Archive | marzo, 2010

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El vehículo híbrido definitivo

Posted on 05 marzo 2010 by Redacción

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Un imaginativo mecánico neozelandés ha creado un ingenioso vehículo híbrido capaz de desplazarse por tierra, agua y aire. Rudy Heeman –así se llama el inventor– tiene la intención de vender su llamativo vehículo a través de internet. Os dejamos un vídeo realizado por la BBC sobre el aparato. Sólo podemos decir ¡que nos morirmos por tener uno! :-)

Fuente: Una lancha que anda por agua, tierra y aire (BBC Mundo)

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Nuestra hermosa “canica” azul

Posted on 05 marzo 2010 by Redacción

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El 7 de diciembre de 1972, la tripulación del Apolo 17 captó una bellísima fotografía de nuestro planeta desde una distancia de unos 29.000 kilómetros. En la instantánea destaca nuestro hermoso “globo azul” sobre el fondo negro del cosmos. A causa de la distancia a la que se encontraban de la Tierra, los astronautas estadounidenses percibían nuestro planeta con un tamaño similar al de una pequeña canica, por lo que desde entonces la célebre imagen pasó a conocerse como “la canica azul” (sobre estas líneas).

Ahora, 38 años después de aquella instantánea, la NASA ha publicado nuevas fotografías de nuestro planeta que suponen una actualización de la antigua “Canica azul”. En concreto, han sido los investigadores del Centro de Vuelo Espacial Goddard de la NASA quienes, utilizando miles de imágenes captadas por un satélite situado a 700 kilómetros de la superficie terrestre, han creado las fotografías de la Tierra con el color más fidedigno captado hasta la fecha. La iniciativa forma parte de un proyecto bautizado como Blue Marble Next Generation (Canica Azul Nueva Generación), que ha aprovechado las características del sensor MODIS presente en los satélites Aqua y Terra de la NASA. Os dejamos con las imágenes, realmente hermosas y espectaculares. Sin duda, tienen un color mucho más vivo que la “canica” original. Como siempre, podéis hacer click en ellas para verlas a mayor resolución. También adjuntamos una animación realizada a partir de las fotografías.

Fotografías: NASA, bajo licencia Creative Commons.

Fuente: Earth’s true colours in NASA’s blue marble images (BBC News)

Blue Marble Next Generation (NASA Earth Observatory)

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‘Arrhash’, la vergüenza española en el Rif

Posted on 04 marzo 2010 by Redacción

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“Entre 1923 y 1927 el ejército español utilizó de forma masiva gas mostaza contra población civil durante la guerra del Rif. España se convirtió en una de las primeras potencias en utilizar estos métodos de exterminio. Y consiguió que su crimen permaneciese en un conveniente olvido. Ochenta años después, un joven rifeño, residente en Madrid, inicia una carrera contra reloj para salvaguardar la memoria de los últimos testigos de aquella guerra. El Gobierno español nunca ha admitido tales crímenes. Y las víctimas, muy ancianas, amenazan con morir sin haber explicado qué ocurrió durante aquellos años de asfixia y muerte.”

Esta es la sinopsis de Arrhash (Veneno), un documental dirigido por Javier Rada y Tarik el Idrissi en el que se denuncia uno de los episodios más oscuros y vergonzosos protagonizados por España en el siglo XX. El documental cuenta con licencia Creative Commons, y se encuentra disponible íntegro en la red. Dado su interés, hemos decidido compartirlo con vosotros en este espacio.

ARRHASH (VENENO) PART 1 from zagorafilms on Vimeo.

ARRHASH (VENENO) PART 2 from zagorafilms on Vimeo.

ARRHASH (VENENO) PART 3 from zagorafilms on Vimeo.

ARRHASH ( VENENO ) PART 4 from zagorafilms on Vimeo.

