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Archive | junio, 2010

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¿El primer hombre-pájaro de la historia?

Posted on 30 junio 2010 by Redacción

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Es bien conocida la obsesión que Leonardo da Vinci desarrolló durante su vida por la idea de crear un ingenio artificial capaz de permitir al hombre volar como los pájaros. A pesar de los numerosos diseños al respecto que realizó, que sepamos el genio italiano nunca llegó a ver materializados sus sueños, pero hubo otro personaje, contemporáneo de Leonardo, que al menos quiso aportar su peculiar granito de arena a la historia de la aviación.

El excéntrico John Damian de Falcuis, mago y alquimista de origen italiano que había recalado en la corte del rey Jacobo IV de Escocia, tuvo que soportar durante su vida las mofas y críticas de muchos de sus contemporáneos, que lo tachaban de embustero y embaucador, a pesar de contar con la confianza y el beneplácito del monarca.

Uno de los episodios de su vida que le causaron más problemas y burlas de quienes le rodeaban –incluyendo al poeta William Dunbar– tuvo lugar en 1507, cuando se propuso volar desde Escocia hasta Francia –¡nada menos!– con ayuda de unas alas rudimentarias ideadas por él mismo. Hasta ahora se sabía que el intento de Damian –que saltó desde lo más alto del castillo de Stirling– se saldó con una pierna rota y el orgullo herido, pues su «gesta» le valió el irónico apelativo de «hombre pájaro». Sin embargo, el historiador Charles McKean, profesor de la Universidad de Dundee, descubrió hace un par de años algunas evidencias de que, después de todo, el intento de Damian podría haber sido más exitoso de lo que se creía.

Castillo de Stirling, Escocia. Crédito: Wikipedia.

Según los documentos encontrados, el imprudente alquimista logró recorrer una distancia de más de media milla (unos 800 metros) antes de «besar» el suelo lo que, teniendo en cuenta lo rudimentario de su «ala delta», podría considerarse todo un éxito en opinión del profesor McKean, para quien no hay duda de que Damian debería ser considerado el primer hombre en volar.

Fuente:

-The bird man of Stirling (BBC Scottish History)

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El audaz Escuadrón de Salduie

Posted on 30 junio 2010 by Redacción

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Los nutridos fondos de los Museos Capitolinos, en Roma, cuentan en su haber con una pequeña pieza de bronce, cubierta con una larga inscripción en caracteres latinos. La pieza en cuestión, descubierta en la ciudad en 1908 y conocida como Bronce de Ascoli, es pequeña en tamaño pero con un contenido de una gran importancia para la historia de Hispania, y más en concreto de la pequeña población que, con los siglos, terminaría convirtiéndose en Zaragoza.

En sus apretadas líneas quedó registrada la concesión, por orden del cónsul romano Gneo Pompeyo Estrabón, de la ciudadanía romana a treinta guerreros iberos, pertenecientes a la Turma Salluitana (Escuadrón de Salduie), por su valor durante la batalla de Asculum (actual Áscoli), el 17 de noviembre del año 89 a.C., uno de los episodios de la llamada Bellum Sociale (Guerra Social o de los Aliados): “Gneo Pompeyo, hijo de Sexto, imperator, según del Consejo y en virtud de la ley Julia, proclamó ciudadanos romanos a los jinetes hispanos a causa de su valor…”.

De los treinta guerreros condecorados, al menos cuatro eran originarios de la ciudad-estado ibera de Salduie (el asentamiento que algunas décadas después terminaría convirtiéndose en la Caesaraugusta romana). Sus nombres: Sanibelser, hijo de Adingibas; Ilurtibas, hijo de Bilustibas; Estopeles, hijo de Ordenes; Torsino, hijo de Austinco. Los restantes veintiséis estaban formados por un bagarense, cuatro […]icenses (nombre ilegible de la ciudad), un begense, nueve segienses, tres ennegenses, dos libenses, dos suconsenses y un iluersense.

Junto a la importantísima concesión de la ciudadanía romana, el bronce menciona también otras recompensas concedidas a los guerreros hispanos. A saber: cornículos (ornamento oficial que se colocaba en los casc0s), patelas (bandejas con el nombre de los soldados), torques (collares), armillas (brazaletes), faleras (placas metálicas para adornar los caballos) y doble ración de grano.

Además de dejar constancia del valor de aquellos jóvenes salluitanos (con seguridad miembros de familias de importancia), el Bronce de Áscoli constituye, junto a diversas piezas numismáticas, una de las primeras evidencias que mencionan el nombre más antiguo que se conoce de Zaragoza.

BIBLIOGRAFÍA:

-FATÁS CABEZA, Guillermo y BELTRÁN LLORIS, Miguel. Salduie, ciudad ibérica. Ed. Ayuntamiento de Zaragoza / CAI. Zaragoza, 1997.

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En las entrañas de la Gran Nube de Magallanes

Posted on 04 junio 2010 by Redacción

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Gracias a los estudios científicos de astrónomos y astrofísicos, cada vez sabemos más sobre nuestro fascinante Universo. Sin embargo, a menudo resulta difícil para nuestra mente concebir la majestuosa infinitud del Cosmos. Por este motivo, vídeos como el recientemente divulgado por el Observatorio Europeo Austral (ESO), que realiza un espectacular zoom sobre la Gran Nube de Magallanes, localizada en la constelación El Dorado, a unos 160.000 años-luz de nuestra galaxia, la Vía Láctea.

El vídeo, aunque de sólo 50 segundos de duración, nos muestra un auténtico “zoológico cósmico”, tal y como lo ha calificado el ESO, en el que se acumulan vastos cúmulos globulares y restos dejados por brillantes explosiones de supernovas. La fotografía empleada para crear este sorprendente vídeo fue tomada mediante el Wide Field Imager (WFI), un avanzado instrumento astronómico instalado en el Observatorio La Silla de ESO en Chile. Podéis ver el vídeo (compartido por RTVE.es) bajo estas líneas.

Fuentes:

-Un zoológico cósmico en la Gran Nube de Magallanes (ESO)

-Zoom en la Gran Nube de Magallanes

Entradas relacionadas:

-La Vía Láctea, en alta definición

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-Nuestra hermosa “canica azul”

-Primeros resultados del observatorio Herschel

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Iberia: el Paraíso del mundo antiguo

Posted on 02 junio 2010 by Javier García Blanco

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La llegada de los colonizadores fenicios y griegos marcó el devenir histórico de la Península Ibérica a lo largo del primer milenio antes de Cristo. Ambas culturas llegaron atraídas por las riquezas de nuestros territorios, pero su presencia en la Iberia protohistórica también estuvo marcada por su percepción de que estas eran tierras de leyenda, donde lo sobrenatural y lo fantástico formaban parte de lo cotidiano.

«Platón ha descrito la capital de la Atlántida y su comarca con arreglo a Tartessos, y al mismo tiempo ha proporcionado una imagen poética de la rica y próspera Tartessos, situada en la desembocadura del Guadalquivir». Quien así se expresaba, hace ya más de 60 años, era el célebre erudito e hispanista alemán Adolf Schulten. El especialista germano pasó buena parte de su vida obsesionado con Tartessos y su posible localización –esperando que la suerte le sonriera como a Schliemann con Troya–, e incluso llegó a excavar en el Coto de Doñana, descubriendo unas ruinas romanas que identificó, hasta su muerte, con sillares reutilizados procedentes de la escurridiza capital del reino del sudoeste peninsular.

El célebre hispanista alemán Adolf Schulten.

Hoy, décadas después de aquellos trabajos, Doñana, Tartessos y el siempre fascinante mito de la Atlántida vuelven a estar de actualidad después de que, en el verano de 2009, se anunciara el comienzo de unas prospecciones preliminares en las Marismas de Hinojos en busca de posibles restos arqueológicos. El equipo de trabajo, coordinado por Sebastián Celestino Pérez, investigador del CSIC en el Instituto de Arqueología de Mérida, y el investigador Juan José Villarías, buscaban contrastar la existencia de unas figuras detectadas en fotografías vía satélite. En el año 2004, el ingeniero Rainer Kühne, de la Universidad de Wuppertal (Alemania), publicó un insólito trabajo en la revista académica Antiquity, en el que planteaba su hipótesis de la ubicación del mítico continente de Platón en el Coto de Doñana. Con anterioridad, otros autores, como el citado Schulten o George Bonsor, habían señalado el lugar como posible localización de la capital de Tartessos, pero Kühne señalaba ahora nada menos que a la Atlántida, y “respaldaba” su hipótesis con las mencionadas imágenes vía satélite de la zona, tomadas en 1996, y en las que se apreciaban supuestas estructuras artificiales de forma rectangular y circular.

