Nuestro compañero Alberto de Frutos (Madrid, 1979) ha publicado recientemente su última obra, La soledad dejó de ser perfecta (Editores Policarbonados), una recopilación de 14 cuentos cortos, escritos entre 2001 y 2010 y en su mayoría premiados en diversos certámenes literarios, como el Fernando Quiñones de Cádiz, el María Moliner de Madrid o el de El País Aguilar de relatos de viajes.
Se podría pensar que reunir en un solo volumen historias de tan diversa procedencia y escritas en épocas tan alejadas en el tiempo daría como resultado una obra desigual o de lectura difícil. No es el caso. Desde sus primeras obras, Alberto de Frutos ha mantenido un estilo y unos intereses muy homogéneos, cualidades que hacen del libro un todo unitario.
¿Cuáles son las características de ese estilo y qué obsesiones mueven al autor? En el primer caso, un cuidado exquisito de la palabra y una probada capacidad de introspección en la vida y la sensibilidad más profunda de los personajes, que no son sino bocetos de personalidades comunes y reconocibles en nuestro día a día. En el segundo, y como delata su propio título, las grandes emociones humanas, como la soledad, el paso del tiempo, la insatisfacción ante un presente siempre defectuoso, y, por tanto, la búsqueda en el recuerdo de un pasado mejor o de un futuro que podemos imaginar a nuestro antojo.
A De Frutos le interesan la vida y sus consecuencias, la parte más humana de nuestro comportamiento y de nuestro pensamiento: esa faceta que nos separa al mismo tiempo de los animales y de los dioses llamada sensibilidad.
No falta el humor entre sus páginas, como tampoco el drama o la tragedia. Al igual que nosotros, los relatos –o los actores de los relatos– tienen múltiples lecturas que los explican. Esa es una de las grandes virtudes de este libro, dotado de un estilo agudo y lúcido, que se revela ante el lector con metáforas plenas, aforismos intachables, y una cadencia rítmica que parece mecernos entre sus páginas.
Por La soledad dejó de ser perfecta transitan niños que juegan con los misterios de la madurez y hombres que quieren volver a ser niños, criaturas perseguidas por regímenes totalitarios y otras asediadas por el capricho de sus fantasías, ancianos que se desplazan en tren o en taxi y otros que lo hacen sin salir de casa.
Uno de los mejores relatos del libro es, a nuestro juicio, Yo, Luz Long, que narra la amistad (real) entre Jesse Owens, la estrella de las Olimpíadas de Berlín 1936, y el atleta de raza aria Luz Long. A este cuento pertenece el siguiente fragmento:
“A veces una imagen, incluso una de esas que se acaban grabando en el imaginario colectivo, puede contener muchas lecturas. Ver a un negro en lo más alto del podio en los Juegos de Berlín del 36, no significa que el rubio de ojos azules que está a su lado, saludando al modo nazi, se sienta humillado. Al contrario. Para mí, fue un honor perder a manos de mi amigo”.
La soledad dejó de ser perfecta
Alberto de Frutos Dávalos
Editores Policarbonados. Madrid (2010). 12 euros.
Texto reseña: Manuel Otero