Fuente: Cuelgan en Internet un documental sobre cómo España gaseó a civiles marroquíes (La Vanguardia)

Web oficial del documental: Arrhash (Veneno)

Más información: Armas químicas en la guerra del Rif (Wikipedia)

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Las serpientes prehistóricas comían dinosaurios

Posted on 02 marzo 2010 by Redacción

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La sorprendente imagen que veis sobre estas líneas es, evidentemente, una reconstrucción, pero permite hacernos una idea de cómo pudo ser una escena que hasta ahora carecía de evidencias científicas. El hallazgo de un fósil de 67 millones de años en la pronvicia india de Gujarat se ha convertido en la primera prueba de que algunas serpientes prehistóricas, como la Sanejeh Indicus –descubierta gracias a este importante hallazgo– tenían entre su dieta a algunos dinosaurios. Al menos, a los ejemplares más pequeños de ciertas especies.

Rocas halladas en la India, con fósiles de la serpiente prehistórica y sus “víctimas”. Crédito: PLoS Biology.

Los fósiles descubiertos, “grabados” para la posteridad en varios fragmentos de roca, muestran los huesos de una serpiente de unos tres metros y medio de longitud, así como a la cría recién nacida de un saurópodo, y dos huevos de esa misma especie, aún sin incubar. Gracias a este hallazgo, los paleontólogos han conseguido leer una sorprendente escena: hace 67 millones de años, la serpiente se habría introducido en el nido de dinosaurios para devorar los huevos. Sin embargo, antes de que pudiera darse el festín, un corrimiento de tierras producido por fuertes lluvias acabó sepultando al depredador y a sus presas, que terminarían fosilizados y convertidos en prueba de esta costumbre “gastronómica” de las serpientes prehistóricas.

Los resultados de este llamativo estudio verán la luz en el ejemplar de esta semana de la revista PLoS Biology, tal y como han anunciado National Geographic News y otros medios de divulgación científica.

Fuente: Snake caught attacking dinosaur (National Geographic News)

Crédito imagen superior: Ximena Erickson & Bonnie Miljour. Escultura de Tyler Keillor.

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Gladiadores: sangre y muerte en la arena

Posted on 01 marzo 2010 by Javier Ramos

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Unos amagan las estacadas reglamentarias, otros lanzan sus redes y los menos clavan los tridentes en el aire durante el calentamiento. Son conscientes de que se van a jugar la vida de un momento a otro sobre la arena del anfiteatro. La lucha fratricida que en breve va a enfrentar a dos o más gladiadores romanos va a desembocar en un cruel derramamiento de sangre que abocará al público al borde del éxtasis.

Antes de sonar las trompetas que darán inicio al combate, los contendientes desfilan en formación militar ante el emperador y claman al unísono: ¡Ave Caesar, moritori te salutant! La gloria sólo reservará espacio a unos pocos elegidos que tratarán de borrar un pasado indigno como esclavos, prisioneros de guerra, condenados a muerte o simples malhechores. También hubo hombres libres que se dedicaron voluntariamente a un oficio considerado indecoroso. El carisma y la popularidad de los gladiadores fueron tales que emperadores de la talla de Calígula, Nerón o Cómodo intentaron imitar sus destrezas con la espada. Julio César, por su parte, los utilizó como esclavos. “El hombre se alimentaba de la sangre del hombre” lamentó Séneca, el único intelectual que detestaba este tipo de espectáculo.

Los gladiadores se enfrentaban casi siempre por parejas, aunque en ocasiones combatían en grupos. Según el tipo de armamento que llevaban se imponía una técnica de lucha distinta. Existían los samnitas, que portaban yelmo cerrado, escudo, manga acolchada y espada corta, los retiari (armados con red y tridente), oplomachi (casco con visera, escudo y coraza), tracios, con pequeño escudo circular y sable curvo, mirmillones (casco en forma de pez, escudo rectangular y espada), provocator (escudo redondo y lanza), los équites que luchaban a caballo, essedari que combatían sobre un carro de guerra o los andabates, que lo hacían a ciegas y con una cota de malla. El emparejamiento de un tipo de gladiador contra otro no era caprichoso, sino que obedecía a un estudiado cálculo sobre las ventajas e inconvenientes de cada adversario para convertir la lucha en un espectáculo equilibrado y duradero.

Mosaico romano con escena de gladiadores. Crédito: Wikipedia.