Algunos medios españoles, como el diario Huelva Información, no tardaron en anunciar que “el CSIC había comenzado la búsqueda de la Atlántida en Doñana”. La realidad, sin embargo, es mucho menos fantástica. Tal y como explicó Sebastián Celestino Pérez al autor de este artículo, la única intención del equipo del CSIC pasaba por “comprobar si en esa zona de la Marisma pudo haber asentamientos humanos y en qué épocas”. Tales estudios no significaban, en ningún caso, que se estuviera buscando la ciudad de Tartessos, y mucho menos la Atlántida, algo “que no deja ser una fantasía o una quimera en el imaginario popular”, según nos aclaró el propio Celestino Pérez, mostrando su rotundo malestar por el tratamiento sensacionalista que se había dado a la noticia. En este sentido, los detallados estudios realizados hasta la fecha en el lugar únicamente han detectado restos cerámicos de época calcolítica, pero nada que pueda datarse en tiempos de Tartessos.

Imagen satélite con las supuestas estructuras detectadas en Doñana por Kühne.

Pese al inadecuado tratamiento sensacionalista de parte de la prensa, y aunque la idea de la Atlántida no sea más que una fantasía, las fuentes de la Antigüedad evidencian un hecho incuestionable: para fenicios y griegos (y especialmente para estos últimos), pueblos que establecieron sus colonias comerciales en la Península Ibérica durante buena parte del primer milenio antes de Cristo, nuestra “piel de toro” y los territorios adyacentes se convirtieron en un enclave mítico, una especie de El Dorado de la Antigüedad, en el que, en ciertos momentos, ubicaron algunos de sus episodios mitológicos y legendarios más importantes. Aquel lejano Occidente, fin del mundo conocido en aquel entonces, donde se ponía el Sol en las lejanas aguas del Atlántico, se convirtió desde fechas tempranas en un paraje poblado de monstruos y criaturas fantásticas, pero que también albergaba fabulosos tesoros que aguardaban como recompensa a los valientes que se atrevieran a penetrar en sus dominios. Una percepción similar a la que, muchos siglos después, se formaría en la Vieja Europa respecto a los lejanos territorios de Asia descritos por Marco Polo o a los peligrosos e ignotos lugares apenas atisbados tras el descubrimiento del Nuevo Mundo.

COLONOS EN EL FIN DE LA TIERRA
En los primeros siglos del primer milenio antes de nuestra era, la Península Ibérica asistió a un suceso histórico clave, que marcaría a fuego el futuro desarrollo de la región: la llegada, en oleadas sucesivas, de colonos procedentes del Mediterráneo oriental, primero fenicios y más tarde griegos.

Las fuentes literarias clásicas –como Posidonio de Apamea y Veleyo Patérculo– quisieron remontar a las postrimerías del segundo milenio antes de Cristo, concretamente en torno al 1100 a.C., la fundación de la antigua Gadir (Cádiz) por parte de los fenicios de Tiro. Sin embargo, en la actualidad y pese a los numerosos esfuerzos en ese sentido, la arqueología sólo ha podido constatar evidencias materiales de la presencia fenicia en la península a partir del siglo VIII a.C. o, a lo sumo, un siglo antes.

Mapa de las principales rutas comerciales usadas por los fenicios. Crédito: Wikipedia.

Esta cuestión sobre la primera llegada de marinos fenicios hasta nuestras costas ha generado también otra discusión entre los estudiosos, la de una posible precolonización fenicia que habría que situar cronológicamente en torno a los siglos X y VIII a.C. Dicha precolonización habría consistido en contactos esporádicos –sin establecimiento de colonias– que habrían permitido tímidos intercambios comerciales, pero que sobre todo habrían sentado las bases de la futura llegada efectiva algunos años después.

En cualquier caso, el relato escrito por Posidonio en el siglo II a.C. –por lo tanto en una fecha muy tardía– sobre la fundación de Gadir enlaza ya con nuestra materia de interés: la presencia de lo mítico y lo fabuloso en relación con aquel Occidente que era contemplado con asombro e interés por el resto del Mediterráneo.

No en vano, Posidonio refiere que los sacerdotes del templo de Heracles-Melqart que le relataron los pormenores de la fundación de la ciudad atribuían el origen de Gadir al veredicto de un oráculo que ordenó a los fenicios de Tiro la creación de “un establecimiento en las Columnas de Heracles”.

Dejando a un lado esta problemática sobre la datación de la primera presencia fenicia en las costas peninsulares o la posible existencia de una precolonización, de lo que no hay ninguna duda es de que a partir del siglo VIII a.C. comienzan a surgir factorías o colonias comerciales fenicias en la Península Ibérica. Con el establecimiento de estos enclaves comerciales coincide también el apogeo y máximo desarrollo del primer estado peninsular, el mítico Tartessos pero, sobre todo, se produce un auténtico hito de trascendencia capital para la historia de Iberia: a partir de ese momento la península queda integrada en el mundo mediterráneo, posibilitando que griegos, cartagineses y finalmente romanos tengan conocimiento de su existencia.

Es posiblemente en este escenario en el que los griegos tienen conocimiento, a través de los navegantes fenicios que hacen escala en su camino de ida o retorno desde la península, de las riquezas –especialmente en forma de ricos metales– y fabulosos tesoros existentes en el reino de Tartessos. Comienza a crearse y afianzarse así la idea de un reino mítico presente en el Occidente desconocido y apenas explorado, una suerte de El Dorado –el primero en hacer referencia al mismo con este sentido fue el estudioso G. Charles Picard– ubicado en los confines del mundo conocido, más allá de las Columnas de Heracles.

Pectoral del tesoro tartésico de El Carambolo. Crédito: Wikipedia.

En estos momentos de la protohistoria peninsular, en torno al siglo VIII a.C., pudieron producirse también los primeros contactos esporádicos de los navegantes griegos con las costas de Iberia, teniendo así un primer conocimiento directo de Tartessos. Muestra de ello serían las menciones de poetas como Estesícoro de Himera, quien a finales del siglo VII a.C. citaba en una de sus obras al río Tartessos y sus fuentes o “raíces de plata” y componía su Gerioneida, ubicando al monstruoso Gerión en la isla de Eritía (Cádiz). También de aquellos años brumosos de la historia dataría el texto de Anacreonte de Teos, autor de una de las primeras menciones al rey tartesio Argantonio. Poco después veían la luz otros textos, en este caso del célebre Heródoto, quien en sus Historias menciona la llegada y primeros contactos con Tartessos por parte de arriesgados navegantes coceos, donde se menciona el trato cordial que Argantonio les habría dispensado y, sobre todo, la increíble historia de Coleo de Samos. Según el historiador griego, este audaz marinero jonio habría partido con su embarcación rumbo a Egipto, pero la inesperada aparición de unos vientos del Este le habrían desviado de su ruta, haciéndole traspasar las Columnas de Heracles y llegando así a las costas de Tartessos. Una vez en aquellas tierras lejanas pudo iniciar un beneficioso intercambio comercial que le proporcionó una riqueza notable. Como testimonio de la misma, a su regreso a casa Coleo ofreció al templo de Hera un rico presente en agradecimiento: un gigantesco caldero de bronce decorado con animales fantásticos y apoyado en tres gigantes de más de dos metros de altura.

