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Egipto, reflejo del Cosmos

Posted on 30 junio 2009 by Javier García Blanco

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Desde hace más de un siglo, arqueólogos de todo el mundo se afanan en excavar las áridas tierras de Egipto con la intención de sacar a la luz tesoros arqueológicos que permitan desentrañar los enigmas de la fascinante cultura faraónica. Tumbas, templos, pirámides… miles de horas de trabajo invertidas, con la mirada siempre dirigida a restos hasta entonces sepultados bajo la arena. Sin embargo, un reducido grupo de investigadores ha conducido sus pesquisas en otra dirección. Dejando en un segundo plano las herramientas propias del arqueólogo –aunque con esta disciplina siempre presente–, especialistas de distintos campos, han levantado sus ojos al firmamento, con la esperanza de encontrar en el Cosmos nuevas respuestas a algunos de los enigmas del país del Nilo.

Arqueólogos y egiptólogos coinciden en destacar el papel capital que jugó el Nilo en el desarrollo de la civilización faraónica. Su importancia fue tal que se ha llegado a afirmar que, de no haber existido el Nilo, hoy no disfrutaríamos de la impresionante visión de las pirámides, ni de los numerosos templos que salpican la geografía del país. El Nilo, con sus crecidas, generaba a su paso una fertilidad que permitió el desarrollo agrícola y económico de la civilización. Por este motivo, no resulta extraño que cuando los antiguos egipcios se percataron de una curiosa circunstancia celeste, pusieran toda su atención en el cielo.

El Nilo, a su paso por Agilkia

El Nilo, a su paso por Agilkia. (Crédito: Heinz Albers / Wikipedia)

Los egipcios descubrieron que cuando la estrella Sepedet (nuestra actual Sirio) surgía por el horizonte, anticipándose a la salida del sol al amanecer –en fechas próximas al solsticio de verano–, comenzaban las esperadas crecidas del río que generaban la consiguiente riqueza derivada de las cosechas. Esta casual y feliz circunstancia motivó la creación de un complejo calendario que permitía a los antiguos egipcios “predecir” el inicio de la época de la inundación, y por lo tanto anticiparse y “controlar” este fenómeno natural. De este modo, los egipcios organizaron el año en tres estaciones (Ajet o “inundación”, Peret o “crecimiento” y Semnu o “ausencia de agua”) compuestas a su vez por cuatro meses. Junto a este calendario religioso, crearon otro que podríamos denominar “civil”, compuesto por doce meses de treinta días cada uno,  sumando un total de 360 días. A estos se sumaron otros cinco, llamados Epagómenos, y que fueron dedicados a los hijos del dios-sol: Isis, Seth, Neftis, Osiris y Harendotes. De este modo, el calendario estaba formado por 365 días, siendo el origen del que utilizamos hoy en día.

Además del contenido religioso que los antiguos egipcios otorgaban a estos calendarios, encontramos otros ejemplos muchos más evidentes del binomio astronomía-religión en la civilización faraónica.Junto a las correspondencias de estrellas/constelaciones y dioses (ver anexo) los llamados Textos de las pirámides (un conjunto de textos relacionados con el más allá grabados en las pirámides de algunos reyes de la V Dinastía) aluden en numerosas ocasiones a este vínculo sagrado. En estos documentos jeroglíficos señalan, por ejemplo, que se creía que el faraón, tras su muerte, se convertía en estrella y se trasladaba al cielo acompañado por las divinidades. Curiosamente, para los antiguos egipcios, el firmamento estrellado y el más allá se entremezclaban y confundían, llegando a identificarse como una misma cosa.

Dada su importancia, no resulta extraño que los sacerdotes egipcios fueran avezados astrónomos, y que custodiaran ese conocimiento –tan vinculado al poder– bajo el mayor de los secretos. En este sentido, por ejemplo, tenemos constancia de que los sacerdotes de la sagrada ciudad de Heliópolis –dedicada al dios sol– fueran destacados astrónomos, y que el más importante de todos ellos, el sumo sacerdote, fuera denominado “Jefe de observadores”.

Teniendo en cuenta estos antecedentes, que demuestran de forma rotunda la importancia de la observación de estrellas para la antigua civilización egipcia, resulta extraña la escasa atención que habitualmente han prestado a la cuestión la mayor parte de los egiptólogos.

EL TEMPLO DEL SOL
El templo mayor de Abu Simbel, magistralmente excavado en la roca y con sus esculturas colosales custodiando el acceso al edificio, es hoy uno de los enclaves más visitados por los turistas ávidos de conocer el país de los faraones. Y es precisamente aquí, en este lugar sagrado erigido en la época de Ramsés II, donde encontramos uno de los ejemplos más llamativos y hermosos de edificios orientados astronómicamente.

Fachada del templo de Ramsés II en Abu Simbel

Fachada del templo de Ramsés II en Abu Simbel (Crédito: Przemyslaw Idzkiewicz / Wikipedia)

Su particular ubicación ha permitido que, durante siglos, el sol obrara un curioso “milagro”. El 22 de octubre y el 22 de febrero –según algunos autores, dos días después de la fecha de aniversario de la llegada al poder del faraón y de su cumpleaños, respectivamente– los rayos del sol naciente atraviesan el umbral del templo, alcanzando e iluminando tres esculturas, correspondientes a Ra Horajti, Amon-Ra y el propio monarca divinizado. Una cuarta estatua, que representa al dios Ptah, permanece siempre a oscuras, seguramente porque en el panteón egipcio, este dios está vinculado con el inframundo. La importancia de este “milagro solar” obtenido mediante orientación astronómica es tal que, cuando en 1964 el edificio tuvo que trasladarse por las obras de la presa de Asuán, los ingenieros de la UNESCO que dirigían los trabajos escogieron una ubicación concreta en la que se repitiera el efecto lumínico. Esta es la razón de que actualmente el fenómeno se retrase dos días, pues en la época de su construcción tenía lugar el 20 de octubre y el 20 de febrero.

La hierofanía solar de Abu Simbel

La hierofanía solar de Abu Simbel (Crédito: Wikipedia)

No es la única sorpresa que posee el templo mayor de Abu Simbel. A la derecha de las colosales estatuas sedentes que representan al faraón hay una capilla de reducidas dimensiones, dedicada a Ra Horajti. Este pequeño santuario también está orientado astronómicamente, en este caso a la salida del astro rey en el solsticio de invierno. Esta misma orientación solsticial es la que parece haber sido utilizada por los constructores egipcios que alinearon el fascinante templo de Amón en Karnak.

Precisamente, este templo fue objeto del primer estudio que podríamos denominar “arqueoastronómico” sobre el Antiguo Egipto. En 1894, el astrónomo sir Norman Lockyer planteó la hipótesis de que el edificio había sido orientado en relación a la puesta de sol en el solsticio de verano. Pero cometió un error. Lockyer desarrolló su propuesta utilizando planos de Karnak sin visitar el lugar personalmente, por lo que no se dio cuenta de que el Sol poniente quedaba fuera de la visión por culpa de unas colinas. Es muy probable que, tal y como señala el experto español Juan Antonio Belmonte, el error de Lockyer fuera una de las causas del rechazo y desinterés de la egiptología por las teorías arqueoastronómicas.

Sin embargo, si Lockyer hubiera propuesto la dirección opuesta, habría dado en el clavo, pues el templo está orientado perfectamente hacia la salida del sol en el solsticio de invierno. Dicha orientación se repite también, al igual que en Abu Simbel, en una pequeña capilla dedicada a Ra Horajti, ubicada en la parte posterior del templo.

Belmonte, especialista que desarrolla su labor en el Instituto de Astrofísica de Canarias, añade otra circunstancia importante: el templo de Karnak está junto al Nilo, en “el único lugar de todo el Valle del Nilo en el que la dirección del solsticio de invierno es perpendicular al río”. En opinión del astrofísico y arqueoastrónomo español, se trata de una evidencia de que tanto la orientación como la ubicación del templo fueron premeditadas.