EL SADISMO DEL PÚBLICO
La suerte suprema, la de morir dignamente, debía ser memorablemente ejecutada por el gladiador vencido. Los espectadores que pensaban que, pese a caer derrotado, había luchado bien sacaban señuelos y, con el pulgar hacia abajo (al contrario de lo que se cree), pedían al emperador su indulto. Pero si estaban descontentos exigían la muerte del gladiador llevándose el pulgar al cuello. Si la decisión era la muerte, el público esperaba que el luchador la afrontase con dignidad y valor. Para muchos espectadores, éste era el momento más importante del combate.

El sadismo, en lugar de ser algo fortuito, se convirtió en algo habitual. El emperador Claudio solía ordenar que se les retirasen el casco a los gladiadores heridos para poder apreciar la expresión de sus rostros cuando les cortaban el cuello. Un gladiador desconocido podía ser perdonado si pedía clemencia después de un buen combate. Pero la multitud no ayudaba a un favorito que fuera derribado por la espada de un desconocido, sobre todo si había apostado por su victoria. Enseguida, unos diligentes servidores disfrazados de Caronte o Hermes se aproximaban al gladiador que yacía en la arena y se aseguraban de que estaba muerto propinándole unos mazazos en la cabeza. En ocasiones, los gladiadores también luchaban contra fieras en las denominadas venationes. Pompeyo los enfrentó con elefantes y Claudio contra leopardos. Nerón los forzó a combatir contra 400 osos y 300 leones. Entre dos hombres, las posibilidades de perecer en la arena se nivelaban en un 50%; contra estas bestias se incrementaban notablemente. También se vieron obligados a participar en el agua de las fastuosas naumaquias (batallas navales) que se llevaron a cabo en el Coliseo.

Una escena del film Gladiator, de Ridley Scott.

ORIGEN RITUAL
El origen de las luchas de gladiadores nace en Etruria. Sus moradores solían sacrificar prisioneros sobre la tumba de los caudillos para liberar sus espíritus y los acompañaran en la otra vida. Una evolución de este rito trajo los ludi gladiatorii, que se secularizaron hasta convertirse en un espectáculo. El primero de este tipo en Roma tuvo lugar en el 264 antes de Cristo con ocasión del funeral de Junio Bruto Perea, en el que combatieron tres parejas de esclavos. En Hispania el inaugural fue organizado por Escipión el Africano en el 206 a.C. Gracias a estos combates, el emperador, los magistrados y cónsules conseguían entretener las sedientas gargantas del pueblo romano, les distraía de los problemas sociales y la actividad política. De esta forma se ganaban el fervor popular y lograban votos.

Los césares no querían que la peble romana bostezara de hambre ni de aburrimiento. En el siglo I, Juvenal recogió el sentido del espectáculo en su famosa expresión panem et circenses (pan y circo). El calendario les era propicio para celebrar estos espectáculos, pues los días festivos en la Roma imperial ocupaban más de la mitad del año entre días sagrados y los ludi. Los combates solían celebrarse a primera hora de la tarde en unos juegos que se alargaban todo el día.

El gladiador vivía al borde del filo de la navaja. Era previsible que su carrera fuese corta. Aunque algunos vivían lo suficiente para hacerse un nombre y convertirse en personajes idolatrados por el público, en especial por el femenino. Las damas de la alta sociedad sentían una enorme pasión por ellos. Fastuosos mosaicos y grafiti así lo atestiguan. Incluso podían recobrar la libertad y retirarse del oficio con una aceptable fortuna. Al final de una carrera gloriosa se le entregaba la espada de madera (rudis), que señalaba su retiro definitivo y el logro de su deseo más preciado.

EL GRAN ESCENARIO, EL COLISEO
Las luchas de gladiadores tenían por escenario el anfiteatro, aunque empezaron celebrándose en los foros. Los originales fueron de madera, como el construido por Pompeyo el Grande en el siglo I a.C. El primero de piedra lo mandó edificar Octavio Augusto el 29 a.C. en el Campo de Marte. Pero sin duda, el principal recinto de lucha sin tregua fue el Coliseo, inaugurado por Tito en el año 80 d.C. Tenía cuatro pisos y sus graderíos podían albergar hasta 50.000 espectadores. Se calcula que en su arena murieron entre 500.000 y un millón de personas. Los juegos más fastuosos que se recuerdan los organizó el emperador hispano Trajano en el siglo II. Duraron tres meses e intervinieron 4.912 parejas de gladiadores.

Vista exterior del Coliseo (Roma). Crédito: Wikipedia.