Resulta difícil determinar hasta qué punto el relato del viaje de Coleo –una aventura que el historiador Maluquer de Motes se atrevió a datar en torno al 630 a.C.– se ajusta a un episodio histórico o consiste simplemente en un relato novelado. En cualquier caso, tanto éste como el episodio de los foceos, ambos relatados por Heródoto, sirven para determinar varias cosas: primero, la existencia de un intercambio comercial entre Tartessos y los griegos –confirmado por el hallazgo de piezas tartesias en Samos, lugar de origen del marino Coleo– y, de forma especial, la percepción entre los helenos de que Tartessos –y por extensión los territorios aledaños– era un paraje repleto de riquezas, gobernado por un monarca –Argantonio– de una longevidad envidiable, otro elemento de aires claramente míticos. En el otro lado de la balanza, aunque siempre dentro de los mismos parámetros mitológicos y fabulosos, Tartessos era también lugar de cobijo para criaturas monstruosas y terribles como el rey Gerión.

Con el paso de los siglos, esta imagen de paraíso mítico y peligroso, lejos de desaparecer junto al declive de Tartessos, continuó gozando de buena salud incluso a pesar de que los límites geográficos de Iberia –incluso al interior– fueron conociéndose cada vez mejor, y especialmente tras la dominación romana. Pese a todo ello, desde los siglos IV y III a.C., mitógrafos y escritores comenzaron a ubicar allí los más célebres episodios legendarios protagonizados por héroes griegos.

EL LUGAR DE IBERA EN EL OCCIDENTE MÍTICO
Esta identificación de los territorios peninsulares con un reino mítico y fabuloso no era casual. Por un lado, la imagen a modo de El Dorado repleto de riquezas y tesoros tenía un sustento parcialmente real y contrastable, originado como consecuencia del intenso intercambio comercial, especialmente de metales. Por el contrario, la percepción de la península –y en especial de Tartessos– como territorio casi sobrenatural, en el que eran posibles todo tipo de prodigios, estuvo mucho más relacionado con las tradiciones mitológicas y religiosas que los griegos habían creado para dar forma al lejano y desconocido Occidente, límite del mundo.

En la época en la que se producen las primeras “colonizaciones”, los pueblos de Oriente estaban mucho más avanzados. A diferencia de otros lugares más o menos lejanos, como Egipto o la India, los griegos no encontraron en la península una gran civilización a la que temer o admirar, lo que la larga terminó por otorgar unos límites difusos a aquellas tierras habitadas por bárbaros sin civilizar. Además, aquellas tierras se encontraban en los confines del mundo conocido, más allá de las Columnas de Heracles, último hito del mar conocido. Aquel límite imaginario constituía una puerta de acceso a lo desconocido, donde prácticamente cualquier cosa era posible. Fue precisamente allí donde, desde época arcaica, poetas como Homero o Hesíodo ubicaron muchas de las tradiciones míticas helenas.

Caronte cruzando la laguna Estigia. Grabado de Gustave Doré.

No en vano, era en aquella región donde se producía el ocaso solar, relacionado por tanto con la llegada de la noche y la oscuridad, así como con la entrada en el mundo de los muertos: el Hades y los terribles abismos del Tártaro. Un mundo, en definitiva, plagado de monstruos y peligros.

En aquellos lejanos confines se hallaba también, para los antiguos griegos, parte del Océano, el río circular que rodeaba la Tierra y en torno a cuyas aguas eran posibles multitud de prodigios: cerca de allí se habían criado dioses como Hera o Hefesto, y cruzando su orilla podían alcanzarse, tras grandes dificultades, lugares paradisíacos como los Campos Elíseos.

En aquel marco geográfico mítico situaron también los poetas una serie de islas no menos maravillosas. Entre ellas, mencionadas por Hesíodo, estaban las Islas de los Bienaventurados, donde residían un buen número de héroes por voluntad de Zeus, rodeados de riquezas y felicidad. Casi todos los autores que hacen referencia a ellas las ubican en el Atlántico, más allá de las columnas heracleas, al igual que la Isla Sarpedonia, donde se creía habitaban las Gorgonas.

Océano, a la derecha, con cola escamada, en la Gigantomaquia del Altar de Pérgamo. Crédito: Wikipedia.

Todos estos enclaves se ubicarán en un principio dentro de este extremo occidente de límites y contornos difusos, aunque poco a poco, con el paso del tiempo, los límites irán señalando cada vez más un marco geográfico próximo a la Península Ibérica.

LA LLEGADA DE LOS HÉROES
Esta identificación, ya desde el periodo arcaico, del Occidente lejano y desconocido con los citados elementos míticos propició que, con el tiempo, se escogiera el reino de Tartessos –ubicado en ese lejano fin del mundo– como escenario de algunos de los mitos más célebres del mundo griego. Los más famosos de todos ellos, sin duda alguna, fueron los relativos al ciclo heracleo, y dos de las doce pruebas de Heracles terminaron por ubicarse en la Península.

Ya en el siglo VIII a.C., Hesíodo, en su Teogonía, ofrecía una geneaología del rey Gerión, hijo de Crisaor y nieto de la Gorgona Medusa, “a quien mató el fornido Heracles por sus bueyes de mancha basculante en Eriteia”. Aunque el poeta menciona a Gerión en relación a la isla de Eriteia, en ningún momento se hace referencia a Tartessos. Será Estesícoro de Himera, en el siglo VI a.C., quien mencione la isla de Eriteia al situarla frente a los “manantiales inagotables de raíces de plata del río Tartessos”, al relatar los pormenores del robo de los bueyes de Gerión a manos de Heracles.

También Heródoto, en uno de sus textos, ubicó el episodio de Gerión y Heracles en las proximidades de Tartessos, al señalar que el rey de aspecto monstruoso “tenía su morada en una isla que los griegos denominan Eriteia, que se encuentra cerca de Gadeira, ciudad ésta situada más allá de las Columnas de Heracles, a orillas del Océano”. Las menciones más completas del mito, en las que ya no hay duda sobre la localización del mismo en territorio de Tartessos, datan ya de época tardía, y proceden de autores como Apolodoro de Atenas (siglo II a.C.) o Diodoro Sículo (siglo I a.C.) En el relato de Apolodoro, Heracles alcanza el territorio de Tartessos tras cruzar las aguas del Océano a bordo de una vasija de oro prestada por el dios Helios. Tras matar al pastor Euritión y al perro bicéfalo Orto, el héroe logra robar los bueyes de Gerión –tal era la décima prueba encomendada por Euristeo– e inicia el regreso con el ganado. Sin embargo, Gerión advierte lo sucedido y sale al encuentro de Heracles, siendo abatido por un flechazo de éste. En esta versión del mito de Gerión aparece descrito aún como un ser monstruoso con tres troncos y cabezas y seis brazos, lo que le convertía en un enemigo casi imbatible, capaz de portar seis armas en la batalla.

La versión de Diodoro, algo posterior, presenta sin embargo una tendencia a la racionalización, pues Gerión ha dejado de ser un rey monstruoso de tres cuerpos, y en su lugar aparece Crisaor, cuyos tres hijos pelean acompañados por un nutrido y feroz ejército. Esta introducción de elementos “racionales” evidencia el progresivo conocimiento de la geografía hispana en tiempos de Diodoro, cada vez mayor con la llegada de los ejércitos romanos.

Heracles y el Jardín de las Hespérides. Crédito: Wikipedia.

Otro de los trabajos de Heracles que terminó ubicándose en los confines del lejano Occidente fue el de las manzanas de oro del Jardín de las Hespérides. Al igual que en el caso anterior, fue el poeta Hesíodo el primero en ubicarlo en los confines occidentales, señalando que “al otro lado del ilustre Océano cuidan las bellas manzanas de oro y los árboles que producen el fruto”. De todos modos, en este caso la ubicación del mito resultó mucho más vaga, quedando reducida a ese nebuloso fin del mundo ubicado en Occidente.

De forma paralela a estos dos mitos, otros detalles vinieron a reforzar la creencia en una visita del héroe a los territorios peninsulares. Por un lado, las célebres Columnas que llevaban su nombre, citadas por primera vez en Hecateo como mera referencia geográfica, pero que poco a poco fueron convirtiéndose en testimonio del paso del héroe por aquellas tierras y, lo que es más importante, se asentaron como marca de señalización de los confines del mundo conocido, punto a partir del cual comenzaban territorios peligrosos, poblados de seres fantásticos y zonas de difícil acceso para los simples humanos. A partir de aquellos hitos, todo era posible en el imaginario grecorromano.

