no tenga gran ánimo y corazón, caminar 84 palmos bajo tierra, como he hecho yo, por esas galerías estrechísimas y casi en ruinas (…) Tan duro era aquel trabajo, que en un segundo momento, junto a los obreros que lo hacían a sueldo, se condenó a trabajar a las grutas a numerosos forzados y esclavos”. Con condiciones tan duras, no es de extrañar que Alcubierre, que bajaba a las galerías casi a diario, terminase gravemente enfermó. Aunque terminó por recobrarse, aquella dolencia se cobró un elevado precio: el aragonés perdió casi toda su dentadura y su vista quedó seriamente dañada.

Ruinas del templo de Isis en Pompeya.

Durante los cuatro años de convalecencia, el aragonés fue sustituido por los también ingenieros Francisco Rorro y Pedro Bardet quienes, sin embargo, no tuvieron tanta suerte en los trabajos como Alcubierre. Cuando éste se reincorporó a sus labores, ya en 1745, había sido ascendido a teniente coronel y contaba con el cargo de ingeniero en segundo. Con su regreso –como si de un talismán se tratase– volvieron también los hallazgos notables al yacimiento de la antigua Herculano.

En un notable artículo sobre los trabajos en aquella época, el historiador Miguel Beltrán Lloris destaca el descubrimiento de piezas de gran importancia: “…aparecieron las magníficas estatuas ecuestres en mármol de Nonio Balbo, continuando además los frisos de pinturas, los objetos de vidrio, un privilegio de Vespasiano a soldados veteranos y otros muchos objetos”.

EL DESPERTAR DE POMPEYA
Mientras los hallazgos se sucedían sin cesar en el los terrenos de lo que siglos atrás había sido Herculano, Roque Joaquín Alcubierre tuvo conocimiento de la aparición esporádica de algunas piezas destacadas en un terreno situado a varios kilómetros de allí. El ingeniero aragonés, de nuevo con el beneplácito real –a estas alturas era difícil que se le negara nada conociendo su intuición para aquella tarea–, comenzó a excavar en aquella zona en 1748. Pronto comenzaron a ser rescatados importantes vestigios del pasado romano, y Alcubierre creyó haber localizado los restos de la ciudad de Estabia. Sin embargo, y al igual que había ocurrido con el hallazgo de Herculano, el aragonés estaba equivocado. Decenas de metros bajo sus pies, se hallaba la ciudad de Pompeya, hoy la más célebre de todas las poblaciones engullidas por la furia del Vesubio. No sería hasta 1763 cuando el ingeniero y militar zaragozano identificara correctamente aquellos restos, gracias –de nuevo– al hallazgo de una inscripción que se citaba a la Res Publica Pompeianorum. En cuanto a Estabia, sus restos fueron hallados poco después de descubrirse los primeros vestigios de Pompeya, en 1749.

La dedicación de Alcubierre iba en aumento y, a pesar de que sus obligaciones puramente militares fueron creciendo a la par que sus ascensos en el cuerpo, su auténtica pasión estaba, sin dudas, entre aquellas galerías que, con gran esfuerzo, iban sacando a la luz maravillas de un pasado remoto. En aquellos años, y a los yacimientos ya localizados de Herculano, Pompeya y Estabia, se fueron sumando otros menores, como los de Cumas, Sorrento, Mercato di Sabato o Bosco de Tre Case. Todo un impresionante patrimonio que no sólo ampliaba de forma notable el conocimiento sobre la forma de vida de los antiguos romanos, sino que también convertía a Carlos de Borbón en un monarca que destacaba por su apoyo y patrocinio a las artes y la historia, y que situaba a Nápoles como un importante enclave –el segundo, después de Roma– para conocer el glorioso pasado del Imperio Romano.

En este sentido, hay que agradecer al monarca borbón que comprendiese desde un primer momento la notable importancia de aquellos hallazgos. Mientras estuvo gobernando en Nápoles, Carlos III se encargó de financiar las excavaciones, ordenó que se le informase puntualmente de cada nuevo hallazgo, y promovió el estudio y conservación de las piezas, la publicación de tratados sobre aquellas maravillas e incluso la fundación de un museo que sirviera para reunir todo lo desenterrado. Todo ello, claro está, a mayor gloria de su persona y del territorio que estaba bajo su dominio. Fue así como el monarca se decidió a trasladar la riquísima colección Farnese, heredada de su madre, instalando en el Palacio de Capodimonte una notable galería de pinturas, mientras los miles de tomos de distintas temáticas que conformaban su biblioteca se ubicaron en el Palazzo degli Studi.