La pieza esencial para la organización de las luchas era el lanista, que se ocupaba de contratar gladiadores y adquirir las fieras. Solía ser un hombre de pasado oscuro pero enriquecido por el oficio. Los gladiadores profesionales solían recibir en sus escuelas un código ético muy estricto. Según afirmaba Cicerón, “preferían recibir un golpe a esquivarlo en contra de las reglas. Están dispuestos a dejarse degollar para satisfacer a su amo”. Las escuelas de mayor fama se ubicaron en Capua, aunque también las hubo en Hispania, Egipto y las Galias.

El emperador Cómodo (161-192) fue un caso insólito. Una vez en el trono dejó de lado los asuntos de gobierno para centrarse en sus aficiones. Se dedicó a entrenarse y participó en numerosos combates, en los que, por supuesto, siempre ganaba. Se hizo llamar “vencedor de los mil gladiadores”. El pueblo le reprochó que rebajara su dignidad imperial con un oficio de esclavos. De entre los gladiadores más famosos sobresale la figura de Espartaco, pero por sus acciones fuera de la arena. Desertor del ejército romano y reducido a la esclavitud, se formó en la escuela de Capua. En el 72 antes de Cristo organizó una rebelión con 78 gladiadores, a los que se unieron cientos de esclavos descontentos. Tras vencer a cuatro generales romanos, el Senado aglutinó ocho legiones (unos 40.000 soldados) para aplastar la insurrección. Espartaco murió acribillado de heridas en la batalla de Silaro, en 71 a.C. Más de 6.000 prisioneros fueron crucificados luego en la Vía Apia.

La popularidad de los gladiadores también alcanzó a los intelectuales, quienes nunca condenaron de forma tajante los juegos. Sólo el hispano Séneca los despreció. Admiraban el ejemplo de nobleza de la ducha y el desprecio a la muerte. Sólo la propagación del cristianismo, que condenó estos combates, y las dificultades económicas del final del imperio llevaron progresivamente a su prohibición, decretada por el emperador Honorio en el 404 después de Cristo. El pueblo romano fue culpable de haber gozado públicamente con aquellas ejecuciones capitales y de haber hecho del Coliseo un demencial escenario de suplicios y un sangriento matadero.

Trailer de Spartacus, la nueva serie sobre el célebre gladiador.

Documental Gladiadores (Canal Historia). Parte 1 de 4.

BIBLIOGRAFÍA:

-ESLAVA GALÁN, Juan. Roma de los Césares. Booket, 1998.
-Roma imperial, el poder y la gloria. National Geographic, 2009.
-MANNIX, Daniel P. Breve historia de los gladiadores. Nowtilus, 2004.
-CARCOPINO, Jêrome. La vida cotidiana en Roma en el apogeo del imperio. Ed. Temas de hoy, 1989.

© Fotografías apertura y portada: Starz.com

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El español que ‘inició’ la Casa Blanca

Posted on 01 marzo 2010 by Javier García Blanco

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El 12 de octubre de 1792, la taberna Fountain Inn, en Georgetown, se convirtió en punto de reunión para gran parte de los habitantes de la futura capital federal. El ambiente era festivo y continuamente se escuchaban brindis y frases de júbilo. No era para menos. El grupo de hombres allí reunidos, entre los que se encontraban vecinos, curiosos y prohombres de la localidad, se disponían a asistir a un acto cargado de significado para la recién nacida nación de los EE.UU.: la ceremonia de colocación de la primera piedra de la “Casa del Presidente” (en aquella época todavía no se conocía como Casa Blanca). Cuando todos los organizadores del acto estuvieron presentes, el gentío se puso en marcha hacia su destino: un solar de la todavía inexistente ciudad de Washington D.C.

El grupo iba precedido por un distinguido número de masones de una logia de Georgetown, la nº 9 de Maryland. Y, precisamente, fue su Gran Maestro, Peter Casanave, quien tuvo el honor de oficiar la ceremonia, colocando la piedra angular y pronunciando una oración.

Lo más singular de aquella ceremonia fundacional –que daba el pistoletazo de salida a la construcción del primer edificio federal de la ciudad y que hoy es uno de los emblemas más reconocibles de los EE.UU.–, es que el hombre que la dirigió, el citado Peter Casanave, era español.