A diferencia de lo que sucedió en el templo de Karnak, que mantuvo la orientación de su eje a pesar de las sucesivas ampliaciones que sufrió, el santuario de Luxor cuenta con un eje principal que fue “torciéndose” hacia el nordeste tras sufrir varias ampliaciones. Fue Lockyer, de nuevo, quien propuso por primera vez que el templo de Luxor fue orientado tomando una estrella como referencia. A causa de la precesión de los equinoccios, las ampliaciones habrían cambiado la posición del eje, como forma de mantener la orientación hacia la estrella. Esta propuesta, que implicaba que los antiguos egipcios conocían ya el fenómeno de la precesión, ha recibido el apoyo de numerosos estudiosos aunque otros, como Belmonte, se muestran cautos y recuerdan que falta la “prueba definitiva” que permita demostrarlo.

Planta del templo de Luxor, con su característico eje desviado

Planta del templo de Luxor, con su característico eje desviado

Las aportaciones de Belmonte a la arqueoastronomía se cuentan entre las más destacadas de esta disciplina. En colaboración con los expertos Mosalam Shaltout, del Observatorio de Helwan, y Magdi Fekri, de la Universidad de Minufiya, el investigador del IAC realizó un completo trabajo en el que se estudiaron las posibles orientaciones astronómicas de más de 90 templos y monumentos del Antiguo Egipto. Entre otras conclusiones, los investigadores determinaron que los enclaves sagrados egipcios se orientaban en función del paisaje circundante, teniendo principalmente en cuenta al Nilo. Y, si este no estaba presente, entonces se daba mayor importancia al paisaje celeste.

Así, descubrieron que destacaban seis orientaciones astronómicas. Durante la época de las pirámides predominaban las orientaciones equinocciales, mientras que en el Imperio Nuevo lo hacían las solsticiales. Pero además, cuatro estrellas (Sirio, Vega, Canopus y Alfa Centauri) –de las que tres se correspondían con importantes divinidades– constituían también orientaciones importantes en algunos casos, tal y como explica el propio Belmonte en su libro Las leyes del cielo (Temas de Hoy, 1999).

EL SECRETO ESTELAR DE LAS PIRÁMIDES
De entre todas las construcciones del Antiguo Egipto, sin duda alguna las pirámides de la meseta de Giza –y en especial la de Keops– son las que más fascinación e interrogantes han despertado entre turistas, egiptólogos e historiadores. Y, precisamente, en lo que respecta a la arqueoastronomía, estas moles pétreas han sido también fuente de los mayores debates entre diversos especialistas.

Pirámides de Giza

Pirámides de Giza (Crédito: Ricardo Liberato / Wikipedia)

Una de las “claves” astronómicas que poseen las pirámides de Giza consiste en que están orientadas perfectamente a los cuatro puntos cardinales, con una precisión tan ajustada –aunque no carente de cierto error– que ha sorprendido a los investigadores desde hace más de un siglo. La pregunta de cómo pudieron los antiguos egipcios, hace más de 4.000 años, lograr una orientación tan correcta se sumaba así a la ya larga lista de enigmas planteados por estas gigantescas construcciones.

La cuestión despertó escaso interés entre los egiptólogos durante el siglo XX hasta que a finales del año 2000 la doctora Kate Spence publicaba un interesante artículo en la revista Nature, en el que se atrevía a apuntar una nueva hipótesis sobre la cuestión. Spence, profesora en la prestigiosa universidad británica de Cambridge, examinó cuidadosamente todos los datos a su alcance y, con ayuda de sofisticados programas informáticos, llegó a la conclusión de que los antiguos egipcios realizaron el alineamiento tras observar detenidamente los movimientos de dos estrellas de la región norte del firmamento, Kochab (en la Osa Menor) y Mizar (en la Osa Mayor).

Según Spence, los constructores de las pirámides descubrieron que cuando una de estas estrellas estaba “sobre la otra”, la línea imaginaria que las unía señalaba directamente al norte. Además de la importante información aportada por la doctora Spence, su artículo jugó otro destacado papel, pues logró reavivar el interés por la arqueoastronomía, en un momento en el que escaseaban los trabajos al respecto.

Sin embargo, su hipótesis no ha quedado ahí, pues otros investigadores han matizado o ampliado las conclusiones de su hipótesis. Uno de ellos es, precisamente, el citado Juan Antonio Belmonte. Tras analizar los datos ofrecidos por Spence, y apoyándose en referencias egipcias a la ceremonia conocida como “tensado de la cuerda” y en la observación de la ubicación actual de la Estrella Polar en relación a varias estrellas de la Osa Mayor, Belmonte propuso una variante a la hipótesis de la experta británica. En su opinión, la orientación tan precisa de las pirámides “podría haberse conseguido mediante la observación del tránsito meridiano” de Phekda y Megrez, dos estrellas del “Carro”, que al ser unidas por una línea imaginaria, apuntaban directamente a la estrella que “actuaba” como Polar a mediados del tercer milenio a.C., época de construcción de las pirámides.

La citada ceremonia del “tensado de la cuerda” aparece representada en numerosas tumbas y piezas egipcias, y en dicha escena aparecía el faraón acompañado por Seshat (diosa de la escritura) mientras estiraban una cuerda sujeta a dos varas. Esta ceremonia, cuya celebración está documentada ya en la época de la I Dinastía, tenía como objeto obtener el eje de orientación de un templo a construir. Durante su realización se tomaba como referencia una región del firmamento llamada Mesjetiu, “Pata de Buey”, que se correspondería con las siete estrellas más brillantes de nuestra Osa Mayor. Por desgracia, no sabemos con exactitud qué estrella concreta se utilizaba para realizar la orientación, pues las referencias no son lo suficientemente explícitas, a pesar de que en algunos casos, como en la representación existente en el templo de Hathor en Dendera, se cita a Aj Mesjetiu, “la brillante de la Pata de Buey”.

mesjetiu

Mesjetiu, representada como una pata de buey y cabeza de toro, atada al polo norte celeste (representado por el hipopótamo), y desafiado por Horus. (Crédito: Heinrich Brugsch)

Otra curiosa característica de las pirámides, conocida desde el siglo XIX, consiste en que si unimos las esquinas sudeste de las pirámides de Keops, Kefrén y Micerinos, la línea resultante señala directamente a la ubicación de la antigua ciudad de Heliópolis, una de las urbes sagradas más importantes del Antiguo Egipto, cuyo culto estaba dedicado al dios-sol. Desde el descubrimiento de este hecho, mencionado por primera vez en 1852, se ha señalado la probabilidad de que dicho alineamiento tuviera un significado simbólico, aunque todavía no se ha determinado con exactitud.

EL HORIZONTE DE KEOPS
Interesado por la orientación de las pirámides y por la “diagonal de Giza”, el matemático y arqueoastrónomo italiano Giulio Magli, profesor en la Universidad Politécnica de Milán, decidió profundizar en las curiosas características astronómicas del complejo de Giza. Para ello, analizó varios alineamientos conocidos de las pirámides –cuyas características son realmente fascinantes– y descubrió otros nuevos. Durante una campaña de investigación en Giza, el egiptólogo estadounidense Mark Lehner se percató de que, en el solsticio de verano, el sol poniente queda “enmarcado” por las pirámides de Keops y Kefrén.

Esta circunstancia podía quedar en una alineación más, de no ser porque, para un observador que contemplara el fenómeno en la época de las pirámides, la imagen visible ante sus ojos tenía un significado muy concreto: la figura formada por el sol entre el horizonte, enmarcado por las dos pirámides, era idéntica al jeroglífico Akhet, que significa “horizonte”. Si tenemos en cuenta que algunas inscripciones posteriores a la pirámide de Keops la mencionan como Akhet Khufu (“El horizonte de Keops”), no hay ninguna duda de la intencionalidad del mensaje simbólico. Se trata de una espectacular hierofanía (una manifestación de lo sagrado), cuya intención era, precisamente, remarcar que el horizonte “pertenecía” a Keops.

Akhet Khufu

El Sol poniéndose entre las pirámides de Giza. (Crédito: Adrian Lazar / Flickr)

Teniendo en cuenta este hecho, además de otras orientaciones descubiertas por él y la circunstancia de que la pirámide de Kefrén resultara “invisible” desde Heliópolis debido a la “diagonal de Giza”, Magli propuso una desconcertante hipótesis: Kefrén podría no haber sido el constructor de la pirámide que se le atribuye. Además, proponía también una cronología inversa; es decir, la pirámide de Kefrén podía haber sido anterior en algunos años a la de Keops.