Por otra parte, es probable que la existencia del templo de Melqart-Heracles en Gadir –realmente célebre en aquellos tiempos– ayudara a situar en los territorios peninsulares las aventuras del héroe. No en vano, algunos autores llegaron a situar en el recinto sagrado nada más y nada menos que los restos mortales del héroe, como es el caso de Mela o Justino.

Junto a las hazañas y andanzas del poderoso Heracles, otro grupo de héroes aparece localizado, en este caso en época bastante tardía, en los confines de Occidente. Se trata de los nóstoi, los valerosos y audaces héroes que, tras la Guerra de Troya, emprendieron un largo viaje de regreso a sus hogares.

Entre ellos destacaba por encima de todos el célebre Odiseo (Ulises), a quien autores como Estrabón o Asclepíades de Myrleia se encargaron de ubicar en tierras de Hispania. Este último autor, que visitó la península en el siglo I a.C., presentaba como “pruebas” de la presencia del héroe homérico la existencia “de una ciudad llamada Odysseia –supuestamente localizada en Sierra Nevada–, un templo de Atenea, y mil otros indicios”, tal y como señaló Antonio García Bellido en su Hispania Greca (1948). La mención de Asclepíades a la citada ciudad de Odysseia da una de las claves características de los relatos sobre los nóstoi en tierras hispanas: la presencia de estos héroes en nuestro país quedaba siempre evidenciada por la fundación de nuevas urbes con su nombre, o en su defecto por santuarios erigidos en lugares destacados.

Odiseo, atado al mástil de su nave para evitar a las sirenas. Crédito: Wikipedia.

Algo similar sucedió por ejemplo con Anfíloco, a quien algunos autores quisieron encontrar en el noroeste de la península, en la tierra de los kallakoi o gallaeci (gallegos). Allí le habría sorprendido la muerte, y en su recuerdo una de las tribus locales habría tomado su nombre, siendo conocidos desde entonces como amphilochoi.

La localización de estos personajes –a los que habría que sumar otros como Menéalo, Menesteo, Ocelas o Diomedes– en suelo hispano se produjo en todos los casos en fechas tardías –las referencias de Homero a los mismos son siempre vagas, relacionadas con el extremo Occidente, pero sin mencionar nunca Iberia o Tartessos– y surgen curiosamente en un momento en el que Hispania comenzaba a ser bien conocida, incluso en los territorios del interior, gracias al avance de la romanización.

Esta pervivencia de la visión mítica de Hispania, pese al notable conocimiento geográfico del territorio no se redujo únicamente a los nóstoi, sino que se extendía también a otros relatos mitológicos, como el ya citado de Heracles y Gerión, o el de Gárgoris y Habis –dos reyes míticos y civilizadores de Tartessos–, que mantendrían su ubicación peninsular en los escritos de Estrabón, Diodoro Sículo e incluso Virgilio. Por tanto, el modelo mítico que se había forjado en los lejanos tiempos arcaicos pervivió, pese al conocimiento directo de la realidad peninsular, a lo largo de la presencia romana y hasta el fin de la Antigüedad.

Hoy, más de 2.500 años después de la colonización de fenicios y griegos, aquella fascinación sigue intacta. Evidentemente, no en lo que se refiere a lo geográfico, pero sí en lo que respecta a la lejanía temporal y a los interrogantes aún por contestar en torno a una cultura, la de Tartessos, que avivó la imaginación de las civilizaciones mediterráneas más importantes de la Antigüedad.

ANEXO
¿TARTESSOS EN LA BIBLIA?
Durante décadas, no pocos historiadores y exegetas creyeron haber identificado referencias al reino de Tartessos en las páginas de la Biblia, al que se aludiría bajo el término de Tarsis o Tarshis. Las menciones en el libro sagrado a dicho lugar abarcan un marco cronológico que comprende desde el siglo X a.C. hasta el siglo IV a.C., y se incluyen en pasajes como el Libro Primero de los Reyes o el Libro Segundo de Crónicas, datados en torno al siglo VI a.C., aunque haciendo referencia a sucesos supuestamente ocurridos cuatrocientos años atrás.

Las citas a dicho lugar incluyen menciones a “las naves de Tarsis”, grandes embarcaciones fenicias encargadas de traer las enormes riquezas existentes en el fabuloso reino, y que proveyeron de bienes, según la Biblia, hasta al mismísimo rey Salomón.

Aunque estudiosos como Schulten se esforzaron por demostrar la inequívoca identificación entre Tarsis y Tartessos, la polémica quedó prácticamente resuelta cuando el experto en textos bíblicos Ulf Tackholm señaló durante un congreso científico que la ubicación exacta del reino citado en las Escrituras debía hallarse en algún lugar de las costas del Mar Rojo, y no en la Península Ibérica. Desde entonces, la gran mayoría de los investigadores coinciden en desechar la identificación Tarsis-Tartessos, señalando como posibles enclaves para el lugar bíblico puntos geográficos como Tarso, norte de África, sur de Arabia e incluso la India.

TEXTOS CLÁSICOS SOBRE IBERIA/HISPANIA

-Heracles y los bueyes de Gerión – Apolodoro, Biblioteca, II, 5, 10
“Como décimo trabajo le encargó traer de Eritía las vacas de Gerió. Eritía, ahora llamada Gadir, era una isla situada cerca del Océano; la habitaba Gerió, hijo de Crisaor y de la oceánide Calírroe; tenía el cuerpo de tres hombres, fundidos en el vientre, y se escindía en tres desde las caderas y los muslos. Poseía unas vacas rojas, cuyo vaquero era Euritión, y su guardián Orto, el perro de dos cabezas nacido de Tifón y Equidna. Yendo, pues, en busca de las vacas de Gerión a través de Europa, después de matar muchos animales salvajes, entró en Libia y, una vez en Tartessos, erigió como testimonio de su viaje dos columnas enfrentadas en los límites de Europa y Libia. Abrasado por Helios en el trayecto tendió el arco contra el dios, y éste, admirado de su audacia, le proporcionó una vasija de oro en la que cruzó el Océano. Ya en Eritía, pasó la noche en el monte Abas; el perro, al darse cuenta, lo ataco, pero él lo golpeó con la maza y mató al vaquero Euritión, que había acudido en ayuda del perro. Menetes, que apacentaba allí las vacas de Hades, comunicó lo sucedido a Gerión, quien alcanzó a Heracles cerca del río Antemunte cuando se llevaba las vacas y, trabado combate, murió de un flechazo. Heracles embarcó el ganado en la copa, y habiendo navegado hasta Tartesos, se la devolvió a Helios” – Traducción M. Rodríguez de Sepúlveda. Biblioteca Clásica Gredos.

Heracles enfrentándose a Gerión. Cerámica griega. Crédito: Wikipedia.

Sobre las riquezas – Pseudo Aristóteles, Relatos maravillosos, 87
“Cuentan que en Iberia, habiendo sido incendiadas las selvas por unos pastores y habiéndose caldeado la tierra con la leña, a los ojos de todo el mundo, se vio fluir plata del suelo. Tiempo después, con motivo de haber sobrevenido unos terremotos y haberse agrietado aquellos lugares, se reunió una gran cantidad de plata, que proporcionó a los masaliotas ganancias nada vulgares.”

Sobre un hombre marino en Cádiz – Plinio el Viejo, Historia Natural, IX, 10
“Puedo nombrar a testigos, que ocupan rangos distinguidos en el orden ecuestre, que dicen haber visto ellos mismos en el Oceanus Gaditanus un hombre marino cuyo cuerpo tenía en todo una absoluta similitud con el nuestro, que de noche subía a los navíos, y que por la parte donde se sentaba, el barco se inclinaba al punto, llegando incluso hasta sumergirse si permanecía mucho tiempo.” – Traducción A. García Bellido, Hispania según la Geografía de Pomponio Mela y Plinio el Viejo.