Aunque sus vecinos de Georgetown le llamaban Peter, aquel joven comerciante católico que se había ganado el aprecio la confianza de todos se llamaba en realidad Pedro, y había nacido en la región española de Navarra. Es muy posible que su apellido tampoco fuera Casanave, pues las escasas fuentes conservadas que hacen referencia a su persona lo citan como Casaneva, Casenave, Cazenave e incluso Casanova. Por desgracia, es muy poco lo que sabemos de él, a pesar de que, como veremos, alcanzó rápidamente el éxito social y económico en su patria de adopción.

Al parecer, Peter Casanave (le llamaremos así ante el enigma de su verdadero nombre) llegó a los EE.UU. en 1785. En su bolsillo sólo se contaban 200 libras, y el joven navarro apenas conocía la lengua de Shakespeare. Afortunadamente, contaba con inmejorables referencias: su tío, Juan de Miralles, había ejercido como enlace entre la Corona española y los insurgentes americanos durante la Guerra de la Independencia, jugando un destacado papel en la revolución americana, y ganándose por ello el aprecio y la amistad del mismísimo George Washington. Así pues, este parentesco debió abrirle a Casanave algunas puertas, y pronto estableció su primer negocio: un almacén en el que distribuía aceite, carne de cerdo española y polvos para el pelo. A aquel primer negocio pronto le siguieron otros, algunos bastante insólitos, como un “salón de baile nocturno para caballeros que no disponen de tiempo durante el día”.

Notley Young y su esposa, suegros de Peter Casaneva.

Unos años más tarde, en 1790, su situación había mejorado bastante, y se convirtió en agente de la propiedad, motivo por el que aparece en varios documentos de la época, en los que se le nombra como vendedor de terrenos de la futura ciudad de Washington.

Con una posición social ya afianzada, su siguiente paso en la comunidad fue pedir la mano de una joven católica de Georgetown, Ann Nancy Young, hija de Notley Young, próspero empresario de la ciudad que también se dedicaba al negocio de la venta de suelos. La pareja se casó en septiembre de 1791, en una ceremonia que ofició el obispo Carroll, tío de la joven. Aquel matrimonio conectó a Casanave con algunas de las familias más importantes del estado de Maryland.

En aquellas fechas, el español decidió ampliar aún más sus compromisos con la comunidad, y se convirtió en “agente” y patrocinador de los estudiantes que acudían al Georgetown College (hoy convertido en la universidad del mismo nombre). En dicho puesto se encargaba de administrar los fondos de los alumnos y cubrir sus gastos. En muchos casos, cuando los estudiantes eran extranjeros o carecían de recursos, él mismo se encargaba de pagar las cuotas de su propio bolsillo, de forma totalmente altruista. Al parecer, el propio Casenave fue alumno de la institución, a la que acudió para perfeccionar su todavía deficiente inglés, y más tarde uno de sus hijos, también llamado Peter, fue matriculado allí.

En 1793 el navarro dio un nuevo paso en su avance social, y se unió al Consejo Común de la Corporación de la ciudad. Apenas un año después, aquel joven navarro y católico –que había llegado a la nueva nación nueve años antes sin apenas dinero y con unas nociones mínimas de inglés– fue elegido alcalde de Georgetown, convirtiéndose en la quinta persona en ocupar el cargo.

Una fotografía de la Casaneva House (hoy desaparecida), vivienda en la que residió la viuda de Peter Casaneva.

Unos meses antes se había producido el episodio de la ceremonia masónica en la Casa Blanca, por lo que probablemente su pertenencia a la Hermandad se iniciara pocos años antes, estando ya en los EE.UU. Peter Casanave falleció en 1796, sin que sepamos exactamente cuál era su edad en ese momento. De cualquier modo, debía ser bastante joven, pues algunos testimonios que describen su participación en la inauguración de la Casa del Presidente apuntan que en ese momento rondaba la treintena.

Poco más sabemos de su vida. Algunas notas sobre él refieren que era el decimotercer hijo de un jurista y comerciante navarro. Una copia de su testamento descansa desde 1860 en los archivos de la Logia nº 5 de Potomac (la antigua Logia nº 9 de Maryland, de la que fue Gran Maestro).