Tras comentar con Belmonte dicha propuesta, el investigador español y sus colegas egipcios propusieron una nueva hipótesis, que parecía más acertada para explicar la llamativa hierofanía del jeroglífico Akhet “en tres dimensiones”: ambas pirámides, la de Keops y la de Kefrén, así como la Esfinge y los templos cercanos, pudieron haber sido en realidad parte de un proyecto único, ideado por Keops para crear ese potente mensaje simbólico, del mismo modo que su padre, Snefru, había erigido dos pirámides en Dahshur. Habría sido años después cuando Kefrén se habría atribuido para sí la propiedad de la pirámide que lleva hoy su nombre…

ORIÓN EN EGIPTO
Junto a estas hipótesis planteadas en los últimos años por distintos arqueoastrónomos, otros investigadores más alejados de la ortodoxia académica han propuesto también otras teorías –bastante polémicas y discutidas– de orientación astronómica para las pirámides de Giza.

El más célebre de todos ellos es, sin duda, el ingeniero y escritor egipcio Robert Bauval. En su best-seller El misterio de Orión (Edaf, 2007), Bauval planteaba la sugerente hipótesis de que la disposición de las pirámides de las tres pirámides de Giza constituía una representación en la Tierra de las tres estrellas centrales de la constelación de Orión. Estas tres estrellas eran identificadas por los antiguos egipcios con Sah (ver recuadro), una de las manifestaciones astrales del dios Osiris. La “imitación”, según Bauval, no se limitaba a estas tres pirámides, sino que otras construcciones piramidales erigidas por otros faraones también tenían su correspondencia celeste en la misma constelación.

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Plano con la disposición de las pirámides de Giza. (Crédito: Wikipedia)

Las conexiones estelares no terminaban ahí. Según el investigador, los llamados “canales de ventilación” de la cámara de la reina y de la cámara del rey existentes en la Gran Pirámide también están orientados intencionadamente. En un caso a Sirio y Kochab, y en el otro a Thuban (la Estrella Polar de la antigüedad) y, de nuevo, a la citada constelación de Orión. Para Bauval, la finalidad que los antiguos egipcios dieron a estas orientaciones es clara: creían que de este modo facilitaban el viaje del alma del faraón al reino celeste, donde se uniría con Osiris. Aunque sin duda llamativa, la hipótesis de la “correlación de Orión” fue duramente criticada en ámbitos académicos, aunque también contó con el respeto de varios investigadores.

Entre los errores señalados por otros investigadores, por ejemplo Belmonte, está la circunstancia de que Bauval deja sin “emparejar” las dos estrellas más brillantes de Orión –Rigel y Betelgeuse– mientras que, al mismo tiempo, identifica dos pirámides construidas por Snefru (“La Brillante” y “La Brillante del Sur”) con Aldebarán y otra estrella que no destaca precisamente por su brillo.
Si las hipótesis defendidas por Bauval en El misterio de Orión y su siguiente trabajo al respecto, Guardián del Génesis (realizado junto a Graham Hancock) han sido polémicas, en su último libro, Código Egipto: el mensaje secreto de las estrellas (Martínez Roca, 2007), Bauval ha ido mucho más allá.

Tras más de trescientas páginas, Bauval llega a la conclusión de que prácticamente todas las construcciones del Antiguo Egipto fueron ideadas dentro de un complejo “plan maestro”, concebido para crear en la Tierra un mensaje simbólico impactante. “Se trata de un inmenso proyecto pangeneracional –explica Bauval– que comprendía la construcción de grupos de pirámides ‘estelares’ en lugares predeterminados para representar a Orión y a las Pléyades, así como también enormes templos ‘solares’ a ambas márgenes del Nilo, para definir la parte de la eclíptica a lo largo de la cual viajaba el dios del sol a través de la Duat, desde el equinoccio vernal hasta el solsticio de verano”. Un proyecto, en definitiva, que habría dado forma a un “Egipto cósmico”, creado piedra a piedra mediante templos, pirámides y construcciones orientadas astronómicamente, y cuyos secretos fueron custodiados durante tres mil años por sacerdotes astrónomos.

No se puede negar que la nueva propuesta de Bauval supone un planteamiento mucho más audaz de lo que habitualmente nos proponen los arqueoastrónomos. Pero, precisamente por eso, es previsible que su hipótesis recibirá de nuevo una lluvia de críticas, como ocurrió en su día con su teoría de la correlación de Orión.

En cualquier caso, e incluso deteniendo nuestra mirada sólo en los trabajos más ortodoxos, es evidente que la relativamente joven disciplina de la arqueoastronomía comienza a recibir la atención que le había sido negada durante años. Una circunstancia que, en el caso de las construcciones egipcias, es todavía más destacada. Suele decirse que gran parte de los tesoros arqueológicos egipcios esperan a ser desenterrados por los arqueólogos. Haciendo un símil, podríamos decir que los mayores secretos arqueoastronómicos de la fascinante civilización faraónica siguen aguardando, pacientes e imperturbables, a que elevemos nuestra mirada a las profundidades del Cosmos. Sólo hay que hacerlo en la dirección correcta.

ANEXOS

DIOSES, ESTRELLAS Y CONSTELACIONES
La relación de la religión egipcia con los astros del firmamento va mucho más allá de las orientaciones astronómicas de los templos o de los calendarios. Desde los albores de su civilización, los antiguos egipcios asociaron a algunos de sus dioses con cuerpos celestes concretos, con la peculiaridad de que en muchos casos una sola divinidad podía ser al mismo tiempo identificada con varios astros. Como es evidente por las referencias artísticas y documentales dejadas a su paso, el Sol ocupó el primer lugar entre el panteón egipcio. Ya desde las primeras dinastías estuvo asociado al dios halcón Horus, recibiendo el nombre de Ra. Su importancia fue tal que muchos monarcas lo añadieron a sus nombres, como es el caso de Jafra (Kefrén, en griego), Dyedefra (Didufri) o Menkaura (Micerinos), algo similar a lo que ocurrió con otros dioses, que también añadieron el mismo sufijo: Amon-Ra (El Oculto) o Sobek-Ra (el dios cocodrilo).

La diosa Nut.

La diosa Nut. (Crédito: Wikipedia)

En cuanto al resto de dioses más célebres, Osiris fue identificado con Sah, que se correspondía con las tres estrellas del cinturón de Orión. Además, también se le reconocía en el planeta Venus. Por su parte, la diosa Isis era citada en los Textos de las Pirámides como la estrella Sepedet, nuestra actual Sirio. Por otra parte, Taueret –la diosa hipopótamo benefactora de las embarazadas–, era conocida como la “misteriosa del horizonte”, y se correspondía con la constelación del hipopótamo. Horus, además de su papel como astro rey, durante la noche podía relacionarse también con Marte, y con la constelación de Anu. Finalmente, el malvado Seth se identificaba con Mercurio cuando está en poniente, y también con Mesjetiu, la “Pata de Buey”. No menos importante era la diosa Nut, representada en numerosas ocasiones en las techumbres de tumbas y templos, y que ha sido tradicionalmente interpretada como una plasmación de toda la bóveda celeste, aunque algunos autores señalan que podría tratarse de una personificación de la Vía Láctea.

ZODIACOS Y TECHOS ASTRONÓMICOS
En ocasiones, las sorpresas astronómicas se encuentran en el interior de templos o tumbas y, más concretamente, en el techo de estos recintos. El lugar de enterramiento del faraón Seti I constituye uno de los ejemplos más hermosos, pues la bóveda de su tumba está decorada con varias constelaciones egipcias. Allí es posible reconocer a Mesjetiu, “la Pata de Buey” asociada a Seth, y también a sus enemigos Horus e Isis, representados por sus formas astrales. También aparece la Vía Láctea y tras ella, las representaciones de Sah (Osiris) y Sepedet/Sirio (Isis).

Fragmento del techo de la tumba de Seti I.

Fragmento del techo de la tumba de Seti I.