Un niño reacio a nacer – Plinio el Viejo, Historia Natural, VII, 35
“Se cuenta el caso de un niño de Saguntum que volvió a entrar al punto en el claustro materno el año que fue destruida por Aníbal”.

Aves gigantescas en Hispania – Eliano, Historia de los animales, XVII, 14
“Yo no creo a Eudoxo, pero si otros le creen, créanle cuando dice que, más allá de las Columnas de Heracles, vio unas aves más grandes que bueyes. Ya he dicho que no me convencen sus declaraciones, pero yo no silencio lo que he oído.” Traducción: J. M. Díaz-Regañón, Biblioteca Clásica Gredos.

BIBLIOGRAFÍA:

-GRACIA ALONSO, Francisco (Coordinador). De Iberia a Hispania. Ed. Ariel, 2008.
-SANTACANA, Joan. Entre la Atlántida e Hispania. Del mito a la Historia. Biblioteca Básica de Historia. Ed. Anaya, 2009.
-VV.AA. La imagen de España en la Antigüedad clásica. Ed. Gredos. Madrid, 1995.
-VV.AA. Historia de España Antigua. Tomo I. Ed. Cátedra, 1997.

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La ciudad perdida de Z

Posted on 02 junio 2010 by Alberto de Frutos

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Río de Janeiro alberga en su Biblioteca Nacional un documento que podría mostrar el camino a la legendaria Ciudad Perdida. Su autor recreó un mundo fabuloso que, a partir de entonces, obsesionaría a los mayores aventureros de la historia. Entre ellos, a Percy H. Fawcett, un explorador cuya historia es digna de una de las películas de Indiana Jones

El 2 de octubre de 2009, decenas de miles de cariocas festejaron en las arenas blancas de Ipanema y Copacabana la última conquista del Gobierno Lula: la elección de Río de Janeiro como sede de los Juegos Olímpicos 2016. El júbilo fue incomparable: ni siquiera el desfile por el Sambódromo que todos los años festeja el regreso del rey Momo en el carnaval más concurrido y alegre del mundo pudo equipararse a ese regocijo, que tanto apenó a los madrileños, asiduos finalistas de esa votación.

Aunque, bien mirado, es posible que el explorador Percy H. Fawcett (1867-1925) rebasara tales cotas de entusiasmo cuando, en la biblioteca de Río de Janeiro, se topó con un extraño documento, que hoy puede consultarse en la sección de “Manuscritos”, serie “Obras Raras”. Diez páginas lo conforman, bajo el título Relação histórica de uma occulta e grande povoação antiquissima sem moradores, que se descobriu no anno de 1753. Catalogado por los responsables del centro con el asunto Cidades extintas y el número 512, el investigador puede consultarlo junto a la primera edición de Os Lusíadas o a la Bíblia de Mogúncia, impresa en 1642.

Primera página del ‘Manuscrito 512′. Crédito: Wikipedia.

Nos acercamos a las puertas de esa institución, considerada la mayor biblioteca de América Latina y situada muy cerca del Museo Nacional de Bellas Artes y de Cinelândia. A buen seguro, el viajero se sentirá atraído por los más de ocho millones de volúmenes que alberga el interior de esa madriguera de la bibliofilia; por su fachada de estilo neoclásico; o por sus columnas corintias, que nos saludan como mástiles de una bandera con el lienzo cuajado de letras en la extensísima Avenida de Río Branco.

ESPIONAJE Y AVENTURAS
“No carece de razón el antiguo dicho que reza: ‘Hay que ver Río antes de morir’. No conozco ningún otro lugar que pueda compararse a Río de Janeiro, y acaricio la esperanza de poder vivir allí algún día, si es que tengo tanta suerte”, dejó dicho Percy H. Fawcett. Un tipo curioso, como veremos a continuación.

Su fama fue tal, que Arthur Conan Doyle se inspiró en su figura a la hora de novelar El mundo perdido, y H. Rider Haggard recurrió a su encantadora personalidad para caracterizar a los exploradores de Las minas del rey Salomón. Lo que no todo el mundo sabe es que su eco traspasó tiempos y fronteras, y que los propios George Lucas y Steven Spielberg lo tomaron como modelo para la saga del arqueólogo Indiana Jones.

Miembro de la Royal Geographical Society de Londres, su misteriosa desaparición en la región del Mato Grosso en 1925 (¿víctima de los indios caníbales Murcegos?), puso fin a una intensa carrera de espionaje y aventuras, que se desarrolló a lo largo de varios decenios en el norte de África, Malta, Hong-Kong y Ceilán. Más tarde, nuestro hombre se concentraría en el trazado de una serie de mapas por Bolivia, Perú y Brasil, antes de quedar deslumbrado por un sueño romántico y visionario: el hallazgo de una ciudad perdida, a la que dio en llamar Z y que vinculó con la Atlántida: “La conexión entre la Atlántida y ciertas zonas de la actual Brasil no puede ser descartada categóricamente”, apuntó en Lost Trails, Lost Cities. A su juicio, esa relación vendría a aclarar muchos problemas irresolubles hasta entonces.

Fawcett realizando mediciones en la selva amazónica.

Pero Fawcett no hubiese pasado a la historia de no ser por su obsesiva búsqueda de una ciudad perdida. Y la inmortalidad de que goza en nuestros días (y se supone que para siempre) empezó a fraguarse tras la lectura del citado manuscrito de Río, digitalizado en la siguiente dirección de Internet.

Evidentemente, él no sería el primero ni el último en perder la sesera por la fuerza y la belleza de la palabra escrita; y, si no, que se lo digan al Quijote… Pero, ¿qué contiene ese documento, capaz de enloquecer a un hombre aparentemente en sus cabales?

Así nos describe el instante prodigioso de su hallazgo en A través de la selva amazónica (Ediciones B, 2003), unas memorias que su hijo Brian ordenó y publicó años después de la desaparición de su padre: “Quienes tengan inclinaciones románticas –y casi todos las tenemos, a mi juicio– verán los elementos de una historia tan fascinante, que no conozco ninguna comparable. Yo la descubrí en un antiguo documento que aún se conserva en Río de Janeiro, y, a la luz de las evidencias recabadas en diversas fuentes, creo al pie de la letra en esta información”.

LAS MINAS DE MURIBECA
Aquella leyenda describía las aventuras de Francisco Raposo, quien, en 1743, emprendió la búsqueda de las Minas Perdidas de Muribeca. Este Muribeca era hijo de un marino portugués y una nativa india; y, a lo largo de su vida, acumuló una inmensa cantidad de oro, plata y piedras preciosas, cuya localización mantendría en secreto su hijo Robério Dias. Enardecido por el relato que llegó a sus oídos, el nativo Francisco Raposo, residente en Minas Gerais, partió hacia el norte y luego al este, vagando durante diez años entre pantanos, montañas y bosques en busca de las minas, tal como otros habían hecho antes que él.

En compañía de un nutrido grupo de indios, Raposo divisó finalmente el oscuro objeto de su deseo. ¿O acaso la ciudad desierta y ruinosa que encontró, semejante a Cuzco y asediada por el vuelo de miles de murciélagos, era solo un mero aperitivo de lo que le aguardaba todavía? Tras sobrevivir una temporada de la recolección de arroz en las ciénagas y la caza de patos, el nativo y sus fieles reanudaron la marcha; y, a unos ochenta kilómetros de la ciudad, localizaron una cascada bajo la cual se ensanchaba un río que formaba varias lagunas pantanosas.

El coronel Fawcett junto a uno de los guías de la expedición. Crédito: LIFE.

“La investigación –prosigue Fawcett– reveló que los supuestos pozos de minas eran agujeros que el grupo no tenía forma de explorar, pero en las aberturas se halló cierta cantidad de rico mineral de plata. Aquí y allá se veían cuevas excavadas a mano en la roca, algunas de ellas selladas con grandes losas de piedra cubiertas de extraños grabados. Podía tratarse de las tumbas de los monarcas y los sumos sacerdotes de la ciudad. Los hombres intentaron retirar las losas de piedra, pero todo fue en vano”.