El rey Carlos III de España. Crédito: Wikipedia.

Finalmente, ya en 1750, se decidió transformar el palacio hasta entonces conocido como Caramánico, en el que se dispusieron ordenadamente las antigüedades encontradas en los yacimientos, dando forma al Museo Ercolanense de Portici, que sería dirigido por Camillo Paderni. El celo del monarca en este sentido llegó a tal punto que se prohibió la salida de Nápoles de cualquier escultura o pintura procedente de las excavaciones. Todo, absolutamente todo, tenía que ser catalogado y estudiado en las instalaciones del museo. La única excepción, que llegó a la Corte española y hoy se expone en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid, es una pequeña caja de semillas, sin mayor importancia.

Cuando nueve años después Carlos de Borbón dejó Nápoles para ocupar el trono de España como Carlos III, su interés por los trabajos realizados en las faldas del Vesubio no sólo no se desvanecieron, sino que fueron en aumento, siendo informado puntualmente de la marcha de las excavaciones por el ministro Bernardo Tanucci, quien le hacía llegar las noticias enviadas por Alcubierre.

UNA VISITA OBLIGADA
Los esfuerzos de Alcubierre y el interés de Carlos III no tardaron en dar sus frutos. En pocos años, las noticias sobre aquel impresionante enclave arqueológico, que permitía viajar literalmente al pasado romano, se extendieron por toda Europa. Poco a poco, comenzaron a viajar hasta las excavaciones una variopinta legión de estudiosos, anticuarios, artistas y viajeros con aspiraciones románticas, todos ellos ávidos por conocer de primera mano las grandes maravillas que habían llegado a sus oídos.

A esta notable fama había contribuido, sin duda, la creación en 1755 de la Regale Accademia Ercolanense de Nápoles, donde se estudiaron a fondo las piezas descubiertas durante las excavaciones; por otro lado, dos años después comenzaron a publicarse también los ocho tomos de la obra Le antichità di Ercolano esposte (La antigüedad de Herculano expuesta), que reproducían bellos grabados de las piezas recuperadas, así como planos y diseños de los edificios que iban saliendo a la luz.

No es de extrañar, por lo tanto, que aquel enclave cargado de historia, se convirtiera en visita obligada para los viajeros que se animaban a realizar el llamado Grand Tour, tan de moda en aquel entonces. La llegada de curiosos y eruditos no fue, por desgracia, siempre positiva. Entre algunos de ellos se encontraban especialistas en la Antigüedad como Winckelmann, célebre iniciador de la Historia del Arte como disciplina. El erudito alemán y otros especialistas como Charles de Brosses, Walpole o Caylus, no dudaron en criticar abiertamente –y en muchos casos con gran dureza, en especial Winckelmann– la forma de trabajar de Roque Joaquín Alcubierre. Todos ellos tildaron al aragonés de bruto ignorante, criticaron su técnica de excavación mediante galerías –que no facilitaba la comprensión topográfica de los terrenos excavados– y elevaron sus quejas por la falta de colaboración que se prestaba a quienes, como ellos, pretendían visitar in situ las excavaciones.

El historiador Johann Winckelmann. Crédito: Wikipedia.

Aunque parte de las quejas formuladas por Winckelmann y otros críticos sobre la forma de trabajar de Alcubierre no estaban exentas de parte de razón, hay que recordar que la formación de éste era la de un ingeniero militar, y por lo tanto desarrolló su labor de la mejor forma que sabía. Además, debemos tener en cuenta que en aquella época, la arqueología como disciplina científica no existía tal y como la conocemos actualmente, y se basaba prácticamente en una “caza de tesoros” que tenía como único fin rescatar el mayor número de piezas, sin seguir ningún criterio de catalogación o estudio pormenorizado. Por otra parte, el ingeniero aragonés no hizo sino seguir las indicaciones del monarca, que sólo buscaba la recuperación de piezas antiguas con el fin de exponerlas en el museo de la antigua Herculano.