Otro ejemplo, muy conocido por encontrarse hoy en el parisino Museo del Louvre, es el llamado Zodiaco de Dendera. Esta llamativa pieza en relieve fue trasladada a Francia en el siglo XIX desde el templo de Hathor en Dendera y representa el cielo nocturno como un disco sostenido por cuatro mujeres y varios seres con cabeza de halcón. En este caso, la representación está influida por la fecha de la realización de la obra (siglo I a.C.), en una época de influencia grecorromana. Así, encontramos plasmados a los signos del zodiaco, pero también la “Pata de Buey”, Sah (Osiris), la “Vaca celeste” (Isis), además de otras figuras animales, correspondientes a sendas constelaciones. Para algunos autores, este zodiaco representaría un momento concreto del firmamento, datado en el año 51 a.C., coincidiendo con un eclipse de sol, que fue visible desde Egipto.

El Zodiaco de Dendera.

El Zodiaco de Dendera. (Crédito: R.M.N./H. Lewandowski / Museo del Louvre)

Otro ejemplo de zodiaco en un techo astronómico es el de la tumba de Senenmut, arquitecto de la reina Hatshepsut, aunque en este caso su interpretación supone un desafío mayor para los egiptólogos y arqueoastrónomos, pues posee una complejidad muy elevada.

ASTROLOGÍA EN EL ANTIGUO EGIPTO
Los egipcios tampoco fueron ajenos a las creencias astrológicas, y así ha quedado evidenciado en ciertas ocasiones. Una de ellas, citada por el egiptólogo Rolf Krauss, del Museo de Prehistoria de Berlín, procede de varias inscripciones en la roca, realizadas en torno al 1200 a.C. En aquella época gobernaba el faraón Merneptah, quien tuvo que enfrentarse en una contienda contra Libia, saliendo victorioso. Un desenlace que ya había sido anticipado por “los que observan las estrellas”, quienes anunciaron la victoria, tal y como se recoge en las citadas inscripciones. Krauss menciona también la existencia de un zodiaco del siglo XIII a.C., en el que se hace un vaticinio para cada día del año, y donde se pueden leer frases como esta: “El día 164 no dejes tu casa por la mañana, porque es cuando Seth (Mercurio) aparece en la proa de la barca del dios Sol, y lucha con el demonio Apophis”.

Más información:

-BELMONTE, Juan Antonio. Las leyes del cielo. Ed. Temas de hoy. 1999.

-BELMONTE, Juan Antonio y HOSKIN, Michael. Reflejos del Cosmos. Equipo Sirius S. A. 2002.

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Apolo 11: Objetivo la Luna

Posted on 30 junio 2009 by Ramón Salvador Hernández

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Puede que muchos se sorprendan, pero el calendario no engaña. Por asombroso que parezca, este mes de julio de 2009 se cumplen 40 años de la que es, sin duda, una de las mayores hazañas de la historia de la Humanidad: la llegada del hombre a la Luna. Para celebrar un aniversario tan destacado, en Planeta Sapiens hemos preparado un especial que rememora el largo camino científico que culminó con el alunizaje de la misión Apolo 11 en suelo lunar.

Julio de 1945. Con la inminente derrota del ejército nazi por parte de los aliados, y dando por finalizada la Segunda Guerra Mundial, americanos y rusos emprendieron una silenciosa y rápida lucha por apoderarse de los científicos e ingenieros alemanes artífices del desarrollo de tecnologías muy superiores a las que disponían entonces los aliados. A través de una misión secreta denominada Operación Paperclip, la inteligencia norteamericana autorizó a sus militares y espías a capturar a los científicos nazis que habían desarrollado la avanzada cohetería alemana. Los norteamericanos fueron los primeros en llegar a las instalaciones de Mittelwerk, unas siniestras e improvisadas galerías subterráneas donde el ejército nazi disponía de la mayor planta de ensamblado del famoso y letal misil supersónico V2. Un arma temible que, con algo más de tiempo, quizás habría podido dar un giro distinto a la guerra, favoreciendo al ejército de Hitler.

Los científicos de la Operación Paperclip

Los científicos de la Operación Paperclip.

Wernher Von Braun –quien fuera padre del V2 y principal artífice del desarrollo de la cohetería alemana– se entregó libremente junto a 500 de sus colaboradores, pactando la amnistía por los crímenes en los que participaron a cambio de pasar a formar parte de las filas del personal técnico del ejército de los EE.UU. Fue un acuerdo a espaldas del  pueblo estadounidense, que años después se escandalizaría al descubrir quiénes eran esos “colaboradores”. Pero pese a su oscuro pasado –llegó a formar parte de las temibles SS–, Braun, ingeniero mecánico doctorado en física, se convertiría en el verdadero artífice de los logros de la carrera espacial norteamericana.

Algunos años después, en la década de los 60, los duros tiempos de la guerra fría, EE.UU. y la URSS se batían sin piedad en un campo de batalla diferente al de la guerra: la conquista por el espacio. Las primeras batallas fueron sin duda ganadas por la Unión Soviética, tras la puesta en órbita, el 4 de octubre de 1957, del primer satélite espacial, el Sputnik y con el primer vuelo orbital tripulado por Yuri Gagarin, el 12 de abril de 1961. Ante la momentánea victoria soviética por la meta espacial, el honor americano estaba tocado, pero todo sufrió un giro con las palabras que el presidente John F. Kennedy pronunciaría en un apasionado discurso ante el pueblo americano un 25 de mayo de 1961: “Creo que esta nación debe de enfrentarse al reto, antes del final de esta década, de hacer que un hombre aterrice en la luna y de traerlo a salvo de vuelta”.

Vídeo del vuelo de Yuri Gagarin, a bordo de la nave Vostok 1.

Dicho y hecho. El reto estaba lanzado y era aparentemente irrealizable, pues debía desarrollarse la tecnología necesaria para colocar, en menos de 9 años, a un hombre sobre la superficie lunar. Pero la carrera norteamericana para la conquista de la Luna ya había comenzado tres años atrás con el programa Mercury.

LOS SIETE DEL MERCURY
El 7 de octubre de 1958, la recién creada National Aeronautics and Space Administration (NASA) anunció su programa Mercury, un ambicioso programa espacial al que le seguirían el programa Gemini y, finalmente, el programa Apolo, que culminó con el viaje tripulado a la Luna. Los objetivos del programa Mercury eran tres:

-Colocar una nave espacial tripulada en vuelo orbital alrededor de la Tierra.
-Estudiar el rendimiento humano en dichas condiciones.
-La recuperación de la nave espacial y de su tripulación en condiciones de seguridad.

La NASA constituyó un variado comité de selección formado por ingenieros, pilotos de pruebas, médicos, psicólogos y psiquiatras. Este comité entrevistó a 508 pilotos de pruebas, que fueron sometidos a un filtro de durísimas pruebas físicas, médicas y psicológicas. Tan sólo siete de ellos fueron los elegidos, a quienes la prensa del momento denominaría, de forma bastante comercial como “Los 7 magníficos del Mercury” (Alan Shephard, Gus Grissom, Gordon Cooper, Walter Schirra, Deke Slayton, John Glenn y Scott Carpenter). Aquellos hombres se convertirían en los primeros héroes del programa espacial estadounidense.

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“Los Siete del Mercury” (Crédito: NASA)

Los “siete del Mercury” tuvieron que pasar durísimos entrenamientos que pretendían desvelar ciertas incógnitas sobre el comportamiento humano en determinadas situaciones límite: la agobiante claustrofobia en el interior de la diminuta cápsula espacial, los efectos de la soledad en el sistema nervioso y en el comportamiento, así como diversos ensayos sobre el indispensable traje presurizado, las reacciones del astronauta a la atmósfera artificial de oxígeno puro a baja presión y otros muchos datos, indispensables para abrir el camino a las posteriores misiones Gemini y Apolo.

Tras un par de vuelos de preparación y ensayos tripulados por un chimpancé llamado Ham y por un maniquí que respiraba, el 5 de mayo de 1961 el comandante Alan B. Shepard se convertiría en el primer astronauta norteamericano en ganarse su título, habiendo alcanzado su cápsula una altura de 186 Km (el título se atribuye  a quien haya logrado alcanzar la cota de 80 Km). Con su Mercury 3, que posteriormente sería rebautizada como Freedom 7 y colocada sobre un misil Redstone, Shepard permanecería en vuelo durante 15 minutos y 22 segundos antes de amerizar en el Atlántico habiendo realizado un vuelo suborbital. Un tiempo relativamente corto, pero suficiente para demostrar la capacidad de tripular manualmente una astronave en ausencia de gravedad.