Esta es la borrosa semblanza de Pedro Casanave, el comerciante español que, a finales del siglo XVIII, abandonó España para terminar convirtiéndose en un próspero hombre de negocios de EE. UU., Maestro Masón y quinto alcalde de Georgetown (la “semilla” de la actual capital del país). Y además, fue su mano, la que colocó la primera piedra de la Casa Blanca.

BIBLIOGRAFÍA:

-WARNER, William W. At peace with all their neighbors: catholics and catholicism in the national capital, 1787-1860. Georgetown University Press, 1994.

-HOLMES, Oliver W. Suter’s Tavern: Birthplace of the Federal City. 1973, Historical Society of Washington, D.C..

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Una historia del cine mudo en España

Posted on 01 marzo 2010 by Alberto de Frutos

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El reconocimiento que hoy saluda al cine español fuera de nuestras fronteras (Penélope Cruz suma ya su tercera candidatura al Oscar, que se fallan el siete de marzo) contrasta con la inseguridad de sus primeros pasos, que dio en 1896.

Siempre la claridad viene del cine. Cuando las luces se apagan, el tiempo queda suspendido en una red de la que cuelgan hebras de risas o lágrimas. Implacable, el jurado anónimo aguarda en sus butacas al testimonio de los testigos. En esta ocasión –es 8 de diciembre de 1930–, el público lee las siguientes palabras: “Sobre las ruinas de Castilla. Dicen que el Cielo quiso castigar a la pequeña aldea castellana. Por eso la tierra le negará su fruto. Al ver su campanario hacen todos la señal de la Cruz”.

Así comienza La aldea maldita, una de las obras maestras del cine español, rodada por el aragonés Florián Rey con un presupuesto de veintidós mil pesetas. La aldea maldita es uno de los títulos indispensables de nuestra cinematografía, como reconocen periódicamente los críticos que se someten a la zozobra de elaborar “su” lista. De hecho, se diría que es la única película de la época muda que ha ascendido “a los altares”, si bien habría que matizar que aquel 8 de diciembre de 1930 los espectadores presenciaron la versión sonorizada del clásico: tras los fuegos de artificio de El cantor de jazz, la primera película sonora, estrenada en los Cines Callao en junio del 29, se imponían tales modernidades; y, desde entonces, los cómicos le tomaron el gusto a la palabra.

LA PRIMERA PELÍCULA
Pero el cine había llegado a España unas décadas antes, concretamente en 1896. El hombre de confianza de los Lumière en nuestro país, el joven Alexander Promio, rodó ese año Plaza del puerto en Barcelona, una de las cuarenta y seis piezas que, sobre temas de la vida cotidiana, filmó aquí la avanzadilla gala. Una observación de R. Cardona nos recuerda que mientras los hermanos Lumière “tendían a rodar lo que sucedía a su alrededor, Edison desde sus inicios tendió a teatralizar lo que filmaba”, reflexión que serviría para explicar desde su raíz las diferencias entre las cinematografías europea y estadounidense.

El cinematógrafo de Lumière inició su gira por las principales ciudades españolas hasta que nuestros pioneros se subieron al carro, curiosos, quizá intrigados, como quien se enamora por primera vez; también con ese recelo que suscitan las meras “curiosidades científicas” que no tienen ningún porvenir. Se considera que la primera película española es Salida de misa de doce del Pilar de Zaragoza, obra del empresario de espectáculos ambulantes Eduardo Jimeno, exhibida el 11 de octubre de 1896 en la capital maña. “Cuando fui a Zaragoza con el flamante Lumière, como tenía un dispositivo para obtener películas, decidí probar fortuna como operador”, confesó Jimeno en una entrevista. No le fue mal.

GELABERT Y SEGUNDO DE CHOMÓN
El cine vio la luz en una sociedad en crisis que condicionaría su desarrollo: cerca del setenta por ciento de la población era campesina; las guerras provocaban una considerable pérdida de influencia en el exterior; y, en ciudades como Madrid, el género chico y los toros imanaban todo el interés y no era posible competir con la industria extranjera.