Fuera de estas críticas –algunas seguramente alimentadas por la envidia–, no cabe duda de que la figura de Alcubierre fue vital para el éxito de las excavaciones. Sin su intuición, tesón y dedicación casi completa –estuvo al cargo de los trabajos durante casi cuarenta años–, es muy posible que, en la actualidad, Pompeya y Herculano no fuesen hoy los grandes enclaves arqueológicos en los que se han convertido. No hay que olvidar tampoco el papel de Carlos III, a quien hay que reconocer el acierto de prohibir la salida de piezas recuperadas en suelo napolitano en dirección a España u otros destinos. De no haber sido así, Pompeya y Herculano habrían sufrido quizá la misma suerte que otros enclaves destacados de Egipto o Grecia, algunas de cuyos restos más importantes se reparten por museos y colecciones privadas de todo el mundo.

Finalmente, en 1780, y tras décadas de dedicación exclusiva a la que fue la pasión de su vida, Roque Joaquín Alcubierre falleció en Nápoles, en el mismo lugar donde había disfrutado tanto rescatando aquellas milenarias maravillas. Algunos años antes, en 1772, su devoción al trabajo había sido recompensada con su ascenso a brigadier e ingeniero en jefe y, cinco años más tarde, se le recompensó con el nombramiento de mariscal de campo, debido a “los méritos, servicios, acreditada conducta, celo, fidelidad y demás recomendables circunstancias” que reunía su figura. Con la muerte de Roque, su esposa, Ignacia Díez, recibió una pensión vitalicia de 150 ducados anuales concedida por el mismísimo Fernando VI de Borbón. Con aquellas rentas, la numerosa familia siguió viviendo con humildad en una vivienda modesta ubicada en el número 10 de la Porta piccola a Palazzo, en Nápoles.

ANEXO
POMPEYA Y HERCULANO DESPUÉS DE ALCUBIERRE
Durante su larga enfermedad –entre 1741 y 1745– Alcubierre fue sustituido temporalmente, como ya dijimos, por los también ingenieros Francisco Rorro y Pedro Bardet. De vuelta al trabajo, y ya recuperado, contó también con la ayuda del ingeniero suizo Karlos Weber y, a la muerte de éste, en 1764, con la del español Don Francisco de la Vega.

Cuando finalmente Alcubierre falleció en 1780, fue De la Vega quien quedó al mando de los trabajos, siendo reconocido por los historiadores como uno de los mejores trabajadores de los distintos yacimientos en lo que quedaba del siglo XVIII. Con él aumentó el número de obreros, y comenzó a vislumbrarse un nuevo sistema de trabajo, con una metodología arqueológica más moderna y coherente, orientada a la consolidación de los edificios descubiertos y a la documentación sistemática de la excavación.

La llegada del nuevo siglo vino acompañada de dificultades políticas que paralizaron temporalmente las obras, aunque con Nápoles bajo dominio francés volvieron a reanudarse los trabajos. A lo largo del siglo XIX las prospecciones arqueológicos fueron sucediéndose sin descanso y, con el tiempo, mejoraron también las técnicas aplicadas, hasta llegar al siglo XX –época no exenta de problemas, en especial debido a las dos Grandes Guerras–, y finalmente a nuestros días.

 

ANEXO
EL INTERÉS ARQUEOLÓGICO DE CARLOS III
La atracción demostrada por el monarca borbón durante su mandato como rey de las Dos Sicilias, y más tarde como cabeza de la monarquía española, no se redujo a las excavaciones y antigüedades rescatadas en las faldas del Vesubio. Años más tarde, el monarca español mostró un interés similar por los trabajos desarrollados en suelo americano, destacando especialmente las labores encomendadas para sacar a la luz el pasado histórico y arqueológico de ciudades como Palenque, donde siguió un criterio similar al que ya había puesto en marcha en los yacimientos napolitanos. Carlos III sobresalió así como un monarca por inquietudes intelectuales, aunque en muchos casos se debiera únicamente a un afán por engrandecer a la casa real con las riquezas que se hallaban enterradas en sus vastos dominios.

BIBLIOGRAFÍA:

-BELTRÁN LLORIS, Miguel. “Roque Joaquín de Alcubierre, descubridor de Pompeya y Herculano”. Artículo publicado en Aragón en el mundo. Ed. Caja de Ahorros de la Inmaculada. Zaragoza, 1988.
-FERNÁNDEZ MUGA, Félix. Carlos III y el descubrimiento de Herculano, Pompeya y Stabia. Ed. Universidad de Salamanca, 1989.

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