No sería hasta nueve meses más tarde, el 20 de febrero de 1962 cuando su compañero John Glenn, con su Mercury 6, se convirtiese en el primer estadounidense en orbitar la Tierra, repitiéndose así la hazaña de su homólogo soviético Yuri Gagarin. Al vuelo de Shepard le seguirían cinco más, tripulados por cinco de sus compañeros, al ser retirado del programa Deke Slayton, debido a una afección cardiaca. La carrera entre soviéticos y americanos por la conquista de la Luna acababa de empezar…

PROGRAMA GEMINI, “LOS GEMELOS”
El Programa Gemini, llamado así en honor a la constelación del zodiaco, fue anunciado oficialmente el 3 de enero de 1961. Para entonces el Programa Mercury se encontraba en su ecuador, pero los ingenieros de la NASA comenzaban ya a idear lo que sería la continuación y evolución de la tecnología necesaria para alcanzar nuestro satélite natural. Con una cápsula espacial más amplia, basada en el diseño del Mercury, con capacidad para dos tripulantes y una mayor maniobrabilidad, tres serían los grandes logros que proporcionarían sus doce misiones: tener capacidad vital para vuelos de hasta dos semanas, la realización de los primeros paseos extravehiculares (EVA) y la capacidad de maniobrar la nave en el espacio, con el objetivo de poder variar la órbita y de poder acoplarse con otros vehículos, lo que se denominaría como el rendez-vous espacial.

Tras las dos primeras misiones Gemini, no tripuladas, la Gemini 3 se convertiría en la primera expedición al espacio con dos tripulantes. A bordo estaban Virgil Grissom (astronauta de la Mercury 4) y John Young. Ambos demostrarían con su vuelo que gracias a los cohetes de la nueva nave el hombre nunca más tendría que estar encadenado a una órbita. A la Gemini 3 le siguió la 4, y con el mismo éxito que su predecesora marcaría otro hecho histórico. Edgard White se convertiría en el primer ser humano en pasearse por el espacio con un traje provisto de un equipo de soporte vital.
El rendez-vous, clave esencial para las posteriores misiones Apolo y absolutamente necesario para realizar el alunizaje y regreso de la Luna, se logró con la Gemini 6, tripulada por Walter Schirra y Thomas Stafford. Ambos alcanzarían en órbita a sus compañeros James Lowell y Frank Borman, de la Gemini 7, y volarían en formación durante cinco horas. A partir de entonces, ya era posible reabastecer y socorrer a una misión espacial.

La culminación final del rendez-vous, con el primer acoplamiento de dos vehiculos espaciales –maniobra conocida como docking– se produciría el 16 de marzo de 1966 gracias a Neil Armstrong y su colega David Scott, quienes atracarían su Gemini 8 al cohete Agena, lanzado previamente. La Luna estaba cada vez más cerca…

Con el programa Apolo como culminación de los anteriores Mercury y Gemini, Estados Unidos alcanzó la tecnología necesaria para poner a un hombre en orbita lunar, hacerlo descender sobre la superficie lunar y traerlo sano y salvo a la Tierra. Las misiones Apolo 7 y 9 tan sólo orbitarían la tierra y pondrían a prueba los sistemas de mando, el cohete Saturno y los módulos lunares con los que se alcanzaría la superficie del satélite. Borman, Lovell y Anders, con su Apolo 8, alcanzarían la órbita lunar y se convertirían en los primeros seres humanos que alcanzaban un nuevo mundo.

El 18 de mayo de 1969, con el Apolo 10, se consiguió el primer rendez-vous sobre órbita lunar, tras haber descendido su módulo a tan sólo 15 km de la superficie de la Luna y haber recuperado nuevamente la órbita, consiguiendo atracar exitosamente con el módulo de mando. La misión del Apolo 10 iba a ser crucial, pues debía tomar las fotos de los posibles emplazamientos para realizar el alunizaje del Apolo 11., además de probar de forma real el comportamiento del módulo lunar fuera de la gravedad terrestre. A partir de este momento, tan sólo seis misiones y doce hombres (los que formarían el club más exclusivo del mundo) lograrían alcanzar y pisar la Luna.

UN PEQUEÑO PASO PARA EL HOMBRE…
16 de julio de 1969. Sobre la plataforma de lanzamiento de Cabo Cañaveral se erguía la impresionante estampa del Saturno V, el mayor vehículo jamás construido. Von Braun, el antiguo científico nazi, se había convertido en el máximo responsable del programa espacial estadounidense y, junto a su equipo, estaban a punto de proporcionar a su país de adopción el triunfo en la carrera espacial frente a los soviéticos.

Ese mismo año, Boeing, uno de los fabricantes que participó en el diseño y construcción del Saturno V, había presentado al público su Jumbo 747, el avión comercial más famoso y más grande del mundo. El Saturno V, con sus más de 110 metros de altura, casi 11 de diámetro y 3.000 toneladas de peso (diez veces el peso de un 747), sería el encargado de sacar a la tripulación del Apolo 11 fuera de la atracción terrestre y llevarla a la Luna.

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Armstrong, Collins y Aldrin. (Crédito: NASA)

El comandante Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins se convertirían en los protagonistas del esfuerzo realizado por más de 400.000 personas y una inversión de 15.000 millones de dólares de la época, destinados a hacer realidad la aventura más inalcanzable y soñada por la Humanidad. Con una tecnología electrónica incipiente y los medios tecnológicos de hace cuatro décadas tres héroes estaban a punto de mostrar al mundo de lo que el ser humano era capaz…

A las 10:32 a.m., y con el temor de los técnicos y la ignorancia por parte de la tripulación de un posible accidente debido a un escape de hidrógeno, el Saturno V abandonó sin problemas su rampa de lanzamiento en Cabo Kennedy. El encendido y posterior eyección de las dos primeras etapas del cohete tras devorar las más de 2.000 toneladas (aproximadamente el contenido de una piscina olímpica) de combustible, propulsaron durante 10 minutos y 30 segundos  la nave, separándola de la atracción terrestre y ubicándola finalmente en una órbita de espera a 185 kilómetros de altitud y con una velocidad de 27.000 Kms/h., donde la tripulación procedería al calibrado y preparación de equipos.

Con los equipos listos y tras el correspondiente check list, los astronautas procedieron al encendido de la tercera y última etapa, proporcionando un impulso a la nave en una maniobra que se conoce con el nombre de “inyección translunar”, y que de forma progresiva la aceleraría hasta alcanzar los 45.000 Kms/h con rumbo a la Luna. Acababa de comenzar un viaje de 400.000 kilómetros  y cuatro días. Tras agotarse el combustible de la tercera de las etapas desprenderse, se procedió a una maniobra de transposición. La nave constaba de 3 módulos:

-El módulo de mando Columbia (CM Command Module), era la cápsula con forma cónica en la que los astronautas eran transportados y servía de puesto de control.
-El módulo de servicio, ensamblado al módulo de mando, albergaba los equipos eléctricos, tanques de oxígeno y sistemas de propulsión secundaria y de maniobra.
-Por último, el módulo lunar, LEM Eagle (Águila), era una nave con patas de araña, incapaces de soportar el peso en gravedad terrestre y sin ningún perfil aerodinámico, pues estaba diseñada para maniobrar en estado de ingravidez. Este sería el vehículo con el que se realizaría el alunizaje y posterior despegue desde la Luna con dos de los tres tripulantes a bordo.

El módulo lunar, LEM, se hallaba entre la tercera etapa del cohete y el módulo de servicio, protegido bajo unas planchas que conformaban un carenado cónico, las cuales serían desprendidas mediante pequeñas detonaciones. La maniobra de transposición consistía en colocar el LEM delante del módulo de mando para de esta forma quedar alineado con él y por último el módulo de servicio, que disponía del único cohete principal que posicionaría finalmente a la nave en la órbita lunar correcta y se encargaría de retornar la tripulación a la Tierra. Una vez concluida la maniobra de transposición, se procedió a desprender la tercera etapa del Saturno V. La nave “estaba suelta” y preparada para un viaje en solitario que duraría tres dias más hasta alcanzar la Luna.