El descrédito que acompañó al primer cine español parece razonable si salvamos la figura de dos o tres colosos, uno de los cuales, Fructuoso Gelabert, rodó la primera película con argumento en 1907: Riña en un café. En ella dos jóvenes se pelean por una mujer antes de ser separados por sus amigos. Gelabert respondía al perfil típico de cineasta: inventor, intérprete ocasional, director, productor… Sus contribuciones al séptimo arte se recopilaron en una serie de artículos autobiográficos publicados en 1940, cuando todo el mundo lo había ya olvidado.

Junto a ese nombre, luce el de Segundo de Chomón, prolífico autor que llegó a rodar hasta quinientas películas, entre las que se han rescatado Hotel Eléctrico y La gallina de los huevos de oro. Comparada con la obra del prestidigitador Méliès –el padre de los efectos especiales–, la de Segundo de Chomón no desmerece, como prueba el que trabajara para cinematografías tan avanzadas como la francesa o la italiana. Entre sus hitos, inventó –o perfeccionó, según otros– el travelling en la película Cabiria y realizó parte de los efectos visuales de Napoleón, indiscutible clásico de Abel Gance.

Hotel eléctrico (1905), Segundo de Chomón.

¿QUIÉNES VEÍAN LAS PELÍCULAS?
En Chaplin, el biopic de R. Attenborough, nos hacemos una idea muy cabal de las barracas de feria que acogieron los primeros espectáculos. ¿Cómo describir la perplejidad que causaban las imágenes en movimiento? ¿Cómo admitir que París, de repente, quedara a un palmo de la mano? O ¿cómo no temblar, al igual que Ana Torrent en El espíritu de la colmena, ante la aparición del monstruo de Frankenstein reflejado en el agua? Sí: barracas de feria tan inestables e inseguras como las imágenes que fluían de esa fábrica de sueños.

Por un estudio de M. Palacio sabemos que el cine de feria podía llegar a tener un aforo de quinientas localidades. En España los precios variaban entre unos quince o veinte céntimos para la entrada general y veinticinco o cuarenta para las de preferencia, cuando el kilo de pan costaba en Castilla unos cuarenta céntimos. Otro dato: la primera revista semanal sobre cine, El Cinematógrafo Ilustrado, que apareció en 1906, costaba veinte.

El público pertenecía a las clases populares y medias, con abundante presencia de niños, y la censura previa, que se ejercía desde Barcelona, se implantó en 1913. La Iglesia aprovechó las posibilidades que le ofrecía el sistema e hizo múltiples exhibiciones para obreros católicos, mientras que la realeza tampoco pasó por alto el invento: en 1898, por ejemplo, Gelabert vendió a Pathé el negativo de Visita de Doña María Cristina y Don Alfonso XIII a Barcelona; y, cuatro años más tarde, Lefèvre impresionaba la ceremonia de coronación del monarca. Gracias a las copias, podemos reconstruir episodios como la Semana Trágica de Barcelona (1909) o el asesinato de Canalejas (1912), donde Pepe Isbert interpretaba al anarquista asesino.

Asesinato y entierro de Canalejas (1912), de Adelardo Fernández Arias.

LOS FOCOS DE CATALUÑA Y VALENCIA
Tras los barracones de feria, llegaron las primeras salas en ciudades como San Sebastián, Barcelona o Valencia. En esta última, el fonógrafo Antonio Cuesta fundó una de las productoras señeras de la época, Films Cuesta, responsable de El ciego de la aldea.

Barcelona se convirtió en el motor de la incipiente industria, con la creación de compañías como Films Barcelona, donde Gelabert desplegó todas sus habilidades, Studio Films o Hispano Films, que se recuerda por sus muy avanzados reportajes sobre la guerra de África rodados por su fundador, Ricardo Baños, antes de que la firma desapareciera por un pavoroso incendio en 1918. Madrid, en cambio, no iniciaría su consolidación hasta mucho más tarde.

A imitación del film d’art francés, los productores lanzaron piezas de calidad adscritas al drama histórico o melodramas que la potente empresa Barcinógrafo puso al servicio de Margarita Xirgú, su principal estrella. La primera gran superproducción de nuestra Historia fue una biografía de Cristóbal Colón, estrenada significativamente el 12 de octubre de 1917 con participación francesa. La película no deja de ser una cosa espantosa por su bisoñez, pero, a la vez, meritoria.