La fortuna les quemaba los dedos. Nunca aquellos hombres habían estado tan cerca de la gloria como hasta ese momento. Sin embargo, la prudencia, unida a la amenaza cierta de los indios, les inclinó a regresar a su punto de partida para avisar del hallazgo al virrey, Luiz Peregrino de Carvalho Menezes de Athayde, quien, sujeto a los pronunciamientos de la Iglesia, hizo caso omiso a la narración y se negó a enviar a sus hombres a la zona. “Ignoramos lo que pasó con Raposo y los suyos. ¿Volvieron a la ciudad? De ninguno de ellos se volvió a saber más”, apunta David Hatcher Childress en Lost cities & ancient mysteries of South America (Adventures Unlimited Press, 2001).

MUCHOS AÑOS DESPUÉS…
Cerca de dos siglos después, Fawcett quiso recoger el testigo de Raposo. Los tiempos habían cambiado, puesto que, a diferencia de aquella administración brasileña imbuida del “estrecho fanatismo de una Iglesia todopoderosa”, sus coetáneos se mostraban más abiertos a la idea de una antigua civilización; e incluso el Gobierno brasileño, presidido a la sazón por el jurisconsulto Epitácio Pessoa, no tardó en subvencionar una expedición a su mando. Él era el único que conocía el secreto: “Lo descubrí en la dura escuela de los viajes por la selva”, señaló.

Las aventuras de Fawcett y sus hombres –el boxeador australiano Butch Reilly, el joven Felipe…– se recogen en los capítulos finales de A través de la selva amazónica, llena de lamentos por lo inadecuado del equipamiento; pero también de esperanza (“¡puede que regresemos de la próxima expedición con una historia que estremecerá al mundo!”).

¿Y cuál era esa historia? Pues, ni más ni menos, que el descubrimiento de Z, una ciudad ignota e inexplorada, tal vez la entrada a Akakor (esa mítica y ancestral ciudad habitada por la tribu de los Ugha Mongulala y fijada para la posteridad por el historiador alemán Karl Brugger en la ya clásica Die Chronik von Akakor); o, por qué no, a la Atlántida, puesto que, como el propio Fawcett sostenía, “los once mil años transcurridos, según Platón, desde el hundimiento de la última isla de la Atlántida abarcarían las vidas de tan solo ciento diez centenarios. ¡Un testimonio presencial del desastre pudo transmitirse de padres a hijos hasta el presente con tan solo 184 repeticiones!”.

Percy no desbarraba. Era consciente de que un velo se tendía entre la Suramérica antigua y la época contemporánea, y también sabía que el hombre que se propusiera descorrerlo tendría que afrontar peligros y fatigas sin cuento. Su itinerario, que podemos reconstruir a partir de las notas que consignó antes de su desaparición, comenzaría en el campamento del Caballo Muerto, seguiría hasta el Xingú y se adentraría en la selva hasta un punto entre ese río y el Araguaia. Desde Santa María do Araguaia, los expedicionarios planeaban cruzar el Tocantins y proseguir por las montañas entre Bahía y Piauí, hasta el río San Francisco y la ciudad que Raposo explorara en 1753. Junto a su hijo, Jack, y su amigo Raleigh Rimell, el aventurero inició la búsqueda de Z, no por ansia de dinero o fama, sino para satisfacer una curiosidad indomable y demostrarse a sí mismo que era un caballero esforzado y valiente. Entre el infernal aleteo de una turba de moscas, registró sus últimos pensamientos: “No debes temer ningún fracaso”.

Tal vez el gran Percy H. Fawcett no fracasara, después de todo. Su misteriosa desaparición en el Mato Grosso pudo significar que, realmente, alcanzó su objetivo y que, tras tantas penurias, localizó la Ciudad Perdida de Z sobre la que un día leyera en la biblioteca de Río de Janeiro. Nunca lo sabremos. Es posible que Fawcett penara la ambición prometeica de soñar un sueño que no podía ser compartido con nadie, y que los nativos, tal vez caníbales de la tribu de los Murcegos, protegieran los secretos de la ciudad y lo liquidaran junto a sus compañeros de viaje. Así, como aquel Orfeo de Tracia que descendió a los infiernos para rescatar a Eurídice, Percy cayó fulminado por un rayo de Zeus…; pues quién sabe si la Ciudad Perdida que halló Francisco Raposo en 1753 era el mismísimo Infierno.

En fin, mientras el cuerpo del explorador no aparezca (y han sido muchas las batidas para encontrarlo), podremos seguir creyendo que sus restos descansan en Z, al recaudo de una misteriosa raza de criaturas que nadie ha visto jamás. De momento, el misterio continúa. La productora Paramount ha comprado los derechos del libro La Ciudad Perdida de Z, de David Grann, que dirigirá James Gray y protagonizará Brad Pitt en el papel del aventurero. Su estreno está previsto para 2012.

-Imágenes en alta resolución del ‘Manuscrito 512′ (Wikipedia)

El libro de Grann está disponible en castellano, en edición normal y de bolsillo:

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Flammarion, un astrónomo cautivado por lo sobrenatural

Posted on 02 junio 2010 by Javier García Blanco

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En la década de los 80 del siglo pasado, el científico estadounidense Carl Sagan logró popularizar la astronomía y los secretos del Universo gracias a su serie de televisión Cosmos. Un siglo antes, otro astrónomo, el francés Camille Flammarion, había conseguido algo muy similar gracias a sus textos divulgativos sobre los misterios que rodeaban al firmamento, como el libro Astronomía Popular. A pesar de esta similitud, Sagan y Flammarion tuvieron otras facetas que, aunque relacionadas, eran totalmente contrapuestas. Mientras el primero se caracterizó por su abierta lucha contra las pseudociencias, el segundo cultivó una “faceta oculta” en la que había espacio para el estudio y la difusión de materias poco ortodoxas.

Nicolas Camille Flammarion nació en la localidad francesa de Montigny-le-Roi el 23 de febrero de 1842. No tardó mucho en sobresalir entre los niños de su edad, mostrando un precoz interés por la naturaleza y los seres vivos. A los cuatro años ya era capaz de leer con fluidez, y no tenía ninguna dificultad para escribir correctamente. Poco tiempo después, con sólo cinco años de edad, presenció un eclipse anular de Sol, quedando fascinado por el bello espectáculo. Algunos años más tarde, en 1853, dejó constancia del paso de un cometa mediante un dibujo realizado desde la localidad de Langres. Ambos sucesos harían florecer en él una vocación que perduraría hasta su muerte: el estudio de las estrellas y los cuerpos celestes.

Aunque sus padres eran unos humildes y sencillos campesinos, se esforzaron por ofrecerle la mejor educación posible, conscientes de que las inquietudes intelectuales y culturales de su hijo podrían ayudarle a escapar de la situación de pobreza que ellos sufrían. Así, Camille comienza desde joven los estudios de teología, quedando a cargo del vicario Larsalle. Sin embargo, aunque la pasión del futuro científico estaba en el cielo, su obsesión eran las estrellas, y no las maravillas del paraíso celestial. Pronto su futura carrera eclesiástica se ve truncada por la situación familiar, ya que la falta de trabajo hace emigrar a los Flammarion a la capital, París. Allí el joven comienza a trabajar como aprendiz en el taller de un grabador, desempeñando esta labor durante dieciséis horas diarias a cambio de un mísero sueldo. Su padre, por su parte, trabaja en el estudio del famoso fotógrafo Nadar, el mismo que años después retratará a Flammarion cuando ya se haya convertido en un científico célebre.

Globo de Marte fabricado por Flammarion. © Inventaire général, ADAGP / Université Louis Pasteur

Es precisamente durante su época de aprendiz cuando tiene lugar un suceso que cambiará su vida. Cada día, después del agotador trabajo, el joven Camille se encierra en su oscura buhardilla y sigue estudiando durante largas horas a la luz de las velas. Ese ritmo frenético, junto con el esfuerzo físico del trabajo diario y la falta de alimentación, acaban postrando en la cama al pequeño genio. Hasta la penumbra de su miserable habitación acude el doctor Fournier, un médico que atiende gratuitamente a los pobres. Éste descubre en la mesilla de noche un voluminoso manuscrito de 500 páginas, ilustrado con más de 150 dibujos y titulado Cosmogonie Universelle (Cosmogonía Universal). Cuando le pregunta cómo ha conseguido una obra tan fascinante, el joven confiesa que él mismo es el autor.