Durante los siguientes tres dias, la tripulación se dedicó a la revisión de los instrumentos y a la realización de correcciones en el rumbo. Pero entre los rutinarios trabajos de comprobaciones, sucedió algo inusual: extraños sonidos y constantes interferencias se introducían en el canal VHF de comunicación con Control sin razón aparente. Además, los astronautas tuvieron la extraña visión de algo que describirían como “una imagen con forma de maleta abierta y que al tiempo cambiaría su forma para parecerse a dos anillos unidos que finalizarían en forma de cilindro”. Nunca se supo de qué se trataba, pero se especuló con la posibilidad de que fuesen los restos de la tercera etapa del Saturno V, que dos días antes habían quedado abandonados en la inmensidad del espacio.

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El Eagle alejándose del Columbia. (Crédito: NASA)

El viaje prosiguió y los dos primeros días la nave fue perdiendo velocidad de forma natural debido a la disminución de la fuerza de atracción de la Tierra. El Apolo se alejaba de casa, pero pronto se aceleraría de nuevo con la ayuda de la gravedad lunar, cuya proximidad era cada vez mayor. El Apolo se encaminaba a 9.000 kms/h hacia la Luna en una trayectoria que se conoce por el nombre de “Trayectoria de regreso libre”, y que conllevaba el paso de la nave por detrás de la Luna y el regreso a la Tierra como si de una honda se tratase, sin la más mínima utilización de motores, si nada lo impedía.

Una vez la nave hubo alcanzado la Luna, en su paso por la cara oculta y habiendo perdido toda comunicación con el control de la misión por el efecto pantalla del satélite, los tripulantes del Apolo 11 se dispusieron a frenar la nave con el encendido del motor del módulo de servicio, logrando así posicionarse sobre una órbita lunar que les serviría como plataforma de descenso y permitiría el alunizaje.

Cuando el Apolo trazó la decimotercera órbita lunar había llegado el momento adecuado. Neil Armstrong, de 38 años de edad y comandante de la misión y Buzz Aldrin, 39 años y piloto del módulo lunar, tomaron sus puestos en el LEM. En ese momento Michael Collins, piloto del módulo de mando Columbia, procedió a “desenganchar” a sus compañeros, accionó los cohetes de posición del Columbia con el fin de alejarse y dar vía libre a sus compañeros para proceder con el delicado descenso. El gran momento había llegado…

Neil inició unas repetitivas ráfagas con el motor del Eagle y el módulo comenzó a descender suavemente, alcanzando una altura de 15 kilómetros. Desde el control de la misión se concedió el visto bueno para continuar, comenzando un nuevo encendido: el Eagle desciende, Neil pasa a modo automático, y un primitivo y muy rudimentario ordenador guía a los dos hombres hacia la zona de alunizaje, prevista a seis kilómetros de altitud y veinte de distancia. Todo parece ir sobre ruedas pero, de pronto, el oficial de guiado alerta a Gene Kranz, director de vuelo: van demasiado deprisa. Neil, pasa el ordenador a modo semiautomático y se hace con el control de la nave. La zona de aterrizaje prevista había sido sobrepasada y el ordenador los había guiado hasta un gran cráter rodeado de rocas. Con el control bajo las manos de Armstrong y su compañero Buzz indicándole las lecturas de altura del radar de superficie, ambos consiguen posar suavemente la nave sin sufrir ningún desperfecto. Por fin, sanos y salvos, y al sur del Mar de la Tranquilidad, sobre la Luna. En la sala de control se hizo el silencio durante unos segundos. De pronto, un sonido atronó por los altavoces:

-Houston… Aquí Base Tranquilidad, el ‘Águila’ ha alunizado.

Todos respiraron tranquilos, pero, entre felicitaciones y abrazos, un peligro se cernía sobre ellos. Debido al fallo de la computadora, el Eagle había consumido demasiado combustible, lo que aumentaba más la incógnita de si el motor del LEM volvería a encenderse. Con la premura “de ser los primeros”, el motor no se había perfeccionado lo suficiente, así que Armstrong y Andrin sólo contarían con un 50% de posibilidades y con el combustible tan escaso no podrían hacer muchas pruebas. Si no lograban, nadie podría ir en su rescate.

Mientras, en la Tierra, millones de personas se reunían frente a los televisores. Ningún otro suceso histórico había logrado emocionar a tanta gente en el mundo. En ese momento, razas y religiones no importaban. El hombre había llegado a La Luna, y la Humanidad se sentía unida. En el Eagle, la tripulación recibió la llamada telefónica de mayor distancia jamás realizada. Al otro lado del teléfono se encontraba el presidente Richard Nixon, quien les felicitó en nombre de la Humanidad con un mensaje de paz y unidad entre todos los pueblos por la hazaña que habían realizado y que tan sólo nueve años antes John F. Kennedy había prometido convertir en realidad.

Tras cinco horas de revisiones de la nave y los preparativos necesarios para el histórico paseo lunar, los dos astronautas se dispusieron a descender. Pero un último e inesperado problema parecía a punto de truncar sus planes: la escotilla no se abría. No habían tenido en cuenta la diferencia de presión entre el interior y el exterior de la nave y la falta de presión en el interior creaba un vacío que mantenía la escotilla bloqueada. Tras quince ninutos de continuos forcejeos, Aldrin logró abrir la escotilla y dio paso a su compañero Neil Armstrong, quien haría realidad el sueño que Julio Verne plasmó cien años antes en su famosa novela De la Tierra a la Luna.

Aldrin en la superficie lunar / Crédito: NASA

Aldrin sobre la superficie lunar. (Crédito: NASA)

A las 2:56 del 21 de julio de 1969 (Hora UTC) y al sur del Mare Tranquilitatis, Neil Armstrong descendió por la escalerilla de la primera nave espacial en alunizar, convirtiéndose en el primer hombre que pisaba la Luna. Un momento histórico acompañado por unas palabras, las que pronunció al dejar su primera huella, que serían recordadas por las generaciones venideras: “Un pequeño paso para un hombre, un gran salto para la Humanidad”. El segundo humano en pisar la polvorienta superficie de nuestro satélite fue Buzz Aldrin, quien con sus palabras: “Bonito… bonito… Una magnífica desolación”, trató de transmitir lo que se siente al estar allí arriba, solo. El paseo lunar se prolongó durante catorce horas, tiempo suficiente para que los dos astronautas plantaran la bandera estadounidense, recogieran 22 Kgs de rocas lunares, realizaran varios experimentos científicos y ubicaran diversos instrumentos de medición geológica sobre la Luna. Unos instrumentos que, entre otras cosas, sirven hoy para demostrar a los apoloescépticos que todo fue realidad, que el hombre sí llegó a la Luna.

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Una vez finalizados los trabajos, se dirigieron de nuevo a la nave. Michael Collins les esperaba a bordo del módulo Columbia en órbita lunar a 100 kms de altitud. Pero ocurrió un nuevo contratiempo. Al salir de la angosta nave, Armstrong se había enganchado sin saberlo a uno de los interruptores necesarios para el encendido del cohete del módulo lunar, rompiéndolo. Afortunadamente para ambos Aldrin conseguiría reparar el interruptor con un trozo de un simple bolígrafo que siempre conservaría.

Tras 13 horas en el LEM, algunas horas de sueño y una concienzuda comprobación de todos los sistemas, comunicaron a Control que estaban preparados para “encender”. A pesar de las dudas, el motor principal entró en ignición y la etapa de ascenso comenzó a elevarse, abandonando sobre la superficie lunar la etapa inferior. Siete minutos tras el despegue y alcanzada la órbita del Columbia, tendrían que esperar tres horas y media hasta realizar la aproximación. Volando en formación y con la ayuda de los cohetes estabilizadores del módulo Eagle, el comandante Armstrong logró el atraque del Eagle con el Columbia.

Tras pasar ambos tripulantes al módulo de mando junto a las muestras recogidas, el LEM fue abandonado a su suerte hasta precipitarse contra la superficie lunar. Los tres tripulantes se prepararon y el Columbia inició su maniobra de Inyección Transtierra, consistente en el encendido durante dos minutos y medio del cohete del módulo de servicio. Impulso que sería suficiente para lanzar a la nave y sus tripulantes en una trayectoria de caída a la Tierra.