Sin que nuestra cinematografía llegara a ser un erial, uno de sus teóricos más brillantes, R. Gubern, admite que “hasta 1905 la producción española apenas existe. Desde 1905 su volumen asciende, pero sufre una crisis importante en el periodo 1917-1920”. Escasean los nombres propios en una Historia de la que, por si fuera poco, apenas se guarda su memoria. Uno de esos nombres será Benito Perojo, definido como “el cineasta de la burguesía”. Aunque su obra más famosa fuera la sonora La verbena de la Paloma, en el cine mudo dio muestras de su talento en películas como Boy, El negro que tenía el alma blanca, con Concha Piquer, La condesa María o La bodega, adaptación de una obra de Vicente Blasco Ibáñez, quien llegó también a hacer carrera con el nuevo descubrimiento.

Cartel de la película El negro que tenía el alma blanca. Crédito: Cartelmania.

LOS INTELECTUALES Y EL CINE
En efecto, el autor de Entre naranjos fue uno de los intelectuales más afines y que se dedicó con mayor pasión al séptimo arte. También acudió a la chilla de este pasatiempo de feriantes nada menos que todo un premio Nobel de Literatura, Jacinto Benavente, quien dirigió una versión de su obra más famosa, Los intereses creados, para Cantabria Films antes de fundar su propia productora, Films Benavente, para la cual se asoció con el citado Perojo.

¿Quién no recuerda el poema de Rafael Alberti “Cita triste de Charlot”? O, ¿quién no ha leído algunas de las luminosas reflexiones de Francisco Ayala en Indagación sobre el cinema? Fueron, todas ellas, simpáticas y “desenfrenadas” loas que formalizaron la relación del séptimo arte con la inteligencia. No obstante, la frivolidad de los géneros no se prestaba por lo general a reflexiones muy sesudas. Además de los documentales, triunfaban folletines como Los siete niños de Écija (1911) o Los misterios de Barcelona (1916), tan exitosa que no tardó en inspirar la secuela El testamento de Diego Rocafort (1917).

BALANCE
Insistimos: no hubo un David Wark Griffith en nuestra cinematografía muda; no hubo un Erich Von Stroheim, ni estrellas como Rodolfo Valentino o Douglas Fairbanks. Con la llegada del sonoro, los profesionales españoles partieron hacia la Meca del Cine para interpretar las versiones hispanas de las películas que arrasaban en la taquilla americana. Imperio Argentina era Clara Bow, María Fernanda Ladrón de Guevara se metía en la piel de Norma Shearer; y, en otro orden de cosas, la cupletista Raquel Meller, que trabajó en nueve películas, inspiraba a Charles Chaplin el tierno personaje de la violetera en Luces de la ciudad, uno de los clásicos indiscutibles de todos los tiempos.

Pero esos laureles, esos honores a menudo fruto de la necesidad de una industria más floreciente que la hispana, siguieron a una larga época de desengaños, como los de José Salvador Ropero, que no llegó a comercializar un aparato que resolvía la sonoridad del cinematógrafo en el año 1906, o los del escritor Alfredo Serrano, quien en 1925 denunciaba la desastrosa situación de una cinematografía que no salía de su precariedad.

“Otra vez ante la aldea maldita”. Juan, el labrador, perdona a su mujer. El niño besa a su madre. Ella llora, avergonzada y redimida. Fundido en negro. Las luces de la sala se encienden. El público se levanta satisfecho. El dictamen del jurado no puede ser más favorable. Ha nacido una obra maestra. Quizá la primera del cine español.

BIBLIOGRAFÍA

CEBOLLADA, P., Y RUBIO GIL, L., Enciclopedia del cine español. Cronología. Tomo I, Ediciones del Serbal, Barcelona, 1996.

MOIX, T., La Gran Historia del Cine, Prensa Española, Madrid, 1995.

VV. AA., Historia del cine español, Cátedra, Madrid, 1995. Art. de GUBERN, R. (págs. 9-17); y PÉREZ PERUCHA, J. (págs. 19-118).

VV. AA., Historia General del Cine, Vol. I, Santander, Cátedra, Madrid, 1998. Artículos de CARDONA, R. (págs. 39-79); PALACIO, M. (págs. 219-241).

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