El doctor, asombrado, decide que aquel muchacho brillante merece una oportunidad, lejos de la ingrata vida que parecía tenerle preparada el destino. Utilizando sus contactos, el galeno consigue que el joven entre a trabajar en el Observatorio de París, bajo las órdenes del astrónomo Le Verrier, descubridor del planeta Neptuno. Por desgracia, y aunque al menos su situación económica mejora considerablemente, su maestro practica una astronomía matemática que no incluye la contemplación del firmamento, la auténtica pasión de nuestro joven protagonista.

ENCUENTRO CON EL ESPIRITISMO
Algunos años después, en 1861, y con diecinueve años de edad, tiene lugar otro de los hechos más importantes en la biografía del astrónomo francés. Mientras pasea por las calles de París, encuentra por casualidad un ejemplar de título singular: El libro de los espíritus. El joven Flammarion queda fascinado con su lectura, y devora rápidamente la obra hasta la última página. Impactado por el contenido de aquella obra, decide entrevistarse con su autor. Cuando se encuentra ante él, surge inmediatamente una amistad que perdurará el resto de su vida. Flammarion acaba de conocer a Allan Kardec, padre del espiritismo.

‘El libro de los espíritus’, de Allan Kardec.

Poco después entra a formar parte de la Sociedad de Estudios Psicológicos de París, fundada por el propio Kardec. Allí comienza a practicar con la escritura automática y, como médium, llega a «canalizar» dictados supuestamente procedentes de Galileo, que se refieren, cómo no, a términos astronómicos. Sin embargo, Flammarion muestra siempre un punto de vista crítico, sugiriendo que tales mensajes no proceden en realidad del espíritu del italiano, sino más bien de su propia mente. Aún así, el joven Camille considera que dichas experiencias pueden servir para otorgar cierto fundamento científico a determinados conceptos religiosos y a ciertos aspectos de fenómenos calificados como sobrenaturales.

Un año después, en 1862, publica su primer libro: La pluralidad de mundos habitados, que intenta responder a una de las preguntas que le perseguirán durante toda su vida: ¿estamos solos en el Universo? El éxito del libro es notable, e incluso recibe una elogiosa felicitación de Víctor Hugo. Ese mismo año verá la luz también otra obra, Los habitantes del otro mundo: revelaciones de ultratumba, en el que recopila los mensajes recibidos durante sesiones de espiritismo.

También en 1862 se produce otro hecho fundamental para su vida: la ruptura de Flammarion con su mentor, Le Verrier. En realidad, es el maestro quien arremete injustamente contra su discípulo, movido por la envidia provocada por el hecho de que su pupilo comenzase a cosechar éxitos con sus publicaciones sobre astronomía. A raíz de aquellas diferencias, abandona el observatorio, y comienza a trabajar en la Oficina de Cálculo, realizando estudios sobre el movimiento de la Luna. Es a partir de entonces cuando Camille podrá dedicarse en cuerpo y alma a lo que realmente le gusta: el estudio de la astronomía y las maravillas del Universo.

UN CIENTÍFICO Y LO SOBRENATURAL
Tras sus primeros contactos con Kardec y el espiritismo, Flammarion decide iniciar una investigación rigurosa de los supuestos fenómenos sobrenaturales. Aunque se muestra abierto a la posibilidad de que existan realmente todo tipo de sucesos “extraños”, el astrónomo no duda que éstos están sometidos al orden de la Naturaleza y, por tanto, pueden ser estudiados de forma académica y siguiendo el método científico.

De hecho, Flammarion cree firmemente que los astrónomos como él están más preparados que otros científicos para investigar los fenómenos psíquicos (tal y como explica en su libro Las Fuerzas naturales desconocidas), ya que éstos se prestan más a la observación que a la experimentación en un laboratorio, al igual que ocurre con los fenómenos astronómicos, imposibles de ser reproducidos a voluntad. En cuanto a su opinión sobre los testimonios de los testigos, ésta no deja lugar a la duda: «…son observaciones positivas, independientes de teorías sentimentales y que debemos admitir al igual que las variadas observaciones de hechos físicos, meteorológicos y astronómicos. Deben ser clasificadas en el siempre incrementado cajón de los estudios científicos».

Retrato de Flammarion en su juventud.

Sin embargo, y pese a demostrar una postura tan abierta frente a los relatos de los testigos de fenómenos extraños, Flammarion comparte la visión de algunos de los científicos que investigan en el campo de la entonces llamada metapsíquica. Para él, los supuestos fenómenos sobrenaturales y mediúmnicos no tienen su origen en espíritus del más allá, sino más bien en la acción de una fuerza desconocida por la ciencia, a la que él bautiza como “dinamismo universal”.

Pese a todo, sus declaraciones acerca del espiritismo y los fenómenos psíquicos se ven reducidas en los años siguientes. Entre otras cosas, porque a partir de 1865 el ambiente científico del momento comienza a mirar con recelo todo lo relacionado con los estudios psíquicos y lo pretendidamente sobrenatural. Incluso la jerarquía eclesiástica “sataniza” las prácticas espiritas, llegando a realizar quemas de libros sobre “la nueva ciencia” en las plazas de algunas ciudades. De modo que, en adelante, cuando Flammarion escribe sobre estas temáticas “perseguidas”, lo hace utilizando el pseudónimo de Hermes. Paralelamente, su carrera como astrónomo de renombre sigue avanzando de manera fulgurante. Imparte conferencias de forma regular en la Academia de las Ciencias de París, publica numerosos artículos en revistas de divulgación científica, y sus libros venden miles de ejemplares en toda Europa.

Recorte de prensa sobre la visita de Flammarion a Valencia. Crédito: BNE. (Click para ampliar)

En 1869 el destino le arrebata inesperadamente a su amigo Kardec, fallecido de forma repentina. Durante su funeral, en el cementerio parisino de Père-La-chaise, él es el encargado de pronunciar el discurso de despedida, citando unas palabras que dejan clara su postura respecto a la nueva ciencia: «Señores, el espiritismo no es una religión, es una ciencia de la que apenas conocemos el abecé…».

Aquel triste momento marca el inicio de una etapa en la que Flammarion se aparta temporalmente de lo sobrenatural, reduciendo el número de sus publicaciones sobre estos temas.

El mayor éxito de su carrera tiene lugar en 1880. Ese año se edita su libro Astronomía Popular, que lo encumbra definitivamente como gran astrónomo de reconocido prestigio. Su fama llega hasta tal punto que uno de sus admiradores, un adinerado burgués, le regala unos terrenos de su propiedad en la localidad de Juvisy. Allí instalará Flammarion un observatorio astronómico y una estación meteorológica, donde residirá durante el resto de su vida.

INVESTIGANDO ‘MÉDIUMS’
Coincidiendo con la década final del siglo XIX, Flammarion regresa con fuerzas renovadas al estudio de lo inexplicado. Y, como era de esperar en él, decide aplicar a sus investigaciones todo el rigor científico que le es posible (al menos desde su punto de vista). A lo largo de sus pesquisas sobre el psiquismo, lleva a cabo numerosos controles, con la intención de desenmascarar los posibles fraudes. También en esto es casi un pionero. El astrónomo no duda en denunciar a farsantes y aprovechados, y trata de acabar con las múltiples supersticiones existentes en la época.

De esta frenética actividad investigadora surge un gran certeza en el espíritu de este sabio genial: «Nuestros estudios nos muestran una verdad evidente: que el árbol de la ciencia está incompleto si falta la rama de la psíquica y que, de aquí en adelante, la antropología debe ser completada por esos conocimientos largamente desligados. Hay todo un mundo invisible por visitar». En su afán por estudiar lo pretendidamente sobrenatural, Flammarion investiga personalmente a diversos individuos que afirman poseer la capacidad de contactar con «el otro lado». Uno de estos personajes destaca espacialmente: la italiana Eusapia Paladino. La supuesta médium, que aseguraba ser capaz de provocar numerosos fenómenos anómalos durante sus sesiones de espiritismo, ya había sido investigada en varias ocasiones por numerosos estudiosos. De hecho, fue acusada de actuar fraudulentamente en algunas ocasiones, aunque la gran mayoría de los especialistas que presenciaron sus manifestaciones estaban de acuerdo en que también era capaz de producir fenómenos psíquicos auténticos en determinadas circunstancias.