Sesenta horas más tarde, el módulo de servicio se separaba del Columbia, quedando el módulo de mando a merced de la gravedad terrestre. Éste entró en nuestra atmósfera con una velocidad de 40.000 Kms/hora, frenando hasta varios cientos de kilometros/hora gracias al rozamiento y al escudo térmico que los salvaría de morir abrasados a 3.000 Cº. Las comunicaciones con control se interrumpieron durante los minutos de la reentrada, debido al apantallamiento de la cápsula por la ionización del aire que se producía por el alto rozamiento. Mientras, los equipos de rescate aguardaban impacientes una señal en el cielo. De pronto, la figura de tres grandes paracaídas sobre el cielo azul precipitaron con suavidad la cápsula espacial sobre el Pacífico.

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En aquellos instantes históricos, el mundo entero observó atónito la proeza que acababa de tener lugar: el ser humano había llegado a la Luna, regresando después sano y salvo a su hogar. Pese al éxito, en la memoria de quienes participaron en la aventura lunar quedaba el grave accidente sufrido por los tres astronautas del Apolo 1, que fallecieron a causa de un incendio. Y no mucho más tarde, otra misión, la del Apolo 13, tendría que ser abortada por culpa de la explosión de uno los depósitos de oxígeno, obligando a la tripulación a regresar a la Tierra en la que sería una de las mayores odiseas jamás televisadas y seguidas por gentes de todo el planeta. El Programa Apolo y sus viajes tripulados a la Luna acabó el 7 de diciembre de 1972, con la misión Apolo 17. Desde entonces la Luna no ha vuelto a ser visitada.

** En memoria de aquellos doce valientes que tuvieron la suerte de poder pisar la Luna y de todos aquellos que, sin haber llegado a pisarla, permitieron con su esfuerzo y sacrificio que un gran sueño de la Humanidad se hiciera realidad.

Crédito imágenes: NASA.

Entradas relacionadas: Las fotos olvidadas de la misión Apolo 11.

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El vudú visto a través del objetivo

Posted on 30 junio 2009 by Redacción

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Hace ya algunos días que los medios de comunicación difundieron la noticia pero, puesto que la fotografía es una de las grandes pasiones de quienes hacemos Planeta Sapiens, no queríamos dejar de reseñar aquí el nombramiento de Cristina García Rodero como miembro de pleno derecho de la prestigiosa agencia fotográfica Magnum. García Rodero se convierte así en el primer representante de la fotografía española en alcanzar una posición tan elevada dentro de la agencia, fundada en 1947 por reporteros de guerra como los míticos Robert Capa, David Seymour o Henri Cartier-Bresson, entre otros.

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La carrera fotográfica de Rodero ha viajado siempre en torno a las creencias, que ha sabido captar de forma magistral a través de sus objetivos. En 1989 publicó España oculta, una colección de imágenes sobre la religiosidad española, fruto de más de 16 años de trabajo. De las huellas arraigadas del catolicismo español dio el salto al vudú, culto sincrético de rituales africanos y católicos que plasmó en Rituales en Haití. Una incursión americana que completó con María Lionza, la diosa de los ojos de agua, que refleja “la creencia precolombina que impregna la espiritualidad de la sociedad venezolana”. Una colección insólita que perfora la retina, con imágenes impactantes de posesiones, trances y magia sobrenatural.

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Os dejamos también un vídeo de la exposición María Lionza, y al final del post encontraréis un enlace a la galería peronsal de la genial fotógrafa española en Magnum, donde podréis disfrutar de cientos de sus fotografías. Todo un regalo para la vista. Desde aquí, nuestra más sincera enhorabuena a Cristina.

-Página personal de Cristina García Rodero (Magnum).

Copyright fotografías: Cristina García Rodero / Agencia Magnum.

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El arma secreta de Hitler

Posted on 25 junio 2009 by Redacción

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En los últimos meses de la II Guerra Mundial, los servicios de inteligencia del ejército de EE.UU. pusieron en marcha una operación secreta denominada Operación Paperclip, cuya finalidad era “reclutar” a los científicos expertos en armas del Tercer Reich y recuperar algunas de sus creaciones, adelantándose así a la Unión Soviética. Uno de los ingenios recuperados por los estadounidenses en unas instalaciones secretas nazis fue el Horten Ho-229 V3, un prototipo de cazabombardero de aspecto singular, cuyas características demostraban que, de haber dispuesto de más tiempo, la Luftwaffe alemana habría puesto en serios aprietos a los aliados y, quién sabe, quizás habría cambiado el curso de la guerra.

El próximo domingo 29 de junio, la cadena de televisión National Geographic emitirá en primicia un documental en el que analizan con detalle aquella oscura etapa, en la que se mezclan historias de espionaje, guerra y desarrollos científicos secretos. El programa (cuya fecha de emisión en otros países todavía está por determinar) no sólo profundiza en aquellos sucesos, sino que va más allá, llegando a construir uno de estos prototipos a escala real, usando los mismos materiales que existían en los años de la II Guerra Mundial, y realizando un vuelo de prueba.

© Linda Reynolds / Flying Wing Films

© Linda Reynolds / Flying Wing Films

© Linda Reynolds / Flying Wing Films

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A continuación os dejamos un avance del documental. En el minisite dedicado al documental podéis encontrar otros vídeos, así como un variado material audiovisual para ir abriendo boca hasta el estreno del programa.

Fuente: National Geographic TV

Créditos imágenes: © Linda Reynolds / Flying Wing Films

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Las fotos olvidadas de la misión Apolo 11

Posted on 24 junio 2009 by Redacción

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Falta menos de un mes para que, el 16 de julio próximo, se cumpla el 40 aniversario del lanzamiento de la misión Apolo 11 de la NASA, que culminó con el célebre aterrizaje sobre la superficie lunar. En numerosos medios de comunicación (tanto impresos como digitales) comienzan a aparecer especiales que rememoran uno de las mayores logros científicos de la Humanidad, y es de esperar que hasta la fecha del aniversario estos homenajes vayan en aumento. En Photo of the Day, un magnífico espacio digital dedicado a recoger fotonoticias, se hacen eco de una serie de 20 instantáneas sobre la misión. Lo especial de estas imágenes es que son tomas poco conocidas de aquellos míticos días, y que muestran momentos quizá no tan trascendentes como la salida del módulo lunar, pero que son igualmente interesantes.

En ellas pueden verse momentos tan dispares como una vista de la sala de control el día 16 de julio –minutos antes del lanzamiento–, imágenes de la multitud reunida junto al Kennedy Space Center para presenciar el histórico suceso, la reentrada de los astrounatas –que cayeron en aguas del Pacífico–, u otras instantáneas tomadas durante la cuarentena a la que fueron sometidos Armstrong, Aldrin y Collins.

A continuación os dejamos algunas de estas fotografías, recuerdo de aquella hazaña, aunque al final del post encontraréis un enlace por si queréis verlas todas en mayor resolución. Constituyen un testimonio realmente interesante.

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El Centro de Control poco antes del lanzamiento del Apolo 11

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Miles de personas se acercaron aquel día hasta el Kennedy Space Center para contemplar el lanzamiento.

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El vicepresidente Spiro Agnew y el ex-presidente Lyndon B. Johnson, observando el lanzamiento.

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Escenas de júbilo en el Centro de Control tras el éxito en el despegue.

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Tras el éxito de la misión, los astronautas del Apolo 11 cayeron en aguas del Pacífico.

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Aldrin, Armstrong y Collins llegan al portaaviones USS Hornet ataviados con trajes de aislamiento biológico.

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“Caravana” en la que fueron trasladados los astronautas –sometidos a cuarentena–, desde Pearl Harbor hasta las instalaciones de la NASA en Houston.

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Los astronautas, dentro del habitáculo de cuarentena, rezando. En el exterior, el presidente Nixon y el comandante del USS Hornet, John Pirrto.

Fuente: 20 forgotten photos from the Apollo 11 mission (Photo of the Day)

Crédito fotografías: NASA

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Una erupción vista desde el espacio

Posted on 24 junio 2009 by Redacción

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El pasado 12 de junio, los astronautas actualmente en servicio en la Estación Espacial Internacional tuvieron la suerte de convertirse en testigos de excepción de un fenómeno natural espectacular: la erupción del volcán Sarychev, en las islas Kuriles.

Volcán Sarychev / Crédito: NASA

(Pinchad sobre la imagen para verla a mayor resolución / Crédito: NASA)

Según explicó un científico de la NASA, Justin Wilkinson, los astronautas lograron captar con sus cámaras el evento gracias a un cúmulo de circunstancias favorables, y en especial debido a la práctica ausencia de viento en la zona aquel día. Las imagen del suceso es tan espectacular que habla por sí sola. Tal y como explican en la página Earth Observatory, de la Agencia Espacial norteamericana, la fotografía es de gran importancia para los vulcanólogos, pues muestra varios fenómenos que suelen producirse en las primeras etapas de erupción de un volcán. Sin duda, un espectáculo sobrecogedor y fascinante, visto desde un ángulo privilegiado.

Fuente: Russian volcano shocks the world (Discovery News)

Más información: Sarychev Peak Eruption, Kuril Islands (NASA Earth Observatory)

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Arañas que vuelven de entre los muertos

Posted on 22 junio 2009 by Redacción

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spiderUn grupo de científicos franceses ha realizado un sorprendente –e inesperado– descubrimiento mientras realizaban una investigación con varias especies de arañas. Los investigadores, pertenecientes a la Universidad de Rennes, estaban realizando un experimento para determinar cuánto tiempo pueden sobrevivir algunas arañas bajo el agua. Para ello sumergieron a 120 hembras de tres especies distintas –dos de ellas de marismas de agua salada y la otra de un bosque– y esperaron para ver cuánto tiempo sobrevivían.

Después de un día, la especie del bosque dejó de moverse, mientras que las dos procedentes de las marismas sobrevivieron durante 28 y 36 horas respectivamente. Dándolas por muertas, los científicos las sacaron del agua para que se secaran y más tarde pesarlas. Fue entonces cuando se produjo lo inesperado: algunas horas más tarde, las arañas “resucitaron” y comenzaron a moverse con normalidad. Los sorprendidos científicos descubrieron que las arañas nunca habían estado muertas realmente, sino que habían inducido sus cuerpos en una especie de coma para poder sobrevivir.

“Es la primera vez que se descubren artrópodos capaces de regresar de un coma a causa de la inmersión”, explicó Julien Pétillon, director de la investigación y experto en arácnidos. Según los expertos galos, cuando las arañas quedan sumergidas en el agua se activa un proceso metabólico que no precisa de oxígeno, permitiéndoles sobrevivir.

Crédito imagen: John Lee

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El tiburón blanco es un auténtico asesino en serie

Posted on 22 junio 2009 by Redacción

{lang: 'es'}

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Desde que Steven Spielberg llevó Tiburón a las pantallas allá por 1975, todo el mundo sabe que el Gran Tiburón Blanco es uno de los depredadores más temibles de la naturaleza. Ahora, un reciente estudio publicado hoy en la revista Journal of Zoology parece demostrar que el Carcharodon carcharias no sólo es un letal asesino, sino que su patrones de caza son prácticamente idénticos a los mostrados por los asesinos en serie humanos.

Utilizando los mismos métodos empleados por los criminólogos mediante la técnica conocida como perfilación geográfica (geographic profiling), los zoólogos descubrieron que los tiburones blancos utilizan una estrategia de caza premeditada similar a la que utilizan algunos asesinos en serie. Para ello, los escualos identifican un lugar desde el que atacar, y después rastrean con cuidado el área circundante en busca de su próxima víctima.

El estudio analizó 340 ataques de tiburón blanco y sus patrones de localización en False Bay (Sudáfrica), tal y como explicaron sus autores, Neil Hammerschalg –de la Universidad de Miami– y Aiden Martin –de la Universidad de Columbia en Vancouver–. Durante el tiempo que duró la investigación, los zoólogos registraron la localización exacta de cada ataque, así como la profundidad y si el ataque había sido exitoso o no. Una vez reunidos todos los datos, consultaron a Kim Rossmo, un experto criminalista de la Universidad de Texas –especializado en perfilación geográfica–, lo que permitió establecer que los Grandes Blancos utilizan una “técnica” similar a los asesinos en serie humanos.

Fuente: Great whites are ‘serial killers’ (BBC)

Crédito imagen: Universal Studios

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Las últimas imágenes de la sonda Kaguya

Posted on 21 junio 2009 by Redacción

{lang: 'es'}

kaguya

El pasado 10 de junio, la sonda Kaguya (o Selene), lanzada por la Agencia Japonesa de Exploración Aeroespacial (JAXA, por sus siglas en inglés) en septiembre de 2007, impactó finalmente en la superficie lunar. El objetivo de la misión, una de las más ambiciosas en cuanto a la investigación de la Luna desde las misiones Apolo, consistía en estudiar a fondo nuestro satélite, tanto su formación y evolución, como todo lo relativo a su composición, o su campo gravitatorio. Hasta prácticamente el último segundo, la sonda continuó tomando fotografías de la Luna, unas imágenes espectaculares que acaban de ser publicadas por la JAXA, y que ofrecen una perspectiva lunar pocas veces vista.

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Como podéis ver, se trata de una secuencia realmente llamativa, en la que la Kaguya va aproximándose cada vez más a la superficie lunar, hasta que finalmente entra en un cráter, y todo se vuelve oscuro. El lugar de impacto está próximo a los 65.5° de latitud sur y 80.4º de longitud Este lunar.

Actualización: El suceso también fue captado en vídeo por una de las cámaras de Alta Definición de la Kaguya. Está disponible en youtube. Si las fotografías son increíbles, el vídeo es realmente sorprendente:

Durante los casi 20 meses que el ingenio japonés ha estado trabajando ha obtenido un suculento “botín” de datos científicos que servirán, además de para ampliar nuestros conocimientos sobre el satélite, para preparar en mejores condiciones un futuro regreso a la Luna. Algunas de las imágenes captadas por la sonda, como este vídeo que os dejamos a continuación (puede verse en Alta Definición) mostrando la Tierra vista desde la Luna, son realmente hermosas.

Las fotografías pueden verse en alta resolución aquí.

Fuente: Livescience

Más información:

Japanese probe set to crash into the Moon (New Scientist)

Fin de viaje para la sonda Kabuya (Microsiervos)

Créditos fotografías y vídeo: JAXA

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El busto de Nefertiti, una falsificación

Posted on 20 junio 2009 by Redacción

{lang: 'es'}

NefertitiLos miles de visitantes que acuden diariamente al Altes Museum de Berlín (Alemania) suelen detenerse con atención en la sala del museo donde se expone un hermoso busto egipcio que representa a la célebre reina Nefertiti. Sin embargo, esta escena podría dejar de repetirse pronto si llega a confirmarse una incómoda hipótesis –especialmente para el museo– del historiador del arte suizo Henri Stierlin.

Según este estudioso, la estatua, realiza en piedra, no sería realmente egipcia, sino una obra realizada en 1912 para probar los pigmentos pictóricos utilizados por los antiguos egipcios. En opinión de Stierlin –un experto reconocido en arte egipcio, con más de una docena de obras sobre el particular–, la pieza fue un encargo del arqueólogo alemán Ludwig Borchardt a un artista llamado Gerhardt Marks. Al parecer, todo se habría debido a una confusión y no a un intento deliberado de fraude.

En diciembre de 1912, durante la visita de un príncipe alemán a las excavaciones, éste creyó que se trataba de una pieza antigua y Borchardt, temiendo ridiculizar al príncipe, no lo sacó de su error. Fue así como se perpetuó la idea, hasta llegar a nuestros días. Para apoyar su hipótesis –en la que ha trabajado durante 25 años– Stierlin señala que el busto carece de ojo izquierdo, “un insulto para un antiguo egipcio, quien creía que la estatua era la persona misma”. Además, explicó, los hombros de la figura fueron tallados verticalmente –cuando la costumbre egipcia era hacerlo horizontalmente–, en un estilo practicado en el siglo XIX. Por otra parte, los arqueólogos franceses que trabajaban en el lugar donde supuestamente apareció la pieza en el lugar donde supuestamente apareció la pieza nunca mencionaron su hallazgo, algo extraño dada su importancia.

Crédito fotografía: Arkadiy Etumyan

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