En noviembre 1898, Flammarion decide organizar varias sesiones con la supuesta dotada en su propio domicilio de Juvissy. En dichas sesiones se encuentran presentes otros científicos e investigadores como el Nobel de Medicina Charles Richet. Al igual que otros, el astrónomo francés aseguró haber sido testigo de las dotes psíquicas de Paladino. Según su propio testimonio, durante una de estas experiencias, la médium se puso irritable y, en ese momento, los fenómenos se volvieron agresivos: «El sofá se adelantó cuando ella lo miró, y después retrocedió ante su aliento; todos los instrumentos cayeron desordenadamente sobre la mesa: la pandereta se elevó casi hasta la altura del techo; los cojines tomaron parte en el juego, tirando lo que había sobre la mesa; un participante se cayó de su asiento. Una pesada silla de nogal, con el asiento tapizado, se elevó en el aire, aterrizó en la mesa haciendo mucho ruido y después siguió su camino…»

Fotografía tomada durante la sesión espírita de Paladino celebrada en casa de Flammarion.

EL ENIGMA DE LA MUERTE
Con el inicio del nuevo siglo, las investigaciones de Flammarion también encaminan un nuevo destino. A partir de este momento, sus estudios intentan desentrañar el mayor misterio del hombre: el enigma de la muerte y la posible supervivencia del alma. Entre 1920 y 1922 escribe su trilogía dedicada a este asunto: La muerte y su misterio. En ella plasma su convicción de que el hombre es capaz de vencer a la muerte: «De que el alma sobrevive a la destrucción del cuerpo, no tengo ni la menor duda». En su opinión, tras la muerte de algunas personas, su “mente” queda vinculada irremediablemente a los lugares que frecuentó duran te la vida. Dicha “esencia” podría ser recuperada mediante la presencia de personas especialmente sensibles, como los médiums.

En 1923, y como broche final a su interés por la metapsíquica, es nombrado presidente de la Sociedad de Investigaciones Psíquicas (SPR) de Londres, cargo que habían ocupado antes que él otros estudiosos como el citado Richet. Este mismo año ve la luz su última obra, Las casas encantadas, en la que recoge numerosos incidentes de supuestos episodios poltergeist y otros sucesos pretendidamente sobrenaturales, muchos de ellos recogidos de obras realizadas por sus colegas británicos. Su veredicto, a pesar de que reconoce la existencia de casos fraudulentos, es positivo: «Existen verdaderos episodios de casas encantadas, como los hay muchos falsos, que se resuelven en bromas de histéricos más o menos conscientes, mixtificaciones, farsas, comedias y diversiones que a veces degeneran en juegos siniestros. Pero no todos los casos pueden explicarse así.»

Es en este momento final de su vida cuando el astrónomo, ya anciano, experimenta un ligero cambio en su visión de los “fenómenos psíquicos”. Durante sus primeros años de investigación en el campo del espiritismo y la metapsíquica, el científico de Montigny defendía que todos estos fenómenos no demostraban la supervivencia del alma tras la muerte, algo en lo que, por otro lado, él siempre había creído. Sin embargo, poco después de ser nombrado presidente de la SPR, su opinión había variado. Los largos años de investigación habían inclinado la balanza hacia el otro lado: «Existen facultades desconocidas en el hombre que pertenecen al espíritu», manifestó. «Excepcional y raramente los muertos se manifiestan; no puede haber duda de que tales manifestaciones ocurren. La telepatía existe tanto entre los vivos y muertos como entre los vivos».

Nicolas Camille Flammarion falleció el 3 de junio de 1925 (se cumplen ahora 85 años), dejando inacabada su última obra, Los fantasmas y las ciencias de la observación, en la que intentaba, de nuevo, aplicar el método científico a la investigación de los supuestos fenómenos sobrenaturales. Sin duda alguna, el estudioso galo fue un meritorio investigador en el campo de la astronomía que, sin embargo, quedó atrapado por la fascinanción que despertaban en su tiempo cuestiones hoy generalmente rechazadas por el mundo académico. Y no fue el único: numerosas personalidades del mundo intelectual, artístico y literario de finales del siglo XIX y comienzos del XX compartieron dicho interés. En cualquier caso, su figura merece ser recordada por haber logrado que los misterios del Cosmos fascinaran a todos los públicos, popularizando la astronomía y fomentando la pasión por el conocimiento en no pocas generaciones.

La prensa española del momento también se hizo eco de la muerte del genio francés. Crédito: BNE.

ANEXO
INVESTIGADOR DE ANOMALÍAS
Aunque la faceta más conocida de Camille Flammarion está más vinculada a sus estudios sobre astronomía, el científico francés también se ocupó de muchos otros campos del saber, y en especial de la meteorología. En su libro L’Atmosphère (1902), por ejemplo, el científico galo recogía fenómenos sorprendentes como la caída de grandes fragmentos de granizo, casi cien años antes de que una “lluvia” imposible de «bloques de hielo» (los hoy denominados megacryometeoros) causará la fascinación y el temor en España y otros lugares de Europa.

Portada de ‘Los caprichos del rayo’, de Flammarion. (Click para ampliar)

Otra de sus obras, Les caprices de la foudre (Los caprichos del rayo) dedica buena parte de sus páginas a la anomalía física de los “rayos en bola” que hoy en día sigue intrigando a la comunidad científica. El capítulo dedicado al foudre en boule (el rayo en bola) recoge numerosos avistamientos de dicho fenómeno, y en éste, el científico galo hace hincapié en los desastrosos efectos que puede provocar a su paso, así como el extraño comportamiento que muestra en ocasiones: «… de los fenómenos eléctricos observados en la atmósfera, ninguno es más extraño que esos globos fulminantes cuya forma y dimensiones nos recuerdan a las luces de nuestros bulevares (…) Las bolas de fuego escapadas de las nubes durante la tormenta dejan a su paso el temor, porque en ocasiones sus terribles efectos rivalizan con los causados por el rayo común. En ciertos casos, el rayo en bola da la impresión de ser un extraño y pequeño animal guiado por los peores instintos. Sin embargo, su crueldad no acaba siempre provocando la muerte: causar un gran temor o destruir una casa son, en ocasiones, suficientes para calmar sus instintos belicosos».

Un rayo alcanzando la torre Eiffel. Fotografía incluida en uno de los libros de Flammarion sobre fenómenos eléctricos. Crédito: NOAA.

Pero ante todo, Flammarion era astrónomo y como tal, no pudo escapar a los encantos y al misterio emanado de nuestro vecino, el Planeta Rojo. De hecho, tras el “descubrimiento” de los «canales de Marte» por Schiaparelli, director del Observatorio de Milán, el genio francés quedó fascinado con la posibilidad de que su construcción pudiera ser obra de los marcianos. Y es que Flammarion puede ser considerado un adelantado a su tiempo también en este aspecto. Aunque la teoría de los canales marcianos estuviera equivocada, su idea de la posible existencia de extraterrestres, avanzada y ampliada en su libro La pluralidad de los mundos habitados (1862), se anticipaba a la que ha sido una de las grandes preguntas de las últimas décadas: ¿existe vida inteligente más allá de nuestro planeta? Él estaba plenamente convencido, e incluso se permitió el lujo de soñar cómo podían ser aquellos seres de otros mundos.

Crédito imagen apertura: Biblioteca Nacional de España.

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Momias, en Tres14

Posted on 02 junio 2010 by Redacción

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El pasado lunes 31 de mayo, el programa de divulgación científica tres14 emitió un interesantísimo reportaje sobre el apasionante mundo de las momias. Si te perdiste la emisión en directo, puedes verlo ahora desde aquí mismo, en el vídeo que incluimos bajo estas líneas. (Duración: 27 min. aprox)

Fuente: RTVE

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